Edgar Montiel

 

TESIS POR UNA FILOSOFÍA AMERICANA

1. Imitación / Creación

Como señalan los trabajos de historia de las ideas, la filosofía latinoamericana se ha desenvuelto a través de una dinámica de imitación / reproducción, de los sistemas filosóficos europeos. El intelectual latinoamericano ha interiorizado una problemática extraña; en su intimidad cultural ha sedimentado idearios que corresponden a otros procesos históricos, de tal modo que existe una especie de mimetismo cultural que lo insensibiliza para distinguir con claridad lo que viene de afuera de lo que viene de adentro. Lo recibe como un todo. Una amalgama cognoscitiva de esta índole no tiene historicidad, es decir no tiene una base de sustentación material (el proceso histórico). Hay tal “naturalidad” en la recepción de los conceptos[1] de origen metropolitano, que son reconocidos, a priori como “inocentes”.

Esta débil o ausente capacidad de sospecha reduce cualquier versatilidad analítica o crítica. Una producción intelectual desprovista de funciones interpretativas y críticas se reduce a cumplir un papel de reproductora de problemáticas creadas para otros fines, y que muchas veces —en forma premeditada— son contrarias a nuestros objetivos de independencia. Esta filosofía de imitación/reproducción, no logra penetrar en las realidades latinoamericanas, sino que las enmascara.

La contradicción irresuelta entre imitación/autenticidad constituye un verdadero obstáculo estructural para el desarrollo de la filosofía latinoamericana. ¿Rechazar la imitación significa necesariamente desconocer las atribuciones de las filosofías europeas? No. Significa reconocer la necesidad de historizar esos filosofemas para que agarren raíces materiales y no sean un simple ilusionismo intelectual[2].

Para evitar el contrabando en las importaciones filosóficas, éstas deberán pasar por una criba histórica y cultural; puesto que, en la búsqueda de una racionalidad latinoamericana, los conceptos deberán expresar nuestra historia y nuestra civilización. El verdadero filósofo latinoamericano será entonces aquel que sospeche de toda producción teórica, y que esté siempre presto a argüir el arma de la crítica y de la criba. El conformismo intelectual es pues un comportamiento contrario al desarrollo de una filosofía latinoamericana.

La autenticidad, la creación, constituyen la respuesta a el síndrome de imitación. La simple práctica de la autenticidad probablemente no nos lleve, en el corto plazo, a la constitución de un pensamiento sólido, de una filosofía orgánica. Pero es que tenemos urgencia de esa práctica para que nuestro proceso cultural tenga un camino ascendente. Las metrópolis y sus epígonos nos han quitado hasta el derecho a tener errores. Bajo este argumento —de no repetir los errores— las “filosofías” imitadoras nos proponen sistemas acabados, perfeccionados. Ante esto hay que reivindicar el derecho a cometer nuestros errores, nuestras desviaciones. El rechazo de ese paternalismo, y la afirmación de la opción creativa, significará ya un aprendizaje y la posibilidad de tener nuestro propio itinerario filosófico.

Las realidades latinoamericanas son inéditas. O casi. Esto ha hecho proponer al escritor Alejo Carpentier la teoría de lo realmaravilloso latinoamericano: el descubrimiento de las realidades inimaginables. La realidad tiene tantos rostros escondidos que la conceptología occidental es incapaz de desenmascararla. Sus conceptos no funcionan, son ahistóricos, o funcionan parcialmente. Queda, entonces, por construir un sistema de pensamiento que venga desde las entrañas de América, para que pueda descubrir las realidades múltiples del continente. Conocer el yo histórico nos permitirá saber el qué somos y qué seremos.

Ante las realidades inexploradas, todo está condenado a ser original en América Latina. La búsqueda permanente de la originalidad y la autenticidad será entonces un modus-operandi de la filosofía latinoamericana. Hay por delante un esfuerzo monumental por desmarcarse del sistema conceptual ajeno (o de una vida intelectual plagada de préstamos teóricos), por crear respuestas apropiadas a nuestros singulares problemas. La capacidad autónoma de saber interpretar nuestras realidades económicas, políticas o intelectuales, constituirá una base sólida para edificar la filosofía de América Latina. Ese autoconocimiento permitirá a la filosofía latinoamericana crear su propia metafísica, es decir su nivel más elevado de abstracción. Así abstracción (metafísica) y análisis de lo concreto andarán juntos.

Cuando la filosofía latinoamericana piense con su propia cabeza podrá plantearse sus propias “grandes interrogaciones” (sobre el destino del hombre, sobre la vida y la violencia, sobre un proyecto de sociedad, sobre los dioses, etc.), tal como se la ha planteado la filosofía desde la antigüedad. Si no hay un esfuerzo creador, la filosofía reproducirá las mismas metafísicas de la filosofía helénica, alemana o francesa, pero no las grandes problemáticas de la civilización latinoamericana.

Esa preocupación por la originalidad ha estado latente en las indagaciones filosóficas más valiosas de América Latina. Así, el filósofo peruano Augusto Salazar Bondy definía la originalidad como “el aporte de ideas y planteos nuevos, en mayor o menor grado, con respecto a las realizaciones anteriores, pero suficientemente discernibles como creaciones y no como repeticiones de contenidos doctrinarios. En este sentido, un filosofía original será identificable por construcciones conceptuales inéditas de valor reconocido”[3].

Aunque en esta definición puedan observase aspectos voluntaristas, como aquello de “valor reconocido” (¿qué es un valor reconocido?), sin embargo resume claramente el meollo del síndrome: o filosofía auténtica o repeticiones. Lo original no solamente entendida como “novedad” sino como respuesta. No se trata de un creacionismo gratuito sino de buscar interpretaciones inéditas para problemas inéditos.

Quienes han optado por el camino de la autenticidad han mostrado que por esa vía el pensamiento latinoamericano ha progresado. Es el caso del propio Salazar Bondy que al plantear su tesis sobre “la cultura de la dominación” a partir de las estructuras socio-históricas del subdesarrollo, hizo avanzar notablemente —a pesar de los riesgos que implica toda creación original— la reflexión sobre la cultura y el hombre en los países dominados y dependientes; Salazar sostiene que en la cultura de la dominación el comportamiento del hombre es “inauténtico” porque imita sistemáticamente, a tal punto que termina “alienado”[4].

En este mismo orden Leopoldo Zea, Silvio Zavala y Abelardo Villegas, al reflexionar sobre la accidentada historia latinoamericana han sentado las bases de una, hasta ahora inédita, filosofía de la historia Americana. Zea encuentra que la opresión colonial ha trastornado el itinerario normal de la civilización latinoamericana, de tal modo que la filosofía de su historia se encuentra en la antípoda de la filosofía de la historia occidental:

La filosofía de la historia europea u occidental, se caracteriza por la Aufbebung hegeliana, de la cual nos habla Gaos. Esto es, una filosofía dialéctica, que hace del pasado instrumento del presente y del futuro, mediante un esfuerzo de absorción, o asimilación. De forma tal que lo que fue, lo que ha sido, no tenga ya que seguir siendo. En este sentido nuestra filosofía de la historia es su antípoda, empeñada como lo ha estado en cerrar los ojos a la propia realidad, incluyendo su pasado, pretendiendo ignorarla por considerarla impropia y ajena: el sujeto y el objeto supuestamente separados. El sujeto abstrayéndose de una realidad que no quiere aceptar como propia, y el objeto, la propia realidad, como si fuera algo ajeno al sujeto que en ella está inserto[5].

Tanto en Zea como en Salazar se observará que, apoyándose en un análisis socio-político, insisten en poner de manifiesto la ausencia de una conciencia histórica. La sociedad dependiente hace que el hombre desconozca su yo histórico, y lo único que le resta entonces es la inautenticidad, la imitación, el conformismo y la alineación: “cerrar los ojos a la realidad”.

Estos trabajos filosóficos son realmente singulares y constituyen ya dos vertientes de la filosofía latinoamericana: ahí el hombre y la historia latinoamericana son los ejes de la reflexión. Es una filosofía auténtica, luego es una contribución. Este pensamiento ha avanzado mediante tanteos, errores y desviaciones. La “desviación” más notoria es la relación determinista que establecen ciertos autores entre la política y la economía y entre esta última y la filosofía. Pero en esto consiste justamente la práctica creativa. No podemos seguir viviendo de préstamos teóricos y dependencias filosóficas, tenemos que crear y para ello tenemos que contar con la saludable presencia de los errores y las desviaciones. Los errores tienen un valor positivo en el avance del pensamiento. Por eso, líneas arriba, reivindicábamos nuestro derecho al error.

Otro argumento que refuerza la opción por la autenticidad es que, en la realidad, las teorías originales (es decir no antes esbozadas) son las que se han mostrado como las más consistentes desde el punto de vista interpretativo, y como las más coherentes desde el punto de vista científico. Y por añadidura son justamente las teorías que han tenido mayor repercusión y acogida en el plano internacional.

No ha de ser por azar que las producciones teóricas más originales de América Latina sean las que tengan mayor aceptación y sean las más conocidas en el mundo. Pondremos tres ejemplos: la interpretación del subdesarrollo hecha por la llamada “escuela histórico-estructural latinoamericana” es reconocida por los especialistas de todo el mundo como una gran contribución al estudio del desarrollo/subdesarrollo. Casi igual lo mismo ocurre con la tesis sobre la cultura de la dominación, que ha permitido que los americanistas de todos los horizontes profundicen sus análisis sobre la cultura, no a partir de la cultura como ente autónomo, sino en relación al subdesarrollo. Y, finalmente, la célebre “teología de la liberación”, que resume cristianismo popular, lucha política y justicia social (es evidente que esta teología viene de las entrañas de América) es percibida como la teología más moderna y progresista de nuestra época; la mayor parte de la gente cree que esta teología viene de Alemania.

La aceptación de estas tesis se debe a que son identificadas como un aporte, como una contribución a la llamada cultura universal; y, en fin de cuentas, son reconocidas como expresiones auténticas de la civilización latinoamericana. Cuando la cultura latinoamericana muestra su verdadero rostro define su especificidad y su diferencia de las otras; ahí es cuando tiene más audiencia y sus cualidades son mejor apreciadas. Se ve claramente que se trata de otra cultura, de otra problemática, de otros dramas y otras angustias. Si es otra podrá participar en el diálogo de las culturas.

Estas diferenciaciones de cultura se hacen más evidentes para el público en géneros como la novela y el cuento, o en la música y la pintura.

En efecto, en estos momentos se reconoce en la literatura latinoamericana una de las expresiones más altas de la literatura mundial [6]. Y de Carpentier a Borges, de García Márquez a Vargas Llosa, de Cortázar a Paz, de Rulfo a Scorza, ellos están hablando del yo americano, desde sensibilidades políticas diferentes pero dentro de un mismo denominador común: el mosaico cultural latinoamericano. Es que esta literatura, al hablar de Primeros Magistrados, Patriarcas, Estudiantes, Militares, Activistas, Exiliados, Condenados, Revolucionarios, Indios, Charlatanes, Radionovelas, Intelectuales-latinoamericanos en París, Tangos y Desaparecidos, está hablando de las múltiples facetas de una entidad continental. Es una literatura salida de la intimidad del continente para exponer estéticamente las angustias, paradojas, dramas, carcajadas, épicas dolientes y enajenaciones de una realidad. Esta es la personalidad literaria de América Latina. Su fuerza vital contrasta con el sicologismo y la épica doméstica (y domesticada) de la novela europea contemporánea. La creación latinoamericana muestra así su originalidad, su valor en tanto expresión de una civilización. Cosa similar ocurre con la pintura, la danza o la música. Se las recibe como auténticas expresiones culturales. Tienen aceptación porque son diferentes.

A estas alturas se puede observar con una nitidez chocante, cuán errados estaban aquéllos que proponían que la cultura latinoamericana no debía reposar sobre “el valor universal del helenismo cristiano” puesto que, decían, estos valores están “por encima del espacio y del tiempo”.

Los que creían que sin esos “valores universales” la cultura latinoamericana sería limitada, amputada, argumentaban que mientras América Latina “más se separe de los valores greco-cristianos e ibéricos, más disminuirá su cultura en universalismo, en nobleza y en dignidad”[7].

Cuando la creación y el pensamiento latinoamericano comienzan a funcionar con autonomía es cuando se les reconoce un valor universal. Se les considera interlocutores, la otra cultura. En esa gran lucha contra el mimetismo se encuentra inmersa la filosofía, aunque con dificultades suplementarias dada la naturaleza universal (colectiva y permanente) que tiene la producción de conocimientos. En este caso se trata de adoptar una actitud sistemática de criba de conceptos: ningún producto teórico es inocente.

Estamos pues empeñados en construir nuestra autenticidad. “Crear es la palabra de pase de esta generación” decía José Martí a fines del siglo pasado. Las generaciones pasaron y las que no dejaron huellas son aquellas que no construyeron. Crear en filosofía significa poder producir conocimientos, saber reflexionar con rigor e imaginación, saber problematizar las realidades objetivas o subjetivas. No significa ser epígono de un autor (de los “maîtres penseurs”) ni sesudo propagandista de un libro (vieja actitud escolástica de origen eclesiástico); todo esto podrá ser filosografía pero no filosofía. No se trata, creemos, de hablar sobre la filosofía sino de hacer filosofía; eso significa que en el filosofar hay una esencia creativa, un aporte y una dimensión analítica a interpretativa.

En esa “filosografía” son especialistas las universidades europeas[8]. Se enseña a trabajar “sobre” un autor. Los alumnos “hacen” Nietzsche, Spinoza, Platón, Descartes, Pascal, Marx, etc., y cuando se les pregunta qué piensan de tal o cual problema responden con una idea tomada de su autor favorito. No piensan (no filosofan) sino repiten lo que otros han pensado. Trabajan sobre los autores, con una lectura acrítica y una docilidad intelectual que terminan estropeando al filósofo que han tomado de punto. Las facultades europeas repiten aquí el espíritu escolástico, dogmático y jerárquico que reinaban en las facultades medievales. Lo más curioso es que hasta las teorías más modernas (psicoanálisis, estructuralismo, epistemología histórica, libertarios, autogestionarios, etc.), están contaminadas de esta atmósfera y sus seguidores reproducen los esquemas.

Si en América Latina reproducimos esta filosografía estamos condenados. No tenemos futuro filosófico. En fin de cuentas no es tan dramático que los filosógrafos europeos trabajen sobre un autor y un libro, ya que se trata de creaciones pertenecientes a una misma entidad cultural. Que un francés trabaje treinta años sobre Descartes no debería llamarnos la atención, ya que está trabajando sobré un racionalismo que constituye toda una tradición nacional en Francia. Pero que eso lo hagan un mexicano o un boliviano nos parecerá un “universalismo” superficial y seguidista, ya que reproducirá filosofías que han sido resultado de otros procesos históricos: este cartesianismo será inauténtico.

Estamos pues obligados a buscar nuestro propio camino. A distanciarnos de la práctica filosófica europea; a no imitar a los imitadores. Estamos obligados a filosofar, es decir a crear. Las bases materiales para que esa creación se desarrolle están dadas en la historia y en las realidades inexploradas de América Latina. Es necesario entonces un gran esfuerzo de imaginación, de rigor, de espíritu crítico y constructivo.

Notas


[1] Entendemos el concepto como un conocimiento sistematizado que traduce (e interpreta) una situación existente. Y no como una pura y simple abstracción intelectual.

[2] Historizar un conocimiento significa —y ésta es una proposición— someter un conocimiento de origen exterior a las realidades específicas. Es decir hacer entrar este conocimiento en los contextos en los cuales pretende funcionar. Si no “encaja” entonces se trata de un concepto a histórico (para esa realidad), lo que exigirá, en contrapartida, que construyamos nuestros propios conceptos.

[3] Salazar Bondy, Augusto. ¿Existe una Filosofía de Nuestra América?, p.100. Siglo XXI Editores. México, 1976.

[4] Salazar establece dos niveles de imitación: 1) “La inautenticidad: una manera de ser humana o una conducta individual o colectiva donde la acción no corresponde al principio reconocido y validado por el sujeto”; y 2) “La alineación: condición de un individuo o grupo humano que ha perdido su ser propio o lo ha degradado por vivir según modos y formas de existencia inferiores o ajenas a su plena realización”. En La Cultura de la Dominación. “Perú Problema: Cinco Ensayos”. Moncloa Editores, Lima, 1968.

[5] Zea, Leopoldo. Filosofía de la Historia Americana, p. 19. Fondo de Cultura Económica. Tierra Firme. México, 1978, 298. pp.

[6] Hay escritores europeos que han depuesto sus armas, se han “rendido incondicionalmente” frente a la literatura latinoamericana. Ver el núm. especial sobre América Latina de Les Nouvelles Littéraires. París. Nov. 1979.

[7] Las citas son el artículo de Alberto Wagner de Reyna, “L’Esprit de l Amérique Latine”. Revue de Psychologie des Peuples, 6e année, N° 1, 1951. Le Havre.

[8]             Conozco de cerca la práctica filosófica en La Sorbona, la Universidad de Roma y la Universidad Complutense de Madrid. Ahí los estudiantes escogen un texto, un autor, y un sistema filosófico, y trabajan sobre esa base. Hay poco espacio para la reflexión personal, para el cuestionamiento de los problemas. En La Sorbona se ha tratado de superar esta situación ampliando el estudio de la filosofía pre-socrática y socrática a dominios nuevos como la filosofía de la ciencia, la epistemología, la estética, la educación, etc. Otra innovación fue desarrollar un tema cada año (“el error”, por ejemplo).

 

© José Luis Gómez-Martínez
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