Phillip Berryman
 

 

Teología de la Liberación
Los hechos esenciales en torno al movimiento revolucionario
en América Latina y otros lugares

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Dolores de parto

Surgimiento de la Teología de la Liberación

En el centro de cualquier ciudad o pueblo de América Latina hay una plaza. En uno de sus lados está la catedral, la iglesia o la capilla, y en el otro el palacio presidencial, el municipal u otro edificio oficial. La encamación arquitectónica de los poderes religioso y civil los pone frente a frente en el centro del poblado.

Desde su aparición en el Nuevo Mundo la Iglesia católica formó parte del proyecto global de conquista y colonización de los pueblos nativos por España y Portugal, y la imposición de la autoridad colonial. El papa Alejandro VI falló la división del nuevo continente entre España y Portugal y confirió a sus monarquías el derecho y deber de propagar la fe católica. Más aún, la conquista trajo un tipo particularmente agresivo de catolicismo, que reflejaba tanto el período en que España venció a los moros como la vigorosa reacción del catolicismo a la Reforma protestante.

Algunos de los primeros misioneros, sin embargo, protestaron contra la crueldad de la conquista. El más conocido es Bartolomé de las Casas, quien llegó a La Española en 1502 (su padre y sus hermanos habían estado en el segundo viaje de Colón). Las Casas se hizo sacerdote dominico en 1512. Aunque él mismo había poseído esclavos indios, experimentó una conversión al leer el libro de Sirac [Eclesiástico], que incluye este versículo: “Mata a su prójimo quien le arrebata su sustento: vierte sangre quien le quita el jornal al jornalero” (34: 22). En adelante dedicó su vida a luchar en pro de los indios. Las Casas argumentaba que los indios estaban mejor como paganos vivos que como cristianos muertos, e insistía en que debían conquistarse con el poder del Evangelio más que con la fuerza de las armas. Más de una docena de obispos en el siglo XVI, principalmente dominicos, destacaron en su defensa de los indios. El obispo de Nicaragua, Antonio de Valdivieso, murió apuñalado en 1550 por uno de los criados del gobernador. Actualmente los teólogos de la liberación consideran a esa primera generación de obispos como sus precursores. Sin embargo, eran las excepciones.

El modelo de orden social que trajeron los conquistadores ibéricos era el de la “cristiandad”. Desde la caída del Imperio romano, la sociedad europea había sido gobernada por una especie de poder dual, civil y eclesiástico. La Iglesia podía contar con el apoyo de la autoridad civil, y a la autoridad civil se la consideraba arraigada en un orden superior que llegaba hasta el mismo trono de Dios. Las relaciones no siempre fueron armoniosas, pero el esquema general era el de una única sociedad “cristiana” en la que las autoridades civil y religiosa estaban estrechamente unidas. Este modelo llegó a América Latina cuando apenas empezaba a descubrirse en Europa, iniciado con la Reforma protestante. La forma latinoamericana puede llamarse adecuadamente “cristiandad colonial”.

Como los monasterios, conventos e iglesias estaban localizados en los pueblos, los pobres de las áreas distantes sólo tenían contacto esporádico con los representantes oficiales de la Iglesia. Una gran proporción aceptó el catolicismo en sus propios términos. Su religión, con sus propias oraciones y devociones, sus preocupaciones y sus intereses, su propio centro de gravedad y su visión del mundo —lo que los eruditos llamarían más tarde “catolicismo popular”— era transmitida más a través, de la familia y el pueblo que a través de la Iglesia oficial.

Entre 1808 y 1824 América Latina rompió con España y Portugal. El movimiento de independencia fue en gran medida labor de las élites locales, motivadas no sólo por el nacionalismo sino por un deseo de ser libres para comerciar directamente con el nuevo centro del poder mundial: Gran Bretaña. Los pobres sirvieron en los ejércitos que luchaban por la independencia, pero obtuvieron poco beneficio; permanecieron bajo el dominio de los terratenientes locales de las clases comerciantes. Aunque los países latinoamericanos han sido formalmente independientes desde principios del siglo XIX, actualmente muchos consideran la independencia absoluta como un asunto no consumado.

Para la Iglesia católica la lucha por la independencia y sus consecuencias significaron, una dura crisis. Los obispos tendieron a aliarse con la Corona española, y los papas hicieron declaraciones contra la lucha por la independencia en l8l6 y en 1823. Muchos clérigos, por otra parte, apoyaron la independencia (por ejemplo, los bien conocidos sacerdotes mexicanos Hidalgo y Morelos).

No obstante, la independencia condujo a una crisis institucional. El Vaticano sólo empezó a reconocer a los nuevos estados en 1831, y muchos obispos partieron, dejando algunas diócesis vacantes. La Iglesia se vio atada a los llamados partidos conservadores que luchaban contra los partidos denominados “liberales” en casi todos los países. Los liberales se consideraban a sí mismos como el bando del progreso y del desarrollo, especialmente por expander la agricultura, de exportación. Les pareció conveniente aprobar leyes que les permitieran confiscar tierras de las órdenes religiosas católicas y de los indios; ante sus ojos “progresistas”, éstos eran elementos de atraso u oscurantistas.

Como resultado de la independencia y de los ataques de los gobiernos liberales, la Iglesia católica fue empujada a una situación de debilidad crónica y de crisis. Una consecuencia es que la mayoría de los países latinoamericanos no han producido suficientes clérigos y han dependido de un constante flujo de Europa. Actualmente, alrededor del 80% del clero católico en varios países —Guatemala, Nicaragua, Honduras, Venezuela, Panamá y Bolivia— es extranjero.

Los esfuerzos misioneros protestantes empezaron durante las últimas décadas del siglo pasado. Con frecuencia los gobiernos liberales consideraron a los protestantes como representantes del “modernismo” y como una fuerza útil para contrarrestar el “atrasado” catolicismo. Los misioneros evangélicos a menudo llevaron consigo una amalgama de fundamentalismo y patrones culturales norteamericanos. (sus himnos adaptados al español), mientras que aquellos con tendencias más liberales llevaron, el “Evangelio social” con ideas norteamericanas (como la democracia electoral). A pesar del impresionante aumento de su porcentaje, los protestantes siguieron siendo una minoría, y la mayoría de los latinoamericanos continúan considerándose católicos.

Durante la primera mitad del siglo XX el catolicismo latinoamericano empezó a reaccionar. Una señal fue el crecimiento de los movimientos de Acción Católica entre obreros y estudiantes. En 1955, obispos de todo el continente se encontraron en Río de Janeiro para la primera reunión plenaria del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano). Aunque las preocupaciones de los obispos —la difusión del protestantismo, el comunismo y el secularismo— parecían defensivas, empezaron también a reconocer los problemas sociales del continente.

Críticas y nuevas cuestiones

¿Cómo es posible que de una Iglesia tan históricamente conservadora pueda surgir una teología de la liberación? La respuesta debe encontrarse en la experiencia de la crisis en las sociedades latinoamericanas iniciada en los años sesenta y el impacto del Concilio Vaticano II y sus consecuencias en la Iglesia católica. Realmente, en América Latina, los acontecimientos en la Iglesia y en la sociedad en conjunto están entrelazados. En los años sesenta nuevas cuestiones sobre el orden social demandaban urgentemente nuevas respuestas, y la gente de la Iglesia sintió una nueva libertad para responder.

Considérese la situación del típico párroco rural. Puede tener veinte mil feligreses o más viviendo en caseríos dispersos en las colinas o campos que rodean al pueblo principal. La mayoría estarán bautizados y se considerarán católicos, pero el sacerdote sólo puede llegar a sus pueblos con intervalos de varias semanas, y entonces su contacto será sobre todo para ceremonias como la misa, bautizos o matrimonios. En tales circunstancias, el sacerdote escasamente puede tener alguna comunicación significativa con la gente, y ni hablar de dedicarse a alguna enseñanza importante del cristianismo. Con el tipo de teología que aprendió en el seminario, puede creer que en alguna forma misteriosa Dios está usando su acción sacramental para salvar a la gente. No obstante, la teología más optimista que estaba ganando terreno entonces —que la salvación de Dios llega a cualquiera en cualquier parte, sean o no buenos católicos— no podía sino plantear dudas sobre él sentido de su vida y de su actividad como sacerdote.

Si observara más cuidadosamente podría tener otro motivo de dudas. Como vive del dinero que colecta de la gente, los campesinos pueden no considerarlo muy diferente de los funcionarios gubernamentales, los dueños de las tiendas y los tiburones prestamistas del pueblo. Su propio estándar de vida puede ser modesto, pero proviene de las contribuciones de los pobres. Más aún, la Iglesia como institución ha servido desproporcionadamente a los privilegiados, ya que sacerdotes y hermanas se han concentrado en las ciudades más grandes, a menudo en escuelas católicas para los ricos. En la medida en que ese sacerdote empezó a ser socialmente consciente, se dio cuenta de la complicidad de la Iglesia con ese injusto orden social.

Muchos sacerdotes ‘y hermanas que trabajaban en el nivel local empezaron a cuestionarse sobre su actividad. Algunos acontecimientos políticos, como la Revolución cubana y la experiencia de Brasil a principios de los años sesenta empezaron a provocar cuestionamientos institucionales.

La experiencia cubana fue significativa por lo que no ocurrió. Los cristianos como tales no desempeñaron un papel importante en el derrocamiento de la dictadura de Batista, y la Iglesia pronto se convirtió en el refugio de los cubanos que resintieron cambios revolucionarios. Algunos obispos y muchos sacerdotes abandonaron el país, debilitando todavía más a una Iglesia ya institucionalmente débil. El gobierno cubano y el partido comunista adoptaron oficialmente una línea atea. De hecho nadie en la Iglesia parece haber planteado en términos teológicos y pastorales la posibilidad de que los cristianos pudiesen tomar una actitud positiva hacia la revolución. (Sólo a finales de los años sesenta algunos obispos cubanos empezaron a avanzar hacia una evaluación positiva de la revolución.) Inspirados por el ejemplo cubano surgieron movimientos de guerrilla rural en Venezuela, Guatemala, Perú y varios otros países. En respuesta, la administración Kennedy lanzó la Alianza para el Progreso, la cual combinaba la ayuda para el desarrollo con un aumento de los ejércitos y la policía para enfrentar el desafío de la insurgencia. La angustia que compartían por la revolución tendió a unir a gente de la Iglesia con partidos demócrata-cristianos y agencias de ayuda exterior.

Lo que los brasileños experimentaron y los cuestionamientos que provocaron a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta anunciaban lo que iba a suceder en el resto del continente. En la época del presidente Juscelino Kubitschek (1955-1960), el gobierno buscó dar un impulso al desarrollo económico. El propio Presidente empleó un lenguaje cristiano, llamando a la injusticia social, por ejemplo, “un gran pecado contra Cristo”. La jerarquía católica, volviéndose crítica de la oligarquía terrateniente, formó una alianza con el gobierno que condujo a la creación de una gran agencia para el desarrollo del campo nordestino. No obstante, el gobierno actuó a la manera tecnocrática de dar directrices desde arriba, que más tarde recibiría el nombre peyorativo de “desarrollismo”.

Por otra parte, las ligas campesinas se volvían cada vez más militantes, y la radicalizada clase media, en particular los estudiantes universitarios, fueron a trabajar directamente con los pobres. Paulo Freire, un maestro del nordeste, desarrolló un nuevo método para alfabetizar mediante un proceso de conscientização (concientización; al respecto, véase el capítulo dos). Los movimientos de estudiantes y de trabajadores de Acción Católica se fueron comprometiendo, así como importantes intelectuales católicos. Algunos cristianos empezaron a utilizar conceptos marxistas para analizar la sociedad. Richard Shaull, un misionero presbiteriano, planteó la cuestión de si la revolución tendría un significado teológico. Él y algunos jóvenes protestantes empezaron a discutir esos temas con sacerdotes dominicos e intelectuales católicos.

Todo este fermento condujo a una crisis en la Iglesia. En la situación prevaleciente, la Iglesia podía entrenar gente y alentar la “acción social”, incluyendo proyectos de desarrollo, pero no tenía una función en el ámbito de la política propiamente dicha. Esta noción clara en la teoría se revelaba cada vez más insatisfactoria en la práctica. En la medida en que se volvió innegable que las causas de la pobreza eran estructurales y que requerían cambios estructurales básicos, pareció obvio que tales cambios sólo podrían ocurrir mediante la acción política. Era incongruente proclamar un cambio estructural y rechazar al mismo tiempo el comprometerse políticamente. Esta cuestión apareció en distintos contextos, en especial en el movimiento llamado Ação Popular, que surgió de Acción Católica. Sin embargo, la discusión se detuvo cuando las fuerzas armadas se alarmaron por la creciente militancia de origen popular y dieron un golpe en marzo de 1964. Muchos intelectuales, políticos y líderes populares tuvieron que huir del país, y la Iglesia fue silenciada en extremo durante casi una década.

Vaticano II

En los años cincuenta hubiera sido tan difícil para los católicos imaginar al papa iniciando un amplio movimiento de reforma dentro de la Iglesia como lo sería hoy para los norteamericanos imaginar al Kremlin iniciando una profunda democratización de los países del bloque oriental. Sin embargo eso fue lo que ocurrió en el Concilio Vaticano II.

La mismísima identidad del catolicismo romano estaba anclada en la inmutabilidad. Su respuesta al llamamiento de Lutero y de los otros reformadores del siglo XVI en favor de un acceso directo a la Biblia, de la fe personal y del oficio en la lengua propia de cada pueblo fue atrincherarse y reafirmar la mayoría de los mismos elementos que criticaban los reformistas. Durante los siguientes siglos, la Iglesia católica desconfió de la ciencia y de todos los aspectos del mundo moderno. Los papas del siglo XIX, por ejemplo, condenaron la idea misma de democracia. La función de la teología no era hacer surgir nuevas preguntas sino defender el sistema católico romano. En la crisis que siguió a la segunda guerra mundial, los teólogos europeos empezaron a plantearse nuevos cuestionamientos basados en estudios bíblicos e históricos y en un diálogo con el existencialismo que sólo pudo detener el papa Pío XII con la encíclica Humani generis (1950).

Durante siglos las autoridades eclesiásticas estuvieron apilando costales de arena en montones cada vez más altos para detener la corriente cada vez más fuerte del modernismo. Con el Vaticano II el dique se rompió.

A principios de 1959 Juan XXIII, que muchos esperaban que fuera un papa tradicional, convocó al primer concilio desde el Concilio Vaticano 1 (1869-1870), que determinó la infalibilidad papal. En los primeros días del concilio, en el otoño de 1962, un grupo de obispos europeos frustró los intentos de control de los funcionarios del Vaticano y estableció una atmósfera abierta. En las sesiones plenarias del concilió y en los grupos de trabajo se legitimaron ideas y propuestas que habían sido expuestas cautamente sólo en círculos teológicos progresistas. El primer documento completo, el decreto sobre el culto (1963), acabó con la misa en latín que había sido la norma durante quince siglos.

Con el Vaticano II, la Iglesia católica se volvió al revés de como era. Antes del concilio a los católicos se les enseñaba que su principal deber en la vida era permanecer en “estado de gracia” y alcanzar el cielo. La Iglesia era la mediadora de la gracia y la verdad. En semejante esquema los asuntos terrenales eran finalmente insignificantes. En el Vaticano II, aceptando y apoyándose en décadas de trabajo de los teólogos, la Iglesia católica aceptó modestamente su condición de “peregrina” que camina al lado del resto de la humanidad. En un posterior giro radical, la Iglesia empezó a considerar al “progreso humano” como evidencia de la labor de Dios en la historia humana.

Los obispos y teólogos europeos y norteamericanos marcaron la agenda del Vaticano II. Los obispos latinoamericanos sólo tuvieron un papel modesto, como cuando ellos y otros obispos del Tercer Mundo insistieron en que el documento sobre la Iglesia en el mundo moderno debería referirse al tema del desarrollo. Sacerdotes, hermanas y activistas laicos de América Latina recibieron con agrado los resultados iniciales del concilio, por ejemplo el cambio respecto al uso de la lengua vernácula y el tono general liberalizante.

Mucho más importante que cualquiera de sus decisiones particulares fue el hecho de que el concilio llevó a los católicos latinoamericanos a adoptar una mirada mucho más crítica hacia su propia Iglesia y hacia su propia sociedad. No sólo buscaron que el concilio asumiera a América Latina... empezaron a hacer que se plantearan problemas latinoamericanos.

Camilo Torres: el precio del compromiso

Cuando concluyó el Vaticano II, en diciembre de 1965, el padre Camilo Torres se había unido ya a las guerrillas colombianas y pronto moriría en combate. Aunque muy poca gente de la Iglesia se unió a los ‘movimientos guerrilleros, muchos experimentaron un proceso similar de radicalización. La congruencia de Torres al pasar de la palabra a la acción hizo de él una especie de ídolo en un instante. Anticipó intuitivamente mucho de lo que iba a ser la teología de la liberación.

Nacido en él seno de una familia de la clase alta de Bogotá, Torres estudió, teología y sociología en Bélgica durante los años cincuenta, y después volvió a su país, para trabajar como sociólogo y como capellán universitario. A principios de los sesenta se dedicó a la investigación en Colombia —realizando estudios sobre temas como urbanización, estándares de vida, reforma agraria, violencia política, educación, democracia— y la práctica de la sociología propiamente dicha: Poco a poco fue abandonando la sociología académica y empezó cursos de adiestramiento con campesinos en el país. Una vez que llegó a la conclusión de que la política convencional, con sus partidos controlados por la oligarquía, no aportaría un cambio significativo, empezó a proponer algo que parecía eminentemente lógico: la formación de un Frente Unido de amplias bases que podría unir a campesinos, trabajadores, habitantes de las barriadas, profesionales y otros, para presionar por un cambio fundamental. Su buen aspecto y su seriedad, así como el hecho de ser sacerdote —en el país más “católico” de América Latina—, hicieron de él un nuevo y estimulante tipo de figura pública. Torres habló abiertamente de la necesidad de una revolución, a la que definía como un “cambio fundamental en las estructuras económicas, sociales y políticas”. Había que quitar el poder a los privilegiados y dárselo a las mayorías pobres: ésa era la esencia de la revolución. Podría ser pacífica si las élites privilegiadas no oponían resistencia violenta. En un lenguaje que tenía ecos de los Evangelios, Torres decía que la revolución era

la forma de lograr un gobierno que dé de comer al hambriento, que vista al desnudo, que enseñe al que no sabe, que cumpla con las obras de caridad, de amor al prójimo no sólo en forma ocasional y transitoria, no sólo para unos pocos, sino para la mayoría de nuestros prójimos.

Los cristianos tenían que comprometerse con la revolución, ya que era el único medio efectivo de “hacer realidad el amor a todos”.

En mayo de l965, el programa del Frente Unido, basado en gran parte en un proyecto de Torres, se hizo público. En sus viajes presurosos por toda Colombia para dirigirse a las multitudes, Torres expresó su pensamiento en una serie de “mensajes” tipo manifiesto para distintos auditorios: cristianos, comunistas, militares, sindicalistas, estudiantes, campesinos y mujeres (para ser un varón latinoamericano en 1965 tenía una visión clara y crítica). Aun cuando se esforzaba por construir un movimiento político de alcance nacional, Torres también hacía contactos con las guerrillas del ELN (Ejército de Liberación Nacional). Presionado por el cardenal Luis Concha de Bogotá, aceptó la laicización, aunque continuó considerando lo que hacía como una consecuencia de su vocación sacerdotal.

El ejército ya había descubierto los vínculos de Torres con el ELN cuando él recibió la orden de abandonar su trabajo político y unirse a las guerrillas. Su corta carrera de lucha terminó el 15 de febrero de 1966, cuando fue muerto en combate.

En el nivel conceptual, la teología de Torres seguía estando basada en mucho de lo que había aprendido en Lovaina, y su sociología contenía sólo indicios de lo que pronto sería la “teoría de la dependencia”. Con todo, en su paso de la teoría a la práctica, del análisis al compromiso —hasta el punto de sacrificar su vida— y en la forma en que concentró el cristianismo en un real amor por el prójimo, se convirtió en una figura paradigmática para muchos cristianos.

Esto no quiere decir que muchos sacerdotes se apresuraran a unirse a las guerrillas; sólo unos cuantos lo han hecho durante los últimos veinte años. Lo que sacudió las conciencias de muchos cristianos fue la voluntad de Torres para llevar sus convicciones hasta sus últimas consecuencias.

Declarando la independencia intelectual

La revolución estaba en el ambiente a mediados de los años sesenta. Hasta el presidente Eduardo Frei llamó a su programa demócrata-cristiano en Chile una “revolución en libertad”. Lo que se sugería es que los cambios eran posibles en la sociedad chilena sin sacrificar la “libertad”. Evidentemente Cuba era el término de comparación no mencionado.

Los científicos sociales latinoamericanos empezaban a preguntarse por las posibilidades de un verdadero desarrollo en el actual orden mundial. Sus ideas se popularizaron como la “teoría de la dependencia”. Las tesis convencionales sobre el desarrollo diagnosticaban al subdesarrollo como “atraso”, y suponían que el desarrollo sólo podría lograrse siguiendo el camino ya trazado por los países “avanzados”. No obstante, tras examinar su propia historia, los latinoamericanos concluían que todo el desarrollo —desde la conquista hasta el presente— había sido el resultado de acontecimientos en Europa, y más tarde en Norteamérica. Toda su historia podía ser escrita en torno a las sucesivas exportaciones (oro y plata, tinturas, pieles, caucho, café, etc.) explotadas por los centros de la producción mundial y sus aliados locales, las clases terratenientes. Su industria del siglo XX no era propia, sino de gigantescas corporaciones extranjeras. El subdesarrollo era estructural. Los términos más adecuados no eran “avanzado” y “atrasado” sino “dominante” y “dependiente”. Luchar por “ponerse al día” sería en vano; su única esperanza era romper las cadenas de la dependencia (véanse los capítulos 5 y 12 para un examen más amplio de la teoría social latinoamericana).

Fueran los que fueran sus méritos, la teoría de la dependencia era más que una nueva idea: era un nuevo paradigma aplicable no sólo a la economía sino a las ciencias humanas en general. En su forma original fue desarrollada fundamental mente por latinoamericanos como una especie de declaración de independencia cultural e intelectual. Vale la pena hacer notar que los años sesenta también presenciaron el surgimiento de una generación ‘de soberbios novelistas latinoamericanos, como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa. Los nuevos enfoques pastoral y teológico tomaron forma en un momento en que América Latina afirmaba su propia identidad.

El Vaticano II animó a la gente de la Iglesia a entablar diálogo con “el mundo”. Visto de manera optimista desde Europa, ese mundo parecía ser de rápido cambio tecnológico y social. Sin embargo, el ángulo de visión del Tercer Mundo revelaba un mundo de vasta pobreza y opresión que parecía necesitar la revolución. Algunos documentos del período posconciliar reforzaron esa impresión.

Un documento clave fue la encíclica de 1967 Populorum progressio (Sobre el progreso de los pueblos), del papa Paulo VI. Al contrario de sus predecesores, cuyos documentos sobre “enseñanza social” católica reflejaban las preocupaciones europeas, Paulo VI se concentró en temas del desarrollo del Tercer Mundo. Dentro de su tono generalmente moderado, la encíclica insinuaba una fuerte crítica al orden económico internacional existente. El Wall Street Journal la llamó “marxismo recalentado”. No obstante, el Papa parecía suponer que se alcanzaría el desarrollo por medio del consenso más que por la lucha. En América Latina el pasaje más citado era el párrafo 31:

Sabemos... que un levantamiento revolucionario —salvo donde hay una manifiesta tiranía desde hace tiempo, lo cual causaría un enorme daño a los derechos personales fundamentales y un perjuicio peligroso al bienestar común de la nación— produce nuevas injusticias, desequilibra más elementos y acarrea nuevos desastres.

Poco tiempo después, un grupo de dieciocho obispos del Tercer Mundo, la mitad brasileños, lanzó una declaración que iba mucho más allá que la del Papa, aunque lo citaba abundantemente. Adoptaron un enfoque positivo de la revolución y citaron en forma aprobatoria la declaración de un obispo durante el Vaticano II: “El auténtico socialismo es el cristianismo vivido plenamente, en igualdad básica y con una adecuada distribución de los bienes.”

En Argentina un grupo de sacerdotes utilizó a su vez esta declaración de los “Obispos del Tercer Mundo” como su propio punto de arranque y se llamaron a sí mismos el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Grupos similares de sacerdotes surgieron en Perú, Colombia, México y por todas partes. Se convirtieron en los más ardientes articuladores de un nuevo sentido de crisis, posiblemente porque tenían que encarar la desigualdad entre los nuevos ideales que surgían del Concilio y la realidad cotidiana que vivían. En una ráfaga de manifiestos, esos grupos planteaban preguntas sobre el papel de la Iglesia. ¿El catolicismo reforzaba el fatalismo, actuando como “narcótico”? ¿Debería vender la Iglesia sus propiedades? ¿No deberían renunciar los sacerdotes a sus privilegios y vivir como la gente común? También criticaban la sociedad existente. Respondiendo implícitamente a las advertencias del Papa contra la violencia, un documento señaló un “modelo centenario de violencia producido por las existentes estructuras de poder económicas, políticas, sociales y culturales”. Las hermanas también empezaban a cuestionar los tipos tradicionales de trabajo, como la enseñanza en escuelas privadas, y a inclinarse por el trabajo pastoral con los pobres, pero no se declararon públicamente.

No todos; ni siquiera la mayoría de los sacerdotes y hermanas se radicalizaron. En su punto culminante, el Movimiento del Tercer Mundo contaba con ochocientos de los cinco mil sacerdotes argentinos como miembros, y la proporción en otros países era indudablemente menor. No obstante, este clero radicalizado desempeñó un papel desproporcionado en relación con sus miembros, especialmente porque estaban en mayor contacto directo con los sectores pobres de la población, mientras que muchos de los demás clérigos trabajaban en escuelas.

Durante este período los pastores y los teólogos protestantes planteaban temas semejantes.

Medellín: la Carta Magna

En agosto de 1968 cerca de 150 obispos católicos (representando a más de 600 en América Latina) se reunieron en Medellín, Colombia, para emprender la tarea de aplicar el Vaticano II a América Latina. Fue la marca más alta de la marea de la revuelta mundial de los años sesenta. Los estudiantes habían ocupado universidades en todo Estados Unidos y la policía de Chicago había apaleado a los que protestaban en la Convención del Partido Demócrata; los trabajadores huelguistas de las fábricas se habían aliado con los estudiantes en el mayo de París, pareciendo amenazar momentáneamente el orden prevaleciente; la Unión Soviética había invadido Checoslovaquia y acabado con la “Primavera de Praga”; la policía mexicana había disparado contra manifestantes en la Plaza de Tlatelolco, matando a alrededor de cuatrocientos. La reiteración del papa Paulo VI en 1967 de la prohibición de la Iglesia al uso de anticonceptivos, contraria a la recomendación de una comisión de expertos designada por él mismo, había acelerado la creciente crisis de autoridad dentro de la iglesia católica misma.

La reunión de Medellín era la segunda reunión plenaria del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano); la primera había tenido lugar en Río de Janeiro en 1955. Como preparación para la reunión, el personal del CELAM había hecho circular entre los obispos un documento preparatorio que estudiaba las condiciones económicas, los estándares de vida, la situación cultural y la vida política en términos no muy diferentes de algunos de los manifiestos mencionados antes. Pasaba después a considerar la presencia de la Iglesia en la sociedad, y concluía con varias páginas de reflexión teológica.

El procedimiento mismo —empezar con observaciones sobre la sociedad y después considerar a la Iglesia— era un rompimiento con el método tradicional de la doctrina-a-la-ap1icación que insinúa que la verdad llega a la tierra de lo alto. En sus discusiones y en los documentos que presentaron, los obispos primero hicieron una evaluación de la situación general y sólo después se entregaron a breves reflexiones teológicas, para finalmente apremiar compromisos pastorales. Esta estructura en tres partes era evidente no sólo en cada documento sino también en la estructura de las conclusiones publicadas. Los tópicos más seculares (justicia, paz, educación, familia, juventud) precedían a los mayormente relacionados con la Iglesia (trabajo pastoral, sacerdotes, religiosas, laicos, estructuras eclesiásticas, etcétera).

En frases resonantes los obispos pedían a los cristianos que se comprometieran con la transformación de la sociedad. Denunciaban la “violencia institucionalizada” y se referían a ella como a una “situación de pecado” (por lo tanto extendiendo la noción tradicional de pecado centrada en transgresiones personales a una ley divina); pedían “cambios rápidos, vigorosos, urgentes y profundamente renovadores”; describían la educación como un proceso que permitiría al pueblo “convertirse en actor de su ‘propio progreso”. En cierto momento los obispos compararon tres tipos de categorías mentales. Los “revolucionarios” eran descritos más favorablemente que los “tradicionalistas” o “desarrollistas” (a quienes se consideraba tecnócratas). A los revolucionarios se les definió como los que buscaban un cambio radical y creían que el pueblo debía marcar su rumbo —no como los que empleaban la violencia. Pastoralmente, los obispos definían varios compromisos, como defender los derechos humanos y realizar una “evangelización que eleve la conciencia”. Comprometían a la Iglesia a compartir la condición de los pobres más allá de la solidaridad. En algunos sitios los documentos hablaban de comunidades de base, un término que había sido acuñado recientemente para designar a pequeños grupos de cristianos que encabezaban laicos. Pocas comunidades como esas existían entonces, pero pronto se extenderían mucho.

Los obispos empleaban frecuentemente la palabra “liberación” y otras semejantes, y explícitamente unían “desarrollo genuino”, la “transición de una condición menos humana a una más humana para todos y cada uno” con el éxodo bíblico.

Los documentos de Medellín dejaron también una buena cantidad de ambigüedades. Las terminologías de desarrollo y liberación estaban entremezcladas, y la suposición subyacente parecía ser el cambio básico que podía llegar a través de la conversión de los privilegiados y los poderosos. No había fuerte respaldo al derecho de los oprimidos para luchar por sus derechos, quizás porque los obispos temían que se les considerara partidarios de la violencia. El que los documentos fuesen tan fuertes como lo fueron, reflejaba la mano de una minoría de obispos y un sólido grupo de un centenar de consejeros expertos, quienes indudablemente escribieron la mayor parte del borrador.

Sacerdotes, hermanas y activistas laicos tomaron ansiosamente Los documentos de Medellín como una Carta Magna que justificaba un enfoque pastoral totalmente nuevo.

Teología de la Liberación: primeros trazos

Uno de los consultores en Medellín fue el teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, cuya mano puede percibirse especialmente en el documento sobre la pobreza en la Iglesia. Pocas semanas antes de la reunión de obispos, Gutiérrez bosquejó una “teología de la liberación” en una charla en el puerto pesquero de Chimbote, Perú. Esa ocasión puede ser la primera en que se usó la expresión en América Latina. En documentos y pláticas posteriores, Gutiérrez desarrolló sus ideas. Durante 1970 hubo una explosión de conferencias sobre ese tópico. En 1971 Gutiérrez y el brasileño Hugo Assmann publicaron libros completos sobre teología de la liberación que marcaron el rumbo de las cuestiones nacientes. Mientras que el marco de Gutiérrez era primordialmente el de las Escrituras y la teología moderna, Assmann destacó que lo que se estaba desarrollando era un nuevo método de teología. En un sentido semejante, el argentino Enrique Dussel sugirió un nuevo método para considerar la historia de la Iglesia latinoamericana y propuso categorías filosóficas apropiadas para una situación de opresión.

La teología católica tradicional había sido empleada para adiestrar sacerdotes en el seminario. Efectivamente era una defensa de la doctrina tradicional católica contra los ataques del protestantismo, la Ilustración y el modernismo en general. Durante el siglo XX la teología, católica se trasladó lentamente a la universidad y empezó a adoptar los métodos críticos del saber moderno.

Aun a principios de los años sesenta, tanto protestantes como católicos intuían lo que llegaría a convertirse en una teología latinoamericana específica. No obstante, sólo a finales de la década rompieron conscientemente con la matriz europea. Fue la presión de los acontecimientos y especialmente el paso de lo social a los compromisos expresamente políticos mencionados antes lo que despertó nuevos cuestionamientos. Los teólogos comenzaron a considerar conscientemente a América Latina como su contexto para los cuestionamientos nacientes. A medida que se daban cuenta de que su teología emergía de un contexto particular, empezaron a considerar que lo mismo era cierto para cualquier teología, incluyendo la que habían aprendido en Europa. Lo que una vez habían considerado como simple teología —aparentemente “universal”— empezaron a verlo como teología “noratlántica”, una teología del mundo rico. Esto era cierto no sólo para la teología tradicional, sino para el trabajo de los teólogos progresistas del Vaticano II, como Karl Rahner, Edward Schillebeeckx y Hans Küng. Un laico uruguayo, Alberto Methol Ferre, articuló esta nueva conciencia en un polémico ensayo titulado “La Iglesia y la sociedad opulenta” (1969).

Los teólogos latinoamericanos descubrieron que no sólo trataban asuntos diferentes sino que su método, la forma misma en que se comprometían con la teología, era diferente. Desde la Ilustración el principal reto para la cristiandad del Oeste había sido su credibilidad: ¿cómo puede la gente moderna creer en historias antiguas sobre las aguas del mar que se abren ante el grupo de Moisés, o sobre Jesús multiplicando panes y peces o levantándose de entre los muertos? Los teólogos habían respondido primeramente usando la erudición histórica y de Los textos para encontrar en las Escrituras varios significados, formas literarias, mitos y leyendas, y después encontrando puntos de contacto o de correlación con la cultura moderna, puntos en los que la gente puede realmente escuchar un mensaje de salvación.

Aunque los latinoamericanos pueden entender esas cuestiones, sus preocupaciones básicas son diferentes. Su problema no es tanto si uno puede creer lo que afirma la cristiandad como más bien la importancia que tiene el cristianismo en la lucha por un mundo más justo. Gutiérrez define la teología como una “reflexión crítica sobre la práctica a la luz de la palabra de Dios”.’ Es una crítica de cómo tratan al pobre las estructuras sociales y cómo operan los cristianos y la Iglesia misma.

Sin embargo la teología de la liberación no es fundamentalmente una ética. No es una exposición sistemática de principios sobre cómo debe actuar el pueblo; más bien es una exploración del significado teológico de esa actividad. Así, por ejemplo, Gutiérrez y otros teólogos aceptan la dependencia crítica propuesta por los científicos sociales. No obstante, prosiguen para señalar las resonancias bíblicas y teológicas del término “liberación”. A Dios se le encuentra en la lucha del pueblo por la liberación. De la misma manera, su preocupación no es dictar reglas específicas sobre cómo luchar por la justicia. Subrayan que un compromiso responsable dentro del conflicto de clases es una expresión de amor al prójimo. No “fomentan” el odio, como arguyen los críticos; el conflicto de clases ya existe. Mediante la solidaridad en la lucha con el pobre la división de clases debe trascenderse en un nuevo tipo de sociedad.

Los primeros ensayos sobre la teología de la liberación prestaban especial atención a la Iglesia. En contraste con el fuerte espíritu anti-autoridad y anti-instituciones que caracterizó por doquier los últimos años sesenta, los teólogos católicos latino americanos no cuestionaban la estructura jerárquica fundamental de la Iglesia católica romana, aunque señalaban la necesidad de una conversión. Algunos preguntaban, por ejemplo, si la eucaristía, celebrada en una congregación rica no parecía que apoyaba el extravagante consumo que reducía a otros a una pobreza inhumana. Planteando cuestiones semejantes 1os teólogos no argumentaban que las misas debían suprimirse, sino que la Iglesia debía examinar su presencia en la sociedad y prepararse a efectuar cambios.

Los bosquejos iniciales de la teología de la liberación anticipaban la mayoría de los temas principales que iba a desarrollar más tarde. Los trabajadores de la Iglesia y los laicos activos tenían ahora un fundamento para nuevas opciones.

Cristianos a favor del socialismo

Como Brasil en un principio y Centroamérica después, Chile estaba en el centro de la escena latinoamericana a finales de los años sesenta y principios de los setenta. La coalición izquierdista Unidad Popular ganó las elecciones nacionales y bajo el presidente Salvador Allende buscó llevar a cabo reformas significativas. Otros latinoamericanos prestaron mucha atención. Si el socialismo podía llegar gradual y pacíficamente a Chile podía ser una señal de esperanza para otros.

Los políticos chilenos eran atípicos para América Latina. Las instituciones democráticas parecían estar firmemente establecidas, los sindicatos eran fuertes y los partidos políticos representaban ideologías bien definidas en competencia. Muchos se desilusionaron con la “revolución en libertad” de los democristianos, especialmente después de la fuerte represión de huelguistas en 1967. Los críticos argumentaban que la Democracia Cristiana no era un “tercer camino” entre capitalismo y comunismo, sino simplemente un capitalismo reformado, incapaz, de resolver los problemas de Chile. Grupos importantes de cristianos se unieron a partidos y movimientos izquierdistas. La victoria de la coalición de Allende en 1970 señaló un creciente viraje hacia la izquierda.

La llegada de un gobierno socialista presentó nuevos cuestionamientos para los cristianos. El movimiento Cristianos por el Socialismo apoyaba un compromiso político directo. Sus miembros creían que los cristianos debían aceptan la “racionalidad” básica del socialismo aunque no apoyaban a ningún grupo político en especial. Algunos eran ex democristianos que se habían radicalizado y formado grupos como el MAPU (Movimiento de Acción Popular Unida) o la Izquierda Cristiana; muchos se unieron al MIR (Movimiento de la Izquierda Revolucionaria), que apoyaba ir más allá de los procesos electorales, y otros se unieron al partido socialista; muy pocos, sin embargo, se volvieron comunistas. Estos cristianos pedían un nuevo tipo de presencia pastoral dentro del movimiento hacia el socialismo. Insistían en que, ya que gran parte de la visión del mundo y la ideología que se había predicado y enseñado como cristianismo impedía a la gente aceptar el socialismo, los cristianos tenían una responsabilidad especial de liberar a la gente de esos bloqueos ideológicos.

En abril de 1982, cerca de cuatrocientas personas coincidieron en Santiago para una conferencia internacional de Cristianos por el Socialismo (a pesar de la oposición de los obispos chilenos). Assmann, Gutiérrez y un grupo de los teólogos de la liberación estaban presentes. El documento final de la conferencia reflejaba inevitablemente la situación chilena, por ejemplo, en su frecuente denuncia de tercerismo (i.e. Democracia Cristiana). La terminología es claramente marxista, con frecuentes referencias a “relaciones de producción, apropiación capitalista del plusvalor, lucha de clases, lucha ideológica”, etcétera.

La conferencia pedía a los cristianos comprometerse en una lucha ideológica identificando y “desenmascarando” la manipulación de la cristiandad para justificar el capitalismo. Sin embargo, esto no significa instrumentar la fe para otros fines políticos, sino más bien devolverla a su dimensión evangélica original”. (Esta cuestión sigue apareciendo: ¿en qué se diferencia el compromiso cristiano con la izquierda del tradicional apoyo que ha proporcionado la Iglesia al conservador status quo?)

El documento afirmó que los cristianos descubrían “la convergencia entre la naturaleza radical de su fe y su compromiso político”. Había una “interacción fértil” entre fe y práctica revolucionaria. Se decía que la práctica revolucionaria era “la matriz generadora de una nueva creatividad teológica”. Así, la teología se convirtió en una “reflexión crítica dentro y sobre la práctica liberadora como parte de una confrontación permanente con las demandas del Evangelio”.

El documento terminaba con una frase del Che Guevara que había aparecido en estandartes y carteles durante la reunión misma: “Cuando los cristianos se atrevan a dar testimonio revolucionario pleno, la revolución latinoamericana será invencible...”

Referencias

Sobre asuntos históricos véase Enrique Dussel, A History of the Church in Latin America: Colonialism to Liberation (1492-1979), Grand Rapids, Mich., William B. Eerdmans Publishing Company, 1981; Pablo Richard, Morte das cristiandades e nascimento da Igreja, São Paulo, Paulinas, 1984.

Sobre Las Casas y los otros obispos que defendieron a los indios, véase Enrique Dussel, El episcopado latinoamericano y la liberación de los pobres 1504-1620, México, Centro de Reflexión Teológica, 1979, esp. pp. 325-334.

Sobre Camilo Torres véase Walter J. Broderick, Camilo Torres: A Biography of the Priest-Guerrillero, Garden City, N. Y., Doubleday, 1975. Cita del “Mensaje a los cristianos”, en Camilo Torres, Cristianismo y revolución, Oscar Maldonado, Guitemie Oliviéri y Germán Zabala (comps.), México, Era, 1970, p. 525.

Cita de Paulo VI: Populorum Progressio, en Joseph Gremillion (ed.), The Gospel of Peace and Justice, Maryknoll, N. Y., Orbis Books, 1976, p. 396.

Documentos de Medellín: CELAM, La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio, vol. II: Conclusiones, Bogotá, CELAM, 1969, p. 43. (De aquí en adelante citado como “Medellín”.)

Para un examen de la fase temprana de la teología de la liberación: Phillip Berryman, “Latin American Liberation Theology”, en Sergio Torres y John Eagleson (eds.), Theology in the Americas, Maryknoll, N. Y., Orbis Books, 1976, pp. 20-83. El artículo de Methol Ferre, “Iglesia y sociedad opulenta. Una crítica a Suenens desde América Latina”, fue un suplemento especial de la revista uruguaya Víspera.

Sobre los Cristianos por el Socialismo: John Eagleson (ed.), Christians and Socialism: Documentation of the Christians for Socialism Movement in Latin America, Maryknoll, N. Y., Orbis Books, 1975, especialmente el documento final, pp. 160-175; cita de la p. 174.

© Phillip Berryman. Liberation Theology. The Essential Facts About the Revolutionary Movement in Latin America and Beyond. New York: Pantheon Books, 1987. Edición digital autorizada para el Proyecto Ensayo Hispánico de la versión en español: Teología de la liberación. México: Siglo Veintiuno Editores, 1989. Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez con la colaboración de Béatrice de Thibault. Febrero 2003.

 

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