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C. Chr. F. Krause
Julián Sanz del Río

 

Ideal de la Humanidad para la vida

Introducción

Leyendo atentamente la obra titulada: Ideal de la Humanidad[1], por C. Cr. F. Krause, escribía yo al paso, y sobre lo más importante de aquélla, algunos resúmenes y consideraciones que, nacidas a la vez del sentido del autor y de mi propio modo de pensar, concertaban a mi parecer con el carácter y necesidades morales de mi pueblo. He ordenado después, y completado aquel estudio, si completo puede llamarse, cuando se limita a exponer, sin el enlace ni la deducción interna científica, algunas leyes fundamentales de la vida, aproximadas en lo posible a los hechos históricos y por ellos en parte motivadas. Aun, sin razonar sistemáticamente estas leyes, y quizá por ello mismo, pudiera tener algún valor este libro, como un ensayo de filosofía práctica, individual y social, más comprensivo en su objeto y plan, más armónico en su tendencia y relaciones que otros ensayos anteriores, estimables sin duda y meritorios en su tiempo; pero no bastantes hoy, ni apropiados al espíritu contemporáneo y a los presentimientos de una vida nueva, que se anuncian con empuje creciente por muchos lados a la vez. Está fuera de nuestra intención, dirigida hoy más a edificar que a discutir, el traer a detenido examen los principios que fueron base de aquellos ensayos; este examen y juicio van envueltos en la enunciación del que sirve de criterio y regulador al Ideal de la Humanidad: El Hombre, siendo el compuesto armónico más íntimo de la Naturaleza y el Espíritu, debe realizar históricamente esta armonía y la de sí mismo con la humanidad, en forma de voluntad racional, y por el puro, motivo de esta su naturaleza, en Dios. Este principio recibe en sí, moderándolos y concertándolos bajo más alta idea, los principios deducidos, en edades precedentes, de teorías incompletas y entre sí inconciliables: el Idealismo contra el Materialismo; el Supernaturalismo contra el Naturalismo; el Socialismo contra el Egoísmo, cifrando sobre estas opuestas doctrinas el fin real del hombre en hacer efectiva toda su naturaleza conforme a su carácter distintivo recibido de Dios, por motivo de este carácter divino, en forma de razón y libertad, y por medios buenos y humanos. Todo otro motivo, o forma, o medio de obrar, aparece ante los enunciados, o abstracto y parcial, o impuro y egoísta, o infecundo y estacionario; todos han dado ya sus frutos, y mostrado en el hecho histórico su relativa imperfección. No son, pues, absolutamente negados por el principio armónico, sino negados en lo que encierran de negativos y exclusivos, en lo que ellos mismos niegan; sirven de elementos para reconstruir bajo más alta ley y unidad una vida superior, y lo que resta por hacer después de la obra histórica cumplida hasta hoy.

En este momento y transición delicada de las ideas a los hechos, suelen guiarse los más de los hombres por la corriente fácil del dictado ajeno, como el expediente para ellos más llano y cómodo, sin advertir que el camino obligado, el solo digno y seguro, consiste en escuchar el dictado de la razón, que alumbra y rige igualmente a todos los hombres y a cada uno. Los que así piensan, llevan en el hecho su merecida pena, viviendo de prestado en humilde y voluntaria servidumbre moral, donde debieran ser soberanos mediante el respeto a la propia conciencia y a la ley de su naturaleza, claramente conocida y fielmente cumplida. Los que, para descargar de sí esta condición de la libertad, desestiman la razón filosófica bajo el pretexto de que cuesta trabajo y esfuerzo el entenderla y seguirla con ánimo constante en medio de la accidentalidad histórica, debieran inferir, por analogía, que la virtud más acendrada es de menor estima, porque pocos entienden y practican fielmente sus máximas, o deberían desestimar el oro, porque requiere ser buscado en las entrañas de la tierra, y corre menos en el mercado diario que la plata o el cobre.

Otros, que dan entrada y voz a la razón para fundar el régimen de la vida, pero con tal que traiga carta de pase de la fe (en el amplio sentido) ante cuyo dictado debe aquélla detener su camino, enmudecer su voz y renunciar a su propio criterio y ley, se rebelan contra la naturaleza de las cosas y aun contra su fundamento divino, cuya verdad infinita se manifiesta en la naturaleza y en el espíritu, en el sentido y en la razón con plenitud inacabable y con igual originalidad en cada uno de estos modos de su eterna revelación. Si la ley divina de la razón consiste en indagar por discurso las relaciones permanentes de los seres y de la vida, sería contradecir esta ley y corregir presuntuosamente a su autor, pretender que la razón dejara alguna vez, o por motivo extraño, no razonado, este su camino y tendencia innata que de Dios mismo, no de los hombres ni de humana autoridad, ha recibido. Y, si abusos individuales e históricos han podido motivar semejantes temores y prevenciones (no siempre sinceros aquéllos, nunca acertadas éstas ni eficaces), corrijamos, que es lo derecho, la razón individual torcida, por la ley de la razón, curemos el espíritu enfermo por el espíritu sano, en vez de apelar a voz e imperio y fuerza ajena; porque entonces, ¿quién corregiría el abuso de esta voz, que allí donde no es racional es siempre ciega, siempre abusiva?

Todavía otros se alejan de la razón o descuidan su cultivo fundamental en la filosofía, porque no ven, dicen, sus frutos tangibles y sonantes, como se dejan tocar los de las ciencias naturales y económicas. Mas éstos olvidan con singular preocupación, que los cimientos más firmes y durables de la ciencia y vida moderna, que nos permiten hoy trabajar pacíficamente y progresar en estas esferas prácticas de la vida, fueron sentados por hombres alimentados y nutridos de filosofía, y que a esta soberana ciencia y su estudio vuelven hoy la atención, para cimentar, generalizar y relacionar sus ciencias respectivas, los más distinguidos matemáticos naturalistas y economistas, buscando la sanción de sus doctrinas en la filosofía de estas mismas ciencias, que es un capítulo y eslabón de la filosofía fundamental. Y aun dentro y en el pormenor de aquéllas, ¿hacen los que las profesan otra cosa que ejercitar, aplicar, desenvolver, sin saberlo, ideas primarias de la razón, cuyo sistema e interiores relaciones son el asunto de la filosofía, como los colores son en su infinita variedad otros tantos reflejos que se reúnen en la luz central de la naturaleza? La belleza y comodidad del vestido que hoy usamos, no debiera encubrirnos la urdimbre secreta del tejido que lo viene formando desde siglos.

Algo resta hacer también a la filosofía, para acercarse a la vida y penetrar en ella, recobrando su puesto legítimo de reguladora del sentimiento y la voluntad humana. Agitada, durante casi un siglo, por una fermentación interior en lucha con el dualismo insoluble antiguo que ligaba y entumecía sus mejores fuerzas en todas las esferas del pensamiento, y para reconstituir su unidad orgánica y su universal competencia sobre la ciencia y la vida, ha descuidado entre tanto la dirección que le compete sobre el sentimiento y la voluntad, y desautorizádose con esto temporalmente ante el sentido común. Y este es, si alguno hay, el fundamento más aparente de las quejas contra la filosofía entre los más sinceros y mejor sentidos; porque filosofar no debería ser, bajo este aspecto práctico, sino hallar y demostrar en el conocimiento de la naturaleza humana, en sí y en sus relaciones universales y permanentes, los motivos semejantes de obrar el individuo para con la humanidad, y la humanidad para con todos los seres.

No ha olvidado, a la verdad, enteramente este fin práctico la filosofía novísima, cuyos sistemas todos, desde Kant acá, han formulado las consecuencias morales y sociales de sus respectivas teorías; pero salvas algunas muy estimables y muy autorizadas excepciones[2], no han adelantado estas deducciones, en la forma doctrinal a lo menos propia del filósofo, desde los primeros principios prácticos al desenvolvimiento y pormenor de la conducta humana, ni han llamado en auxilio de los principios teóricos el calor animador del sentimiento y la vitalidad dramática de la historia. Resta en esto un grado y región entera que andar, un verdadero término medio, para que la razón filosófica entre en viva y fecunda comunicación con la razón natural, para que la idealidad trascendental y especulativa se reúna con el sentido común, y se complete el movimiento circular de la filosofía, desde el hombre al conocimiento de Dios, y desde éste otra vez al conocimiento del hombre y al gobierno de su vida.

Aun cumplido esto y bien logrado, encontraríamos dentro de nosotros, en nuestro estado y hábitos históricos, graves dificultades que vencer para desacostumbrarnos de la moral servil de la obediencia pasiva, o la interesada del temor y la esperanza, o la hipócrita de la letra muerta, o la perezosa y estacionaria que pone nuestro destino fuera de nuestras obras, o la limitada de las relaciones diarias y domésticas de la vida; y acostumbrarnos a la moral libre de la razón, a la generosa del amor, a la sincera del espíritu sobre la letra, a la severa y ardua de cifrar en nuestras obras todo nuestro destino, asimilándonos la ley como si nosotros mismos la dictáramos; a la noble y progresiva moral que nos obliga igualmente para con nosotros y para con todos los hombres y todos los seres. Pero estas dificultades, aunque graves y dignas de especial atención, no van a cargo de la razón filosófica ni a ella toca resolverlas, sino a cargo y cuenta de la limitación humana, y sólo el progreso histórico de la vida puede gradualmente vencerlas. Se hace tan suyos y connaturales la humanidad sus propios errores, sus enfermedades y torcimientos o imperfecciones de educación, que fueron necesarios siglos y esfuerzos sobrehumanos para levantar al hombre antiguo de la idolatría sensible al culto del espíritu, o para libertarlo de la antigua ley de fuerza y acostumbrarlo a la ley de gracia y de amor. Juzguemos, pues, por lo pasado del porvenir; y si observamos hoy todavía en nosotros limitaciones morales, torcimientos o enfermedades hondamente arraigadas que alejan el reino de la universal armonía y de la libertad racional, abramos dócilmente el espíritu hacia todos lados de donde pueda venir alguna luz y reanimación, para combatir el mal presente que seca por lo bajo las raíces y turba el goce sereno de la vida; cortemos resueltamente las ramas viejas del árbol, todo lo egoísta, todo lo exclusivo y antihumano, todo servilismo y dualismo moral; ahondemos hasta la raíz viva y sana, que nunca muere del todo en nuestra naturaleza, y levantemos sobre esta raíz con cultivo diligente y experimentado el hombre y la vida nueva.

Las antiguas costumbres, formadas al abrigo del sentimiento creyente y la tradición, se alejan cada día, sin que las nuevas se hayan afirmado ni regularizado; en esta larga transición apenas restan enteras aquellas aparentes o someras virtudes que exigen nuestra posición o profesión o el honor exterior social. Pero más adentro, en el fondo insondable de la libertad moral, en el mundo de las intenciones, en el santuario de la conciencia, en la esfera superior de los primeros y últimos fines, restan hoy para nosotros vastas regiones oscuras, y casi desiertas, donde la voz interior no habla, ni nos acalora el espíritu del bien, ni el entusiasmo de la virtud nos reanima. Y en este silencio y vacío interior hemos de tener a dicha que ante las nuevas y poderosas fuerzas con que hoy está armado el hombre sensible, y la pobreza y enmudecimiento del hombre interior, haya tomado la conciencia social la salvaguardia de lo que resta aún de sentido y hábito moral en los pueblos más cultos.

Y es así en efecto, y merece ser considerado, que entre la desvirtuación de los antiguos motivos y sanciones del bien obrar, y la fermentación confusa de los nuevos elementos se prepara lentamente una reconstrucción moral, iniciada a la vez de todos los lados hacia donde miran y con los que tocan las relaciones humanas. De una parte, el interés bien entendido, el legítimo amor propio, la noble aspiración a la pública estima, el amor al trabajo, si no ponen los cimientos, levantan vallados y muros de reparo en el campo moral, enfrenando las pasiones groseras que antes necesitaban, y aun esto no bastaba, una represión violenta y régimen de fuerza; de otro lado, las leyes tácitas de la conveniencia social, el juicio de la opinión mantienen al hombre, en tal medida de conducta, que es sin esfuerzo materialmente bueno, aunque la forma y los motivos de este recto obrar no sean buenos en sí ni puros ni absolutos, sino interesados y relativos. Y más adentro todavía, la vida científica, el cultivo de las artes, el sentimiento religioso, eficaz hoy principalmente en la esfera del amor desinteresado, fundan los motivos más durables del recto obrar, aunque los fundan en pocos hombres, no en los más, ni en todos con claridad de idea, ni con seguridad constante, ni con fuerza íntima, viva y progresiva, ni con extensión verdaderamente universal. Para este complemento y rehabilitación de la vida, cuya falta nos duele secretamente, debemos lo primero volver al conocimiento más profundo de nuestra naturaleza en su realidad permanente, en su universal igualdad entre todos los hombres, y en su relación armónica con todos los seres; para reanimar y fortalecer de nuevo sobre esta base la voz interior, y fundar según ella la ley y sanción de la vida, reconociendo, cómo, por qué medios y arte práctico quiere esta naturaleza ser fiel y progresivamente realizada por motivo, no ajeno ni relativo, sino por el motivo absoluto de su bondad en Dios. Tal es el espíritu del Ideal de la Humanidad.


Notas

[1] Urbild der Menschheit; Dresde, 1811. - XX y 552 folios.

[2] J. G. Fichte: El destino del hombre; el destino del sabio. -J. Simon: El deber. - F. Huet: Elementos de filosofía moral pura y aplicada; y otros.

C. Chr. F. Krause y Julián Sanz del Río. Ideal de la Humanidad para la vida. Con introducción y comentarios de D. Julián Sanz del Río. Segunda edición. Madrid: Imprenta de F. Martínez García, 1871 [En esta segunda edición se incluye también el "Discurso pronunciado en la Universidad Central", 1857. La primera edición es de 1860].

 © José Luis Gómez-Martínez
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