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C. Chr. F. Krause
Julián Sanz del Río

 

Ideal de la Humanidad para la vida

Introducción

I.

Importancia de considerar la idea de la Humanidad

Hay palabras que en épocas dadas están en el pensamiento y en el corazón de todos, pero que, por no ser dichas, no dan el fruto que en sí encierran. Mas apenas son pronunciadas, todos las escuchan creyendo reconocer en ellas el mismo pensamiento que tenían escondido y que querían expresar; así, pronto son entendidas, pasan de boca en boca, sirven de señal común en que todos se reúnen, y esto basta a veces para que opiniones reinantes muchos siglos y que aparentan todavía estabilidad, cambien enteramente. Yo creo hallar este sentido profundo en las palabras: Humanidad y Espíritu de la Humanidad.

II.

Ningún tiempo es más oportuno que el presente, para volver la vista a la idea general de la humanidad y del hombre en ella. Como individuos, reconocemos hoy que faltamos, o a lo menos quedamos muy inferiores a nuestro destino individual y social y el relativo, sin que podamos acallar la voz de desacuerdo entre lo que la idea nos exige y nuestro hecho histórico, sino a fuerza de excepciones que los más convierten con propio engaño en otras tantas reglas de conducta. Como pueblos y sociedades humanas, cada día vemos más claro que no satisfacemos en nuestras relaciones sociales a nuestro fin total humano, interior ni exterior; que no hallamos en estas esferas limitadas la idea suprema que pueda resolver la contradicción histórica entre nuestro presente y nuestro pasado, y la otra contradicción más profunda entre la humanidad como una y toda, con ella misma como un contenido vario en sus pueblos, familias e individuos. ¿Qué resta, pues, al hombre de sano sentido, al que ama todavía su naturaleza, al que sabe que esta naturaleza quiere ser reconocida y realizada, sino levantar la vista a la idea fundamental de la humanidad, en la que todos como hombres y pueblos nos reunimos, la que a todos nos liga con lazo indisoluble para el cumplimiento de una misma ley común y de un definitivo destino?

III.

Aunque el deseo de hallar una ley armónica humana sobre las oposiciones y limitaciones acumuladas diariamente en la historia, y en la que se reanude la marcha de la vida individual y social, pasada y presente, no se lograra del todo, será siempre necesario, siempre fecundo en resultados, llamar la atención de los hombres hacia la idea y la ley común humana de que todos están llamados a dar testimonio y cumplimiento. Porque este reconocimiento de lo común y constante de nuestra naturaleza y el de las exigencias positivas que de ello resultan nos enseña a guardar medida en nuestra conducta individual y social, a estar siempre en el justo medio de nuestras relaciones propias o ajenas, cercanas o lejanas, con individuos o con pueblos; a no estimar desmedidamente lo particular, por grande o excelente que sea, en el todo, a reducir a su justo valor las oposiciones históricas de pueblos o individuos, no olvidando por ellas el sentido armónico de la Historia Universal, que contiene toda historia particular y la de cada individuo humano. En esta consideración mantenemos recogidas y ordenadas nuestras fuerzas, clara la vista sobre nuestro camino, y segura la esperanza de una última realización de la ley humana en la tierra.

IV.

Ningún hombre puede dejar de tener un interés inmediato en conocer la idea fundamental de nuestra humanidad como sociedad una y orgánica, en el todo y en las partes; en acalorar esta idea en su corazón y en demostrarla con obras exteriores. Este sentimiento es una voz profunda que antecede a toda la historia y vence todo límite geográfico, aun el límite de la tierra; habla con todos y en todos con cada uno; para todos tiene leyes ciertas que dictar y una vida entera de obras meritorias que ordenar. Los pueblos como las familias y los individuos, el varón como la mujer, el anciano como el adulto y el niño, todos entran, según su esfera y su tiempo, en la idea y la historia real humana, y están llamados a hacer efectiva una misma humanidad en sí y en el todo y en la relación de ambos. En esta idea común y en su ley histórica encuentran las sociedades humanas, desde el todo hasta el individuo, el sentido positivo de su historia pasada, e indicaciones siempre nuevas y perentorias para el porvenir. Las oposiciones del tiempo y del espacio, que limitan lo particular humano, se borran una tras otra cuanto más entramos en espíritu, en corazón y con obra viva en el sentido de nuestra naturaleza común. En esta interioridad de espíritu social sobre el individual ganamos una superior vida, recibiendo efectivamente el todo en nosotros y elevándonos en él y por él, según la ley orgánica de la humanidad.

V.

Carácter armónico de la idea de la Humanidad

Para ninguno puede ser difícil o extraño el reconocimiento de nuestra humanidad una del todo a las partes y de éstas entre sí; ningún corazón puede encontrar fría esta voz, nunca puede ser peligrosa su predicación entre los hombres. La idea suprema de la humanidad recibe en sí y armoniza toda oposición de sexo y edad, acerca toda desemejanza de educación; convierte las diferencias de estados y profesiones sociales en relaciones bien proporcionadas, las oposiciones de opinión y de intereses políticos en contrastes sostenidos y recíprocamente desenvueltos de la sociabilidad universal. La idea de la humanidad pide al individuo que ante todo y sobre el límite de su día o hecho presente, sea hombre para sí, esto es, que mire con atento espíritu a toda su vida en idea total y plan práctico y con el sentido de cultivar todas sus facultades, sus órganos y fuerzas para realizar en sí la total humanidad en que él funda su dignidad moral. Esta misma idea pide al individuo que sea hombre para sus semejantes inmediatos, esto es, que tome parte con ellos en todo pensamiento y obra para los fines comunes, que sobre toda oposición temporal muestre hacia ellos un sentido de amor y de leal concurso para la realización en todos, y por consiguiente en él mismo, del destino común. Pide al individuo respecto a las sociedades humanas, los hombres mayores, en las que él se contiene con toda su historia, que reconociéndose parte y órgano de estos individuos mayores, la familia, el pueblo, la nación, la humanidad, viva con ellos en continua y progresiva relación para el cumplimiento del fin fundamental del todo y el histórico de cada sociedad humana. Y esta misma exigencia se repite sin excepción en las demás personas superiores coordenadas a éstas hasta el individuo en inversa relación, pero con derecho igual. De modo, que esta ley tiende a que nuestra humanidad sea históricamente (según su idea) un ser real, en sí subsistente y orgánico, que reciba en sí todas sus relaciones, que abrace todos sus límites interiores, que armonice todas sus oposiciones, un mundo humano, semejante en su límite de espacio y tiempo a la Divinidad, y digna de Dios. Cuanto más sean conocidas, mejor determinadas y más fielmente guardadas estas relaciones, tanto más plenamente realizará nuestra humanidad su destino en el tiempo y en esta tierra, tanto más conservará y mejorará sus relaciones con la naturaleza y el espíritu en el mundo, tanto más interior vivirá, y nosotros con ella, en Dios y en el orden divino, como parte de la ciudad universal.

VI.

No hay entre los hombres tendencia particular, no hay forma de actividad individual o social que no se sujete a la ley de fin y tendencia humana; que de consiguiente no sea abrazada por la idea de la humanidad bajo todas relaciones y en todas sus personas activas; que no la exija aquélla como suya y parte de cumplimiento de su destino en la tierra. Los individuos como los pueblos no ejercen arbitrariamente sus facultades ni sus medios en relación consigo o con sus semejantes, individuos o sociedades; estas facultades y su ejercicio llevan envuelto el sentido de condiciones humanas, y en lo tanto tienen todas determinada la ley de su acción y el modo legítimo de ella, y sólo entonces son parte viva, útil, del destino universal. En ningún miembro de esta cadena interior de nuestra humanidad que toca por su cabeza al cielo, se rompe esta predeterminación de condición y medio para el cumplimiento de nuestro destino común en la tierra. Todos igualmente, los pueblos como las familias y los individuos, venimos obligados por esta ley interior; todos estamos sujetos a obrar como otras tantas condiciones vivas de la humanización común, dentro y fuera, de cerca y de lejos; todo lo particular humano, todo derecho o preeminencia, toda excelencia en mérito o en poder, toda ventaja ganada en genio, en ciencia o en arte, sólo en el sentido de relación y de fin común humano tiene su valor y mérito eminente, y sólo mientras es condición efectiva para ello, es legítima y sana en sí; una vez perdida esta relación, queda en el todo como un miembro inútil, estéril y en parte corruptor de los restantes.

VII.

En vano preguntáis aquí, cuál es el partido a que debéis asociaros en nombre de la humanidad, en vano buscáis el partido contrario que debáis combatir o excluir de vuestro gremio. Donde quiera que nace una tendencia fundada en seria convicción y para fin general, público, que da de sí leal testimonio en palabra y obra consiguiente, que se organiza para realizar pacíficamente el fin propuesto, allí reconoce la humanidad un nuevo medio y órgano de su vida, allí adopta la nueva tendencia y la persona social en su razón como miembro interior del todo, y lo protege con derecho inviolable. Pero desde el punto en que una tendencia particular en individuos o sociedades, aunque sea en sí la más excelente, pierde las condiciones mencionadas y que fundan su legitimidad histórica; desde el punto en que se desconcierta de sus relaciones convirtiendo en absoluto el fin particular que prosigue, o desconociendo su fundamento en el todo y su aspiración definitiva al bien del mismo todo; desde el punto en que se aísla y pierde la forma social de servir en comercio positivo y recíproco a las demás tendencias y personas sociales, desde entonces esta tendencia, y su persona, se hace ilegítima, interiormente enferma, perturbadora y anti-humana. ¿Qué importa que el fin y el sugeto en su razón sea político o científico o religioso; o qué diferencia puede haber en que este fin aparezca en el individuo como una vocación o genio, o en la familia o el pueblo como costumbre, o ley o constitución, o aun en el siglo  –el año de la humanidad – como una opinión dominante, una idea o un pecado histórico?

VIII.

Estado presente de las sociedades humanas

El hombre que escucha la voz de su corazón, guiada por la razón, el que se siente movido a abrazar en amor y obra viva todas las relaciones humanas, observa con extrañeza en la sociedad en que ha nacido, y que le acompaña por toda su vida, hechos contrarios a los sentimientos de unidad y de comunidad humana, que fundan su más bello ideal, y de los que toma motivo para los mejores pensamientos y hechos de que él se da cuenta. Este hombre observa reinando sobre toda otra relación humana una oposición de estados sociales en la que cada opuesto parece fundar su valor sólo en lo que desmerece y vale menos su contrario; el un sexo, edad, carácter o estado no parece acrecer y mejorar sino en lo que su contrario pierde o de lo que él no participa; el uno no realiza su perfección humana sino en lo que deja de cumplir y realizar su opuesto, perdiendo éste una parte de la vida y bien que el primero gana para sí. Y si estos extremos de la humanidad se acercan y concurren y se prestan ayuda, no lo hacen, hoy a lo menos, con el sentido de realizar como partes interiores el destino común del todo, sino más bien parecen obedecer a leyes segundas exteriores, a la necesidad o al fin temporal relativo de cada parte, y por consiguiente con unión y concurso pasajero, sin amor ni plenitud de idea, ni eficacia de acción común. Sólo en algunas de estas uniones humanas y en algunos pueblos de la tierra la religión ha podido ligar con firme vínculo la sociedad doméstica y librarla de las injusticias y la degeneración en que la encontramos en el resto de la tierra y de la historia.

Por otro lado, las mismas personas sociales, tanto las fundamentales como las activas para fin temporal, parecen atentas en sus relaciones más bien a excluirse unas por otras, a ganar cada una en poder y provecho propio a fuerza de encerrarse en su particularidad, en oposición con la idea y fin particular de las demás sociedades, a reinar o predominar entre todas, que a realizar cada una su fin, reconociendo y prestando condición a las sociedades semejantes, esperando de ellas igual reconocimiento y concurso, midiendo su particular progreso en el todo por el progreso de las demás y de todas como compartes y consocias de una vida superior; no debiendo mirar cada una su vida y obra (su moral, ciencia o arte) como primeramente la obra suya, sino como vida y obra humana, hallando luego cada una en la plenitud de la vida total la de la suya particular.

El hombre bien sentido, que contempla esta exterioridad y desamor en que viven hoy las sociedades y asociaciones humanas, atentas más a negarse unas por otras, a impedirse, excluirse, que a obrar como funciones interiores de una total acción y vida, se pregunta: ¿Es definitivo semejante estado, sin que otro estado sea posible en nuestra humanidad como la sociedad suprema e interiormente armónica de todos sus pueblos, sus familias, sus individuos, según la concebimos en la idea? ¿No cabe pensar que bajo estas oposiciones y limitaciones de la historia, bajo esta particularidad de espíritu y obras sociales, y aun mediante ella, se prosiga secretamente una unión ulterior de vida humana en desarrollos sucesivos, a la manera de un ser orgánico que se manifiesta primero en sus funciones parciales, hasta realizar en tiempo debido su última y plena sociabilidad? ¿No cabe pensar que nuestra humanidad deba ser últimamente un reino y sociedad cerrada en sí, y toda interior, donde cada sociedad de grado en grado represente en su límite la idea del todo, y en esta forma cumpla su obra particular entre los copartícipes de este reino humano; que los opuestos sexos, las sucesivas edades en individuos y pueblos, los encontrados estados sociales reconozcan un día en esta misma oposición su naturaleza común que desenvuelve sucesivamente en ellos, y con ellos, la riqueza inagotable de su idea; que las particulares y hoy antipáticas nacionalidades, los pueblos y las Uniones de pueblos, separados unos de otros con límites históricos y geográficos, reconozcan entonces en esta su limitación la tendencia progresiva de la humanidad a abrazar más y más en sí sus personas interiores, venciendo con laboriosos ensayos un límite tras otro, ampliando cada vez más su comprensión interior, reuniendo en destino común cada vez más pueblos y esferas activas, hasta realizar en un día último la plenitud de su ley social humana?

Cada sociedad fundamental y cada asociación activa hallaría en esta idea el sentido de su naturaleza y la ley progresiva de su acción como parte del todo de que es co-esencial y consocia. Cada individuo estimaría entonces su particular genio, o vocación, o profesión, en cuanto sirve para la realización última del destino total, y en consecuencia cumpliría su vocación científica, o artística, o religiosa, en el sentido de vocación y fin humano antes que fin nacional o particular, y como las funciones concertadas de una misma total y bella obra. El varón, por ejemplo, reconociendo en sí la ley de la generación de la humanidad, cumpliría esta ley del todo en sí como la parte, haciéndose todo para la otra mitad humana, siendo para ella una condición viva en amor, en derecho, en respeto moral para la educación y la elevación de esta otra parte y de su descendencia, para su entera humanización. El hombre en la edad viril no se creería en la única edad plena y útil de la vida, y fuera de la cual sólo hay un ascenso inseguro y sin mérito, o un descenso menguado y estéril; sino que reconocería en el niño la humanidad infante como la compañera de la humanidad viril y la condición para ésta, y ambas igualmente esenciales y dignas en la historia total humana; y en la edad anciana reconocería el definitivo resultado de las dos edades precedentes con secreta trascendencia a una nueva ulterior vida; porque la humanidad es una y la misma en todos sus tiempos, caracterizándose luego en cada uno según la relación cercana con el precedente y el siguiente.

IX.

La humanidad abraza en la historia
sus sociedades interiores

Cuando nuestra humanidad sea en toda la tierra un reino interior, una pacífica y armónica domesticidad, entonces se reunirá con todos sus miembros en una vida indivisible; entonces abrazará con calor maternal vivificador a todos los hombres y pueblos como su madre natural, la más universal y más íntima, la verdaderamente eterna, y en este calor el hombre hallará reanimación y fuerza invencible para el cumplimiento de su destino. En este día lleno, el individuo no se sentirá desamparado en la guerra que divide hoy su corazón, y lo desconcierta y desespera, cuando de un lado la naturaleza lo lleva al sentido, la sombra de la vida, y del otro lado el espíritu lo obliga a recogerse dentro, a alejarse del contacto de la vida que empaña la pureza de las ideas, o les disputa el absolutismo con que el espíritu quiere reinar en él, guerra y división ésta, alternativa de sombra y claridad, de flaqueza y de fuerza en la que los más firmes vacilan y se preguntan: ¿Hay salud para el hombre? Todo a nuestro lado, en el espíritu puro y en la naturaleza pura, parece estar en su asiento, cada cosa parece ajustar con las demás de su género, y caminar con seguridad hacia su fin respectivo; sólo el hombre vive como en tierra ajena, alternativamente en el espíritu y en la naturaleza, y alternativamente arrojado del un reino, y del otro como extranjero en su casa, como desterrado sin patria ni hogar.

Pero cuando nuestra humanidad sea en la tierra un reino propio que abrace realmente todos sus miembros, entonces comunicándoles con más igualdad su vida fundamental, ayudando ella al hombre y ayudándose éste, como el hijo al lado de su madre, se reducirá más la tutela que en la historia pasada han usurpado alternativamente el espíritu y la naturaleza. Entonces el individuo dentro de su familia, de su pueblo, de su humanidad terrena, apoyando en su género su vida individual, será, salva su libertad, igualmente partícipe del mundo del espíritu y del de la naturaleza; será en el hecho como es en la idea, el tercer compuesto en que aquellos dos opuestos concurren a armonizarse movidos por la ley de la unidad divina en el mundo, y en esta armonía realizarán la humanidad y el hombre su destino universal en Dios. Ciertamente, a resolverse en esta armonía histórica espiritual-natural a la vez, parecen caminar secretamente ambos seres opuestos en el hombre, y esa misma posesión exclusiva que el espíritu y la naturaleza pretenden sobre él es una voz de alerta que llama sin descanso al Yo humano a buscar leyes y estados de armonía entre sus inclinaciones opuestas, a entrar más en su humanidad, como su género inmediato, a indagar y ensayar en sí todas las armonías sociales que caben en lo humano. Esa misma oposición interior que hoy nos atormenta, prepara de lejos, bajo la idea de la unidad de Dios y del mundo en Dios, el estado último de nuestra humanidad, como un reino interior y orgánico en la tierra.

Y este reinado y cumplimiento de la ley divina en la humanidad, ¿llegará algún día? Nosotros vivimos en un tiempo cerrado, y no podemos anticipar la realidad histórica; mas por lo conocido hasta aquí, parece ser esta plenitud última el fin constante de la historia que vamos haciendo, si vale decir, por nuestra cuenta y riesgo. La historia de las familias y de los pueblos ha caminado hasta hoy hacia el fin de completarse de grado en grado, conteniendo en sí sus miembros en relaciones cada vez más comprensivas en las personas y en los fines comunes (en sociedad religiosa, política, científica). Y esta comprensión histórica camina en correspondencia con el mundo del espíritu de un lado (la cultura), y con el mundo de la naturaleza de otro lado (la economía y el arte), y con el mundo mismo humano, educando sucesivamente sus seres y personas interiores hasta el individuo. Esta idea histórica la realiza la humanidad, no repitiéndose a sí misma como parece al observador ligero, ni como el artista distraído que ensaya y borra sus cuadros sin acabarlos, o rompe los moldes hecha la figura, sino como el artista aplicado que no levanta la mano hasta acabar la obra concebida. Así, nuestra humanidad en la historia antigua vive y crece en simple unidad como el árbol en su tronco derecho, cuyos medros son simplemente rectos, y el más robusto mata entretanto a los demás: crece ya más relativa y más llena en la historia moderna, en grandes brazos que parecen no tocarse entre sí, y que sin embargo se sufren al lado unos de otros (derecho de gentes), aunque cada uno se apropia todavía la vida del todo, y se cree el único o el primer hijo de la madre común. Ved aquí un paso en la historia que no se andará dos veces, y que junto con el primero resume todo el pasado de la humanidad bajo un plan constante y con semejanza admirable en los pormenores, que el historiador puede verificar y que prueba la conciencia superior con que la naturaleza humana camina a su destino. Y no cesará en sus crecimientos sucesivos este árbol de la vida hasta enlazar entre sí las grandes ramas laterales, y comunicar de unas a otras por nuevos intermedios la vida que hasta hoy han necesitado y pretendido cada una para sí. No cesará en sus crecimientos este árbol emblemático de nuestra humanidad, hasta que se cubra de hojas y se adorne con su propia sombra y dé frutos maduros después de esta laboriosa educación. Entonces cumplirá la humanidad su historia y reconocerá todo el camino andado; entonces hará plena justicia y honrará a aquellos de sus hijos, que en los días de la preparación y del trabajo le hayan sido fieles.

Nosotros, digo otra vez, no vemos esto con nuestros ojos; pero lo sentimos más cerca, en nuestro corazón y en la confianza que la sola idea de esta plenitud última da a nuestra obra presente. Porque Dios es uno, y asiste a la humanidad hasta el fin de su vida en la tierra, según el decreto divino.

X.

Los que consideren la historia a manera de un mecanismo, sencillo al principio, que con la agregación de otros mecanismos se hace más complicado, no comprenderán cómo mediante la historia presente y desde ella se llegue a la siguiente más perfecta y orgánica; cómo pueda concertarse la historia del día con la venidera, completando ésta lo ensayado y todavía imperfecto de aquélla. Los que así piensan, miran cada estado histórico como una oposición y desposesión de los estados pasados, y así ascendiendo hasta el principio. De modo que la historia humana no sería, según esto, el progreso de un ser y vida original, que siguiendo su ley interior se desenvuelve con medida en crecimientos graduales, abrazando cada uno el menos perfecto precedente hasta el último, que abrace todos los anteriores; sino que sería más bien una sucesión mecánica de oposiciones y repulsiones de estados, tomados pasajeramente por un ser que niega su naturaleza y camina en contradicción consigo, en una palabra, un ser malo.

Yo no considero todas las consecuencias de este modo de pensar, puesto que los mismos que lo profesan retroceden ante estas consecuencias; pero fijándome en la esfera política donde esta opinión parece más plausible, no comprenden, digo, los que así piensan, que sobre los estados existentes en Europa pueda venir en un tiempo, y mediante ellos mismos, una unión superior política, p. ej., un Estado y Reino europeo, en el que los estados nacionales sean, aunque libres en su esfera, particulares y subordinados, no definitivos, absolutos, como hoy lo son. Que, asimismo, en su tiempo, y dadas las condiciones históricas se realice en la tierra un Estado y Reino político superior al Estado-Europa, que comprenda, bajo ley y autoridad cierta, partes mayores de la tierra hasta llegar en la historia definitiva  –y concurriendo análoga condición en las demás instituciones fundamentales: religión, ciencia, arte– a un Estado y Reino político terreno, que abrace en ley y derecho todos los anteriores.

La primera idea de este Estado terreno parece un procedimiento indefinido e inconmensurable; se cree que estos Estados mayores políticos anularán la soberanía interior de Pueblos y Estados, hoy absolutos, y entonces limitados por un Estado y Pueblo superior; se teme que Pueblos que no refieran su derecho y constitución supremamente a ellos mismos, a su conocimiento y sanción última, perderán con esto un resorte de su vida y educación política y humana, que no se interesarán por su estado público cuando sea segundo y dependiente, como hoy que es primero y absoluto. De modo, que nuestra historia, en esta tendencia a limitar y subordinar una tras otra sus sociedades políticas, a reducirlas de absolutas a relativas y sujetas a sociedades superiores, caminaría según esta opinión a amortiguar la vida interior en sus miembros, apagar el interés político presente en que viven por derecho propio como iguales a los demás y al todo y en oposición con los Estados extranjeros.

Parece, pues, que habría en este procedimiento más bien involución y amortiguación de vida que desenvolvimiento y animación. Todas las eminencias sociales en esta gradual sobreposición se nivelarían y borrarían una tras otra, los contrastes se aproximarían, las oposiciones se amenguarían en esta uniformación y comprensión de esferas políticas en el Estado y derecho común europeo y terreno... ¡Qué sería el grande, el príncipe en un reino donde bajan al pueblo leyes y juicios de más alto que de los poderes del día! La vista se desvanece ante esta relación y subordinación universal en el reino único y ciudad humana en la tierra.

Yo no sigo esta consideración, que harán acaso muchos; tampoco trato de mostrar aquí que en lo mismo en que parece haber amortiguamiento de vida, en ese envolvimiento de pueblos dentro de pueblos superiores hasta el pueblo humano, consiste precisamente el progreso orgánico en esta institución. Quiero sólo recordar un estado e historia semejante a la presente, pero anterior a ella, para juzgar de lo que sucederá de hoy a mañana, por lo sucedido de ayer a hoy.

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Recordemos la historia europea anterior a la de las grandes monarquías, la de Estados políticos y soberanías menores fundadas en la familia o en el interés de una localidad (las ciudades libres) y en derechos y relaciones de familia, pero políticos cuanto cabía entonces (el feudalismo). El fin más alto a que en esta época aspiraba la familia, era formar un Estado político en sus miembros y en sus relaciones exteriores hasta donde más alcanzaba, gozar fuero independiente de generación en generación, fundar una constitución soberana sobre el propio derecho (Dios y mi derecho), y por lo tanto ponerse en guerra o ademán de guerra con familias políticas iguales, con familias superiores y con inferiores; porque esta es la condición de toda persona y vida particular, desde que se presume absoluta ante las demás y ante el todo.

Fuera de esta aspiración de la familia en la Edad media a ser estado independiente, ningún otro de los fines que la familia como sociedad humana debe realizar dentro de sí y en relación, era debidamente cultivado entretanto. Fuera de las familias soberanas o independientes, las restantes vivían sin derecho propio o con derecho menguado, y por tanto sin las condiciones para realizar en sí otros fines superiores al político; no se estimaba entretanto ni se cultivaba una moral doméstica, una educación doméstica, un derecho respectivo doméstico. Por otra parte, esta conversión de la familia hacia el fin condicional (el Derecho), el más exterior de los fines humanos, el que más apasiona al hombre, y la tenacidad con que cada familia poderosa o cada Común sostenían su fuero político, ha impedido durante siglos a la Europa entrar de lleno en el grado político superior a éste, el de un Estado y Reino en el que la familia quede incluida como sociedad política particular, como Estado constituido, relativo, no constituyente, absoluto.

Últimamente, después de una lucha de siglos, el Estado-familia se halla contenido y subordinado al Estado-pueblo, sin que en ello haya perdido aquél las condiciones para realizar en sí todo su destino: antes posee hoy más iguales y más aseguradas estas condiciones bajo un estado y derecho común que abraza en justicia y gobierno, y aun en espíritu y amor común (el amor patrio), un número indefinido de familias. En este procedimiento histórico-político la Europa ha dado un paso positivo, porque a derechos particulares, débiles en sí y relativamente incompatibles, ha sucedido un derecho y poder común; a una ley de guerra entre las familias poderosas, ha sucedido una ley de paz; a un antagonismo invencible, ha sucedido una fuente de relaciones y armonías políticas. Nuestra Europa se ha creado en esta segunda época una esfera nueva de actividad pacífica, donde puede cultivar sus fines interiores más excelentes en ciencia, en arte, en religión y educación humana.

Y en efecto, viviendo hoy el Estado-familia dentro del Estado-pueblo, recibiendo en él por muchos caminos, unos sensibles, otros latentes, las condiciones para realizar su destino entero, se liberta aquél de la preocupación antigua de su derecho absoluto, subordina sin resistencia su estado exterior al estado y ley común del pueblo en que vive, y se convierte pacíficamente a los demás fines y excelencias humanas a que le llaman sus vínculos interiores. Y así vemos, que después de esta involución de la familia en el pueblo, como Estado superior, renace cada día el conocimiento y el interés para la educación doméstica, para las costumbres domésticas; se comienzan a reconocer derechos respectivos domésticos, y familias con familias establecen un comercio pacífico, antes desconocido, y que es fuente inagotable de nuevos vínculos y de progreso humano.

Hallamos, pues, que esta inclusión de estados menores en un estado mayor común, esta conversión de lo absoluto de aquéllos en lo relativo y subordinado de todos, este amortiguamiento aparente de la vida, que en la Edad media se desenvolvió en el caballero, en el noble, en las ciudades unos contra otros y contra el soberano, no ha producido pérdida de vida en el todo, antes ha fundado una vida política más igual, más segura y orgánica, y ha dado lugar al desarrollo pacífico de otros fines humanos, para los que el fin político presta las condiciones, pero no los funda ni los rige.

Ahora, pues, de semejante modo y por medios semejantes como la Europa ha cumplido esta revolución, o mejor, esta involución de la familia en el pueblo, sabrá cumplir (y trabaja ya hoy para ello) la involución superior y siguiente a ésta, y cuya cuestión se resume en estos términos: Abrazar en derecho común y con autoridad igual dos o más pueblos, que en su derecho y poder político son hoy absolutos y entre sí opuestos; sociedad política superior regida por una constitución común en la que cada pueblo sea, no ya absoluto, sino relativo e interior en el Estado común; un Estado-Europa, en el que la vida y la soberanía común del derecho comprenda más esferas que hasta aquí, de donde resulte para cada Estado europeo, y todos en relación, un cumplimiento más seguro dentro y fuera de todas las condiciones de su destino que el que hoy como absolutos y entre sí opuestos pueden obtener. Entonces, alejado a los extremos de cada Pueblo y Estado el calor apasionado de las cuestiones políticas, cuando se interesa en ellas el todo por el todo, se convertirán los Pueblos a cultivar en relación pacífica (como hoy la familia en el pueblo) los demás fines más interiores: ciencia, arte, religión, a que están llamados y a que convida el comercio pacífico exterior. Entonces estimará cada pueblo europeo su carácter nacional, su ciencia, su poesía, sus costumbres nacionales, en noble emulación con los demás miembros de la familia común, para ocupar entre ellos un digno lugar. Entonces, siendo más elevado el fin, y las concurrencias más multiplicadas, el esfuerzo de cada pueblo para su propia civilización será más sostenido, más sistemático, comprenderá bajo una idea común y un espíritu público todos los miembros de este pueblo: la ciudad, la familia, el individuo. Entonces concurrirán todos los pueblos a la humanización de nuestra Europa; para cada hombre se habrá elevado la cuestión de toda su vida, estará más alto el blanco de su acción, se habrán multiplicado las fuerzas y los medios; cada hombre en esta vida superior tomará por suyo el interés, la dignidad, la vida toda de su pueblo ante los demás. Y cuando la humanidad haya cumplido en la Europa esta grande involución como cumplió la precedente; cuando haya conquistado una vida interior donde hoy reina todavía exterioridad y antipatía, entonces cumplirá, movida de su idea eterna, e instada por el tiempo, otra involución más comprensiva, más fácil; de Pueblos y Estados en partes mayores de la tierra, hasta realizar una ciudad y reino humano, un Estado-tierra; porque bajo un Dios hay una sola humanidad y una ley y gobierno común, para realizarla pacíficamente entre los hombres.

De este modo la humanidad ha cumplido hasta el día y sigue cumpliendo en silencio sus revoluciones orgánicas, no sólo en la vida y fin político, donde son éstas más aparentes, sino también y en correspondencia, en los otros fines fundamentales: religión, ciencia, arte, comercio humano. Una misma ley guardan todos estos fines en su movimiento histórico. El tiempo no tiene poder sobre estas revoluciones porque son reales y orgánicas, todo lo llevan delante, todo lo utilizan para su obra: la humanización de nuestra humanidad en la tierra; lo hecho una vez queda hecho para siempre.

Pero la humanidad aspira en la historia moderna a obrar con reflexión y plan, y hasta con economía de tiempo esas mismas revoluciones, que en la historia pasada se han obrado por el instinto de los pueblos jóvenes sin experiencia anterior, sin reflexión ni plan y sin eficaz resultado. Esta es una señal de que la humanidad se educa con su historia y que entra hoy en tiempos más serios y con horas contadas en el cumplimiento de su destino. Y este es el sentido positivo de las revoluciones modernas, como manifestaciones temporales de la idea y vida social.

Pero, observando los ensayos actuales de estas revoluciones, comparándolas con la ley humana en que se fundan, reconocemos cuán en su infancia están todavía, cuánto distan aún del fin bueno que deben cumplir y de la forma buena de cumplirlo, qué incompletas y mezcladas de particularidad y egoísmo obran todavía. Esta infancia de las revoluciones como crisis periódicas de la historia, la ligereza en emprenderlas, la irregularidad en seguirlas, la impureza de los motivos, la injusticia en los medios, la ineficacia de los resultados durarán hasta que los hombres y pueblos dejen la presunción vana y en sí absurda de ganar por la mano a la humanidad, y se reconozcan, no los creadores sino los colaboradores del destino común, limitándose a observar y seguir las leyes humanas en el paso de una historia imperfecta a otra más llena y positiva, obrando no como el que destruye sino como el que construye su historia propia, reorganizando todo lo precedente en lo siguiente. Entonces corresponderán las revoluciones a la ley en que se fundan y formarán una crisis periódica, el dolor pasajero de una nueva vida, en la historia misma.

XI.

Definiciones

Para mejor inteligencia de este Ensayo, debemos declarar algunas palabras. Cuando decimos: Ideal de la Humanidad, tomamos la palabra idea en un sentido preciso, a saber: concepto puro e inmediato del espíritu y concepto total, que no depende de experiencia sensible (aunque concierta anticipadamente con ésta), sino que es original y primero, y como tal antecede y regula toda idea particular. Fijada esta distinción, puédese, si se quiere, dar a tales conceptos inmediatos del espíritu el nombre de ideas puras o intuiciones que con poca diferencia tienen el mismo sentido, nosotros conservamos el primer nombre.

Pero ¿se dan en el espíritu tales conceptos inmediatos o tales ideas primeras? Nosotros podemos dejar esta cuestión, como propia de la teoría, bastándonos la prueba de hecho, que el espíritu ejerce tales actos primeros intelectuales, puesto que los define y nombra, sobre lo cual no pudiera aquél remitirse a testimonio extraño. Cuando decimos: Esas son mis ideas, expresamos con esto aquellos conceptos originales e inmediatos que anteceden a todo otro de su género y a la experiencia, y que determinan según ellos mismos todos los ulteriores; son principios.

Síguese de aquí, que una idea encierra en sí un mundo de segundos conocimientos y aplicaciones, y tal es el sentido con que nos atribuimos o atribuimos a otros ideas. Una idea forma todo un hombre y todo un sistema de vida, y apenas luce ante el espíritu, quiere ser cumplida en tiempo y circunstancias; y en efecto, nos insta y urge poderosamente hasta que se ha convertido en efectiva realidad. Por esto pasa la idea en un segundo estado a convertirse en Ideal, esto es, en direcciones y formas ejemplares determinadas conforme a la idea primera. Demos, si se quiere, al ideal el nombre de plan, proyecto, regla, según el fin y esfera a que se dirige; siempre aquí se manifiesta un estado siguiente a la concepción de la idea pura, y antecedente a la aplicación última de la misma. Por lo demás, este sentido de la idea e ideal ninguna limitación tiene aquí en el objeto; el acto más común de la vida es una obra hecha con arte, según los medios dados, bajo idea y plan previsto en forma de ley, para un fin racional hasta su entero cumplimiento: el hecho racional.

Aplicando esto a nuestro objeto, cuando decimos Ideal de la Humanidad, suponemos ya la idea de la Humanidad deducida en un principio real y capaz de dar plan para lo que debe ser aquélla en la historia conforme a su naturaleza y ley propia. Cuando esta idea de la humanidad es clara para el espíritu, y lo mueve interiormente a convertirla en hecho, entonces se determinan direcciones y planes prácticos de obrar, esto es, se forma un ideal al tenor de esta cuestión: ¿cómo deben ordenarse las relaciones humanas, las tendencias y direcciones que la humanidad envuelve en sí, para que correspondan a su naturaleza y al cumplimiento de su destino?

Tiene, pues, la palabra Ideal un sentido práctico para la realización en el tiempo de una idea primera, no de otro modo que toda obra humana procede de un concepto primero y mediante un ideal cierto. La idea de la humanidad como ser fundamental en el Mundo es anterior a los individuos humanos que la piensan en el tiempo, nos contiene a nosotros y al pensamiento que de ella tenemos, como el género total y permanente contiene en sí lo particular y temporal del mismo; nosotros, cada uno y cada número limitado de hombres, nos conocemos fundados y unidos en este concepto-madre, y vivimos en su verdad objetiva realizándola en nosotros. Y tan enteramente como la idea de la humanidad encierra en su concepto a cada hombre, encierra a todas las sociedades humanas que la historia pueda conocer, y representarnos la fantasía. Cuando pensamos esta idea, no la inventamos de capricho, ni abstraemos un concepto común a varios individuos, no formamos una noción abstracta, sino que reconocemos y atestiguamos nuestra naturaleza común a todos, y sobre todos, así como cuando nos reunimos en amor y sentido común bajo esta idea hacemos efectiva en el tiempo nuestra realidad eterna. Es, pues, independiente la idea de la humanidad de la reunión temporal de individuos humanos en un tiempo o historia particular. Bajo esta idea conocemos un ser fundamental en el mundo, que abraza todo su contenido, y por tanto abraza cada individuo con su individual naturaleza y con su conocimiento mismo de ella. Entonces la idea de la humanidad en el sugeto que la conoce corresponde a la humanidad objetiva como un ser primero y en su género absoluto entre el Espíritu y la Naturaleza.

Lleva esta idea su prueba en su concepto inmediato, sin necesitar de un conocimiento o prueba posterior, porque entonces sería la humanidad como tal un ser segundo, subordinado, se sujetaría a dependencia y necesidad, y tal secundariedad y necesidad repugnan a nuestro sentido íntimo. Así, no fundamos el concepto de la humanidad en el puro concepto del espíritu, ni en el puro concepto de la naturaleza, ni en el mero agregado de ambos, porque aunque nos reconocemos seres racionales y naturales, queda sobre estos conceptos entera y propia y libre nuestra humanidad, no derivada de que seamos espíritu o que seamos naturaleza, ni resuelta últimamente en espíritu puro, o en naturaleza pura. El sentimiento de nuestra libertad, de nuestro indeleble carácter como hombres responsables de nuestro destino dice, de acuerdo con la ciencia, que tanto el espíritu como la naturaleza lo podemos ser y realizar en nosotros con medida y armonía íntima, pero en justa limitación del uno por el otro.

Así, la humanidad representa aquel ser uno en sí, todo y propio, en el que se intiman con unión esencial el espíritu y la naturaleza, como el tercer compuesto de ambos opuestos en el mundo, bajo la unidad absoluta de Dios como Ser Supremo. En esta subordinación a, Dios y correlación con el espíritu y la naturaleza, vive la humanidad con vida libre y conscia de sí realizando la ley divina en cada uno de nosotros, como sus seres interiores y homogéneos con ella. En esta unión de nuestra humanidad con sus personas interiores hasta el individuo, realiza ésta y en parte exige de cada uno el conocimiento y el cumplimiento de su idea eterna. Esta idea ha comenzado a realizarse en la historia pasada, hoy continúa realizándose en consonancia con lo presente y en preparación útil para lo venidero, hasta la plenitud de la historia terrena. A cada siglo, a cada pueblo, a cada individuo está presente nuestra total humanidad, y se manifiesta en la conciencia pública y la individual con fuerza de ley, para que realicemos todos con todos, según medios y tiempos, la armonía esencial entre el espíritu y la naturaleza, bajo la unidad de Dios y Dios mediante.

Veamos las exigencias que nos hace a todos para el cumplimiento de este fin último.

C. Chr. F. Krause y Julián Sanz del Río. Ideal de la Humanidad para la vida. Con introducción y comentarios de D. Julián Sanz del Río. Segunda edición. Madrid: Imprenta de F. Martínez García, 1871 [En esta segunda edición se incluye también el "Discurso pronunciado en la Universidad Central", 1857. La primera edición es de 1860].

 © José Luis Gómez-Martínez
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