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C. Chr. F. Krause
Julián Sanz del Río

 

Ideal de la Humanidad para la vida

IV

Ideal de la Humanidad

Segunda parte.

Exposición

35.

Ideal de la humanidad en el individuo

Para representarnos el ideal de esta sociedad humana, para despertar en nosotros la aspiración viva a hacerla efectiva en la historia, debemos convenir en la idea de la humanidad, para fundar en esta idea el plan de la tendencia social que deba realizarla. Ciertamente, si sentimos con puro corazón, si nos mueve en este punto una sana voluntad, estaremos también unánimes en lo principal a lo menos, y se nos aclarará a todos esta nueva región de la vida.

36.

Lo común humano en el hombre

Sólo sobre lo que es esencial en el hombre, lo igual y permanente en todos tiempos y para todos los hombres, se funda en cada individuo su vida particular y toda perfección humana. La humanidad, como el contenido de las propiedades características del hombre, en sí mismo y en relación, es cualidad absoluta e inmediata, es forma y ley invariable para todo hecho de vida que toca a hombres y a fines humanos. La idea de la humanidad abraza todos sus individuos en común ley y destino; todos como hombres son capaces, y están llamados a igual bondad definitiva sin distinción de pueblo, familia, o gerarquía social, ya sean varón o mujer, anciano, joven o infante; sea cualquiera su vocación histórica o científica, artística o religiosa. La humanidad es el vínculo que une anticipadamente todos los individuos y todas las familias en la familia común humana. Realizar este vínculo y naturaleza con un sentido real sin afecto personal es para cada hombre el primero y el más santo deber, y en este espíritu debe educarse, si quiere alcanzar alguna superioridad en ciencia o arte, y vivir en relación positiva y armónica, accesible a todo estado y progreso social, con interés y concurso eficaz de todos lados y para todo fin humano.

37.

El hombre es una unidad y totalidad de vida; todas sus potencias de espíritu y cuerpo funcionan a la vez en acción y relación recíproca. Por tanto, es el carácter de la humanidad y su primera ley, que el hombre vive como un todo unitario en espíritu y cuerpo, y en la relación de ambos, con presencia y posesión de sí mismo sobre todo lo particular en su vida. Esta ley de vivir en sentido de unidad y totalidad nos asegura contra el predominio de alguna fuerza o inclinación parcial del espíritu o del cuerpo, y contra toda perversión que nazca de aquí en nuestra obra histórica. Pídese, pues, en esta ley unidad de idea, medida en el obrar y una concertada relación de todo lo particular en el hombre.

38.

Para determinar el interior contenido de esta ley en el individuo, consideremos al hombre como espíritu, como cuerpo y como el compuesto de ambos. Considerando el espíritu, hallamos éste otra vez como una unidad e integridad de su género: de consiguiente la unidad y la relación interior en todo el hombre contiene en sí la ley de unidad e interior relación de todo el espíritu y las funciones espirituales del Yo humano.

39.

El Espíritu – Razón – Sentido – Ánimo - Corazón

La potencia total del espíritu tiende a conocer y obrar, a ciencia y arte. El espíritu en su unidad original es razón o racionalidad, en cuanto sostiene y realiza en sí la unidad de pensamiento y acción, con libre causalidad de sus actos, abrazando en su vida el todo sobre las partes. El espíritu es entendimiento, en cuanto distingue lo particular en el objeto conocido, y es la armonía del entendimiento y la razón, cuando conoce en relación y construye las partes bajo el todo, y en consecuencia y mediante la fantasía realiza con plan y obra individual esta relación. Junto con la razón posee el espíritu el sentido, esto es, la capacidad de recibir en sí mediante la fantasía las influencias e impresiones del mundo y cada vez el objeto inmediato (sensible en espacio y tiempo), asimilándose libremente estas impresiones, haciéndoselas íntimas y reproduciéndolas luego con arte en la escena de la vida. La idea del espíritu se manifiesta asimismo libremente, dentro, en actos individuales, y de dentro afuera en actos y obras bellas de arte bajo el ejemplar de la fantasía y mediante la aplicación de los medios exteriores. Pero el espíritu como razón funda otra vez la unidad del entendimiento con el sentido, y en esta unidad íntima el espíritu es ánimo, afectándose interiormente de las impresiones exteriores y aun de las interiores con inclinación o aversión. El espíritu obra, por último, en sí la armonía de las impresiones con las inclinaciones, del placer con el dolor, del amor con el combate, y en esta acción interior el espíritu es corazón.

40.

La Voluntad

Pero sobre el ánimo y el corazón reina el espíritu con su indivisible razón, conscio y libre; recibe la voz del ánimo, los impulsos del corazón rigiendo y moderando unos y otros con superior unidad y para un fin último. El espíritu delibera y resuelve, como causa temporal de su hecho, la dirección que debe dar a sus potencias y fuerzas, decidiendo si deben y hasta dónde deben ceder a las solicitaciones del ánimo y del sentido. El espíritu corno razón determina y concluye definitivamente, y en cuanto hace esto es: voluntad.

41.

Virtud; mérito moral

La total actividad del espíritu en su armonía con el ánimo y el corazón, cuando determina conforme a su naturaleza todo lo que el hombre piensa y obra, y lo convierte en un bello hábito de vida se llama virtud (arte moral). La virtud moral es la más íntima excelencia del espíritu, y el fruto más precioso de su educación, porque en ella mantiene viva y constante su unidad sobre todas las particulares potencias y funciones, realizando cada vez y en cada acto y en todos permanentemente el ideal de la razón.

42.

Deberes morales.

De lo dicho resulta lo que exige la idea de la humanidad al hombre en cuanto espíritu. Primeramente, que reconozca y sostenga su unidad racional, y en forma de unidad cultive y rija sus potencias y su actividad hasta cada última voluntad y la plena ejecución de ella con entera libertad, con sentido moral y con hábito constante de bien obrar según sus relaciones. Después y en particular, que ejercite y aplique su inteligencia y su genio artístico en comunicación con el sentido y con el mundo exterior. Que eleve sus sentimientos y sus inclinaciones, para concertarlos entre sí y con el conocimiento; que mantenga su ánimo en voz y temple igual, que purifique su corazón, que su ciencia y su arte caminen de acuerdo con su experiencia y sus relaciones sociales, y todos últimamente concuerden con la voluntad.

43.

Fines particulares del espíritu (vocaciones)

En todo espíritu finito predomina una particular vocación y fin de vida; a ésta, pues, debe el hombre aplicarse con preferencia, cultivando todas las otras partes y fines humanos hasta un cierto límite en relación y por motivo del fin principal. Mas no por esto dejará menguar la integridad de su naturaleza espiritual; antes bien, atenderá y cultivará sobre su vocación particular la totalidad de su destino, sin estimar aquella vocación en más ni mejor que la vocación igualmente digna de otro y de todos los hombres. Comunicando frecuentemente y bajo puro sentido humano con todas las esferas y profesiones sociales, aspirará siempre a asimilarse de ellas aquello que él solo no puede alcanzar. Con ánimo abierto y dócil se interesará por toda bondad y belleza en la humanidad, en la naturaleza y en los órdenes superiores del espíritu. Entonces las obras que en su vocación particular produzca este hombre nos lo mostrarán como un hombre armónico, digno de todo amor, igualmente excelente en espíritu y corazón. Entonces nos hará sentir en sus palabras y en toda su conducta la belleza interior de su alma.

44.

Debe, pues, el hombre, educado en el puro y entero sentido humano, abrazar en unidad la esfera de la ciencia y el arte, pero apropiándose de ellas sólo aquello que sus facultades, su profesión y su estado social exigen y permiten. El científico, que aplica su espíritu a una ciencia particular, si quiere alcanzar en ella progresos efectivos, debe consagrarse a su fin con serio interés, considerando la ciencia humana como un sistema de sistemas bajo un principio de realidad y de verdad, y mirando las ciencias particulares como partes orgánicas de la ciencia una y total (Espíritu filosófico): mediante este sentido científico se capacita para conocer su ciencia particular en relación con las demás, y en esta relación construirla y aplicarla a la vida. Los grandes genios que han derramado nueva luz en las ciencias, abriendo mundos desconocidos a la inteligencia humana, fueron no sólo universalmente científicos, sino universalmente cultos con interés igual y atento para las ciencias y para las relaciones prácticas sociales. Hombres de profesión aplicados a una ciencia determinada sólo ejecutan en detalle el plan que los genios creadores dejan trazado y bosquejado. Las matemáticas, por ejemplo, esperan todavía su segundo Leibnitz, porque a los matemáticos sucesores de aquél les ha faltado más o menos universalidad de cultura y espíritu filosófico. Las ciencias naturales han necesitado la inspiración de genios universales como Kant, Schelling, Oken, para elevarse sobre la observación estrecha y empírica, fundándose a la vez en la idea de la naturaleza, y en una experimentación activa y genial que presiente en algún modo y se anticipa al curso de los fenómenos.

Ley semejante hallamos en el arte, y para el hombre como artista. Cada arte cultiva, es verdad, una esfera propia del mundo interior del espíritu, expresada en el lenguaje, o en el medio sensible de los colores, de los movimientos, de las formas, de los tonos; pero las artes en su idea y fin común de sensibilizar con carácter individual lo infinito en lo finito se armonizan naturalmente y de todos lados con íntima simpatía, y se reúnen efectivamente (como en las catedrales de la Edad media) en las grandes obras compuestas del arte humano. El sentido para la belleza en el espíritu y en la vida (la historia) y la aplicación a realizarla con carácter individual es en todas las artes uno mismo, no siendo éstas sino formas varias y en su fuente igualmente originales del genio poético, ya en el mundo de los tonos musicales, ya en la figura y contorno de los cuerpos, ya en el colorido, ya en las armonías del lenguaje articulado. El artista, como artista humano ante todo, debe conservar y debe cultivar el sentido universal de la belleza, debe saber hallar y sentir vivamente en sí esta belleza bajo todos los modos de la manifestación histórica para infundir a las obras de su arte predilecto libre espíritu, alto sentido y semejanzas multiplicadas con las demás producciones y géneros artísticos; para poder expresar con creciente intimidad y armonía la belleza divina en la tierra y entre los hombres.

Esta misma ley pide al hombre de ciencia, que cultive también su sentido para el bello ideal en la contemplación frecuente de las obras del arte y en el comercio con el hombre artista, así como el artista necesita la comunicación con la ciencia y con el mundo científico, y aun él mismo debe ensayarse en la indagación filosófica, a lo menos hasta conocer la unidad sistemática del conocimiento humano. La ciencia y el arte piden cultivarse en asociación fraternal y en noble emulación, si algún día cada cual por sí y ambos unidos han de realizar lo más perfecto que a los hombres sea posible alcanzar en la tierra.

45.

El cuerpo y su cultura

Consideremos la otra mitad de nuestra naturaleza, el cuerpo humano. También el cuerpo es en sí un ser y vida entera, original, aunque subordinada en el hombre al espíritu. Es por tanto la ley de la humanidad, que el hombre eduque su cuerpo y lo mantenga en salud, fuerza y belleza, que escuche y siga el instinto natural hasta donde este instinto concierta con la armonía del todo, que establezca entre todas las fuerzas y sentidos corporales (actividad, receptividad) una recíproca y viva relación, según conviene a la salud y la belleza del cuerpo todo y de todos sus órganos y miembros. También el cuerpo pide, para conservarse sano, vigoroso y, en el hábito exterior, digno y bello, un ejercicio igual de todos los sistemas (el sensible, el receptivo o vascular, el relativo o muscular) y de todos los sentidos en forma de una gimnástica apropiada a cada uno y a la relación entre todos. Con un ejercicio parcial y aislado sólo se causan deformidades en el cuerpo como en el espíritu. El desarrollo igual de la naturaleza humana en todo el hombre contiene y exige el desarrollo del cuerpo en proporción, en medida y en armonía consigo y con el del espíritu. Donde observamos un cuerpo sano, y en su exterior enérgico, ágil y bello, luego se gana aquel hombre nuestra estima; por el contrario, donde falta la bella y digna personalidad corporal, inducimos fácilmente a una semejante imperfección e incultura del espíritu. Descuidar la cultura del cuerpo, debilitar sus fuerzas, o abusar de ellas, indica espíritu inculto, grosero, arguye ingratitud para con la naturaleza, e insensibilidad ante sus santas y bellas obras.

46.

Hombre no quiere decir sólo cuerpo y espíritu en simple compañía, uno al lado del otro, sino en libre armonía y omnilateral comercio, en intimidad de vida, de fuerzas y de expresión. Cuerpo y espíritu son en el hombre igualmente esenciales; cada uno bajo su opuesto carácter (el cuerpo como un todo solidario y continuo; el espíritu como un sugeto propio y espontáneo) y ordenada relación es igualmente estimable y digno; exige por tanto de nosotros la ley humana que amemos el cuerpo no sólo por su propia bondad, como la más bella de las criaturas naturales, sino como el órgano entre la naturaleza y el espíritu, como la prenda más íntima de la unión de ambos en la humanidad. El cuerpo es también y a la vez el órgano del espíritu, de su ciencia y poesía interior ante la naturaleza y aun ante sí mismo en el comercio humano; es, pues, de ley humana estimar el cuerpo y educarlo en esta relación de mediador orgánico de la naturaleza con el espíritu y de unos espíritus con otros dentro del mundo espiritual. Mediante el cuerpo y sus sentidos descienden a la humanidad en forma de doctrina las altas ideas de que el hombre se inspira en el comercio misterioso con la divinidad, así como la enriquecen y fecundan con nueva vida las concepciones geniales del arte.

Debe, pues, establecerse una relación efectiva entre las potencias corporales y las espirituales: el espíritu debe, mediante el cuerpo, cultivar la ciencia en una experimentación viva y aplicada a todos los objetos que se ofrecen al sentido, y debe dar a la luz para edificación común la concepción de su genio en forma de obras artísticas, unas útiles (invenciones artísticas, artes industriales), otras bellas (artes de belleza ideal mediante el lenguaje, el movimiento, la luz, el sonido), otras compuestas (artes de educación). El cuerpo asimismo, puede y debe, mediante el espíritu y la fantasía, armar sus sentidos y fuerzas con el poder de las ideas, elevándolos hasta una energía verdaderamente maravillosa en la naturaleza, que igualmente hábil en lo grande y en lo pequeño, perfeccione el cuerpo mismo y el mundo inmediato, convirtiéndolos en expresión concreta y construcción sensible y bella de la idea del espíritu.

Igualmente deben corresponder entre sí con armonía viva los afectos del espíritu y los instintos del cuerpo (las inclinaciones), y hasta la expresión exterior debe retratar la unión íntima y característica de ambos seres, su mutuo concurso, auxilio y reanimación en la vida. Espíritu y cuerpo unidos íntimamente en el hombre expresan la dignidad de la razón junto con la vitalidad de la naturaleza: ambos forman un acorde sostenido, un sano organismo real-ideal, donde todas las fuerzas funcionan según recta medida, moviéndose con libertad, con gracia y con carácter individual.

47.

El hombre, atento a cultivar y expresar libremente en su obra histórica toda la naturaleza humana, debe desechar el prejuicio frecuente aun en nuestros días: que la naturaleza y el cuerpo son de calidad inferior a la razón y el espíritu; que aquélla tiene su valor sólo por motivo de éste, y que sólo como medio útil del espíritu tiene un destino y un lugar en el hombre. Ciertamente, la naturaleza y el cuerpo en el concierto fundado por Dios entre todos los seres, son grandemente conformes a la razón y al espíritu, prestan medio a éstos para conservar y cultivar la libertad racional; pero el espíritu tiene análoga relación y condición respecto a la naturaleza. El espíritu, en cuanto se reúne en la humanidad con el cuerpo mediante la fantasía, es también órgano del cuerpo, y es en esta razón dependiente de éste, tanto como el cuerpo lo es del espíritu. Ambos deben ser educados, cada cual por su propio mérito, y en su reunión debe sostener cada uno su propio carácter y su parte esencial en el desarrollo del hombre. Porque todo ser y vida finita es y vive semejante a Dios, y digno de Dios, y debe sostener su carácter divino; de consiguiente también la naturaleza y el cuerpo.

La naturaleza tiene en sí su bondad esencial, su belleza, su dignidad; mutilarla en nuestro cuerpo, abusar de ella, afearla, menospreciarla como mero instrumento de los fines del espíritu, es menospreciar y profanar la imagen de Dios en ella, es olvidar la ley de la armonía divina en la humanidad.

Debe, pues, el hombre respetar la naturaleza y el cuerpo por su propia dignidad, independiente del espíritu, conservar y vigorizar el cuerpo por motivo de él mismo, de su natural bondad, no primero y sólo por su relación al espíritu. La máxima contraria que ha reinado muchos siglos desde la caída de la cultura y las artes griegas, ha causado en pueblos enteros el olvido y menosprecio de la educación del cuerpo y de todas las artes que miran a la cultura corporal (Gimnástica). Cuando volvamos un día al reconocimiento debido a la naturaleza en sí y en sus criaturas entre las cuales es la más íntima y bella el cuerpo humano, renacerán las artes de la educación física, y en estas artes, ayudados por la ciencia moderna, llegaremos a superar a los griegos mismos.

48.

La Mujer

El hombre que reconoce la idea de la unidad humana, y de la dualidad inmediata y la más íntima contenida en esta unidad, se interesa con igual estima y amor hacia la femenina que hacia la masculina humanidad; ama y respeta la peculiar excelencia y dignidad de la mujer. Cuando observa que esta mitad esencial de la humanidad está hoy en unos pueblos oprimida y degradada, en otros postergada, o abandonada en su educación por el varón, que hasta ahora se ha atribuido una superioridad exclusiva; cuando observa que la mujer dista hoy mucho del claro conocimiento de su destino en el todo, de sus derechos y funciones y altos deberes sociales, se siente poderosamente movido a prestar ayuda y fuerza a la mujer. Con este vivo sentido trabaja, donde ha lugar y lo puede hacer con fruto, para restablecer el santo derecho de la mujer al lado del varón, para mejorar su educación, haciéndola más real, más elevada, más comprensiva, para despertar en todos el reconocimiento de la dignidad de la mujer y cultivar en ésta todos los sentimientos sociales, y sus facultades intelectuales en relación proporcionada con su carácter y su destino. Semejante espíritu anima también a la mujer respecto del varón, de suerte que con su peculiar carácter y prendas regocije y embellezca la vida y que, acompañada la severa dignidad del varón con la dulzura y gracia de la mujer, completen la primera armonía humana en la tierra y fuente de todas las armonías y progresos sociales. La distancia de la cultura entre la mujer y el hombre es hoy tanto mayor, y el sentimiento de ello tanto más vivo, cuanto más sensibles y más universales son los progresos en el sexo dominante.

49.

El Matrimonio

El hombre educado en el espíritu de la humanidad respeta la pureza del amor femenino, reconociendo en el matrimonio la forma más digna de este amor, la única que eleva la inclinación natural acompañada de la simpatía del espíritu a amor de todo el hombre. Sólo tiene por legítimo un amor humano (amor de todo el hombre a toda la mujer) en justa medida de toda inclinación particular, y sólo en esta forma mira el matrimonio como digno de concurrir a la renovación de nuestro linaje bajo la ley divina de la creación, en la que todas las fuerzas naturales y espirituales obran con misterioso concierto. La sociedad del varón y la mujer en el matrimonio sólo es legítima a sus ojos, cuando hombre y mujer forman verdaderamente un individuo superior, un cuerpo y un alma, y rechaza indignado el comercio pasajero que busca la satisfacción grosera del sentido, y que profana en nuestra humanidad el santo orden de Dios. Aunque pueda lamentar las influencias corruptoras de causas históricas y sociales que contrarían hoy el cumplimiento universal de esta ley, no condena menos en sí y en los demás la infracción o el abuso de ella.

Con igual sentido humano reconoce el hombre y ama la familia como la expresión primera y la más íntima de la unitaria humanidad (el primer Estado de la humanidad en la tierra), como el manantial vivo del que todas las otras sociedades humanas reciben sus miembros útiles, y en la que todo hombre estimable y digno forma su primer carácter moral e intelectual (educación y enseñanza). Afirmar, propagar, ennoblecer la sociedad matrimonial y la familia en forma de un gobierno doméstico (Estado doméstico), es la aspiración constante de todo hombre que guarda fielmente en sí y en los demás, donde legítima y útilmente puede, la ley de la humanidad en el matrimonio.

50.

Las Edades

Después de la oposición del sexo es la oposición de las edades la más íntima y la que abraza más diferencias históricas. La infancia, la juventud, la edad viril, la ancianidad, tienen cada cual su propio carácter y destino; realiza cada una en su tiempo una idea esencial en el todo; cada edad expresa a su modo toda la racionalidad y toda la humanidad de una manera original y única, sin semejante, y todas unidas concurren en la tierra y dentro de la historia a la plenitud de nuestra naturaleza.

El hombre de sentido humano es vivamente interesado y atraído por la amabilidad de la niñez, no mirando en el niño un hombre imperfecto y a medio formar, sino una manifestación entera, bella y única en su género y tiempo de nuestra humanidad. La celestial gracia de cuerpo y espíritu del niño lo mueven hacia él con simpatía irresistible. El estado desarmado en medio de la naturaleza en que observa al niño, despierta en él el sentimiento del derecho y de la condicionalidad humana, junto con el amor desinteresado. Nada hay a sus ojos más santo ni más urgente que el amparo, el cuidado, la educación del niño; ningún dolor penetra tan hondo en su corazón como el dolor del niño; nada le es tan delicioso como su sonrisa y gracia infantil. Conversando con los niños vuelve también el hombre hacia su primera inocente vida, y siente renacer en sí el candor y la ingenuidad de la infancia. ¿Queréis saber si un hombre conserva pura y entera su naturaleza? Observad si ama a los niños, cómo vive con ellos, si tiene un sentido simpático para la gracia angelical, no oscurecida aún por el egoísmo o las pasiones, que se deja sentir en cada niño.

Con igual justicia y amor abraza el hombre bien sentido al anciano, cuando la naturaleza, pasada la edad viril, y pagado su tributo útil a la historia, lo vuelve al estado de segunda infancia. Sobre toda cosa es a sus ojos respetable la ancianidad con sus tristezas y sus padecimientos, y se complace en acompañar los solemnes momentos del ocaso de la vida: olvidando la censura inhumana y estéril sobre las flaquezas del anciano, se ocupa con religiosa piedad en suavizar sus molestias, en acompañar su soledad y hacerle gratas sus últimas horas. Si por desgracia el Estado, como la sociedad para las condiciones humanas, olvida retribuir al anciano debilitado los merecimientos de los años útiles, los sacrificios en la guerra, los servicios en la paz y en la educación de los nuevos ciudadanos, y la fidelidad a la propia profesión, el hombre bien sentido ejerce la noble misión de llenar esta falta del Estado, cumpliendo una ley de justicia, para reconciliar la edad última de la vida con la humanidad y la humanidad con Dios.

51.

Comercio social

Después de las oposiciones del sexo y de la edad, resta otra tercera oposición que sostiene indefinidamente el interés de la vida y funda multiplicados vínculos sociales en el hombre. Consiste esta oposición en aquella variedad inagotable de caracteres y temperamentos, que, nacida de la manera individual de vida y educación de cada hombre, presta a sus palabras y acciones una expresión tanto más original, cuanto más dotado de prendas y mejor educado es el sugeto. Todos los caracteres humanos con sus multiplicadas semejanzas, sus gradaciones y contrastes forman una plenitud animada y varia de vida, y desenvuelven con infinita riqueza las fuerzas secretas de la humanidad. El encuentro en el trato social de caracteres opuestos, cada cual en sí igualmente digno, es fuente de amistad y de amor, que uniendo durablemente las opuestas individualidades humanas, es tan fecundo en puros goces como en bellos frutos.

El hombre humanamente culto se aplica, pues, con serio interés a expresar socialmente con verdad y dignidad su peculiar carácter; se forma como ley de su vida el ideal de la perfección individual, purga su propia individualidad de toda exageración, de toda rigidez o singularidad de opiniones o maneras que pueda enajenarle la benevolencia social e inutilizar la parte de bien que pudiera por sus otras prendas hacer a sus consocios; procura guardar en todo la medida de lo conveniente y oportuno. De nada está más lejos este hombre que de mirar su particular carácter o talento como lo único estimable, y hacerse de ello un mérito, buscando sólo el comercio de aquellos que piensan y viven según él piensa y vive. Antes al contrario, admira y le interesa sobre todo y sobre su propia individualidad la variedad inagotable de la vida social, que, así como la naturaleza produce mil diferentes bellas flores, cada una por su estilo, produce en incesante renovación innumerables caracteres originales e igualmente estimables. Sabe hallar y apreciar en todo hombre lo digno y bello que distingue a cada uno, y sostiene siempre el puesto conveniente en las relaciones comunes. Reconoce en principio, que nuestra humanidad, para cumplir su destino total en la historia y en cada tiempo, hace concurrir las más opuestas individualidades para la más elevada y compuesta armonía. Este modo de ver presta al hombre aquella flexibilidad de trato, que concierta sin afectación con los más diferentes caracteres, y que, junta con la originalidad bien sostenida del propio carácter, completa la excelencia del hombre individual.

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Dividiendo las leyes (Mandamientos) de la humanidad relativas al individuo, en generales y particulares:
a) las generales son:

  • 1. Debes conocer y amar a Dios, orar a él y santificarlo.

  • 2. Debes conocer, amar y santificar la naturaleza, el espíritu, la humanidad sobre todo individuo natural, espiritual y humano.

  • 3. Debes conocerte, respetarte, amarte, santificarte como semejante a Dios, y como ser individual y social juntamente.

  • 4. Debes vivir y obrar como un Todo humano, con entero sentido, facultades y fuerzas en todas tus relaciones.

  • 5. Debes conocer, respetar, amar tu espíritu y tu cuerpo y ambos en unión, manteniendo cada uno y ambos puros, sanos, bellos, viviendo tú en ellos como un ser armónico.

  • 6. Debes hacer el bien con pura, libre, entera voluntad y por los buenos medios.

  • 7. Debes ser justo con todos los seres y contigo, en puro, libre, entero respeto al derecho.

  • 8. Debes amar a todos los seres y a ti mismo con pura, libre, leal inclinación.

  • 9. Debes vivir en Dios, y bajo Dios vivir en la razón, en la naturaleza, en la humanidad, con ánimo dócil y abierto a toda vida, a todo goce legítimo y a todo puro amor.

  • 10. Debes buscar la verdad con espíritu atento y constante, por motivo de la verdad y en forma sistemática.

  • 11. Debes conocer y cultivar en ti la belleza, como la semejanza a Dios en los seres limitados y en ti mismo.

  • 12. Debes educarte con sentido dócil para recibir en ti las influencias bienhechoras de Dios y del mundo.

b) Mandamientos particulares y prohibitivos.

  • 13. Debes hacer el bien, no por la esperanza, ni por el temor, ni por el goce, sino por su propia bondad: entonces sentirás en ti la esperanza firme en Dios y vivirás sin temor ni egoísmo y con santo respeto hacia los decretos divinos.

  • 14. Debes cumplir su derecho a todo ser, no por tu utilidad, sino por la justicia.

  • 15. Debes procurar la perfección de todos los seres, y el goce y alegría para los seres sensibles, no por el agradecimiento o la retribución de ellos, y respetando su libertad; y al que bien te hace, vuélvele el bien colmado.

  • 16. Debes amar individualmente una persona y vivir todo para ella, no por tu goce o tu provecho, sino porque esta persona forma contigo bajo Dios y la humanidad una persona superior (el matrimonio).

  • 17. Debes ser social, no por tu utilidad, ni por el placer, ni por la vanidad, sino para reunirte con todos los seres en amor y mutuo auxilio ante Dios.

  • 18. Debes estimarte y amarte no más que estimas y amas a los otros hombres, sino lo mismo que los estimas a ellos en la humanidad.

  • 19. Debes afirmar la verdad sólo porque y en cuanto la conoces, no porque otro la conozca: sin el propio examen no debes afirmar ni negar cosa alguna.

  • 20. No debes ser orgulloso, ni egoísta, ni perezoso, ni falso, ni hipócrita, ni servil, ni envidioso, ni vengativo, ni colérico, ni atrevido; sino, modesto, circunspecto, moderado, aplicado, verdadero, leal, y de llano corazón, benévolo, amable y pronto a perdonar.

  • 21. Renuncia de una vez al mal y a los malos medios aun para el buen fin; nunca disculpes ni excuses en ti ni en otros el mal a sabiendas. Al mal no opongas mal, sino sólo bien, dejando a Dios el resultado.

  • 22. Así, combatirás el error con la ciencia; la fealdad con la belleza; el pecado con la virtud; la injusticia con la justicia; el odio con el amor; el rencor con la benevolencia; la pereza con el trabajo; la vanidad con la modestia; el egoísmo con el sentido social y la moderación; la mentira con la verdad; la provocación con la firme serenidad y la igualdad de ánimo; la malignidad con la tolerancia; la ingratitud con la nobleza; la censura con la docilidad y la reforma; la venganza con el perdón. De este modo combatirás el mal con el bien, prohibiéndote todo otro medio.

  • 23. Al mal histórico que te alcanza en la limitación del mundo y la tuya particular, no opongas el enojo, ni la pusilanimidad, ni la inacción; sino el ánimo firme, el esfuerzo perseverante, y la confianza, hasta vencerlo con la ayuda de Dios y de ti mismo.

 

52.

Profesiones sociales

Si alguna cosa parece alejar a los hombres unos de otros, y resfriar en ellos el amor humano, es la oposición entre las profesiones sociales con los encontrados intereses que de aquí se engendran. Esta diferencia de estados despierta en el hombre vulgar la preocupación de que no pertenecen los hombres igualmente a una común humanidad y vida, sino a diferentes e inconciliables gerarquías sobrepuestas unas a otras y separadas en el todo. Esta preocupación anti-humana no se funda en la naturaleza de las profesiones mismas, sino en que estas funciones no están hoy, ni cada una en sí, ni todas en relación, constituidas como humanamente deben estarlo; se funda en que muchas vocaciones dignas y humanas sufren hoy todavía calificaciones injustas o falsas, y bajo el peso de esta opinión se desestiman ellas mismas y se degradan; consiste en que el insensato orgullo por una parte y el bajo servilismo por otra conspiran de secreto para degradar nuestra humanidad, para limitarla en su acción y retardar el progreso armónico de sus esferas y funciones sociales.

Si cada profesión fundada en un fin real y útil al todo, obrara en conformidad con este fin claramente conocido y fielmente cumplido, si todas guardaran entre sí las justas relaciones que resultan de su mérito y concurso en el destino social, entonces la misma oposición entre ellas contribuiría más a estrecharlas, a alimentar la vida común, y con esto a preparar el reino de la armonía humana, que lo que hoy conspira a alejar de nosotros esta armonía definitiva. Todas las profesiones sociales se reparten el organismo activo de nuestra humanidad, todas representan funciones efectivas, igualmente esenciales y respectivamente adecuadas para los fines comunes: y se reparten estas funciones por la razón fundamental y permanente, que un solo sugeto no puede abrazar la naturaleza humana de todos lados ni cumplir todos los fines, y aun dentro de su fin no lo puede todo; a causa, pues, de la limitación esencial a todo individuo y a toda sociedad particular. Desconoceríamos la naturaleza de las cosas, si pretendiéramos que todas las profesiones sociales tienen igual mérito, y piden todas la aplicación de fuerzas iguales. Nuestra humanidad realiza su destino, mediante nosotros, en una escala gradual, desde el jornalero que alquila por día sus brazos, hasta el artesano que trabaja por su cuenta, y de aquí ascendiendo hasta el libre artista, y desde éste hasta el profundo científico y el genio poético. En este gradual organismo las profesiones se diferencian y se integran cada cual por su inmediata con semejante relación a la que hay entre las inferiores facultades y las superiores. Pero en esta diferencia se combinan libremente desde la aplicación simple de la fuerza corporal hasta la concurrencia de todas las facultades y fuerzas humanas para una común y universal obra. A la total humanidad interesan igualmente todas sus funciones; todas le son interiores y cada una sola, en cualquier grado en que se ejerza por el hombre, no llena su capacidad humana ni le dispensa, humanamente hablando, de aplicarse a otras. El hombre que, ayudado de una educación mejor, pueda ejercitarse en obras más perfectas, no debe hacerse de ellas un mérito exclusivo, ni convertirlas en fines particulares, sino que debe ofrecer modestamente a la humanidad su parte de trabajo entre todos; y la otra mitad de los hombres que ligada a funciones inferiores sacrifica sus mejores fuerzas al bien común y al cumplimiento desahogado de fines más altos, debe encontrar la justa retribución de su sacrificio en la salud y la perfección misma del todo, a cuyo bien concurre ella en parte.

53.

Cuando una profesión social, aunque sea en sí la más excelente, desconoce por su fin particular el fin común humano, cuando olvida relacionarse de todos lados y con todas las funciones y esferas sociales, degenera pronto en parcial, injusta y respectivamente inútil, acabando por pervertir su naturaleza y estorbar el progreso del todo. Porque es constante, que toda manifestación de la vida, por elevada que sea en sí, no puede, cuando desconcierta de las demás manifestaciones de su género, conservarse sana, entera, fecunda: al contrario, sólo en la relación libre y omnilateral de unas con otras asegura cada una, las inferiores como las superiores, aumento de vida para sí y para las restantes. El peculiar modo de obrar de cada institución social debe expresar el carácter particular de la idea que realiza; pero esto ha de ser reinando y rigiendo la relación de cultura común y fines comunes, en que todas las instituciones sociales tienen su fundamento racional y aseguran sus progresos legítimos.

Las profesiones inferiores, cuyas funciones simples no dan alimento al espíritu y resfrían y embotan el corazón, debieran gozar algún desahogo para cultivar sus facultades superiores y despertar en la contemplación de la naturaleza y de las bellas obras humanas, ante los altares de la religión, en la solemnidad de la vida pública, y en el respetuoso y libre comercio social, el sentido para lo elevado y lo bello, y el sentimiento de su libertad moral, y de su derecho humano. Las clases superiores, en cuyo provecho resulta el sacrificio de aquéllas, debieran, como los hermanos mayores de la común familia, recibirlas con amor, ayudarles, y mostrar vivo y sistemático interés para su educación moral e intelectual. Así, por ejemplo, es un estado entre todos digno y humano el del agricultor y el cultivador de las plantas y animales, profesión que en el comercio con la naturaleza conserva puro el corazón, vivo el entendimiento, y ambos, espíritu y cuerpo, en proporcionada actividad; pero el sencillo agricultor debe adquirir en la educación la alta estima de su estado y el sentimiento moral que le haga su profesión amable, grata y digna entre todas. Así también, aquellos miembros de las clases inferiores que acompañan como domésticos a las familias acomodadas para el gobierno económico, deben ser tratados como nuestros auxiliares y segundos compañeros, que esperan de nosotros la protección y educación humana que ellos en su desvalimiento no pueden alcanzar por sí. Los domésticos deben contemplar en la familia, a que se asocian, un ejemplo vivo de cultura y moralidad, mediante el que puedan elevarse a miembros de un orden más alto, con espíritu de amor y libertad.

54.

Por desgracia el orden establecido en la educación doméstica y la pública, y las imperfectas relaciones sociales tienen oscurecidos y relegados a los últimos lugares muchos genios superiores, dejando apagarse en ellos bajo enemigas circunstancias la chispa de una nueva vida. Estas imperfectas relaciones alejan muchas veces a los más dignos de los primeros puestos, en los que sólo al genio hermanado con un gran carácter es dado derramar nuevas bendiciones sobre la tierra. Por lo mismo, importa más y es un deber humano animar, proteger, desenvolver cuidadosamente los destellos del genio que se descubren en las regiones inferiores; por lo mismo también es más grato y animador observar a los talentos superiores que, venciendo las limitaciones históricas que los rodean y oprimen desde la infancia, se levantan a los primeros puestos sociales y crean alrededor de sí nuevos mundos de vida y de esperanzas para la humanidad.

No conoce, pues, ni profesa el verdadero sentido humano el que después de ser fiel a la propia vocación o profesión, no se interesa igualmente por las restantes profesiones, procurando la particular perfección de cada una. El que no procura elevar y ennoblecer, al lado de su propio estado y clase, todos los demás según circunstancias y por los medios legítimos; el que no se cree obligado a respetar toda profesión fundada en razón y público interés, a favorecer el progreso igual en todas, para reunir en amor, en derecho y en libre comercio los hombres que la diferente profesión aleja entre sí temporalmente; el que mira a los estados inferiores con orgullo, a los superiores con servilismo, el que en su criado y en su rey no ve lo primero el hombre, el consocio en la obra y destino común, presume en vano de elevación de alma y de sentido humano.

55.

Los pueblos en la sociedad humana

Resta una oposición superior que abraza todo el hombre y que al paso que reúne a los individuos en grandes cuerpos sociales, los separa enteramente de unos cuerpos a otros: la oposición de las naciones y pueblos en la tierra. Esta oposición se funda en la naturaleza humana, en los límites de su manifestación histórica en lugar y tiempo; se funda igualmente en los límites de la educación de espíritu y cuerpo, y aun concierta con la naturaleza en la división y límites interiores de la tierra y en la ley de generación y propagación de nuestro linaje en esta morada del mundo natural. Así como el individuo se forma en el curso de su educación y su historia un peculiar modo de pensar y de obrar (un carácter), así en un cuerpo social de familias que proceden de un común origen, que usan una lengua común, que en su relación con el suelo y el cielo (el clima) viven bajo influencias semejantes y se forman y educan en semejantes hábitos y ejercicios, resulta al cabo entre ellas un carácter común a todas y a ellas solas, un individuo superior social, esto es, un pueblo. La peculiaridad del carácter nacional es expresada igualmente por todos los individuos y familias de este pueblo, sin perjuicio de la expresión entera y libre de innumerables caracteres particulares en individuos, familias y aun en localidades y ciudades.

Pero tan necesaria como es al progreso interno de la humanidad hasta en su último individuo, a la formación de las costumbres y al libre comercio social, la oposición característica de los individuos, tan esencial es, para la plenitud de la vida en esferas mayores, la oposición de caracteres nacionales. Esta oposición no separa por sí sola ni incomunica los pueblos en la humanidad, como la diferencia de las profesiones sociales no separa por sí sola los individuos, sino mientras que la idea y fin propio de cada pueblo en el todo no sea claramente conocida y realizada libremente por el pueblo, mientras que cada familia social no abrace en justa relación según derecho y amor humano a las demás familias o pueblos sus consocios en una sociedad superior de grado en grado, hasta reconocer y cumplir cada uno su parte de concurso con los demás coordenados en la humanidad para el cumplimiento de las grandes obras históricas y la reunión definitiva de todos en un pueblo terreno.

La oposición entre los pueblos bajo la humanidad conduce e importa sólo, para que sus miembros se eduquen en la sociedad inmediata superior a la del propio pueblo y se eleven con ella a más libres, más completos hombres, capaces de formar desde este grado social un pueblo superior en partes mayores de la tierra y definitivamente una sociedad y pueblo humano en toda la tierra.

¿Qué ha dado a la Europa, desde siglos ha, el primer lugar sobre otras partes de nuestro globo, más extensas, más favorecidas de la naturaleza y algunas más pobladas, sino la sociabilidad interior más libre y culta entre sus pueblos, sin perjuicio del carácter peculiar de cada uno, y la consiguiente educación más elevada, más liberal de sus individuos? ¿No es constante, que la Europa ha vivido más próspera en lo interior, más poderosa en lo exterior a medida que los pueblos europeos, unidos bajo la idea común de la sociedad cristiana, se ha constituido políticamente según principios y formas semejantes; a medida que han establecido entre sí un comercio más libre y multiplicado de toda su vida? ¡Ved qué nobles, qué grandes caracteres humanos han nacido de esta comunicación sostenida por tantos siglos entre muchos pueblos! ¿Y cuántas esperanzas podemos hoy fundar sobre esto, cuando la Europa se prepara con el vivo presentimiento del porvenir a una común organización política, a un renacimiento de la religión, de la ciencia y el arte, y a una ley común de costumbres sociales?

Suprimir la oposición de los pueblos en la humanidad no es posible ni deseable; tanto valdría esto como secar la fuente de la vida interior y fecunda de la humanidad misma. El hombre bien sentido reconoce y acata este orden fundamental de la historia, anterior a toda convención; con íntima adhesión ama su propio pueblo en cuyo seno ha nacido y vive, y al que debe una principal parte de su educación y de su carácter social. Reconoce en su pueblo su inmediato superior hombre, su segunda mayor familia; en el suelo patrio mira la casa de su nacimiento y primera vida; los dolores y los goces de sus compatriotas son los suyos también; la vida nacional es su vida. El buen ciudadano honra y ama su patria como un coordenado y digno miembro del pueblo humano en la tierra; la cultura, las costumbres y la historia de su pueblo son preciosas a sus ojos, como parte no indiferente de la cultura, las costumbres y la historia de toda la humanidad.

Mas, no por esto pretende para su pueblo mayor estima que la que realmente merece; no alimenta la vana presunción, que los otros pueblos debieran pensar y vivir como el suyo; no desestima cosa u obra humana que sea porque no sea hecha ni pensada como en su país. No desconoce por su patria inmediata la patria de su patria, la tierra y el pueblo terreno. Se interesa con verdadero espíritu humano por todo lo grande y bello que se cumple por otros y por todos los pueblos; halla en éstos, unos respecto a otros, como en los individuos, hombres infantes, hombres viriles, ancianos, caracteres varoniles y femeninos, duros y suaves, excéntricos y armónicos. Observa con viva atención, cómo los pueblos se reparten entre sí, bajo la idea tácita de la sociedad fundamental humana, funciones particulares sociales, no de otra manera que los individuos y las familias dentro de cada pueblo, ejerciendo unos pueblos más altas funciones, otros funciones subordinadas, los unos reinando y dirigiendo, los otros siguiendo más o menos a sabiendas la voz de los primeros.

Pero los mismos sentimientos que mueven su conducta en las relaciones con los individuos de un pueblo, los principios del derecho y del humanismo, esos mismos lo dirigen en más alta esfera respecto a los pueblos diferentes y diferentemente cultos. El hombre fiel a su naturaleza quiere que los pueblos infantes sean educados por los pueblos mayores, que los pueblos adultos sean ayudados y estimulados en su camino, que los pueblos viriles hagan fecundo para todos el bien que ellos alcanzaron, que los pueblos ancianos sean respetados en la memoria de su historia. Quiere que los débiles sean sostenidos y protegidos, que los oprimidos sean restablecidos en su derecho humano (en su libre condicionalidad), que todos se reconozcan como una familia de hermanos deudores unos a otros del bien de cada uno, que mediante amor y derecho se reúnan un día efectivamente en la tierra en un grande, libre y orgánico pueblo. De este modo, una misma idea y un mismo sentido guían al hombre desde sí afuera y hacia todos lados en la familia, en la amistad, en medio de su pueblo, para aplicarla últimamente a la sociedad fundamental humana, como miembro sano y vivo de esta sociedad.

56

Espíritu histórico

Animado el hombre de este sentido universal en las relaciones contemporáneas, se prepara con ello a reconocer el espíritu de Dios en la historia. Todo ser y vida lleva en sí y expresa en el tiempo con carácter individual una idea divina. Cuanto más culta y en sí íntima es su vida, cuanto más multiforme, de más modos y hacia más lados relacionada, tanto mayor es su duración y más lentos sus crecimientos hasta su plena madurez, tanto más distan entre sí el nacimiento, el florecimiento y la muerte de este ser, y los intervalos son tanto más ricos en relaciones interiores y exteriores. El claro conocimiento de las ideas, la firme confianza en que Dios sabe representar en el tiempo la divina belleza bajo infinitos ideales y caracteres, funda el sentido histórico del hombre bien sentido, y esta confianza anticipada presta a su vida moderado contento, firme voluntad y aquella igualdad de ánimo que sólo sabe conservar el sabio.

57.

El hombre ilustrado en su experiencia por la luz de las ideas reconoce la historia universal como una bella construcción del arte divino, del amante, el sabio artista, y dentro de esta historia mira la historia humana como el más interior ejemplar de la obra universal divina. Estudia con igual interés las remotas edades y las extremas regiones de la tierra, para conocer la vida de los pueblos y los hombres, para reanimar en sí la idea fundamental que preside al todo, para descifrar el sentido del pensamiento divino, hasta donde es dado al hombre; y según este sentido concurrir como parte útil a la edificación de la vida universal, pensando y obrando toda cosa en el espíritu del todo, en el de su siglo, de su pueblo, de su estado, y consecuente con su carácter individual.

Estudia y ama lo particular de cada edad histórica, de cada región terrena, de cada nación, de cada individuo digno y estimable; reconoce que los siglos pasados no han existido sólo por motivo del presente ni para servirle sólo de preparación, que aquéllos no necesitan esperar su explicación o su justificación de los siglos posteriores; sino que lo pasado como lo presente tiene cada cual en su tiempo su propio mérito (carácter histórico). Aun en medio de las terribles escenas de los pueblos que se conmueven o que se precipitan en convulsiones desiguales y violentas, en el choque de los encontrados elementos de la historia reconoce la ley providencial divina y el espíritu de la libertad humana. Las luchas heroicas por la independencia nacional y la individual, que expresan en su más enérgico carácter la vitalidad de nuestra naturaleza y la confianza en su destino y preparan nuevas épocas de derecho y amor entre los hombres, las contempla sin desanimarse, y no rehúsa acudir a donde es llamado como compañero de combate. Sabe dar la justa estima a las virtudes históricas del heroísmo y hasta a la trágica grandeza de las crisis sociales.

58.

Entonces comprende el sentido de la historia presente en su propio valor y en sus relaciones con la historia universal. Su corazón se penetra de respeto ante los caminos de la Providencia, considerando las grandes manifestaciones ya trágicas, ya armónicas de la vida, que hoy mismo anuncia nuevos tiempos y nuevas grandes obras, en las que manifestará otra vez su energía interior, no con una descolorida e imposible imitación de lo pasado, sino con productos originales de una vida que está aún en la flor de su juventud. Y, ¿cómo no han de reconocer esto los hombres fieles a su humanidad, cómo no han de escuchar la secreta voz del espíritu que penetra todo su ser? ¿Por qué no han de indagar hoy más que nunca lo que les toca hacer y prevenir y preparar, hoy precisamente, cuando Dios y la humanidad cuentan sobre su fe, sobre sus esfuerzos unidos y su devoción al destino común? Obrar con pura intención y con circunspección, en la posesión y recto uso de nuestras mejores fuerzas; combatir el mal por buenos medios, pero con esfuerzo infatigable, teniendo a Dios y nuestra humanidad presente; fortificar y acalorar el bien naciente con interés de cosa propia en la esperanza del cumplimiento de los destinos humanos, tal debe ser hoy nuestro espíritu histórico, el fruto de la historia pasada para la venidera.

59.

Espíritu político

Con este sentido para la realización histórica de nuestra naturaleza en el todo y en las partes, sentido que concierta con el amor y el derecho, abraza el hombre también su pueblo y su patria. Él les pertenece con cuerpo y espíritu; las leyes de su patria y su constitución por tiempo reinante son las leyes que él obedece con vínculo indisoluble; las que anticipándose a su vida individual la protegen en todas circunstancias y sobre toda la tierra. Así, aunque sus convicciones puedan no concertar con la legislación dominante, no le niega la obediencia práctica; sus particulares ideas, sus planes de reforma social, política o administrativa procura manifestarlos y realizarlos por medios legítimos y conformes a la constitución y a las circunstancias históricas, cooperando desde su lugar por medios pacíficos para el cumplimiento de todo derecho y progreso en su pueblo. Él sabe, que la constitución del Estado y la legislación en ella fundada son la obra y la propiedad común del pueblo, como la persona total en que está contenida su persona política particular; que por tanto, él aislado o un número parcial de ciudadanos sólo tienen derecho a tomar una cierta parte en la vida política e influir en ella según la forma determinada por la constitución. Y subordinando como subordina su persona política a la superior persona de su pueblo, guarda las leyes patrias hasta la muerte, sin que ni aun el interés de la propia vida le mueva a quebrantarlas.

60.

Pero no sólo le interesa la vida política de su pueblo sino la total vida nacional bajo todas sus manifestaciones: la religión, la lengua nacional, la literatura nacional y el carácter de las costumbres patrias. La vida de la familia pública en la que se alimenta y nutre la suya, y de la que procede él mismo con toda su individualidad, le es tan querida y más que su vida particular. Allí donde puede conquistar para su pueblo una nueva fuerza, desarrollar y utilizar un gran carácter, donde puede mover e interesar a sus conciudadanos para el asunto de todos, para la libertad común, para la dignidad de la propia nación entre las demás, allí mira como su primer fin y su mayor gloria el llenar esta obligación sagrada, pagando a su pueblo una parte de la deuda inacabable del patriotismo.

61.

Espíritu del porvenir

El reconocimiento de nuestra limitación histórica para realizar la idea divina en ella, la convicción de que nuestra humanidad se halla todavía en su crecimiento, en el desarrollo de sus fuerzas jóvenes, la seguridad firmísima de que Dios sabrá cumplir su plan divino en esta tierra, como en el mundo todo, hasta la última plenitud, y que tiene reservados para el porvenir nuevos fines y nuevos medios de obrar y con ellos nuevos frutos para nuestra cooperación libre aunque finita en su plan infinito, sostiene en el hombre la esperanza de nuevas edades más llenas y más armónicas de nuestra humanidad. Él estima todas las fuerzas de nuestra naturaleza y sus obras según su mérito propio y su mutua y gradual relación. No preocupado por la excelencia de nuestro siglo ni de su arte ni sus obras, puede levantar un ojo libre hacia los superiores órdenes y los futuros destinos de la vida, que serán un día conocidos y realizados como presentes por la humanidad. Porque la infinita realidad de Dios, mediante el empleo social más libre y orgánico de nuestras fuerzas, abrirá nuevos mundos para la experiencia y nuevas fuentes de ciencia y de arte humano.

¿Hay alguno que se atreva a fallar definitivamente sobre el divino y humano destino, que presuma fijar límites a la ciencia y a la historia, límites sobre los que debería él mismo suponerse para conocerlos; que vacío de corazón y de ideas pronuncie atrevidamente sobre Dios y el mundo, que desespere del presente y del porvenir? No escuchéis a este hombre, vosotros en quienes arde viva la fe en la bondad de nuestra naturaleza bajo la bondad y verdad de Dios. Tal hombre no habla con puro corazón, sus ojos no han contemplado la luz de las ideas eternas, su espíritu no conoce a Dios, no conoce la razón, ni la humanidad, no se conoce a sí mismo, ni escucha la voz interior. No hay más santa y bella misión para el hombre que la de atraer, persuadir, doctrinar a aquellos en quienes duerme todavía la idea de nuestra humanidad hija de Dios y semejante a Dios en la eternidad y en el tiempo, en todos y en cada hombre; influir en ellos con ejemplo de amor y de obra viva más que con palabras; moverlos a que vuelvan en sí, y que se eleven a la fuente infinita de la verdad y de la vida.

62.

Resumen

Reuniendo estos lineamentos de la ley humana en el individuo, contemplamos la total amable imagen del hombre que piensa y obra con toda su humanidad, con llena intención y en relación viva armónica entre todas sus fuerzas y sus órganos. Un desarrollo igual de la razón y del sentido, del ánimo y la voluntad, igual respeto hacia la dignidad, derecho y vocación ajena, que hacia la propia nos lo dan a conocer como un espíritu armónico; un estado bien sostenido de salud, vigor y hasta donde cabe de belleza y gracia corporal, un moderado equilibrio de los sentidos y apetitos, revelan en él la dignidad y la energía de su naturaleza; en el respeto que guarda a su propio cuerpo, y en su vivo interés hacia la naturaleza, en sus grandes y pequeños individuos, se retrata la intimidad y vitalidad de su ánimo. Es religioso; ama a Dios y por el amor de Dios a todos los hombres; alimenta en sí el amor personal del sexo, consagrándolo en el matrimonio como su forma única legítima y la primera forma de la justicia y el estado humano; su corazón simpatiza igualmente con la infancia que con la edad viril y la anciana; respeta la vida particular y el peculiar carácter de todo hombre. Al amigo es fiel hasta la muerte; cultiva sus talentos particulares y los desarrolla con arte, sin hacerse un mérito especial de ellos; antes bien ama y cultiva con viva simpatía los talentos y prendas de todo hombre en la humanidad. Respeta y estima toda vocación fundada en razón y común interés; se muestra franco y digno para con los superiores, atento con los inferiores, justo con todos. Puro amor a su pueblo, ennoblecido por el amor a todos los pueblos y a la total humanidad llena su fiel corazón; animado del espíritu universal histórico, se interesa por todo lo grande y bello de los pasados tiempos, pero no vive menos contento con la edad presente rectamente estimada, y conserva entera la esperanza de mejor porvenir y de la perfección posible de la humanidad en esta tierra y en el mundo todo, bajo la ley de Dios. Piensa y obra según la idea del derecho humano como ciudadano del mundo. En su peculiar e inajenable individualidad reconoce el carácter indeleble de la divinidad; en el conocimiento de Dios, y en el de la razón y la humanidad como seres fundamentales y en su género infinitos, halla el fundamento eterno de su dignidad moral y adquiere aquella firme voluntad e invencible confianza que le hace estimable la propia vida y lo mueve a mantenerla en recta medida y libre movimiento hacia el bien.

63.

Ante este Ideal de la Humanidad en el individuo es evidente la obligación para todo hombre de mirar este fin como asunto de su principal interés y perseverante esfuerzo. La falta de una idea clara de la humanidad que observamos aun en los más ilustrados y en los jefes de grandes destinos sociales, junto con el desamor reinante todavía entre clases enteras, nos convence de que el verdadero y total ideal del hombre es un suelo virgen, o apenas cultivado, y que este cultivo es tanto más necesario en un pueblo, cuanto más se acerca este pueblo a la madurez de su historia, y cuanto es mayor su vitalidad y más multiplicadas sus relaciones e influencias sobre el destino de los restantes.

Que los pueblos de la Europa son hoy capaces de una cultura más igual, más fundamentalmente humana que antes de ahora, y hasta qué punto sienten ellos mismos esta necesidad, nos lo dice la historia contemporánea. Esta historia funda su excelencia peculiar sobre la historia pasada en el reconocimiento más claro y profundo del carácter humano bajo cualquiera forma que se manifieste, en individuos, familias y pueblos. La educación se mejora hoy en todos sus grados bajo una idea más clara y elevada de su fin, y con nuevos medios de acción y propagación. El Estado reconoce cada vez más su alto deber de patronato eminente, cuanto cabe en su fin propio, de los intereses hasta hoy postergados o menospreciados; la legislación penal se suaviza, la esclavitud quedará en breve desterrada de toda la Europa. El príncipe se acerca al ciudadano, el noble da la mano al plebeyo, el rico respeta el derecho del pobre, los partidos religiosos se sufren mutuamente; la guerra, aunque convertida en arte más perfecto y revestida de un aparato más imponente, se hace cada día menos cruel. La ciencia adelanta visiblemente en fundamento, en carácter sistemático y en riqueza de contenido; reina entre los científicos un comercio más frecuente y fecundo en resultados (congresos científicos); su educación es más comprensiva y al mismo tiempo más metódica que nunca lo fuera antes; su influjo en la sociedad y en el Estado es más eficaz. Las artes renacen, la música florece y se generaliza en todas las clases, la pintura y la estatuaria progresan bajo la inspiración del culto religioso y del heroísmo humano, el drama se enriquece con varias formas en medio de la reanimación y multiplicidad del trato y costumbres sociales. Se anuncia un sentido para lo bello y lo bueno moral en las clases inferiores; el espíritu de orden, de previsión y de buen gusto penetra hasta en las cabañas. Esta impresionabilidad de la época, esta aspiración a más justas y comprensivas relaciones, esta necesidad por todos sentida de una cultura más radical y más armónica humana, es una alta voz que nos dice: Ahora es tiempo, el tiempo oportuno de aplicar a este supremo fin todas nuestras fuerzas, para que así como nos juntamos en un espíritu delante de los altares, y alrededor de la tribuna política, nos juntemos en un espíritu y obra común ante la idea de la humanidad en esta tierra, como un templo vivo de Dios.

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La diferencia entre los pueblos antiguos y los modernos (y más aún los venideros) consiste, para la humanidad, en que aquéllos en sus primeras edades, las que deciden de las restantes, como en el individuo, no pudieron ser educados previamente para la vida histórica que debían realizar; no contaban para ella más que con sus fuerzas y con la ciencia tardía que nace de la experiencia. Pero los pueblos venideros pueden ser preparados y educados anticipadamente por los pueblos hoy cultos que los civilizan para una vida ulterior digna y humana. Esta diferencia es esencial, cambia toda la vida histórica de ser una historia sólo exterior cortada a cada paso y accidentada por dificultades y por oposiciones imprevistas, a ser una historia interior sabida en parte y dirigida bajo plan racional por los actores mismos. Comparemos las condiciones históricas bajo que comienzan su vida los pueblos del Océano Pacífico con las análogas antiguas del griego, el romano y el árabe, y bien podemos anticipar por lo que éstos fueron e hicieron sin educación preliminar, lo que aquéllos serán y harán con ella.

La relación histórica de los pueblos del Océano Pacífico con los pueblos antiguos de la Europa es la de una mitad de la humanidad por educar a la otra mitad educada de la misma humanidad. Esta relación no ha sido hasta ahora tan clara ni tan exenta de motivos egoístas en los pueblos mayores como hoy lo es; por esto hasta hoy no ha sido conocida tan clara, tan obligatoria la ley de esta relación entre unos y otros pueblos, a saber: que los pueblos menores sean educados por los pueblos mayores con amor, con plan racional y con arte; que los pueblos hoy jóvenes sean preparados para su laboriosa carrera, y para cumplir en ella más altos destinos. Esta ley histórica no ha tenido lugar ni ha obligado hasta hoy, porque hasta hoy no ha habido en la tierra pueblos bastante cultos y experimentados para educar como hermanos mayores a otros pueblos. Por eso hasta hoy no se ha despertado la idea de esta misión verdaderamente armónica y humana de la Europa sobre los restantes pueblos de la tierra. -El sentimiento de esta obligación y su cumplimiento despertará nuevas fuerzas antes desconocidas o mal empleadas en nuestra Europa. El reconocimiento de esta misión humana será para los individuos, las familias y los pueblos, un nuevo vínculo de unión y de nobles estímulos. La grandeza de la empresa y la dificultad de educar pueblos nuevos en la idea de la humanidad, aumentará, es verdad, cada día para los pueblos cultos; pero dará alimento sano a su actividad, hoy en parte ociosa o viciada; restañará por la virtud moral de esta acción educadora, muchas heridas que hoy están abiertas; dará nuevo interés y sentido a nuestra historia pasada para hallar en ella y prevenir los casos nuevos y semejantes; y la Europa, reconociendo dentro de sí enfermedades arraigadas que ella sola no puede reparar, terminará su vida particular reuniéndola a la total humana, después de haber sembrado los gérmenes que prevengan en adelante aquellas enfermedades.

Entre los fines nuevos de nuestra civilización, el presente es legítimo y común a toda la Europa, es armónico y fundado en la fe de una sociedad total humana en la tierra. Este fin y el sentido para cumplirlo nos inviste a todos, hombres y pueblos, de un carácter más elevado moral, nos reconcilia con nosotros y con nuestras enfermedades políticas y sociales, indicándonos en la experiencia ajena las circunstancias que a nosotros nos han faltado para realizar antes y ahora la ley humana en nuestra propia vida. Cumpliendo hoy esta ley de la educación de los pueblos jóvenes, los pueblos de Europa dejarán algo sólido edificado para la edad madura de la humanidad, mientras los pueblos antiguos (Grecia y Roma) sólo nos dejaron algunos lineamentos del plan de la vida (en ciencia y derecho), que hemos necesitado asimilarnos laboriosamente para hacerlos fecundos.

De esta manera se cumplirá una parte de la ley divina en la historia; se habrá adelantado un paso más en la edificación del templo humano en la tierra. Ciertamente trabajan ya hoy los pueblos de Europa en esta idea y para su cumplimiento; pero se trata de reconocer esta idea en todo su sentido y en su obligación igual para todos; se trata de obrar cada día en este fin con más claro conocimiento, con plan más concertado y con más fruto.

C. Chr. F. Krause y Julián Sanz del Río. Ideal de la Humanidad para la vida. Con introducción y comentarios de D. Julián Sanz del Río. Segunda edición. Madrid: Imprenta de F. Martínez García, 1871 [En esta segunda edición se incluye también el "Discurso pronunciado en la Universidad Central", 1857. La primera edición es de 1860].

 © José Luis Gómez-Martínez
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