Teoría, Crítica e Historia

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Gerardo Bolado

Transición y recepción: La Filosofía Española
en el último tercio del siglo XX
.

 

CAPÍTULO 4.4

La generación de Filósofos Jóvenes
y el triunfo de la analítica

La generación de filósofos jóvenes, rupturistas con su propio pasado cultural y filosófico, orientó de manera decidida a la filosofía académica española hacia corrientes contemporáneas analíticas y dialécticas, postestructuralistas y hermenéuticas. Convencidos de no depender de ninguna tradición filosófica propia digna de consideración, ni de ninguna clave historiográfica o hermenéutica para interpretar de manera adecuada las tendencias del presente, se aplicaron al estudio, traducción y comentario de autores analíticos anglosajones y dialécticos alemanes, franceses y centroeuropeos, en orden a normalizar la institución filosófica en España.

El predominio creciente de la generación de filósofos jóvenes en la institución filosófica española, coincidiendo con el dominio socialista en la democracia española, traería consigo el predominio de la filosofía analítica y de la consiguiente interpretación analítica de las relaciones entre la filosofía y las ciencias. Ni las críticas contra la analítica lanzadas por autores irracionalistas[1] del grupo, como Savater o Rubert de Ventós, ni las discusiones de la primera mitad de los años setenta entre analíticos y dialécticos, tanto los marxistas como los buenistas, seguidores de la teoría del cierre categorial, serán obstáculo a que la lógica y la filosofía de la ciencia de orientación analítica se vayan consolidando en universidades, congresos y publicaciones, hasta establecerse las correspondientes sociedades filosófico científicas.

De hecho, Tierno Galván, y Sacristán situaban la dialéctica en la práctica, como algo extrínseco a la lógica y a los métodos teóricos de las ciencias. Lógica y dialéctica no son compatibles desde el punto de vista teórico. Valeriano Bozal, siguiendo a aquellos, veía la dialéctica como algo extrínseco a la ciencia, como el método de la praxis empeñada en hacer compatible la actividad científica con la totalidad concreta, con la vida humana[2]. La oposición de Quintanilla[3] a la concepción analítica de la filosofía, en concreto a la filosofía de la ciencia positivista, con su propuesta de una teoría materialista de la ciencia, en línea con la concepción del cierre categorial y con la visión materialista de la historia, tampoco logró ganar claridad ni acogida. Por otra parte, el éxito de la Transición democrática en España, el irse haciendo efectivo mal que bien del Estado de Derecho, la llegada de la oposición al poder, todo esto corrió paralelo con el predominio de la socialdemocracia y del libertarismo en la práctica, con la consiguiente reducción del marxismo y del anarquismo. La tecnología, la economía, la sociología, la historia y sus ciencias serán objeto de reflexión por algunos autores procedentes del marxismo analítico.

Por otra parte, el tiempo mostró que la propuesta de complementariedad entre razón dialéctica y razón analítica, hecha por Garrido en su artículo Metafilosofía del racionalismo, era más bien una fórmula retórica conciliadora, no tanto una hipótesis de trabajo fructífera. Así mismo, la revisión de los esfuerzos de algunos lógicos (Baer, Rogowski, Günter, Kosek, Gauthier) en formalizar la dialéctica hegeliana, por parte de Velarde Lombraña[4], no habían descubierto resultados para hablar con propiedad de lógica dialéctica. Como tampoco tuvieron repercusión en la discusión otros estudios de la dialéctica idealista hechos desde la historia de la filosofía, como Del yo al nosotros de Ramón Valls, o el estudio de Spinoza por parte de Vidal Peña.

Javier Muguerza, de las personalidades más carismáticas de este grupo, adoptó una de las posiciones de salida más determinantes en la discusión entre analíticos y dialécticos. Análisis es una actividad teórica que se ha concretado en una serie de métodos lógicos formales e informales[5] con un alcance limitado y que dejan las cosas como están; pero no cabe hablar de razón analítica, sino de métodos analíticos de la razón en su uso teórico. Dialéctica es la práctica negativa de quien se opone y critica para cambiar las cosas; pero no cabe hablar de ninguna razón dialéctica, sino de razón práctica. Ni ninguna información o teoría puede determinar el uso práctico de la razón sin incurrir en la falacia naturalista o en alguna suerte de neonaturalismo. Los métodos de la filosofía teórica son lógicos, analíticos, en ellos no cabe hablar de dialéctica, ni puede haber ningún método analítico capaz de asumir la negación dialéctica. Los métodos de la filosofía práctica tienen que asumir la negación de la oposición y la crítica, en otras palabras, la dialéctica es cosa de la razón práctica. La razón práctica tiene autonomía con respecto a la razón teórica.

Las cosas para Muguerza estaban claras de entrada, la dialéctica es negativa, análisis en sentido estricto es lógica formal, aunque su alcance sea limitado, y no hay manera teórica ni práctica de compatibilizar ambos. Lo que verdaderamente le interesaba, era mostrar la insuficiencia del análisis en el uso práctico de la razón; de manera especial, se aplica en desenmascarar el carácter falaz y reductor de la razón instrumental propuesta por Mosterín, para delimitar la racionalidad de la acción humana como campo específico de reflexión filosófica, como objeto de la filosofía moral. El proyecto de razón instrumental comete la falacia naturalista, al pretender que la razón práctica sea una teoría lógico matemática de la decisión fundada en la razón teórica, y es reductora al confundir la racionalidad de medios con la racionalidad de fines o de valores. La razón instrumental propuesta por Mosterín es una tentación tecnocrática de la analítica.

Sin esperanza, desde la perplejidad más adelante, Muguerza ha hecho predominar en la escena filosófica española una filosofía moral, que parece haber pasado del primado de la acción al primado de la razón práctica, cuando no a la reducción de la filosofía a moral, y que, desde el dogma de la falacia naturalista, ha abierto un discurso de racionalidad específicamente moral, el ámbito propio de los valores decisivos en la praxis humana, no sólo frente a las ciencias y técnicas naturales, sino frente a ciencias y técnicas históricas y humanas. Aunque no pertenezca directamente a nuestra perspectiva, menciono esta filosofía práctica, a la que me referiré más adelante, porque nos conviene tener en cuenta tanto su predominio, como el hecho de haber sido desarrollada por los filósofos morales en el área de “Filosofía del derecho, moral y política”, al margen del área de los lógicos y filósofos de la ciencia.

Miguel Ángel Quintanilla terció en la discusión de la racionalidad práctica con un escrito A favor de la razón[6] en el que se pone del lado de la razón instrumental de Mosterín y considera irracionalista y abstracta a toda filosofía práctica que, desarrollada al margen de la racionalidad tecnológica, entre en contradicción con su criterio de eficiencia o poder de realización. Aquí caracteriza los sistemas tecnológicos, siguiendo la ontología de Mario Bunge, como “un sistema de acciones (generalmente cooperaciones múltiples) planificadas, algunas de las cuales utilizan artefactos como instrumentos” y discute el problema de la racionalidad de la acción concluyendo que un sistema de acciones es racional si puede ser objeto de un sistema tecnológico. En La utopía racional, M. A. Quintanilla complementa su opción por la racionalidad tecnológica con la propuesta de compromiso político con la utopía socialista de un Estado social de Derecho. La racionalidad tecnológica es un instrumento en manos del poder político, del Estado, que puede y debe utilizarla en pro de los valores constitucionales que le legitiman. En este contexto cabe una filosofía práctica ocupada de la racionalidad de valores [7].

Miguel Ángel Quintanilla es uno de los autores decisivos al hablar de la recepción de lógica y de la filosofía de la ciencia y la tecnología en estos últimos 25 años, uno de los autores determinantes de su generación en estos campos. Ha desarrollado su labor tanto mediante la docencia y la participación en congresos, como a través de sus publicaciones, que incluyen comentarios de corrientes, manuales, artículos y traducciones. Su obra y su labor editorial es un buen reflejo del avance en la recepción de estas materias. Por otra parte, es importante su labor como director de la revista Arbor, a la que dotó de una línea y de gran nivel, así como su participación como subdirector en la segunda navegación de Theoria. Por otra parte, su actividad política como senador del PSOE le ha colocado en importantes cargos, como el de Secretario de Estado para Universidades, con el consiguiente conocimiento directo tanto de la institución científica y filosófica española, como de nuestro sistema de ciencia y tecnología. De aquí también su creciente interés, mediados los años ochenta, por el sistema español de ciencia y tecnología y la puesta en marcha, desde el área de Lógica y Filosofía de la ciencia de la Universidad de Salamanca, junto con Fernando Broncano entre otros, de un proyecto de filosofía de la tecnología positiva[8], efectivamente ocupado con la determinación de variables que permitan medir y dinamizar nuestro sistema.

En 1980 publicó Aplicaciones del algebra de Boole al análisis de teorías y en 1981 su manual Fundamentos de lógica y teoría de la ciencia, en el que parecen quedar atrás algunas de sus propuestas de los años setenta. Se observa un acercamiento al pensamiento de Mario Bunge, con el que pasará a interesarse también por la filosofía de la tecnología. La ciencia se entiende en ese manual ante todo como un sistema deductivo, y la lógica, en cuanto teoría de los sistemas deductivos, viene a ocupar un lugar esencial en la teoría de la ciencia. De hecho este manual de teoría de la ciencia, aunque alude brevemente a los presupuestos ontológicos, epistemológicos y metafilosóficos de la teoría de la ciencia, se limita a exponer la lógica matemática en cuanto teoría de sistemas deductivos. Se considera que no hay ningún método específico de la filosofía, sino que ésta tiene que hacer suyos los rasgos del método científico: análisis, construcción conceptual (teoría de conjuntos, etc) y la discusión crítica (provisionalidad, etc). La filosofía debe dar continuidad a las ciencias y hacerse desde éstas, de manera que sea adecuada y compatible con ellas. A. Hidalgo recensionó duramente este manual en El Basilisco[9].

En escritos posteriores, El concepto de verdad parcial y Temas y problemas de la filosofía de la ciencia (I) y (II)[10], ha perfilado su concepción de la filosofía de la ciencia como análisis y fundamentación de la estructura de las teorías científicas. Sus presupuestos epistemológicos serían la crítica, el realismo y el monismo. La lógica formal y la semántica serían sus métodos de análisis. La fundamentación se refiere a la evaluación de teorías, en la que entran en juego también los aspectos pragmáticos. En este punto se entiende que explicar es deducir, que el problema de la verdad es el problema de los método correctos de evaluación, que el problema del aumento del conocimiento se aborda comparando teorías en relación a determinados tipos de problemas y abandonando la idea platónica de un conjunto de enunciados verdaderos, por la de un conjunto borroso de enunciados.

Quintanilla ha sido partidario de que la teoría de la ciencia no pierda su tensión filosófica ni el contacto directo con las ciencias, de aquí su tendencia interdisciplinar, que convierte los congresos de teoría de la ciencia en foros de encuentro y diálogo entre científicos y filósofos, no en reuniones endogámicas de especialistas en filosofía de la ciencia que han acotado un campo y han perdido su contacto con las teorías científicas y sus creadores y exponentes; idea esta compartida por Gustavo Bueno, Sánchez Mazas, Mosterín, entre otros. En esa línea ha organizado algunos congresos desde su departamento en la Universidad de Salamanca.

En el debate entre cultura humanística y cultura científica, este catedrático de Salamanca ha insistido en el valor cultural de la ciencia y de la tecnología en sociedades como las nuestras, dominadas por la racionalidad tecnológica. La normalización de la vida ciudadana exige que la educación incorpore la cultura científico técnica. No se puede pretender humanizar la cultura desde posiciones historicistas, sean hermenéuticas o filológico historiográficas, sino en una confrontación de los valores humanos con las exigencias de la racionalidad tecnológica. La mediación de la cultura científico técnica es una exigencia para cualquier humanismo contemporáneo, y, en este sentido, hay que tomar en consideración la orientación cientista llamada tercera cultura, que tiene en Sánchez Ron a uno de sus exponentes más destacados entre nosotros.

Además de sus abundantes trabajos de estudio y medición con el grupo EPOC, dedicados al sistema español de ciencia y tecnología, ha planteado una filosofía de la tecnología en distintos escritos, siendo su obra más sistemática Tecnología. Un enfoque filosófico[11], donde expone una ontología, una epistemología y una axiología de la técnica. Entiende por tecnología un sistema intencional de acciones orientado a la transformación de objetos concretos para conseguir de forma eficiente un resultado valioso. En este autor se pone de manifiesto el desplazamiento del interés en muchos lógicos y filósofos de la ciencia hacia la filosofía de la tecnología desde mediados de los ochenta, La filosofía de la tecnología ha ido ganando un número considerable de especialistas entre autores más jóvenes [12].

Jesús Mosterín es otro de los autores decisivos para reconstruir el avance de la concepción analítica de las relaciones entre la filosofía y las ciencias entre nosotros. Este profesor enseñó lógica matemática desde la segunda mitad de los sesenta en la universidad de Barcelona, y fue colaborador asiduo de Teorema. Caracteriza a este autor el rigor y la claridad expositiva en temas de gran aridez y dificultad. Resultado de su aprendizaje con Hans Hermes en Münster, y de su propia docencia universitaria, es su manual de Lógica de primer orden(1970), que abre la serie de manuales españoles de los años setenta, y en el que se expone el cálculo de Kalish y Montague (1964), y una versión rigurosa de la semántica tarskiana de los formalismos de primer orden. Una considerable influencia tuvo también su estudio de la Teoría axiomática de conjuntos (1971).

La lógica matemática es una ciencia independiente, piensa Mosterín, con un cuerpo de conocimientos consolidados y en continuo incremento. Aunque dispone de lenguaje matemático, los lógicos que la han desarrollado y desarrollan proceden tanto del campo de la matemática como de la filosofía. Considera, además, que la lógica y la teoría de conjuntos son los instrumentos de análisis básicos en la metodología de la filosofía de la ciencia y en la filosofía del lenguaje.

Resultado de una recopilación de sus artículos de los años setenta y principios de los ochenta es su texto de filosofía de la ciencia Conceptos y teorías en la ciencia (1984), en el que estudia la estructura de los conceptos científicos, la taxonomía formal, la estructura de las teorías matemáticas y físicas, el método axiomático, el concepto de modelo, algunos problemas en torno al concepto de función, etc. Esta obra introduce en temas arduos y difíciles como la definición, la clasificación, la teorización, la noción de modelo, etc, con un claridad y un rigor notables. En el prólogo de esta obra cree que no ha llegado el momento de sintetizar los trabajos de los años setenta, desarrollados para superar la crisis causada, en la concepción heredada, por los estudios de Hanson Toulmin, Kuhn, etc. Todavía a finales de los años ochenta consideraba que, a diferencia de lógica, que estaba bien establecida como ciencia matemática, la filosofía de la ciencia seguía dando tumbos y demasiado alejada de la ciencia.

Su teoría analítica de la racionalidad en Racionalidad y Acción humana(1978) es una propuesta tecnocrática ciega ante los objetivos jurídico políticos de justicia, para no hablar de las exigencias morales. Los juicios morales, según Mosterín, son expresión de emociones. El concibe la racionalidad como una capacidad caracterizada por ser lingüística, lógica, evaluadora y optimizadora. Considera como primaria y determinante a la racionalidad teórica, que tiene como condiciones formales la coherencia, la clausura (aceptación de todas las consecuencias) y probabilidad (compatible con la teoría de la probabilidad), y como condiciones materiales el adecuarse a las observaciones sensibles y a las teorías científicas establecidas. En lo referente a la racionalidad práctica, determinada por la teórica, debe cumplir las condiciones formales siguientes: la programación lineal en las decisiones bajo condiciones de certeza, la regla de Bayes (maximiza tu utilidad esperada, utilidad esperada es el sumatorio de la función de utilidad de las consecuencias posibles u(c) por su probabilidad p(c)) en las decisiones bajo condiciones de riesgo; emplea las reglas disponibles p. e. MAXIMIN (minimiza el máximo riesgo), o MAXIMAX (maximiza la máxima utilidad). Dado que el sujeto no siempre sabe lo que quiere, hay que aceptar condiciones materiales de la racionalidad práctica, que serán condiciones biológicas, determinadas por la biología, como el placer y el dolor, o la autosatisfacción. Si generalizamos a toda la vida (individual o social) generalizamos la estrategia de maximización de la felicidad a lo largo de toda nuestra vida.

A partir de los años ochenta Mosterín se ha venido ocupando de manera versátil en otros proyectos como la Historia de la filosofía (El pensamiento arcaico, La filosofía oriental antigua, La filosofía griega prearistotélica, Aristóteles, El pensamiento clásico tardío), una por fuerza excéntrica Teoría de la escritura (1993). y una Filosofía de la cultura (1993), que define la cultura por analogía con la genética y en sentido amplio (aplicable a animales, homínidos y hombres) como información transmitida por aprendizaje social. Si la naturaleza es lo vital y problemático, la tecnocultura es la solución y la vía hacia una cultura universal tolerante con las diferencias. Se interpreta la cultura, en analogía con la información genética, como un mundo autónomo de información (menes), que ha de responder y adecuarse a las exigencias de la naturaleza. La racionalidad científico técnica, que juega un papel decisivo en la (tecno)cultura, se impondrá, como una extensión, en la medida en que los individuos la hagamos nuestra. En este biologismo reduccionista no se diferencia cualitativamente lo histórico social, ni lo jurídico político, menos aún lo moral, como propios de la cultura humana. Desde el año 1999 Mosterín ha puesto en marcha y dirige una escuela de filosofía de la ciencia en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, que ofrece un curso de verano de una semana de duración.

El matemático, filósofo de la matemática, catedrático de lógica y filosofía de la ciencia en la Universidad de Valladolid, Javier de Lorenzo ha colaborado asiduamente en congresos, publicaciones y grupos con la comunidad de lógicos y filósofos de la ciencia. Tanto estas colaboraciones, como sus obras dedicadas a teoría de conjuntos, teoría de modelos, o a otros temas de lógica y fundamentos de las matemáticas han jugado un papel digno de mención en esta historia[13].

Por su vinculación al desarrollo de la filosofía de la ciencia en España, voy a referirme también al autor venezolano Ulises Moulines, que estudió en Barcelona, aunque pronto pasó a desarrollar su carrera académica en Munich. En consonancia con su programa estructuralista de filosofía de la ciencia, considera que esta filosofía es una actividad de segundo orden, una metateoría que tiene como objeto a las teorías científicas; por ello, no ha de ser confundida con la psicología o la sociología de la ciencia, que se encargan de los científicos o de las instituciones científicas y los valores que las presiden.

La filosofía de la ciencia es una ciencia de la cultura que busca analizar las teorías científicas para reconstruir con precisión su estructura propia. Para ello se vale de la lógica formal, pero también de la teoría de conjuntos y de la teoría de modelos. Dos serían las tareas del análisis o interpretación de la filosofía de la ciencia: por un lado, reconstruir rigurosamente las estructuras de las teorías científicas, y, por otro, definir el marco suficiente para reconstruir las relaciones entre las distintas teorías científicas. La ciencia es una red de teorías científicas, el filósofo de la ciencia no sólo tiene que reconstruir las estructuras de las distintas ciencias, sino reconstruir los holones o familias de teorías en base a las relaciones que hay entre ellas. El programa propuesto por este autor[14], tan claro y atractivo, han tenido una difusión considerable entre nosotros.

A finales de los años setenta, según E. Bustos[15], había tres núcleos donde la concepción analítica estaba establecida, y donde se aplicaban, a la filosofía de la ciencia y a la filosofía del lenguaje, los métodos de la lógica de primer orden, semánticos y teoría de conjuntos, además de métodos de análisis del lenguaje ordinario: la Universidad de Valencia, Universidad de Barcelona y Universidad Autónoma de Madrid. En Valencia, en torno a Garrido, que con R. Beneyto enseñaba métodos lógicos, se enseñaba filosofía del lenguaje (García Suárez, L. Valdés) y filosofía de la ciencia (J. Sanmartín). En filosofía del lenguaje se utilizaba el segundo Wittgenstein, sobre el que García Suárez publicó La lógica de la experiencia. Wittgenstein y el problema del lenguaje privado (1976), así como el análisis pragmático de J. L. Austin y J. Searle. En Barcelona los discípulos de Mosterín imponían en filosofía de la ciencia una línea de análisis basada en la lógica y en teoría de conjuntos, mientras la filosofía del lenguaje era desarrollada principalmente por D. Quesada, conocedor de la obra de Montague y autor de un libro pionero La lingüística generativa transformacional: supuestos e implicaciones (1974), y por el divulgador de la obra de Hintikka J. J. Acero. En filosofía de la ciencia hay que destacar al ya mencionado U. Moulines quien ganará seguidores del estructuralismo en la Universidad de Barcelona, de Santiago de Compostela y del País Vasco. En la Universidad Autónoma de Madrid Alfredo Deaño, prematuramente muerto en estos años, con influyentes obras Introducción a la lógica formal, El resto no es silencio, Filosofías de la lógica. Pero no hay que olvidar la labor de M. A. Quintanilla en Salamanca, a la que me he referido con anterioridad.

En los años ochenta, como supo ver desde el año 82 Alberto Hidalgo, se asistió a un avance en la institucionalización de la filosofía de la ciencia, por las cátedras de filosofía de la ciencia, por el aumento del número de cultivadores de este campo, por la publicación de obras generales de esta especialidad, responsabilidad de autores españoles[16]. Se van creando facultades de filosofía y se forman grupos de profesores e investigadores: U. Complutense de Madrid (J. Hierro Sánchez Pescador, M. Garrido), Granada (J. J. Acero), Santiago de Compostela (R. Beneyto), Málaga (P. Martínez Freire), Salamanca (M. A. Quintanilla, Muñoz Delgado, Pérez Laborda), La Laguna (J. Chamorro), Oviedo (Gustavo Bueno, Velarde Lombraña, A. Hidalgo; más adelante, García Suárez), Universidad del País Vasco en San Sebastián (Sánchez Mazas en lógica, V. Sánchez Zavala en Filosofía del Lenguaje, J. Echeverría en Filosofía de la Ciencia, Víctor Gómez-Pín). El área de Lógica y Filosofía de la Ciencia tenderá a afianzarse como departamento en las facultades de filosofía tras la LRU y ganará un amplio número de estudiantes, que se incorporarán a los grupos de investigación y a la docencia en estas materias.

En los años ochenta aparecen también los primeros tratados generales de filosofía del lenguaje. Fruto de diez años en la docencia de la filosofía del lenguaje en la Autónoma, primero, en la Complutense de Madrid después, José Hierro S. Pescador publicaba en 1980 su visión general y sistemática de esta materia en dos volúmenes con el título Principios de Filosofía del lenguaje. Teoría de los signos, Teoría de la gramática, Epistemología del lenguaje. La constitución de la lingüística, la nueva conciencia lingüística de la filosofía, entre otras razones, motivarían el interés de la filosofía por el lenguaje. En esa obra, Hierro intenta sintetizar, sin descuidar cuestiones metodológicas, las aportaciones de las distintas ciencias del lenguaje, como la Lingüística, la Lógica, la Semiótica, y la Sociolingüística. En el segundo volumen estudia la cuestión del significado en distintos autores desde Frege hasta Quine. Por otra parte, J. J. Acero, Daniel Quesada y E. Bustos publicaron en 1985 un influyente tratado sistemático de temas y problemas de filosofía del lenguaje, sin eludir su relación a la lingüística, con el título Introducción a la filosofía del lenguaje. José Lluis Blasco y Francisco Vera publicaron una Filosofía de lenguaje: bachillerato lingüístico en 1988. El profesor de la Pontificia de Salamanca, Vicente Muñiz, publicó por estos años en Anthropos su Introducción a la filosofía del lenguaje. En 1987 E. Bustos publicó en la UNED Filosofía contemporánea del lenguaje, I, (Semántica filosófica), y una Introducción histórica a la filosofía del lenguaje; su Filosofía contemporánea del lenguaje, II, (Pragmática) (1992). En Abril de 1995 se estableció la Sociedad Española de Filosofía Analítica (SEFA) presidida por Carlos Moya (U. Valencia) y con J. J. Acero como Vicepresidente[17]. Alfonso García Suárez publicó en Tecnos su Modos de significar: una introducción temática a la filosofía del lenguaje(1997).

En 1984 ganaba José Sanmartín la primera cátedra de Filosofía de la ciencia abierta en España, la de la Universidad de Valencia. El había estudiado lógica con Garrido en Valencia, donde presentó su trabajo de licenciatura dedicado a The Consistency of the Continuum Hypothesis de Kurt Gödel. Amplió estudios en Erlangen, con los constructivistas Lorenzen y Thiel, investigando la posibilidad de una aproximación constructuvista al método del forcing de Cohen, de donde resultaría su obra Una introducción constructiva a la teoría de modelos (1978).

Sin embargo, desde su interés por la filosofía de la biología (Gould, Lewontin) desarrolló un enfoque distinto de la filosofía de la ciencia, que no se limita al análisis sea axiomático o sea estructural de las teorías, ni tampoco al estudio psicológico o sociológico de la evolución de las teorías, sino que hace centro de atención las cuestiones éticas y los problemas sociales que lleva consigo el sistema de ciencia y tecnología en el que se inscribe la práctica científica. Desde una concepción espistemológica que ve las teorías como mera representación lingüística del sistema efectivo de ciencia y tecnología, plantea una filosofía crítica de la ciencia que considera su entramado económico político y critica sus consecuencias éticas y sociales. Esta teoría crítica no es ideológica, no se hace desde ninguna teoría o doctrina filosófica, sino científica, es decir en base a métodos y teorías científicas. La filosofía crítica de la biología es uno de los centros de interés de este autor[18].

Si en su obra Filosofía de la Ciencia (1983) distingue la concepción dinámica de la ciencia (Popper, Lakatos, Kuhn, Toulmin, Feyerabend) que pretende descubrir las reglas que sigue el cambio científico, de la concepción estática (Carnap, Suppes, Sneed) que busca clarificar las aserciones empíricas y las relaciones lógicas entre las teorías; en su artículo Un panorama crítico de las principales concepciones actuales de la filosofía de la psicología (1984) llega a ordenar dichas filosofías en base a tres coordenadas normativismo-reconstruccionismo, sintactismo-semanticismo, convencionalismo-referencialismo. Así, por ejemplo, un Carnap plantearía de manera reconstruccionista y sintactista, y más tarde también semanticista, mientras el estructuralismo sería reconstruccionista y semanticista extensional.[19]

Esta filosofía de la ciencia es ante todo crítica, que atiende a las implicaciones tecnológicas y a las consecuencias sociales de las ciencias, y entiende que las teorías son representación lingüística de la práctica científico técnica; por eso, podemos decir que es a la vez filosofía de la ciencia y de la tecnología, y ante todo de la tecnología. Esta concepción crítica de la Filosofía de la ciencia, defendida por J. Sanmartín y Manuel Medina, que evoluciona a finales de los ochenta hacia la filosofía de la tecnología, ha sido atendida por una serie de autores de distintas universidades, agrupados en el Instituto de Investigaciones sobre Ciencia y Tecnología (INVESCIT), que, sin embargo, no siguió adelante[20].

La obra de Manuel Medina De la Techne a la Tecnología (1985) puede ser considerada como un intento de justificar históricamente la argumentación epistemológica que pretende convertir la filosofía de la ciencia ante todo en una filosofía de la tecnología. En la obra editada en Anthropos por Medina y Sanmartín Ciencia, Tecnología y Sociedad (1990), se recogen trabajos representativos de este enfoque, algunos de ellos por autores más jóvenes del grupo del 55, que trabajan en esta línea, J. L. Luján, E. Aibar, Gómez Ferri, M. M. Peña, algunos de los cuales muestran también interés por la filosofía crítica de la biología.

La historia de las ciencias, nucleada con el predominio tradicional de la historia de la medicina, se ha institucionalizado en nuestras universidades con independencia de la filosofía de la ciencia (en 1998 había 64 profesores universitarios del área de “Historia de la Ciencia”, de los cuales 16 eran catedráticos).. Tienen sus propias asociaciones[21], entre las que mencionaría la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas (1974), con sus congresos, y su propia publicación en la revista LLull. En general, estos autores desconfían de la historia de la ciencia anglosajona, procedente de la filosofía y/o de la sociología de la ciencia, en manera especial de aquella, por su tendencia a utlizar esquemas simplificadores[22]. Interpretan de manera positivista la historia de la ciencia integrada en la historia general como una de sus partes, precisamente aquella que se ocupa de reconstruir rigurosamente los hechos del conocimiento científico técnico, sin tomar en consideración definiciones filosóficas de lo que sea la ciencia ni de su sentido histórico. La organización en Zaragoza del XIX Congreso Internacional de Historia de la Ciencia, en 1993, representó un gran éxito.

En los grupos de historiadores de la filosofía española predomina el hispanismo filosófico que, más que investigar la filosofía que se hace en España, intenta reconstruir la filosofía española dispersa en la literatura y el ensayo, teniendo presente el momento jurídico político; es decir, que se inclina del lado de lo nacional, cultural y literario, dejando al margen lo científico técnico. Esta orientación se inclina por ello al irracionalismo. Diego Nuñez, con su trabajo en el positivismo y el evolucionismo en España, representa una excepción.

Por otra parte, son pocos los autores españoles que procedentes de la filosofía de la ciencia se han aplicado a la historia de la ciencia. En general fue el giro sociologista producido en aquella por la obra de Toulmin, Hanson, Lakatos, y, en especial, de Khun, lo que llevó a una apertura de los teóricos de la ciencia a las consideraciones histórico sociales, en especial a la sociología de la ciencia. Hay que mencionar al grupo de la Autónoma de Madrid con Carlos Solis, Javier Ordóñez, Alberto Elena a la cabeza que publicaron desde Abril del 87, y por algunos años, Silva Clius. Revista de Historia de la Ciencia, que se proponía aparecer tres veces al año. Esta revista, que nació del interés de estos autores por la historia de la ciencia y sin apoyo institucional, ya en el tercer número quiso convertirse en un medio de publicación para los historiadores de la ciencia, en especial españoles.

Carlos Solís, actualmente profesor de la UNED; es autor de Razones e intereses. La historia de la ciencia después de Kuhn(1993), una obra sensible a la consideración histórico social de la ciencia y que se hace eco del tope de la tendencia racionalismo versus sociologismo en nuestra filosofía de la ciencia a comienzos de los noventa. No se puede hacer historia de la ciencia sin tener idea de lo que ésta sea, sin suponer una filosofía de la ciencia; y no se puede clarificar lo que sea la ciencia sin considerar, además de sus teorías, argumentos y lógicas, los intereses e instituciones que la practican, y que no son meramente externos a ella. De hecho comenta los autores tópicos de la concepción heredada y del giro historicista, y presenta trabajos representativos de las tendencias en la investigación histórica, para que el lector cuestione y se decida por razones y/o intereses al ocuparse con la historia de la ciencia y su correspondiente filosofía.

Algunos autores influyentes, críticos con la carencia de una concepción coherente y afianzada de esta materia, piensan que la “lógica y metodología de las ciencias”, por un lado, y la “sociología de la ciencia y la filosofía de la tecnología”, por el otro, ofrecen perspectivas complementarias, considerando decisiva la tendencia a especialización en filosofías de las ciencias particulares. Estos autores tienden a entender la filosofía de las ciencias como una ciencia de las ciencias y no excluyen la intervención filosófica en el conocimiento científico.

A comienzos de los años noventa se ha reconsiderado la filosofía de la ciencia del Círculo de Viena en distintos encuentros y publicaciones[23]. La recepción española[24] de esta corriente en los años sesenta, tal vez por tardía y en momentos de su decadencia, parece haber atendido más a sus críticos que a sus creadores. Y no parece que vaya a correr mejor suerte en el futuro, si hacemos caso de Javier Echeverría, quien considera parte de la historia a las posiciones teóricas del Neopositivismo lógico.

Precisamente este autor propuso mediados los años noventa en su Filosofía de la Ciencia (1995)[25], convertir la filosofía de la ciencia ante todo en una axiología de la práctica científica real, tal y como se desarrolla en los sistemas de ciencia y tecnología de las sociedades capitalistas, teniendo presente el impacto social y tecnológico de esa práctica. La ciencia sería ante todo una práctica transformadora del mundo. Sensible a los argumentos histórico sociológicos de Kuhn y la sociología de la ciencia posterior, propone dejar las teorías científicas en un segundo plano, y centrarse en la tematización del núcleo de valores que da racionalidad a la práctica científica real, sus actitudes y criterios. Abandona así la distinción entre contexto de descubrimiento y contexto de justificación, y pasa a estudiar el núcleo axiológico en los cuatro contextos, interactivos, en los que el sentido común encuentra inmersa la actividad científica: el educativo, el innovativo o de descubrimiento, el de aplicación y el de evaluación (justificación). Las leyes científicas son consideradas como normas de la práctica científica real, no como elementos de las teorías. Esta filosofía de la ciencia no pretende decir nada sobre las teorías científicas, ni sobre sus métodos, sino sobre el núcleo de valores que de hecho está ordenando la práctica científica o, si es el caso, la que debería ordenar esa práctica (e. d. puede ser normativa).

Este planteamiento, que viene a centrarse en la racionalidad de fines o valores, desatendida por la razón analítica, instrumental y tecnocrática, no analiza ni precisa de manera suficiente lo que hemos de entender por núcleo de valores, término al que auguro sorpresas, ni el método de esa axiología, que ha de trabajar conjuntamente con la historia y la sociología de la ciencia, así como con la filosofía de la tecnología. Además, esta filosofía de los valores de la práctica científica tiene ante sí problemas de subjetivismo y relativismo. Por otra parte, no parece muy conveniente a una filosofía tanta distancia de los conocimientos y métodos científicos, menos aún a la filosofía de la ciencia. Javier Echeverría sometió a discusión esta propuesta en la revista Isegoría La filosofía de la ciencia como filosofía práctica[26] e intentó animarla desde el Instituto de Filosofía del CSIC, mediante el desarrollo de un proyecto de trabajo, en el que participarían distintas universidades; sin embargo, estos planteamientos no parecen haber registrado mayores avances.

En los enfoques sociohistóricos y axiológicos de la Filosofía de la Ciencia, la lógica como instrumento de análisis filosófico ha perdido su protagonismo en las discusiones de los filósofos de la ciencia, mientras, por el contrario, la historia de la ciencia y su sociología han pasado a un primerísimo plano. Hasta el punto de que, por los años 92-3, algunos filósofos de la ciencia de esta orientación[27] pensaron en romper este área de conocimiento en “Lógica y Filosofía del lenguaje”, por un lado, y en “Filosofía de la Ciencia y de la Tecnología”, por el otro, de manera que quedasen unidos los estudios de Filosofía e Historia de la Ciencia, y los de lógica y filosofía del lenguaje, pasando a considerarse la ciencia como parte integrante de los sistemas tecnológícos. En los estudios de filosofía entre nosotros ha cristalizado la filosofía de la lógica como una materia perteneciente a este área[28].

La lógica se ha establecido como un campo autónomo y en expansión de investigaciones, con métodos matemáticos y objetos diversos, en el que investigan matemáticos y filósofos, aunque su docencia ha quedado en manos de éstos. Velarde Lombraña[29] ha visto en esto último un factor de estancamiento de la lógica entre nosotros, por considerar que un auténtico desarrollo se consigue con su aplicación a la fundamentación de las matemáticas, habiendo sido matemáticos quienes la han creado y desarrollado, como también quienes la introdujeron en España. Y, sin embargo, no son muchos los matemáticos que se interesan por la lógica, que, por otra parte, se ha mostrado como un instrumento de análisis y construcción imprescindible en filosofía de las ciencias, en filosofía del lenguaje, en deontología y derecho, en inteligencia artificial[30], incluso en intentos de replantear lógica filosófica en sentido especulativo. En las universidades españolas no sólo se imparte la lógica con una enseñanza de gran calidad, como lo muestra la nómina de docentes y los manuales disponibles, no meramente traducidos sino de producción propia, sino que hay autores y grupos con aportaciones originales y potencialmente comercializables.

Velarde Lombraña, docente en Oviedo, es uno de los autores omnipresentes en la lógica y la teoría del conocimiento de este periodo. A comienzos de los años ochenta Velarde publicaba su Lógica formal. Tratado de Lógica (1982), con una presentación de Gustavo Bueno. A esto se añade su gran labor como historiador de la lógica Vida y obra de Juan Caramuel (1988), Historia de la Lógica (1989), campo en el que destaca de manera especial. No se ha prestado suficiente atención a su obra de filosofía de la lógica Gnoseología de los sistemas difusos (1991) , ni a su teoría del conocimiento Conocimiento y Verdad (1993).

Una presentación de la lógica elemental, con su aplicación a la filosofía del lenguaje, la encontramos en el libro de Daniel Quesada La Lógica y su filosofía (1985). Las Nociones de Lógica de Javier de Lorenzo incorpora en su presentación de lógica a las lógicas no clásicas, aunque se limite, en la segunda parte, a desarrollar el sistema formal lógico de orden cero o cuaterna. Las Lliçons de lògica matemática de Josep Pla i Carrera, que expone el cálculo proposicional, el cálculo de predicados y la teoría de modelos, por una parte, y la Teoría de conjuntos, por otra, es un buen instrumento de filosofía analítica. Una introducción a la lógica modal, de Ramón Jansana, expone la teoría de la completitud, la teoría de la correspondencia y la teoría de la dualidad. Lorenzo Peña con el interés filosófico especulativo, que ya mostró en sus Fundamentos de ontología dialéctica (1987), hace una presentación de la lógica en el sentido amplio que impone su aceptación de las lógicas no clásicas en Introducción a las lógicas no clásicas. Newton C. A. da Costa ha sugerido en un breve estudio[31] de la obra de Lorenzo Peña, que este autor no está teniendo la atención que merece su planteamiento lógico filosófico. Mencionaré también la obra de María Manzano Teoría de Modelos (1989), prologada por Mosterín, y los trabajos de José M. Méndez sobre la lógica de la relevancia[32].

Entre nosotros hay un grupo muy amplio de investigadores en lógica borrosa, que se han agrupado en la Asociación española de tecnologías y Lógica Fuzzy, la rama española de la IFSA (International Fuzzy Systems Association). Según algunos cálculos la producción española en este campo ocupa el sexto lugar, tras Japón, USA, Francia, Alemania y China[33]. Destacaría la Introducción a la lógica borrosa (1995) de Trillas E., Alsina C., Terricabras J. M., que introduce al lector en distintos ámbitos teóricos de esa lógica, dando continuidad a la línea iniciada por Enric Trillas en Conjuntos borrosos (1980). Estas investigaciones parecen tener prometedoras aplicaciones en IA.

Estos desarrollos de la lógica en relación a la Filosofía de la Ciencia, Filosofía del Lenguaje, al Derecho y las Normas, y a la Inteligencia Artificial se pusieron de manifiesto en el primer Congreso y fundacional de la Sociedad de Lógica, Metodología y Filosofía de la Ciencia en España, que tuvo lugar en la Universidad Complutense de Madrid en Diciembre de 1993. En los distintos simposios de este Congreso se expusieron trabajos centrados en filosofías particulares de las ciencias: filosofía de las matemáticas, filosofía de las ciencias sociales, filosofía de la economía, filosofía de la psicología. Algunas de estas filosofías de la ciencia particulares están teniendo desarrollos considerables, como la filosofía de la psicología en relación a las ciencias cognitivas, y la filosofía de la economía (A. Barceló, A. Aznar, S. Barberá, J. Masó).

Algunos autores marxistas que incorporaron métodos analíticos y se interesan por las ciencias sociales, Félix Ovejero entre otros, han publicado artículos de crítica de la economía política y participado en distintas reuniones, como las Jornadas de Economía Crítica, que tuvieron lugar en Madrid el año 87, o la discusión sobre filosofía de la economía, celebrada en el Instituto de Filosofía del CSIC en 1990, coordinada por Fernando Quesada y Antoni Domenech.

En la producción española dedicada a la lógica y la filosofía de la ciencia siguen predominando las traducciones, los comentarios y las exposiciones de autores y corrientes anglosajonas. Un sucursalismo que en ocasiones se hace manifiesto, y que no logran paliar ni la publicaciones de autores españoles en inglés o en alemán, ni las escasas recopilaciones de artículos de autores españoles publicadas en inglés. Los desarrollos propios, que se apartan de los comentarios a autores anglosajones aceptados en los circuitos expuestos aquí, suelen quedar al margen, aislados. Los artículos en estos campos tienen entrada en todas las revistas de filosofía, pero hay revistas especializadas como Teorema, Theoria, El Basilisco, Arbor, Contextos, Endoxa, Ágora, y Argumentos de Razón Técnica, principalmente; además las asociaciones de que hemos hablado tienen boletines, actas de congresos, y tienden a crear su propio órgano de publicación.


Notas

[1] Resulta de utilidad en la perspectiva de este trabajo mantener la distinción entre racionalistas e irracionalistas que propuse en mi trabajo “Filosofía tradicional y tradiciones filosóficas en España”,(En El reto europeo: identidades culturales en el cambio de siglo, J. L. Abellán), Trotta, Madrid, 1994. pp.218-34.

[2] Valeriano Bozal, “La problematicidad de la dialéctica”, Teorema, núm. 1 (1971). EL número uno de la revista Teorema se dedicó a esta discusión entre analítica y dialéctica. Ver “Dialéctica y ciencias sociales”, (En Filosofía y ciencia en el pensamiento español contemporáneo(1960-1970), Tecnos, Madrid, 1973.

[3]Formalismo y epistemología en la obra de Karl R. Popper,” Teorema, núm. 4 (1971): 77-83. En Idealismo y Filosofía de la Ciencia. Introducción a la Epistemología de Karl R. Popper, Tecnos, Madrid, 1972 - que tiene un significativo prólogo de Gustavo Bueno- Quintanilla rechaza la epistemología de Popper, a la que considera positivista (por formalista, individualista y abstracta), porque no es capaz de explicar el problema que ella misma considera fundamental: el aumento del conocimiento. Se muestra partidario de la teoría del cierre categorial. Propone la dialéctica como un programa de investigación ordenado a resolver el problema del aumento del conocimiento. En “Notas para una teoría postanalítica de la ciencia”, Revista de Occidente, núm. 138 (1974) - número que está dedicado a esta discusión y dirigido por Alfredo Deaño - Quintanilla reconoce un núcleo de ideas filosóficas en torno a las cuales se da el cierre categorial de las ciencias, y en relación a la dialéctica, concluye:” Si la metodología dialéctica puede presentarse como una forma de entender la racionalidad de la acción (incluyendo no solo la esfera de los medios -praxiología- sino también la de los objetivos), entonces es posible que la dialéctica colabore de forma eficaz a la comprensión sobre todo del objetivo de la ciencia, el aumento del conocimiento, y a desvelar el sentido (posiblemente relativo, histórico) de la objetividad del mismo” (p.277). En Ideología y Ciencia,- que reúne resultados de su artículo anterior, de su trabajo dedicado al término Analítica y a Ciencia en el Diccionario de Filosofía Contemporánea (Ed. Sígueme, Salamanca, 1976), coordinado por el mismo, y de su ponencia en La Semana de Filosofía Contemporánea organizada en La Laguna en Enero de 1976, de su “Sobre el concepto marxista de Ideología”, (Sistema, Octubre 1974)- vuelve a oponerse a la analítica desde la propuesta de una teoría materialista de la ciencia, con apelación a la teoría del cierre categorial, y a las bondades de la dialéctica para explicar el aumento del conocimiento. No se avanza en claridad.

[4] Velarde Lombraña, “Lógica y Dialéctica”, Teorema, núm. 2 (1974); “La Lógica dialéctica” (1), núm. 2 (1977).

[5] Tres fronteras de la ciencia. Simposio de Burgos, Tecnos, Madrid, 1970. pag.161; Esplendor y miseria del análisis filosófico, Alianza, Madrid, 1974, vol. I, p. 15-138.

[6] A favor de la razón, Taurus, Madrid, 1981. Es también una recomposición de conferencias y artículos. Yo me he referido al capítulo VII “El problema de la racionalidad tecnológica”, que dice ser resultado de una conversación tenida con Bunge y Seni. La polémica del materialismo, Javier Esquivel (rec.), Madrid, Tecnos , 1982, contiene de Quintanilla “La crítica del materialismo”.

[7] La utopía racional, escrita en colaboración con Vargas Machuca, Espasa Calpe, Madrid, 1989, fue premio ex aequo Espasa-Mañana de Ensayo 1989. La cita está traída del cap. IX, p.170, y es responsabilidad de Quintanilla.

[8] Maltrás, Bruno; Quintanilla, Miguel Ángel Coaut. Producción científica española 1981‑89 (SCI CD‑ROM) Informe EPOC, Universidad de Salamanca Madrid, CSIC, 1992. Quintanilla, Miguel Ángel (coord.), Evaluación parlamentaria de las opciones científicas y tecnológicas. Seminario Internacional Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1989. Quintanilla, Miguel Ángel(comp.), Seminario de teoría de la ciencia .(1978‑1979), Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1982.
Maltrás, Bruno; Quintanilla, Miguel Ángel, Indicadores de la producción científica.España, 1986‑91, Madrid, C.S.I.C., 1995.
Broncano Rodríguez, Fernando (ed.), Nuevas meditaciones sobre la técnica, Madrid, Trotta, 1995. Contiene: M. A. Quintanilla, La construcción del futuro. Las mil caras del realismo. Hilary Putnam, Introducción de M. A. Quintanilla; Barcelona, Paidós, 1994.
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[9]Ambos textos editados por la Universidad de Salamanca. Ver Mario Bunge, “Method, Model and Matter”, Teorema, 1 (1974): 147-151. La recensión de Alberto Hidalgo Tuñón “Lecturas españolas sobre la teoría de la ciencia” se encuentra en la crítica de libros de El Basilisco, (1982): 80-84, y en ella hace la observación acertada de que los años ochenta representarían una nueva fase en la institucionalización de la teoría de la ciencia, en la que se verían manuales de autores españoles. Hidalgo valora negativamente el manual de Quintanilla, el de Nicanor Ursúa, y hace alusión al de Ulises Moulines.

[10]Concepto de verdad parcial”, Theoria, núm. 1 (1985): 129-141. “Temas y problemas....(I)”, Arbor, núm. 501 (1987), p.75ss. “Temas y problemas...(II)”, Theoria (1987).

[11]La responsabilidad social del investigador científico”, Sistema, núm. 22 (1978): 0107-0114; “El mito de la neutralidad de la ciencia. La responsabilidad del científico”, El Basilisco, núm. 1 (1978): 52-56; Tecnología. Un enfoque filosófico, Fundación para el Desarrollo de la Función Social de las Comunicaciones, Madrid 1989; Quintanilla, M.A., Breve diccionario filosófico, Verbo Divino, Estella, 1991.

[12] Pienso en Broncano, y en otros autores más jóvenes, como Vega, Maltrás, Cerezo, este último en Oviedo, etc, Los más consagrados pertenecen al grupo de los nacidos en torno a 1955.

[13] Entre las obras de Javier de Lorenzo, mencionaré La filosofía de la matemática de Jules Henri Poincaré; Introducción al estilo matemático; El método axiomático y sus creencias; La matemática y el problema de su historia; Iniciación a la teoría intuitiva de conjuntos, etc.

[14] Moulines expone su programa estructuralista en obras como Exploraciones metacientíficas: estructura, contenido y desarrollo de la ciencia (1982) y Pluralidad y recursión (1991), así como en sus artículos de Teorema, etc.

[15] E. Bustos, “La evolución de la lógica y la filosofía del lenguaje en la filosofía española después de Ortega y Gasset”, Theoria, núm. 16.17-18 (1992).

[16] En cuanto a la publicación de obras de carácter general sobre Filosofía de la Ciencia, además de las ya aludidas, mencionaré Fundamentos de Lógica y Teoría de la Ciencia obra sobre filosofía de la ciencia y metodología crítica, de la que es coautor el profesor de la Universidad de Deusto Nicanor Ursua (con W. K. Essler, D. Antisieri, E. De R. Martins y A. Ortiz Osés). Alfonso Pérez Laborda, que era por entonces profesor de Filosofía de la Ciencia de la Universidad Pontificia de Salamanca, publicó ¿Salvar lo real?. Materiales para una filosofía de la ciencia (1983) y Las implicaciones filosóficas de la ciencia contemporánea (1986). En su libro Filosofía actual de la ciencia (1986), el profesor Andrés Rivadulla, que se incorpora a la universidad española mediados de los ochenta, entiende que la Filosofía de la Ciencia (estudia a los filósofos de la ciencia, pero no a Hanson, Toulmin y Feyerabend) tiene como función ordenar y clarificar las cuestiones lógicas, semánticas, metodológicas y epistemológicas de las ciencias empíricas. Para éste autor la filosofía de la ciencia ha de compartir con las ciencias la exigencia de rigor, consistencia, comprobabilidad intersubjetiva y progreso. En los Cuadernos de la UNED encontramos un curso de Filosofía de la Ciencia en dos partes: en el volumen I (1989), de Julio Armero y Eloy Rada se expone una metodología de la ciencia, encargada de conceptos, teorías, explicaciones y contrastación; en el volumen II, se pretende una epistemología de la ciencia.

[17] José Hierro Sánchez-Pescador ha publicado el mejor informe de que disponemos sobre la evolución de la Filosofía del Lenguaje en España durante los últimos años “La Filosofía del Lenguaje en España (1975-1995)Revista de Hispanismo Filosófico, núm. 5 (2000): 59-66.

[18] La sociedad naturalizada. Genética y conducta, Tirant lo Blanch, Valencia, 1986; Los nuevos redentores. Reflexiones sobre la ingeniería genética. La sociobiología y el mundo feliz que nos prometen, Anthropos- Universidad del País Vasco, Barcelona, 1987. En la colección Nueva Ciencia dirigida desde INVESCIT; “Puesto el gen, puesto el engaño”, Arbor, núm. 481 (1986); Genes “ejecutivos” y ejecutivos “genéticos”, Publicaciones de la Universidad de Zaragoza, 1986; “Somos monos, pero menos”, Theoria, núm. 4 (1986-7); “Reflexiones en torno a la cuestionable primacía de lo teórico, o semblanza del cachibache”, Arbor, núm. 507 (1988).

[19] La revista Anthropos en su núm. 82/83,1988; José Sanmartín. Filosofía crítica de la ciencia: Problemas actuales y propuestas plurales, publica una interesante selección bibliográfica dedicada a la filosofía de la ciencia en España según esas coordenadas.

[20] De este Instituto y de su proyecto TECNAS, que no parece ir adelante cuando escribo este artículo, da cuenta la revista Anthropos,Filosofía de la Tecnología. Una Filosofía Operativa de la Tecnología y de la Ciencia” (núm.  94/95, 1989).

[21] Alberto Gomis, “Sociedades de Historia de las ciencias. Ayer y hoy de estas asociaciones en el Estado español”, Mundo Científico, 7 (1996): 752-9. En este artículo se encuentran detalles de todas las instituciones de filosofía de la ciencia, sus actividades y publicaciones en España. Mariano Hormigón hizo algunas consideraciones sobre la situación institucional y la docencia de la Historia de la ciencia en “Espacio académico y parcelación del saber. La Historia de la Ciencia en España en el aspecto docente”, Theoria, 16-17-18 (1992): 535-555.

[22] Esta desconfianza positivista frente a la filosofía de la ciencia se expresa de manera paradigmática en el recomendable artículo de José Mª López Piñero, “Las etapas iniciales de la historiografía de la ciencia. Invitación a recuperar su internacionalidad y su integración”, Arbor 558-9-60, (1992): 21-67. Este posicionamiento que, con matices, está generalizado en la comunidad de historiadores de la ciencia, se percibe también en Antonio E. Ten, “Sobre algunos tipos de acercamiento a la Historia de la Ciencia y de la Tecnología”, Arbor, Junio (1988).

[23] E. Bustos, J. C. García Bermejo, et a., Perspectivas actuales de lógica y filosofía de la ciencia, Siglo XXI, Madrid, 1994. Aquí se publican trabajos presentados en un encuentro homenaje a Carnap y Reichenbach, que tuvo lugar en 1991. El Simposio El Círculo de Viena Reconsiderado en 22-29 Octubre 1993. Filosofía de la ciencia hoy, Fundación Vidal i Barraquer, Colección Ensayos, Barcelona, 1994. Aquí se encuentran revisiones de Neopostivismo de Javier Echeverría, y Manuel García Doncel.

[24] Jesús Padilla, Die spanische Rezeption des Wiener Kreises, En Simposio El Círculo de Viena Reconsiderado, CSIC, 1993. Resulta significativo leer la nota preliminar de Fernández de Castillejo a su traducción de la obra Weinberg Examen del Positivismo Lógico, de 1959, en los inicios de la recepción de esta corriente, para ver las expectativas de renovación de la filosofía que despertaba por entonces en España.

[25] En esta obra de Javier Echeverría, que completa su Introducción a la Metodología de la Ciencia: la Filosofía de la Ciencia en el siglo XX, Barcanova, Barcelona, 1989, se encuentra una bibliografía de filosofía de la ciencia en español bastante completa y significativa para un estudio de nuestra recepción de filosofía analítica. Este autor actualmente forma parte del Instituto de Filosofía del CSIC.

[26] ) Isegoría, núm. 12 (1995), en el que recoge trabajos de Moulines, Bruno Latour, Marcelo Dascal, Paul T. Durbin, J. M. Sánchez Ron y del propio Javier Echeverría. Se hace una recensión de varias obras de retórica de la ciencia.

[27] Javier Echeverría aportó este dato en su conferencia titulada La Lógica y la Filosofía de la Ciencia en España (1975-1995), dentro del curso “Transición y Recepción. La institucionalización de la Filosofía en España (1975-1995)”, que coordiné yo mismo. La conferencia tuvo lugar en la Fundación Botín de Santander el día 3 de Marzo de 1999.

[28] Entre otros autores mencionaré al malogrado Alfredo Deaño, Las concepciones de la lógica (1980), y al profesor de la UNED Luis Vega, Análisis lógico: nociones y problemas, I y II, (1987).

[29] “Panorama de la lógica en España”, Theoria VII, 16-17-18 (1992): 339-345.

[30] Agustín Arrieta Urtizberea, “Un giro en lógica: De la matemática a la informática”, Arbor, CLI, 596 (1995): 87-106. Verificar programas, estudios de tipos abstractos de datos, la programación lógica, son campos en los que la interacción de la lógica con la Inteligencia artificial está siendo fructífera; José Cuena, Lógica informática, Alianza, Madrid, 1985; José Cuena y otros, Inteligencia artificial. Sistemas expertos, Alianza. Madrid, 1986.

[31]La filosofía de la lógica de Lorenzo Peña”, Arbor, 520 (1989): 9-33.

[32]Una crítica inmanente de la lógica de la relevancia”, Crítica, 18.52 (1986): 61-94; “Introducción a los conceptos fundamentales de la lógica de la relevancia”, Arbor, 520 (1989): 75-95.

[33] Recientemente Enric Trilla ha presentado esta lógica en un número de Arbor, en el que colaboran Miguel Delgado, José Luis Verdegay, María Amparo Vila, Llorenç Varverde, Josep MªTerricabras, Alejandro Sobrino, Claudi Alsina, Joan Jacas, Ramón López Mantarás, Julio Gutiérrez Ríos, María Teresa De Pedro Lucio, Ricardo García Rosa, Joseba Quevedo.

© Gerardo Bolado Transición y recepción: La Filosofía Española en el último tercio del siglo XX. Santander: Sociedad Menéndez Pelayo / Centro Asociado a la UNED en Cantabria, 2001. Edición digital autorizada para el Proyecto Ensayo Hispánico. Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez.

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