Teoría, Crítica e Historia

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Gerardo Bolado

Transición y recepción: La Filosofía Española
en el último tercio del siglo XX
.

 

CAPÍTULO 3.2

2. Ruptura con la Cultura establecida y fragmentación socio cultural.

La generación rupturista de filósofos jóvenes, dejando de lado su propia tradición cultural, se orientó a la normalización de nuestra cultura filosófica en el marco general de la tecnocultura, y, por lo general, participaron en los distintos procesos de regionalización cultural. Perdida en los rápidos y caóticos procesos de transformación cultural de nuestra sociedad, su labor se orientó más a la recepción y normalización institucional de la Filosofía. El resultado ha sido una nueva institucionalización de la filosofía capaz de generar una cultura filosófica mínima y de carácter académico, superpuesta de manera reflexiva y especializada en diversos campos de la cultura, pero con crédito limitado y escasos anclajes; una cultura filosófica bastante homogénea en los distintos distritos universitarios repartidos por la geografía española, pero que, limitada en su tarea de generar conciencia intelectual en los distintos campos de la cultura, e insensible a la necesidad de construir una cultura común, se ha visto inmersa en las dinámicas de la tecnocultura y de la regionalización.

El sociólogo Salvador Giner[1] era pesimista sobre la suerte de nuestra cultura ante el embate de la tecnocultura. Su mentalidad progresista le llevaba a ver con recelo cualquier alusión a la cultura española, o a la historia de España, por considerar que había de tratarse, necesariamente, de una reacción contra la modernidad y de una represión de las culturas regionales. Las culturas regionales autóctonas, dinamizadas por los nacionalismos, tampoco tienen virtualidades, ni posibilidades frente a la tecnocultura universal, piensa este autor, pero al menos nos llevarán a una España más tolerante y compleja.

Giner se inclina hacia una concepción federal del Estado español, plurinacional e integrado en la Europa unida. A su juicio, el Estado nación español sería demasiado grande para atender los problemas reales regionales, y demasiado pequeño para decidir los problemas reales multinacionales. La Europa unida habría dejado en el pasado, según él, a los viejos Estados nación; una tesis mantenida de manera machacona, incluso después del fracaso irrecuperable de la Europa de las regiones. Esta confusión de la realidad con el deseo ha dominado nuestra intelectualidad progresista en la época PSOE, negligente con la cultura española común, hasta el extremo inexplicable de abandonar el cuidado de nuestra historia literaria y filosófica.

En su ensayo crítico del año 93 Después de la lluvia. Sobre la ambigua modernidad española, Subirats pasa revista a la cultura progresista de la transición, en especial durante el periodo socialista. Considera que su generación ha fracasado, porque su renovación de la cultura española no ha pasado de ser un cambio de imagen, instrumentalizado por un poder político empeñado en presentar ante el mundo el simulacro de una España moderna. Una generación que no sólo ha ignorado, sino que ha renegado de su propio pasado, para poder partir de la nada, y, sin embargo, no ha sabido interpretar la modernidad, ni su propio papel dentro de ella. Parte de esa gran “representación” de modernidad ha sido el precipitado sucursalismo académico y formalista que ha llenado nuestras librerías de traducciones:

“Esta omisión de la propia realidad histórica, filosófica, artística, o cotidiana, escribe Subirats, ha insensibilizado la conciencia intelectual española con respecto a los profundos y dramáticos conflictos que han acompañado su efectivo proceso modernizador en las últimas décadas y en el último siglo solamente. Pero, sobre todo, el desplazamiento persuasivo de todos los medios intelectuales de cualquier planteamiento que problematizara el pasado español, en sus aspectos políticos, literarios, filosóficos o culturales, cegó la mirada progresista frente a las propias limitaciones y conflictos de su demasiado flamante, pero demasiado blando, proyecto de reforma social y cultural, cuyo final y fracaso, por lo demás, ya es visible en todas las partes”[2].

Subirats tampoco cree en la continuidad de lo que Aranguren llamaba la cultura establecida, sino que, con Américo Castro, nos propone recuperar la realidad histórica de España, una vida social surgida de la confrontación de tres castas, cristiana, árabe y judía. Nos invita a recuperar lo hispano árabe, lo hispano judío, así como las relaciones con la América hispana. En cambio se muestra escéptico y crítico con la obra de Ortega y Gasset y su proyecto cultural de modernización de España[3].

Aunque no cree en el nacionalismo catalán, piensa que el regionalismo puede contribuir a vertebrar y modernizar la sociedad española, siempre que nos pongamos más allá de los nacionalismos, sean españolistas o autonomistas, siempre que estén en comunicación con las otras realidades culturales.

En torno al Seminario de Historia de la Filosofía Española, dirigido por Heredia en Salamanca, y, más tarde, también en la Asociación de Hispanismo Filosófico, algunos autores jóvenes se dedicaron a la historia de nuestro pensamiento filosófico, y, de esta manera, contribuyeron desde dentro al mantenimiento del hispanismo en décadas de general desidia, cuando no de activo rechazo de nuestra tradición cultural. Sin embargo, estos autores estudiaron más bien nuestra tradición de pensamiento en latín o en español, con la participación esporádica de algunos exponentes del pensamiento de las lenguas diferentes. Estos grupos de autores, como el propio José Luis Abellán, han permanecido en el marco del hispanismo, sin mostrar conciencia de la necesidad de desarrollar una comunicación de tertulia, y una comunicación de empresa, con los autores que trabajaban en los procesos de diferenciación cultural, en orden a trenzar las tradiciones de una cultura común. Al menos no se han registrado las estrategias de comunicación correspondientes.

La nueva coyuntura política de pactos, surgida de las elecciones del 96, entre la derecha nacional y las derechas nacionalistas ha puesto en el centro del debate intelectual el tema del nacionalismo y de la regionalización de la cultura. La discusión, en lo que se refiere al nacionalismo, parece dividida entre la posición postnacionalista de Habermas, traída en el libro de M. López Calera, El Nacionalismo. ¿Culpable o inocente?, en línea con la que están autores como Savater, Juaristi, etc, y el comunitarismo identitario de pequeño fórmato, sostenido por Rubert de Ventós en su escrito Los nacionalismos. El laberinto de la Identidad.

En general, los filósofos morales de esta generación, para no hablar de los lógicos o de los filósofos del arte y de la estética, no prestaron atención en su momento a la dinámica político cultural lanzada por los nacionalismos. Su mera moral, su demonización del Estado, su ruptura con la propia tradición cultural, les hacían mirar a otro lado con complacencia. En los años noventa, cuando el fenómeno se hizo ostensible, reaccionaron los autores más afectados de esta generación, mientras otros se quedaban perplejos ante estas formas de disidencia frente al Leviatán, que son a su vez comunitarismos identitarios, antiilustrados.

Savater desenmascaró la gran falacia histórico cultural de los nacionalismos, en cuyas virtualidades para construir una sociedad y una cultura democráticas no tiene ninguna confianza. En el caso español, el nacionalismo sería un movimiento político, una ideología política, que busca la dominación política de un territorio, sea por medios violentos, o sea mediante el juego democrático, pero siempre legitimándose desde la supuesta identidad nacional de cierta diferencia histórico cultural. Para construir esa identidad, manipula la cultura desde algún mito del origen. En esta recreación de la propia cultura y de la propia historia, en la invención de su propia tradición, no dudan en seccionar y amputar todo aquello que pondría en cuestión la supuesta identidad de la diferencia. Y necesariamente recortan la cultura y amputan la identidad colectiva, porque ninguna identidad colectiva regional está desligada del resto de las identidades españolas, ni puede desligarse sin perder parte de su propia sustancia. Por lo mismo, la ideología nacionalista se opone a la construcción de la necesaria cultura común.

Savater no acepta otro nacionalismo que el ilustrado: “la propuesta de Habermas para una identidad nacional fundada en la lealtad constitucional a los usos democráticos y a los derechos fundamentales de la persona (cuyo sujeto conocemos con precisión, a diferencia de los derechos colectivos del “pueblo” o la “nación”) es razonable, tan razonable que no sería razonable verla triunfar algún día” [4].

Frente a esta visión postnacionalista ilustrada, que sólo reconoce la 'comunidad jurídica' formada por los individuos ilustrados, ciudadanos de un Estado de Derecho, se alza la defensa de los nacionalismos que hace Rubert de Ventós en su obra anteriormente citada. Estamos ante una posición que considera fracasada la Ilustración y propone la vuelta “al pacto clásico de Atenea y a la revolución cristiana”. La bella armonía de la polis griega, pero con personas en lugar de personajes. No cabe seguir intentando desarrollar la razón ilustrada.

En efecto, el hecho psicobiológico del instinto de identificación, la necesidad natural en el hombre de identificarse con el grupo, sería la prueba de que el grupo es anterior al individuo, y de que el individuo ilustrado (que dejó tras de sí ese instinto) es un error evolutivo. Por otra parte, el fracaso del Estado moderno en todas sus formas sería un hecho histórico: el Estado liberal romántico (Hegel), porque derivó en fascismo, o en estalinismo marxista (Marx); y el Estado liberal (Locke), porque ha quedado reducido al Mercado. El hecho de este fracaso mostraría que el Estado moderno es otro error evolutivo. Las consideraciones de este autor, llenas de imaginación y sentimiento, adolecen, sin embargo, de la más elemental seriedad metodológica y crítica[5].

Ante este fracaso del individuo ilustrado y del Estado moderno, nos propone un inquietante imperativo de identificación del individuo inmigrante con la comunidad que le acoge, y una alucinante forma de Estado mínimo y ocasional, mero administrador de los imprescindibles asuntos públicos de la comunidad identitaria .En efecto, su imperativo categórico de identificación del individuo con el grupo se expresa en los términos: “Frente a ambos (el derecho de sangre que te hace alemán, y el derecho territorial que te hace francés) el imperativo categórico exigiría un “ius metecus” para el que la única obligación por ambas partes, inmigrante y país receptor, sería la disposición al mestizaje, es decir a la plena integración en él del individuo y su circunstancia --de su genotipo y de su fenotipo, de sus fantasmas ancestrales y de sus lares y penates domésticos”[6]. En lo referente a su ensueño de Estado, propone un Estado de cosas, “un conglomerado ocasional de funciones (civiles y militares, administrativas o económicas) que se pueden eventualmente separar y que no encarnan ningún destino manifiesto” [7]. Está ahí para limitar la libertad de los hombres, de manera que no puedan herirse. Su identidad no viene dada por el territorio, sino por su programa (el lenguaje y las funciones). Este autor entiende que semejante Estado sería una ficción, o un artefacto, como lo puedan ser las coordenadas cartesianas, o el concepto de fuerza magnética.

La sistemática de los nacionalismos, que presenta Rubert, se basa en una distinción acrítica y ahistórica de cuatro tipos de factores: A. Factores primarios del sentimiento nacionalista son la comunidad de sangre, raza, etnia, linaje: el territorio, así como la lengua, las tradiciones, usos, costumbres, y culto religioso; B. Factores inductores y generadores de un nacionalismo más amplio y -difuso, basado ya no sólo en “A”, sino en la participación y el intercambio, con una red de comunicación, economía mercantil, ciudades, monarquía centralizada, ejército moderno, (orden comunal o feudal), todo lo cual permite hablar de “nación”; C. Factores inducidos y derivados, que son los mismos de “A” y “B”, pero ya como superestructura orientada a la nacionalización. El mercantilismo económico, el Nebrijismo idiomático y la acción cultural con la que los nacionalistas hacen el Estado para que éste acabe de hacer la nación; D. Factores y efectos reactivos con los que configuran el síndrome de rechazo, los reflejos defensivos y la búsqueda de anclajes primordiales, que aparecen en las sociedades tradicionales frente a la modernización planificada por el Estado exportado.

La pretensión de que estos factores sean fases y permitan clasificar los nacionalismos españoles es muy discutible. Sabemos suficiente historia de España, y de sus nacionalismos, como para que cualquiera pueda contraponer, con no menor fundamento, que el tipo de factor “B” corresponde a la Nación española, mientras el tipo de factor “C” corresponde al desarrollo industrial de las periferias, al Pompeu Fabrismo idiomático, y a la acción cultural con que los nacionalistas intentan hacer la “nación”, que acabará por transformarse en Estado. El tipo de factor “D” quedaría para el nacionalismo del Estado nación que reacciona agresivamente contra la amenaza disgregadora de la modernización particularista.

No menos ideológica y discutible parece su afirmación de que los nacionalismos peligrosos son los de Estado, siendo, por el contrario, humanizadores e integradores los nacionalismos comunitaristas e identitarios de las naciones sin Estado. Como si los nacionalismos de “naciones” sin Estado sólo fueran peligrosos cuando han sido galvanizados por el nacionalismo de Estado, como si hubiera existido en España algún partido político nacionalista, que pretendiera conseguir una nación sin Estado. Muchas páginas de la historia reciente de España, en los siglos XIX y XX, podrían traer a su favor aquellos que ven las cosas exactamente al contrario, e. d.. aquellos que perciben al nacionalismo de los Estados nación como un necesario elemento civilizador e integrador, reconociendo que este nacionalismo se vuelve agresivo y descontrolado, e. d. peligroso, cuando es expansionista, o cuando reacciona contra nacionalismos particularistas que amenazan con desintegrar la Nación.

Parece también problemático hablar de “nación” sin Estado donde no hay un fundamento racial y étnico, basado o no en integrismos religiosos, o, por defecto, en un fundamento territorial. En el presente, la organización territorial del planeta depende de los Estados y la diferencia lingüística y cultural de pueblos de pueblos, que han compartido durante siglos un mismo Estado, y que tienen raíces culturales y lengua común, no es fundamento suficiente para hablar de “nación” en sentido político, sino sólo en sentido cultural. Por ello los nacionalismos, que se apoyan en estos elementos, se orientan a la dominación del territorio mediante la autoafirmación como Estado dentro del Estado (en cuyo territorio se ubican), sea tendiendo a reconstituirse en éste como en una federación de Estados, sea tendiendo a la secesión para constituirse en Estado independiente. Las Comunidades Autónomas españolas, que son naciones culturales, podrán considerarse naciones políticas, sólo si se reconoce su soberanía sobre su territorio, si se las reconoce como Estados. Semejante reconocimiento conmovería la Constitución vigente del 78 en sus cimientos, es decir, en su Título preliminar. Las diferencias culturales y lingüísticas sólo permiten reconocer naciones culturales, no naciones políticas, con o sin Estado. Tampoco es viable fundamentar la existencia de la nación en el supuesto sentimiento nacional[8].

Rubert se muestra incapaz de comprender la asimetría real entre una nación cultural, reconocida como nacionalidad histórica en un Estado autonómico, y el Estado nación descentralizado del que aquella forma parte. Así, en su obra el Laberinto de la Hispanidad contrapone Cataluña a España, identificada con Castilla, en una visión ahistórica y provinciana de los cinco siglos de historia de la Nación española[9]. A este autor, el árbol no le deja ver el bosque; una impostura que, por lo demás, afecta a todos los que se empeñan en nutrir su visión de España con fuentes periféricas excluyentes. El comunitarismo identitario del nacionalismo defendido por Rubert apuesta por la regionalización de la cultura como vía para humanizar la tecnocultura y para hacer las ciudades y los pueblos habitables. Este comunitarismo utópico, unido a su contraposición ahistórica y provinciana de la cultura catalana y la cultura española, y a su percepción de la lengua española como lengua extranjera[10], hace inviable el desarrollo de una cultura común.

Victoria Camps no ha creído en las virtualidades de ese comunitarismo utópico nacionalista, y ha puesto su dedo en la yaga de lacras reales de las comunidades nacionalistas, como la inmadurez, los encubrimientos, el clientelismo de mediocres, los motivos ocultos y la inclinación al desvío, y, sobre todo, la esterilidad. Esta autora parece haber retirado su confianza a los nacionalismos, cuya aportación positiva a los problemas del siglo xx le parece más que dudosa.

En el presente disponemos ya de una gran cantidad de conocimientos históricos parciales[11], así como de acercamientos ideológicos a los nacionalismos españoles; sin embargo, no existen obras de conjunto aceptables, que tomen posición ante ellos y den base a debate necesario sobre su pasado y su futuro. Creo que para valorar históricamente los nacionalismos españoles, que no deben ser de entrada ni demonizados, ni levantados a los altares, conviene tener en cuenta dos criterios, que yo llamaría de integración y de modernización: a. Criterio de Integración, dado por la medida en que contribuyen a incrementar la participación política y la integración social de los ciudadanos españoles, al hacer una política más próxima y más eficiente; b. Criterio de Modernización dado por la medida en que contribuye a modernizar la sociedad española, al acercar la cultura moderna a los ciudadanos, y, en consecuencia, al hacerla más humana. La proximidad a los ciudadanos puede hacer conectar la cultura con su sensibilidad y su capacidad para lograr una modernización profunda, así como una integración diferenciada, de la sociedad española


Notas

[1] GINER, S., Con solución de continuidad :¿El ocaso de la cultura nacional?; Revista de Occidente 77 (1987): 5-15.

[2] SUBIRATS, E., Después de la Lluvia. Sobre la ambigua modernidad española. Temas de Hoy. Madrid 1993, p. 145.

[3] De la misma manera que no me convenció su tratamiento de la Ilustración española, La Ilustración insuficiente o, peor aún, aparente, tampoco me parece adecuada su crítica a Ortega y Gasset: ni el raciovitalismo es un collage de elementos modernizantes y tradicionalistas, ni la España invertebrada y los escritos políticos de Ortega dejan de aportar un instrumental analítico, que ha dado una solución conceptualmente definida al dilema cultural y político, planteado por regionalismos y nacionalismos; ni el elitismo de Ortega es un aristocratismo antimoderno. Voy a decir tres palabras sobre el pensamiento de Ortega.
El raciovitalismo es una recepción auténtica de fenomenología, muy próxima a la de Heidegger en su ¿Qué es filosofía? (1929), y que, en sus lecciones posteriores a la Guerra Civil española, va derivando hacia un vitalismo existencial, hacia una forma propia de existencialismo. La España invertebrada, como el propio autor reconoce, no tiene en su base un conocimiento histórico detallado, del que por lo demás no se disponía entonces, pero sí de elementos contrastados del Regeneracionismo (Costa, Picavea, etc), y de la experiencia política (plan Silvela del 91, y desarrollo de Maura 1914), que le convierten en el punto de referencia más luminoso para interpretar el regionalismo y el individualismo español. El Estatuto del 32 es deudor de Ortega; pero sobre todo la concepción del “Estado de las autonomías de la constitución del 78” es un desarrollo de los planteamientos de Ortega en sus escritos políticos, desde el trasfondo teórico de aquella obra.
ANDRÉS DE BLAS en su obra El nacionalismo español (Centro de Estudios Constitucionales. Madrid 1989, pp. 59-77, hace un desafortunado tratamiento de la concepción de los nacionalismos y de la nación en Ortega. En cambio en su obra Tradición republicana y nacionalismo español (Ed. Tecnos. Madrid 1991, p. 86) tiene esa afortunada referencia, en la que reconoce la importancia del pensamiento de Ortega en el Estatuto del 32 y en la Constitución del 78. Este autor hace un tratamiento del pensamiento nacionalista centralista, al no tomar en consideración a la vez las perspectivas de los distintos nacionalismos españoles. Su posición, sin embargo, es moderada y centrada
La concepción orteguiana de nación, que distingue elementos inerciales (etnia y sangre, lengua y cultura, sentimientos y costumbres, tradiciones en sentido amplio) y el elemento dinámico, el que se dice con propiedad nación (“un proyecto ilusionante de vida en común”), nos lleva a pensar con Ortega que España puede y debe seguir siendo nación para los españoles. Por lo mismo, tampoco hemos de menospreciar su Meditación sobre Europa, pese a las limitaciones, reconocidas por él mismo, de conocimiento histórico.
En fin, en cuanto parte de su concepción de la historia, el elitismo de Ortega ha de entenderse como un sucederse de generaciones, y en relación al papel dinamizador y modernizador propio de las élites. Ortega contaba con el hombre medio, que marca el nivel real de una sociedad, pero no esperaba de él modernización, sino receptividad a los agentes de la misma.

[4] SAVATER, F., El mito nacionalista. Alianza cien. Madrid 1996, p. 26.

[5] Como una muestra del “rigor metodológico” con que “estudia” y despacha el Estado moderno, puede citarse el motivo de fondo que le lleva a afirmar que el Estado liberal es hoy por hoy el Mercado: una revelación que le sorprendió en una experiencia como eurodiputado en Bruselas. En efecto, al pedir el reconocimiento del catalán como lengua comunitaria, y sólo obtener un reconocimiento comunitario del catalán, no obtuvo otra justificación sino la explicación, por los términos digo yo que privada, de que no se podía sostener el gasto derivado del reconocimiento de las lenguas regionales de Europa. La prioridad del mercado frente al reconocimiento democrático de las culturas regionales pondría de manifiesto que los Estados actuales se reducen a los Mercados que estabilizan.
Lo sorprendente para mi en este libro de Rubert, entre otras cosas, y a parte de la conclusión obtenida, es que se mencione al Estado de Derecho sólo en una ocasión, y precisamente cuando sueña, entre sueños, con su forma de Estado. Como si no existiesen los Estados de Derecho. No encontramos una discusión teórica e histórica de las formas de Estado y ciudadanas suficiente, como para poder seguir a este autor en su rechazo de la Ilustración.

[6] RUBERT DE VENTÓS, X., Nacionalismos. El laberinto de la identidad. Espasa hoy. Madrid 1994., p. 224.
[7] RUBERT DE VENTÓS, X., Nacionalismos..., p. 114.

[8] En estos tiempos de internacionalización de la economía y de tránsito de personas y de mercancías en mercados comunes, el sentimiento de identidad nacional es subjetivo y superficial de no estar enraizado o injertado en raíces étnico-religiosas o territorial-religiosas. En España, donde no cabe hablar ni de lo uno ni de lo otro, el sentimiento de identificación nacional parece ser muy complejo y diversificado, como se desprende de una reciente investigación sociológica publicada por el Centro de Investigaciones Sociológicas La conciencia nacional y regional en la España de las Autonomías (Madrid 1994). Mientras el 14 % de la población española (el 44 % en Cataluña, el 33 % en el País Vasco) identifican su comunidad como nación, el 84 % la identifica como región. El 52 % de la población española (el 36 % en Cataluña, el 35 % en el País Vasco) tienen una identificación dual. Para complejidad la de la población navarra, donde el 28 % de la población se identifica como española, el 23 % como navarra, el 6 % como navarro española, el 9 % como vasca, y el 29 % como vasco navarra. En 1990 el 45 % de la población española se decide por una Identificación media con nacionalismos o regionalismos, el 30 % por una identificación alta, y el 15 % por un identificación baja. Se observa que quienes escriben y hablan catalán o vasco se identifican con esa nacionalidad cultural.

[9] En efecto, esquematiza los cinco siglos de historia de la Nación española como sigue: 1. Separatismo castellano del siglo XVI: desde Felipe II, Castilla se despreocupa de Cataluña, de su crisis demográfica o de la anarquía que crece en su seno, y defiende las nuevas tierras como patrimonio castellano; 2. El separatismo catalán del siglo xvii: Cataluña se recupera y vence a Olivares; 3. La Guerra de Secesión: Francofilia castellana y francofobia catalana: Afrancesamiento castellano e Ilustración. Y rechazo de Cataluña. Decretos de Nueva Planta; 4. Enfrentamiento en el siglo XIX entre liberalismo castellano de funcionarios conversos, militares populistas y constituciones radicales, y un tradicionalismo entre pragmático y reaccionario en Cataluña (contrapunto de estos enfrentamientos serían la derecha catalana y sus pactos, para conseguir aranceles y legitimarse frente a Madrid, pese a saber de su imposible cumplimiento).

[10] El premio Anagrama de ensayo en 1973, Rubert de Ventos, dice estar haciendo traducción simultánea en la escritura de este ensayo.

[11] Francesc Mercadé y Francesc Hernández han publicado una selección bibliográfica amplia dedicada al nacionalismo y que abarca hasta el año 1982 [Bibliografía sobre la cuestión nacional: Revista internacional de Sociología 45(1982)75]. Los trabajos de autores como José Álvarez Junco, Juan Pablo Fusi, Andrés de Blas, José María Jover, Juan Linz, Stanley G. Payne, Antonio Elorza, Javier Corcuera, José Luis Granja, Pierre Vilar, Borja de Riquer, José Acosta Sánchez, Isidro Sepúlveda, Ramón Maiz, Ramón Villares, etc, nos ponen en camino de la investigación sobre.los nacionalismos españoles.

© Gerardo Bolado Transición y recepción: La Filosofía Española en el último tercio del siglo XX. Santander: Sociedad Menéndez Pelayo / Centro Asociado a la UNED en Cantabria, 2001. Edición digital autorizada para el Proyecto Ensayo Hispánico. Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez.

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