Manuel García Castellón
 
 

 

Capítulo II

RAÍZ COLONIAL DE LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN

 

EL EVANGELIO, ENTRE LA IGLESIA Y EL ESTADO PATRONAL

Siempre hubo “dos iglesias”: la que Bonhoeffer llamó “confesante” (i.e., testimonial, 179) y la que Jesús, si volviera, llamaría “sepulcro blanqueado”, por no ser más que ficción de piedad y sutil aparato de muerte.[1] Una iglesia que gime oprimida y otra que se integra en el sistema de opresión, sancionándolo. Siempre hubo, pues, una iglesia que suspira hacia Dios con esperanza. En los viejos himnos cristianos “Veni Creator” o “Veni Sancte Spiritus” se le llama al Espíritu de Dios “paraclitus” o abogado y también “pater pauperum”. Las raíces del sentido de valimiento de Dios están ya en la dimensión temporal de esclavitud y liberación de la historia del pueblo hebreo, dimensión bíblica que la TL recupera para nuestra propia historia. Para constatar que siempre hubo una epopeya teologal americana de liberación, basta comenzarla con uno de sus primeros hechos proféticos y liberadores: el testimonio de los dominicos de La Española desde los días iniciales de la misión. De dicho testimonio se derivan dos significativas actitudes pastorales: las de Las Casas y Acosta, motivadas por la opción por el indio y su libertad.

Como se sabe, el primer ciclo americano de evangelización comienza en Santo Domingo, coincidiendo con la improvisación y turbulencia del primer asentamiento español.[2] Bartolomé de las Casas, al principio amo de indios y convertido después en su eficaz defensor, es autor de una Historia de las Indias, crónica de aquella primera misión en la que el indígena pronto ve el siniestro designio de los extranjeros: esclavitud, extorsión, crueldad y trabajo forzado en los asentamientos, en las minas, en las pesquerías de perlas. En vano intenta huir a las otras Antillas cercanas: por todas partes hay aperreo y caza por hombres con cota de malla. Si por un acaso cae un español, la represalia consiste en exterminar a cien indios. Masacre, trabajos forzados, suicidios inducidos por el angustiado terror, extrañas epidemias que se han desencadenado en el contacto de ambas biologías... Por todo ello, la población de las islas se sume en la nada a pasos agigantados. Según los testimonios, una gran parte de los representantes de la Iglesia se comporta al principio con igual brutalidad que los colonos. Estos eclesiásticos, protagonistas de una religión triunfalista, según Prien, apenas captaron el sentido de la cultura amerindia

y sus actos culturales y, en general, se preocuparon poco de ello . En lugar de convencer con paciencia a los indios de la insensatez de tales concepciones, se condenó todo lo indio en bloque como obra diabólica, con lo que en la práctica se destituía a los indios de su identidad y se los degradaba a seres de segunda clase, cuya humanidad dependía, según el juicio de los conquistadores, del grado en que hubieran adquirido la religión y civilización ibéricas. (69-70)

Sin embargo, hay un pequeño reducto de misericordia: con la iglesia del oro y de la muerte han llegado también algunos miembros de esa iglesia confesante, iglesia de límites imprecisos y críticos que trae sin embargo escondida la llave del Reino. Vienen a restaurar la gracia perdida en el hombre y están convencidos de servir a Cristo. Ajenos a intereses cortesanos y vaticanos, tal vez ni siquiera quieren saber que constituyen en sí el propio fermento de lo cristiano. Suelen interponerse cuando el encomendero empuña el látigo contra el indio, creando así las primeras tensiones entre iglesia testimonial y Estado patronal. Ellos no harán que el indio se pierda; de ellos no dirá Jesús: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que recorréis mar y tierra para hacer un sólo prosélito, y luego de hecho le hacéis hijo de la gehenna dos veces más que vosotros!” (Mt. 23, 15). La invectiva es más bien para los representantes, como diría Raúl Vidales, de “una teología de esclavos” sacralizadora del proceso de producción (105).

Roma es igualmente responsable de haber hipotecado la libertad evangélica en las Indias de España. A partir de la bula Inter coetera (1493); documento que garantiza la cesión de la empresa americana a los Reyes Católicos como premio a la “recuperatio Regni Granatae a Tyrannide Sarracenorum” (21), se estipulará que, a cambio del diezmo, la iglesia renuncie a dirigir la obra misional indiana y la entregue al patrocinio del católico rey, éste a su vez se reserva el derecho a controlar las finanzas americanas de la misma Iglesia (es decir puede incluso readministrar dicho diezmo) También es la corona quien escoge allí jerarquías y demarca curatos como le conviene. Y como no podrá conseguir el plenipotenciario vaticano según su hechura y designio, el rey acabará por imponer un placet a todas las noticias que, desde América, se dirijan a Roma. Por tanto, son lógicas las tensiones entre misioneros testimoniales y conquistadores. De los obreros de Dios, el primero en dimitir es precisamente el primero en haber llegado: el aragonés Padre Boil, quien no ha dudado en excomulgar al mismo Colón por suponerle en connivencia en el mal trato al indígena. Para Colón, sin embargo, está claro que la corona debe resarcirse de la empresa colonial allegando la mayor cantidad de oro en el menor tiempo posible. En cambio, el misionero compasivo no ve cómo se puede justificar la guerra contra los apacibles naturales so pretexto de cristianizarlos, ni mucho menos reducirlos a esclavitud,

Notas

[1] A lo largo de toda el presente estudio, la palabra Iglesia con mayúscula es la única que se refiere a la Iglesia como institución romana. En cuanto al uno con minúscula, pretende definir la dimensión espiritual de la corporación cristiana universal.

[2] Enrique Dussel distingue ocho grandes ciclos hispánicos de evangelización en la colonia americana: ciclo caribeño (1492-1500); mexicano (1524-1546); norteño (que se inicia con el mexicano y se prolonga hasta mediados del s. XVIII); centroamericano (1503-1593); peruano (1532-1551); colombiano (1526-1561); chileno (1553-1596); platense (1538-1767). Cf. 1983, pp. 99-329.

© Manuel García Castellón. Guamán Poma de Ayala: Pionero de la Teología de la Liberación. Madrid: Editorial Pliegos, 1992. Edición digital autorizada para el Proyecto Ensayo Hispánico. Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez.

 

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