José Luis Gómez-Martínez

América como conciencia

Leopoldo Zea. América como conciencia. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1953.

Leopoldo Zea (1912) publica en 1942 un estudio programático seminal, “En torno a una filosofía americana,” que marca la pauta de los estudios filosóficos americanos hasta mediados de los años sesenta. Con la publicación de El positivismo en México en 1943, Zea establece un liderazgo intelectual que ha mantenido hasta nuestros días. De acuerdo a su estudio programático de 1942, la obra de Zea marca de modo preciso las diferentes etapas que ha seguido el pensamiento iberoamericanista desde la década de los cuarenta: primero recuperación del pasado filosófico con su obra sobre el positivismo, luego estableciendo los presupuestos para una filosofía iberoamericana, América como conciencia (1953), finalmente articulando el discurso de lo que Zea denomina filosofía de la liberación a través de obras como Dependencia y liberación en la cultura americana, 1974. En la década de los años ochenta, en respuesta a los procesos de globalización, Zea confronta el eurocentrismo filosófico desde una posición humanista que articula en Discurso desde la marginación y la barbarie, 1988.

América como conciencia. En 1953, la recuperación del pasado filosófico iberoamericano era ya un proyecto maduro, pero en la fecunda polémica que generó su estudio programático de 1942, se hablaba de América como problema. Leopoldo Zea identifica esta situación como un punto de partida prioritario del quehacer filosófico iberoamericano. América como conciencia responde, pues, a un discurso teórico que trata de contestar por qué se siente a América como problema. Los diez capítulos del libro se pueden agrupar en tres partes: 1ª. Incluye los cuatro primeros capítulos (“Justificación de una tarea,” “Cultura y filosofía americanas,” “América como situación vital”, “América en la conciencia europea”); 2ª. Comprende el capítulo cinco, “América como conciencia”; 3ª. Engloba los últimos cinco capítulos (“El mundo colonial americano,” “Nacimiento de una conciencia americana,” “Emancipación mental de América,” “Las dos Américas,” “Tarea para una filosofía americana”).

La primera parte proporciona el distanciamiento necesario para establecer algunas de las dimensiones de lo que se identifica como “problema”, y cuyo centro va a girar en torno a lo que Zea denomina “América como valor humano.” Inicia su estudio reconociendo que “los americanos partimos del prejuicio de que todo lo hecho por los nuestros en los mismos campos sólo es una mala imitación de lo realizado por los europeos” (9), por lo que mientras el europeo arranca “de la segura creencia en la universalidad de su cultura,” el iberoamericano lo hace “de la no menos segura creencia de la insuficiencia de la [suya]” (10). Zea propone que el filósofo debe tomar la filosofía no como oficio, sino como tarea. Afirmará así que “si queremos hacer filosofía, lo primero que tenemos que hacer es filosofar [...] Esto es, debemos empeñarnos en dar solución a nuestros problemas en forma semejante a como los filósofos clásicos se han empeñado en dar solución a los problemas que su mundo les fue planteando” (15). Concluye esta parte, adelantándose al pensamiento de la liberación, señalando que “la filosofía no se justifica por lo local de sus resultados, sino por la amplitud de sus anhelos. Así, una filosofía americana no se justificará como tal por lo americano, sino por la amplitud del intento de sus soluciones” (45). Por ello, añade, “una filosofía americana tendrá que ser el resultado de un querer resolver problemas humanos, los problemas inherentes a la humanidad, no bastará el querer resolver los problemas propios de América” (46).

La segunda parte, el capítulo cinco, establece las premisas para iniciar una reflexión liberadora de los prejuicios que establecieron a América como problema. Zea observa que pueblos enteros son juzgados desde una perspectiva que no les corresponde: “Lo occidental es elevado a la categoría de substancia. Se le convierte en arquetipo de lo humano de acuerdo con el cual ha de ser enjuiciado el hombre. Este tendrá que justificar su ser de acuerdo con ese arquetipo” (60). Según Zea, “pocas culturas como la occidental poseen este grado de proyección negadora de la existencia de otros pueblos” (61), de ahí el impulso colonialista de Europa, de ahí también la mentalidad de colonia de Iberoamérica. Concluye así que “la historia de la cultura americana no vendría a ser sino la historia de los esfuerzos hechos por el hombre de esta América para hacer caber sus proyectos dentro del campo de los proyectos de la cultura occidental” (67).

En la tercera parte coloca sus presupuestos en perspectiva histórica desde la conquista, para concluir con una reflexión que denomina “tarea para una filosofía americana.” Zea desea “una filosofía que dé conciencia a los americanos del puesto que les corresponde como pueblos o naciones dentro de la comunidad humana, para que puedan asumir la responsabilidad del mismo” (113). Pero antes de asumir tal responsabilidad, añade Zea, “es menester que empecemos asumiendo las responsabilidades que nos corresponden dentro de la comunidad americana que formamos [...] Hasta ahora parece ser que lo hemos evitado. Acaso llevados de un complejo de inferioridad o, simple y puramente, por irresponsabilidad. Cualquiera que sea la causa, es menester que también la conozcamos. Porque de otra manera, si eludimos el conocimiento de nuestra situación concreta, eludimos también nuestra responsabilidad” (113). Zea ve el proceso de autoconciencia como un movimiento dialéctico “en el que se enfrentan las opiniones de Europa sobre el ser y las que ella [América] misma deduce al confrontarlas con lo que es en sí misma. Por un lado está lo que Europa quiere que sea y por el otro lo que en realidad es” (83). El contexto histórico de este libro, los primeros años de la posguerra, motiva que Zea busque una función protagónica a Iberoamérica. La cultura universal, nos dice, “necesita de nuevos valores sobre los cuales apoyarse. Dichos valores tendrán que ser abstraídos de las nuevas circunstancias en que el hombre se encuentra. Serán resultado de nuevas experiencias humanas. América, por su posición particular, puede aportar a la cultura la novedad de sus experiencias” (128).

Esta vertiente del pensamiento iberoamericano que encabeza Leopoldo Zea y cuyo discurso articula en esta obra, da lugar a un discurso filosófico iberoamericano que a partir de la década de los setenta se va a conocer como Filosofía de la Liberación.

Referencia: Leopoldo Zea. América como conciencia. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1953; nuevas reediciones en 1972 y 1983.

José Luis Gómez-Martínez
febrero 2003

 

© José Luis Gómez-Martínez
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