Teoría, Crítica e Historia

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Gerardo Bolado

Transición y recepción: La Filosofía Española
en el último tercio del siglo XX
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Conclusiones

1

La investigación histórica recibe su sentido desde el futuro que, en forma de tendencias y dinámicas, prefigura la actividad humana en el presente. La revisión de la última filosofía española puede poner de manifiesto sus principales tendencias y, en relación a ellas, los procesos del pasado que las dotan de densidad histórica. De esta manera, la historia reciente puede aportar dimensión histórica a un presente rupturista y decididamente modernizador de nuestra cultura filosófica.

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En la Transición a la Democracia, la sociedad española ha experimentado una ruptura política pactada y una transformación cultural, consolidadas con la incorporación de España en la Comunidad Europea, más aún, con su integración en la moneda única europea a finales de los años noventa. Nuestra sociedad ha vivido tres ciclos políticos, con desigual actitud ante la propia tradición y ante la cultura filosófica. En el primero, gobernado por un partido diseñado para dirigir la Transición, la UCD de Adolfo Suárez, entre 1975 y 1982, se volatilizaron los últimos restos de la cultura nacional católica del Tardofranquismo. El segundo ciclo, gobernado por el PSOE de Felipe González, entre 1982 y 1995, un partido progresista dirigido por la versión española de la Generación del 68, se caracterizó por el descuido de la propia tradición cultural y por la cultura filosófica mínima y adjetiva de los Jóvenes Filósofos. En la actualidad gobierna el PP de José María Aznar, un partido conservador y dirigido por una generación de españoles nacidos en torno a 1955, que está volviendo al cuidado de la propia tradición y a las aplicaciones filosóficas canónicas.

En el período de Transición la actividad filosófica experimentó el desarrollo de tendencias surgidas desde finales de los años sesenta, que recibieron su cauce institucional en 1983 con la LRU. Una nueva institucionalización de la filosofía, que parece haber repetido el modelo general de incorporación propio de la modernidad filosófica en nuestras instituciones de educación y cultura; me refiero a la ruptura con el pasado filosófico inmediato, tras una etapa de involución tradicionalista, con la consiguiente superposición de una nueva recepción normalizadora. Una generación de Filósofos Jóvenes ha protagonizado de manera especial este proceso de ruptura con la propia tradición cultural y filosófica, y de apertura y recepción normalizadora.

En este capítulo reciente de nuestra historia filosófica, han participado tres grupos diferenciados de autores: un grupo de autores nacidos hacia 1910, el Grupo del 36 seccionado por la Guerra Civil; otro grupo de autores nacidos hacia 1925, el Grupo de Profesores de Postguerra; y un tercer grupo de autores nacidos hacia 1940, la Generación de Filósofos Jóvenes. También se ha contado con la presencia de la obra de dos grandes maestros: Xavier Zubiri, y David García Bacca. Ninguna tendencia continuista, registrable en Zubiri, en algunos autores del Grupo del 36 y del Grupo de Postguerra, ha conseguido conectar la filosofía tradicional, ni tampoco otros desarrollos filosóficos y culturales, provenientes de la Edad de Plata, con el vertiginoso proceso de transformación de nuestra cultura y nuestra educación en este tiempo de apertura y cambios. La compleja recepción de autores y corrientes contemporáneas, realizada por la Generación Joven, sobre la base de la recepción de Analítica y Marxismo iniciada por autores del Grupo del 36 y del Grupo de Postguerra, ha desembocado en la nueva ordenación académica de la Filosofía en cuatro áreas de conocimiento tras la LRU: Lógica y Filosofía de la Ciencia; Filosofía Moral; Estética y Teoría de las Artes; y Filosofía. Estas áreas han venido a institucionalizar tendencias presentes en la producción filosófica española desde los años setenta.

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La cultura nacional católica del Tardofranquismo se desvaneció pronto de la sociedad española, que quedó sometida a un doble proceso de transformación cultural: por un lado, la irrupción de la tecnocultura, de los mercados de ocio y espectáculos para el consumo de las masas; por otro lado, la regionalización de la cultura dinamizada por los partidos políticos nacionalistas y regionalistas. La división de los autores del Grupo del 36 y del Grupo de Postguerra ante la Cultura establecida, su ambivalencia, contrasta con la dinámica rupturista del período, lanzada en filosofía por la Generación joven. En todo este proceso, la Filosofía no ha llegado a definir un lugar propio, ni podía hacerlo, en una cultura democrática, dominada por los mercados, estetizada y refractaria a cualquier intento de radicalización filosófica. Disuelta en la rápida y caótica transformación cultural del período, la cultura filosófica permaneció reconstituyendo su núcleo en el reducto académico, desde donde pasó a proyectarse de manera un tanto difusa y especializada en otros campos de la cultura, con el fin de intelectualizarlos y dotarlos de racionalidad, pero sin disponer en los mismos de demasiado crédito, ni de muchos anclajes. La Filosofía no ha contribuido de manera especial en la urgente tarea de construir la cultura común que necesita la sociedad española.

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A finales de los años sesenta comenzó una intensa recepción de lógica, filosofía e historia de la ciencia anglosajona, a través de traducciones y comentarios, que ha terminado por generalizar en la institución filosófica española, más en concreto en el área de Lógica y Filosofía de la Ciencia, la interpretación analítica de las relaciones entre ciencia y filosofía. El panorama de esta área en los años noventa, tras dos décadas de recepción de analítica, contiene materias establecidas como la Lógica y su Filosofía, la Filosofía del Lenguaje, la Filosofía de la Ciencia y de la Tecnología, y la Historia de la Ciencia, y cuenta con el dinamismo de asociaciones como la Sección de Lógica, Metodología y Filosofía de la Ciencia en España, o la Asociación Española de Filosofía Analítica, además de las asociaciones de historiadores de la ciencia y de los departamentos universitarios.. Otras propuestas filosóficas, como la Filosofía cristiana de la Realidad de Zubiri, o la Filosofía de la Liberación de García Bacca, o el Materialismo emergentista en clave analítica de Ferrater Mora, o la Filosofía materialista del Cierre Categorial de Gustavo Bueno, o las que se plantean desde alguna forma de antropología cultural, han quedado reducidas a círculos de seguidores, o sencillamente aisladas. Su recuperación parece cosa del área más canónica de Filosofía.

La lógica es una ciencia matemática consolidada y en continua expansión, que tiene entre nosotros destacados cultivadores y docentes. Son abundantes los campos de aplicación que propician su desarrollo: la filosofía de las matemáticas, la Inteligencia artificial, la lógica deóntica y jurídica, la filosofía de la ciencia y la filosofía del lenguaje. Esta Lógica y su filosofía forman parte irrenunciable de la formación filosófica actual.

Por el contrario, la Filosofía de la Ciencia no acaba de consolidarse, es sucursalista y no tiene un contacto suficiente con la historia de la ciencia. Sus principales líneas de fuerza parecen haber evolucionado desde la lógica y la filosofía de la ciencia en la versión heredada, Círculo de Viena, Popper, Bunge, hacia la filosofía de la ciencia y la tecnología (Quintanilla). Aunque la posición constructivista de Moulines parece tener seguidores, también hay una tendencia que ha salido de la filosofía de la ciencia constructivista hacia una filosofía crítica de la ciencia y la tecnología (Sanmartín, Medina). Además, autores como Toulmin, Laudan, Merton, en especial Kuhn, han impuesto las consideraciones histórico sociales, con la consiguiente tensión racionalismo y/o sociologismo (Carlos Solís). Por otra parte, desde la lógica y la metodología de la ciencia se ha evolucionado hacia una axiología de la ciencia, interesada en los núcleos de valores vigentes en la practica científico-técnica (Echeverría). En los años noventa se registra una tendencia hacia el cultivo de filosofías específicas de la ciencia. Destaca la filosofía crítica de la biología, la filosofía de la economía, la filosofía de la matemática, etc.

La filosofía del lenguaje se ha recibido en los cauces de la analítica y en relación a la lingüística y las ciencias cognitivas, por obra de autores como Sánchez-Pescador, Acero, Bustos, etc.

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El paso del Estado ético nacional católico, autoritario en sus instituciones y costumbres, al Estado de Derecho de una sociedad democrática, la dulcificación de las posiciones intelectuales marxistas y anarquistas, el regreso del carismático filósofo moral e intelectual, J. L. L. Aranguren, que pronto se convertiría para nosotros en algo así como el “filósofo de la polis”, un plantel amplio y brillante de ensayistas y conferenciantes entre los filósofos jóvenes, dedicados a este campo, hicieron pronto de la Filosofía moral y política otro de los campos de notable aplicación filosófica. En 1983 la Ley de Reforma Universitaria unió en el área de “Filosofía del Derecho, moral y política” a los profesores de Derecho Natural con los profesores de Filosofía Moral, que en 1996 se separaron de nuevo dando lugar respectivamente a las áreas de conocimiento Filosofía del Derecho y Filosofía Moral. Por otra parte, desde los años noventa, algunos profesores tienden a convertir en un área de conocimiento autónomo a la teoría política, que se incluye actualmente en Filosofía moral.

Esta área ha sido desarrollada, sobre todo, por autores de la generación de filósofos jóvenes, desde una compleja recepción de analítica, de teóricos de la justicia, de Éticas discursivas, de teorías de los valores, de autores utilitaristas, y de autores comunitaristas. Estos autores han desarrollado un pensamiento moral desconectado del momento jurídico político, al que con frecuencia demonizan desde posiciones individualistas o comunitaristas de distinto signo. Por ello no han discutido de manera suficiente el pensamiento moral y jurídico político correspondiente a los problemas planteados a la sociedad española por su flamante Estado social y democrático de derecho. Javier Muguerza, con su planteamiento libertario y disidente, ha sido uno de los autores más influyentes en este campo. En el Instituto de Filosofía del CSIC, bajo la dirección de este autor, prevaleció esta nueva filosofía moral.

En los años sesenta predominaba el emotivismo positivista y las éticas del compromiso, situacionistas, del existencialismo. En los años setenta se reciben los planteamientos morales analíticos, y el utilitarismo, a la vez que empiezan a introducirse las teorías de la Justicia y las éticas del discurso, predominantes en los años ochenta. Entre las teorías de la justicia más generalizadas, predominó la kantiana y de carácter más social de J. Rawls, que, sin tener representantes específicos, se convirtió en un lugar común para los profesores y escritores de esta área de conocimiento. La Etica mínima de Adela Cortina lanzó entre nosotros la ética discursiva de O. Apel, que ha ejercido una amplia influencia, no menor que el planteamiento discursivo de Habermas, cuya obra ha constituido otro de los lugares comunes. Cabe hablar, por tanto, de un revival kantiano en nuestros años ochenta, dado que tanto estas éticas discursivas, como la propia teoría rawlsiana de la justicia, son kantianas y deontológicas, aunque pretendan poder dar cuenta también de las consecuencias de la acción. 

Avanzados los años ochenta se produjo entre nosotros una considerable reacción comunitarista, siendo discutida sobre todo la obra del neoaristotélico Alasdair MacIntyre. El comunitarismo no sólo interesó a los nacionalistas, sino también a autores populares o progresistas que desconfiaban del individualismo moderno por sus carencias en la vertebración de la sociedad democrática. En esta línea están algunos escritos de Victoria Camps, en especial su teoría de las virtudes, como también las éticas cívicas de los años noventa.

En los años noventa se incrementa el cultivo de las éticas aplicadas, y se atiende la necesidad de desarrollar teorías de la democracia (CSIC, F. Quesada, F. Carracedo, etc.), éticas cívicas (V. Camps, S. Giner, A. Cortina, etc.), y éticas de los valores, que siempre habían estado en alguna medida presentes. A la bioética dominante de inspiración cristiana, con autores como Diego Gracia, se añade una bioética más social, con autores como Victoria Camps, que dirige una escuela de bioética en la UIMP. En estos años se observa una mayor conexión con los problemas morales y políticos de la sociedad española. José Rubio Carracedo es el presidente de la Sociedad Española de Ética y Filosofía política. Filósofos morales, como Savater desde los años ochenta, y Antonio Marina desde los años 90, se han convertido en los fenómenos editoriales de la Filosofía.

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La Estética, una materia desdibujada y ensimismada de las facultades de filosofía, todavía en los años setenta, pasó con la LRU a convertirse en el área de conocimiento filosófico Estética y teoría de las artes, con una clara proyección académica y cultural. Para entender esta consolidación de la Estética como un área de conocimiento filosófico, conviene recordar, por un lado, algunos factores extrínsecos, derivados de la estetización general característica de la tecnocultura, y, por otro, a la producción desde finales de los sesenta de algunos autores jóvenes, como Rubert de Ventós, Trías, Marchán Fiz, Calvo Serraller, Valeriano Bozal, etc., y al consiguiente cambio generacional sobrevenido en la universidad española en los años ochenta. En este campo han producido algunos de los ensayistas más brillantes de la Generación Joven, y Eugenio Trías ha articulado su propuesta filosófica, la Filosofía del Límite.

La gran demanda social de producción estética está detrás de la proyección de la Estética y teoría de las artes, que constituye un área de conocimiento en la Facultad de Filosofía, con la Estética como materia troncal en Filosofía, en Historia del Arte y en Bellas Artes, y con otras materias optativas, que ofrece, no sólo en aquellas facultades, sino también en Arquitectura y en Ciencias de la Información. Un notable cambio generacional, acontecido en la universidad y en la producción editorial española, ha dictado nuevas pautas teóricas en este campo desde una amplia recepción. En estos años se ha pasado a disponer de ediciones españolas de historiadores de la Estética y de las teorías del arte como Bosanquet, Bayer, Beardsley, Panofsky, Tatarkievicz, Taine, de Bruyne, Givone, Assunto, Blunt, Chastel, etc. Se han multiplicado las ediciones de autores clásicos en este campo. Se han ido traduciendo y comentando autores de distintas corrientes contemporáneas como el formalismo ruso y sus irradiaciones centro europeas, la semiología del arte, la estética analítica, la sicología del arte, la sociología del arte, la estética de la recepción, etc. Ha crecido de forma espectacular la edición de catálogos y libros sobre obras de arte e historia del arte, así como las revistas especializadas en este mundo. Aumentan los comentarios de las principales obras de críticos de la modernidad procedentes de la Escuela de Frankfurt, de las hermenéuticas existenciales, así como de la postmodernidad. Se han publicado algunas introducciones con su correspondiente selección de textos clásicos de la historia de la estética, por autores como J. M. Valverde, Plazaola, Sánchez Vázquez, Ana Lucas.

El grupo de autores predominante en este campo se caracteriza ante todo por pertenecer a una generación rupturista, que crece desde la recepción mencionada. Estos autores muestran además una inequívoca “voluntad de estilo”, de manera que abandonan el tratado académico y optan por el ensayo o el artículo, algunos cultivan la poesía, o la novela. No se puede olvidar, así mismo, que mantienen una concepción filosófica de la Estética, no científica ni semiótica; esto es reflexiva e interdisciplinar, desarrollada desde y en conexión con la producción y la comunicación cultural, en especial la artística, y en donde viene a predominar, por ello mismo, la dimensión antropológica. Por otra parte, algunos combinan su dedicación a la Estética, con el ejercicio de la crítica y el comentario de arte, que consideran estética aplicada, o con la historia del arte, que constituye su fuente nutricia principal. Estos autores sitúan el horizonte de nuestro presente en la modernidad, y plantean un revisión crítica de la misma desde la Estética. Y, en fin, hemos de recordar que proponen la necesidad del pensamiento en imágenes, un desarrollo contemporáneo del wisse das Bild!, por lo que se ven confrontados con el concepto de símbolo y con la experiencia estética.

La nueva Estética renuncia a ser una teoría apriorística e intemporal de la belleza y de las artes, sea neoescolástica o fenomenológica, y teoriza sobre las artes, su historia y sus ciencias, en cuanto formas de experiencia estética privilegiada, así como sobre el ámbito general de la cultura humana, para llegar a levantarse hasta una teoría filosófica, ciertamente fragmentaria y provisional, pero siempre superando la fugacidad y la parcialidad de los manifiestos artísticos.

7

En el área de Filosofía, que recogió las restantes cátedras de la facultad de filosofía anterior a la LRU, se incluyen las aplicaciones canónicas de la filosofía referentes a la teoría de la realidad, la teoría del hombre, la teoría del conocimiento, y la Historia de la Filosofía, desde la que aquellas se retroalimentan. Esas aplicaciones filosóficas fuertes, que carecen de proyección económico tecnológica y jurídico política en las sociedades del presente, forman parte de la historia de la filosofía, que sigue siendo imprescindible en la formación de los profesionales de estas materias. El conocimiento de la Historia de la Filosofía Contemporánea ha favorecido con todo la evolución de estas aplicaciones canónicas hacia su contexto filosófico actual. En los planes de estudio de las distintas universidades encontramos materias como “Metafísica”, “Antropología filosófica”, “Filosofía de la Historia”, “Filosofía de la Religión”, “Teoría y sociología del conocimiento”, además de las historias de la filosofía.

Los profesores de esta área son filósofos historiadores y/o historiadores filósofos que se aplican a la Historia de la Filosofía, o replantean las aplicaciones canónicas, procedentes de los filósofos clásicos, desde los nuevos desarrollados aportados por autores modernos y contemporáneos. Así, por ejemplo, la metafísica escolástica encuentra su continuidad en reformulaciones desde la Filosofía Moderna, como el Tomismo trascendental, o se sustituye por una Ontología replanteada desde alguna radicalización de la Fenomenología, o de la Hermenéutica y de sus críticos. Así, también, se buscan Historias Filosóficas de la Filosofía en las que el sentido filosófico vive, bien de la historia de la filosofía (Tomismo trascendental, Filosofía trascendental, idealismo, etc.), bien de la autoridad de filósofos o corrientes contemporáneas que han replanteado filosofías del sentido (Fenomenología, Hermenéutica, etc.), bien de la disolución de dichos planteamientos (Postestructuralismo, postanalítica, postmodernidad, etc.).

Estos desarrollos académicos que, con frecuencia, en lugar de situar las aplicaciones filosóficas canónicas en su contexto histórico, se empeñan en convertir la Historia de la Filosofía en el reducto académico de sus pretendidos renacimientos, contrastan con el hecho institucional de las tres áreas autónomas de conocimiento filosófico promovidas por la LRU. Más aún, ha existido una discontinuidad académica manifiesta entre la filosofía desarrollada en esas tres áreas y la Historia de la Filosofía desarrollada en relación a las interpretaciones canónicas del área de Filosofía. Una discontinuidad académica en los estudios superiores, que se ha transmitido de manera automática a la educación filosófica en el bachillerato. 

7.1. La historia de la religión en la cultura española ha estado dominada casi por completo por el Catolicismo, una religión, por cierto, que ha impregnado todos los ámbitos de nuestra cultura durante largos períodos de su historia. Por otra parte, la sociedad española acababa de salir de un Estado confesional y de una cultura nacional católica. Si la revisión del cristianismo y de su papel en la sociedad española había sido discutido desde los años sesenta, a partir de los ochenta se han venido publicando una serie de obras, con escasa proyección académica, pero que desarrollan propuestas importantes en este tema.

En efecto, el planteamiento ontologista de Xavier Zubiri en El hombre y Dios, donde se concibe al hombre como experiencia de Dios. La religiosidad culturalista y atea de García Bacca en su libro Qué es Dios y Quién es Dios. El enfoque poético existencial de Zambrano en su obra El hombre y lo divino, que explica la religión desde el delirio de divinización propio del hombre moderno. Ya me he referido al intento del padre jesuita Gómez Caffarena por replantear una filosofía de la religión cristiana, que satisfaga las exigencias de la Ilustración, y del que es una muestra su obra de 1983 El teísmo moral de Kant. La obra del escritor y ensayista cristiano, José Jiménez Lozano resulta especialmente significativa en este campo. El filósofo materialista y ateo Gustavo Bueno investigó la génesis antropológica de la religión en sus obras El animal divino y las Cuestiones Quodlibetales: la experiencia paradógica y terrorífica del animal postanimal humano es el origen de la religión. En su obra El problema de Dios en la modernidad, Torres Queiruga pretende una religión reformada acorde con el movimiento de la razón y de la sensibilidad moderna, que supere en definitiva las exigencias de la Ilustración. En sus obras de los años noventa La Edad del Espíritu y Pensar la Religión, Eugenio Trías ha desarrollado su Filosofía del Límite en el ámbito de la religión.

Sin embargo, el pensamiento filosófico español, en su vertiente académica, ha dejado un tanto de lado el problema de la religión, se ha limitado en algunos casos a sustituir la Teología natural o Teodicea de los años setenta por una filosofía de la religión, buscada desde la fenomenología y la Historia de las Religiones (Gómez Caffarena, M. Fraijó) o desde la analítica (Sádaba), que sólo ha tenido implantación como materia optativa en los planes de estudios de algunas universidades. A la falta de implantación académica le ha seguido una producción científica limitada con un reducido círculo de cultivadores.

7.2. En las últimas tres décadas, la historiografía filosófica en España ha experimentado un período de luces y sombras, una situación paradójica. La Historia de la Filosofía ha experimentado un considerable dinamismo, como lo ponen de manifiesto los principales indicadores de producción en este campo. Pero, el considerable incremento de las sociedades y cursos, así como de la producción editorial, la abundancia de Historias de la Filosofía y de monografías, unido al aumento de los trabajos dedicados a la Historia y a la filosofía de la historiografía filosófica, contrastan con la profunda crisis de concepción general presente en este campo. Este estado crítico se manifiesta en una serie de rasgos propios de dicha producción, como son entre otros la tendencia doxográfica y el predominio de las monografías, la discontinuidad expositiva y el textualismo, la aparición de alternativas historiográficas, la escisión entre la Historia de la Filosofía y la Historia de la Filosofía española, la escasa atención a la filosofía española contemporánea, etc.

En los años setenta a la historiografía ecléctica y objetiva de la academia escolástica, de un Fraile/Urdanoz por ejemplo, le salieron alternativas historiográficas como la historiografía heideggeriana de Marzoa, la marxista de Jerez Mir y la social de Fontana. Aunque la historia social de la filosofía no ha conocido mayores desarrollos entre nosotros, si que se registra una atención creciente al contexto socio-histórico, del que carecía la historiografía académica, a medida que avanzan los años ochenta. El uso directo de las fuentes primarias, la prevalencia de la originalidad de los textos, son aportaciones de la historiografía heideggeriana, que también se irán generalizando entre nosotros a medida que avanzan los años ochenta.

Las Historias generales de la Filosofía en los años ochenta desarrollan la tendencia doxográfica y textualista, se generaliza la atención al contexto socio-histórico, y se intenta disolver la historiografía filosófica en ensayos historiográficos alternativos más generales. José María Bermudo Ávila coordinó Los filósofos y sus filosofías un exponente académico de escepticismo filosófico e historiográfico, y una invitación a resignarse con el supuestamente inevitable carácter fragmentario, discontinuo, y aleatorio de la exposición histórica de la filosofía. Jesús Mosterín intentó disolver la Historia de la Filosofía en una Historia general del Pensamiento racional, que atiende al contexto socio-cultural. En su Historia crítica del pensamiento español, José Luis Abellán convierte la Historia de la Filosofía en una Historia de las Ideas constitutivas de la cultura española. En los años noventa, el enfoque historiográfico de la Historia de las Ideas intentó proyectarse al Bachillerato LOGSE, por sus supuestas ventajas pedagógicas, pero sin éxito.

En los años noventa encontramos una reedición de la Historia de la Filosofía de Marzoa, con una revisión a fondo de su tratamiento de la filosofía moderna y contemporánea. Entre los años 1995 y 1997 han ido apareciendo los cinco volúmenes de una Historia general de la Filosofía que, coordinada por Félix Duque en la editorial Akal, aspiraba a convertirse en un manual universitario. En el año 98, el profesor Juan Carlos García-Borrón publicó su Historia de la Filosofía, un manual ecléctico, equilibrado, con continuidad académica, que atiende y contrasta los tópicos consagrados por la historiografía, que hace un gran esfuerzo de contextualización socio-histórica, sin olvidar el condicionante psicobiográfico.

Las propuestas historiográficas del período tampoco parecen haber reconducido esta situación crítica. Predominan los partidarios de las Historias filosóficas, frente a los escasos defensores de la historiografía científica de la filosofía, no solo por pensar que la Historia filosófica es la única capaz de reconocer los hechos filosóficos, sino también por considerar que solo ella puede conservar vivo y actual el sentido filosófico. El eclecticismo historiográfico será la posición dominante de palabra y de obra. A finales de los años ochenta se percibe la creciente necesidad de discutir el desplazamiento de la atención hacia el contexto socio-histórico y hacia la base textual, así como el carácter narrativo de la Historia de la filosofía.

Emilio Lledó abrió la discusión metodológica de los años ochenta con su obra Lenguaje e Historia, donde reaccionaba contra una historiografía filosófica académica y descontextualizada, y proponía ya una hermenéutica histórica que conectara el sentido filosófico con la vida. Su descalificación de la historiografía heideggeriana no fue tomada en consideración por los interesados. El padre jesuita Eusebi Colomer dejaba una muestra de historiografía académica escolástica, partidaria del tomismo trascendental, descontextualizada y ajena a las discusiones hermenéuticas del momento, en su conocida El pensamiento alemán de Kant a Heidegger. Un autor muy consciente de la literatura en torno a la Historia de la historiografía de la filosofía, Serafín Vegas González, proponía aclarar las cuestiones metodológicas de la Historia de la filosofía desde una reconsideración de dicha Historia de la historiografía. Este autor defendía de manera decidida una Historia de la filosófica de carácter autónomo y científico, al mismo tiempo que criticaba las alternativas historiográficas, en especial la Historia social y la Historia de las Ideas. El profesor Antonio Pintor Ramos defendió una Historia Filosófica de la Filosofía desde un difuso eclecticismo metodológico, no necesariamente teórico. Las Historias generales de la filosofía son necesarias en la formación e iniciación filosófica, pero no existe ninguna Historia general de la filosofía satisfactoria para todos; por lo que se impone optar en este necesario momento didáctico. Francisco Bonnin Aguiló intentó dibujar las líneas de una Historia filosófica de la filosofía de carácter posibilista, moderadamente ecléctica e historicista. En su obra Los destinos de la tradición. Filosofía de la Historia de la Filosofía, Félix Duque defiende una Hermenéutica histórica que, dentro del paradigma del texto y abierta al contexto socio-histórico, reconstruye de manera intertextual el sentido filosófico.

Al pasar a los años noventa se observa un avance de la historiografía hermenéutica, —conectada con alguna radicalización ontológica o antropológica de la hermenéutica filosófica—, el reconocimiento del contexto sociocultural, y el paradigma del texto. “Textualismo” y “Narrativismo” son dos tendencias que se van generalizando de manera diferenciada entre los filósofos historiadores y los historiadores filósofos de los años noventa en España, al mismo tiempo que la Hermenéutica se va haciendo omnipresente, pero de manera un tanto difusa. No se trata de la hermenéutica como método concreto de interpretación de textos, sino de alguna radicalización ontológica o antropológica de la misma, que replantea una filosofía sustantiva y, desde la misma, en algunos casos, alguna forma filosófica de historiografía, alguna hermenéutica histórica.

En efecto, los años noventa se abren con la obra de Emilio Lledó El silencio de la escritura, que repasa los grandes temas de una hermenéutica histórica concebida como un diálogo con la escritura de los textos filosóficos, pero que reacciona contra el neotextualismo de autores como Barthes, Foucault, Derrida, Fish, Bloom, por ser “la forma contemporánea del idealismo”. En su obra La Historia de la Filosofía como Hermenéutica, Diego Sánchez Meca nos propone una Hermenéutica de las tradiciones filosóficas, que hace suya la “explicación” (analítica, postestructuralismo), y la crítica de las ideologías (marxismos, Escuela de Frankfurt). El textualismo postestructuralista, derridiano, de los movimientos de desconstrucción, entre nosotros autores como Patricio Peñalver, Cristina Peretti, etc., va más allá de la Hermenéutica, representa su único límite, porque fragmenta y suspende los textos en una intertextualidad refractaria al sentido, porque representa un narrativismo dogmático.

7.3. La evolución de la historiografía en el campo de la Historia de la Filosofía española ha seguido un curso característico, inclinado en exceso a la historiografía culturalista. Hasta los años ochenta predominaba el enfoque de la historiografía académica, ecléctica y objetiva, que investigaba la aportación de los filósofos españoles al discurso de la Filosofía universal en el marco del proyecto, parcialmente realizado, de Bonilla y Sanmartín. La Historia de la Filosofía española de Fraile pretendía responder a las exigencias de la docencia de esta materia en los años setenta. La publicación de La Historia crítica del pensamiento español de José Luis Abellán abrió un período de predominio del Hispanismo filosófico en la investigación y en la docencia de esta materia, en un ciclo político caracterizado por el general descuido de nuestras propias tradiciones culturales y de pensamiento. En esta orientación, la Historia de la Filosofía española queda disuelta en una Historia de las Ideas propias de la cultura española, expresadas de manera especial en las filosofías literarias y en las literaturas filosóficas, sin olvidar su contexto económico-político y biográfico. No todos los profesores universitarios de esta materia compartían este enfoque ni en la docencia ni en la investigación. Pensemos en la historia del pensamiento en la España musulmana de Cruz Hermández, o en las monografías sobre Ortega o sobre Unamuno de Pedro Cerezo. Desde mediados los años noventa se observa una vuelta al estudio de la Historia de la Filosofía española en relación a la Historia de la Filosofía universal; de manera especial, se están estudiando en esta línea las recepciones más importantes de filosofía moderna y contemporánea: Krausismo y Fenomenología.

8

La educación filosófica en la Enseñanza Secundaria y en el Bachillerato ha experimentado tres situaciones distintas en este período. En el ciclo político de la UCD, la Ley General de Educación de 1970 dio lugar en los tres años de BUP a una educación moral de carácter filosófico, como alternativa a la Religión; además, dispuso una Filosofía en el tercer curso de BUP y una Historia de la Filosofía en COU. En la etapa de gobierno socialista, la educación conoció dos períodos, experimentalista en los años ochenta, y de implantación y creciente burocratización en los noventa. Aunque terminó por implantarse una ética en cuarto de ESO, la educación moral filosófica no gozó de especial ascendiente y predominó la confianza en la educación transversal en valores y actitudes. El enfoque de esa Ética respondió a los planteamientos de los autores del área de Filosofía moral. La Filosofía del primero de Bachillerato se organizó en bloques temáticos y en sus contenidos fueron entrando de manera creciente los desarrollos actuales dados a la Filosofía en las nuevas áreas de conocimiento filosófico. La Historia de la Filosofía no dispuso de un lugar adecuado en el Bachillerato LOGSE y terminó por quedar reducida al Bachillerato de Humanidades, al borde de la desaparición. En el enfoque de la Historia de la Filosofía, se fue abandonando la exposición histórico sistemática y, a finales de los años ochenta, ya se había generalizado el trabajo con textos de filósofos clásicos y la atención al contexto socio-cultural. La discontinuidad entre la Historia de la Filosofía y las nuevas áreas de conocimiento filosófico se ha reflejado en la formación filosófica dispuesta en el bachillerato.

© Gerardo Bolado Transición y recepción: La Filosofía Española en el último tercio del siglo XX. Santander: Sociedad Menéndez Pelayo / Centro Asociado a la UNED en Cantabria, 2001. Edición digital autorizada para el Proyecto Ensayo Hispánico. Esta versión digital se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos correspondientes. Edición para Internet preparada por José Luis Gómez-Martínez.

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