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C. Chr. F. Krause
Julián Sanz del Río

 

Ideal de la Humanidad para la vida

104.

Tercer género de sociedades fundamentales: sociedades formales

Ciencia y arte, y ciencia con arte, son las obras reales de la humanidad; ambas deben ser y serán un día una obra total y orgánica de su género, una edificación viva humana. Pero no menos inmediata y esencial es la forma con que estas obras deben ser realizadas. Nuestra humanidad no sólo ha de hacer buenos hechos, sino que ha de hacer su hecho con buenos medios y de buen modo, esto es, conforme a su naturaleza, como el autor de sus obras. Conforme a la naturaleza del actor obra la humanidad y el hombre, cuando su conducta se arregla a la forma permanente de nuestra actividad, como ser racional finito, bajo Dios. Esta forma y formas permanentes son: moralidad, derecho, amor y religión; ellas nos llevan al obrar libre y meritorio en justas relaciones individuales y con el mundo, en sentido y aspiración a la intimidad en Dios, y en bella expresión de nuestras ideas y obras. Para conocer, pues, todo el ideal de la humanidad, debemos conocer lo que este ideal exige de nosotros en dichas formas y relaciones fundamentales y qué pide la humanidad de nosotros individual y socialmente, para que ella misma, como el sugeto de su destino, viva un día en la tierra conforme a su naturaleza, como un ser moral condicional, subordinado a Dios, y en su manifestación, bello y libre (1).

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(1) Así, no es verdad, o no es más que verdad a medias, que la humanidad (y contenidamente las sociedades parciales humanas: pueblos, familias) camina en su historia terrena sólo en una dirección simple, sólo mirando adelante a la obra material que le ofrece el mundo inmediato, sino que camina en una dirección doble (subjetiva y objetiva), esto es, aspirando a realizar su obra material y a realizarse ella misma como sugeto humano, semejante en la historia y en la tierra a la naturaleza divina. Obra, pues, la humanidad en este respecto, no por motivo principal del objeto de su acción, sino por motivo de sí misma, de su naturaleza buena y bella, y para realizarla en el tiempo. Y en este fin a realizar nuestra naturaleza en el todo y en las partes, como una vida interior-humana, tiene la humanidad también una historia propia, con sus períodos de nacimiento, crecimiento, plenitud. Esta historia, como la más inmediata, la más íntima, es en sus períodos intermedios la más larga. El sugeto humano tarda más en reconocerse, y más todavía en realizarse con verdad en la historia, porque el espíritu como el sugeto libre de su destino, se muestra en cada edad y en cada esfera social (el pueblo, la familia, el individuo) como absoluto; toma al punto carácter, se interesa con afecto propio por su obra, gasta sus fuerzas en oposiciones interiores; y sólo costosas experiencias, heridas profundas, enfermedades repetidas, hacen presentir a la humanidad, que es también en medio de su solidaridad de vida y de su libertad ser limitado en el espacio y el tiempo, que sólo reuniéndose con sus miembros interiores de grado en grado en armonías inmediatas y mediatas se realizará en sus pueblos, sus familias e individuos como una semejanza de Dios, como ser y vida armónica en sí y con el mundo. Este presentimiento y este anhelo de la humanidad a manifestarse en la tierra como una naturaleza real y en sí buena, conforme a la naturaleza divina, lo ha expresado frecuentemente en la historia con señales indelebles; las más veces (a lo menos hasta hoy) con voces de dolor y esperanza lejana en una salvación y reunión última con Dios. Esta idea y espíritu es la que da sentido a las tradiciones primitivas de la historia universal y las concierta entre sí; en ella tienen su explicación los grandes hechos humanos, que por la vida sola de individuos o de pueblos son inexplicables, y sólo se comprenden reconociendo sobre unos y otros la vida histórica de nuestra humanidad como sociedad entera y propia en el mundo.

Precisamente a hacer reconocer por los individuos y pueblos esta idea y esperanza última, a que ella penetre nuestra vida individual y social, a que en consecuencia ayudemos todos con claro conocimiento del fin, cada cual en su lugar, en su tiempo y según sus medios, a nuestra naturaleza como miembros sanos y vivos de ella, se dirige el ideal de la humanidad.

No podemos, pues, mirar ya de lejos y en perspectiva la forma subjetiva-humana de obrar; y las relaciones en ella contenidas (libertad, moralidad, condición, subordinación a Dios), sino mirarlas como otras tantas intimidades de la vida individual y total, cuya manifestación se exige al hombre, a la familia, al pueblo por motivo de ellas mismas como parte del destino subjetivo humano, fuera de motivo o sanción exterior, e indivisiblemente ligadas con las obras reales humanas (como formas de la ciencia y el arte), si nuestra naturaleza se ha de cumplir en nosotros, y en parte mediante nosotros, como una naturaleza buena y bella; si ha de animarnos a todos como madre común, si ha de dar a nuestras obras reales, ciencia y arte, sanos progresos y perfección última, la mayor posible en la tierra y para los hombres. Estas relaciones subjetivas y formas de obrar son: moral, derecho, religión y belleza; formas racionales y humanas en el sugeto (en cuanto las conoce y las realiza en sí con libertad), pero divinas en su fundamento, que nos llevan a Dios y salvan al hombre en Dios. Cada una de estas relaciones subjetivas es, en su fin propio, absoluta y esencial a la humanidad; pero todas están llamadas a reunirse en una vida y sugeto particular y total (en el hombre y en la humanidad).

105.

Moralidad.-Mérito moral

Hemos conocido la moralidad en el individuo como aquel bello hábito que lo lleva a ordenar toda su vida según una voluntad constante y racional, y la hemos estimado como la excelencia fundamental humana; porque la virtud moral abraza en su forma la salud del hombre todo, en el espíritu, en el cuerpo y en ambos juntamente: en el hombre. El hábito moral sostiene el concurso de todas las fuerzas y obras humanas en aspiración constante hacia el bien y por el bien. La voluntad concierta en el virtuoso con los afectos y los movimientos, con el conocimiento y el sentido, con cuerpo y espíritu. Y pues este concierto interior funda dentro del sugeto el medio para su concierto con Dios y con el mundo, la vida moral y sus manifestaciones están siempre en armonía con las relaciones exteriores históricas. ¿Cómo pudiera la virtud, siendo la forma de armonía de todo el hombre, condenar los goces naturales ni derramar una gota de amargura en el cáliz de la vida? Antes bien es ella la madre y animadora de todo contento humano; sin ella todo placer se trueca en disgusto y desabrimiento; ella sola funda en nosotros el ánimo constante en medio de la desgracia y los obstáculos.

La virtud moral no admite aquel tormento voluntario, aquellas apariencias austeras que ahuyentan las musas y las gracias; no aprueba el olvido del cuerpo y de la naturaleza y de la cultura de ambos; no presume fundarse en la desnuda voluntad individual, tan débil en oposición con el mundo; sino que se funda enteramente en Dios, y después de esto en el uso racional, individual y social, de las propias fuerzas. Sólo viviendo conforme a Dios y a la propia naturaleza, alcanza el virtuoso un poder invencible y el más cercano al divino entre los poderes y fuerzas humanas. La virtud moral nos mueve al recto conocimiento del mundo contemporáneo y sus relaciones inmediatas, sobre las que debamos ejercer algún influjo, y nunca es indiferente al resultado de los nobles esfuerzos; ella camina en todo con libertad, con circunspección y ánimo constante.

106.

El carácter moral: en el individuo; en el pueblo

Todo sugeto racional forma inmediatamente como hombre su carácter moral, y expresa en él su virtud individual (su costumbre en el lato sentido); toda su actividad se determina a cada momento de una manera propia y única, como voluntad última, esto es, en forma de moralidad (en mérito moral). No basta que en general sea hecho el bien que exige nuestra naturaleza, sino que según la ley de la vida histórica, el bien pide ser hecho por todos los buenos modos en cada tiempo, por cada hombre, por cada pueblo, por nuestra total humanidad, con entera individualidad, esto es, con carácter; aquel bien, a saber, que en medio de todas las circunstancias y según el sugeto pide ser hecho. Porque toda humana actividad, bien que es eterna según su forma, se ejerce ligada al tiempo y al desarrollo histórico del hombre, de la humanidad y de los seres superiores en el mundo. Por lo tanto, la moral, aunque en su naturaleza es una, y en todo tiempo y lugar es la misma, se determina con infinita variedad de carácter según los tiempos: sin que sea buena en cada caso y dadas todas las circunstancias, no es individualmente meritoria, no tiene carácter virtuoso ninguna acción. Aun Estados históricos anti-humanos pueden dar lugar a hechos virtuosos, los cuales en su individualidad pasan con el tiempo, mientras el espíritu que los engendra queda uno e idéntico a sí mismo.

Estas virtudes superiores históricas, o mejor, estas expresiones libres de la virtud en medio de contrarias circunstancias, merecen grande estima e imitación. Así, el valor heroico en la guerra, la justicia del soberano despótico, el amor del padre para con mujer e hijos allí donde el Estado autoriza el despotismo doméstico, la humanidad con el esclavo, la fortaleza en los padecimientos, la renuncia de goces en sí lícitos, cuando esta abstención es exigida por fines superiores, el ánimo igual en las molestias de la vida, y obras hechas por amor humano en medio de enemigas circunstancias; todas las heroicas virtudes que el hombre ejercita en la lucha contra los poderes de la tierra, revelan la fuerza interior de nuestra naturaleza en su camino a más altos destinos, mejor que las virtudes fáciles, poco probadas, de una vida tranquila.

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Carácter moral-público; forma interior de las personas sociales

Así como el individuo, forma también cada sugeto y persona humana superior un carácter moral, como la expresión de sus hábitos de vida; y cuando esta expresión concierta con su naturaleza, es el carácter del pueblo virtuoso y bello. Así, pues, debe formar y expresar la familia un propio y único carácter moral (costumbres domésticas), y cada pueblo igualmente ha de conservar puro, determinar y embellecer cada día, conforme con toda su historia, su carácter moral común (costumbres públicas). La virtud toma como la belleza sin mudar su esencia ni perder su unidad, expresiones infinitas libres, no de otro modo que la naturaleza y el espíritu expresan la vida libremente en infinitos individuos, Llegado un pueblo a formarse un carácter virtuoso (una costumbre digna y buena) como la expresión individual de toda su vida racional, entonces este carácter común es amado y reproducido por cada particular en el pueblo, hasta el individuo, siendo propio de la naturaleza humana, que la persona contenida viva conforme con la persona superior continente, la vida particular conforme con la total hasta donde cabe, salva la libertad moral, que el hombre no puede perder.

Si un pueblo ha de representar una verdadera persona humana (un hombre superior y agente de su destino), debe en primer lugar mantener y desarrollar su carácter nacional, en forma de una moral pública; porque sólo en razón de ella se hace respetable el pueblo dentro y fuera como una potencia moral humana, bajo una voluntad consecuentemente expresada y ejercitada. Pero, donde la moral pública reinante demanda actos contra razón o humanidad, debe el particular dentro del pueblo escuchar la voz de Dios, que prohíbe la enajenación de la libertad, antes que la voz del pueblo; debe mejor dejar la vida, que seguir, contra la voz interior, la voluntad inmoral de otro hombre por superior que sea; porque para el hombre superior como para el inferior, es una la voz de Dios, que declara el libre obrar como la forma de la vida y la condición de todo mérito, y dignidad humana.

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Así como el individuo no debe dejar su cultura moral (esto es, la formación de su carácter moral) al acaso o a influencias ajenas, tampoco lo debe el pueblo en sus costumbres nacionales. Al contrario, el pueblo debe aplicarse en común y por medios regularmente establecidos a conocer el estado de sus costumbres en todo tiempo y en el presente (historia y estadística moral), debe corregir, purgar, caracterizar más y más las buenas costumbres, y según los tiempos armonizarlas con las costumbres de otros pueblos y del siglo. También la expresión temporal de la moral pública debe ser modificable según los tiempos atentamente estudiados y entendidos; donde no, perderán las costumbres su vitalidad interior y su influencia saludable en el todo, acabando por aislarse y ser estériles para la historia moral del pueblo. Cuando el espíritu que engendró un día determinados hábitos y costumbres ha mudado con el tiempo, la costumbre que lo expresaba se aleja de la vida actual, pierde su sentido y el respeto que gozaba, y aun llega a perjudicar al desarrollo de las otras fuerzas sanas del pueblo. ¡Ved, cómo los pueblos de la India, capaces como el mejor de una cultura moral y humana, aunque hoy conserven mucho del antiguo espíritu que fundó su carácter moral, viven estacionarios bajo una costumbre anticuada, sin relación con la historia del pueblo y la humana, reducidos a transmitir de una generación a otra lo antiguo, incompleto y desvirtuado!

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Además, si la vida moral del pueblo ha de ser orgánica en sí, esto es, enlazada y armónica, debe el pueblo cultivar igualmente el carácter moral del varón que el de la mujer, o de lo contrario, no representa el pueblo un entero hombre y persona moral, sino sólo la persona y el carácter moral masculino. El injusto descuido en educar y cultivar el carácter moral de la mujer al lado del varón, lleva hoy su pena merecida en enfermedades secretas y en el decaimiento de otras esferas de la vida pública y privada. Los pueblos modernos han dado en esto algunos pasos sobre los antiguos; y, sin embargo, falta mucho que hacer para reanimar, para completar y fortificar moralmente su vida interior y la común.

110.

Caracteres compuestos morales

Llegados varios pueblos a formarse, mediante costumbres públicas y constantemente practicadas, un carácter moral virtuoso, y afirmado y probado este carácter en la oposición con los caracteres de otros y otros pueblos; entonces se reúnen naturalmente en fuerza del comercio y sociedad común, en caracteres morales mayores, y diferentes de otros análogos, según los límites mayores de la tierra. Y todavía estas personas superiores morales pueden componer y compondrán desde este grado y en el tiempo debido una sociedad y carácter definitivo moral, que influyendo hacia dentro, como hoy el pueblo en el individuo, abrace todos los pueblos de la tierra para la universal virtud y moralización; unión y organismo éste, que si pudiéramos sobremirar toda la historia humana, debería expresar de una vez la virtud peculiar de nuestra humanidad terrena, a diferencia del carácter moral y las costumbres de la humanidad en otros cuerpos naturales habitados.

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a) El mérito y el carácter moral.-Estado moral de nuestro siglo.-La expresión precisa de la ley moral en la conciencia humana es: Obra conforme a tu buena naturaleza en Dios, no por motivo de esta o aquella relación, si es relación particular. El mérito moral, como relación pura del sugeto a sí mismo y el juicio siguiente al hecho (juicio de conciencia) se llama mérito bajo la ecuación de los dos términos, a saber: el sugeto antes de obrar, con el sugeto después de obrar. El sugeto moral tiene por fin antes de la acción, mantenerse igual consigo durante su obra temporal (su vida) y en cada obra, esto es, conformar con su naturaleza racional; sólo en esta igualdad anterior y posterior al hecho se reconoce el sugeto meritorio y sostiene la integridad de sí mismo antes y después. La determinación uniforme y constante de la voluntad general por todos sus grados hasta la voluntad última (práctica) y durante el hecho consiguiente, forma el carácter moral, el cual será tanto más propio y libre, cuanto más se ejercite en esta transición de voluntad general buena a voluntad individual y actual buena, y cuanto de más lados y en más relaciones se repita esta transición del bien general (la buena idea) al buen hecho, siendo consecuente consigo el actor en todos estos términos, esto es, demostrando en varias relaciones la pureza y espontaneidad de la voluntad general (la moralidad). Este ejercicio continuo forma el hábito y el arte moral o arte práctico de la vida.

El carácter moral se manifiesta desde temprano en el hombre, lo mismo que en la familia y en el pueblo, por aquella resolución decidida que solemos llamar voluntad tenaz, voluntariedad. Este es el embrión vigoroso, sano, pero informe todavía de la virtud y la libertad moral. La libertad aparece aquí en su estado elemental; es una voluntad simple, absoluta de lo querido. Para desenvolverse y madurar gradualmente esta voluntad simple, necesita ponerse en oposición dentro y fuera de sí, probarse una vez y otra en estas luchas, reconocerse en limitación y en demérito consigo, antes de elevarse a una voluntad y libertad refleja (esto es, voluntad virtuosa). En este segundo estado, reconociendo que la voluntad general buena hasta ser voluntad individual y última buena, debe luchar con oposiciones y limitaciones (tentación), se aplica el hombre con arte y circunspección a prevenir y vencer estas limitaciones, que se interponen entre la buena voluntad y el buen hecho. En este ejercicio sostenido llega a afirmarse en el hombre (y a su tiempo en el pueblo) el carácter moral, no duro, tenaz, impaciente, y las más veces esclavo propio o ajeno, sino circunspecto, flexible y juntamente entero, constante.

Si con esta idea estudiamos la historia moral individual y la general humana, encontramos que en el individuo rara vez hasta hoy ha seguido regularmente el desarrollo del carácter moral todos sus grados, desde carácter simple y opositivo, hasta carácter doble y armónico. En los más de los hombres, y cada uno lo observará en sí, queda cortada la educación moral en una transacción nunca sincera ni tranquila del sugeto consigo, en una sumisión forzada, no virtuosa, de la propia voluntad a la voluntad de las circunstancias; pero no en una voluntad animada, activa, hábil para seguir el buen fin en medio y a pesar de circunstancias contrarias. A este estado medio e incompleto de la cultura moral en nuestro siglo, le llamamos: resignación, desengaño, exención de ilusiones, u otros nombres por el estilo; donde la palabra misma revela el demérito y desestima en que nos juzgamos en nuestra conducta práctica. En los pueblos, como sugetos mayores, es manifiesto que la educación moral (las costumbres públicas) apenas ha pasado hoy del primer estado de carácter y voluntad simple, irreflexiva; pero es notable que los pueblos conservan este su primitivo carácter con una adhesión superior a los cambios y revoluciones históricas durante siglos, esperando el día en que este mismo carácter, hoy virgen e inculto y respectivamente malo (la inclinación de algunos pueblos a espectáculos sangrientos), se convierta en germen vivo de una educación venidera moral de todo el pueblo.

b) Los motivos morales.-Algunos ponen la base del mérito moral, esto es, el motivo en cuya razón cumplen una serie de actos libres (un sistema de conducta), en el honor humano entre los de su clase o círculo social (pundonor) o aun el honor consigo mismos (respeto propio). Pero la debilidad de este motivo no tarda en demostrarse en un secreto vacío interior, cuando falta el objeto determinado a que referimos nuestra conducta (cuando estamos solos, cuando nos olvidamos de nosotros). Otros fundan su conducta sobre otros motivos parciales, no enteros ni puros, ya juntos, ya predominantes unos u otros, según la materia del acto, el sentido común reinante u otras circunstancias (principios prácticos, máximas). Así, unos ponen por motivo de su obrar meritorio la excelencia sobre sus iguales en estado o profesión; otros el equilibrio entre inclinaciones opuestas; otros también motivos puramente exteriores y en que predomina el egoísmo, por ejemplo: el conservar las apariencias, o por otro estilo, el interés de la salud y belleza corporal. Todos estos motivos, aun los más sensibles, son, en efecto, motivos morales, esto es, son base de una serie de actos libres y meritorios en su razón, desde que los tomamos por norte del obrar temporal (de un sistema relativo de conducta) y en razón de los cuales nos esforzamos y vencemos oposiciones exteriores o interiores; desde que juzgamos haber merecido o desmerecido según ellos; juicio este que no deja de presentarse a seguida de todo hecho libre, aun el más indiferente, acompañado de aprobación o reprobación. Así, todo motivo de obrar, aun el más común, funda bajo la ley dicha una esfera propia de libertad y de moralidad en el sugeto. Hasta el egoísta, si es consecuente con su máxima, hallará a cada paso oposiciones dentro y fuera que debe combatir y vencer para obrar según aquélla (a no ser que obre sin sistema y baje cada día un grado en la escala moral), y las combatirá en efecto, si es hombre culto, aunque egoísta o malo, y obra sistemáticamente. -Precisamente este estado de moralidad formal, no real e interior, es el común de nuestro siglo. Pasamos muchas veces por alto el fin egoísta o particular (interesado) aun de los mejores, si hallamos en ellos un obrar sistemático, consecuente por motivo del fin propuesto.

Recibimos también de nuestro siglo, nuestro pueblo, nuestras circunstancias inmediatas, motivos generales prácticos en cuyo mérito pensamos obrar por tiempo, refiriendo a ellos con juicio de conciencia una serie de actos morales. Estos motivos y esferas de la moralidad las funda, por ejemplo, la profesión social o el círculo que frecuentamos; y hasta las más delicadas relaciones de la vida diaria muestran al punto su lado moral y fundan una esfera y serie de actos con su máxima precisa, con sus oposiciones, con actos de mérito o demérito durante la obra, y su conclusión o juicio de conciencia.

Estos motivos morales son pronto entendidos, y se comunican de unos a otros por una fuerza general, que puede llamarse conciencia pública, sentido común moral. Este hecho, desconocido en los siglos antiguos, si no es en esferas aisladas, prueba que la historia moral humana se desarrolla también lentamente y abraza cada vez mayores esferas de libertad, bajo un fin y juicio y forma de obrar. Porque, el asentimiento común con que se propagan hoy muchas máximas de moral pública, y se excitan cuestiones de este género, la fidelidad con que todos obedecemos al recto sentido moral, una vez declarada su sanción definitiva, y que enfrena con poder secreto los actos inmorales contrarios, todo esto indica un camino y medio de reforma moral-social, y consiguientemente individual, bajo la ley sencilla: aplícate a moralizar el medio social en que vives, desde ti a la familia, al círculo libre, al pueblo; y afirmarás en grado descendente el sentido moral del pueblo, de la familia y el de ti mismo.

Que nuestro siglo produce ya de suyo motivos morales bien determinados en la forma, y con fuerza obligatoria en la práctica, lo prueba, por ejemplo: el principio de el interés bien entendido, esto es sistemático, que es hoy un motivo común de conducta, y el principio del trabajo, como condición formal de la vida, que combinado con aquél, forman la máxima, y como el suelo común sobre que edifican su vida el individuo, la familia y el pueblo. Estas leyes del sentido común moral se comunican y propagan de muchos modos, ya latentes, ya explícitos. En la conversación libre social, como el reflejo de la vida interior, vemos declarados y sancionados de varias maneras, aun sin reparar en ello, estos principios de la moral pública. Así, exclamamos a veces con seriedad, a veces con desenfado: N. no conoce sus intereses, sus verdaderos intereses; o bien esta otra forma: N. no se aplica nada; aplicad los medios; ayúdate, y Dios te ayudará; juicios todos que envuelven una intención moral.

Y aunque estos principios del sentido común fueron reconocidos bajo una u otra forma en la historia pasada; pero reconocidos sobre y para todas las esferas de la vida, guardados por todos en el pueblo con sentido de sujeción moral (a lo menos con respecto a las apariencias), influyentes en el individuo, y comunicados por medios generales hasta a los menores del pueblo... con tales caracteres, no han aparecido los principios morales hasta en los siglos modernos; y esto aun contando que a su lado han tomado nueva fuerza los principios corruptores y sus medios, que han dado pretexto al pesimismo social de algunos filósofos. Precisamente en esto consiste el progreso en esta idea y fin y la tendencia efectiva de nuestra humanidad a restablecerse en su dignidad moral.

En resolución de lo dicho, se muestra la relación moral y la conducta meritoria en razón de ella, al lado de los demás fines fundamentales, como un fin y vida sui géneris, esto es, absoluto, y en su lugar insustituible por el fin y vida religiosa en su idea propia de la subordinación a Dios, ni por el fin y vida condicional en su forma sensible: el Estado, aunque se relaciona con ambos. Que por lo tanto, es el fin y la constitución moral en el individuo y el pueblo capaz de llenar la vida toda del hombre, y aun la historia toda, en una época dada.

Esta relación del mérito moral, y de vivir en mérito de nuestra buena naturaleza, nos es tan íntima, tan imborrable, se anticipa de tal modo a todo motivo temporal o particular, que se nos impone aun sin especial conocimiento y voluntad en las prácticas más comunes de la vida, y funda en ellas una esfera moral, imprimiendo en nosotros un carácter parcial bueno, que nos reconcilia a veces con nosotros a pesar de una conducta inmoral o egoísta bajo otros aspectos. Cualquiera puede observar hoy en sí muchas esferas parciales de vida moral, en las que merece bien de sí (aunque en otras desmerezca), y esta es otra señal del progreso moral de nuestro siglo. Hoy los hombres medianamente cultos tienen una o más esferas inviolables, en las que quieren sinceramente el bien por el bien, y obran consecuentes con su voluntad general buena; se hacen una ley, unos del trabajo; otros, de la igualdad de ánimo; otros, de la fidelidad para con la familia y amigos; otros, de su palabra; otros, de obrar con sistema... y cuanto más desmerecen en algunas relaciones de la vida exterior, por ejemplo: en la política, tanto más procuran buscar una esfera, donde obren con mérito moral, y en armonía consigo mismos. Hasta las prácticas exteriores y los deberes del cuerpo, su salud, su compostura y su belleza, pueden formar hoy leyes de conducta para el individuo, según su educación, y son en efecto tales leyes morales (virtudes), mientras son fielmente guardadas, y aun influyen relativamente, previniendo, atenuando o limitando el mal moral en otras esferas. En general, un hombre o familia o pueblo que no tenga una esfera de su vida en que obre con pura moralidad, esto es, por el buen fin, es no sólo inconcebible en teoría (bajo el conocimiento de Dios) sino imposible en la práctica y en la historia. El hombre que se conociera en absoluto demérito moral (a lo menos presumido bajo apariencias plausibles), no se podría sufrir y se daría la muerte.

c) Actos morales: sus grados: algunos motivos reinantes.-Actos morales enteros hacemos muy pocos en nuestra esfera de libertad. Porque el acto entero moral contiene: primero: el sugeto moral en el conocimiento y estima de su naturaleza, y refiriéndose a ella como a motivo de la acción: segundo: bases temporales determinadas de mérito moral según las circunstancias: Motivos históricos: tercero: voluntad cierta y constante en cada caso referida al sugeto actor: voluntad moral: cuarto: cumplimiento de la voluntad última o del principio práctico, con vencimiento de obstáculos contrarios dentro y fuera: arte moral; hábito moral: quinto: conclusión y juicio del todo con aprobación o reprobación: Juicio de conciencia.

Estos momentos y grados del acto moral no los seguimos, ni todos, ni con libertad y arte igual en cada uno. Tal vez falta el conocimiento claro del motivo fundamental, esto es, el de nuestra naturaleza, que perdemos o por ignorancia o por demérito. Después, puede faltar y falta en los más casos la recta estima de las circunstancias en que debemos obrar con actos buenos y bellos, haciéndonos a veces por esta falta déspotas de nosotros mismos en nuestro gobierno interior. Y, aun habiendo obrado bien hasta aquí, esto es, movidos por motivos generosos y con recta estima de las circunstancias, puede faltar la voluntad constante para convertir la buena idea en el buen hecho, en lo cual suelen pecar hasta los mejores. Y aun después de todo es muy frecuente, que pequemos por sobra o por falta en el juicio de nuestro buen hecho, entregándonos a un afecto desmedido de nuestro mérito, perdiendo la debida estima de nuestra limitación moral, o aun desestimando demasiado nuestro buen obrar y cayendo en el exceso de la virtud contra la máxima profunda del buen medio, cuyo sentido es: No hay virtud específica; o de este modo: En el mundo finito no hay fin último, ni plenitud de vida, sino que todo pende y trasciende al fin último en Dios.

Lo dicho nos explica el sentimiento de vacío y descontento propio, y la falta de fuerza moral que reina en nuestro siglo, aun entre los mejores de los buenos. Nos hallamos por la voz inapelable interior en demérito con nosotros mismos; nuestro hombre de hoy desdice de nuestro hombre real (de la ley de nuestra naturaleza). Tomamos, es verdad, entre tanto como motivos supletorios morales esta o aquella máxima segunda: Aplícate a tu fin: Iguálate con los mejores: Mira por tu verdadero interés. Pero sabemos bien que estas bases temporales no llenan la falta de la fundamental: Obra según tu buena naturaleza, con todo tu espíritu, ni vivimos bajo ellas sino en una libertad incompleta e inmeritoria. Todas estas bases de obrar no sostienen la buena voluntad y el buen hecho sino parcialmente, mientras duran las circunstancias relativas; fuera de ellas nos falta el motivo, el sentido y el juicio de conciencia. ¿Hay alguno que no sorprenda en sí estas contradicciones morales y no las observe en otros hombres? La falta de sanción visible, el ejemplo corruptor, la distracción exterior y hasta el engaño propio suelen debilitar el rigor del juicio de conciencia en muchos casos; pero nos queda vivo el desabrimiento interior, como un mal sedimento que envenena los más inocentes goces de la vida, o les quita a nuestros ojos el encanto primitivo.

La ley supletoria moral de nuestro siglo: trabaja, está sobre ti, ayúdate, o bajo otras formas preceptivas, trae a la larga un cierto servilismo moral; no nos libra enteramente del afecto de mérito propio que hiere de muerte todo obrar generoso (el bien por el bien): conduce a precipitar el acto moral y a encerrarnos en un materialismo rigorista que daña a nuestra libertad. Ser esclavo de su trabajo, ciertamente es buena prenda, pero a costa de la libertad moral. El hombre debe obrar con libertad hábil y maestra hacia todos lados, y entonces obrará tanto mejor en su deber o vocación principal. El hombre que se hace con intención esclavo de su trabajo o de su fin particular, aunque fin por lo demás bueno, se hace tirano propio moral, teme anticipadamente la tentación contraria (que nunca deja de venir en nuestra limitación moral), y prefiere muchas veces rodear el peligro a combatirlo de frente. Esta ley de obrar muestra a las veces su insuficiencia, ya en la facilidad con que faltamos a ella por leves distracciones, o en la escasa estima que damos al cabo a nuestra moralidad fundada sobre esta sola base.

En general, desde que el hombre toma alguno de los motivos particulares sobredichos como base de conducta, aunque sea el motivo más excelente, le lleva tal motivo por su particularidad misma a desconocer y desestimar otros motivos semejantes de mérito moral en otros sugetos. Esta imperfección radical es común a todos los motivos segundos. Así, en ninguno de estos estados ni bajo ninguna de estas bases morales nos ponemos enteramente (aunque nos acerquemos más o menos), en el centro de la vida moral bajo la ley absoluta: obra en mérito de ti como el sugeto moral de tu destino. Realiza tu buena naturaleza con carácter individual en cada hecho y tiempo.

Aquí no necesitamos advertir, que sugeto no significa limitadamente el individuo humano, sino que se aplica igualmente a la humanidad, como el individuo mayor terreno y sugeto de su destino total, y de aquí descendiendo a las personas interiores en su destino respectivo hasta el individuo como la última indivisible persona en el todo. Y esta relación de la humanidad, en el todo y en las partes, a todo su destino, se extiende no sólo en el espacio, sino en el tiempo, esto es, en una vida y edificación continua de la humanidad, como destinada a realizar su idea real en una plenitud última en todos los fines humanos, el moral, el científico, político y religioso con mérito y carácter de obra propia. Entonces nuestra humanidad, así como es buena en su fundamento, será también buena y sana en su historia mediante el propio esfuerzo y bajo el auxilio de Dios.

d) El carácter moral del pueblo.-Costumbres públicas. -Para saber cuán imperfecta y naciente se encuentra hoy la vida moral del pueblo como un individuo superior humano, con carácter y costumbres propias, en las que abraza formalmente todo su destino, observemos, que todavía hoy en los pueblos cultos europeos llevan las costumbres nacionales el carácter de oposición y exclusión de las costumbres de los pueblos vecinos y los lejanos: que dentro de cada pueblo y en la relación del carácter y costumbres públicas con el carácter y costumbres domésticas y las individuales, nada hay edificado todavía, y ni aun es claramente conocida la influencia recíproca de estas esferas concéntricas de la moral social llamadas a unirse, como un individuo superior moral, por esferas intermedias -la familia y costumbres domésticas, el círculo social y sus costumbres, la localidad y sus costumbres-, si el pueblo ha de ser alguna vez un todo orgánico y sano en este fin fundamental de su vida. Nosotros hoy tenemos mucho de que acusarnos en el abandono de nuestras costumbres públicas, lo mismo las del pueblo todo (respetos civiles, fiestas, recreos, espectáculos), como las de círculos libres sociales y familias; y esto es tanto más significativo, porque la costumbre moral privada o pública, como la menos sujeta a coacción, revela luego el estado interior en pensar y sentir del individuo o del pueblo. La inmoralidad pública en nosotros o en otros pueblos no la corrige hoy el Estado; o porque su sanción penal es inferior a la fuerza del mal; o porque sus medios coactivos no tocan sino muy imperfectamente a las infracciones de este género. Esta reforma fundamental no debe esperarse sino de una sociedad propia para el fin moral al lado del fin político, y organizada conforme a la naturaleza delicada e interior más que exterior de este fin. Esta sociedad moral debe nacer al lado de la sociedad doméstica, de la amistad, de los círculos libres de hombres bien sentidos, y debe organizarse ascendiendo y extendiéndose por los medios racionales y morales, no por otros, en todo el pueblo. Naciendo del Estado y desde el Estado abajo participaría toda autoridad moral (Censura) del carácter exterior y coactivo del Estado mismo, nunca bastaría a su objeto, ni corregiría sino a medias la inmoralidad pública en las numerosas esferas en que está hoy arraigada. Los ensayos de sociedades morales en Inglaterra son un principio imperfecto, pero sano, de esta reforma (las sociedades de templanza, las de humanidad con los animales, y otras). Pero de aquí a edificar gradualmente el sistema de las virtudes morales mediante compromisos mutuos, y propósitos comunes acompañados de estímulos o de penas análogas al vínculo delicado de que se trata, y a su naturaleza más libre e interior que coactiva y exterior, hay una inmensa distancia que en dichos países y en Alemania se ha comenzado a andar, en otros no se ha medido siquiera con la vista.

e) La humanidad moral sobre el individuo moral. -Los pecados de nuestro siglo o nuestro pueblo, o aun de nuestro círculo inmediato, los sentimos sin duda moralmente y pesan a cada hombre que vive en aquellos hombres mayores. Mas, por este pesar no perdemos la libertad ni la esperanza de rehacer contra el mal común, y mediante esfuerzos unidos desterrarlo del pueblo, del siglo o de la familia; y por estos medios puede la parte humana influir con efecto en el todo de grado en grado. Pero el conocimiento del pecado propio nos causa un pesar de otro género; es acompañado de un juicio condenatorio de conciencia, y frecuentemente es seguido de una degradación en la estima propia, hasta la muerte o el letargo moral del individuo. Aquí, es verdad, suele el todo en el pueblo y en la familia, salvar a la parte enferma no sólo con influencias generales, sino a veces visiblemente, cuando sabemos de cierto que las circunstancias inmediatas (estado doméstico, amigos, vida activa) son mejores que nuestro individuo y sabemos que ellas, no la virtud propia, nos salvan de caer en el demérito moral. En este hecho se funda la consoladora esperanza de que el individuo, como miembro de la humanidad, obrando para mejorar las circunstancias sociales, y en general el medio histórico en que vive, influya mediata, pero eficazmente, sobre la moralización de sí mismo, en grado descendente, en virtud de la solidaridad humana en el todo y en las partes.

Esto mismo nos explica, entre otros fenómenos, la contradicción moral tan frecuente en nuestros días, de individuos que mientras se ocupan sinceramente en el fin moral y moralización del todo, descuidan o son indulgentes con el demérito propio, cuando este demérito observado en otros sugetos, les hiere vivamente y les hace perder la estima y la confianza moral en ellos. Porque, otra vez decimos, en la unidad y solidaridad de la humanidad con cada hombre, puede el individuo salvarse igualmente en el todo, como parte viva y útil del bien común, que en sí mismo, como la parte homogénea del todo, con tal que en ambos casos sea su voluntad y su obra, racional y constante, esto es, virtuosa. Todos nos salvamos en nuestra Humanidad y en todas las esferas parciales humanas dentro de ella: esta es la ley moral, más o menos presentida en nuestro siglo; y será un día, en la subordinación de toda la humanidad a Dios, la ley común religiosa.

f) Esferas interiores morales. -¡Observad con qué profunda adhesión, con qué fidelidad quiere representar en sí el español el carácter moral de su pueblo ante el francés y el alemán; asimismo, el europeo procura expresar y expresa involuntariamente, sin perjuicio del propio carácter, el carácter moral de la Europa ante el americano y el asiático, y recíprocamente! Aquí reconoceréis otras tantas esferas todavía incultas del carácter moral humano y las unas contenidas en las otras: el carácter moral de una parte mayor de la tierra, el carácter moral del pueblo, como individuo mayor, y de aquí descendiendo hasta el del individuo. Estas esferas morales son homogéneas unas con otras, y contenidas unas en otras, y cada una en su lugar es original y libre, no se confunde ni impide a las demás, ni todas impiden el desarrollo y expresión del carácter moral del individuo. -Hemos, pues, de reconocer que hasta hoy en la historia moral-humana no hemos observado atentamente ni cultivado con plan sino la esfera última del carácter moral, la más influida de todas, la del carácter individual. Pero aquellas otras numerosas esferas y fuentes de la virtud social sobre la individual o la doméstica, no las hemos estudiado ni cultivado. Reconoceremos que la incultura de estas esferas superiores morales es la raíz secreta de la debilidad y enfermedades de las contenidas, que han casi frustrado los esfuerzos de la educación religiosa y moral, y héchonos dudar de la bondad de nuestra naturaleza. Cuando esto sea bien reconocido, se aplicarán los hombres serios y de puro corazón a cultivar y fortificar el carácter moral del medio común en que viven, en forma de una virtud publica, y entonces se cultivará y fortificará secretamente el carácter moral de la ciudad, de la familia, hasta el del último individuo. entonces los mismos individuos moralizados en sí y en relación, volverán colmado al Todo el bien de educación que reciben de él, y podremos alcanzar una virtud social e individual juntamente en la unidad humana (virtud orgánica).

111.

Un Derecho y Estado. Sociedad política en la sociedad humana

Después del mérito moral, llena el pecho del hombre el sentimiento del derecho, esto es, de la condicionalidad libre y recíproca para el cumplimiento del destino humano. Hemos considerado arriba la idea del derecho y del Estado: ahora resta añadir, que nuestra humanidad, para realizar en el tiempo esta forma de su vida en el todo y en las partes, está llamada a reunirse en una persona y sociedad fundamental y orgánica con sus personas interiores de unas en otras, y en forma de un Estado político humano. El hombre educado en el puro humanismo presta derecho y condición de todos lados con libre voluntad, esto es, en forma de virtud moral. Y asimismo, en forma y sentido moral quiere el derecho ser prestado relativamente por las familias, los pueblos, y absolutamente por la humanidad en la tierra y en la sociedad humana.

El derecho es reconocido y cumplido, primero por el individuo como un modo de sentir de todo el hombre sobre las condiciones internas de su destino y como regla de conducta, antes de mostrarse afuera como un arte político, esto es, en forma de Estado externo (público o privado), y en relación con las demás instituciones humanas y en general con la vida del mundo como vida condicional en Dios. Sólo donde falta o está viciado el sentido moral, donde no reina la voluntad racional, es suplida esta falta por un Estado y Ley coercitivos como medio temporal de encaminar las fuerzas morales, incultas o viciadas, del pueblo. Estos medios coercitivos sin sentido moral, nacidos en la historia política (dentro de un pueblo, o entre diferentes pueblos; por ejemplo, la guerra), caminan en ella al paso con la historia y cultura total del individuo o del pueblo. Pero los pueblos se educan interiormente también mediante el Estado y sus medios coercitivos, aunque principalmente por las fuerzas interiores humanas que influyen en su historia. También el Estado y sus medios se mejoran (se humanizan) por la influencia de la civilización; las fuentes del delito se cierran poco a poco o se aíslan en el sugeto, las penas son menos crueles, más limitadas a su fin y más eficaces: a los medios represivos suceden los correctivos, y a éstos los preventivos y los directos de educación moral, que engendran en el hombre y en el pueblo el sentido de la justicia y la tendencia indeclinable progresiva al cumplimiento del destino humano en el todo y en las partes.

112.

Derecho y Estado en el individuo

A todo hombre en la tierra ha de serle cumplido su derecho, esto es, sus condiciones humanas, las permanentes y las temporales, por todos y de todos lados, y él recíprocamente debe prestar derecho hacia todos lados con sentido moral y con arte político. Aunque cada individuo, como sugeto limitado dentro y fuera, está bajo la condición y estado de la familia, de la ciudad, del pueblo, funda él también por su persona y lleva consigo donde quiera una esfera de derecho interior y exterior en razón de todo su destino; estado y derecho insustituible e inenajenable, y dentro del que es en su conciencia el legítimo juez, el único bien informado, sobre todo, cuando vive bajo estados políticos imperfectos y algunos injustos (tiránicos). ¿Alcanza, por ventura, el Estado público a apreciar los estados y derechos delicados, que en el comercio humano nacen de la veracidad, del merecimiento personal, del honor, de la amistad, hasta del amor? Y sin embargo, muchas injusticias en estas esferas del derecho hieren más y perjudican más al ofendido, arguyen más injusticia en el ofensor, que muchos delitos gravemente castigados por la ley pública.

Así, el recto sentido jurídico del individuo o de familias y pueblos en forma de voluntad moral, y unido con el amor puede llegar hasta donde el estado político y el derecho civil externo, ni puede ni debe llegar. El hombre que con pura voluntad, esto es, con sentido moral, presta las condiciones debidas donde quiera y según circunstancias, puede anticiparse al derecho y estado de siglos venideros, y vivir en el espíritu de la humanidad interiormente justa, y con esto concurrir de su parte para acercar el reinado del Estado y del derecho divino, la ciudad de Dios en la tierra.

113.

Derecho y Estado doméstico; sus esferas

La inmediata persona superior y completa de derecho sobre el individuo es la familia, esto es, la persona y estado doméstico. Así como la familia es en la humanidad el primer sugeto moral sobre el individuo, así funda la familia, en razón de sus condiciones humanas, la primera y superior esfera del Estado, sobre el derecho y estado individual: por esto ha nacido en la historia el estado doméstico antes que el derecho y estado de familias-unidas, naciones y pueblos; y así también hoy en día todo progreso fundamental del Estado político debe nacer de la mejora del estado y gobierno doméstico. El padre y la madre de familias son la fuente del derecho doméstico, lo declaran y lo juzgan dentro de la casa: nacidos de su amor, forman los hijos alrededor de ellos la primera esfera cerrada social y política, en la cual luego, y unidos por la sangre y la amistad, ocupan parientes y amigos el lugar de consocios (familiares) para el cumplimiento del derecho interno y externo de la familia.

Siendo la familia una vida y sociedad fundamental en la sociedad humana, es también fundamental, esto es, absoluto en su lugar y esfera el estado doméstico. Pero los hijos, como todas las personas en la familia, son al mismo tiempo personas políticas en el pueblo y en la sociedad humana; por lo tanto, el estado doméstico no impide la relación condicional y el derecho ulterior de sus miembros respecto a otras personas superiores, y no los impedirá en efecto, si la razón y el sentido moral reinan en la familia. También el pueblo en su estado político, así como abraza en razón del fin condicional a sus personas interiores, abraza a la familia como persona y estado propio, aunque sin perjuicio de su relación interior con las personas de la familia, y sin consentir que estas personas sufran en el estado doméstico menoscabo de su estado civil o de su condición pública o su derecho humano.

114.

Personas y estados políticos parciales dentro del pueblo

Toda sociedad humana, según su naturaleza y su fin activo, funda dentro de sí una persona y estado político, en razón del fin; porque toda persona libre se convierte al punto en condición activa de sus fines, y se presume en ello condición parcial de los fines totales humanos. Funda en consecuencia toda sociedad activa un derecho y estado interior y exterior, determinados en particular por la materia de su actividad social. Toda sociedad, las sociedades personales (familias, amistad, pueblo...) como las sociedades reales (ciencia y arte), y aun las formales fundan inmediatamente dentro y fuera una personalidad y representación en razón de sus condiciones, en cuanto éstas dependen de la propia o ajena libertad (hacen estado; se constituyen). De aquí, debe también el Estado, como la persona y constitución pública para el derecho, reconocer las sociedades particulares como otras tantas personas y estados y organismos políticos y jurídicos: sólo bajo esta ley pueden asegurar las personas interiores del pueblo el cumplimiento de su fin, y sólo así abraza cada pueblo como sociedad política, todos los derechos y personas del mismo en forma de un Estado público. Además, está cada sociedad activa en el pueblo reasociada en derecho con las demás sociedades reales y formales dentro del mismo. Toda sociedad, pues, como sugeto condicional, constituye su estado relativamente al estado de todas las otras y del todo, y en esta forma obra cada una subordinada a las superiores de su género, inmediatas o mediatas.

115.

El pueblo y su Estado en la sociedad política-humana

Todo pueblo que sostiene propia personalidad (soberanía política) en la sociedad humana, siendo en verdad en todos sus fines una condición libre y activa de su destino, debe tener propio derecho y estado; porque tan inmediato como está consigo para la realización de sus fines humanos, tan inmediato e inherente le es su Estado como la expresión de las condiciones relativas a la vida total del pueblo mismo. Sólo el pueblo que posee un carácter nacional, y conoce claramente su fin histórico, acierta a conocer las condiciones permanentes y las actuales, cada vez, de su vida, y sabe hallar los medios legítimos y los oportunos para cumplirlas, la forma de Estado que le conviene y las personas (los poderes) que en representación del todo deban hacerla efectiva. Los restantes pueblos, obrando según derecho como sociedades coordenadas en la sociedad humana, deben prestar reconocimiento y apoyo a la constitución libre-política de cada pueblo.

Hablamos aquí de pueblos llegados a la mayoría moral y política, de pueblos que tienen el claro conocimiento de su destino, y la voluntad común y constante de realizarlo, y que además no descuidan su educación política por imperfección o vicio de su cultura humana. Porque, Pueblos menores que no saben regirse con libre voluntad, caen de un modo u otro y según una ley de la Historia, bajo la dependencia de pueblos mayores, más cultos, más fuertes y en el arte político más adelantados. Esta dependencia puede aun ser provechosa a los pueblos sometidos, cuando en ella se despierta su sentido moral y con éste el sentimiento de su personalidad política (la nacionalidad). Pero esta dependencia se convierte en dañosa y anti-humana (tiránica), cuando bajo ella queda el pueblo sujeto en su primera minoría, o cuando, por abuso del pueblo conquistador, es aquél materialmente agregado a un Estado extraño para ser absorbido en él.

116.

El pueblo y Estado humano.-Estado terreno

Todo pueblo estaría autorizado para constituirse en Estado definitivo político, si fuera él la última persona superior en la sociedad humana. Pero nuestra humanidad, en sus generaciones y pueblos se propaga en tiempo y espacio sin interrupción por toda la tierra, como el suelo de su destino. Las numerosas moradas, respectivamente subordinadas y coordenadas, que la naturaleza ha preparado a la humanidad, marcándolas con límites ciertos por mares, ríos y cadenas de montes, dan la primera ocasión para que las familias se dividan y se alejen sucesivamente formando naciones y pueblos; pero quedando siempre imborrable la memoria de una familia común, y la secreta esperanza de una reunión última. También la tierra en sí, y como parte de nuestro sistema solar, es un cuerpo orgánico que se desarrolla con ley natural en sus productos y en todos sus individuos. Un asiento y morada terrena y una sociedad humana sobre ella son términos que se corresponden, así en la idea como en la realidad histórica. Y, acompañando el derecho y estado donde quiera al sugeto moral, como la forma condicional de su destino, debe fundarse en tiempo debido y en correspondencia con la historia un derecho y estado definitivo en razón de las condiciones totales de la humanidad para todo su destino, en forma de una ciudad terrena (un Estado-tierra).

Es, pues, manifiesto, que ningún pueblo, antes de su reunión con otros pueblos y con todos, puede entrar en el lleno de las relaciones y condiciones de su destino universal; ninguno en particular tiene el entero conocimiento de estas condiciones, ni los medios para realizarlas, sino cuando todos reunidos con todos, como un pueblo y Estado, se comuniquen recíprocamente en forma de derecho los dones del espíritu y los beneficios de la naturaleza que ésta reparte tan irregularmente. Por tanto, están llamados los pueblos a ser sobre la tierra un pueblo y Estado común, y lo serán algún día. Todas las relaciones fundadas en la naturaleza humana como condiciones socialmente exigibles y las que resultan de la vida de la tierra en relación con la humanidad, serán efectivas algún día, así como son anticipadamente exigidas; porque, todas son medios legítimos en razón de los fines humanos, y se sujetarán unas tras otras a la forma condicional de estos fines. Solamente los pueblos reunidos en sociedad humana representan la suprema persona política, el Pueblo en el pleno sentido; solamente la humanidad constituida en Estado público, es competente para fallar en definitiva sobre la constitución y los estados particulares de sus pueblos. Los pactos internacionales entre éstos, antes de aquella reunión y constitución última, aunque como condiciones históricas para ella obligan en su tiempo, llevan entre tanto el carácter de provisorios y aguardan todos de aquel lejano, es verdad, pero indeclinable tribunal de todos los pueblos en un Pueblo y Estado terreno, su revisión, su confirmación o su anulación.

117.

La división y los límites naturales geográficos determinan en la historia a juntarse primero en pueblo y Estado unido los pueblos vecinos de un continente parcial, para desde aquí, y siguiendo la misma ley, formar en último grado sobre los Estados unidos de partes mayores de la tierra, un definitivo Estado y gobierno de la sociedad humana. Así como toda vida histórica camina ascendiendo y llenándose por grados desde lo individual y particular a más comprensiva esfera, lo mismo sucede en la vida histórica del Estado, como la sociedad para las condiciones de nuestra común humanización. Un gran todo de vida necesita larga preparación para su plenitud, y el más grande necesita la más larga. Pasarán todavía siglos en grados intermedios de pueblos y Estados unidos, antes que nuestra humanidad llegue en razón del fin condicional, a constituirse en sociedad total política, y cumpla bajo una constitución y gobierno interior la idea universal del derecho, como una persona justa dentro y fuera, hacia abajo, hacia arriba y de todos lados.

118.

Forma del Estado humano

Cada pueblo en la tierra y en la historia tiene su peculiar derecho y estado como la forma de sus condiciones respectivas humanas; aquella a saber que resulta de toda su vida interior y exterior, y en vista de la cual organiza, según sus circunstancias, su Estado y gobierno. Tiene por lo tanto cada pueblo, en su Estado, un Consejo para definir el derecho; un Tribunal para conocer el hecho en relación al derecho; un Gobierno para hacer efectivo y eficaz el derecho definido y juzgado, y superiormente al consejo, al juez y al ministro queda la representación del pueblo todo, la persona solidaria viva y activa de la condicionalidad total del pueblo. Esta organización fundamental representa al pueblo en su unidad, mediante una constitución cuya base no es arbitraria ni establecida por motivos temporales, sino que, en su principio y en definitiva para la humanidad, es una sola y la única legítima. Esta forma resulta por una parte de la naturaleza del derecho y por otra de la naturaleza de la humanidad misma en su carácter condicional sobre la tierra. A esta legitimidad se acercan en diferentes grados las constituciones históricas de los pueblos (1).

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(1) a) La historia del Estado en relación con la historia de la humanidad. -La historia del Derecho y Estado, y de la sociedad fundamental para este fin se puede resumir en esta ley: una sociedad que camina de ser exterior a ser interior, de vivir aislada y absoluta en su fin, a entrar en relación humana con las demás sociedades y fines fundamentales, al paso que estas mismas sociedades se desarrollan según su naturaleza y en relación con la sociedad política. Seguid atentamente la historia de la humanidad y de los pueblos en ella, como sociedades políticas, y observareis en los grandes y pequeños períodos esta ley constante que concierta con las leyes generales de la historia, y aclara la historia del derecho civil en el estrecho sentido. Por ejemplo: en el mundo antiguo, el hombre fundaba sus derechos privados y públicos como su personalidad civil, no en su propiedad de ser hombre, sino en la cualidad más restringida y puramente política de ser ciudadano. Todos los derechos aun dentro de la familia, y sobre el suelo radicaban en esta cualidad y sólo en ella, por derecho común. En el mundo moderno, desde la edad media, el fundamento de los derechos privados y públicos se cifra en una cualidad más interior, más inajenable, más humana: la de hombre libre; y las principales revoluciones modernas tienen su nudo en la tendencia a hacer este principio ley común en el derecho público y privado. Esta ley ha creado en los Estados modernos un derecho vivo superior y regulador del derecho escrito, y apoyado, no en el soberano, sino en la Jurisprudencia común, en la equidad, en la opinión, es decir, en las demás sociedades fundamentales y su idea propia al lado de la sociedad política. Pero este mismo derecho común y sus órganos, el jurisconsulto y el publicista, no se purgaran de aberraciones, de pretensiones ilegítimas, de doctrinas vagas, mientras el derecho mismo en su principio, como la forma condicional y recíproca de toda la vida, no se legitime y se determine en el hombre por el mérito y fin moral y por el sentido religioso de una manera orgánica en doctrina y en vida. Porque, el derecho no es absoluto por su forma en el individuo ni en la humanidad, y sólo es necesario determinadamente, en cuanto es exigido por los demás fines fundamentales (el moral, el religioso, el científico), y al paso con ellos. Así, el derecho y Estado debe ser menos absoluto, hacerse más relativo y dependiente, a medida que se organicen según su fin propio las demás sociedades interiores; y cuanto más perfectas y libres sean éstas, tanto más relativo a ellas y menos sensible en su acción política y coactiva será el Estado.

b) Organización progresiva del Estado.-El Estado, como el organismo social que acompaña continuamente al hombre por todo lugar y tiempo en la relación condicional a su destino, y en cuanto ningún fin humano, ni aun los interiores, puede cumplirse sino mediante condiciones, es forma fundamental inherente al hombre, ya sea el individuo, la familia, el pueblo, toda la humanidad; aunque en todas estas personas el Estado es la forma de las relaciones exteriores y recíprocas. Pero el derecho y Estado aun dentro de sí mismo, como el sistema de la condicionalidad social, camina en su historia a una organización también subjetiva, desde el individuo y de él bajo la familia, la familia bajo el pueblo, y el pueblo bajo la humanidad como la persona y sociedad definitiva política para la totalidad de sus condiciones. En la plenitud de esta historia se constituirá el Estado como una sociedad orgánica y toda interior y en el lleno de su idea en forma de una representación continua, en esferas sucesivamente superiores y enlazadas por este vínculo de la condicionalidad exterior y exigible humana. Entonces se hallará el Estado en la posesión de todas sus fuerzas y en su verdadero carácter de positivo y promovedor, a su modo, de las restantes sociedades fundamentales y sus fines; no ya bajo el carácter predominante de coactivo y represivo que hoy lo distingue, sino el de positivo, y educador.

De este porvenir que nos asegura la ciencia y la historia distan aún mucho los Estados, tanto en la organización subjetiva de grado en grado de las personas políticas mediante una representación gradual, como en la realización de las condiciones exteriores y recíprocas cumplidas con arte político y sentido moral y religioso. Hoy muestra más bien el Estado en su vida un carácter secular y exclusivo que descuida sus relaciones internas con las demás sociedades fundamentales en las que debe hallar su sentido superior y su salud. Aspira más a absorber los demás fines y sociedades humanas en el suyo y en su acción, a fundarlas en sí, y con esto a descaracterizarlas en la idea y parte de bien esencial que aquéllas prestan al todo. Aquí hallamos la raíz de enfermedades profundas y durables que en el mundo antiguo fueron, en circunstancias semejantes, mortales al Estado, y que hoy no lo son tanto por la mayor fuerza de vida y organización que poseen las restantes esferas y por la cultura humana extendida en una parte mayor de la tierra que la cultura del mundo antiguo. Se puede decir bajo este aspecto, resumiendo la historia hasta el día, que la historia moderna comenzando en Jesucristo bajo la ley del amor y la igualdad de los hombres en Dios, ha creado un nuevo hombre, el hombre interior y sus fines, el fin religioso, el moral, el artístico, el científico al lado y enfrente del hombre y pueblo antiguo puramente exterior, político casi extraño a los fines interiores fuera y más allá del político, y para los cuales el Estado es el medio condicional exterior, pero no es el órgano ni el director interno. Todo el contenido de la historia moderna se forma de las relaciones, las oposiciones y luchas y las armonías establecidas sucesivamente entre estos dos hombres, el interior y el exterior, el ideal eterno y el temporal sensible, aquél representado según los tiempos unas veces por la religión, otras por la ciencia, otras por un espíritu liberal dentro del Estado mismo; éste representado por el Estado y la sociedad visible. Estos dos hombres, apoyándose en mundos distintos, el uno en el cielo y en el mundo de las ideas, el otro en el suelo y en el mundo de las condiciones temporales, no existían en el mundo e historia antigua, sino sólo o con predominio decidido el segundo. Esta diferencia caracteriza la diferencia de estos dos períodos máximos y nos da indicaciones seguras para el porvenir, sin desorientarnos por la confusión presente y el predominio temporal que hoy tiene (hasta en el espíritu y el corazón) el hombre y fin condicional.

c) Una deducción sintética del Estado y el Derecho.-El Estado y el derecho bajo una definición general se pueden formular así: dado el sugeto se sigue la condición, mediante la que el mismo sugeto debe realizarse en la historia.

El sugeto, como el primer término de esta relación, no lo pone el hombre en el tiempo, es puesto antes de todo hecho temporal y está dado antes del pensamiento mismo y definición de él por nosotros; la realidad objetiva, como el término último a que el hombre mira, mediante condiciones, no la pone tampoco el hombre, está dada en sí misma, en el mundo real y bajo la realidad absoluta (Dios como principio y fin real). Pero el hombre y la humanidad como ser finito, están siempre en el medio histórico y aspiran en toda su vida a pasar de un medio a otro, de una vida e historia a otra más llena y más real. Para esta sucesión de realizaciones históricas nos hallamos siempre en condición con el mundo inmediato como el medio de la vida (por ejemplo, nuestra tierra en la naturaleza, el comercio social-humano en la historia presente), y nosotros mismos como sugetos libres de nuestro destino, nos hacemos condición y estado cada vez para el fin inmediato y en adelante. De modo, que la realidad objetiva en que el hombre o el pueblo aspira a actualizar su naturaleza, no es, como se suele pensar, un blanco fuera de nosotros que se aleja al acercarnos a él, sino que a cada momento y mediante cada condición, una vez cumplida (cada posesión de derecho y estado) la realizamos en nosotros y nos realizamos en ella, bien que, siendo la limitación una propiedad inherente a la humanidad respecto a la realidad objetiva (la realidad absoluta en Dios), se halla el hombre en cada nueva posesión de estado otra vez en parcial realidad y realización de su vida, otra vez con el sentimiento de falta y desposesión, y es movido a ponerse otra vez en relación y condición con el mundo inmediato, a hacer estado con la naturaleza y con los seres semejantes coordenados o superiores y hasta consigo mismo, para realizar una nueva posesión de derecho y de bien real, y así sucesivamente.

Es, pues, el derecho y Estado en su principio una condición y consiguiente edificación por el ser finito y el hombre en el mundo real o en el reino de Dios, y cada posesión de estado, cada condición cumplida humana, ya sea individual o social, constituye por el hecho una participación parcial del mundo real, en cuanto el hombre no se realiza por el mero hecho de ser hombre ni por la simple voluntad de ello, sino cada vez bajo voluntad meritoria, mediante condición conocida y cumplida con arte político y obra consiguiente. Sólo así viven con derecho legítimo el hombre o el pueblo o aun la humanidad, y se hacen en esta forma de la vida parcialmente socios del reino de Dios. ¡Observad, si el sentimiento con que contemplamos un Estado político de paz, y de seguridad de las respectivas condiciones, es un sentimiento egoísta o el sentimiento objetivo de un Estado al que aspiráis siempre en la idea, y en el que querríais ser ciudadanos con sacrificio de todo interés temporal! ¡Observad, si las llamadas bellas utopías no son las que tenéis interiormente a la vista para las bellas obras políticas; aunque ciertamente la obra queda siempre inferior al ejemplar íntimo del espíritu!

Conocemos, pues, el derecho y Estado como una forma eterna inenajenable del ser finito y del hombre, en la cual legitima el hombre cada vez su relación con Dios y bajo Dios con el mundo y consigo mismo. Esta relación renace eternamente en nosotros y empeña toda nuestra vida a buscar condiciones para cumplirla, realizando en ella estados de armonía política dentro y fuera, y en todo tiempo. Renace esta misma relación de todos lados en el mundo inmediato, en nuestro comercio con la naturaleza, con el espíritu, con la humanidad contemporánea; penetra en grados infinitos y delicados de límites y condiciones recíprocas (respetos políticos) hasta en lo más íntimo del sugeto, y forma otras tantas esferas y posesiones de estado bajo el principio establecido: Dado el sugeto, media un mundo de condiciones para su realización objetiva.

La experiencia confirma la verdad de este principio; cada sugeto moral puede sorprender en su vida interior muchos estados que no sabe referir al fin del mérito moral ni al fin religioso, sino que dentro del hombre forman una esfera propia, en la cual juzga (juicio de derecho diferente, aunque cercano al juicio de conciencia) que ha cumplido consigo como condición de su vida en este o aquel fin, y siente la aprobación que de ello resulta, o juzga que ha faltado a las condiciones que en el caso estaban indicadas, y por tanto, se ha puesto consigo fuera de derecho y estado, y tiene el sentimiento y juicio de ello, juicio distinto del moral y el religioso. Observamos estos juicios del derecho interior en las prácticas de la vida que no tocan inmediatamente a la moral, aunque son medio para ella, en las leyes del régimen corporal, en las relaciones delicadas del honor, de la amistad y por este estilo. Aquí habla el derecho interior y su juicio, aun sin el juicio de conciencia.

La relación y fin condicional y la sociedad fundamental para ella es relación y sociedad sui géneris, insustituible por ninguna de las relaciones y sociedades interiores, la moral, ni la religiosa (formales), la científica ni la artística (reales), sino que ella en su lugar es principal y abraza a su manera las restantes, como éstas recíprocamente a ella. Hay más; en la limitación histórica de nuestra humanidad, que no realiza sus fines sino uno después de otro, predominando ya éste ya aquél hasta la edad plena o armónica, ocupa el fin condicional y su sociedad relativa un período propio histórico, en el cual se desarrolla él solo o con predominio sobre los fines y sociedades interiores. En esto concierta la historia humana con la historia de cada hombre, que después de la infancia poética se desarrolla en su juventud en sentido de oposición y de derecho antes de armonizar sus edades anteriores, y las fuerzas desarrolladas en ellas, en la edad madura.

Esta ley puede explicarnos, como en un período histórico, por ejemplo, el presente en Europa, el fin condicional y la sociedad en su razón pueda interesar toda la vida y procurar el espíritu todo del hombre o del pueblo, olvidando o descuidando entre tanto los demás fines fundamentales que en otros períodos han merecido el primer término e interés (por ejemplo, el religioso en la edad media, el científico y artístico en la edad del renacimiento); cómo pueda el predominio del fin condicional reducir los demás, por tiempo, a fines segundos y subordinados, imprimirles su carácter y hasta vestirlos de sus formas y de su lenguaje. Nuestra humanidad, poseída de la idea eterna de su destino y del cumplimiento histórico de este destino, vuelve en nuestros días con nuevas fuerzas y en esfera más extensa de acción que hasta aquí, a restablecer las condiciones para realizar los demás fines humanos; comienza otra vez a ensayar el plan de su vida, y en este renacimiento el fin condicional y su forma, el Estado, precede naturalmente a los demás, y mientras dura su acción predominante, parece que los suprime a todos o se los subordina. Si un día pudo decir un hombre: el Estado soy yo: hoy puede decir el Estado: la humanidad soy yo. Pero la humanidad conserva vivo el presentimiento de que en este período histórico y mediante el Estado, como el medio condicional, se prepara en su día una relación más libre y armónica de éste con los demás fines fundamentales, mediante sociedades análogas y conformes a la naturaleza de cada uno. Hoy mismo, el buen sentido comienza ya a extrañar el consorcio obligado estéril, poco sincero y menos fecundo en que la ciencia, el arte, la moral, la religión, como sociedades fundamentales y propias de su género, viven con la sociedad política y toman de ella sus formas, su organización y hasta su lenguaje, olvidando su naturaleza, fin, forma y hasta su lengua propia.

Los hombres serios debieran observar atentamente este sentido de la historia presente, en su carácter predominante de historia y vida condicional, relativamente a la pasada y a la venidera, y determinar las relaciones ulteriores de esta historia con la venidera más perfecta que ésta prepara. Debieran despertar en pueblos y hombres la idea de un concierto más real y orgánico entre los fines fundamentales humanos y sus sociedades relativas, para evitar que preocupados del fin presente, como absoluto, acaben por pensar que no hay más vida ni más fin que proseguir, ni más bien que esperar, sino asegurar condiciones y estados temporales. Preguntémonos a nosotros, y preguntemos al pueblo, por qué camino hemos venido a debilitar en nosotros el sentido interior religioso y el moral, a sentirnos extraños e indiferentes para estas ideas fundamentales (descontando la hipocresía religiosa y moral por motivos políticos), y hallaremos que ciertamente la condición y su forma, el estado, puede ocupar enteramente a la humanidad como fin principal que es; que la condición encierra también a su manera una relación eterna mediante la que reciban en un período ulterior nueva vida los demás fines humanos, y sólo en lo tanto y para ello es en su tiempo legítima y útil en la historia. Bajo esta idea, los hombres y los pueblos prepararán el porvenir aun dentro del Estado, no con el afán del avaro que trabaja a precio contante y para recoger en el día el fruto, sino estimando cada hombre y pueblo su parte de obra, y obra política como colaborador temporal de la historia universal sin presunción ni pretensiones desmedidas. Bajo esta idea, la obra de la organización política entrará en sus límites legítimos, y en su progreso derecho a la organización de la personalidad humana, como el sugeto de sus condiciones mediante representación gradual desde el individuo al todo. Entonces el Estado en su relación superior con los demás fines fundamentales, el mérito moral, el sentido religioso, la ciencia y el arte, se elevará sobre el materialismo y secularización en que vive hoy como un brazo monstruoso que ahoga la vida del cuerpo. Entonces el individuo y el pueblo, en su constitución política, no buscará el derecho por motivo de él mismo como absoluto, sino por motivo de la condición para el total destino humano.

Las proposiciones antedichas: que el derecho y estado es en la humanidad una forma inherente e inenajenable de su vida; que en la limitación histórica puede predominar por tiempo sobre las demás; que esta relación es en su forma temporal relación exterior (la de las condiciones recíprocas y exigibles), pero que trasciende a toda la vida interior, y en ella tiene su pleno sentido, son deducciones del principio sentado arriba: Dado el sugeto se sigue la condición mediante la que él mismo se realiza en el mundo real, esto es, en el reino de Dios.

119.

Organismo interior del Estado político-humano

Todos los pueblos que moran sobre una parte mayor de la tierra y cerrada por sus límites geográficos, reuniéndose en Estado, disputan de sus respectivos gobiernos enviados que, constituidos en representación, forman la persona política del pueblo unido.

Esta persona se organiza subordinadamente en personas políticas segundas y solidarias con ella, para la definición, el juicio y la administración del derecho en la esfera de su competencia. A esta persona común se sujetan en derecho los pueblos-unidos y sus Estados particulares de semejante manera que a éstos y debajo de éstos se sujetan los individuos (como personas políticas), las familias, las ciudades. Al gobierno de la Unión son responsables y sujetos en derecho, y bajo la idea del definitivo Estado humano todos los pueblos unidos. Este común gobierno tiene otra vez su representación en todos los gobiernos de la Unión, como éstos la tienen en el gobierno común para mantener en relación y representación bilateral (orgánica) el total pueblo y Estado con los pueblos y Estados particulares.

Y cuando un día estos pueblos y Estados-unidos en continentes mayores de la tierra, realicen una superior persona política con Estados-unidos coordenados en otras partes iguales, constituyendo en definitiva la suprema sociedad política humana, y organizando el gobierno terreno; entonces se realizará un Estado verdaderamente público, y se cumplirá el ideal del derecho y de la justicia en la humanidad. Las penas cesarán con los delitos; la guerra desaparecerá con la inseguridad exterior, y reinará sobre todos los pueblos de grado en grado una ley y un tribunal supremo. El Estado, como sociedad y Reino verdaderamente interior, en armonía con el mundo, abrazará en paz y en prestación de las condiciones humanas todas las personas interiores políticas, los pueblos, las familias y los individuos.

El Estado terreno, que gobierna con absoluta competencia (como gobierno humano) todos los pueblos, todas las sociedades, todas las familias y los hombres, no existe todavía cumplido ni claramente concebido, pero camina a su realización (1). Por dichosos y en buen hora nacidos nos debemos tener nosotros hoy, cuando la humanidad por la vez primera hace escuchar su voz y su derecho eterno en el Estado; por haber nacido en un tiempo en que las preparaciones elaboradas durante siglos comienzan a dar sus frutos, época desde la que podemos mirar la historia de los siglos anteriores como un continuo desenvolvimiento para un fin desde antes presentido.

Para hacer efectiva una sociedad definitiva política en la humanidad, puede trabajar desde hoy en silencio, pero útilmente, todo hombre bien sentido, toda bien regida familia, todo pueblo. Porque hoy por primera vez es posible al hombre, siendo fiel observador del derecho y estado reinante, pensar y obrar en el espíritu del derecho eterno bajo la previsión de la venidera ciudad universal: hoy es posible con el sentido de la universal condicionalidad humana, anticiparse a la marcha histórica del Estado. Es ciertamente una santa obligación del hombre la de propagar de todos lados la idea del derecho y estado como la forma condicional de la humanidad en razón de su destino, despertar, donde pueda hacerlo útilmente, junto con el respeto hacia el Estado constituido, el pensamiento anticipado de la sociedad definitiva de todos los pueblos en la sociedad humana. De que nuestra humanidad llegará a formar un día un reino y gobierno político humano para el cumplimiento de todos sus fines, nos da la historia hasta el día, el curso de los grandes fenómenos de la naturaleza y el recto conocimiento de Dios una seguridad, que no vacila ante dudas o contradicciones, ni por el vulgar argumento que concebimos en un mundo ideal, cosas que la humanidad no tiene los medios ni la voluntad de realizar (2).

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(1) Tribunales superiores históricos.-En la historia humana se han cometido injusticias mayores, que piden un tribunal y juicio competente, y que por falta de él han caído hasta el día bajo jueces ilegítimos o interesados. Si la sociedad política humana estuviera organizada como un estado y tribunal supremo en la tierra, acudirían a él hombres y pueblos sobre injusticias pasadas y presentes que hoy están sin reparar, y que influyen con pernicioso ejemplo y atesoran inmoralidad pública e injusticia sobre nuestra historia. ¿Quién reparará competentemente la injusticia de la Inglaterra con Irlanda? ¿La de Rusia con Polonia? ¿La de Europa con el pueblo judío? ¿La de las razas blancas con las negras? Sin embargo, estas injusticias humanas están vivas y piden tribunales superiores a los hoy constituidos para ser competentemente reparadas. Pero esta reparación exige para ser real y producir una reconciliación de la humanidad consigo misma, un medio común social y político, una voz e interés público en ella; y este medio y voz sólo la da la historia misma, cuando acerque más los pueblos de la tierra en una cultura más igual, en intereses comunes a mayores esferas y se despierte la voz de la justicia humana entre los pueblos como partes vivas e iguales de una humanidad. Entonces será el tiempo legítimo de estos grandes juicios y restituciones históricas, y los pueblos mayores las cumplirán sin fuerza y sin dilación.

(2) Una ley de la historia humana, como parte de la historia universal.-Cuando decimos que la humanidad se realizará un día en el lleno de las condiciones de su destino, entendemos hablar no sólo de las condiciones hasta hoy determinadas entre individuos o pueblos (derecho civil y de gentes), sino también en el lato sentido, de las condiciones dependientes de seres coordenados con la humanidad terrena como un individuo superior en el mundo. Este sentido amplio de la condicionalidad y el organismo consiguiente para realizarla: el Estado, se funda en el principio ya indicado que la condición es la forma del mundo y los seres mundanos como limitados entre sí y bajo Dios: el Ser absoluto.

De consiguiente, no entendemos que nuestra humanidad en la tierra se realizará en la plenitud de sus condiciones como un Estado-tierra, sino concurriendo el desarrollo y plenitud de individuos superiores coordenados con ella y en parte influyentes en ella en la historia universal y bajo la ley de Dios. Así como la tierra no se mueve en este sistema solar ni desarrolla y reproduce la riqueza interior de su vida, sino bajo las relaciones e influencias cósmicas con los demás cuerpos planetarios; así la humanidad en esta tierra: el suelo de su destino, no desarrolla su vida humana en el todo y en las partes, sino en correspondencia con individuos máximos análogos (reinos de la vida) en el mundo racional y el humano.

Estas relaciones superiores de la vida espiritual y humana son presentidas secretamente de varios modos por el hombre religioso; muchos hijos de la humanidad (Platón, San Agustín, Tomás Moro, Dante), han hecho de estas relaciones aplicadas al fin condicional humano y su forma -el Estado- asunto especial de doctrina y de enseñanza, (la república de Platón, la ciudad de Dios, la utopía: de monarquía), doctrinas y presentimientos incompletos, pero verdaderos en su fundamento. Hoy son estas relaciones superiores reconocidas como deducciones de la ciencia, esto es, del conocimiento de Dios y del mundo en Dios como mundo limitado, pero divino, y aspirando a este fin en la historia universal. También comienzan hoy a comprobarse en la experiencia estas relaciones cósmicas de la tierra como cuerpo planetario (el magnetismo terrestre), y es de esperar que una psicología y una antropología experimental más fundadas en la observación de los fenómenos interiores, den un día resultados análogos a los que da hoy la ciencia natural.

Según esta idea, no miramos el porvenir ni la plenitud histórica de un pueblo o de nuestra humanidad como una bella idea engendrada en el espíritu de este o aquel hombre, ni lo miramos como un plan práctico que se deba ensayar inmediatamente por su actor como pretenden las teorías de reforma social, olvidando la historia presente, es decir, el hombre mismo por reformar; sino que este porvenir y plenitud última es en el sentido del ideal de la humanidad una previsión (cuanto el espíritu humano alcanza) de la obra real que aquélla prosigue según su naturaleza de grado en grado, extendiendo y graduando en personas y fines humanos la obra que ha proseguido de períodos anteriores más imperfectos hasta el presente. Aspiramos, pues, sólo, como obreros parciales de esta grande y bella edificación, a observar más y más en la idea eterna y en el hecho histórico esta ley humana, a afirmarnos en la esperanza de este porvenir, para ayudar también a nuestra naturaleza, como la parte al todo, y con ella a nosotros en esta obra de nuestra humanización. -Cada hombre en su lugar, pueblo o familia, o individuo, debe en la previsión del destino común venidero referirse humanamente, esto es, en toda relación a su esfera inmediata y mediatas, en forma de libertad y con espíritu de amor humano. Entonces la obra total que hasta hoy ha caminado en las personas superiores humanas al acaso y sin previsión, y hoy está casi en la infancia, se cumplirá en adelante con plan más regular, con más igualdad en el todo y en las partes como un organismo vivo y gradualmente progresivo. En este concurso del todo con las partes mil fuerzas nuevas antes no conocidas, se despertarán, y se cultivarán en el pueblo, en la ciudad, en la familia, e influirán con espíritu más sano, más eficaz y de todos lados sobre las partes hasta el individuo sin perjuicio de la libertad, antes dejando a cada hombre un mundo de vida propia en que merecer o desmerecer, pero no ya por la falta del todo sino por la propia falta. Renacerá otra vez la esperanza de que hoy resta todavía un porvenir de florecimiento y de bellas obras para la humanidad, y en ella para sus pueblos, sus familias hasta el último hombre. Según que esta idea se haga más clara, mediante la ciencia, y se afirme esta esperanza, desaparecerá el vacío que todos sentimos hoy dentro y fuera de nosotros; y en una actividad realizada por todos los modos humanos y más orgánica, ayudaremos al progreso de nuestro Todo inmediato y de los mediatos coordenados y superiores. Reconoceremos entonces que en esto está nuestro fin esencial, la misión igual de todos, cada uno según su lugar, y sus medios como miembros de una humanidad que prepara de lejos su edad madura; y unánimes en este fin, organizaremos con plan concertado, social e individual, una nueva vida, en la que sin presumir sobre la limitación de nuestras fuerzas, las reuniremos como un artista serio y aplicado, en vez de distraerlas en una oposición infecunda que borra a cada paso de nuestra vista el blanco del destino.

El que lea atentamente el Ideal de la humanidad, no necesita estas aclaraciones para conocer el espíritu del libro. Pero es deber nuestro, hoy principalmente, evitar que se confunda este espíritu con ideas y tendencias contemporáneas que pueden tener una verdad parcial, pero no están exentas de presunción científica y práctica, y en lo tanto pueden ser corruptoras. No podemos exponer aquí (donde no tratamos de desarrollar una doctrina, sino de fundar un sentido humano) el sistema científico, del cual este libro es una aplicación a la vida en sus personas y fines fundamentales; pero pensamos que el lector no hallará en él ideas que lo saquen de la realidad histórica ni que le hagan presumir de sus fuerzas y sus medios.

C. Chr. F. Krause y Julián Sanz del Río. Ideal de la Humanidad para la vida. Con introducción y comentarios de D. Julián Sanz del Río. Segunda edición. Madrid: Imprenta de F. Martínez García, 1871 [En esta segunda edición se incluye también el "Discurso pronunciado en la Universidad Central", 1857. La primera edición es de 1860].

 © José Luis Gómez-Martínez
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