Germán Torres

"La iglesia en la novela colombiana
de la violencia"

Aun cuando la formulación del discurso de la teología de la liberación se asocie con la conferencia de CELAM en 1968, su impacto en la narrativa colombiana se deja sentir con cierta anterioridad, especialmente en la llamada novela de la violencia. Los sucesos que inspiraron la temática de la novela de la violencia, como los que obligaron a ciertos sectores de la iglesia a optar por un nuevo rumbo en su compromiso social, se encuentran en la realidad sociopolítica del país de mediados del siglo XX: Las tensiones sociales desatadas por las campañas reformistas del gobierno de López Pumarejo (1934-1938), y el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, líder de la rama populista del partido Liberal (causa de la insurrección espontánea conocida como el “Bogotazo” del 9 de abril de 1948). Desde este momento, la violencia sustituye al diálogo, y se afianza como instrumento político con un resultado de casi medio millón de muertos entre 1946 y 1965. La violencia es, por lo tanto, el rasgo principal del panorama político en Colombia durante esos años, y su impacto trasciende a innumerables aspectos de la vida nacional.

De este período surge la novela de la violencia, género que a manera de testimonio recoge lo ocurrido en aquellos años, y que sirve también de denuncia al estado de barbarie que amenazaba con destruir la nación. Es éste el propósito que sugiere Manuel A. Arango, en Gabriel García Márquez y la novela de la violencia en Colombia (1985), al asegurar que “los novelistas contemporáneos colombianos ampliaron su temática a fin de denunciar el drama humano no sólo de las víctimas sino de los responsables de la misma [violencia]” (17). Es en su voz de protesta, de oposición a la violencia contra el campesino, de defensa de los hasta entonces indefensos, que este género literario cuestiona la actuación de ciertas instituciones nacionales, y anticipa varios aspectos de la problemática planteada por las teorías de la liberación. Las novelas analizadas en este trabajo permiten ver la evolución del clero ante lo que acontecía en Colombia: La defensa del campesino liberal en El Cristo de espaldas (1952) de Eduardo Caballero Calderón; la opción por los pobres en Bienaventurados los rebeldes (1958) de Francisco González Patiño; en contra de la violencia del ejército contra el campesino en El día señalado (1962) de Manuel Mejía Vallejo; la discusión sobre la realidad política del compromiso del sacerdote en Nicodemus (1958) de Gonzalo Canal Ramírez; el proceso educativo como elemento liberador en La siembra de Camilo (1971) de Fernando Soto Aparicio. Veinte años de novela que reflejan muy de cerca la crisis por la que atravesaba el país.

Es precisamente a raíz de la conferencia de Medellín que la iglesia católica, tras reflexionar sobre su participación en lo social, y tomar en consideración la miseria y opresión que predominan en Latinoamérica, decide redefinir su labor apostólica. Tradicionalmente, la iglesia ha tenido un papel de gran peso en la estructura social latinoamericana, primordialmente como aliada del gobierno y de las instituciones oficiales. Pero ahora, como escribe Gustavo Gutiérrez, “se ha tomado conciencia... que un amplio sector de la iglesia está, de una manera o de otra, ligado a quienes detentan el poder económico y político en el mundo de hoy” (96). La teología de la liberación busca una reorientación de la iglesia basada en una nueva perspectiva ante la pregunta que define su labor pastoral como institución humana: “¿Qué es ser cristiano?”. En la toma de conciencia de que la verdadera vocación cristiana no puede cumplirse dentro de los parámetros establecidos por la iglesia tradicional, radica el valor de esta nueva vertiente del pensamiento latinoamericano.

El Cristo de espaldas aparece durante la época más dura de la violencia, el gobierno conservador de Laureano Gómez. La represión oficial, encargada a la Policía Nacional, se manifestó de manera más aguda en la región de Boyacá y Santander, que es precisamente el escenario de gran parte de la obra de Caballero Calderón. La novela se basa en lo acontecido a un sacerdote, recién salido del seminario, que llega a un pueblo acosado por el sectarismo entre liberales y conservadores. La angustia y pasión del joven sacerdote, al verse involucrado en una situación de extrema gravedad, y las conclusiones a las cuales llega, son en realidad una versión microcósmica de un proceso que sacudiría la iglesia al nivel continental 20 años más tarde. Es sin duda la intensidad de la violencia partidista y el trato inhumano que padecen ciertos sectores de la población (los liberales en este caso) a manos de las autoridades civiles y militares, que lo llevan a cuestionar las bases teológicas que sostenían su vocación de sacerdote, y a redefinir la labor del verdadero pastor de ovejas.

La violencia es la sacudida, el súbito despertar que obliga al joven religioso a olvidarse de los lujos de una existencia mística y contemplativa, para hacer frente a los problemas inmediatos del hombre. La nueva perspectiva en las obligaciones del cristiano se basa en una reinterpretación del pecado, elemento clave en la teología de la liberación. Ya no se trata únicamente del pecado como la infracción de tipo personal que aleja al hombre de Dios. Bajo la nueva perspectiva, pecado es también la falta de caridad, la falta de amor que empuja al hombre a rebajar la dignidad del prójimo. El pecado, por lo tanto, adquiere una dimensión netamente social, pues surge de las relaciones entre los hombres: quien oprime al hombre, ofende a Dios. Como señala oportunamente Berryman, para los teólogos de la liberación “The prototype of sin is more likely to be Cain's murder of Abel” (48). Muy próximo a esta postura se encuentra el cura de la novela al lamentarse de la crueldad que caracteriza las relaciones entre partidarios de ideologías diferentes: “Los hombres se combaten, se odian y se destruyen porque no se aman entre sí” (513). De este crimen fratricida proviene el odio, la explotación y la violencia que imperan en los campos colombianos. Como Gutiérrez, que traza el nuevo derrotero de la iglesia en el sentido de “un fecundo redescubrimiento de la caridad como centro de la vida cristiana” (27), el cura comprende (intelectualmente) que la verdadera vocación pastoral, orientada hacia el hombre, debe basarse en un retorno a la fraternidad como fuente del cristianismo: “La caridad consiste en identificarse con ellos, volverse como ellos son, en colocarse dentro de su mismo punto de vista” (513).

Según esta novela el compromiso con Cristo, razón de ser de la iglesia, debe basarse en el amor, a la vez que se debe rechazar todo acto que atente contra las obligaciones fraternales de los hombres. Mientras que más tarde, tras la conferencia de CELAM, tales obligaciones adquirirán una dimensión socioeconómica cuyo propósito será construir una sociedad que elimine la explotación del hombre por el hombre, en la novela de Caballero Calderón no se llega a superar la dimensión política: la tarea principal es impedir la violencia partidista: “no reconozco enemigos... ni tolero que las [ovejas] blancas nieguen a las negras su derecho a oír mi voz” (478). Esta apertura, por supuesto, va contra la tradición eclesiástica colombiana de alinearse sin titubeos tras el partido conservador, que en la novela se expresa a través de la lógica rústica y directa del antiguo cura del lugar: “Creía honradamente el buen hombre que los liberales son ateos, los ateos masones, los masones tienen el deseo de asesinar al Papa, el cual, finalmente, es el padre de todos los conservadores” (547). Fiel a su mensaje inclusivo, el cura progresista condena todo intento de venganza contra los campesinos liberales, e insiste en que nadie tiene “derecho a martirizar a un ser humano” (505). Afirma así la dignidad humana, a la vez que niega el derecho moral de utilizar la tortura con fines políticos.

Esta incursión a nuevos derroteros no se hace con impunidad. El pueblo entero se enfurece por el atrevimiento del sacerdote: “lástima del cura viejo —se lamenta alguien—, era persona de experiencia que no se dejaba engatuzar fácilmente” (517). El descontento lleva a varios de los parroquianos a quejarse ante el gobernador y el obispo por la intervención del sacerdote en los asuntos “políticos” del pueblo.

El Cristo de espaldas presenta dos factores que, al combinarse, contribuyen a forjar la derrota del cura. En primer lugar, la coyuntura histórica. A principios de los 50, que es la época en que acontece la acción, la crisis social en Colombia se planteaba en términos de afiliación política, liberales contra conservadores, hecho que permitió disimular las gravísimas tensiones socioeconómicas que yacían bajo la violencia sectaria. La capa dirigente aprovechó la confusión del pueblo para manipularlo y empujarlo a una lucha fratricida. En la novela, la expulsión de los liberales del lugar, en su mayoría simples campesinos, se llevó a cabo con respaldo prácticamente unánime; y al dejarse llevar por el torbellino desatado por las autoridades, la gente fue incapaz de comprender la labor conciliatoria del sacerdote.

El segundo factor que contribuye a aislar al cura es de índole personal: no puede superar las diferencias de clase, hecho que se manifiesta en el desprecio que siente por la realidad cotidiana de los habitantes. Las relaciones entre el religioso y los demás (víctimas y verdugos) se caracterizan por una postura esencialmente paternalista: es ante todo repugnancia ante el acto incivilizado de violencia, y no un sincero compromiso con los marginados, el resorte que lo impulsa a la acción. Piensa el sacerdote que únicamente la bondad divina es lo suficientemente fuerte como para tolerar las fallas humanas: “para amarlos es necesario verlos desde la cruz, porque de lo contrario sería casi imposible perdonarlos” (513). Esta barrera le impide integrarse orgánicamente a la realidad local para poder operar el cambio desde dentro. Al no tratar de establecer diálogo con aquellos que podrían ser sus aliados (otros campesinos intimidados por el abuso de las autoridades), la situación degenera hasta que el joven sacerdote, a pesar de las buenas intenciones que lo guiaban, queda completamente aislado. La desesperación producida por esta amarga experiencia deja al descubierto una profunda falta de fe en los hombres, al fin y al cabo fueron ellos quienes “le volvieron las espaldas al Cristo” (583).

En 1958 Francisco González Patiño publica Bienaventurados los rebeldes, dedicado a “quienes luchan con amor por un mundo menos malo; a los pobres que todavía alimentan su esperanza”. El asunto de la novela es bastante simple: un sacerdote, Alberto Rodríguez, decide establecer un centro educativo para los niños de un barrio marginado. Dicha obra social presupone una cantidad de dinero y energía que los superiores de la orden religiosa no están dispuestos a invertir. Tras de haber sido calificado de “rebelde”, el Padre Rodríguez se ve obligado a abandonar la dirección del proyecto y a retirarse de la participación activa en obras sociales. En lo común del asunto radica el valor representativo de la novela, pues trata de una actividad bastante frecuente entre las órdenes religiosas en Latinoamérica. La importancia del proyecto de Monteclaro, según el Padre Rodríguez, trasciende el gasto material que presupone para la orden religiosa: “Siempre me ha parecido que hay una buena distancia entre lo útil y lo urgente, y nunca debemos perder de vista que hemos hecho voto de pobreza” (28). A raíz de la oposición al proyecto (por un lado envidias e intrigas femeninas de dudoso valor temático, y por otro diferencias de tipo ideológico), la novela presenta un momento clave en el intento de reorientación de la iglesia colombiana en pro de una opción por el pobre. Este debate surge durante la conferencia entre el protagonista y el superior de la orden, el Padre Didier. Para Rodríguez, la escuela de Monteclaro se justificaba debido a “la espantosa realidad física de tantas familias” (23), y era su deseo renunciar a todas las demás responsabilidades dentro de la orden para dedicarse de lleno a tal proyecto. Ante las objeciones de Didier, Rodríguez agrega que el bienestar material de la comunidad es parte importante de la labor pastoral del sacerdote, y que su misión se cumple al dedicarse al servicio de los pobres: “los niños ricos encuentran con suma facilidad quien se ocupe de ellos: es un trabajo muy agradable [. . .] el apostolado que se realiza por dinero podrá ser muy bueno, pero siempre es menos puro que el que se hace sin esperar recompensas distintas de la fe” (104). Y al ser acusado de revolucionario, Rodríguez pone de presente los paralelos entre el nuevo apostolado y los primeros pasos del cristianismo: “Si esto es ser revolucionario, entonces hasta Jesucristo fue, en ese sentido, revolucionario” (106).

Este breve intercambio contiene dos de las ideas de mayor impacto para los jóvenes sacerdotes que empezaban a inquietarse por el papel de la iglesia en un ambiente de miseria y opresión. En primer lugar, para el cristiano verdaderamente comprometido con el espíritu de su fe, le es ya imposible limitarse a la función puramente espiritual del apostolado. La insistencia de la jerarquía eclesiástica al respecto, tiene como propósito, según Gutiérrez, “disimular la real opción política de un grueso sector de la iglesia por el orden establecido” (96). En segundo lugar, y como resultado de lo anterior, la labor pastoral de la iglesia debe dirigirse a los oprimidos y marginados. La pregunta de Gutiérrez, “ante la inmensa miseria e injusticia, ¿no debería la iglesia... intervenir más directamente y abandonar el terreno de la declaraciones líricas?” (97), encuentra una afirmativa contundente en la justificación del Padre Rodríguez al superior de la orden: “Es no sólo un deber, sino una seguridad de acierto y de victoria el alistarse entre quienes luchen por la causa de Dios en medio de los pobres” (123). Precisamente la fuerza de tales ideas predisponen al superior a alejar a Rodríguez de la obra social de Monteclaro.

La novela de González Patiño plantea también problemas de índole política, en particular cómo asegurar el éxito o la continuidad de obras sociales ante la oposición de la jerarquía eclesiástica. La derrota del Padre Rodríguez se debe, en parte, a su falta de astucia política, a su escaso conocimiento del ambiente en el cual pretendía llevar a cabo su labor renovadora. Para él, la escuela de Monteclaro era un compromiso personal, un proyecto que había surgido de su propia forma de analizar las necesidades de los habitantes del barrio. Al aislarse del resto de la orden, sin tratar de alistar aliados que le ayudaran a justificar y dirigir el proyecto, el protagonista se muestra incapaz de neutralizar los ataques y las intrigas de sus enemigos, y la manifestación de apoyo de los maestros de la escuela ocurre cuando ya se ha perdido toda posibilidad de éxito. Aunque el tema central de la novela es el compromiso con los pobres, éste se da como un caso aislado, como una decisión personal que no trasciende el nivel individual y que por lo tanto no llega a cambiar el rumbo de la iglesia como institución nacional.

El día señalado (1962), de Manuel Mejía Vallejo, aparece en una época en que la crisis nacional empezaba a tomar un rumbo diferente. Dos factores principales explican la nueva situación del país: La severidad de la violencia sectaria obligó a amplios sectores del pueblo colombiano a cuestionar la organización vertical de los dos partidos tradicionales; y con el nuevo paradigma basado en la revolución cubana, las antiguas guerrillas liberales fueron transformándose en grupos de orientación castrista. En Colombia, como en el resto del continente americano, las contradicciones nacionales iban adquiriendo, con mayor frecuencia, un planteamiento de lucha de clases.

La novela de Mejía Vallejo no se basa ya en la lucha entre liberales y conservadores característica de la violencia de los años 50; la contienda es entre el ejército y las autoridades civiles, y los campesinos que se internaron en las montañas para defenderse de la persecución. El Padre Barrios, recién llegado a Tambo, encuentra un ambiente tenso, en peligro de explotar en una ola de venganza. Barrios opta por defender los derechos de los marginados del pueblo y trata de crear un espíritu de comunidad y renovación, representado por el deseo de sembrar árboles en el pueblo. La importancia que le da al bienestar material del ser humano surge a raíz de sus conversaciones con el antiguo párroco. El Padre Barrios interpreta su misión pastoral como algo bastante más amplio que lo que se había hecho hasta entonces, y la crítica a la religión tradicional queda patente al asegurar que “tal vez la obsesión por la vida eterna nos ha hecho olvidar que el hombre tiene aquí una vida, pasajera, pero que es su vida, su única vida terrena” (44). Nuevamente, el compromiso del sacerdote debe ser con la totalidad del ser humano, y no únicamente con cuestiones de índole espiritual. La labor de la iglesia, al definirla desde esta nueva óptica, es defender al hombre de la deshumanización causada por la violencia. “La venganza es anticristiana” (34), es la consigna con que inaugura su apostolado en el pueblo, y que lo guiará a partir de ese momento.

El condenar la violencia, cualquiera que sea el motivo que la causa, le permite al sacerdote dirigirse a todos los habitantes del pueblo, tanto a los soldados como a los rebeldes. Es precisamente el ciclo de violencia, y la venganza que resulta de tales agravios, lo que amenaza con destruir la vida en Tambo. La situación exige que se rompa la dinámica de la violencia, y hacia ese fin se dirigen los esfuerzos del cura: “Necesito que me ayuden a enterrar a los muertos... A los soldados muertos, a los guerrilleros muertos” (223-224). Se alude, por lo apremiante del enfrentamiento, a la necesidad de un hombre nuevo que supere el odio para de tal manera impedir que los oprimidos de ayer se conviertan en los opresores de mañana. Este papel lo cumple “el forastero” que había ido a Tambo con el propósito de vengarse del cacique, pero que desiste de sus intenciones al reconocer la fuerza del vínculo que los une: “Pero de pronto en el Cojo no vi más que un hombre, sólo un hombre, también desamparado, sin más camino que la muerte... Pensé que para no tener piedad es necesario ver de lejos al hombre, verlo en la masa” (257-258).

La novela de Mejía Vallejo (y su obra en general) no excluye la posibilidad de franquear diferencias ideológicas, pues el fin es establecer una síntesis al nivel social que anule el choque de fuerzas antagónicas. Es precisamente esta posibilidad de diálogo, basada en los ideales del cristianismo y en el reconocimiento de la humanidad del “otro”, que alberga la única esperanza del hombre.

La tensión en el seno de la iglesia colombiana pasa a primer plano con la figura del sacerdote Camilo Torres. Perteneciente a una de las más distinguidas familias de la capital y educado en universidades europeas, Camilo Torres no tarda en convertirse en el símbolo de la nueva iglesia, aquella que denuncia el sistema socioeconómico que relega a la miseria a la mayoría de la población, y que se compromete a luchar, al lado de los pobres, por un cambio estructural que pueda resolver los problemas de la nación. Camilo Torres aprovechó su acceso a las altas esferas de poder, su cargo de capellán de la Universidad Nacional, y su participación en el programa de reforma agraria, para convertirse en portavoz de las clases populares y de aquellos que no cabían dentro de los estrechos parámetros de la economía capitalista en Colombia. En cuanto a la iglesia, Camilo Torres exigía una ruptura completa con el pasado, para reorientarla como vehículo de cambio social: puesto que históricamente la iglesia ha estado de parte del gobierno y de los grupos de poder, la nueva militancia cristiana debe ser a favor de las mayorías marginadas. Para Camilo Torres, el sacerdote comprometido no solamente no se aparta de los ideales cristianos, sino que por el contrario, redescubre el modelo de apostolado esbozado en la figura de Cristo:

Si soy auténtico seguidor de Cristo es imposible no ser revolucionario, como lo fue Él. Yo quisiera ser un auténtico seguidor de Cristo [...] [ser revolucionario] es tratar de reformar las estructuras humanas y sociales, en el campo natural y sobrenatural, en vista a lograr una mayor justicia para la mayoría de los hombres. (199)

Las dificultades con la jerarquía eclesiástica a raíz de la denuncia, cada día más aguda, de las instituciones nacionales, obligaron a Camilo Torres a abandonar el sacerdocio, hecho que constituyó una coyuntura clave para la nueva iglesia: No solamente los cambios necesarios eran imposibles dentro de un marco reformista, sino que las necesidades de la revolución exigían una estrecha colaboración con los diferentes grupos marxistas que empezaban a surgir en el país. A finales de 1965 Camilo Torres anunció públicamente que se había incorporado a las filas de un grupo armado para poder continuar su lucha a favor de la justicia social:

El Ejército de Liberación Nacional ha surgido de la necesidad del pueblo colombiano de poseer un brazo armado combativo y consciente, capaz de asegurarle, mediante la lucha frontal contra sus enemigos, la toma del poder. (556)

En la narrativa colombiana, la experiencia de Camilo Torres produjo reacciones diversas, posiblemente mejor representadas en Nicodemus (1968), de Gonzalo Canal Ramírez, publicada a los dos años de la muerte del sacerdote, y La siembra de Camilo (1971), de Fernando Soto Aparicio. La novela de Canal Ramírez aparece con una dedicatoria “a la iglesia del tercer mundo”, a modo de advertencia a los llamados “nuevos sacerdotes” sobre las consecuencias de un activismo sociopolítico llevado a sus situaciones límites. Aunque la obra no llega a cuestionar los presupuestos ideológicos cuyo análisis de la realidad social colombiana llevarían al compromiso con un cambio profundo, sí explora las consecuencias prácticas de un paso debido en gran parte a la ingenuidad política de los curas revolucionarios: La colaboración con el marxismo constituye, en la novela de Canal Ramírez, el gran dilema faustiano que amenaza con malograr la entereza de la labor social de los sectores progresistas de la iglesia. Basada en las reuniones clandestinas de un grupo de sacerdotes y laicos (que le da el título a la obra), cuyo propósito era discutir el papel de los cristianos ante la crisis sociopolítica del país, la novela se estructura a forma de diálogo entre las dos facciones que se forman alrededor de los protagonistas principales, los sacerdotes Néstor y Gabriel. Es Gabriel quien, por señas biográficas e ideas políticas, representa a Camilo Torres. La acción propiamente dicha se somete totalmente al contrapunto teológico y político entre los dos lados, y cobra importancia únicamente al final, cuando Gabriel se integra a la guerrilla y muere en combate en circunstancias similares a las de Camilo Torres. Tal estructura le permite a Canal Ramírez concentrarse en las discusiones en el seno de la iglesia, y en el efecto que tienen en ella como institución, sin entrar en la recepción de dicho mensaje por el pueblo. La tesis central de Canal Ramírez, expuesta por Néstor y otros del grupo de Nicodemus, es que el Concilio Vaticano II democratizó suficientemente a la iglesia (233) y por lo tanto los cambios sociales pueden llevarse a cabo dentro de un marco cristiano sin tener que recurrir a alianzas con grupos comunistas: “Hay que hacer la revolución contra la injusticia. Pero la revolución cristiana [...] como somos cristianos tú y yo y la mayoría del país, Gabriel, aquí no se hará revolución sin el ejército que maneja la fuerza y sin la Iglesia que maneja los espíritus” (200).

El discurso que se articula en la novela, por lo tanto, no se opone a la nueva dirección pastoral, sino a la ingenuidad y a lo que Hernán Vergara Delgado, en el prólogo de la novela, denomina “esa mentalidad 'meaculpista'“ (11) del sacerdote, factores que lo llevan a ignorar las posibilidades renovadoras dentro de la iglesia, para caer, según la obra, en la trampa del comunismo. Con ese fin, las discusiones del grupo Nicodemus se proponen reafirmar que los fundamentos del pensamiento social de Gabriel —el compromiso con los oprimidos y la necesidad de llevar a cabo una revolución— no sólo caben perfectamente dentro de la doctrina cristiana, sino que siempre han sido parte de su tradición, como demuestra el tema del tiranicidio, fundamento de la radicalización política de los nuevos sacerdotes: “Nadie podrá decir que no es cristiana, que no es católica. La tesis del tiranicidio está implicada y explicada en toda la doctrina cristiana del bien común, cuya consecución es el objetivo primordial de la sociedad” (181). Lejos de censurar o marginar a tales tendencias —papel que le queda a la jerarquía— el grupo de Nicodemus se esfuerza por plantear los peligros que podrían presentarse (119, 184) y las virtudes de la moderación (93), para motivar el retorno a un concepto de cambio o de reforma dentro del marco institucional (147). Por ello proyecta que la postura ultraizquierdista de Gabriel, y de aquellos que concuerden con él, contribuye a entorpecer los objetivos de la renovación: “Tus imprudencias, tu ingenuidad, así como la atroz ola de barbarie de la violencia guerrillera... lo que están haciendo es retardar la revolución y dando pretexto a los reaccionarios para justificar la reacción” (147).

Para hacer hincapié en la distancia entre las dos opciones, Canal Ramírez deforma la persona de Camilo Torres en la figura de Gabriel. El personaje que se desprende de las páginas de la novela se distingue ante todo por su oportunismo (solicita que el gobierno cierre el periódico para encubrir la falta de interés del público [203]), su ingenuidad en cuestiones de política (la guerrilla lo acoge únicamente para utilizarlo como elemento de propaganda [313]), y una actitud ante la miseria del pueblo que desmiente la sinceridad de sus ideales revolucionarios: “Tres siglos de conquista y colonia españolas y ciento cincuenta años de república independiente, no habían bastado para enseñar a aquellas gentes los más elementales principios de higiene y de civilidad” (244).

En ciertas ocasiones, las necesidades ideológicas del autor lo llevan a colocar al protagonista en situaciones que realmente violentan la integridad del pensamiento de la figura histórica: la pasividad de Gabriel ante el abuso sexual de la mujer en la guerrilla (aun cuando ella se someta de forma voluntaria) contrasta fundamentalmente con la conciencia, bastante temprana por cierto, de Camilo Torres en cuanto a la doble opresión femenina: “La mujer colombiana tiene valores de persona humana y no es simplemente un instrumento... [y] tiene la conciencia de ser explotada no solamente por la sociedad, sino también por el hombre” (1970: 549). Al reducir al personaje a un patetismo rayano en lo ridículo, Canal Ramírez pone en tela de juicio el papel histórico del héroe trágico del pueblo colombiano.

Muy diferente evaluación del valor histórico y de la persona de Camilo Torres aparece en La siembra de Camilo, de Fernando Soto Aparicio. Aunque el sacerdote no figura directamente en la novela, su presencia se filtra a través del impacto que su vida, su compromiso con las capas populares y su muerte, tienen en el proceso de radicalización de los personajes. A diferencia de Nicodemus, cuyo enfoque se limita a medir el efecto de Gabriel en el seno de la iglesia, la novela de Soto Aparicio se interesa ante todo en la recepción del discurso liberador por parte de las víctimas de tales estructuras de opresión. El asunto es, por lo tanto, la toma de conciencia y el proceso de radicalización de los protagonistas (pertenecientes a las clases más explotadas de la sociedad). Como asegura Beatriz Espinoza Ramírez, La siembra de Camilo “describe el proceso de mentalización vivido por [...] uno de tantos campesinos arrojado de su tierra por la violencia política” (159). El lenguaje popular utilizado por el autor, continúa Espinoza Ramírez, “tiene como función mostrar la situación real del hombre y la capacidad de pensar [...] que tienen las clases populares” (159).

El autor, muy conciente de los paralelos con los mitos del cristianismo, eleva la figura de Camilo a una dimensión cristológica —el profeta que se sacrificó y murió por la salvación de su pueblo— y Florentino, el protagonista, hace el papel del discípulo que recibe el mensaje liberador, y lo transmite a sus compañeros.

La fuerza del discurso de Camilo, como el de Cristo en su época, se debe en gran parte a la sinceridad con que presenta sus ideas, y al hecho de que dicho mensaje es un llamado a reflexionar, a pensar: “Pensar. Sí: porque había adquirido, sin saber cómo, lo que en sus momentos de cólera llamaba ‘ese maldito vicio’: pensar” (45). Se trata de un pensamiento y reflexión activos cuyo resultado ha de ser la concientización que impulse al oprimido a tomar control de su destino. Para Camilo Torres, el verdadero revolucionario es aquel que tiene plena fe en la capacidad revolucionaria del pueblo, y que comprende la importancia de su papel en el proceso social: “La liberación del pueblo tiene que ser obra del mismo pueblo”, escribió en el Manifesto de Simacota al anunciar su ingreso a la guerrilla (1970: 162). En La siembra de Camilo, Soto Aparicio recupera la esencia humanista de la obra y del pensamiento del sacerdote colombiano. Al zafarlo de obligaciones ideológicas, el autor puede explorar lo verdaderamente innovador del discurso de Camilo, en particular el hecho de definir la liberación como algo más profundo, más íntimo, que no se puede reducir al culto de banderas ni de consignas políticas, sino que debe partir de un proceso que permita al individuo reflexionar sobre la realidad circundante para después pasar a la acción, conciente de la importancia de la renovación personal y de la solidaridad con el prójimo. La liberación, según la interpretación de Soto Aparicio, es producto de un proceso racional, gracias al cual el hombre supera la pasividad que caracteriza al oprimido, y se afianza como sujeto de su destino. Presentada desde esta perspectiva, la labor de Camilo está muy próxima a la visión educativa propuesta por Paulo Freire en Pedagogía del oprimido (1970). No se trata de un proceso de indoctrinación ideológica sino de un intercambio de ideas que lleve a la problematización de la realidad del individuo: la educación liberadora debe “ser un acto cognoscente” (85). Es precisamente dentro del concepto cristiano de la caridad —cuya medida es la necesidad del prójimo— donde se encuentra la posibilidad de tal liberación. Al saber de la muerte de Camilo, Florentino sufre un tipo de trance, una alucinación en la cual se ve él mismo transformado en guerrillero y después en sacerdote (228-229). Y aunque Florentino, como Gaitán y Camilo Torres, muere acribillado a balazos, su desaparición no significa la derrota de la causa liberadora, pues el pueblo “ya había aprendido a pensar, a responsabilizarse por sus actos” (233). El aporte de Camilo que se proyecta en esta novela es un pueblo plenamente conciente de su misión histórica, y capaz de luchar por su emancipación.

La novela de la violencia encuentra sus raíces, su temática, sus personajes en una de las etapas más difíciles de la historia de Colombia. En su carácter de testimonio y en su compromiso con la realidad nacional, este género literario esboza un fenómeno de gran repercusión en el país: el proceso de cambio de la iglesia en un ambiente de injusticia y represión, cambio que libera al sacerdote de su papel tradicional de aliado del orden establecido, para convertirlo en baluarte de la lucha por la justicia social. La novela de la violencia anticipa y contextualiza la problemática que cobra plena identidad en la conferencia episcopal de Medellín.
  

Obras citadas

  • Arango, Manuel Antonio. Gabriel García Márquez y la novela de la violencia en Colombia. México: Fondo de Cultura Económica, 1985.

  • Berryman, Phillip. Liberation Theology. New York: Pantheon Books, 1987.

  • Caballero Calderón, Eduardo. El Cristo de espaldas. Obras completas. v. 3. Medellín: Bedout, 1964.

  • Canal Ramírez, Gonzalo. Nicodemus. Bogotá: Canal Ramírez, 1968.

  • Espinoza Ramírez, Beatriz. Soto Aparicio o la filosofía en la novela. Bogotá: Ediciones Hombre Libre, 1981.

  • Freire, Paulo. Pedagogía del oprimido. México: Siglo Veintiuno Editores, 1990.

  • González Patiño, Francisco. Bienaventurados los rebeldes. Bogotá: Bibliográfica Colombiana, 1958.

  • Gutiérrez, Gustavo. Teología de la liberación. Salamanca: Ediciones Sígueme, 1987.

  • Mejía Vallejo, Manuel. El día señalado. Barcelona: Ediciones Destino, 1964.

  • Soto Aparicio, Fernando. La siembra de Camilo. Bogotá: Colombia Nueva, 1971.

  • Torres, Camilo. Cristianismo y revolución. México, D.F.: Ediciones ERA, 1970.

  • ______. Con las armas en la mano. México: Editorial Diógenes, 1971.

  

[Germán Torres. "La Iglesia en la novela colombiana de la violencia". Publicado originalmente en José Luis Gómez-Martínez, ed. Teología y pensamiento de la liberación en la literatura iberoamericana. Madrid: Milenio Ediciones, 1996. Edición digital autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico. Abril 2003.]

 

© José Luis Gómez-Martínez
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