Manuel García Castellón
 
 

 

Capítulo IIi

Guamán Poma de ayala:
apología de los pobres de jesucristo

 

DESAGREGACIÓN Y UTOPÍA.

El paso de Guamán por la historia ocurre en un aciago momento para el pueblo andino. Entre 1530 y 1620 hay grandes epidemias y mortandad de indios. Cesado Toledo, se agravan la miseria moral y el empobrecimiento del pueblo, y es el mismo sucesor, virrey Enríquez, quien denuncia la muerte del comercio (177), la falta de bastimentos y disminución del ganado, la inobservancia de las leyes y el deambular de “mestizos y vagamundos” que inquietan al pueblo, etc. (181-82). A la tensión de las relaciones interraciales —que a su vez son relación de clase, pues por el “pobre” se entiende el “indio”— se une la escasez debida a la mala administración. La pobreza se acusa, naturalmente, entre los avasallados, pero ello no mueve a compasión al estamento dominador. Sobre todo en las ciudades costeñas, punto de mira de la Nueva Corónica (por ser allí donde más afectadas se han visto las estructuras de civilización indígena), “el pobre se muere dando de boses de hambre y de sed”, dice Guamán (985).[1]

Como testimonio de los desórdenes sociales de aquel mundo, Guamán tiene varias denuncias: situación en las minas, abandono del patrimonio territorial, olvido de la previsión social pre-hispánica sin nada que la sustituya, corrupción de las autoridades y del clero, inadecuación o crueldad en el sistema de justicia penal, etc. Al mismo tiempo, como modelo de restauración de la gracia cristiana, propone a los gobernantes las antiguas estructuras andinas de equidad y armonía social. En el fondo aflora la síntesis cultural que impide la actitud antidialógica y explotadora del dominador.

En su retro-utopismo, Guamán elogia la previsión social antigua. En cambio, en la colonia, puede darse el caso escandaloso de que se malversen fondos de un hospital de inválidos en favor de ciertos sacerdotes, corregidores y encomenderos mientras los enfermos padecen hambre y sed (914). ¡Qué diferencia con los días del Inca, cuando los silos se henchían en los meses de abundancia para que, a lo largo del año, “no ayga hambre en los pobres en todo el rreyno” (236). Hoy, en cambio, las calles de las ciudades están llenas de niños mestizos abandonados. En la antigüedad, desde que el niño nacía se le adjudicaban tierras y sementeras para su sustento y, más aún, se le prodigaban cuidados por parte de toda la comunidad: “todos lo mantenían y mirauan, aunque tengan padre y madre, la gran misericordia que auía en este rreyno, lo que no an tenido en toda Castilla ni lo tendrá por ser tan uellaca gente” (224).

Adelantándose al siglo XX respecto a la geriatría ocupacional, los ancianos no se sentían inútiles, pues se les adjudicaba una labór que les mantuviera felizmente vivos. Por ejemplo, las ancianas eran dueñas, niñeras o despenseras en las casas principales, y no había humillante caridad para ellas, ni para desvalidos, ni desamparados: “Y ací no tenían necesidad de limosna” (212). Pero hoy, con la mendicidad introducida por los españoles, muchos ancianos deponen la gravedad debida a sus años y “por no auajar el lomo se hacen pobre”. En cambio, muchos pobres han perdido su conciencia de clase y “tiene fantacía y se hace señor. Y no lo ciendo, de pichero se haze señora, doña, y ací es el mundo al reués” (212).

Ante la caída demográfica andina, recuerda que el aumento de la población era preocupación primordial de los Incas, quienes llegaban aun a aparejar tullidos y ciegos para que procrearan entre sí. Esto parece a Guamán admirable ordenanza “para el servicio de Dios y el multiplico de jente [...] Le casauan al ciego con otra ciega, al cojo con otra coja, al mudo con otra muda, al enano con enana”. Con ello, todos, en fin, “no hauía menester hospital ni limosna” (194). “Con ser bárbaro y gintil”, el Inca guardó leyes admirables que venían desde la aurora de las generaciones, por lo que insiste: “Y ancí no ha menester tanta caridad”, ni la sordidez de los hospitales de indios, máscara de una previsión social inexistente (204).

En cuanto a solidaridad popular, la admirable institución a la que pobres, forasteros, tullidos, huérfanos, etc. acudían a compartir la comida del pueblo en la plaza pública, y que Toledo restableció, ha vuelto a desaparecer, pues “se le ha quitado los dichos padres y corregidores” (644). Sin el pan de cada día, los pobres que deambulan por la ciudad se hacen delincuentes o, cuando menos, yanaconas, clase que Guamán desprecia (644). Con el mal ejemplo español, el pueblo ha olvidado sus antiguos hábitos de solidaridad y misericordia, “de ayudarse a unos y a otro, ací como a rrico como a pobre en comunidad de trauajar las sementeras [...] para que tengan de comer todos cin enterés de plata, como españoles de fuersa pide paga y jornal” (910-912). Hoy, todo es hipocresía social: “Acauado de salir de la yglecia, no ay conpadre, socna, no ay comadre, uayno. Todo el rreyno está perdido de la cristiandad de Dios” (918). En su religión de autenticidad, el culto le suena a falso si el que lo practica no es asimismo hacedor de justicia. Como Yahvé en el libro de Isaías:

¿Sabéis que ayuno quiero yo? dice el Señor Yahvé: Romper las ataduras de iniquidad, deshacer los haces opresores, dejar libres a los oprimidos y quebrantar todo yugo; partir tu pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo, vestir al desnudo y no volver tu rostro ante tu hermano. Entonces brotará tu luz como la aurora, y pronto germinará tu curación, e irá delante de ti tu justicia, y detrás la gloria de Yahvé. (58,6-8)

En los días antiguos, recuerda el anciano príncipe, la preocupación por el otro comenzaba en la generosidad de los mismos reyes. Mama Yunto Cayan, esposa de Viracocha Inca, “dejó su hacienda a las dichas enanas y corcobadillas porque tenía boluntad y amor” (128). La décima Coya, Mama Ocllo, esposa de Tupac Yupanqui, dejó todos sus bienes a los ancianos (132). Mama Uaco, primera Coya, a pesar de ser la bruja idólatra que hizo olvidar a los hombres el Dios fundamental y único “fue muy hermocícima muger y de mucho sauer y hazía mucho bien a los pobres en la ciudad del Cuzco” (132) En cuanto a Raua Ocllo, esposa del onceno Inca Huayna Capac, cada día “daba de comer a duzientos pobres” (134).

Respecto al estado de las autoridades locales, lo que los españoles instituyen y designan es indigno. Por ejemplo, el curaca Juan Capcha es prototipo de esa autoridad sufragánea corrupta que soborna a curas y señores con camaricos, con lo que por un cabrito no duda en deshonrarse un “cristiano viejo”. A los sacerdotes que admiten a su mesa a este sujeto “ydúlatra y borracho” les recuerda que tienen el poder, con sus manos consagrantes, de hacer bajar a Dios hasta los mismos corporales de la eucaristía. A su mesa, pues, deben sentar ángeles y pobres, que es lo mismo (790-93, 904-08).

Continuando con el estado de los administradores de justicia local, dice que un buen alcalde, indio y cristiano, “es mejor que tiniente español; andará cin costa y cin mita y camarico ni hará tanto mal y daño”. Por el contrario, “tendrá particular cuydado de asentar los gastos y daños de los dichos corregidores y padres, comenderos” (850), de aplicar justicia en tasas y mitas, de vigilar el buen funcionamiento de las instituciones comunales y de velar por los pobres de su demarcación (850).

Los visitadores, que al acercarse con pompa y circunstancia asustan y ponen en fuga a los indios, deberían ser hombres ancianos, de gran calidad moral y patrimonio, o quizá a los virtuosos padres de la Compañía, quienes se distinguen por su amor al indio. En efecto, hasta el presente “los dichos be-citadores no bienen a otra cosa cino a rroballo” (737). En realidad, lo que el visitador debe inspeccionar es si el padre lleva vida proba y casta, o por el contrario, si hace la vista gorda ante idólatras o hechiceros que le acohechan con dones, o si tiene en su casa instrumentos de castigo y tortura. “Esto es la buena becita deste rreyno”, y no otra cosa (737).

El autor continúa su amonestación, esta vez a los encomenderos, quienes deberían auxiliar a sus indios y defenderlos de los abusos del corregidor o del padre de la doctrina. Es el encomendero, según Guamán, quien está encargado de adoctrinar políticamente a los indios, manifestándoles la igualdad de todos ante el rey en aquella república de indios y españoles, “que tal es la uerdad, y otra cosa es mentira. Con esto cirue a Dios y ganarás el cielo” (593). Sin embargo, al igual que el doctrinero, el encomendero es otro depredador, quien a los pobres indios “rroba de sus pobresas” (593).

Porque, ¿quién vendrá a visitar y conocer el bestiario que acosa constantemente a “los pobres de los yndios”? En la página 694 de su manuscrito dibuja a un orante lleno de lágrimas, amenazado de la “sierpe” o corregidor del “león” o encomendero; del “tigre” o español que dirige los tambos; de la “zorra” o padre de la doctrina; del “gato” o escribano y del “rratón” o cacique colaboracionista. En otra ocasión, cita la prolija lista de ladrones que esquilman al pueblo indio: encomenderos y mineros; corregidores, pesquisidores, receptores; fiscales mayores y menores; jueces, etc., y las respectivas familias de todos ellos. Todos “le hurta[n] y rroba[n] [...] y le dan de palos a los pobres de los yndios [...] y le carga por fuerza como a caballo yanimal los dichos españoles cristianos” (1012-1013). Todos ellos encarnan la falsa promesa de justicia: “El corregidor entra diziendo: ‘Que yo te haré justicia’, y rroba. Y el padre entra: ‘Yo te haré cristiano, bautizaré y cazaré y dotrinaré’, y rroba y desuella y quita muger y hija” (1052).

Este es el cuadro social y espiritual de la colina peruana, donde sus administradores no tienen tiempo de organizar nada, tan ocupados están en servir a Mammón. Ellos son quienes encarnan la gran alienación religiosa, la que hace adorar el oro. Ellos, que han destruido los ídolos de oro y plata de los indios, practican una idolatría más refinada: destruyendo dichos ídolos, ciertamente los han trascendido, pero ahora adoran la plata y el oro en sí: “Ací los yndios como bárbaros y gentiles lloraua[n] de sus ydolos quando se los quebraron en tiempo de la conquista. Y bosotros tenéis ydobos en buestra hazienda y plata en tododo [sic] el mundo” (372).

Notas

[1] Según Noble D. Cook, los indios de las sierras, de mejor clima, excedían, a los españoles y podían mantener mejor su ecosistema y cultura. Tampoco allí podía la Iglesia controlar la libertad sexual de concubinatos y convivencias premaritales de derecho nativo, todo lo cual contribuía al aumento de la población (254-55).

© Manuel García Castellón. Guamán Poma de Ayala: Pionero de la Teología de la Liberación. Madrid: Editorial Pliegos, 1992. Edición digital autorizada para el Proyecto Ensayo Hispánico. Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez.

 

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