Edgar Montiel

 

TESIS POR UNA FILOSOFÍA AMERICANA

COLETILLAS DE UN DEBATE

Posdata

Cuando terminé de escribir ¿Una filosofía de la Subversión Creadora? no sabía si la aventura teórica en que me había adentrado era aventurera o venturosa. ¿Es audaz o ingenuo sostener que la filosofía de América Latina tiene que ser conspirativa o no será? Como se trataba de una tesis universitaria, no estaba seguro de satisfacer los rigores “f'ilosográficos” de La Sorbona. Recobré el entusiasmo cuando el profesor Louis Sala-Molins aprobó mi trabajo, lo que me alentó a proponer al maestro Jesús Silva Herzog la publicación de una parte en Cuadernos Americanos.

Este deseo no era circunstancial. Revisando sus volúmenes me di cuenta que desde 1941 éste era un epicentro privilegiado para la creación.[1] ¿No fue en Cuadernos Americanos donde Cardoza y Aragón dio a conocer, en 1946, su Guatemala: Las líneas de su mano? ¿No es allí donde Octavio Paz dio a luz, en 1950, su célebre Laberinto de la soledad? ¿No fue en sus páginas donde José Gaos, Silvio Zavala, Leopoldo Zea o Luis E. Valcárcel, iniciaron sus indagaciones sobre la especificidad del pensamiento y la filosofía del nuevo mundo? ¿No fueron Miguel Ángel Asturias, León Felipe, Noel Salomón, César Fernández Moreno o Luis Alberto Sánchez, quienes desde los Cuadernos despliegan sus reflexiones sobre la cultura y la literatura latinoamericana? Por la vocación verdaderamente americanista que le supo imprimir el liderazgo intelectual de don Jesús, el continente encontraba en sus páginas su rostro, sus entrañas, sus humores y su destino. ¡Titánica tarea la de intelectuales preocupados por el qué es y adónde va Latinoamérica! ¿No era pretencioso integrarse a la tarea de intelectuales tan eminentes? ¿No era igualante pretender sumarse a nombres de colaboradores como Salvador Allende, Lázaro Cárdenas, Ernesto Cardenal o Raúl Roa, que no eran “subversivos” sólo en la creación sino que habían sabido traducir sus ideas en una praxis política?

Ciertamente que era pretencioso, pero era necesario vencer las cobardías intelectuales. Don Jesús, susceptible a las innovaciones teóricas, publicó mi trabajo en el vol. 6, de noviembre de 1980, y movido por un prurito de método (pensando que esta entrega era una especie de tanteo), incluí mi dirección con la nota siguiente: “Amigo lector, haga filosofía. Escríbame. Así haremos una filosofía de creación colectiva. Las críticas, las apreciaciones (adversas o cómplices) pueden dirigírmelas a 8, rue François Coppée, París 15, Francia...” ¡Y hubo reacciones! publicadas y privadas, que por ser enriquecedoras para el autor y supongo que para el lector, creemos conveniente comentarlas.

Antes de los comentarios, para no confundir la política con la filosofía aclaremos de qué conspiración hablamos. Hablábamos en nuestro trabajo de la conspiración creadora, alternativa, en la que la política es sólo una zona. Nuestras tesis se resumen en lo siguiente:

Las realidades continentales son singulares y están casi inexploradas, en consecuencia casi todo está condenado a ser original en Latinoamérica. La búsqueda permanente de la autenticidad, como ya lo había proclamado el filósofo peruano Augusto Salazar Bondy, será entonces un modus operandi de nuestra filosofía. Queda por delante un esfuerzo monumental para zafarse de los sistemas conceptuales ajenos, para crear respuestas apropiadas a nuestros específicos problemas.

La capacidad autónoma de saber interpretar nuestras realidades económicas, políticas y culturales, constituirá una base sólida para construir la filosofía de América Latina. Este autoconocimiento permitirá a nuestra filosofía crear sus propias problemáticas y sus propias metafísicas, es decir sus niveles más elevados de abstracción. Así, abstracción y análisis de lo concreto serán parte de un mismo proceso. En estas condiciones esta filosofía se nutrirá de nuestros valores de civilización y hará de la historia americana la fuente principal de sus filosofemas.

La reflexión latinoamericana no ha llegado todavía a este nivel. Esta está inmersa en varias contradicciones. Nosotros hemos identificado cuatro contiendas decisivas: a) conformismo filosófico contra subversión creadora; b) imitación contra autenticidad; c) asimilación inocente contra rigor crítico; d) aculturación contra identidad nacional o continental. De la victoria epistemológica (es decir con arreglo a las leyes del conocimiento) de los segundos sobre los primeros dependerá la configuración de una filosofía propiamente americana.

Las reacciones fueron diversas. Comencemos por la de Louis Sala-Molins, nuestro maestro en la Universidad Pantheón-Sorbonne, quien en razón de ser el introductor y traductor de la Filosofía de la Conquista, de Silvio Zavala, conoce los vericuetos del pensamiento latinoamericano. Comienza con que “poquito a poco va afirmando Ud. la originalidad de un pensamiento”, pero que el mismo no se distancia totalmente de las concepciones neohegelianas y de “marxistas con imaginación”. “a eso llamaría yo —nos dice— prurito de conformidad, ganas de merecer el “visto bueno o firma de los padres.” Y a eso no íbamos: que sí íbamos a una peculiar problemática. Y tanto peor para las Sorbonas y los teólogos del barrio latino, si no comprenden”.

¿Pero, a nombre de una actitud creadora, de una “peculiar problemática” podemos nosotros hacer como que no existiese el aporte del marxismo a la comprensión de las estructuras económicas, políticas y sociales? Desde un punto de vista epistemológico es imposible. Sin buscar el visto bueno de los padres, tenemos que apoyarnos en la producción anterior para continuar la producción de conocimientos. Y la producción de conocimientos está marcada por un contexto histórico. Por eso, decíamos, estábamos contra ese marxismo que por ser tan elásticamente “universal” no tiene facciones latinoamericanas; no ha echado raíces en la tierra americana y tampoco se ha nutrido de sus esencias históricas. No olvidemos que el marxismo no es una amalgama cósmica, es la expresión teórica de una formación histórica concreta, la de la civilización industrial naciente del siglo pasado.

Siendo América Latina un continente cuyas verdaderas entrañas están a descubrir, de lo que se trata precisamente es de dar respuestas inéditas a problemas inéditos. Se trata entonces de crear una racionalidad científica latinoamericana (en la que el materialismo marxista es un ingrediente), que siendo resultado de un proceso histórico deliberado permita someter a las filosofías extracontinentales a un proceso de criba epistemológica, de decantación conceptual, es decir someterlas a los rigores de la crítica. Por eso reivindicamos un materialismo alternativo, creador, que tome sus distancias del marxismo escolástico que proponen los ortodoxos. Por esta opción creadora es que José Carlos Mariátegui es justamente el marxista latinoamericano más importante. Cuando decía que el socialismo en el continente no debía ser “ni un calco ni una copia sino una creación heroica” nos estaba diciendo que en medio de la inautenticidad y la dependencia, crear es un acto de heroísmo.[2]

Una crítica análoga, pero desde otra perspectiva, nos hacía el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro. Él se preocupaba de los riesgos, por un exagerado entusiasmo por la originalidad, de pasar por alto a los padres, a Platón y la filosofía griega. Ese riesgo existe. Es cierto que los filósofos se sienten orgullosos de ancestros tan nobles, pero no deberían olvidar que hacer filosofía es tener el arte de saber plantear problemáticas. ¿No es de igual legitimidad la reflexión de Platón sobre la democracia en la sociedad esclavista como la reflexión de los pensadores latinoamericanos sobre la violencia en las dictaduras? Son problemáticas de entorno histórico, de época, de civilización. Por eso en la introducción de nuestro trabajo decíamos que la nuestra debía ser “una filosofía que se nutra de los valores de la civilización latinoamericana y sea capaz de crear sus propias problemáticas. Que no hable “de lo” americano, sino que haga de la historia americana (en su dimensión cultural, política, económica y social) la fuente principal de sus reflexiones. Allí encontrará los sujetos y objetos de sus filosofemas” Y como problemáticas, a vuelo de pájaro, podemos señalar áreas: en torno al subdesarrollo, la cultura nacional, las ideologías populares, los Estados antropófagos, la ciencia en la dependencia, la estética en las artes populares, los proyectos de sociedad, etc., etc. Problemas que ameritan un estatus filosófico.

A César Fernández Moreno, director de la revista Cultures, de la Unesco (que publicará en sus próximas entregas una síntesis de nuestro trabajo), lo que le parece más interesante es la sistematización, en cuatro, de las contradicciones de la filosofía en Latinoamérica; y la tesis de que mientras no se absuelvan favorablemente estas contradicciones es poco probable crear una filosofía auténticamente americana. Con la experiencia que le ha dado el haber sido coordinador del volumen Historia de las Ideas en América Latina, que publicará Unesco, nos señala que esta clasificación no se ha realizado hasta ahora, y que es una buena línea de trabajo que debería ser profundizada.

Elqui Burgos, poeta peruano, en una nota publicada en Lima nos pide “matizar algunas ideas de base que por globalizantes, son contrarias al espíritu que anima el texto”. Tiene razón, especialmente en lo que concierne a definir lo que es América (¡tamaña pregunta!) en tanto entidad cultural. Enseguida, interpretando la sustancia de nuestras tesis, observa que “una filosofía que se desee revolucionaria tiene que definir su propio campo teórico, reconocer en su problemática la violencia y miseria de nuestra existencia cotidiana, sin perder de vista el sentido de nuestra historia”

En una posición anti-globalizante se ubica también el artículo del filósofo francés Jean Marc Coicaud, “Légitimatión et Dictature: Le cas du Chile” (Revista Amérique Latine; N° 7, París), quien nos reprocha haber afirmado que los Estados latinoamericanos, para su dominación, recurren más a la cohesión que a los aparatos ideológicos. Es posible que en el Chile de antes del 11 de setiembre de 1973 haya sido lo contrario, pero actualmente, fuera de los países con regímenes constitucionales, la mayoría (léase Cono Sur y Centroamérica) recurre antes a la violencia de Estado que a los mediocres aparatos ideológicos. En nuestro trabajo explicábamos que eso se debía a que las oligarquías y las burguesías a duras penas habían logrado construir un Estado, que ni siquiera habían llegado a constituir una clase dirigente que gobernara a nombre del “interés general”; y que ni siquiera tienen ideología propia.

J. M. Gutiérrez-Sousa, el novelista orifusiano, se muestra más cerca a una posición adánica: “Es horrendo matar a su padre y convivir con su madre, pero de lo horrendo Sófocles hizo obra original”. Nuevamente la preocupación por los ancestros. No se trata de “pedir el visto bueno de los padres”; ni de olvidarse de ellos (eso sería historicidio), ya que ello es imposible puesto que no se puede evadir al contexto existencial (la sociedad latinoamericana), que como una matriz marca la reproducción teórica. En su nota aparecida en El Heraldo de México, Gutiérrez-Sousa finalmente coincide con nosotros: “La vocación latinoamericana nace del reconocimiento de lo que somos, de nuestro acervo cultural, que se unifica con todas las luchas de liberación nacional. Pues dejar de depender de una metrópoli para pasar a otra como si viviéramos en un túnel histórico, no es meritorio, tampoco calcar modelos. Hagamos use de la imaginación.”

Al glosar estas apreciaciones”no lo hacemos para responder ni justificar nuestras tesis, sino con el ánimo de asociar a nuestra elaboración a intelectuales que estén trabajando sobre el mismo tema. Creemos que, a diferencia de la creación literaria, en filosofía se puede (y se debe) trabajar cotejando ideas, para lograr si es posible, como hemos dicho antes, una creación colectiva. Y esta no es una metáfora, ya que fundar una filosofía propiamente americana es una tarea de tipo histórica, colectiva, convergente con una movilización en los órdenes políticos, económicos y culturales.

Hemos avanzado en nuestras elaboraciones. Por ahora podemos sostener que a la filosofía, por ser una disciplina sospecha-todo (ningún concepto es inocente, ni siquiera el de los padres) le corresponde en América Latina jugar un papel de agitadora, de ser la primera en lanzar suspicacias y desconfianzas sobre el orden teórico establecido. Con su fuerza crítica y corrosiva esta filosofía está llamada a cumplir un rol desencadenante de ideas y acciones, y de paso liberar a las ciencias humanas de sus ataduras metropolitanas y de su discurso muchas veces esotérico. La filosofía latinoamericana será también sublevante porque busca apuntalar la transformación efectiva de la realidad (sin plagiar modelos de sociedad). No se queda en el nivel de las independencias cognoscitivas sino que irrumpe en la transformación de las estructuras que generan precisamente el orden intelectual de la inautenticidad. Se entiende que en definitiva la filosofía latinoamericana consagrará su yo (que la diferenciará de los otros) con la derrota de las estructuras coloniales, neo-coloniales, o dependientes. (París, junio de 1981).

Notas


[1] Deseo expresar mi reconocimiento al Lic. Luis Echeverría que, con la generosidad propia de un bibliófilo, puso a mi disposición la colección completa de Cuadernos Americanos de su biblioteca de París.

[2] Este punto de vista lo hemos desarrollado en “Presencia de Mariátegui en la Ciencia Social de América Latina” en 7 Ensayos: 50 Años en la Historia. Lima: Amauta, 1979.

[Esta versión digital sigue el texto que se incluye en el libro de Edgar Montiel, El humanismo americano. Filosofía de una comunicad de naciones, Perú: Fondo de Cultura Económica, 2000. Edición autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico. Abril de 2002.]

 

© José Luis Gómez-Martínez
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