Teoría, Crítica e Historia

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Gerardo Bolado

Transición y recepción: La Filosofía Española
en el último tercio del siglo XX
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CAPÍTULO 5.6

Razón instrumental y razón práctica

El problema de la racionalidad propia de la acción humana nos va a permitir seguir hablando de la mera moral de los jóvenes filósofos. Da la impresión de que estos autores del primado de la acción han pasado al primado de la razón práctica, cuando no a la reducción de la filosofía a moral; y desde el dogma de la falacia naturalista han abierto un espacio de racionalidad específicamente moral, el ámbito propio de los valores decisivos en la praxis humana, no sólo frente a las ciencias y técnicas naturales, sino también frente a ciencias y técnicas históricas y humanas. Desde un larvado positivismo, al que no es ajeno cierto escepticismo, sitúan la filosofía en el campo de la opinión razonable y otorgan a la moral la facultad de decidir qué opinión merezca tal título. Lejos de conceptualizar el tipo de racionalidad económico tecnológica en algún modelo, que de lugar al momento de los valores morales, parece, más bien, que han pactado consciente o inconscientemente su imperio público, mientras se adaptan a ella refugiándose en la interioridad y la fantasía. Y, sin embargo, el hombre occidental no confía su vida a la moral, sino a la técnica, y la moral no puede limitarse a constituir un ámbito interior contrafáctico, para refugio del individuo, sino entenderse también como un momento corrector y positivo de la técnica en el sentido de la justicia social y la felicidad individual.

En relación con su “mera moral”, en efecto, parece estar también la posición de estos autores en la cuestión de la racionalidad práctica, donde no parecen tomar en consideración el hecho de la creciente organización de las sociedades occidentales según la racionalidad tecnológica ganada por las técnicas histórico sociales (económicas, sociológicas, de la comunicación, etc), si no que más bien parecen moverse en el espacio abierto por una especie de “epojé moral” que la pone entre paréntesis. Vistas las cosas desde el individuo, parecería que es en el ámbito interior de la conciencia donde se juega la pregunta por los valores que, tal vez, hasta tiene una vía de solución más emotivo imaginativa, prudencial, que estrictamente racional. Y, sin embargo, la actividad económica de las sociedades desarrolladas, la actividad humana primaria y determinante, de tal manera está sometida a la planificación y el análisis, que viene controlada y dirigida en base a una serie de variables como si de un mecanismo se tratara.

Esa racionalidad económico tecnológica se ha impuesto de manera autosuficiente como procedimiento rector de toda acción y, de esta manera, en principio de la misma. El valor que ordena esta razón instrumental es “el más y mejor”, siendo su ley “el continuo desarrollo e incremento”, que conoce limites matemáticos, pero no “telos”. Para los agentes económicos someterse a este tipo de racionalidad es cuestión de supervivencia. También la actividad política está sometida a la acción de ese principio económico tecnológico y sus procedimientos, siendo limitados sus márgenes de maniobra en orden a la justicia social, cuando no se entiende en función del libre y pacífico ejercicio de la actividad económica sin más. En este sentido, me parece que la tendencia moral social hacia la universalidad, los objetivos de justicia social que puedan plantearse entidades como el Estado, u otras instituciones políticas y sociales con el mismo carácter, tendrán que interactuar de manera efectiva, como correctores en el sentido de la universalidad, con la dinámica propia del principio económico tecnológico, tal vez, introduciendo valores humanos en la producción o factores de participación y redistribución en el gobierno.

La seguridad y eficacia de esta racionalidad en la actividad económica contrasta con su agresividad para con el entorno, con la sociedad y con los individuos; pero el planteamiento de modelos alternativos de racionalidad, más ecológica, salvo algunas incursiones (de Carlos Díaz), no ha sido en un principio tema en las obras principales de estos autores.

Estos autores discutieron la cuestión de la racionalidad técnica en relación a la propuesta reduccionista de Mosterín en su obra Racionalidad y acción humana (1978), donde se valora positivamente la seguridad y eficacia de la racionalidad instrumental y se propone generalizarla como paradigma de toda práctica humana racional, incluida la moral. Frente a esta generalización reduccionista, Muguerza concluyó que la razón práctica empieza donde la razón tecnológica acaba, siendo ésta una de medios y aquella una de fines o valores desde la que negar y disentir. Victoria Camps defendió que no cabe separar medios y fines, pero que lo moral se refiere a un campo de fenómenos irreductibles, que hace relación a lo emotivo imaginativo, al cálculo prudencial que, según los medios, dispone los fines, y a la retórica. Isidoro Reguera abordó el tema desde el Wittgenstein del Tractatus en La Miseria de la Razón. Margarita Boladeras expuso la posición del Racionalismo crítico de Hans Albert y Karl Popper.. M. A. Quintanilla, afín a la posición reduccionista de Mosterín, propuso la mencionada utopía racional, que pretende instrumentalizar aquella en orden a proyectar una utopía socialista de justicia social. En relación a la racionalidad vigente, por lo tanto, la moral, o bien se considera independiente con un ámbito propio, precisamente el de los valores (utopía vertical), o bien se desarrolla paralela a la misma aplicándose a momentos no racionalizables de la acción humana; o bien pretende utilizarla como metodología de una utopía política donde el poder político rectifica en el sentido de la justicia los desequilibrios sociales producidos por la actividad económica (utopía horizontal).

Sin embargo, la cuestión de la racionalidad práctica, cuya clarificación requiere arriesgar una teoría, no podrá nunca ser despejada por autores que renuncien de entrada a la determinación teórica, y que no tomen en consideración la racionalidad económico tecnológica y sus procedimientos, que, nos guste o no, dominan directamente la vida económica, e indirectamente la política, e, incluso, la cultural. Pretender construir la “razón práctica” al margen del imperio de dicha razón, refugiándose en alguna interioridad abstracta, o proyectar utopías políticas que pretendan utilizarla, como si de métodos y conocimientos asépticos se tratara, son dos extremos erráticos a la hora de discutir la cuestión de la racionalidad de las teorías morales y políticas. La consideración de que la racionalidad económico tecnológica impera en nuestras sociedades, no tiene por qué ser una afirmación de valor con la pretensión de sancionar o bendecir algún tipo opcional de racionalidad, sino que debería tratarse más bien de la constatación de un hecho, que toma conciencia del tipo de racionalidad vigente, con el que los valores morales necesitan mediar, interaccionar de manera correctora y positiva, en orden a introducir valores humanos irrenunciables en los criterios de producción y de gobierno.

© Gerardo Bolado Transición y recepción: La Filosofía Española en el último tercio del siglo XX. Santander: Sociedad Menéndez Pelayo / Centro Asociado a la UNED en Cantabria, 2001. Edición digital autorizada para el Proyecto Ensayo Hispánico. Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez.

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