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Teología de la liberación
y contexto literario

Lara Timmins Kirsch

“Mujer y Pueblo de Dios”

Aracely de Rochietti. “Mujer y Pueblo de Dios.” El rostro femenino de la teología. Ed. Elsa Tamez, et al. San José: DEI, 1986. 167-188.

En su artículo, Aracely reflexiona sobre los sucesos históricos que nos llevaron a una época de crisis en Latino América durante la época de apogeo de la Teología de la Liberación. Presenta los sentimientos de dolor y esperanza frente a la injusticia y la opresión desde la perspectiva de la mujer. Se enfoca en la historia de la opresión femenina relacionada a la Iglesia en Latino América, y señala la posición de la Iglesia ante la Teología de la Liberación. Al mismo tiempo, proyecta una visión esperanzadora sobre el futuro y el camino hacia la Salvación: “Esperanza de creer en la justicia como una constante histórica que nos revela el amor de Dios por su creación toda, a la vez que la potencialidad humana para proclamarla y defenderla” (167).

Aracely reconoce que los marginados y silenciados incluyen no solamente a las mujeres, sino también a los indios, a los jóvenes y a los negros (182), y no es su intención “colocar a la mujer en un sitial diferenciado o preferencial en el análisis de una realidad en la cual creemos que la gran diferenciación es entre opresores y oprimidos... [Tenemos que] estar dispuestas en humildad a recorrer juntas y junto a nuestros compañeros, un nuevo camino de acción —reflexión en la cual sumemos nuestros esfuerzos en digno reconocimiento mutuo” (168). Sin embargo, reconoce que el caso de la mujer es especialmente problemático porque la mujer no está acostumbrada a pensar desde su propia perspectiva. Al contrario, la mujer está acostumbrada a interpretar las situaciones desde la perspectiva del grupo dominante (168). En este artículo quiere demostrar las características de la opresión sexual en cuanto a los papeles de la mujer dentro del mundo cotidiano y dentro de la Iglesia tradicional.

Analiza los elementos de la opresión en tres periodos históricos distintos (patriarcal, monárquico, y judaísmo post-exílico) y después de dar algunos ejemplos concretos concluye que en varias épocas la identificación de la mujer ha estado ligada al hombre a quien pertenecía —siendo ella la hija, la esposa o la madre de un cierto hombre (176). En varios momentos hubo una tendencia a “proteger la moralidad” de la mujer, apartándola del ámbito social (178). Los privilegios y derechos también pertenecían exclusivamente al hombre —el divorcio, la herencia, etc. (176). Sugiere que la Iglesia ha puesto más atención en el papel de madres, “en función de la importancia que tuvieron sus hijos para la Revelación de Dios,” sin tomar en cuenta que el hombre y la mujer están creados “a imagen y semejanza de Dios” (Gen. 1:26) y que reciben el mismo mandato: “la multiplicación y el señorío del mundo” (177). Además dice que “la Palabra de Dios ha sido narrada por el pueblo, pero interpretada, enseñada, escrita y transmitida por los poderosos de todos los tiempos...” Incluidos en este grupo son los Padres de la Iglesia (175).

Aracely habla de la “enorme deuda externa” en cuanto a la situación económica de Latino América:

Deuda que es la expresión diabólica de un orden económico internacional que ha elaborado un programa de despojo, explotación y muerte para América Latina. Deuda que pagan los más pobres por el solo hecho de haber nacido en este tiempo y lugar. Deuda que crea cada vez más un abismo más profundo en la relación de dos grupos que se vuelven irreconciliables dentro de este sistema: oprimidos y opresores. (181)

Luego Aracely afirma que las Iglesias de Latino América tienen una “enorme deuda interna con —paradójicamente— los mismos sectores de la sociedad” (181). Según ella, el papel del oprimido en la Iglesia hasta ahora ha sido “el que recibe la caridad” (182). La Iglesia nunca cuestionó “su misión evangelizadora” frente a la injusticia que concurre temporalmente con la llegada de los conquistadores (181). Aunque Jesús no rechaza la reunión de grupos pequeños, “rechaza violentamente la idea de separar ese grupo de la comunidad... [para] formar [una] comunidad restringida, separada, santificada” (171). En lugar de ese tipo de discriminación, Jesús propone la solidaridad con los oprimidos y el “enfrentamiento a la religión institucionalizada” (174). Aracely describe la vida de Jesús como una “amenaza para los que detentan el poder e interpretan la Historia de la Salvación de acuerdo con sus intereses” (175).

“Sin la dinámica de un pueblo que vive y marcha encarnado en la lucha de todo nuestro continente hacia su liberación, la Iglesia no podrá ser signo y testimonio del Reino inaugurado por Jesús ni estará en el camino de su realización plena” (168). Describe la época de la Teología de la Liberación como “un momento de gran creatividad y de profunda esperanza” (180). Dice que: “Estos son los intentos más serios y arriesgados de saldar nuestra deuda interna como Iglesia con el pueblo” (184).

Sugiere que los seres humanos y la vida son el capital de Latino América. Su trabajo consiste en luchar contra los opresores y proteger los recursos naturales y las riquezas latinoamericanas. Es el deber de nuestro capital humano luchar contra el consumismo, el sexismo, el poder y el capitalismo en “defensa de la dignidad” (186).

En cuanto a la mujer, insiste Aracely en que las circunstancias de la mujer no son “naturales,” sino reversibles. Queremos ser “reconocidas como personas... [y como] parte del Pueblo de Dios” (187). “Como mujeres sentimos nuestro espacio de marcha achicado, estrechado por las manifestaciones del pecado humano que de espaldas a Dios ha creado estructuras de dominio de unos sobre otros” (188). Su misión es “avanzar con el pueblo en su lucha liberadora para la Salvación...” (188). Da crédito a las comunidades de base y las ideologías de la Teología de la Liberación por influir en la concientización de la opresión en Latino América (184). Su pregunta, formulada en 1986, tiene todavía una fuerte actualidad, aun cuando su posible respuesta sea hoy más problemática que entonces: “¿Será que finalmente comenzaremos a perfilar una Iglesia verdaderamente latinoamericana en cuanto a su encarnación, en la vida y las luchas de nuestros pueblos?” (180)

 

[Referencia: Aracely de Rochietti. “Mujer y Pueblo de Dios.” El rostro femenino de la teología. Ed. Elsa Tamez, et al. San José: DEI, 1986. 167-188.]

Lara Timmins Kirsch
Abril 2003

 


© José Luis Gómez-Martínez
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