Teoría, Crítica e Historia

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Gerardo Bolado

Transición y recepción: La Filosofía Española
en el último tercio del siglo XX
.

 

CAPÍTULO 5.7

La consolidación institucional de una escisión
de facto en la investigación y en la docencia

Esta Filosofía moral, que se ha desarrollado de manera paralela con la Filosofía del Derecho, ha visto surgir y desarrollarse desde los años ochenta una teoría política que, tanto por lo específico de sus problemas y de su función constructiva y crítica, como por lo característico de su método y fuentes bibliográficas, parece separarse más y más de su seno. Y, sin embargo, el desarrollo moderno de la filosofía práctica deja bien claro que el momento sociopolítico de la razón práctica requiere un tratamiento jurídico-político, porque la razón sólo puede hacerse normativa con alcance universal mediante las leyes y a través de la acción política.

Esta teoría política, introducida por autores que rechazan el trasfondo individualista de la filosofía práctica aludida, tiende a desarrollarse como una filosofía práctica con perfil propio entre la filosofía moral y la filosofía del derecho. Todavía la separación institucional no es profunda, por lo reciente de su establecimiento, pero sí hay una creciente especialización bibliográfica y una voluntad decidida por consolidarla - en autores como José Rubio Carracedo, y, sobre todo, F. Vallespín- que está supliendo la falta de una justificación teórica y metodológica suficientes en sus obras.

José Rubio Carracedo[1], en su obra Paradigmas de la Política, constata el renacimiento de la filosofía política, con un número importante de autores y obras, principalmente en torno a la obra de J. Rawls y de J. Habermas. La Filosofía política, según este autor, no se deja reducir a ciencia política, porque la validez normativa no se identifica con la validez fáctica; por otra parte, continua este autor, presenta perfiles característicos propios que la diferencian frente a la Filosofía moral y a la Filosofía del Derecho. En este contexto, Carracedo utiliza la distinción entre obligación jurídica y obligación política, objeto de la Filosofía política, y se esfuerza en definir el paradigma del Estado legítimo. Porque, como reconoce este autor, todavía no se dispone de una serie de tesis comunes, aceptadas por los principales autores que trabajan en ese campo, y suficientes para definir un área de conocimiento específico.

En este paradigma del Estado legítimo, la Filosofía política actual hace suya la tarea inagoble de debatir tanto la mayor o menor plausibilidad normativa de los distintos modelos democráticos alternativos, como el desarrollo y discusión del Estado legítimo: constitucional, legitimado por consenso, autorizado por la ley, enmarcado por la Etica, con talante general legitimista, con división de poderes y primado del legislativo, con valores supremos (autonomía en la comunidad, justicia procedimental, libertad e igualdad conciliadas), régimen democrático, sociedad civil emancipada. José Rubio Carracedo es presidente de la Asociación Española de Ética y Filosofía Política.

Fernando Vallespín en su obra Nuevas teorías del Contrato social: J. Rawls, R. Nozick y J. Buchanan, que es la reconstrucción de su tesis leída en la facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid, entiende por Filosofía política una teoría normativa de la sociedad y la política ajustada a nuestro tiempo. Esa teoría normativa no sería una disciplina académica, en filosofía o en políticas, sino una investigación para dar sentido y cierre moral a las ciencias sociales: “La vuelta a la teoría política lo que propugna es precisamente eso, suscitar el replanteamiento de tales (nuestras) premisas normativas. Postula el establecimiento de una ciencia política en su sentido aristotélico de “ciencia maestra”, de síntesis de filosofía moral y social, como actividad que no sólo abarca y “explica” todas las ciencias de la sociedad, sino que las dota de cierto “orden” y “sentido”, encauzándolas hacia fines y metas susceptibles de posibilitar o, cuando menos, de intentar hacer posible, la “vida buena”. En el fondo se trata de conseguir que el “sentido” deje de ser un “recurso más y más escaso cada vez”[2].

En La Historia de la teoría política[3], Vallespín entiende por teoría y filosofía política un tratamiento de la vida política que integre los aspectos empíricos, normativos e históricos. Acepta de la UNESCO, sin hacer cuestión teórica de ello, que la teoría política es una área de conocimiento independiente dentro del curriculum universitario, como una subdivisión específica dentro de la rúbrica general de “Filosofía o Teoría política”.

En cambio, la escisión entre la Filosofía Moral aludida y la Filosofía del Derecho es teórica y metodológica, institucional y profunda en el tiempo[4]. De hecho parece estar operando un tácito reparto de papeles entre filósofos morales y filósofos del derecho. Por un lado, profesores juristas de formación se ocupan de la Filosofía del Derecho, de la razón práctica en lo que se refiere al momento social de la justicia, en relación a las leyes y las costumbres determinantes de la vida económica y política; y, por el otro, profesores filósofos de formación quedan reducidos a filósofos meramente morales en el tratamiento de la razón práctica, es decir que se ocupan de ésta en cuanto tiene que ver con la vida de los individuos, con su conciencia moral y con su felicidad individual. La cuestión del Estado y las Leyes parecen competencia de los filósofos del Derecho[5], y, últimamente, de los teóricos de la política, mientras el filósofo moral se ocupa con el tema de las virtudes ciudadanas o con las éticas cívicas, o, si es el caso, con la afirmación de los individuos y los grupos frente a los excesos del Estado y las Leyes.

Este desgarramiento institucional de la razón práctica es uno de los factores más a tener en cuenta al explicar la mera moral individualista o comunitarista, desarrollada en la docencia y en la producción de los jóvenes filósofos del periodo. Como si esa escisión institucional hubiera sido asimilada por esta generación de Filósofos morales en su rechazo del momento jurídico político, en su mera moral. Se sitúan en una línea ahistórica y cosmopolita, sin mostrar ningún interés teórico por el sistema económico y político de la sociedad de que viven. Como si la deformación profesional de los filósofos en materia de razón práctica fuese la negación del momento jurídico político, cuando el avance de la modernidad ha ido imponiendo a éste como único sustituto ante la progresiva e ineludible pérdida del momento ético político.

Aunque hasta 1996 existió el área de conocimiento Filosofía del Derecho, Moral y Política, y, por lo general, se han mantenido buenas relaciones personales entre los juristas y los filósofos que se dedican a esas materias, lo cierto es que existió una fractura institucional efectiva y una desconexión en los desarrollos teórico metodológicos de unos y otros. Desde el ámbito de la Filosofía del Derecho tiende a verse la Etica como una reflexión filosófica sobre la obligación moral, que hace relación a la conciencia del individuo humano sin consideración del momento de las instituciones, las leyes y las costumbres. En los filósofos morales se echaría de menos, junto a una falta de formación jurídica, una adecuada comprensión del momento jurídico político esencial al desarrollo social del vivir humano. Por otra parte, ya no es pensable llegar al Derecho desde principios ontológicos, o desde concepciones generales de la historia, o desde visiones del mundo existenciales; nos encontramos ante autores que son exponentes más o menos cualificados y críticos de teorías desarrolladas por filósofos europeos o americanos.

Y sin embargo, las cuestiones morales decisivas, que se plantean en nuestras sociedades democráticas, imponen la exigencia de un trabajo conjunto entre la experiencia política, la técnica jurídica y la ideación filosófica científica, y esto tanto en el ámbito de la enseñanza como en los de la investigación y la creación. La filosofía práctica tiene que contribuir a construir formas jurídico políticas justas para los nuevos poderes sociales surgidos de la elaboración económico tecnológica de las fuerzas naturales. El punto de vista moral, además de iluminar las conciencias individuales, e impulsado por los movimientos sociales, habrá de proyectarse a través del Derecho y las instituciones en una labor de configuración e integración social justa.


Notas

[1] Rubio Carracedo J., El hombre y la ética, 1987; Paradigmas de la política, 1990.

[2] Vallespín F., Nuevas teorías del contrato social: J. Rawls, R, Nozick, J. Buchanan, 1985, p.32. El propio Vallespín ha publicado con R. del Aguila La democracia en sus textos (Alianza Editorial, Madrid 1998).

[3] Esta obra colectiva, coordinada por Vallespín, se publicó en Alianza editorial, entre 1990 y 1995, en seis volúmenes. Su pretensión de “recomponer la historia de la teoría política desde el momento de reflexión actual”, se ve abocada a convertirse en un cajón de sastre.
En esta historia de la teoría política se intenta incorporar una historia de las ideas políticas en España y en Hispano-América. Sin entrar en una valoración de las colaboraciones particulares, se trata de un intento con un alcance limitado, al menos por dos motivos: por el predominio total de la perspectiva del historiador, sobre la perspectiva del historiador de las teorías jurídico políticas; por una inadecuada distribución de los temas y periodos históricos. Piénsese que en el siglo XVI-XVII no se habla de nuestra aportación al iusnaturalismo y al Derecho Internacional, y se incluyen dos trabajos con la perspectiva del historiador, uno dedicado a Saavedra Fajardo y otro a la conquista; el siglo XIX se cubre con un trabajo dedicado a la historia del socialismo de 1835 a 1936, y con uno dedicado al pensamiento conservador español en el siglo XIX: de Cádiz a la Restauración (aunque encontremos algunas referencias en el trabajo de Elorza dedicado a la Ilustración, y en el trabajo de Menéndez Alzamora a la Generación del 14). No es una historia de teorías, ni logra una reconstrucción histórica adecuada y ponderada. Más bien se queda en la incorporación de una serie de trabajos, entre los cuales se cuenta el ya mencionado de Antonio Elorza, y uno de Elías Díaz dedicado al Régimen del General Franco.

[4] Hasta el siglo XIX la Facultad de Filosofía o Artes era una facultad menor, preparatoria para las facultades mayores, entre ellas la de Leyes. En ella se estudiaba una Filosofía moral aristotélico escolástica ordenada al estudio del Derecho. La introducción de la filosofía jurídico política de la Ilustración alemana, a través de una materia dedicada al derecho racional, antecedente de la Filosofía del Derecho, se hizo directamente en la Facultad de derecho, sin conexión con la Facultad de Filosofía. La forma de Estado y la Administración, instituciones, leyes y costumbres eran cosa de juristas, no de filósofos.
El origen de la Filosofía del Derecho en España no está vinculado a particulares desarrollos de la filosofía neoescolástica en la facultad de filosofía, ni tampoco a la introducción (ya proyectada por Mayans) del Derecho natural y de gentes en el siglo XVIII, sino a una recepción de filosofía del derecho post kantiana, precisamente en el momento de reforma de las facultades en que surge la Facultad de Filosofía, impulsada de manera especial por un jurista convencido del entronque filosófico del Derecho,: Julián Sanz del Río. En 1841 se publicaba y discutía ya el Curso de Derecho Natural o de Filosofía del derecho del krausista afincado en Bélgica H. Ahrens, que había traducido R. Navarro Zamorano. En este mismo año, y con anterioridad a su viaje a Alemania, Sanz del Río, entonces profesor de la naciente Facultad de Filosofía, presentó al Regente Espartero un Proyecto docente para la creación de una cátedra extraordinaria de Filosofía del Derecho. El krausismo parece tener en su núcleo el origen y la génesis de la Filosofía del Derecho, tendente a mantener el punto de vista armónico de lo universal en la constitución de las instituciones, las leyes y las costumbres en nuestra sociedad. Ciertamente, el iusnaturalismo neoescolástico predominará en la docencia de esa materia y en las publicaciones en el siglo XIX, y tendrá una amplia representación en el siglo XX.
El predominio del positivismo y los éxitos de las investigaciones de las ciencias histórico sociales pronto dejaron relegada la primera Filosofía del Derecho krausista entre los restos de idealismo, e hicieron inclinarse el Derecho público del lado de ciencias positivas como la Economía, la Sociología, etc. La Filosofía del Derecho quedó dentro de las Facultades de Derecho, sin atención en las Facultades de Filosofía, y desarrollada por juristas de formación. Los filósofos del Derecho que forman parte de la historia de esa materia en España, sean de filiación idealista, utilitarista, o iusnaturalista neoescolástica, siempre han mantenido y siguen manteniendo la tensión moral de la filosofía práctica, el punto de vista axiológico específico a la hora de ordenar normativamente lo positivo, sin reducir la ley al producto de una técnica de análisis de la experiencia sociohistórica en el sentido de lo meramente efectivo (Guido Fassó, Historia de la Filosofía del Derecho. Siglos XIX y XX. Apéndice del Pr. Lorca Navarrete, 1988.

[5] Díaz E., Sociología y filosofía del derecho, 1986; Elías Díaz, Estado de derecho y sociedad democrática, 1986; Etica contra política. Los intelectuales y el poder, 1990.

© Gerardo Bolado Transición y recepción: La Filosofía Española en el último tercio del siglo XX. Santander: Sociedad Menéndez Pelayo / Centro Asociado a la UNED en Cantabria, 2001. Edición digital autorizada para el Proyecto Ensayo Hispánico. Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez.

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