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C. Chr. F. Krause
Julián Sanz del Río

 

Ideal de la Humanidad para la vida

V.

Idea de la humanidad en el género humano

64.

La humanidad en el mundo

Santa y bella es la idea de la humanidad en el hombre; esta idea funda la esperanza de ver reinar un día en todos los individuos el sentido y el amor hacia los fines comunes. Pero más santa es todavía y más elevada la idea de la humanidad en el mundo bajo Dios y por Dios. En la contemplación de esta idea revive y se afirma infinitamente el amor humano, crece poderosa la fuerza de obrar; aquel a quien esta idea penetra de respeto y de amor, renace como en un bautismo espiritual a nueva más alta vida; se eleva a un orden superior de relaciones, porque se reconoce ciudadano del Estado humano en el mundo, bajo el Estado divino sobre el mundo.

Nuestra humanidad debe ser una unidad y totalidad social interiormente viva y libre, como un verdadero reino de su género, y lo será algún día. Todos los individuos y las sociedades particulares sobre ellos deben vivir como un hombre armónico en su grado respectivo, subordinado a Dios, coordenado con el espíritu y la naturaleza, y concertado consigo mismo en relaciones de virtud, de derecho, de religión y de libre comercio social. La humanidad en su organismo histórico, como el autor de sus obras, debe manifestarse en la tierra como una persona solidaria, en unidad de idea y fin y de edificación para este fin. Mediante el concurso libre de sus miembros, y en constante relación a su destino, debe cultivar las ciencias bajo la idea y ley normal de la ciencia humana; debe reanimar y embellecer la naturaleza mediante el arte, como el órgano vivo entre la naturaleza y el espíritu. Una sociedad fundamental para la virtud, reproducida en infinitas formas, debe expresar la dignidad moral de nuestra naturaleza. La justicia debe reinar en el Estado como un sistema organizado de condicionalidad; la religión, como la aspiración a la unión personal de la humanidad con Dios, libremente reflejada en particulares bellas formas, en religión y culto de los pueblos, de las familias, de los individuos, debe renovar de tiempo en tiempo la alianza de la humanidad con Dios... Un comercio cada vez más inmediato y múltiple por todas las regiones del espacio entre el espíritu y la naturaleza debe intimar uno con otro ambos seres fundamentales, y la humanidad consigo misma en la comunicación interior entre sus pueblos. Una sociedad fundamental para la belleza y las bellas formas debe adornar el todo y las partes con la expresión del bello ideal; una sociedad y asociación de los hombres como hombres, debe reunir a todos, individuos y pueblos, en pensamiento y obra, para el cumplimiento del fin común con subordinación de los fines particulares; y, mediante una educación renovada con plan sistemático, debe renacer incesantemente nuestra humanidad en sus venideras generaciones. A esta realización de la idea humana están los hombres llamados por Dios y por la naturaleza; la tendencia siempre dirigida a entender, proyectar, y ensayar esta idea, expresa el sentido de toda la historia pasada; hacia este fin de realizar toda nuestra naturaleza en la tierra y en la historia volvemos hoy la vista y aplicamos otra vez nuestras fuerzas; en la contemplación anticipada de esta idea se abre para nosotros la esperanza de un nuevo porvenir.

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La voz de Dios en la humanidad

La voz de Dios a los hombres para realizar en grado, con proporción y organismo creciente toda nuestra naturaleza sólo es entendida del hombre religioso, cuyo espíritu está iluminado con las ideas eternas y animado del sentimiento de Dios. El cristianismo que J. C. trajo a los hombres, así como fundó la intimidad religiosa (religión del corazón) en espíritu de piedad filial, despertó entre ellos el amor humano (la caridad) y el reconocimiento de nuestros semejantes todos como una familia de hijos de Dios. Este espíritu del amor de los hombres en Dios viene moviendo secreta, pero invenciblemente, los individuos y los pueblos hacia una última y única fraternidad humana. La historia es de esta tendencia un vivo testimonio. El hombre animado del espíritu religioso, el que escucha la voz de Dios en su corazón, está cerca de reconocer la vocación divina de la humanidad a reunirse un día en una vida y sociedad religiosa sobre la tierra.

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Consideremos el asiento que la naturaleza, mediante Dios, ha preparado al hombre, y lo rejuvenece y mejora sin cesar: la tierra que habitamos. Este globo terreno aparece como un todo cerrado de vida natural en ordenada proporción y mutuo complemento de sus partes. El mar y el continente están repartidos con tal proporción, que forman tres grandes regiones bien marcadas y relacionadas en magnitud, distancia y figura, y accesibles entre sí: el mundo antiguo, el nuevo y Australia. El antiguo y nuevo mundo se acercan hacia el polo Norte, señalando la comunicación de uno a otro; y del lado opuesto, donde los separan dilatados mares, media entre ellos, como un ceñidor, el grande archipiélago del Océano Pacífico destinado a ser un día el paraíso terreno. El antiguo mundo, comprendiendo el Asia, Europa y África, forma una gran región interiormente marcada en regiones segundas, e infinitamente varia en estructura, clima y producciones.

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Asia y África ofrecen una decidida oposición natural, caracterizada en la cualidad y disposición del suelo, y por las propiedades de las plantas y animales; y la otra parte, formada después y menor que las dos primeras -la Europa- parece destinada a educar en su suelo los pueblos jóvenes, que de Asia y África han acudido a ella, y para reunir como nudo intermedio el África y el Asia. -La mitad meridional e inferior de la Europa es una de las regiones más bellas y características de la tierra; está dividida en segundas comarcas, bien limitadas entre sí, y destinadas visiblemente para asientos de otros tantos pueblos. En tres grandes penínsulas, España, Italia y Grecia, se adelanta la tierra mar adentro, facilitando la comunicación entre estos grandes países y con las restantes partes de la tierra. Una cadena circular de riberas y comarcas deliciosas corona el mar Mediterráneo y convida a sus pueblos a vivir en comercio material e intelectual entre sí y con África, Asia y América.

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No menos caracterizada ni menos importante para la historia humana es la Europa-Norte, dividida también en regiones segundas bajo proporción análoga a la Europa-Sur, con la cual forma una oposición geográfica de segundo orden. También la vida y el comercio de los pueblos de la alta Europa están como de antemano previstos y facilitados por mares mediterráneos y grandes ríos confluyentes a aquéllos, mientras otros ríos guían hacia los mares del Asia y abren camino a esta gran región. Las islas británicas y la Islanda, adelantándose dentro del Atlántico, forman corno el puente de paso entre el antiguo y el nuevo mundo. -Y aunque la naturaleza parece haber sido con los pueblos de la Europa-Norte menos liberal que con los de la Europa-Sur, no es por esto menos animadora ni menos maestra de la vida; porque en aquellos pueblos se encuentra el espíritu vivamente solicitado a suplir mediante la ciencia y el arte lo que la naturaleza no les ofrece de primera mano. En las regiones norte-europeas no ha lugar a un pasivo rendimiento del espíritu bajo la influencia del clima; antes bien el espíritu necesita tomar allí la iniciativa, estableciéndose al cabo una recíproca armonía entre él y la naturaleza, en la cual ambos se ayudan y se perfeccionan (1). La Europa está así llamada, por la disposición interior de su suelo y por el carácter humano en armonía con la naturaleza, a ser la educadora de los restantes pueblos. De la Europa ha salido todo lo que prepara, lo que desenvuelve la historia humana, y en ella se ha despertado primeramente la idea de la civilización universal. En la Europa deben los pueblos formar la primera unión jurídica y política, y casi la forman ya hoy; a este pueblo y estado europeo se asociarán en su tiempo los pueblos de Asia y África. Entretanto se debe formar allende del Atlántico, no sin el influjo de la Europa, un coordinado Estado superior político en América. -Entonces podrán unirse el antiguo y nuevo mundo en una sociedad superior de pueblos; y cumplidos estos grandes hechos, los pueblos de la tierra educados y probados en la lucha de siglos, sellarán una definitiva alianza en el mar de las islas, y con esta unión comenzará un nuevo período de vida, guardando así la humanidad en toda su historia una fiel correspondencia con la estructura de la tierra, su morada. La atenta observación de nuestro globo, de sus grandes y pequeñas divisiones y de la relación entre sus partes principales y las segundas, el conocimiento del espíritu humano y supremamente el conocimiento de Dios, nos permiten esperar el cumplimiento de este último destino histórico.

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(1) Los pueblos del Norte-Europa se interesan más por su vida interior, que los pueblos de la Europa-Sur. A esta diferencia están sujetos los pueblos como los individuos. En los primeros las instituciones humanas han nacido y crecido con más distinción entre sí, y cada una con más clara idea de su fin (la Familia, el Estado, la Iglesia, la Ciencia), y en esta idea y limitación más clara han llegado todas a un estado orgánico y a cierta consolidación: de aquí ha nacido una relación común más libre y más animada entre ellas. En los pueblos de la Europa-Sur ha aspirado cada institución y sociedad particular en su tiempo a absorber en sí las restantes y con esto las ha desnaturalizado y turbado en su desarrollo espontáneo. En aquéllos las instituciones sociales viven más según su idea propia y en el límite respectivo de unas a otras, que es el carácter dominante del espíritu; en éstos viven las mismas instituciones más en el sentido de totalidad y de comprensión respectiva (solidaridad), que es el carácter dominante de la naturaleza. Si la fuerza de unión, la facilidad de asimilación de las instituciones humanas en la baja Europa se reuniera con la espontaneidad, la respectiva limitación, la fidelidad a la propia idea de las mismas instituciones en la alta Europa, el resultado sería una sociedad humana (un pueblo-Europa) de orden superior más orgánica y en sí más completa; la Europa se acercaría más al cumplimiento de su destino en la humanidad. La historia hasta el día no nos ha enseñado más que los resultados funestos de la imperfección antedicha de las instituciones históricas en cada una de estas dos mitades de la Europa. Hoy se pregunta, si esta misma historia no es una indicación de que la vida y cultura del Mediodía europeo lleva en sí imperfecciones que son como un nudo o una cuestión irresoluble dentro de estos pueblos, mientras vivan y obren aislados en el todo; esta cuestión sólo puede resolverse y este nudo desatarse comunicando ambas mitades toda su vida interior bajo una idea y sociedad superior (un pueblo-Europa). Si la historia como parte de la vida ha de tener alguna conclusión, dando a los hombres enseñanza permanente acerca de la ley de Dios en la humanidad, no puede ser otra que la de reconocer hombre con hombre y pueblo con pueblo su límite respectivo (su lado negativo histórico), y con esto reconocer la ley de su unión en la humanidad como un nuevo y más elevado organismo de la vida.

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Si la naturaleza, mediante la disposición del suelo, y el repartimiento ordenado de sus producciones y criaturas, convida a los hombres a una asociación material, que debe propagarse por toda la tierra; si en la distribución del reino animal y el vegetal, y del linaje humano, y en la alternativa de mares y continentes parece haberlo preparado todo para la realización de una común sociedad y pueblo en toda la tierra; el espíritu concierta con estas indicaciones de la naturaleza, mediante una tendencia manifiesta a semejante unitaria y definitiva asociación. La razón exige a todo hombre y a toda sociedad particular que funde su vida propia en la idea de relación con la vida semejante humana de grado en grado, y que ordene toda su historia en conformidad con esta idea. En cualquiera región del espíritu a que el hombre se convierta, se abre delante de él una infinita cuestión junto con la voz secreta, que es imposible aun siquiera llenar cada cual su propia vida apoyado en sola su individualidad, sin una comunión social en todos los fines intelectuales y humanos hasta donde más allá sea posible. Cada parte del destino humano es por sí infinita, y bajo muchos aspectos infinita, excediendo siempre su claro conocimiento y su entero cumplimiento del alcance del individuo o de las sociedades particulares.

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Consideremos la ciencia y el fin científico: tanto la ciencia racional (la filosofía) como la ciencia experimental (la historia) es cada cual, en su idea, infinita, inagotable. La ciencia fundamental, esto es, el conocimiento de Dios y de las esencias divinas, aunque la más simple y la que precede a todas, da asunto siempre nuevo e infinito a la inducción, a la deducción y a la construcción. La ciencia de las ideas parece estar, como la más íntima al hombre, a disposición de la razón individual que puede sacar esta ciencia de su fondo propio. Pero la historia de la filosofía enseña en general, y la historia de la propia educación muestra a cada hombre, que la ciencia racional es en todas sus partes infinita e irrealizable por el individuo solo o por sociedades particulares, debiendo más bien ser la filosofía la obra de toda la humanidad organizada en sociedad científica, que anude la ciencia de los pasados tiempos y pueblos con la de los presentes en educación progresiva hasta su natural plenitud. La historia nos enseña cuán poco ha adelantado en esta ciencia el individuo, que, separándose del espíritu general científico, se ha arrojado a trabajar por cuenta y criterio propio. Y los pueblos igualmente, antiguos y modernos, han esterilizado su educación científica, desde que han pretendido hacer de la ciencia un privilegio o patrimonio, sólo a ellos concedido, rompiendo el nudo que los liga a la ciencia contemporánea de los demás pueblos.

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Consideremos una parte de la ciencia racional, la matemática como la ciencia de la cuantidad (en número, espacio, tiempo, movimiento, fuerza), cuyo carácter demostrativo se pondera tanto, y en parte, con poco fundamento. ¿Cuántos pueblos no han debido concurrir hasta hoy con sus mejores talentos a la edificación de esta ciencia? ¿Cuántos genios superiores no han necesitado aplicarse a esta obra, para alcanzar aun la perfección relativa que hoy tiene? Y sin embargo, ¡cuán poco se ha construido aun sólidamente en ella! Falta hoy una deducción verdaderamente comprensiva y orgánica del conocimiento matemático; los elementos no están en su mayor parte bien definidos, y sistemáticamente enlazados; el álgebra ha quedado durante siglos estacionaria, o ha adelantado poco sobre las primeras nociones; a los altos cálculos les falta, como es reconocido, fundamento científico y relación entre sí. Precisamente, pues, esta ciencia sobre la que funda el espíritu humano su principal orgullo, muestra a las claras la necesidad de una aplicación social y combinada de todos los pueblos y tiempos, para cumplir en ella una sola parte del destino científico humano. -Ni, ¿cómo pudieran hombres o sociedades particulares investigar con plan uniforme el mundo inagotable de la experiencia, para reunirla bajo bases de clasificación en un todo de ciencia histórica? ¿Cómo se pudiera completar la experiencia, aun sólo de una región de la tierra, o del cielo, si de todos lados y a la vez no vivieran hombres que bajo una idea y con plan concertado exploran el reino de la naturaleza? Menos puede todavía la ciencia compuesta, la filosofía de la historia, la que sujeta la experiencia a las leyes biológicas, ser cultivada según su carácter por un individuo, o un pueblo, o un siglo particular.

La dificultad. de que un individuo o pueblo aislado abrace en ciencia muchas cosas y de muchos lados, aumenta por la circunstancia de que los talentos entre los hombres, como entre las familias y pueblos, están repartidos con tanta variedad, tan sin relación al parecer, y sin embargo en la totalidad en tan justa proporción, según leyes hasta hoy poco conocidas, que sólo del concurso efectivo y orgánico de todos cabe esperar el cultivo fecundo de cualquiera parte de la ciencia humana.

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Sobremirando a una ojeada la historia de las ciencias, observamos los decididos progresos que éstas han hecho, ayudadas de los progresos en la navegación, mediante nuevas vías de comunicación entre los pueblos, mediante el conocimiento más completo de la tierra como un todo físico y geográfico, y mediante las invenciones, la brújula, la imprenta, el vapor... ¿Y qué retarda todavía un nuevo y mayor grado de la ciencia, sino la falta de leal unión y de sentido común humano en unos pueblos, y la existencia de otros, menores todavía o infantes o esclavos, en una grande parte de la tierra? La ciencia tiende a lo infinito, y Dios ha señalado a esta sed divina, mediante los límites de la tierra y de la historia, una esfera infranqueable, aunque harto amplia. -El hombre debe llegar hasta el último confín de la tierra y de la historia; pero dentro de estos términos debe cultivar la ciencia como un todo y parte de su destino, uniéndose para ello en sociedad gradual y en edificación individual y común.

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La voz de la razón en el arte humano

Lo que nos ha enseñado la ciencia, lo confirma el arte y el fin artístico, sea en las artes llamadas fundamentales, que se aplican a despertar y desarrollar las fuerzas vivas de la naturaleza (artes internas), sea en las bellas artes, que imprimen en el mundo sensible la idea del espíritu, o en las artes armónicas, que juntan la intimidad de la vida con la expresión de la belleza. Contamos entre las artes internas las que se aplican a la educación espiritual, corporal, y humana; las artes mecánicas que tratan los cuerpos como una fuerza viva y base de fuerzas, las que ponen en comunicación las fuerzas secretas de la naturaleza, las que preparan la materia primera para servir a la ciencia o a las artes y a los usos económicos, el cultivo de los reinos orgánicos, por último, las artes auxiliares de la física, la química y la medicina. El que muchas de estas artes se ayuden entre sí, y ayuden a los fines generales humanos, realza el valor peculiar de cada una.

Todas ellas forman un mundo artístico de su género, un arte humano; el paso dado en la una es dado mediata o inmediatamente en la otra; todas están anticipadamente subordinadas o coordinadas, y cada una es supuesta por las restantes. Cada siglo, cada pueblo ha mostrado en todas las artes humanas su peculiar genialidad; pero sólo se han señalado en la historia del arte aquellos pueblos que vivieron en comercio frecuente entre sí, cambiando recíprocamente los productos de la naturaleza y los del ingenio. ¿Cuánto no han adelantado en sus procedimientos las artes internas cada vez que se ha descubierto una nueva parte de la tierra o se ha facilitado algún nuevo camino a comarcas lejanas? Y, ¿cuánto no debemos esperar de la época en que la sociabilidad universal y regular entre todos los pueblos haga posible una comunicación frecuente de los productos artísticos entre los pueblos mayores, y una educación más humana de los pueblos infantes? Pero lo último, lo mejor y más bello que pueda realizar la humanidad como artista de la vida y de la belleza, no lo esperemos (aun en las artes internas) sino de la unión efectiva de los hombres y pueblos en una sociedad fundamental para el arte, como parte del destino humano, y de un consiguiente proporcional repartimiento del trabajo y de los medios entre todos.

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Ley semejante reina entre las artes del bello ideal. Cada cual de éstas es un mundo cerrado en sí, inagotable en bellas y siempre nuevas obras; pero al mismo tiempo es capaz y está llamada a fundar con las otras artes una unión de arte compuesto y arte humano, y bajo esta unión intimarse cada una en las otras, ganando en ellas idea y carácter, y todas asimismo en cada una. Cada pueblo de que nos habla la historia, se ha aplicado con predilección a alguna particular esfera del bello ideal y en ella ha expresado su individualidad, según su estado de cultura y sus medios artísticos. Cada siglo también ha traído ante el altar de la divina belleza nuevos frutos según su carácter histórico. Los griegos, por ejemplo, necesitaron apenas el ejemplo de otros pueblos para producir en la poesía métrica obras inmortales, y para dejarnos en la estatuaria lo más acabado que en este género se ha visto hasta hoy.

Pero todas las bellas artes tienen su fuente común en la poesía original del espíritu (el genio); todas son particulares reflejos del mundo racional, en el que la inventiva poética engendra un mundo inmediato de bellos ideales, y nos mueve a renovar y recrear con libertad la naturaleza, hasta donde el poder del arte alcanza. La poesía abraza el mundo del sentido y de la experiencia; sin perder en originalidad ni en fuerza de inventiva, lleva su genio igualmente sobre la tierra y hasta el cielo; toda vida y toda belleza en la naturaleza elemental, en el reino vejetal y animal, y en el hombre, es asimilada con libertad por el poeta, ganando además en el renacimiento periódico de la naturaleza interior reanimación, asunto inagotable, maestría artística e influjo eficaz sobre el mundo del sentido.

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La poesía es compañera inseparable de la historia; de ésta toma aquélla materia siempre nueva para obras originales, así como en el desarrollo de la vida; creciendo la historia, e intimándose la humanidad en la naturaleza, la poesía se enriquece también en fuerza de inventiva y en elevación de idea. En este ejercicio se educa y se caracteriza el genio poético de los pueblos, del cual, como de fuente secreta, se alimentan las artes y obras artísticas. La estatuaria, la pintura, la música, la coreografía, la variedad de las artes dramáticas, todas toman su asunto inmediato y su carácter original de la vida del pueblo, en que nacen y florecen; en cada una, según su género, se expresa indeleblemente la relación de la vida del pueblo con la de los pueblos vecinos. Nacidas de una fuente común y alimentadas por una vida superior, están llamadas las bellas artes a realizar una efectiva armonía artística-social en grupos ordenados, hasta formar un organismo artístico-humano, y en este organismo completar luego cada arte su idea particular. La poesía, propiamente llamada, junta todas las artes con el lazo de la palabra métrica, y estrecha esta unión mediante el canto, el baile y el drama.

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La historia nos enseña, que la poesía con sus hijas las bellas artes, producen bajo cada cielo, en cada pueblo de la tierra y en cada siglo obras originales, o por lo menos se ensayan en creaciones libres en este o aquel género; que, en consecuencia, cada bella arte, según el tiempo en que nace, se expresa bajo infinitos ideales, siempre nuevos y únicos por el estilo. ¿Quién no reconoce en este hecho, que los pueblos todos y cada hombre, siendo consocios de la razón y de la naturaleza, están llamados a mostrar su genio en las formas del arte humano, y en alguna, por lo menos, llevarlo a la perfección? ¿No es una misma poesía la que en las regiones heladas del Norte creó el cielo y los dioses del Edda, y la que en las alturas siempre serenas del Olimpo reunió la familia de los dioses griegos?

En la historia de la cultura humana, la historia de las bellas artes guarda con la total de cada pueblo secreta correspondencia, según la cual, por ejemplo, los griegos llevaron la estatuaria a grande perfección, y se ensayaron en la pintura con bellas esperanzas, pero en la música quedaron inferiores a los modernos: igualmente, en la poesía lírica, épica y dramática han dejado obras acabadas; pero la poesía religiosa y romántica fueron apenas cultivadas por ellos. El influjo animador que ejerce la naturaleza y un clima igual y suave sobre el genio poético y su expresión en el arte, nos hace esperar nuevos renacimientos del arte humano en obras libres y cada vez más bellas. La tierra encierra en Asia, África, América y sobre el grande Archipiélago, mil bellas regiones inhabitadas hoy, o cuyos naturales viven fuera de la civilización e inútiles para ella. Pero cuando un día estos pueblos sean educados, cuando el cultivo bien dirigido de aquel suelo virgen atraiga sobre ellos las bendiciones de la naturaleza, cuando los pueblos civilizados despierten en aquellos infantes la vida divina de la ciencia y el arte, entonces estas regiones, hoy mudas, serán asientos de una vida y belleza original, hasta hoy desconocida.

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Estas consideraciones nos llevan a contemplar la humanidad en su historia como un inventor y artista del bello ideal, como un poeta humano, que da curso libre a su musa y reproduce su idea interior en todas las esferas y por todos los modos posibles, aspirando a una relación superior y un arte compuesto, en el cual desarrolle un día todo su genio, aunque la conclusión de este gran poema de la vida supone y exige que nuestra humanidad viva un día en la armonía entera de sus facultades y en sus justas llenas relaciones con Dios, con el mundo y consigo misma, en forma de una sociedad total artística y poética.

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También el desarrollo de las artes armónicas, el arte de la construcción civil, el cultivo de las plantas, la educación del espíritu y del cuerpo, el arte de la medicina y las demás de este tercer género llaman a los hombres a una asociación omnilateral, semejante a las que exigen la ciencia y las artes del bello ideal. El que considera atentamente estos altos objetos, se convence luego de que la ciencia y el arte sólo alcanzan su perfección humanamente posible, cuando cada una en su esfera y ambas en relación sean cultivadas como una obra común de la total humanidad, en forma de una sociedad científica y artística humana.

79.

La voz de la naturaleza en el cuerpo humano

Comparando las indicaciones de la naturaleza con las del arte y la ciencia, hallamos que también la otra mitad humana, el cuerpo y la naturaleza física, alcanzará la plenitud de su ser en la reunión de los hombres y los pueblos en sociedades gradualmente superiores, y que la naturaleza está llamada no menos que el espíritu a vivir en esta unión. Sólo cuando un poder y administración económica humana acuda por medios expeditos con acción igual, y con autoridad uniforme en todas las regiones del espacio a satisfacer las necesidades y condiciones de la vida natural, cuando los diferentes climas de la tierra cambien recíprocamente sus producciones, sólo útiles hoy a miras políticas o exclusivas, será posible educar el cuerpo sano y vigoroso en la posesión de todas sus fuerzas; y concurriendo la organización económico-social de los pueblos con la análoga de los demás fines humanos, podrá gozar el hombre seguridad y desahogo en su estado económico con relación a su destino racional.

80.

Los pueblos de la tierra proceden todos de una Matriz; muchos que bastardearon con el tiempo su sangre, se han regenerado mediante matrimonios con pueblos de sangre más pura, y muchos todavía necesitan hoy semejante regeneración. La naturaleza tiende, es verdad, bajo antipatías instintivas, fundadas en leyes superiores, a mantener puras en la sangre y en su carácter natural las razas-madres, preservándolas de la mezcla con razas bastardeadas; pero ella misma junta, según leyes no menos constantes ni menos bellas, las razas puras entre sí, para engendrar renuevos más vigorosos y más perfectos. Los pueblos de la Europa, por ejemplo, proceden de diferentes razas-madres cruzadas entre sí por varios entronques y en distintas épocas y que hoy continúan cruzándose sin cesar. También en Asia, África y América tiende la naturaleza, en armonía con el espíritu y bajo las leyes de la creación, a desarrollar nuevas generaciones y linajes, aunque con movimiento desigual, retardado en las dos primeras, vivo y acelerado en la tercera. Pero en esta ley de la naturaleza, acorde con la historia de las matrices y razas humanas, fundamos la segura esperanza de que la criatura humana se desarrollará en todo el vigor y plenitud de fuerzas que cabe en su organización, cuando nuestro linaje esté propagado uniformemente por toda la tierra, siendo en toda ella el cuerpo un organismo sano, vigoroso, armónico en sus fuerzas interiores y exteriores, y cumpliendo la parte del destino, a que está llamado por la naturaleza en el hombre.

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La voz del derecho en la humanidad

La idea del derecho y la tendencia consiguiente a realizarlo en la historia humana nos lleva a reconocer, que un derecho y estado político terreno sólo es posible, cuando todos los pueblos se reúnan en un pueblo unido como una persona en todas sus relaciones viva y activa; cuando esta tierra sea un día verdaderamente la patria común en la cual cada hombre y cada pueblo se reconozca hijo natural. Porque el derecho abraza bajo su idea (la libre y recíproca condicionalidad) toda la vida natural de esta tierra y relativamente toda la vida humana individual y social sobre ella. Toca por tanto al derecho y a su representación visible, el Estado, hacer positivas todas las condiciones, mediante las que la humanidad pueda realizarse en el todo y en las partes, como un ser y vida entera, conforme con Dios, con la razón y la naturaleza, y en recíproca condición entre sus miembros.

Este asiento de la tierra es la herencia común de los que la habitan; a cada individuo, a cada familia, a cada pueblo le corresponde en el suelo su parte proporcionada; todos los bienes y beneficios de la naturaleza en el continente y en los mares deben ser repartidos entre todos con justa medida: todos deben recibir su parte legítima en el trabajo y en el producto. Pero el cumplimiento de esta condición sólo es posible, cuando una legislación y una administración competente abracen en estado y gobierno todos los pueblos, cuando todos estén igualmente sujetos al cumplimiento del derecho común en la humanidad.

82.

La voz de la religión en la humanidad

También la religión despierta en el hombre animado de su espíritu, el piadoso deseo de que los hombres y pueblos se junten en el conocimiento y amor de Dios bajo una comunión universal y que manifiesten con actos comunes esta vida interior (Iglesia humana); de que todos los pueblos en esta religiosa alianza honren a Dios de una manera libre y bella, con espíritu de amor filial y en fraternal armonía. Y sobre este anhelo del corazón añade el conocimiento de Dios, la esperanza firme de que Dios también en esta tierra conducirá a la humanidad a la plenitud de su vida, como subordinada a la vida divina; que juntará un día a los hombres y pueblos en una humanidad religiosa terrena, en la que Dios conozca su más cercana e íntima semejanza en este reino de la creación. El religioso conoce y ama a todos los hombres en Dios; los abraza en su corazón con espíritu no particular, a éste más que al otro, sino con espíritu universal (caridad); reconoce la fundamental unidad de todos y su reunión última en la bondad divina; quiere y procura que todos como una familia de hijos en este lugar del destino, como domésticos de una casa por Dios fundada y gobernada, se reúnan en una comunión de fieles, para orar ante Dios con voz unánime, y para solemnizar su religión social en la edificación de un templo común, de una Iglesia católica.

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Resumen

Está pues llamada la humanidad por Dios, por la razón y por la naturaleza, a formar una sociedad absoluta de su género, y a realizar consiguientemente en todas sus personas y fines fundamentales otras tantas sociedades para ella y relativas entre sí. Cada individuo y cada pueblo debe en su lugar y tiempo vivir libre y propio en sí, y todos deben estar con todos y por todos los modos humanos en efectiva asociación. Ninguno ha de menguar, ni impedir la libertad del otro ni de todos, ni estorbar su actividad racional y humana; todos deben ayudarse positivamente, prestándose, según los medios, recíproca condición para su destino individual y social; cada cual debe mantener, extender, completar sus justas relaciones de grado en grado con el todo, subordinando su vida particular a la total inmediata y mediata, y concurriendo desde su lugar a la salud y progreso común. El todo con las partes y las partes entre sí deben vivir unos en otros y por otros; cada individuo o pueblo particular ha de agradecer su salud y sus progresos a otros y todos los individuos o pueblos tanto como a sí mismo, y él de su parte, a semejanza de los miembros sanos del cuerpo, ha de hacerse medio de la salud de los otros individuos y pueblos, de todos los hombres. Esta reciprocidad de vida debe realizarse como ley fundamental en las obras reales humanas, en la ciencia, en el arte y en el compuesto de ambas; igualmente en las formas de obrar, en moralidad, en derecho, en amor y bella expresión, y en las sociedades y asociaciones establecidas en razón de estas formas.

C. Chr. F. Krause y Julián Sanz del Río. Ideal de la Humanidad para la vida. Con introducción y comentarios de D. Julián Sanz del Río. Segunda edición. Madrid: Imprenta de F. Martínez García, 1871 [En esta segunda edición se incluye también el "Discurso pronunciado en la Universidad Central", 1857. La primera edición es de 1860].

 © José Luis Gómez-Martínez
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