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Lorenzo Luzuriaga

Las ideas de la Institución

Como se ha dicho, los hombres de la Institución no se han mostrado muy propicios a manifestar por escrito sus ideas pedagógicas. Aunque tenían una concepción de la vida y un sistema de educación definidos, cuando expresan sus ideas lo hacen casi siempre con un motivo ocasional y en forma esporádica. Para ellos, dada la situación de España en su tiempo, lo urgente era la actividad educativa, más que la teoría pedagógica. De aquí la dificultad de hacer una exposición rigurosa de sus ideas. Sin embargo, vamos a tratar de hacerlo, valiéndonos siempre que sea posible de sus propias palabras. Pero antes conviene señalar el origen o la fuente de esas ideas, que a nuestro juicio se pueden reducir a tres:

  • En primer lugar, la filosofía idealista alemana, a través de Krause, Sanz del Río y Giner, que acentúa el carácter integral y armónico de la vida y de la educación espiritual.

  • En segundo lugar, el carácter liberal, humanista de la educación inglesa, recogido en las visitas a las instituciones británicas, que realza el aspecto humano, tolerante y vital en la actividad educativa.

  • En tercer lugar, el sentido ético de la mejor tradición filosófica española, representada sobre todo por el estoicismo senequista y que se manifiesta en el rigor y la austeridad en la conducta.

Al lado de estas influencias ideales generales, hay que señalar las propiamente pedagógicas, que proceden esencialmente de Rousseau, Pestalozzi y Froebel, quien a su vez fue influido por la filosofía de Krause.

Todo ello, claro está, sobre un fondo de ideas y experiencias propias, elaboradas y recogidas en el transcurso de la obra y que han dado a la Institución su fisonomía peculiar. En este sentido las dos fuentes principales de inspiración han sido Francisco Giner y Manuel B. Cossío. Y no es fácil distinguir las ideas de uno y otro, por lo compenetrados que estaban. Sin embargo, aun a riesgo de caer en una generalización excesiva, podría decirse que Giner realzaba más el lado ético de la educación, mientras Cossío el estético; que el primero consideraba la educación más como una actividad ideal, y el último como una actividad humana; que en aquél predominaba la filosofía y en éste la pedagogía. Pero, repetimos, ambos tenían, como inspiradores de la educación de la Institución los mismos objetivos educativos, que vamos a tratar de exponer, llamando la atención de nuestros lectores sobre las fechas en qué fueron expresados, ya que hoy es aceptado por todos, era una excepción y un considerable adelanto en su tiempo.

1 la educación integral

Cuando la Institución inicia su vida reinaba en la educación europea una densa atmósfera intelectualista surgida de la pedagogía herbartiana, que ponía todo su acento en el valor de la instrucción, así como una tendencia unitaria nacida del positivismo, que realzaba su aspecto practicista. Frente a este intelectualismo y utilitarismo de la época, la Institución consideró como objetivo esencial de su educación la formación de hombres cabales, la persecución de ideales éticos y el desarrollo de todas las capacidades, tanto físicas como intelectuales. En este sentido, su educación ha tenido siempre un carácter vital, integral y armónico.

Tal finalidad aparece expresada desde muy pronto, desde que la Institución decide transformarse en un centro de educación en vez de ser sólo un instituto preparatorio y universitario, es decir hacia 1880. En el Prospecto de ese año se dice ya lo siguiente:

“La Institución no se propone tan sólo enseñar e instruir, sino a la vez, y muy principalmente, educar. Su objetivo no se reduce a preparar a sus alumnos para ser un día abogados, médicos, ingenieros, etc., sino para ser ante todo hombres capaces de dirigirse en la vida y de ocupar digna y útilmente el puesto que les está reservado. Para ello tiene que atender tanto por lo menos como a la inteligencia de sus alumnos, a sus sentimientos y a sus acciones; tiene que cuidarse de los más mínimos pormenores de su conducta para enseñarles a vivir, no meramente a pensar y estudiar.”

En esta exposición sucinta aparecen ya algunas de las ideas que van a servir de norma a su educación y en gran parte a la pedagogía contemporánea, a saber, las que se refieren a su carácter vital y activo.

Esta misma idea aparece expresada por don Francisco Giner en 1884 en el trabajo ya mencionado Sobre los defectos actuales de la Institución, al decir:

“Nuestro deseo es ver si podemos entregar a la sociedad cada año algunos hombres honrados de instintos nobles, cultos, instruidos hasta no serles extraño ningún elemento ni problema fundamental de la vida, laboriosos, varoniles de alma y cuerpo y capaces de atender a sus necesidades materiales por medio de una profesión verdaderamente honrosa y libre, es decir, correspondiente a sus actitudes diversas y elegida con verdadera vocación. Para esto hace falta estudiar y aprender muchas cosas; pero también mucho juego corporal y gimnástico, mucho taller, mucho aire libre, mucho aprendizaje de la sociedad y sus resortes, mucho movimiento, poco libro y mucho jabón y agua, elementos estos últimos que con razón decía Liebig son el termómetro de la civilización de un pueblo”.

Por otra parte la Institución ha considerado que el proceso de la educación estaba integrado por dos factores esenciales, uno de cultura general humanista y otro de formación profesional, vocacional subordinado a aquél. Así lo manifiesta su Programa de 1918, en el cual se dice:

“La Institución se propone, ante todo, educar a sus alumnos … Pretende despertar el interés de sus alumnos hacia una amplia cultura general, múltiplemente orientada (humanidades), que cada época especialmente exige, para cimentar luego en ella, según le sea posible, una educación profesional de acuerdo con sus aptitudes y vocación escogida más a conciencia que es uso; tiende a prepararlos para se en su día científicos, literatos, abogados, médicos, ingenieros, industriales …; pero sobre eso, y antes que todo eso, hombres, personas capaces de concebir un ideal, de gobernar con sustantividad su propia vida y de producirla mediante el armónico consorcio de todas sus facultades”.

Esta amplia finalidad no agota sin embargo los objetivos de la educación. Sobre ella y al lado de ella aparecen los más concretos de la formación vital, integral, antes indicada, y que ahora, en el mismo Programa se hallan más detenidamente expuestos:

“Para conseguirlo, quisiera la Institución que, en el cultivo del cuerpo y del alma, ‘nada le fuera ajeno’. Si le importa forjar el pensamiento como órgano de la investigación racional, y de la ciencia, no le interesan menos la salud y la higiene, el decoro personal y el vigor físico, la corrección y nobleza de hábitos y maneras;  la amplitud, elevación y delicadeza del sentir la humana tolerancia, la ingenua alegría, el valor sereno, la conciencia del deber, la honrada lealtad, la formación, en suma, de caracteres armoniosos, dispuestos a vivir como piensan; prontos a apoderarse del ideal en donde quiera; manantiales de poesía en donde toma origen el más noble y más castizo dechado de la raza, del arte y de la literatura española”.

¿Puede expresarse en menos palabras mayor riqueza de ideas pedagógicas y humanas que en este pasaje? En el se hallan ya contenidas las que constituyen la esencia del humanismo moderno, no intelectualista, sino integrador, dichas en una forma irreprochable.

2. La educación neutral

La finalidad humanista, integral de la educación, no puede evidentemente realizarse sino en una atmósfera de tolerancia y neutralidad en las cuestiones políticas y religiosas. Frente al apasionamiento y la intransigencia observadas en la vida española, la institución ha mantenido siempre una actitud de respeto y neutralidad en su educación. Surgida en defensa de la libertad de investigación y de enseñanza del profesor, tenía también que respetar la libertad y los derechos del alumno, no imponiéndole dogmas, creencias u opiniones políticas determinadas. Así en sus Bases de 1908 dice:

“La Institución se propone ante todo educar a sus alumnos. Para lograrlo, comienza por asentar como base primordial, ineludible, el principio de la ‘reverencia máxima debida al niño’. Por ello precisamente no es la Institución ni puede ser de ningún modo una escuela de propaganda. Ajena como se ha dicho a todo particularismo religioso, filosófico y político, abstiénese en absoluto de perturbar la niñez y la adolescencia, anticipando en ellas la hora de las divisiones humanas. Tiempo queda para que venga este ‘reino’ y hasta para que sea ‘desolado’. Quiere, por el contrario, sembrar en la juventud, con la más absoluta libertad, la más austera reserva en la elaboración de sus normas de vida y el respeto más religioso para cuantas convicciones consagra la historia”.

Este espíritu de tolerancia y respeto ha sido observado siempre en la Institución. No ha habido nunca en su enseñanza ni en su vida nada que fuera contra creencias religiosas u opiniones políticas determinadas. Por el contrario, se tenía el más escrupuloso cuidado en no herir la conciencia de sus alumnos y maestros, incluso obligando a los creyentes a realizar sus prácticas religiosas, en las excursiones, cuando así lo manifestaban sus familiares.

El espíritu de tolerancia y respeto de la Institución está claramente expresado en las últimas palabras que escribió su fundador en el bosquejo para el prólogo de un libro [Ensayos sobre educación] que preparaba cuando le sorprendió la muerte en 1915:

“Clamamos a los cuatro vientos sin enemistad hacia nadie, ni contra los jesuitas, ni contra los masones, católicos, protestantes, ateos …, sino contra los haraganes, sean republicanos, liberales, conservadores o carlistas, que por igual se encogen de hombros ante la educación del pueblo y los intereses culturales.

Nuestro afán siempre: evitar la guerra, la barbarie, la intolerancia salvaje, el africanismo; trabajar en paz y en colaboración con todo el mundo en los infinitos problemas técnicos o espirituales, comunes, queriéndolo o no –dejándonos atacar sin réplica y aun, en general sin protesta ni defensa–, y todo ello sin desprecio, considerando que es tan natural en ellos como sería inconcebible en nosotros… No queremos, no, colaborar a situaciones como las de Bélgica y Francia”.

Y comentando los propósitos de don Francisco al publicar el libro decía el señor Cossío:

“Los dos temas [la Institución y la enseñanza religiosa] debieron surgir unitariamente en el espíritu del autor, cuya preocupación más honda en todas esferas y muy especialmente en la de la enseñanza, fue siempre la paz. Concordia sincera y desinteresada de hombres de buena voluntad, vengan de donde vinieren, para una obra educadora hecha sobre toda diferencia de opiniones políticas, de escuelas filosóficas, de creencias religiosas; pacificación de las almas en el sagrado campo neutral en que han de formarse las nuevas generaciones; absoluto respeto al niño, sin la profana anticipación de odios y discordias, fue el ideal que D. Francisco predicó y practicó toda su vida. Y al afirmarlo por vez postrera, desbordante de amargura dulce y humana, acude a esclarecer con luz del mediodía como la educación religiosa adogmática –causa principal de escándalo y combate contra su obra– es y debe ser fuente de paz en la escuela, en la verdadera escuela que une, en la engendradora de hermandad para todos los hombres; y como a la guerra y a las persecuciones tejidas casi siempre de insidias, insultos y falsedades, la Institución ni ha contestado ni deberá contestar sino con hechos y con palabras de paz y de concordia”.

3. La educación activa

La Institución ha sido una de las primeras, sino la primera, de las escuelas de Europa en realizar una de las ideas básicas de la educación actual: la escuela activa. La idea de la actividad frente a la pasividad, del hacer creador frente al puro memorizar, aparece desde los primeros momentos de la vida de la Institución, tanto en sus enseñanzas como en sus escritos. Ya en la Memoria de 1879 se decían estas palabras:

“La parte principal de estas reformas había de referirse naturalmente a los principios de enseñanza, toda vez que en su bondad estriba el resultado de la misma; y el objetivo capital de esos procedimientos debía ser enseñar y habituar a los alumnos a tomar la participación debida en su educación, y no esperar del libro y del maestro, sino lo que racionalmente puede exigírseles, a saber: estímulo, dirección y ayuda mas no substitución del propio trabajo”.

Es decir, se considera la educación como auto-actividad, como auxilio para el propio auxilio, según pedía Pestalozzi, y no como una pura imposición o substitución de la actividad del alumno por la del maestro.

Esa misma idea la expresa en otra forma don Francisco Giner en su Discurso inaugural de 1880-81 diciéndonos:

“Romped esas enormes masas de alumnos por necesidad constreñidas a oír pasivamente una lección o a alternar en un interrogatorio de memoria, cuando no a presenciar desde distancias increíbles ejercicios y manipulaciones de que apenas logran darse cuenta. Sustituid en torno del profesor a toso esos elementos clásicos, un círculo poco numeroso de escolares activos, que piensan, que hablan, que discuten, que se mueven, que están vivos, en suma, y cuya fantasía se ennoblece con la idea de una colaboración en la obra del maestro. Vedlos, excitados por su propia espontánea iniciativa, por la conciencia de sí mismo, porque sienten ya que son algo en el mundo, y que no es pecado tener individualidad y ser hombres. Hacedles medir, pesar, descomponer, crear y disipar la materia en el laboratorio… Y entonces la cátedra es un taller y el maestro un guía en le trabajo; los discípulos, una familia el vínculo exterior se convierte en ético e interno; la pequeña sociedad y la grande respiran un mismo ambiente; la vida circula por todas partes, y la enseñanza gana en fecundidad, en solidez, en atractivo; lo que pierde en pompa y en gallardas libreas”.

Pero donde más claro y terminante aparece expresada la idea de la actividad es en los trabajos del señor Cossío, quien la expresa ya años antes de que Dewey formulara su concepción de la educación por el hacer. Así en el discurso pronunciado en el Congreso Nacional Pedagógico de 1882 decía el señor Cossío:

“Desarrollar la actividad la espontaneidad y el razonamiento en el niño; favorecer la expansión de sus fuerzas interiores; hacer que sea no sólo partícipe sino el principal actor de su propia educación en vez de degenerar en una rueda inerte del mecanismo escolar; que bulla en él la vida; que todo lo hable; que sienta el deseo de verlo todo, de cogerlo todo, de comprenderlo todo, he aquí el sentido en que cualquier procedimiento y medio educativo debe inspirarse”.

Y más adelante advierte estas palabras tan llenas de sentido pedagógico moderno:

“El niño es un investigador; descubre relaciones que tal vez no ha visto nunca el maestro, y la misma inducción emplea para saber lo que es el aire que emplea el ilustre Berthelot en su laboratorio de química o el insigne Bréal en la interpretación de los textos. Estos lo hacen con carácter científico e ideal; aquél con carácter sensible; ésta es toda la diferencia”.

¿Se ha dicho nunca tan expresivo y exacto respecto al sentido íntimo de la escuela activa como en estas palabras? Esta idea de la actividad la realizó la Institución por varios modos y procedimientos.

En primer lugar, por la supresión de los llamados ‘libros de textos’, de carácter intelectualista, pasivo, memorista, y su substitución por los libros de consulta y el trabajo del propio alumno. Así se advierte en su Programa de 1918 al decir:

“La Institución aspira a que sus alumnos puedan servirse pronto y ampliamente de los libros como fuente capital de cultura; pero no emplea los llamados ‘de texto’, ni las ‘lecciones de memoria’ al uso, por creer que todo ello contribuye a petrificar el espíritu y a mecanizar el trabajo de clase, donde la función del maestro ha de consistir en despertar y mantener vivo el interés del niño excitando su pensamiento, sugiriendo cuestiones y nuevos puntos de vista, enseñando a razonar con rigor y a resumir con caridad y precisión los resultados. El alumno los redacta y consigna en notas breves, tan luego como su edad se lo consiente, formando así con su labor personal, única fructuosa, el solo texto posible, si ha de ser verdadero, esto es, original, y suyo propio; microscópico las más veces, pero sincera expresión siempre del saber alcanzado. La clase no sirve, pues, como suele entenderse, para ‘dar y tomar lecciones’, o sea para comprobar lo aprendido fuera de ella, sino para enseñar y aprender a trabajar, fomentando que no pretendiendo vanamente suprimir el ineludible esfuerzo personal, si ha de haber obra viva, y cultivándolo reflexivamente a fin de mejorar el resultado”.

En segundo lugar, la Institución fue la primera en España y quizá en Europa en introducir los talleres de actividades manuales en su escuela, tanto en lo que se refiere a los trabajos propiamente dichos, es decir como valores en sí, como en relación con la enseñanza de las ciencias y artes. En este último sentido la Institución empleó desde sus primeros momentos el dibujo como medio de comprensión y valoración por los alumnos de las obras de arte, de arquitectura, escultura, etc.

Asimismo fue de las primeras que introdujeron la práctica de laboratorio en la enseñanza de las ciencias físico-químicas y el estudio directo de las plantas y animales en las ciencias naturales, así como el de las máquinas y utensilios en la tecnología.

Pero quizá la forma más original y eficiente de la actividad como medio educativa es la que introdujo la Institución por medio de las excursiones escolares, que ha realizado sin interrupción desde 1878, y que han alcanzado por su cantidad y calidad una altura sin igual en la educación contemporánea.

Hablando de ellas dice el mencionado Programa de la Institución:

“Las excursiones escolares, elemento esencial del proceso intuitivo, forman una de las características de la Institución desde su origen. En ellas la cultura, el aumento de saber, el progreso intelectual, entran sólo como un factor, entre otros.

Por que ellas ofrecen con abundancia los medios más propicios, los más seguros resortes para que el alumno pueda educarse en todas las esferas de la vida. Lo que en ellas aprende en conocimiento concreto es poca cosa si se compara con la amplitud de horizonte espiritual que nace de la varia contemplación de hombres y pueblos; con la elevación y delicadeza del sentir que en el rico espectáculo de la naturaleza y del arte se engendran; con el amor patrio a la tierra y a la raza, que sólo echa raíces en el alma a fuerza de intimidar y de abrazarse a ellos; con la serenidad del espíritu, la libertad de maneras, la riqueza de recursos, el dominio de sí mismo, el vigor físico y moral que brotan del esfuerzo realizado, del obstáculo vencido, de la contrariedad sufrida, del lance y de la aventura inesperados; con el mundo en suma, de formación social que se atesora en el variar de impresiones, en choque de caracteres, en la estrecha solidaridad de un libre y amigable convivir de maestro y alumnos. Hasta la ausencia es siempre origen de justa estimación y de ternura y amor familiares. Por algo ha sido Ulises en la historia dechado de múltiples humanas relaciones y de vida armoniosa, y la Odisea una de las fuentes más puras del hombre en todas las edades”.

Las excursiones de la Institución eran de las más variadas y ricas que puede imaginarse. Comprendían desde las más próximas e instructivas a los Museos de Madrid hasta los viajes de varios días a comarcas y países lejanos. Pero en general podrían clasificarse así: a) geográficas y naturalistas; b) artísticas e históricas; c) instructivas y científicas; d) técnicas e industriales.

Las más originales y fecundas han sido las realizadas a los pueblos y monumentos artísticos de España, que fueron una revelación para su época y la nuestra y de la que fueron inspiradores y alma don Francisco Giner y el señor Cossío.

4. La educación unificada.

Otra de las ideas originales de la pedagogía de la Institución, y en la que se anticipó no sólo a su tiempo sino al nuestro, es la de la unidad y continuidad de la enseñanza primaria y la secundaria, es decir, la de la educación unificada. Hasta entonces, y aun hoy, aquéllas permanecían radicalmente separadas y con fines totalmente distintos. La enseñanza primaria tenía un carácter más bien general elemental, para la gran masa del pueblo. La enseñanza secundaria, por el contrario, tenía por fin la preparación para la universitaria, y su objetivo era puramente instrumental, para una minoría.

La Institución trató de unir ambas enseñanzas considerándolas sólo como grados de un solo y único proceso, el de la educación general, humana, y en los cuales se enseñaba las mismas materias y se aplicaban los mismos métodos, con sólo las diferencias procedentes del diverso grado de desarrollo.

En este sentido, el primer paso dado por la Institución consistió en aplicar a la enseñanza secundaria los métodos de la primaria; así se manifiesta ya en la Memoria del año 1878, es decir, al año siguiente al de la creación de la escuela primaria:

“Esa iniciación general que abre el acceso a los distintos campos de la cultura, corresponde naturalmente a aquel grado de la enseñanza en que comienza su educación el hombre; es decir el primero; y como el que hoy llamamos segundo no hace más que continuar y completar la obra iniciada en aquél, resulta que uno y otro son de tal suerte homogéneos y continuos que en rigor no forman juntos sino un solo grado más extenso: el de la educación y cultura general del hombre, fin a que ambos cooperan igualmente sin más distinción que la antedicha”.

Y ese mismo año de 1879 decía don Francisco Giner en su artículo ‘Instrucción y educación’:

“Sólo debe advertirse, para concluir, que la reorganización de la escuela primaria y la aplicación de sus formas y métodos más y más depurados a la secundaria, y de aquí cada vez en más amplia esfera –que es por donde debe comenzarse– constituye no obstante el delicado tacto que requiere, una empresa inmediatamente asequible: de ello quisiera bien dar muestra la Institución Libre de Enseñanza”.

En este mismo sentido, el Prospecto para el curso 1881-82 advierte:

“Las reformas llevadas a cabo hasta el presente tendían, en efecto, a fundir, hasta donde fuera posible, la primera enseñanza y la segunda bajo la idea capital de que la una no es más que continuación de la otra; y que las dos juntas deben formar, en consecuencia, un grado único y continuo de educación –el de la educación general– del cual son ambas momentos tan sólo diferentes en la amplitud que reciben en cada cual de ellos esa obra, una misma en los dos casos, como uno mismo son también los objetos de estudio y los procedimientos educadores”.

En relación con la idea de la educación unificada está la de la unidad del profesorado. La Institución ha sido, en efecto, una de las primeras, sino la primera escuela cuyos maestros ha tenido una formación universitaria. Ya sus fundadores fueron, como hemos visto, profesores de Universidad y los que les siguieron tuvieron en general una preparación superior. En la Institución no existía la llamada jerarquía académica diferenciando entre maestros y profesores. Ya en su Discurso de 1880-81 decía don Francisco Giner:

“Cuán graves alteraciones pueden traer consigo estos principios [los educativos] en la llamada ‘jerarquía académica’ sobre bases enteramente distintas, se comprende sin dificultad y no hay por qué exponerlas en esta Institución, donde no se haya establecida dicha jerarquía”.

E insistiendo sobre la igualdad de la función educativa en los diversos niveles de la enseñanza decía el propio don Francisco en un artículo de 1884:

“La Institución no desatiende un instante la educación de sus profesores. Necesitan éstos, en efecto, dos condiciones indispensables: vocación y ciencia. Con la vocación verdadera y real va siempre la actitud; y en cuanto a la ciencia (no mera instrucción ni conocimiento, todo lo cual representa muy otra cosa), es tan esencial que si no procuramos despertar en nosotros el espíritu de iniciativa, de inventiva, de libre indagación personal, nada podría lograrse; por que en nuestro sentir, hace tanta falta esta cualidad para ser maestro de párvulos como para un laboratorio de investigaciones o una enseñanza universitaria. Varía, sin duda, el grado en que se aplica; pero no en sí mismo” [“Un peligro de toda enseñanza”, Boletín del 30 de noviembre de 1884 y Ensayos sobre educación].

5. La coeducación.

La Institución ha sido también una de las primeras que en Europa ha introducido la coeducación en la escuela. Tradicionalmente se han venido separando a los alumnos de uno y otro sexo en la escuela mientras convivían sin dificultad en la familia, en la calle, en la iglesia, en los espectáculos públicos, etc. Cierto que las escuelas rurales, por la dura necesidad, eran mixtas, así como las universidades, pero en la escuela primaria urbana y en la secundaria se mantenía rigurosamente separados a los alumnos de uno y otro sexo. Frente a esta separación arbitraria la Institución estableció la coeducación, y en todo el tiempo que la ha practicado no ha encontrado más que ventajas en ella. En su Prospecto de 1898 se decía ya:

“La Institución estima que la coeducación es un principio esencial del régimen escolar, y que no hay fundamento para prohibir en la escuela la comunidad en que uno y otro sexo viven en la familia y en la sociedad. Sin desconocer, ni aminorar siquiera, los graves obstáculos con que el sistema lucha en nuestro país, y los conflictos a que una ligera e impremeditada implantación del mismo pudiera dar lugar, cree que ni unos ni otros son esenciales, sino transitorios, y por tanto, que no hay más medio de vencerlos que el de acometer con prudencia la empresa, dondequiera que existan condiciones racionales de éxito. Juzga la coeducación uno de los resortes fundamentales para la formación del carácter moral, y el más poderoso para acabar con la actual inferioridad positiva de la mujer, que no empezará a suprimirse, mientras aquélla no se eduque en todos los grados como y con el hombre”.

Veinte años más tarde, en 1918, se suprimen en su Programa los pasajes que se refieren a los ‘graves obstáculos con que el sistema lucha en nuestro país, y los conflictos a que una ligera impremeditada implantación del mismo pudiera dar lugar’, sin duda porque aún no se había convencido a todos de la bondad de la coeducación, ésta era reconocida, al menos en teoría, como posible. En cambio se introduce en la última redacción las palabras ‘y la experiencia lo viene confirmando’ aludiendo también a la realizada en la Institución con satisfactorio éxito. En efecto, en los años en que ha estado aplicada ésta, es decir, hasta su desaparición, no ha sufrido ninguna dificultad, sino que por el contrario se ha extendido a otras instituciones en vista del éxito educativo obtenida con ella.

 

[Fuente: Lorenzo Luzuriaga. “Las ideas de la Institución.” La Institución Libre de Enseñanza y la educación en España. Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires, 1957, pp. 139-156.]

Actualizado: marzo de 2005

 

© José Luis Gómez-Martínez
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