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C. Chr. F. Krause
Julián Sanz del Río

 

Ideal de la Humanidad para la vida

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Una Religión y sociedad religiosa en la humanidad

Así como nuestra humanidad está llamada a constituirse en un Reino y Estado sobre toda la tierra, está llamada a reunirse en una sociedad fundamental religiosa (una Iglesia) bajo la subordinación a Dios, y en el amor de todos los hombres en Dios. La religión, esto es, el conocimiento y el amor de Dios en fiel subordinación y aspiración a asemejársele, la hemos reconocido como una forma fundamental, e históricamente realizable, del hombre y la humanidad; y hemos conocido la sociedad de los religiosos como Institución fundamental en la sociedad humana. En este lugar consideramos la ley capital “que los hombres y pueblos deben reunirse en una sociedad definitiva religiosa, como una comunión de fieles en acorde conocimiento y unánime sentimiento de Dios, y en una vida de religiosas obras y religiosa edificación” (1).

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(1) Una relación histórica de la religión.-Es una imperfección histórica de la religión el que las formas particulares del culto religioso presuman todas un mérito absoluto en oposición con las restantes, cuando la religión de la humanidad, aun en su última plenitud en toda la tierra, no presume legítimamente más que ser una expresión buena y bella es verdad, pero particular y limitada en espacio y tiempo de la subordinación de los seres finitos en Dios, como el absoluto y el supremo; expresión que no excluye, antes concierta en la idea y debe concertar el hecho con otras infinitas buenas y bellas expresiones de la misma relación en otros tiempos y lugares, en otras tierras y soles bajo la unidad absoluta de Dios y la subordinación del mundo a Dios. La religión, como la sociedad fundamental humana para la unión del hombre con Dios y el cumplimiento de su decreto divino en la tierra, no está exenta todavía de limitaciones y de oposiciones históricas; no es todavía la religión del amor en el espíritu de Jesucristo y de edificación humana bajo esta única ley; aún no se ha libertado en realidad del particularismo nacional de este o aquel pueblo; tampoco ha determinado bien su fin y modo de obrar, como sociedad y arte religioso, a diferencia del fin y modo propio de obrar de las demás sociedades fundamentales al lado de ella en la humanidad. Pero estas limitaciones históricas se borrarán una tras otra por la virtud de la idea misma, y hoy se están venciendo silenciosamente con el concurso en parte de la ciencia y del derecho. Cuando de la mezcla de elementos que entran en nueva fusión en la historia presente, bajo la influencia del derecho y la civilización, se resuma el resultado en cada uno, se encontrará acaso, que el fin religioso y la sociedad en su razón debe tanta parte de progreso y cultura al derecho, a la ciencia, al arte humano, como éstos a aquél. Entonces la sociedad religiosa entrará en todas las relaciones humanas dentro y fuera de sí misma, conservando su carácter y aplicando su idea a estas relaciones: recibirá la influencia de los demás fines fundamentales, influyendo ella también sobre todos; y una vez hallada esta ley de armonía, se prepararán las sociedades religiosas particulares para reunirse en la religión universal.

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Así como Dios es un solo Dios, y la humanidad bajo Dios es solamente una humanidad, así también Dios como el Ser Supremo sobre el mundo funda con la humanidad una relación divina; y esta relación es conocida y sinceramente cumplida en la tierra como una vida religiosa que aspira a ser digna de Dios y a merecer unirse con Dios.

Donde quiera que en una morada celeste, cerrada en sus límites y dadas las condiciones relativas, se desarrolla la naturaleza humana en linaje continuo, allí debe llegar esta naturaleza en su tiempo debido, y en parte mediante sus fuerzas, a un estado definitivo religioso: allí llegarán un día los hombres y los pueblos a reconocerse como una sociedad de fieles semejantes a Dios, para el cumplimiento de los fines divinos en la humanidad misma.

Mas, así como todas las partes y organismos de la sociedad humana se desarrollan en tiempos históricamente determinados, así como todos crecen por grados, mostrándose al principio aislados y en simple unidad, fortificándose luego en oposición y en el ejercicio laborioso de sus fuerzas, ayudados también de los demás organismos sociales, y una vez llegada la madurez relativa de todos, alcanza cada uno su plenitud particular, con la misma ley histórica crece y se completa la religión y sociedad religiosa en la humana.

No nos es dado aquí seguir en pormenor la historia religiosa que camina en fiel correspondencia con la historia social y política. Sólo algunos momentos capitales de esta historia debemos observar, para aclarar la idea y confirmar la esperanza de una religión y sociedad definitiva religiosa en la tierra.

La ley histórica: que en todo ser y vida limitada se produce en primer grado una variedad de manifestaciones aisladas en particularidad y oposición; que luego la unidad recibe en sí aquellas manifestaciones primeras simples, y que últimamente en la edad plena la unidad reuniéndose con su interior variedad se convierte en una armonía viva y orgánica; esta ley que reina en toda la vida como en cada parte de ella, la encontramos en la historia de la vida y sociedad religiosa.

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Primera edad religiosa: simple unidad

En las primeras edades humanas, en que pudiera compararse la religión a una relación y unión simple (inmediata) humano-divina, conocían los hombres a Dios en simple noción sin alterar todavía este conocimiento la variedad del mundo sensible, ni el hombre mismo en la oposición interior de su naturaleza.

Pero a medida que las manifestaciones de la vida sensible y la humana se desarrollan más libres y más individuales, a medida que la vida natural (el mundo del sentido) y el interés de posesión y dominación sobre ella preocupa al hombre y divide su espíritu; al mismo paso la humanidad se aleja de la unidad fundamental donde toda vida tiene su origen, y hasta la unidad inmediata del espíritu queda en este segundo estado oscurecida por la preocupación sensible. Sólo como en lejana perspectiva (ideas, presentimientos religiosos) que nunca abandona del todo a la humanidad, se recuerda alguna vez en el tiempo aquella unión primera con Dios y se mira la presente separación, como un dolor histórico (pecado) de que encontramos vivas imágenes en todas las religiones.

Donde quiera que el hombre vive en esta esclavitud del sentido, busca a Dios en cada particular criatura y lo adora como un Dios ligado (fijo, encarnado) en la imagen del mundo sensible. Adelantando un paso más la historia, se refleja este estado con más libertad en la religión, hasta que vuelve el hombre en un grado ulterior a reconocer la unidad de Dios, y la unidad del mundo mismo bajo Dios. El religioso contempla entonces todo lo particular sensible y humano, y a sí mismo en subordinación a Dios como Creador y Providencia sobre todas las cosas. Pero sólo en la plena edad de la vida se eleva el hombre al reconocimiento de la absoluta unidad de Dios, fuera del cual nada es ni tiene realidad, y en el cual son esenciados fundados todos los seres finitos, y reconoce en consecuencia la subordinación absoluta y la histórica del espíritu, de la naturaleza, y la humanidad bajo Dios, y la ley de asemejarse y reunirse con Dios como el Ser Supremo. Consideremos esto más detenidamente.

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Segunda edad religiosa: oposición sin unidad. Politeísmo

Mientras en los pueblos (como en los individuos) predomina la fantasía, sirviendo más al entendimiento que a la razón, mientras no existe una proporcionada relación entre dichas tres potencias, no pueden aquéllos elevarse con entero espíritu al conocimiento de Dios y de la humanidad en Dios; conocimiento que quedó debilitado en ellos después de la primera edad humana. En este período de la historia religiosa contempla el hombre a Dios en los seres finitos y en la belleza finita, sin reconocer que un solo Dios existe y reina con su unidad sobre todos los seres y todos los hombres.

Pero en la humana imagen, como la más llena y más bella de todas, se representa en los pueblos jóvenes, cuando despiertan a una religión más elevada, la idea de Dios y sus atributos bajo otros tantos hombres arquetipos (personificaciones) y en una variedad de ideales divinos, a los cuales tributan adoración y culto. En esta edad, y cuanto más se desarrolla el sentido artístico del pueblo, tanto más rico y más variado es este mundo ideal de hombres divinos en los que se personifica la idea de Dios como en otros tantos rayos particulares. De aquí también, y bajo la misma ley, cuando algunos hombres superiores y bienhechores de los pueblos son honrados como dioses, nace la creencia de que aquellos que viven imitándolos o que se consagran a su servicio, se elevan por el hecho sobre los demás, y participan de la comunicación y favor divino. En este mundo de personificaciones humano-divinas se resume lo mejor de la historia antigua religiosa; en ella encontramos restos aislados del conocimiento de la unidad de Dios en las primitivas edades, así como aparecen ya anuncios anticipados de una religión más perfecta.

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Cuando un pueblo en esta edad religiosa habita bajo un bello cielo, y en medio de una naturaleza animada, que despierta poderosamente su sentido para el bello ideal, el mundo de sus concepciones divinas toma las formas de la belleza, y estas formas son reproducidas y realizadas inmediatamente por las artes de perspectiva. Belleza es la semejanza a Dios en lo finito dentro de su límite, y en esta idea contemplan lo divino, en la segunda edad religiosa, los pueblos más cultos y dotados de genio artístico. Pero contemplan lo divino antes bajo la belleza corporal, que bajo la belleza moral y la belleza armónica, porque durante aquella edad la vida sensible y la fantasía predominan en el pueblo sobre la razón. Una imperfección en el cuerpo hubiera arrojado del trono al Júpiter olímpico, mientras que pecados numerosos y manchas morales, que la mitología atribuye a este dios, no repugnaban al sentido moral imperfecto de aquel pueblo.

Y una vez recibida una variedad de dioses en la religión de un pueblo artista, toma ésta y el culto la expresión de un bello universo de hombres-dioses, que representa la vida histórica y las inclinaciones predominantes del pueblo en otras tantas personas míticas en comercio familiar con el pueblo mismo; hasta las imperfecciones y todo lo inhumano, que mancha todavía a los hombres en aquella edad, es reproducido en el mundo mítico bajo personificaciones de una monstruosa magnitud (los gigantes). De esta suerte se reflejan en el espíritu del pueblo los ideales que él mismo realiza en su historia; y ciertamente un mundo de hombres-dioses es el mejor fruto de esta segunda historia religiosa y en el que la humanidad se degrada menos de su propia naturaleza.

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No desconocemos, sin embargo, el pecado capital del politeísmo. Las abominaciones del culto de seres inferiores y hasta inmundos entre las razas negras, entre los pueblos de la Europa superior, los mejicanos, los antiguos y modernos indios, y aun entre los griegos y romanos, se nos representan con sus tormentos, sus profanaciones, sus víctimas humanas. Y, aunque el politeísmo por el solo predominio de la fantasía en la religión no pervierte directamente la relación de la humanidad con Dios, aunque muchas abominaciones del culto gentílico nacieron de la imperfecta cultura de aquella edad, la única capazde explicar cómo los pueblos antiguos pudieron estacionarse durante siglos en la idea de muchos dioses; sin embargo, la representación de lo divino bajo imágenes de la fantasía no puede fundar durablemente ni universalmente el sentido y amor humano, ni elevar la cultura sobre esferas limitadas, ni sobre el particularismo nacional.

Aunque hoy todavía nos agradan los bellos atributos con que los griegos representaban a sus dioses; aunque nos interesan muchos rasgos particulares de puro humanismo, tantos ejemplos de amistad, de hospitalidad, de amor a la belleza, que abundan en la historia de este pueblo, nunca pudo este mundo de ideales divinos despertar en el pueblo sentimientos generales que abrazasen a todos los hombres, ni menos lo libertó de los pecados y profanaciones de la naturaleza humana, en que cayó frecuentemente. Aun los mejores entre los griegos practicaban la esclavitud y la tiranía doméstica, eran injustos para los extranjeros, caían en la profanación del cuerpo y de su belleza. Para salvar la humanidad de estas enfermedades que paralizaban sus mejores fuerzas, era necesaria una elevación que bajo aquellos precedentes históricos, y como consecuencia de ellos, parecía inexplicable. Este renacimiento de toda la historia, después de desterrar las figuras sensibles de la divinidad, debía fundar en la unidad de Dios y del mundo bajo Dios, una religión más perfecta en la humanidad.

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Si un pueblo que conociera claramente sus relaciones sobrehumanas pudiera ser politeísta, las personificaciones divinas de este pueblo se reunirían todas en el ideal de la humanidad culta. Pero apenas se despierta en un pueblo el sentimiento de su dignidad humana (el sentido moral), le alumbra la idea de la unidad de Dios, y entonces no puede confundir por mucho tiempo el mundo de ideales divinos con el único verdadero Dios, por mucha semejanza de divino que en sí tenga aquél. Un pueblo en este estado religioso, miraría los ideales humanos bajo que personifica la divinidad, como ejemplares bellos y perfectibles de su humanidad misma en semejanza a Dios y a la belleza divina. Este pueblo se aplicaría entonces a perfeccionar con arte religioso estos ideales (pero sin confundirlos con Dios) como luces anticipadas en el camino de su vida. Entonces este pueblo en subordinación a Dios y en aspiración fiel a unírsele, puede llegar a su perfección religiosa, y en ella otra vez fundar la dignidad, la libertad y la belleza de su vida.

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Al paso que la cultura histórica crece en fundamento, en medida y en influjo igual sobre todo lo humano, se despierta, según una ley de nuestra naturaleza, y Dios concurriendo, la más alta de todas las ideas, la idea de Dios como Dios y Ser Supremo sobre el mundo, y fundamento de la vida, en quien toda vida finita tiene su fuente y tendrá su plenitud última. Esta idea causa inmediatamente un renacimiento en todo el hombre, levanta una nueva voz de vida en el concierto de la razón, del entendimiento y la fantasía, de todo el espíritu; y sólo en ella, y en la uniforme reanimación de todo el hombre por ella, se capacitan los individuos y los pueblos, para conocer sus superiores relaciones en el mundo, y para conocer los seres fundamentales y en Dios esenciales, el espíritu, la naturaleza y la humanidad, y toda vida como esenciada y fundada en la vida divina.

Conocer a Dios, amar a Dios y a todos los hombres en Dios, reconocer en cada hombre la unitaria humanidad, y en la humanidad hallar y amar a todos los hombres, son ideas inseparables en el espíritu religioso. Sólo en la unidad de Dios, y conforme a ella, es conocido todo ser finito y el hombre como esencialmente uno sobre su interior variedad; sólo en el amor de Dios recibe el amor a toda naturaleza buena y bella en su satisfacción y en su intimidad desinteresada. Cuanto más puro y más igual se cultiva el conocimiento de Dios, en razón, en entendimiento y en fantasía, en el hombre todo, tanto más igual y armónico se muestra el religioso hacia fuera; tanto más se afirma en su amor a Dios y a los hombres en Dios.

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Todo desarrollo de vida pide tiempo, desde sus imperceptibles crecimientos hasta su plenitud. También el conocimiento de Dios y de la vida como fundada en Dios sigue en la limitación humana su propia ley histórica; solamente un grado tras otro, un precedente sobre otro, llegan los pueblos en el tiempo debido al conocimiento de la unidad de Dios y a reflejarla en toda su vida. Al principio es conocida esta unidad sólo en presentimiento lejano y oscuro por algunos espíritus superiores. Todavía se mezclan aquí y allí figuras sensibles del verdadero Dios; todavía se ingieren limitaciones humanas y hasta debilidades y pecados trasladados a la imagen de Dios. Todas las imperfecciones históricas, las obcecaciones del entendimiento, las aprensiones de la fantasía, que ligan entonces al pueblo y al hombre, afean la representación de Dios, no menos que antes la manchaban las personificaciones gentílicas. Si el carácter del pueblo judío, educado en la idea de la unidad de Dios (profundamente arraigada en toda su historia), aparece sin embargo tan egoísta y codicioso, tan desamorado e injusto hacia los extranjeros, nace esto de que el pueblo judío no conoció la unidad de Dios en la edad madura de la vida, sino que en su primera edad recibió de tradición aquella idea, estacionándose en ella sin cultivarla y aplicarla libremente, y por lo mismo, excepto algunos varones superiores, la generalidad del pueblo no veía en Dios, más que un poderoso Señor nacional. Con todo, este mismo pueblo, conservando más fielmente que los demás el conocimiento de la unidad divina, y aplicándolo a su historia, debía llegar antes que otros a un estado más perfecto religioso, y estar más dispuesto a recibir la idea pura de Dios como Creador y Providencia sobre todas las cosas, como Padre de todos los hombres; doctrina que les enseñó Jesucristo, y de la que dio testimonio con su vida.

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Pero tampoco la doctrina de la unidad de Dios enseñada por Jesucristo y entrando luego en la ley histórica pudo ser desde luego conocida en su pureza por los pueblos cristianos ni aplicada a toda la vida en el espíritu del Maestro. Solamente un grado tras otro y dados cada vez todos los precedentes históricos, podía fundar esta doctrina una ley igual sobre todas las relaciones humanas y entre todos los hombres. Viose al principio adulterada de muchas maneras por restos de doctrinas judaicas y gentílicas; fue aplicada sólo a relaciones de la vida individual, quedando fuera o imperfectamente sujetas a su espíritu las personas sociales. La esclavitud y la tiranía reinaron aún largo tiempo en la sociedad cristiana; y en los siglos medios de la Europa cayeron estos pueblos en abominaciones que corren parejas con las del gentilismo. Renegación y martirización del cuerpo, ingratitud para con la naturaleza, su belleza y sus leyes, persecución contra los disidentes (1), heregías, inquisición, asesinatos en masa de pueblos jóvenes (América-Asia), guerras civiles, y religiosas, interior división y desmoralización de los mejores pueblos, tales han sido los efectos del imperfecto conocimiento de la unidad de Dios y del amor de los hombres en Dios, según fue enseñado por Jesucristo.

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(1) La intolerancia en su relación histórica.-Observamos la intolerancia como un fenómeno que acompaña temporalmente a la historia religiosa en la humanidad. Toda doctrina religiosa, cualquiera que sea su fondo, y la sociedad para enseñarla y representarla, se manifiesta primero en relación subjetiva con el individuo o pueblo, que la mira, más bien como una propiedad suya y él se mira en ella como un escogido entre todos, que en relación con la cosa misma (objetivamente), esto es, como una relación real y común, en la que nos reunimos todos igualmente bajo la ley de la subordinación a Dios y de amor común en Dios. Y esta es una primera raíz de la intolerancia que está aún viva en los pueblos más cultos, y que nace de una imperfección histórica del conocimiento de Dios.

En el primer período del monoteísmo religioso, en que aparece a los hombres la unidad de Dios, y la unidad humana en Dios, no según toda su realidad, abrazando en sí toda variedad, sino en oposición pura a la variedad (politeísmo), la intolerancia religiosa era consecuencia de la relación histórica en que fue conocida la unidad de Dios después y en contra del gentilismo; y por consiguiente, se extendió este espíritu aun contra la variedad del desarrollo interior religioso en doctrinas y formas del culto.

Pero cuando la doctrina de la unidad de Dios reine igual en toda la tierra, y pueda desarrollarse según su naturaleza, esto es, como unidad absoluta interiormente llena y conteniendo toda variedad conforme a la unidad (unidad armónica), entonces la unidad religiosa recibirá en sí y se reunirá con su variedad interior, sin perjuicio de su unidad fundamental y en forma de una religión y culto armónico. Entonces la intolerancia desaparecerá por sí misma con las raíces que la engendraron, o aparecerá en su verdadero aspecto como una imperfección de la cultura humana manifestada por tiempo en la cultura y relaciones religiosas dentro y fuera del pueblo.

Este período de una unidad armónica religiosa no supone sólo, que lo preveamos desde hoy como más perfecto que los precedentes de la unidad sin variedad y contra ella, y que debe seguir al presente para que se cumpla la ley de la historia (unidad-oposición-armonía) en la historia religiosa; sino que siendo la humanidad un ser y vida limitada que se desarrolla mediante condiciones dentro y fuera, en el todo y en las partes, es necesario para la existencia de una religión armónica, que la humanidad, como el sugeto de su destino, haya adelantado proporcionalmente en su total cultura y en los demás fines y sociedades fundamentales coordenadas a la sociedad religiosa (en ciencia y arte como las obras humanas; en mérito moral, en condición jurídica, en libre comercio social como las formas de obrar); es necesario que dentro de la historia religiosa se cumplan todos los hechos que preceden al último de una religión armónica-humana, y que deben motivarlo.

A la verdad, podemos nosotros hoy, individuos o pueblos, como siendo cada uno en su lugar un factor vivo de la historia, y condición de la historia venidera, adelantar esta época de una religión armónica humana, haciendo conocer y amar esta idea entre los hombres; podemos apartar algunos de los obstáculos que retardan este nuevo día, podemos despertar en nosotros y en nuestros inmediatos una esperanza firme en este porvenir, que nos mueva a acercar su realidad (y esta posibilidad abona la civilización moderna sobre la antigua); pero realizar inmediatamente y de mano poderosa el hecho mismo sobre su tiempo legítimo no lo podemos, antes bien podríamos retardarlo con pretensiones inmaturas, presumiendo de nuestras fuerzas o empleándolas sin acierto. “Fuera y sobre la humanidad, sólo Dios reina con su divinidad, y como Ser Supremo realiza su decreto divino hasta su último cumplimiento en la historia universal y en cada parte de ella.”

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Mas nunca fueron estos hechos y estados históricos consecuencia de aquella santa doctrina, sino efectos generales de la limitación humana y en particular de la limitación histórica contemporánea, que no comprendía claramente aquella idea ni la aplicaba con igualdad y arte práctico a las nuevas relaciones sociales. Y al lado de estas manifestaciones anti-religiosas y anti-humanas, abundan los beneficios generales y durables del Cristianismo, debidos sólo a la virtud de la doctrina. ¡Qué reanimación de vida, qué desarrollo de fuerzas nuevas no ha producido sucesivamente el Cristianismo en todos los pueblos animados de su espíritu! La doctrina de la unidad de Dios y de la unión de todos los hombres en Dios, nuestro padre, acabó de desterrar la esclavitud que la cultura griega y romana dejaron en pie. Un renacimiento más fundamental en ciencia, en arte y en derecho, se ha obrado en todos los pueblos, donde penetró la doctrina cristiana; y estos beneficios se mantendrán y se propagarán por toda la tierra con fuerza invencible, a medida que el conocimiento de esta doctrina penetre más igual y más interior en nuestra humanidad. Su plena inteligencia y su cumplimiento histórico, el mayor posible a los hombres, sólo se realizarán en el Cristianismo mediante un desarrollo más igual y más libre de todas las facultades humanas. Porque, aunque la unión de la humanidad con Dios, unión en pensamiento, en sentimiento, en vida, no es únicamente obra de la humanidad, sino que, en su fundamento es la obra del amor divino y se realiza en la historia bajo su concurso providencial; pero Dios concurre según las leyes, fundadas por él mismo, de la libertad humana y del desarrollo sucesivo de la vida en el todo y en las partes. A medida que la humanidad se educa con más igualdad y libertad, más según su naturaleza, a esa medida la eleva Dios y la recibe en su amor, según el mérito ganado en una laboriosa aspiración a hacerse digna de Dios. Así como el conocimiento y el amor de Dios despierta todas las fuerzas humanas, eleva toda la actividad y los fines de obrar, así la religión, en cuanto es en parte obra meritoria de la humanidad, aguarda de la madurez de la cultura humana su perfección relativa y su edificación igual en toda la tierra.

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El conocimiento de Dios, principio y forma de la ciencia

Que el conocimiento de Dios y la demostración en Dios de todas las cosas es el fundamento de la ciencia, lo enseña a su modo la historia, comparando la ciencia de los pueblos cristianos, y en general de los pueblos que han conocido la unidad de Dios, con la ciencia de los pueblos gentiles que no la han conocido, y hasta con la ciencia de los griegos, que ciertamente para aquel tiempo es tan admirable. ¿Ni cómo puede la ciencia sin el conocimiento de Dios en su unidad absoluta y en su unidad primera, como Ser Supremo, adelantar en sus deducciones, siendo así que la ciencia se manifiesta al espíritu como un concepto de la razón en la cual la idea de Dios es el concepto-madre, que la deducción científica aplica en forma de demostración de aquella unidad, recibiendo en sí la verdad de los seres particulares hasta donde alcanza la experiencia del hombre?

Mientras el conocimiento de Dios aparece al espíritu en lejano presentimiento y debilitado por la distracción del sentido, se nos representa el mundo de las ideas como una región solitaria y nebulosa, que sólo se aclara a medida que penetra en nosotros la idea de Dios, como el sol central de esta región superior. Este conocimiento es el principio de toda ciencia real, así como es fuente de puro sentido y amor humano y de firme voluntad para toda cultura armónica. La ciencia, además, como una deducción sistemática de la idea de Dios en su verdad absoluta, como el reflejo de la luz divina en el espíritu, pide ser cultivada con sentido religioso, como una oración interior, que influye a su vez en la reanimación de toda la vida. A la ciencia, que es en su fundamento un testimonio de Dios, le es también necesaria la unidad formal: el conocimiento de Dios, como Dios y Ser Supremo, es el objeto de su primera parte (ciencia fundamental), y cada ciencia particular es en su principio generador un conocimiento parcial de Dios en sus esencias (categorías reales). La cultura científica, cuanto más fundamental es, y más sistemática, aclara más y confirma el conocimiento de Dios como la base de la religión, esto es, en forma de fe racional. En la ciencia será un día comprendida la historia religiosa como el desarrollo sucesivo del conocimiento y de la relación con Dios de nuestra humanidad: la subordinación de la historia universal a la ley de la historia divina y a la salvación de la humanidad, se demostrará entonces en el conocimiento de Dios y del mundo en Dios. La ciencia cultivada bajo este espíritu ahuyentará la superstición y la incredulidad; la luz de la aurora se extenderá por toda la tierra, desterrará el frío de la madrugada, y en el día pleno de una fe racional fundará la religión armónica del género humano (1).

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(1) a) Una relación de la ciencia con la religión.-La ciencia, como una parte interior de la historia humana, obra para restablecer en el espíritu la justa relación entre sus facultades, la razón, el entendimiento, la fantasía, realizando entonces en el lleno de fuerzas intelectuales, su vida individual y social y la relativa con claro conocimiento y con plan ordenado hacia todo su destino. Este fin formal de restablecer la justa relación y con ella la salud de las fuerzas intelectuales, lo prosigue hoy la ciencia y la sociedad científica, al paso con su fin objetivo, como fin en sí bueno y esencial a nuestra naturaleza. A veces ciertamente obra en aparente oposición a los fines superiores que mediante éste deben cumplirse en el hombre; sin mirar, por ejemplo, que restablecido el espíritu en la integridad de sus fuerzas y en su armonía se prepara la humanidad para el conocimiento más claro de Dios y para vivir más conforme con Dios en la tierra. El científico piensa entre tanto solo, que cultivar el espíritu de todos lados, con igualdad en todas sus facultades, es fin bueno por sí, es fin absoluto, y lejos de mirar ulteriormente hacia la armonía superior que en esta cultura de todo el espíritu debe resultar entre el fin científico y el fin religioso, se oponen frecuentemente en la historia el uno al otro, se niegan entre sí e impiden recíprocamente: el fin científico suele hacerse irreligioso en este o aquel hombre o sociedad particular; y el fin religioso suele hacerse irracional, fanático en este o aquel hombre o sociedad particular; nunca en el todo ni en el sentido común humano.

Ciertamente, la humanidad ha sabido en cada siglo, pueblo, y hombre, algo enteramente determinado y siempre nuevo, ya esta ciencia, ya aquélla, porque en la realidad histórica es inseparable el sugeto del objeto, la forma del fondo, la mano que trabaja, de la obra entre las manos; pero en medio de esta particularidad del objeto científico en tiempos y lugares diferentes, y de cuyos frutos parece no hacer la humanidad el principal caso, sigue ésta latentemente y a la vez un fin subjetivo que trasciende a toda su vida y destino: el fin de ponerse en la entera posesión de su inteligencia, y mediante ella realizar en la tierra su plena humanización, como una naturaleza buena y conforme a la naturaleza absoluta.

Este es el sentido positivo de la historia y la sociedad científica (más o menos organizada) en sus ensayos para cultivar la reflexión como la facultad y medio de la cultura intelectual, para probar un método científico sobre otro (sistemas filosóficos) para ejercitar la propia actividad del sugeto, oponiendo y refiriendo, según pueblos y tiempos, ciencia con ciencia, método con método, volviendo una y otra vez sobre sí misma (renacimientos científicos) y su punto de partida, despejando el suelo en que edifica, procediendo cada vez con más circunspección y plan, haciendo entrar en ejercicio mayor número de facultades a cada nueva construcción (sistema). ¿Qué fin real sigue la humanidad en esta edificación y reedificación de siglos, en esta lucha interior y exterior? ¿No parecen estas obras más bien ensayos que el espíritu humano emprende por tiempo sin grande atención, y de los que se descontenta él mismo contemplando la obra empezada? Sin grande atención, esto es, sin intención ni plan claramente sabido y sistemáticamente proseguido, es posible que el espíritu humano haya obrado hasta hoy en su cultura científica, bajo las imperfectas condiciones de la historia humana en la tierra; pero en estos esfuerzos y renacimientos continuos, aunque interrumpidos frecuentemente, es movido el hombre por una necesidad superior de su naturaleza: la aspiración a su plena racionalidad; este espíritu en su vida más íntima y libre (la ciencia) lo refleja una vez y otra en sí como un ser que se educa con su historia misma y se prepara a más altos destinos. De esto nos convence la historia científica hasta el día.

La reflexión intelectual o la filosofía en el amplio sentido, al paso que da en la historia productos vivos y bellos según los tiempos, tiene con el destino ulterior histórico, y el último humano, una relación constante que trasciende a toda la vida, y que se explica por la semejanza con el hombre en los períodos de su educación racional. En la primera edad se muestran en unidades aisladas y en simple diferencia las facultades del espíritu, predominando la fantasía; en la segunda edad se refieren y ejercitan en reflexión y en recíproca lucha, predominando el entendimiento (análisis); y continuando activa y creciente la reflexión y entrando en el conocimiento cada vez nuevas relaciones de la vida, llega el hombre a ejercitar en armonía todas las fuerzas de su espíritu bajo unidad y plan, y de ahí a la razón científica. Cuando la humanidad y las sociedades humanas hayan llegado por estos grados de simple unidad, de oposición, de relación, a su plena racionalidad, entonces la sociedad científica ayudará también a su modo y libremente a las demás sociedades fundamentales y sus fines respectivos. Entonces, pero antes no, o a lo menos no sincera ni eficazmente, la ciencia en forma de una fe racional, ayudará también a la religión dentro del destino total humano. Este es el fin superior y el definitivo de la ciencia como una edificación progresiva del espíritu con relación a la religión.

Con este presentimiento más o menos claro del porvenir se ejercita hoy la humanidad, en sus pueblos y hombres, en la ciencia y reflexión científica (filosofía), no principalmente por lo inmediato que pueda aquélla saber entre tanto, porque esto debe saberse mejor y con más fundamento en su día; sino lo primero, porque en estos laboriosos esfuerzos trabaja por su causa propia, mira a un fin de la vida insustituible por los demás, el fin de la educación, fortificación y relación proporcionada de sus fuerzas intelectuales, y con esto se prepara a abrazar en su edad madura con clara razón todo su destino y a todos sus hijos bajo un reino científico. Ved aquí por qué en general la obra de la ciencia no se suspende, por qué sigue descubierta o latente como una tradición racional de pueblos a pueblos, de tiempos a tiempos; ved por qué la filosofía renace una vez y otra de sus cenizas, sin embargo del escepticismo o del abuso de los individuos. Hoy aspira la ciencia a vivir como una sociedad propia y libre en virtud de la bondad de su fin, y con esto entra en un período nuevo de su historia y posee fuerzas para tomar sobre sí todo su destino, para responder de su conducta como maestra de la vida, y para curarse ella misma de sus pasadas enfermedades, la presunción, el absolutismo científico, el desconocimiento o desestima de los demás fines humanos.

Estas consideraciones nos sirven para precavernos contra la presunción desmedida de la ciencia histórica de un siglo o pueblo u hombre, como obras que sin embargo de su valor temporal, serán infinitamente mejoradas y sobrepujadas por una ciencia venidera más fundamental y en su procedimiento más sistemática, cuando posea la humanidad la entera salud y madurez de su razón. Nos precaven también contra el afán avaro de atesorar materiales científicos por sólo este fin, y nos convierten más hacia el sugeto y el método científico; puesto que cuando este sugeto en la posesión y justa relación de sus funciones obre con idea cierta, con plan igual y concertado entre todas las instituciones y fines particulares científicos, su obra crecerá por sí misma, como parte interior sana de la vida y obra total. Nos llevan también a no estimar el trabajo científico de un hombre o pueblo, por sólo el motivo de que el sugeto haya apurado en él todas las fuerzas de su espíritu, o haya demostrado una ciencia profunda, sino a estimar humanamente por mejores las obras que aspiran a despertar en el mayor número el sentido común científico y el interés para este fin en su justa y sana relación con los restantes; las que tienden a acercar por grados intermedios la distancia que media hoy todavía entre el científico y el hombre culto en general; a sujetar la ciencia misma una y otra vez a prueba de la sana razón, y libertarla de los descaminos y de la presunción escolástica en que, aislada de la vida común, ha caído antes de hoy. Nos llevan, por último, a estimar, en más que el producto científico, el productor, a indagar las condiciones precedentes, los fines de obrar, la ley de proceder, buscando en la obra científica lo primero, obra buena y humana con sentido útil para las demás obras y fines, y bajo estas condiciones estimar luego el contenido científico. Ciertamente, ante esta ley tendremos poco que presumir, hombres y pueblos, de nuestras creaciones intelectuales hasta hoy, pero estimaremos estas creaciones en su valor real según todas las relaciones humanas; y estarán animadas por el sentido de que mediante ellas preparamos la armonía real de la ciencia con todos los fines fundamentales de la humanidad.

La religión en su idea propia, como uno de los fines fundamentales y formas de obrar el hombre en aspiración a asemejarse a Dios, a unirse con Dios, y Dios mediante, con todos los seres finitos y consigo misma, mira el conocimiento de Dios y del mundo en Dios, como un conocimiento hecho, esto es, como doctrina sentada y reconocida de un modo u otro, porque su fin principal es dirigir bajo este conocimiento el destino religioso de la humanidad en el sentimiento y en la vida.

Mas para la ciencia, cuyo fin propio es el conocimiento y la demostración de toda verdad particular en una verdad absoluta, el conocimiento de Dios es mirado, no primeramente como una doctrina sentada (un dogma), a la que no se debe tocar, sino como un pensamiento y raíz intelectual viva dentro del hombre, que pide la aplicación de todas nuestras fuerzas en forma de indagación, de cuestión, de claro conocimiento hasta que penetre y anime todo nuestro espíritu y vida demostrando por él, como la ciencia fundamental, todo ciencia y verdad aun a costa de la duda y de la oposición temporal inherente a la limitación de nuestro espíritu cuya luz se debilita así como la luz del sol se esconde a veces al ojo del cuerpo.

En esta obra laboriosa a que nos llama nuestra naturaleza racional, no olvidamos las verdades del sentido común ni los presentimientos del corazón religioso; pero el espíritu científico exige resolver unos y otros en un conocimiento claro sistemático y ordenado bajo un principio, en lo cual se envuelve ya el supuesto de la unidad de nuestra naturaleza en la unidad de Dios. Bajo esta condición es el conocimiento de Dios una nueva luz de la vida, y al mismo tiempo reanima, afirma, extiende esta misma idea en el carácter predominante de sentimiento que tiene en el corazón del hombre religioso.

Si queremos una confirmación decisiva de esta relación fundamental de la ciencia con la religión, comparemos la esterilidad, la desnaturalización y el fanatismo en que ha caído el principio de la unidad de Dios en la religión mahometana y en otras privadas de la cultura científica, con el mismo principio cultivado y afirmado por la ciencia en los pueblos cristianos de Europa.

Ciertamente, ni aun para la ciencia deja de ser el conocimiento de Dios, y Dios sobre el mundo, una verdad anticipada independiente del conocimiento reflexivo, y en este sentido no deja la ciencia de ser una fe racional; mas sin perjuicio de esto, el espíritu puede y debe indagar y profundizar sin temor, pero con circunspección, en esta idea, para conocer en ella el mundo y sus leyes eternas.

Para la religión y la vida religiosa es este mismo principio una doctrina sentada (un dogma) y fundamento vivo sobre que la humanidad edifica toda su historia en sentir y obrar, y aspira a reanudar de tiempo en tiempo su alianza con Dios hasta la plenitud de su destino religioso en la tierra. La religión y la sociedad religiosa están en su esfera y obran saludablemente, mientras se encierran en este límite y en la pureza de su fin práctico. Pero salen de su esfera y dañan igualmente a la vida del todo y a la propia, cuando pretenden que el conocimiento de Dios y de las relaciones divinas con el hombre no pueden ser asunto de conocimiento racional, sino un dogma que sólo se ha de contemplar con los ojos de la fe. Esta pretensión contradice a la naturaleza del espíritu y del hombre y es además irreligiosa, porque pone de propia autoridad un límite al conocimiento de Dios y se pone ella misma sobre este límite. Por esto fue siempre protestada esta pretensión y lo será, mientras la humanidad no pierda su carácter y su dignidad racional.

En lo dicho se muestra una relación interior recíprocamente útil y sana de la ciencia con la religión. En nuestros días no basta sobre esto una mera conciliación o una tolerancia tácita entre ambas esferas y sociedades fundamentales; se pide una relación positiva bajo una ley superior, en la que concierte efectivamente el fin religioso con el científico según el carácter de ambos, y que pueda convertirse en ley obligatoria para uno y para otro, que prepare desde hoy un concurso efectivo de la religión con la ciencia y de la ciencia con la religión bajo la idea de la unidad de Dios y de la humanidad en Dios.

132.

El conocimiento de Dios; su relación con el arte

En relación semejante está la religión con el arte, tanto el arte de la vida como el del bello ideal en el hombre. La contemplación de Dios y del mundo de las ideas por la fantasía religiosa dispone al espíritu para sentir en los seres finitos y en toda la naturaleza la semejanza divina, esto es, la belleza, y para reproducirla libremente mediante el arte como parte del poema divino en la historia. La religión es en su pleno sentido, como sentimiento de Dios, una inspiración del espíritu, y se expresa en la poesía religiosa, en el canto religioso, en prácticas vivas llenas de sentido y edificación, reproduciéndose luego en el mundo de la pintura y la escultura. Toda elevación religiosa en la humanidad ha ocasionado al punto un renacimiento y elevación correspondiente de las bellas artes. El mundo artístico griego es la expresión característica de la poesía religiosa de este pueblo. Y aunque el Cristianismo en los primeros tiempos fue desfavorable a la pintura y escultura, no tuvo en esto parte el espíritu del Cristianismo, sino su oposición temporal histórica con el gentilismo, que se cifraba todo en la adoración de figuras sensibles, incompatibles con la religión pura del espíritu. Pero cuando el Cristianismo se manifestó con más libertad en los pueblos bajados del Norte, expresó su espíritu en el mundo de las artes, en la música, pintura y arquitectura. La riqueza de los pueblos modernos en obras de poesía, el renacimiento de la pintura mediante la contemplación cristiana en el cielo de la Iglesia invisible, y aun el renacimiento del arte griego según el espíritu moderno; todas estas manifestaciones nos prueban que el conocimiento de Dios en la religión, cuando penetra uniformemente todo el hombre, eleva también el sentido y el arte humano a un ideal superior de la belleza. Todo complemento futuro de la religión y de la sociedad religiosa se expresará en una relativa perfección del mundo artístico y abrirá en este mundo nuevas fuentes de originales creaciones.

133

El conocimiento de Dios; su relación con la moral

Igualmente inmediata es la relación de la moral y la sociedad de este género con la religión. Siendo la moralidad el concierto habitual de todo el hombre hacia el bien, es el hombre y la humana actividad una causa finita racional bajo la eterna causalidad divina, y en lo tanto se hace aquél en su vida moral una virtud de Dios. El hombre tiene parte en Dios como el infinito y absoluto, y realiza esta su parte divina como la idea de su destino, siendo fiel a su naturaleza, esto es, meritoriamente bueno. La bondad fundada por Dios en el hombre se manifiesta en general como una potencia de obrar (virtud, espontaneidad), y es una potencia segunda de la potencia de Dios, como la absoluta y la primera. Que la moralidad se manifieste en forma de un libre obrar de todo el hombre concorde consigo (digno, meritorio), y que en la limitación del mundo se fortifique con carácter sostenido (voluntad constante) en el ejercicio y desarrollo de las propias fuerzas, es la ley eterna bajo que Dios crea al hombre y la humanidad. En la propia posesión que alcanza sobre sí el virtuoso, es el hombre una causa inmediata y libre de sí mismo, según Dios. La humanidad es de Dios, por consiguiente dentro de su límite se funda en Dios, y obra por su bondad esencial según la naturaleza divina, y sólo mientras vive en este sentido se capacita para más elevados órdenes morales en el mundo. Sólo, pues, manteniéndose igual y conforme consigo, esto es, libre en su buena naturaleza, puede la humanidad acercarse a Dios mediante la virtud moral y el esfuerzo laborioso para asemejársele.

Así como el sol de la naturaleza aparece en verdadera imagen al ojo corporal, que él mismo ilumina, así Dios, el sol de la vida, se manifiesta con verdad en el espíritu que se asemeja a Dios en el ejercicio virtuoso de su libertad. La humanidad fortificada en su carácter moral, es como el ojo sano que ciertamente no abraza a Dios, que jamás penetra toda la interioridad divina, pero que refleja fielmente la imagen de Dios. Así como el ojo, aunque es un punto imperceptible en el espacio, recibe dentro de sí el mundo sensible y las relaciones y distancias de los cuerpos, así puede el ojo del virtuoso contemplar el bien en la realidad de Dios, en el cielo de la vida divina. Hasta el momento en que este ojo interior adquiere toda su fuerza, dirige Dios a la humanidad con influencia secreta, pero de modo que la libertad humana en lucha con la limitación del mundo, se fortifica y se eleva de simple voluntad, a voluntad refleja moral. También el niño antes de nacer es iluminado por el sol de la naturaleza que le da calor y lo vivifica; pero sólo cuando su ojo se abre a la luz, se le hace aquél manifiesto en el mundo de los colores.

Si, pues, Dios ha de comunicarse algún día en nueva alianza a la humanidad, ha de estar ésta preparada con su libertad moral y capacitada para esta comunicación; esto es, ha de haber probado y fortificado su carácter racional con puro corazón y sentido religioso; el hombre mismo, si cabe decir, ha de salir al encuentro de Dios, acompañado de su conciencia virtuosa. También al hombre imperfecto o torcido en el uso de su libertad le asiste Dios y lo lleva al bien, aunque sin manifestarse a sus ojos; pero al punto que reina en él la conciencia moral, se refleja la virtud divina en su espíritu, no sólo presentida, sino claramente conocida sin mengua de la libertad. La humanidad convertida a la virtud, cuanto es posible al hombre, reanuda una alianza nueva con Dios, y en esta alianza se desenvuelve con nueva perfección su libertad moral. El patriarca del pueblo israelita, Moisés y los profetas presintieron, pero Jesús y sus discípulos enseñaron la vida de la humanidad religiosa como una nueva alianza, en la cual Dios obra según su divinidad, y el hombre bajo Dios coopera según su humanidad (1).

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(1) Relación de la moral y la sociedad moral con la religión y sociedad religiosa.-Es todavía en la historia presente un desconocimiento profundo, y en parte una limitación de nuestra naturaleza el entregarse el hombre enteramente a la relación religiosa en su carácter predominante de sentimiento, aislado de la voluntad y del conocimiento, descuidando entre tanto cultivar su carácter libre moral y la sociedad fundamental para este fin. El sentido moral y la sociedad que lo expresa y lo cultiva en el pueblo, apenas se ha desarrollado históricamente más allá de las primeras personas humanas (el individuo y la familia). Pero en el lleno de su idea, como fin total humano y como sociedad activa de grado en grado para realizarlo, apenas es presentido, salvo ensayos nacientes en algunos pueblos de Europa y América.

Las consecuencias de este abandono de la humanidad al sentimiento religioso, descuidando al lado de éste el carácter moral del sugeto, son demostradas en la historia del Cristianismo. Esta historia, en medio de quedar sana y entera la raíz de la nueva vida fundada por Jesucristo, nos enseña en las divisiones y desmembraciones repetidas en el seno de la Iglesia cristiana, en la facilidad con que han degenerado unas después de otras las instituciones particulares y en las reformas generales y parciales, que falta algo que edificar y fortificar en el hombre al lado del sentimiento religioso; que este fin y su sociedad cuando se aísla de los demás fines fundamentales, o no se hermana históricamente con ellos como equiprincipales dentro del hombre, no puede llenar ni aun su destino propio, por más que se resista a creer esto un sentimiento piadoso, pero poco ilustrado; antes pierde él mismo su natural salud y se pervierte.

Esta misma historia nos enseña, que resta hoy todavía algo inmediato que edificar en el hombre, y que debe acompañar a la educación y edificación religiosa, para que ésta se mantenga pura dentro de su fin, y sea en su influencia eficaz y fecunda en bellas y santas obras.

Y esto que falta en el sugeto y es en él la base de su religión es el carácter moral, mediante el que la humanidad y el hombre en ella se haga cada vez más digno de sí y de su buena naturaleza, se restablezca en su libertad racional y con esto se capacite para elevarse a Dios y unirse con Dios en la religión. Mereciendo el hombre bien de su naturaleza, merece bien de Dios aun en el orden moral, y puede entonces y desde aquí elevarse a un orden superior de la vida en su relación con Dios, pero no sin esta condición ni fuera de ella. El hombre fortificado en su carácter moral abraza la religión (lo mismo que el derecho y estado, la ciencia y el arte) también con sentido moral en el juicio de conciencia: asimismo, el sentido religioso fortifica a su vez y reanima el carácter moral con la esperanza eterna en Dios.

La relación entre estos dos fines y las sociedades fundamentales relativas, es demostrada en la ciencia como una ley del conocimiento de Dios y de las relaciones divinas, sobre la historia; pero también la historia enseña que es peligroso para la salud del hombre el desconocimiento y la confusión de los dos sobredichos fines, el del mérito subjetivo moral y el de la subordinación objetiva religiosa, en la relación igualmente esencial de ambos en la humanidad.

Los hombres serios y bien sentidos darán algún día importancia a esta verdad; comprenderán a la luz de ella una parte de la historia religiosa y la causa secreta de sus revoluciones y degeneraciones interiores, y atenderán a reedificar y fortificar la vida moral en el conocimiento y la voluntad, como el fundamento subjetivo del sentimiento religioso, dejando el complemento de su obra, al concurso divino y a las fuerzas sanas latentes de nuestra humanidad.

134.

La fe en la acción de Dios, como Ser Supremo sobre la humanidad y la historia, concierta con las deducciones de la ciencia respecto a la causalidad eficaz, tanto eterna como temporal, de Dios en el mundo. Sólo bajo esta idea comprendemos a Dios en la plenitud de su vida sin perjuicio de la libertad de los seres finitos y del hombre. Así concebimos la religión como una sucesión de estados históricos gradualmente preparados y cumplidos, mediante los que la humanidad se eleva en sus relaciones con Dios, pero sin agotarlas jamás. Y, así como la creación de los seres finitos es una obra inmediata eficaz de Dios, en la que produce por su divina virtud seres a su semejanza, así la reunión con Dios de los seres libres que aspiran a asemejársele, es una continuación y complemento de la creación, recibiendo Dios en su armonía divina todo lo finito que se hace digno de él. Mas por esta reunión histórica con Dios no se entiende que los seres finitos sean alguna vez suprimidos en Dios o identificados con Dios, sino que los seres finitos quedan, en esta reunión y reuniones sucesivas, siempre en la relación de la criatura al Creador, de lo finito a lo infinito, de la parte al todo. Porque es una ley de la vida, igualmente en la total como en cada vida particular, en la planta como en el animal y en el hombre, que todo ser finito fundado y contenido en el todo de su género, vive primero simplemente en sus propias fuerzas y después, y en tiempo debido entra en relación con los seres coordenados y superiores y con el todo.

Así, pues, la moralidad como voluntad meritoria de nuestro destino y de los medios para ello, es la condición subjetiva en la humanidad para elevarse a la religión, esto es, a la unión con Dios, y Dios mismo reintima entonces consigo a la humanidad en más plena alianza. Sin que el carácter moral, como el fundamento subjetivo de la religión, se eduque y fortifique en el hombre, no dará la religión en él frutos de bendición. Apoyándose en sí misma y de concierto con la acción de Dios en ella alcanza la humanidad de grado en grado la plenitud de su vida religiosa, y merece el amor divino (1).

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(1) El medio relativo entre el hombre y Dios.-Tiene la historia universal y la humana su sentido más real y último en lo siguiente: La humanidad aspira a conocer, sentir y realizar lo divino, como el objeto absoluto en la esfera de la libertad; esto es, conocer, sentir y referirse activamente a Dios, como lo entero y último que cabe pensar y poseer por motivo de él mismo y en forma eterna de obrar (la ley de Dios). Mas este conocimiento y sentimiento y unión son infinitos por su objeto; penden y trascienden siempre para el ser finito y piden a la ciencia y vida limitada una entera consagración (devoción) del hombre todo a su asunto, y juntamente una subordinación y subrelación de todo el sugeto y sus condiciones a la humanidad, como el contenido total vivo y orgánico de todos los hombres en su aspiración activa hacia Dios. -Pide este fin último ultra-histórico, que durante el camino hacia él no se mire el hombre ni la humanidad como fin, sino como medio y condición para el fin, porque en el punto que la humanidad pierde el sentido condicional de su naturaleza, allí se interpone como sombra entre ella y Dios, olvida a Dios por sí misma, toma su imagen subjetiva de Dios por el Dios real, rompe la escala misteriosa de la vida, y apaga ella misma en sí la luz del espíritu que junta la vida y obra terrena con la vida y obra divina.

Y, siendo el objeto real absoluto, esto es, Dios, no algo puramente otro y extrahumano, algo particular, circunscrito histórico, sino un todo, infinito absoluto y bajo esto aquello también; teniendo por tanto la humanidad algo de divino sobre su individualidad histórica, debe el hombre mirar con santo respeto todo ser y toda cosa y aun a sí mismo en todas sus personificaciones y manifestaciones, reconociendo que en todo estado de vida, y aun en las propias inmediatas relaciones se envuelve y quiere ser reconocida una sobre-relación y trascendencia divina. Sólo en la tendencia y sentido constante a conocer, sentir y cumplir esta superior relación donde quiera, ya sea coordinada, subordinada o superior, está la condición de conocer lo real, objetivo y el supremo fundamento, esto es, de conocer a Dios y sus divinas manifestaciones mediante el mundo y la historia, y unirse a él por estos medios.

Exige, pues, esta ley el respeto santo al espíritu, a la naturaleza, a la humanidad, a todos los seres, y a nosotros mismos en todas nuestras propiedades, modos y estados humanos por motivo último, no de ellos, sino de Dios, que se nos da a conocer, sentir y poseer hoy en estos, mañana en otros, según el merecimiento moral y la capacitación que el conocedor tiene cada vez para ello. Pero este respeto del sugeto a la vida presente, que es parte del respeto a la vida universal, significa el reconocimiento de nuestra limitación ante la ilimitación de Dios, y es para el sugeto la condición y medida de la estima con que contemplamos cada objeto, y del interés inagotable para conocerlo y unirnos a él; es la sal de la vida, y nos hace presentir tras de cada ser y propiedad y virtud conocida, infinitos nuevos mundos de seres y propiedades que conocer y poseer. Mediante el respeto a la vida y cada vivificación en ella y en nosotros, prestamos un culto virtual, recatado, circunspecto a Dios en su templo real, el mundo y la historia, en vez del culto sensible, irrespetuoso, presuntuoso de los pueblos infantes bajo la fe sencilla de tocar a Dios y al mundo con su mano y con su cuerpo. -Frutos abundantes de esta raíz sana, el respeto de la vida por motivo de Dios, recogerá la humanidad en su camino, sobrado largo para nacer y renacer, y revivir infinitas veces en infinitos mundos; pero el fruto último, la posesión absoluta de su objeto en el sentido vulgar de la palabra, no lo alcanzará, tan cierto como el hombre es finito, y Dios -el objeto absoluto, es infinito.

De aquí resulta, que según y hasta donde la humanidad conozca a Dios, a esta medida conocerá todas las cosas particulares y a sí misma y sus relaciones dentro y fuera; porque en el fondo misterioso de todas está Dios, esto es, la verdadera y la absoluta realidad, y del sugeto a ellas media siempre infinita relatividad, un mundo de relaciones.

Pero donde el hombre no quiere conocer el medio relativo entre él y su objeto, y no quiere o no sabe mantenerse en forma de relación, sino que presume conocer, sentir y poseer el objeto mismo inmediatamente, allí cae en ceguedad, en absolutismo, en presunción, y desconoce a Dios y olvida la respectividad infinita que media entre él y Dios.

Luego el proceso de la historia humana, como una subefección de lo temporal bajo lo eterno, de lo finito bajo lo infinito, consiste en pasar el sugeto histórico de la presunción simple de ver y poseer inmediatamente la realidad, esto es, Dios, y bajo la realidad absoluta toda cosa particular, al reconocimiento circunspecto del medio infinito de relaciones entre él y la realidad, y a la ley consiguiente de conocer, cultivar, respetar, ordenar estas relaciones, las justas cada vez y con cada orden de la vida. Entonces le es permitido al ser finito creer que está en el camino de la verdad, del amor y del bien, esto es, en el camino de Dios.

Bajo esta ley de la vida, ha sido el carácter de nuestra historia humana, en su primera y segunda edad, la presunción de tratar y poseer directamente el mundo y Dios sobre el mundo; presunción que ha engendrado las figuras en una edad, los misterios en otra, olvidando la relación infinita e inviolable que media entre él como ser finito y la realidad infinita, y olvidando sobre todo al Dios real. Creyéndose, pues, el hombre en comunicación inmediata con Dios, como con la sombra de su cuerpo y de su mano, ha abusado de Dios, vistiéndolo de su propia sombra y creyendo que Dios tomaba esta sombra por buena y la única y última; creyéndose en comunicación inmediata con el mundo y la historia, ha abusado de uno y otro, olvidando la ley de subordinación universal de él, como parte, al mundo como todo; y creyendo que todas las relaciones del mundo con él están encerradas en su obra de un día, o mirando esta relación como un cambio de tanto por tanto o de cargo y data, ha achacado el resultado donde no venía bien a su fin particular, a la cuenta del hado o de la fortuna, palabras inmodestas e impías, que van todavía adheridas como herrumbre corrosiva a nuestra historia presente. Creyéndose en comunicación inmediata con el hombre y la naturaleza, ha desconocido las relaciones interiores de él con la naturaleza y sus seres; ha abusado de estos seres, rebajándolos a una distancia infinita de sí mismo, donde no se descubre ya señal de respeto y de deber con el mundo inferior, por motivo de Dios. Y en cuanto al hombre, ha abusado de él, y cada cual de sí mismo, ha olvidado (a lo menos hasta poco ha) los respetos humanos, ha tomado al hombre como puro instrumento (tiranía), o como puro enemigo (guerra), o como puro dueño (servidumbre); pero siempre como cosa inmediata, y no más ni más allá; no viendo que Dios y la humanidad toda median entre hombre y hombre y entre el hombre consigo, y ponen entre ambos un mundo de infinitas relaciones y respetos.

Así se ha realizado la historia hasta hoy bajo la presunción irracional y en parte orgullosa e impía de la inmediatividad de la vida y la comunicación manual del hombre con el hombre, de la humanidad con el mundo, y del mundo con Dios.

135.

La Providencia

Así como ningún ser ni vida finita es aniquilada en Dios, sino que se reproduce en sucesivos renacimientos y complementos, así la humanidad y el hombre religioso no se aniquila en su alianza con Dios, sino que en esta alianza renace (eternamente y a cada momento) a nuevo conocimiento y nueva más libre voluntad y actividad, según su naturaleza. Porque la primera operación divina, la creación de sus seres, dura eternamente; la segunda operación en la que toda criatura, que en su límite se hace semejante a Dios es elevada por Dios según su mérito, dura también eternamente, y ambas operaciones divinas forman juntas la relación viva y continua de Dios con el mundo, la Providencia.

La vida moral es principalmente subjetiva: la vida religiosa es principalmente objetiva. Tan esencialmente se unen en el hombre la religión y la moral (como las formas de su vida y las sociedades para ambos fines), que siendo cada una a su modo original y absoluta, están llamadas la una hacia la otra, y sólo en su correlativo desenvolvimiento, ayudándose una por otra, llegará cada una a su plenitud posible en la humanidad. Absolutamente hablando, son ambas formas de la vida, la moral y la religión, co-existentes en Dios; pero en la vida histórica de la humanidad, es la relación moral la subjetiva y la precedente a la religiosa. En el punto que en el hombre y en la historia humana reina el mérito moral en forma de un carácter y hábito virtuoso, reanuda Dios su vida con la vida humana en una nueva alianza.

136.

Conclusión

Cuando sea cumplida en esta tierra y en la historia aquella plenitud de la vida que hemos definido como la reunión de la unidad con su interior variedad, entonces Dios será conocido no sólo como uno (unidad pura), sino como interiormente lleno y como el Supremo sobre el mundo. En Dios y en la relación bajo Dios de todos los seres finitos, será entonces conocido el destino de la vida histórica en propiedad y en relación y en su última perfección. Entonces el espíritu, la naturaleza y la humanidad serán conocidos y amados en su subordinación a Dios y en su coordenación entre sí como seres fundamentales y en parte exteriores a Dios; exterioridad que no los enajena de Dios, ni al uno del otro, antes bien funda la aspiración eterna a unirse entre sí y con Dios en la plenitud de la historia universal. Dios será presente en conocimiento, en sentimiento y en vida a nuestra humanidad y dentro de la humanidad a los hombres unidos en sociedad religiosa y en subordinación común a Dios. El hombre todo y toda la humanidad serán elevados en Dios, vivirán más fieles a su destino eterno, más armónicos con la vida del mundo en esferas superiores, así de la naturaleza como del espíritu. Todos los hombres se conocerán y se amarán como una familia de hijos de Dios y destinados a reunirse en la plenitud de la vida divina, y en esta última esperanza reharán otra vez su historia como una edificación nueva. A Dios lo reconocerán como el Padre común, aunque no según el sentido en el que los hijos son de igual ser con su padre, sino en el absoluto sentido en que Dios es el Ser Supremo. La relación de la humanidad como sociedad religiosa con Dios es la del hijo con el padre, del educando con el maestro, del justo con el juez, y sobre esto encierra reunidas dichas relaciones en una superior unidad.

Todos los prejuicios que retardan hoy una nueva alianza de la humanidad con Dios, desaparecerán en la edad plena y armónica. Entonces será claro para los hombres, que límite y oposición dicen sólo diferencia subordinada entre seres que en una esfera superior se reúnen; pero no dicen división ni aislamiento de los seres finitos entre sí y con Dios; que toda naturaleza finita es en su límite y género semejante a Dios y digna de Dios; pero a Dios, como el Ser Supremo, es desemejante, que a ningún ser, por excelente y superior que sea, ni al espíritu, ni a la naturaleza, ni a la humanidad es debida adoración, sino a Dios solo. Entonces se reconocerá que lo limitado no es lo malo ni lo privado de Dios, sino que todo ser limitado y también el hombre es bueno en Dios y está llamado en la historia a elevarse a Dios de grado en grado y a ser salvado por la bondad divina, y que mientras es fiel a esta voz, esto es, mientras es moralmente bueno, es digno de Dios y de participar de los órdenes superiores de la vida.

Entonces será claro para los hombres, que también la vida histórica del espíritu, de la naturaleza y de la humanidad es aquí y en todo lugar parte de la vida e historia eterna. Que la eternidad es una (un presente real); que abraza en un presente igual todos los tiempos, sin necesitar comenzar en un primer momento; que, aquel que es bueno y puro de corazón, vive ya aquí vida real, bienaventurada, lleva la eternidad, no en la relación del antes o del después, sino en el presente del bueno y justo obrar.

Entonces será reconocido, que el que es puro de corazón contempla a Dios; que una vida de goce en Dios no es posible sino mediante el mérito moral en un laborioso ejercicio de todas nuestras facultades, fuerzas y relaciones; que no puede ser pura ni firme la fe en Dios, sin el conocimiento, y el conocimiento sin el cultivo científico de la razón; que ser agradable a Dios no es posible aquí y en todo lugar, sin convertir el hombre su atención a todo el hombre y a su cultura en todas relaciones, hacia todos los fines; que no consiste el descanso en Dios en una contemplación ociosa, en la aislada elevación del espíritu fuera de la naturaleza, olvidando educar ésta, fortificarla, elevarla al lado del espíritu con sentido moral; que la vida religiosa no se cifra única o principalmente en las prácticas exteriores sin el corazón y la obra viva; que el pecado, esto es, la desvirtuación de lo humano en su semejanza a Dios, no puede ser desarraigado enteramente de la tierra sin el cultivo laborioso de la razón y de la voluntad.

Llenos de estas convicciones, los hombres religiosos serán aquí fieles a Dios y a nuestra naturaleza, su criatura y semejante; se moverán con firme esperanza y con esfuerzo común hacia su destino racional; ninguna parte ni relación de esta vida y de la historia será desestimada por ellos ni dejada sin cultivo, sino que manifestarán su religión como una virtud eficaz interior y exterior en la aplicación uniforme y universal, para realizar la idea divina en la tierra y entre los hombres. Todos sentirán entonces que religión es para el hombre luz, amor, esperanza, fortaleza y contento de vida. Cuando este sentido religioso sea, no sólo claramente conocido, sino cumplido en toda la tierra, cesará toda oposición religiosa, y las religiones particulares se reunirán en el amor a Dios como padre y en el amor entre los hombres como hijos del Padre Eterno.

Firmes todos en la unidad de Dios y en la última reunión y salvación en Dios, se aplicarán los individuos y los pueblos a demostrar su sentido religioso en un arte inagotable de poesía bajo las formas del bello ideal: el culto exterior será entonces reconocido y realizado en forma de culto y arte social-religioso (oración pública); las prácticas religiosas, sin dejar de concertar en lo esencial, serán determinadas según el estado y la historia de los pueblos en conformidad con toda su vida pero con espíritu de amor, de mutuo respeto y de edificación común.

En esta plenitud de la sociedad religiosa está Dios presente a la humanidad como lo ha estado a algunos escogidos, que llenos del espíritu divino elevaron a los hombres con doctrina y ejemplo a mejor vida. Entonces se representarán a la humanidad las religiones históricas anteriores como la parte de Dios en la educación humana; los merecimientos de aquellos que en el día del trabajo elevaron a sus hermanos a más pura religión, serán rectamente estimados y con gratitud reconocidos y solemnizados.

Desde entonces el hombre no tributará adoración a otro hombre ni aun el más semejante a Dios, sino a Dios solo como el principio y fin y plenitud de la vida, orando a él con voz y sentimiento unánime. Nuestra humanidad, sabiendo que ella misma en la posesión entera y ejercicio de sus fuerzas y con ayuda de Dios ha de hacerse digna de la alianza divina, conocerá que Dios en la historia pasada envió según los tiempos algunos escogidos que trajeron a los hombres nuevas de salud, y desde los que se reflejó en éstos la luz divina, mediante lo cual y en el tiempo debido se comunicará Dios un día como vida y luz igual para todos. Será entonces manifiesto, que Dios en su Religión eterna para con la humanidad, está presente hasta el fin en todo puro corazón; que cada edad religiosa lleva en sí su propio mérito como obra original y libre del amor divino; que los maestros de los hombres que enseñaron y propagaron la religión son, no un puro producto de la historia contemporánea, sino una virtud de Dios en su amor a la humanidad, y en su obra de salvación; que el porvenir religioso de las sociedades y del individuo, en su sentido y sus obras, cuando es puro, se anuda naturalmente con el pasado, elevándolo y completándolo en una historia superior. Entonces será desterrado el error, que la revelación de Dios ha podido cesar algún día, o que se limita a particulares tiempos u hombres, como si la plenitud divina no abrazara todos los hombres y tiempos, toda la humanidad (1).

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(1) Resumen y ojeada ideal-histórica.-Viene la humanidad desde el mundo a la tierra con la idea general del mundo todo, que debe realizar en su historia terrena en viva y bella semejanza a Dios. El afecto humano de su bella idea (el orgullo) ante la desnudez, la oscuridad, la incultura primitiva de este lugar de su destino, la distancia inmensurable del fin, la dificultad del trabajo, la falta del arte y la ciencia desalientan y aburren a la humanidad en las primeras edades de su vida (como al hombre al salir de la infancia). Bajo esta impresión aborrece su destino, desespera de él y de sí misma, que no merecerá ante Dios, sino mediante su obra propia; de aquí luego olvida a Dios; y la idea divina, aunque no muere del todo en ella, no la ilumina en los caminos de la vida. El espíritu reniega de sí mismo y de su ley interior, que es el pecado original, el primero y capital, fuente de todos los pecados y enajenaciones de Dios y de su ley divina. La libertad está largas edades encadenada a la necesidad aislada del cuerpo, y se engendran en la fantasía humana y la individual personificaciones infinitas de falsas relaciones, de terror, de necesidad, de servidumbre, que llenan el vacío entre Dios y el hombre, y que trasladadas al espacio sensible, y humanamente vestidas, dominarán muchos siglos el espíritu y la naturaleza antes de ser desterradas de esta doble posesión.

La idea divina entre tanto, en el mundo real sobre el mundo subjetivo del espíritu y por la fuerza de las relaciones sobrehumanas y sobrehistóricas, germina secretamente en el corazón y se refleja en algunas luces pasajeras sobre el horizonte de la vida (los religiosos y filósofos antiguos), que recogidas hoy o mañana, por la humanidad, abren el camino a una mejor vida, mientras el hombre con pequeños ensayos y triunfos sobre el suelo (las conquistas, la cultura del suelo, las primeras artes) recobra la confianza en sus fuerzas, y descubre admirado secretas correspondencias y armonías con el espíritu, que tocando en el suelo con la vara mágica del arte, ve brillar y reanimarse la vida y el espacio. Entonces indaga el hombre, con el presentimiento lejano del Dios real, en la intimidad de su conciencia, y encuentra muchas bellas y gratas señales de vida (ciencia y poesía mística, alegórica, épica, lírica). Ayudado así de ambos lados, del cielo y de la tierra, se arma él mismo de fuerzas nuevas compuestas (artes compuestas, ciencias aplicadas, poesía dramática), comienza a medirse con su destino, y por esto mismo a conformarse con él y a amarlo, entendiendo que Dios le asiste con su poder infinito en este suelo, y le aguarda aquí también al término de su camino, como en el fondo misterioso del corazón. La idealidad inquieta, tempestuosa, inarmónica de los tiempos de desamparo y de castigo, muere por su negación misma, para dar lugar a un sentido ideal y real a la vez, espiritual y natural; mil ideas y relaciones y planes universales de vida acuden a la fantasía y la llenan de un vigor y abundancia prodigiosa, que sustituyen al milagro del espíritu el milagro de la humanidad, y fundan en la tierra un sentido universal-humano, que busca a Dios no ya extrahumanamente, ni extraordinariamente, sino mediante la humanidad, mediante el mundo y el orden del mundo, y el hombre todo y sus buenas obras.

Así llegan la humanidad y el hombre desde la primera edad simple (inocente), y desde la segunda edad opositiva a la tercera edad armónica, ayudados, es verdad, de Dios y del orden divino, mediante influencias suaves, unas animadoras, otras salvadoras, otras severas y expiatorias; pero sin mengua de la libertad, y dejando cada vez harto campo para que pueda tomarlas o rechazarlas temporalmente el hombre, el pueblo, o la humanidad de un cuerpo planetario. Porque la providencia de Dios es siempre racional y total, y mediante esto y en esta razón, es también particular e individual, pero no ésta sin aquélla.

Hoy, según todas las señales, entran la humanidad y el hombre en una nueva grande edad de su vida terrena. Porque las influencias humanas pueden hoy comunicarse, como las olas del mar sereno, desde el individuo al todo y de éste a aquél; porque media ya hoy de hombre a hombre, de familia a familia, de pueblo a pueblo, derecho, respeto y libertad, y donde quiera que se oye en el extremo de la tierra una voz oprimida por la injusticia o la fuerza, allí se inclina con su derecho la humanidad, para restablecer el equilibrio; porque las potencias celestiales del arte y la ciencia se han abierto en la sociedad humana multiplicados caminos de simpatías y de recíprocas fecundas correspondencias poéticas y científicas; porque la religión de la fantasía y de la fe creyente se ha elevado a religión de todo el hombre y de toda la humanidad bajo el conocimiento racional, el sentimiento vivo y la representación bella de Dios en el arte, como el ideal absoluto de la vida; porque bajo el respeto humano que pone hoy un mundo de distancia entre hombre y hombre, se han descubierto infinitas delicadas simpatías y amores individuales, que se alimentan del merecimiento cada vez nuevo y característico entre los amados. Y mediando en todo esto Dios y la humanidad, se abren a cada hombre mundos antes no conocidos de esperanza, de animación y de obra proporcionada y fecunda, que nos reconcilian otra vez con nuestra tierra, con nuestro espíritu y nuestra humanidad, y supremamente con Dios, mediante una religión armónica reflejada en espíritu y cuerpo, en la conciencia y en las obras, en la razón y en el corazón, que curará por su propia salud las enfermedades pasadas, la incredulidad, la indiferencia, opuestas a enfermedades anteriores, el fanatismo, el dogmatismo, y preparará la edad de la libertad racional y la armonía del hombre con Dios.

Pero los individuos deben saber este estado de la historia, para entenderlo y recibirlo en sí, y realizarlo sistemáticamente en su vida individual y en todas sus relaciones. Cuanto mejor y mas claro comprendan los hombres el sentido de la historia universal, hasta la suya particular contenida en aquélla, tanto más seguros y confiados caminarán a su fin, sin desorientarse por los malos espíritus del tiempo pasado, que vuelven alguna vez bajo la tolerancia de la historia presente, y suelen sorprender al espíritu desprevenido. El que contempla atentamente la historia universal y su aspiración indeclinable a realizar aquí también el reino de Dios (la idea divina), y el orden eterno del mundo en el espíritu, en la naturaleza y en la humanidad, no se dejará descaminar por estas reapariciones semivivas de lo pasado en lo presente. Tales sombras que nos aparecen terríficas y que predican con voz lúgubre el pesimismo de lo presente y el fin de los tiempos, atestiguan, sin saberlo, su propia muerte.

A cada pueblo y a cada hombre y tiempo pide la historia universal traer algo bueno y bello al medio común de la vida; para esto hemos heredado ideas infinitas, un mundo de fantasía en que individualizarlas, y un pie de tierra y una hora de tiempo en que imprimirlas como vivificaciones efectivas de la historia eterna. Si un hombre o pueblo o siglo, en su limitación temporal, pierde por ignorancia o por su culpa el camino derecho, y con esto mismo se desestima a sí propio, aborrece su puesto y vuelve su mano contra sí (porque el mundo real es divino e invulnerable); si su fantasía preñada de terrores secretos o de amores sensibles, o uno y otro, no sirve a la razón y se inutiliza en hombres o pueblos para el fin divino en la tierra, nuevos hombres y pueblos, en la inagotable fecundidad de la vida, vendrán con la reminiscencia de un bello pasado y con la esperanza de un mejor porvenir; se sentirán bien hallados aquí, mirarán este suelo como el lugar de las grandes obras, sin que las nubes oscurezcan en ellos todavía el cielo sereno de las ideas. -Podrán estos nuevos venidos recaer otra vez en la duda, en la infidelidad, en la degradación de su naturaleza; pero otros infinitos bajan después de ellos a la tierra inocentes y llenos de esperanza. Contemplad el pueblo que nace, la familia en sus primeros amores, el niño en sus gracias, en la viva adhesión a su puesto y su derecho, y en la despreocupación de un contrario porvenir. Mil bellas ideas y resoluciones y planes de vida acuden a su fantasía naciente con abundancia maravillosa, y alejan de este santuario virgen el contagio del mal histórico. Otra y nueva relación de Dios con el hombre media aquí y separa por un mundo esta primera edad de la segunda. En este primer período de la vida es la fantasía en el hombre y pueblo joven el reflejo puro de la creación eterna, con presentimiento de una ulterior eternidad, y abraza la vida presente en una bella ojeada. ¡Ved la alegría tranquila del niño, su ánimo sereno aun en medio del llanto de sus ojos, su corazón abierto a toda vida, y reconoceréis aquí la señal de Dios en el hombre y el destino de éste a realizar en la tierra la armonía divina del espíritu y la naturaleza, y hacer acepta a Dios esta obra de su libertad, una vez que sea semejante a la obra maestra, esto es, una, entera, igual, dentro y de dentro a fuera y de todos lados. -Esta primera revelación de Dios en la fantasía humana nunca ha faltado al espíritu en el primer período de su vida; aunque luego él mismo, como ser racional y meritorio de su destino, debe luchar laboriosamente, y vencer en la segunda edad las oposiciones parciales dentro de sí mismo y con el mundo, para alcanzar después del trabajo la fe racional reflexiva, y anudándola a la fe simple intuitiva de la infancia, realizar su vida como una armonía efectiva sistemática, individual y social, en el lugar y tiempo e historia finita, dentro del lugar y tiempo e historia infinita.

Muchos ciertamente, innumerables hombres, familias y pueblos, han cumplido todas sus edades sobre la tierra; todos continuarán aun más allá la vida que se hayan preparado por el propio merecimiento (ley eterna del mundo aquí y en todo lugar). Pero la humanidad en su total vida sale ahora de sus primeras edades y con ella habla la historia pasada en hombres y pueblos, llena de duras experiencias, de descaminos y desaciertos y desgracias, parte por la propia culpa, parte por el aislamiento en que hasta hoy ha vivido cada parte humana de su total ser y género; pero supremamente por la limitación del ser y humanidad finita y el desconocimiento de Dios y de su ley divina.

Esta experiencia laboriosa de la historia pasada se convierte hoy en enseñanza útil y bien comprobada para luz y guía de la humanidad, al entrar en la nueva edad. Y esta humanidad adulta, enseñada y afirmada en su camino, abrazará otra vez y de más alto modo a los pueblos y hombres venideros con más clara doctrina, con amor maternal, con influencia eficaz, igual, por todos los modos; y juntando así los dos extremos de la vida (la parte y el todo) florecerá con una armonía efectiva en todos los fines de su destino. En esta nueva vida, los presentimientos primitivos de un reino de Dios en la tierra, y de una comunicación de Dios con la humanidad tendrán su cumplimiento, en vez de la orfandad y desheredación presente.

Así, la primera parte de la historia humana sirve a la segunda y la tercera en la unidad de la historia universal, y los pueblos y hombres, como partes temporales, sirven a su todo y patria humana en Dios; todos los errores y males pasados hasta la pena merecida por culpa, son para la inocente venidera humanidad enseñanzas nunca perdidas de Dios a ella. Este porvenir y vida armónica de la humanidad consigo misma y con Dios vendrá a nosotros, por la fuerza de las relaciones, pasada la edad presente, mediante el conocimiento de Dios y de Dios Supremo en sus relaciones sobre y con el mundo. Entonces sin prejuicio, ni contradicción, ni impedimento de nuestra obra terrena, completaremos aquellos misteriosos presentimientos del espíritu infante (guiado por influencias secretas, que él no entiende), los aplicaremos con recto sentido para la reanimación de la vida, los contemplaremos con respeto religioso, y con la firme creencia, que el espacio y el tiempo entre la tierra y el cielo, entre la historia y la eternidad, está lleno de mundos y seres infinitos que unen los dos, y todos los extremos de la vida, y nos llaman con voces interiores a que hagamos de esta naturaleza terrena un bello ejemplar de la naturaleza universal, y de nuestro espíritu humano un órgano del espíritu infinito, y de nosotros mismos, nuestro hombre, una semejanza verdadera y bella de la humanidad en Dios. La esperanza de esta plenitud de la vida llenará nuestro espíritu y nuestro corazón, despertará en nosotros amores delicados superiores, para unirnos realmente y por todos los modos armónicos con los seres inmediatos y con todos en la escala universal; gastará, ante la bella y grande obra por hacer, la herrumbre del egoísmo y el mal encanto del sentido, pondrá fuego en nuestras manos y alas en nuestros pies, para juntar con mérito moral y amor común nuestra historia y vida inferior con la historia superior inmediata y más allá en el mundo.

Entonces, bien probados y acerados con la larga experiencia de la media edad, no nos distraerán, ni descaminarán, ni adormecerán las concepciones ideales de una fantasía profética (misticismo), que se recrea desde esta vida en la venidera y desde la tierra se goza anticipadamente en el cielo; sino que, reducidas a su justa verdad y límite bajo el conocimiento de Dios y del orden moral del mundo, fortificarán infinitamente a la humanidad y al hombre en los intervalos de su larga carrera, como la luz del sol, aunque lejana, alumbra y anima al caminante. Entonces serán bienhechoras, no dañosas, las creaciones de la fantasía no turbarán ni precipitarán la obra meritoria, práctica y artística, de la humanidad. Entonces sabremos de cierto, que Dios nos da aquí también un cielo real con anticipada visión del espíritu y goce del corazón mediante el mérito de la voluntad.

Y, estando la humanidad al mismo tiempo organizada subjetivamente en sus familias y pueblos y uniones de pueblos, y objetivamente en ciencia y arte, en forma de estado, moral, religión y libre comercio social, y entendiendo bien su historia pasada, curará ella misma por la fuerza de su salud todos los males que hoy todavía tuercen y cortan el camino de la vida, la guerra y el despotismo, la injusticia y el egoísmo, la indiferencia y el escepticismo. Nada hará perder a la humanidad el nuevo puerto ganado. Florecerá entonces la tercera edad humana; habrán pasado de acá a allá largos tiempos; nosotros, los hijos de hoy, habremos dejado esta vida natural; pero reviviremos en el espíritu y el corazón de aquella humanidad venidera, que nos recibirá a todos en la plenitud de su vida, bajo Dios y Dios mediante.

Así, seamos hoy fieles, cada uno en su puesto, cada cual presidiendo su destino; este es nuestro cielo presente; mediante él vendrá la firme esperanza de que nuestros hijos acabarán la obra comenzada por nosotros. Si pasamos nuestra hora en mirar alrededor, sin entrar en nosotros ni en nuestra ley, no haremos nuestra obra ni por tanto la de la humanidad; dejaremos apagar la luz del presentimiento y del amor; nos estorbaremos y tropezaremos con nosotros mismos, como con un bulto oscuro en medio del camino.

FIN

C. Chr. F. Krause y Julián Sanz del Río. Ideal de la Humanidad para la vida. Con introducción y comentarios de D. Julián Sanz del Río. Segunda edición. Madrid: Imprenta de F. Martínez García, 1871 [En esta segunda edición se incluye también el "Discurso pronunciado en la Universidad Central", 1857. La primera edición es de 1860].

 © José Luis Gómez-Martínez
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