Teoría, Crítica e Historia

Teorías en debate

Edward Demenchonok


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Filosofía intercultural para la convivencia en un mundo diverso e interrelacionado"

 

La segunda mitad del siglo XX, con el establecimiento de las Naciones Unidas, los procesos de descolonización y los movimientos de liberación nacional, fue marcada por los crecientes movimientos por la diversidad cultural. Estos movimientos estimularon la aparición de la filosofía latinoamericana, africana y otras filosofías en las regiones del “Tercer Mundo”. El interés hacia la identificación cultural tuvo un impacto positivo tanto para ayudar a los individuos en sus esfuerzos de rescatar sus identidades culturales como para unir a la gente en su resistencia cultural en contra de la influencia homogenizante y depersonalizante del sistema socio-económico y político. La diversidad cultural tiene un potencial y crea nuevas oportunidades para la auto-expresión de los individuos y para el desarrollo cultural y la liberación humana. Sin embargo, la identidad cultural también puede ser utilizada como un arma ideológica por los políticos que ponen sus miras en el fundamentalismo religioso, el nacionalismo o el etnocentrismo hegemónico.

La libertad de la auto-identificación cultural presupone una responsabilidad por respetar la misma libertad para los demás, y por lo tanto por promover las relaciones interculturales mutuamente beneficiosas a través del dialogo. Si no, la continuación del patrón histórico de las “guerras culturales” y “choques de civilizaciones” será aún más devastador en el mundo globalizado, a menos que prevalezcan las relaciones dialógicas mutuamente respetuosas entre la gente culturalmente diferente.

La diversidad cultural y las filosofías culturalmente enraizadas

El problema de la diversidad cultural y la universalidad tiene sus raíces en el pasado, pero, a la vez, es muy pertinente hoy en día. Un discurso de la diversidad cultural incluye las cuestiones de las identidades étnicas, raciales y nacionales. Es un reto para la “sobrevivencia de la humanidad en el siglo XXI” (Gracia, 2005, 2008).

A partir de la segunda mitad del siglo XX, crecieron movimientos a favor de la identidad cultural de las naciones, las etnias, y las minorías. Esto se refleja en muchas publicaciones que analizan este proceso. Era una reacción a las pretensiones universalistas del Occidente, que presentaba su visión eurocéntrica del mundo como si fuera universal. Los estados nacionales frecuentemente presentaban una imagen nacionalista o chovinista de su cultura, la cual universalizaba los valores del grupo dominante e ignoraba los otros, las minorías étnicas y raciales. Los movimientos a favor de la identidad cultural de los diversos grupos nacionales, étnicas, raciales, y sociales encontraron una inspiración intelectual en las ideas de la filosofía y literatura nacional -- latinoamericana, africana, afro-americana, etc. -- y en la filosofía dialógica, sobre todo la de Mikhail Bakhtin. Pero al destacar una originalidad cultural en una forma exagerada o no balanceada, resulta una subestimación de la unidad sobre la base de los intereses comunes y los valores humanos universales. Esto puede conducir hacia un nacionalismo extremo y una fragmentación etnocéntrica: es decir, muchos centros aislados, o un centro hegemónico que pretende ser universal.

Las cuestiones de identidad cultural y las relaciones interculturales son algunos de los temas centrales que se plantean en la filosofía latinoamericana, africana y otras filosofías del así llamado “Tercer Mundo”. Estas emergieron como un fenómeno original del pensamiento filosófico contemporáneo. Estas filosofías, en su etapa inicial se preocupaban ante todo por una búsqueda de su “autenticidad.” En la lucha por su desarrollo y el reconocimiento, ellas se enfrentan a una doble tarea: Por una parte, representan un desafío para el eurocentrismo u occidentalismo, y en búsqueda de su originalidad se enfocan en sus propias tradiciones culturales. Por otra parte, la necesidad de desarrollo exige que se interrelacionen con otras tradiciones filosóficas y que elaboren sus dimensiones interculturales.

En su desarrollo histórico estas filosofías muestran la tendencia de evolucionar inicialmente desde un etnocentrismo hacia una mayor apertura a las ideas de la diversidad cultural y del diálogo. También es una tendencia de evolución hacia una filosofía profesional, una auto-reflexión crítica y la apertura a un diálogo intercultural. A pesar del “centrismo”, en la filosofía contemporánea se ve una tendencia hacia pluralidad y un diálogo intercultural.

La diversidad cultural frecuentemente se percibe como una fuente de conflictos. La pregunta es: Frente a la dicotomía de los extremos del globalismo homogeneizante y un multiculturalismo aislador, ¿es una tercera vía aún posible? Hay esfuerzos de encontrar un enfoque nuevo y elaborar una visión teórica que sería una alternativa a esta dicotomía entre la diversidad cultural y la universalidad. Estos esfuerzos se reflejan por los conceptos de la “interculturalidad,” “diálogo intercultural”, “filosofía intercultural” y “transcultura”. Este enfoque alternativo es sumamente importante como un modelo en la política mundial, donde el factor de las identidades culturales fijadas -- basadas en la etnia, la rasa, la religión o la ideología -- se convierte en un pretexto para los conflictos y la violencia. Dicho modelo alternativo orienta hacia la tolerancia y la convivencia en el mundo diverso e interrelacionado.

En las complejas estructuras del poder, la demarcación entre los dominadores y los dominados, entre las élites poderosas y las masas empobrecidas atraviesa las diferencias raciales, étnicas y nacionales. La mayoría dominada y explotada de la sociedad, la cual incluye la gente de todas las diferentes razas, etnias, y géneros, tiene un interés básico y común para proteger su libertad, sus derechos y su bienestar económico. Sin embargo, en muchos casos, ellos desafortunadamente se convierten en una victima de la política dominadora de “dividir y conquistar.” La gente, seducida por nacionalismo y chovinismo, corre un peligro de perder sus libertades civiles y la democracia. Una sociedad fragmentada en las minorías conflictivas puede fácilmente convertirse en un rehén de un grupo dominador (tal como una auto-proclamada “mayoría moral”) y luego ser “integrada” forzosamente por una ideología nacionalista y chovinista y por una política neototalitaria y hegemónica bajo un pretexto de una “guerra global contra el terrorismo,” una crisis económica, etc.

Al contrario, en vez de percibir las diferencias culturales o raciales como barreras insuperables y divisivas, la gente del mundo culturalmente diverso y a la vez global debe ser más consciente y tolerante de la diversidad humana. La gente debe concientizarse de los problemas reales –socio-económicos, políticos, culturales y ecológicos a escala global – y enfocarse en los esfuerzos conjuntos en la búsqueda de las posibles soluciones.

Los intereses fundamentales de la mayoría de la gente requieren el diálogo, la solidaridad y la colaboración como un frente unido para ser protegidos. Para la gente en cualquiera sociedad y a través de las naciones, quienes resisten una dominación y un control excesivo de los poderes y quienes luchan por la libertad, los derechos humanos y los intereses socio-económicos básicos, es sumamente importante de encontrar y ampliar una base común para un diálogo unificador, en vez de separarse culturalmente. La polarización política y económica del mundo y la agudización de los problemas globales—tales como la crisis ecológica, las guerras en un mundo lleno de armas de destrucción masiva, el subdesarrollo de los países del “Tercer Mundo” y la pobreza—los que amenazan a la sobrevivencia de la humanidad, muestran una necesidad vital de un diálogo, colaboración y los esfuerzos conjuntos para una búsqueda de las soluciones posibles de estos problemas.

El planteamiento filosófico de la diversidad cultural y de la universalidad en el mundo de hoy y sus conceptos tales como el “diálogo intercultural”, “filosofía intercultural” y “transcultura” contribuyen a una comprensión mejor de los problemas y orientan hacia un enfoque constructivo y dialógico para solucionarlos. Este enfoque abre la posibilidad de una alternativa al “choque de las civilizaciones,” de una globalización no homogeneizante y sin violencia, de la convivencia en el mundo diverso e interrelacionado, y por lo tanto facilita una vía hacia la paz.

Desde el multiculturalismo liberal hacia un diálogo intercultural

El reconocimiento y la celebración de la diversidad cultural fue un signo del siglo XX. Su conceptualización fue asociada con la noción del “multiculturalismo”, la cual pronto se convirtió en una moda. Pero en realidad hechos para promover la diversidad cultural eran poco más que habladuría sin sustancia. Según el enfoque del multiculturalismo liberal, a pesar de que uno puede reconocer el derecho del otro “a existir”, se tiene en cuenta su propia cultura y su verdad como superior o absoluta.

Multiculturalismo como concepto ha mostrado sus fallas teóricas. En vez de ver las culturas como dinámicas e interrelacionadas, el multiculturalismo presenta un modelo estático de las culturas como si fueran herméticas y auto-suficientes (por ejemplo en los trabajos de Will Kumlicka y Charles Taylor, entre otros). Pero si las culturas se enfocan solamente en sus diferencias y en mantener sus fronteras herméticas con las otras culturas, en vez de estar abiertas a un diálogo y a los valores comunes, las relaciones serán conflictivas (las “guerras de las culturas” dentro de la sociedad y “un choque de civilizaciones” a escala global).

Aquí es necesario hacer una aclaración: Sin lugar a dudas, para cada cultura sus fronteras son necesarias en un sentido positivo para dar la “cara” y perfilar a sus rasgos esenciales y únicos y para mantener su originalidad. Pues “la particularidad y la singularidad crecen de hecho y de derecho dentro de determinadas fronteras” y las culturas necesitan las fronteras “que contornan lo particular y lo singular” (Fornet-Betancourt, 2012: 73). Las fronteras en el sentido de “autoafirmación” de lo propio resisten la influencia asimétrica de las culturas dominantes y la homogenización que acompaña la globalización en su forma actual. Pero las fronteras no deben ser entendidas como las que hermetizan y aíslan a las culturas supuestamente autosuficientes y con la pretensión a la superioridad.

El doble sentido de la frontera y de “desfronterización” se analiza, por ejemplo, por Raúl Fornet-Betancourt. Él distingue, por un lado, las políticas de “desfronterización,” en el sentido negativo, que serían las estrategias de neocolonización sutilmente enmascarada. Por otro lado, la “desfronterización” puede ser entendida en un sentido positivo como una “condición para la interacción simétrica” y “la comunicación en igualdad de condiciones” (Fornet-Betancourt, 2012: 76). En breve la dialéctica de lo particular y lo universal en las culturas presupone la preservación de la originalidad de cada cultura y de una vez su apertura dialogal hacia las otras culturas del mundo.

Una crítica posmoderna de la dominante “cultura de masas” desenmascara las relaciones entre el conocimiento y el poder. Sin embargo, su debilidad consiste en un relativismo y un escepticismo sobre los conceptos y valores universales. Una crítica multiculturalista del poder -- hecha desde una perspectiva limitada de las identidades particulares de la etnia, la raza y el género -- desacredita el fundamento de valores sobre el cual se basa la crítica misma. Por lo tanto el multiculturalismo falló en ser una alternativa real a la dominante “cultura de masas.” Además el multiculturalismo mismo no fue inmune a las relaciones del conocimiento-poder, tales como la dependencia de los individuos en los dogmas ideológicos de grupos y en el poder autoritario de sus líderes. En las teorías postmodernas de las culturas hay una tensión interna entre el multiculturalismo y la deconstrucción. El multiculturalismo implica una conexión esencialista entre la producción cultural y el origen étnico o físico. En contraste, la filosofía intercultural argumenta a favor de un concepto de la diversidad cultural libre del determinismo y de la representación.

El multiculturalismo liberal también falló como una política. Desde el inicio del siglo XXI, con un giro neoconservador en la política mundial, el multiculturalismo liberal fue ensombrecido por una tendencia opuesta, hacia el etnocentrismo y el fundamentalismo ideológico y una sospecha hacia “el otro.” El mismo término “multiculturalismo” fue echado al olvido. La política anti-multiculturalista acompaña la legislación contra los inmigrantes y la “integración” político-ideológica bajo un pretexto de la seguridad nacional y “una guerra global contra el terrorismo.” El monoculturalismo etnocéntrico y chovinista es la otra cara de la moneda de la tendencia neototalitaria y la pretensión a la hegemonía global.

El fracaso del multiculturalismo estimuló los esfuerzos de los filósofos de buscar un enfoque teórico alternativo hacia la diversidad cultural y de repensar los asuntos de identidad/diversidad. Un ejemplo de tal enfoque alternativo es la teoría de interculturalidad.

La transformación intercultural de la filosofía

La noción de la interculturalidad se refiere tanto a un fenómeno real de las relaciones entre las culturas existentes como a una cierta comprensión de y disposición hacia éstas relaciones. Por ejemplo, Ram Adhar Mall define la interculturalidad como una categoría “mental y moral,” como una “actitud” hacia los otros, o “un espíritu” que aprueba de los valores de la pluralidad, la diversidad y las diferencias (Mall, 2000, p. 15). Intercultural es un adjetivo que se usa para caracterizar la cultura, la filosofía, la teología, la política, la pedagogía, etc. El tema de interculturalidad se plantea dentro de varias disciplinas académicas, las cuales exploran la teoría del origen de las culturas y sus interrelaciones mutuas, los problemas de las sociedades multiculturales, etc.

El termino “filosofía intercultural” se refiere tanto a la reflexión filosófica sobre el fenómeno de las relaciones interculturales como a una visión de filosofía misma desde una perspectiva intercultural. La filosofía intercultural reflexiona sobre el impacto del marco cultural en filosofía como tal, explorando “las diferencias fundamentales de las acuñaciones culturales de las mismas formas de pensar como tales” (Winner, 1998:1). Se distinguen dos modelos principales de la filosofía intercultural. Una es un paradigma “interreligioso intercultural” planteado por Raimundo Panikkar, quien argumenta la necesidad de las relaciones dialógicas entre varias culturas como un prerrequisito para una colaboración y una solución de los problemas del mundo contemporáneo. El otro paradigma es el de la “liberación intercultural” desarrollada por Raúl Fornet-Betancourt. El ve la filosofía como culturalmente arraigada y elabora un proyecto de la transformación intercultural de la filosofía.

Desde su enfoque teórico, Raúl Fornet-Betancourt contribuye a una comprensión intercultural de la cultura. Al responder a los críticos (tales como Wolfgang Welsch y Hans Jo:rg Sandkühler) quienes alegan que la interculturalidad sostiene una concepción esencialista, ontologista y tradicionalista de la cultura, él presenta una visión plural y dinámica de la cultura. Según él, es necesario repensar el mismo concepto de cultura y reformular su relación con los procesos reales, basándose en los criterios de la contextualidad y de la historicidad cultural. A la reducción dogmática de las culturas a sus tradiciones, él opone una relación histórica y creativa de las culturas con sus tradiciones. Aunque no hay cultura sin tradición, una cultura es siempre más que sus tradiciones, las cuales no son el punto final en el desarrollo de una cultura. Según Fornet-Betancourt, hay que evitar tanto la sacralización de tradiciones culturales como la instrumentalización de lo “propio” por los grupos sociales dominantes. Cada cultura tiene una pluralidad de tradiciones que están en conflicto, un conflicto que es frecuentemente un conflicto por el poder, la lucha por “la hegemonía de la interpretación,” y que representa la dialéctica de opresión y liberación. Las culturas funcionan en el contexto más amplio de la “sociedad mundial” o de la humanidad globalizada. El enfoque intercultural ayuda a una comprensión de un dilema actual entre el poder hegemónico y una alternativa cultural y política de un mundo realmente diverso. Precisamente el diálogo intercultural sirve como un medio para la realización de una posibilidad histórica de esta alternativa. Se trata de un diálogo entre culturas conscientes de su historicidad, de un enriquecimiento mutuo, cuyo objetivo es el “ennoblecimiento” o la humanización del ser humano y el mejoramiento del mundo (Fornet-Betancourt, 2009: 43-45).

A diferencia de los otros teóricos de la filosofía intercultural, Fornet-Betancourt no se limita con un análisis de las relaciones entre las culturas, sino que radicaliza su potencial heurístico como un enfoque teórico-metodológico, y lo aplica hacia un planteamiento de los problemas de la filosofía y la transformación de su importante papel en un análisis crítico de los problemas del mundo contemporáneo. La tarea doble de la filosofía intercultural es de la reconfiguración teórica de la filosofía misma y de su contribución ante los problemas actuales de la humanidad.

La transformación intercultural de filosofía rompe con las barreras creadas por las estructuras monoculturales de filosofar y parte del reconocimiento de la pluralidad de las filosofías con sus respectivas matrices culturales y sus formas de argumentación y de fundamentación. Desde tal perspectiva, un pensamiento filosófico debe ser consciente de sus bases y límites culturales, reconocer otros tipos de pensar como mundos propios y solidarizarse con ellos, porque con la ayuda de esos universos puede abrirse a lo universal.

 La filosofía intercultural defiende la diversidad cultural y el derecho de los pueblos a sus culturas propias. En contra de la tendencia homogeneizante de la globalización, ella fomenta la pluralidad de las visiones del mundo y la realización concreta de una pluralidad de mundos reales. Ella implica una nueva comprensión de la universalidad que supone la “liberación realizante de todos los universos culturales” y la “praxis de solidaridad entre las culturas.” La interculturalidad implica “una ética del respeto, de la tolerancia y de la solidaridad” (Fornet-Betancourt, 2012: 56-67).

Fornet-Betancourt trata de esbozar las características principales de la filosofía intercultural como una “nueva configuración del filosofía” (o un nuevo paradigma). Este giro innovador supone “una transformación radical de esa forma de pensar, de conocer, de interpretar, de nombrar lo que conocemos, de fundamentar normas de comportamiento individual y social” (Fornet-Betancourt, 2012: 12). La meta de la transformación es crear “una filosofía mejor; una filosofía mas ‘coloreada’, pluricromática, pluriforme y plurivisional”, teniendo en cuenta su función social: una filosofía que esté “mejor preparada y equipada para cumplir su función como factor de cambio en nuestro presente histórico” (Fornet-Betancourt, 2001: 174).

Tal transformación se realiza mediante un diálogo entre las tradiciones culturales de la humanidad, sobre la base del reconocimiento mutuo y de la igualdad. La filosofía intercultural es una filosofía del diálogo. El tema y la meta principal del diálogo es “la convivencia humana.” La filosofía intercultural analiza las condiciones socio-políticas del diálogo y la convivencia como una salida del círculo vicioso de la violencia y de la agresión contra el otro.

La transformación de la filosofía incluye la crítica del eurocentrismo para superar las consecuencias epistemológicas y metodologistas del colonialismo político y filosófico de Occidente. Este cambio se extiende hacia la crítica del concepto hegemónico del desarrollo. Al mismo tiempo, fomenta positivamente el pluralismo cultural para “escuchar la memoria de tradiciones heridas en su dignidad cognitiva” y abrir la filosofía a “los saberes heridos y desplazados” (Fornet-Betancourt, 2012: 12).

Al destacar la contextualidad e historicidad de la filosofía intercultural, Fornet-Betancourt al mismo tiempo afirma su “vocación universalista”, cuyo horizonte nuevo se abre “mediante el fomento de practicas de equilibrio cognitivo y de lentos procesos de aprendizaje e intercambio” (Fornet-Betancourt, 2012: 15). Subraya la orientación normativa de la interculturalidad, que presupone las esperanzas de un deber ser y el mejoramiento de lo que hay. Esta orientación lleva hacia un posicionamiento ético-político frente a los problemas del mundo de hoy, sobre todo una crítica del globalismo neoliberal y “la civilización capitalista de consumo.” La filosofía intercultural presenta una alternativa plural a la globalización homogeneizante.

Raúl Fornet-Betancourt aplica las ideas de la transformación filosófica al caso de la filosofía latinoamericana. El indica la necesidad de la “desoccidentalización” de la filosofía latinoamericana y de su transformación intercultural. El discurso de la filosofía latinoamericana de la liberación parte desde una contextualidad vista desde “el reverso de la historia” y opta por los pobres o las víctimas (Fornet-Betancourt, 2012: 101). Al mismo tiempo, él indica que la filosofía de la liberación es sólo “parcialmente latinoamericana,” por cuanto que ha privilegiado expresar las tradiciones “criollas” y destinarios “profesionales” establecidos por una tradición filosófica occidental, lo que ha llevado a la marginalización de las tradiciones indígenas o las afroamericanas.

Por lo tanto, la tarea fundamental que debe afrontar hoy la filosofía latinoamericana es su transformación intercultural. Esta tarea implica no sólo el momento deconstructivo de liberarse de la concepción occidental de filosofía, sino también el momento constructivo de la apropiación de la diversidad cultural en sus diferentes tradiciones. El escribe: “Y son precisamente esos otros ‘rostros’ de América los que hoy desafían a la ‘filosofía latinoamericana’ con la tarea imperativa de emprender una nueva transformación de sí misma, es decir, de acometer un proceso autocrítico de reconstrucción conceptual y de reubicación cultural, para redefinirse como filosofía desde diálogo con los imaginarios indígenas y afroamericanos y aprender a leer nuestra realidad y nuestra historia contando con ellos en tanto que sujetos de interpretación” (Fornet-Betancourt, 2001: 250-251). Tal filosofía debe ser polifónica, que exprese diferentes voces “desde pluralidad de nuestros diferentes sujetos culturales” (Fornet-Betancourt, 2001: 252).

En la búsqueda de caminos hacia una transformación
intercultural de la razón

Los filósofos posmodernos culminaron con las ideas de la “muerte del sujeto”, del debilitamiento de la razón, y del “fin” de la historia y de las utopías. Sin embargo, los intelectuales progresistas continúan una tradición del pensamiento humanista y crítico. A esta tradición pertenece la filosofía latinoamericana, en el marco del cual se forjan las ideas que superan las limitaciones del posmodernismo y trazan una alternativa constructiva del mismo. Leopoldo Zea, Enrique Dussel, Arturo Roig, Raúl Fornet-Betancourt y otros filósofos latinoamericanos analizan críticamente las concepciones tradicionales de la filosofía occidental, incluyendo las de la razón. Sin embargo, en contra de la idea posmoderna del debilitamiento de la razón, ellos abogan por una nueva concepción de la razón y afirman la fuerza crítica de la razón y su capacidad performativa en relación a la cultura y la historia.

Según Raúl Fornet-Betancourt, la filosofía intercultural tiene como su tarea una transformación intercultural de la razón, sobre todo de la razón filosófica. Esta transformación no debe ser entendida ni como una crítica total postmodernista de la razón, ni tampoco como un rechazo de toda búsqueda de la universalidad.

Por un lado la tarea de una transformación intercultural de la razón tiene que comenzar con la crítica de la concepción de la razón en la filosofía occidental. Fornet-Betancourt extiende una crítica del eurocentrismo hacia una crítica del concepto de la razón en la tradición filosófica occidental por ser “monocultural.” Esta visión de la razón, con su pretensión universalista, menosprecia o anula “la razón del otro” y se ubica en la base de una violencia epistemológica. Tal visión de la razón ha servido además para justificar muchas otras formas de violencia. Basta recordarse de Auschwitz e Hiroshima, o muchas formas de violencia tanto directa como estructural en el mundo globalizado.

Fornet-Betancourt también reta la definición de la razón en el sentido de un principio absoluto. Junto con Xavier Zubiri, considera la razón “una actividad activada por la realidad histórica”, y por lo tanto “contingente y diversa como lo son mundos reales que ponen en marcha su labor intelectiva” (Fornet-Betancourt, 2012: 58).

También es necesaria una crítica de la razón filosófica como un principio autosuficiente y una crítica de “la totalización racionalizadora de la razón.”

Por el otro lado la filosofía intercultural no se limita con una crítica de la concepción tradicional de la razón, sino también esboza los aspectos positivos para transformarla.

El punto de partida de esta tarea es el reconocimiento “de la contextualidad, culturalidad e historicidad de la razón en tanto que la actividad humana contingente se capacita por su relación con la realidad histórica” (Fornet-Betancourt, 2012: 21). Como una alternativa a la concepción de la razón como una entidad fija y abstracta, mas allá de la vida y del mundo, Fornet-Betancourt aboga (siguiendo en parte a Ortega y Gasset) por “una razón histórica en el mundo de la vida” (Fornet-Betancourt, 2012: 64). La razón histórica debe representar “una amplia ‘elaboración’ de inteligencia en el que todos los seres humanos y todas las culturas puedan participar con igualdad de derechos” (Fornet-Betancourt, 2012: 66). La razón filosófica obtiene sus dimensiones nuevas desde el dialogo entre los procesos de “razonabilidad contextual” que se dan en los diferentes mundos de la vida cultural. Tal razón es también una “obra comunitaria” en la que deben participar y contribuir todas las tradiciones de la “razón humana”.

Raúl Fornet-Betancourt hace notar que la transformación intercultural de la razón no significa un rechazo de la búsqueda de universalidad. Más bien es la búsqueda de caminos hacia una razón verdaderamente universal. Estos caminos son de una creatividad compartida “de una inteligencia que encarne la solidaridad y la comunidad en todos los tiempos y espacios que genera la humanidad con su diversidad (Fornet-Betancourt, 2012: 67).

La interculturalidad enfatiza las relaciones del dialogo entre culturas como fuente de renovación filosófica y como un modelo para relaciones de los pueblos, del mundo de unidad en pluralidad como una alternativa a la globalización homogeneizante. Se trata de formular y articular una propuesta teórico-práctica para una nueva transformación de la filosofía para ponerla “a la altura de las exigencias reales de la contextualidad que globaliza nuestro mundo, para que esté en condiciones de cumplir mejor su función crítica y liberadora en nuestro presente histórico” (Fornet-Betancourt, 2001: 273).

Kant dijo que el uso de la razón y la ilustración es un camino hacia la independencia. La filosofía latinoamericana contribuye al la búsqueda de los enfoques nuevos en la educación. El pensamiento latinoamericano sobre educación refleja la tensión entre una estructura dogmática, vertical y autoritaria de la “educación bancaria” y una visión humanista y liberadora de las relaciones educativas. Dentro de la segunda visión se encuentran las ideas y practicas pedagógicas innovadoras propuestas desde "abajo", por los propios docentes y alumnos, según sus necesidades, en el marco de un pluralismo democrático. Esta pedagogía innovadora intenta modificar las antiguas pautas de aprendizaje y establecer nuevas metodologías tendientes a la integración de todos los modos de relación humana que se dan en la universidad (docente-alumno, docente-docente, alumno-alumno) en un marco de solidaridad.

El papel importante de la educación como una parte integrante de la liberación humana esta articulado por los filósofos y educadores latinoamericanos, tales como Enrique Dussel, Raúl Fornet-Betancourt, Arturo Roig, Darcy Ribeiro y Paulo Freire, entre otros. Paulo Freire define las condiciones de posibilidad del surgimiento de la razón ético-critica como condición de un proceso educativo integral. Enrique Dussel destaca la importancia de los momentos claves de la contribución de Paulo Freire para una ética crítica y los movimientos de liberación contemporáneos en América Latina y las otras regiones “periféricos” del mundo (Dussel, 1998: 432-438). Entre estos momentos claves son: la conscientizacion como un proceso del pasaje de la “conciencia ingenua” a una “conciencia crítica”; la participación del educador critico para “no separar el acto de enseñar del acto de aprender”; el momento central del proceso de concientización que es la toma de conciencia ético-critica (el diagnostico de la “cultura de dominación” y la “pedagogía bancaria” del sistema que las victimas han sufrido); el “sujeto histórico” de la educación es el mismo oprimido que es también el sujeto de la praxis transformativa de la realidad; intersubjetividad comunitaria y la “dialogicidad” que permite la práctica de la libertad a los no-libres; la “praxis de liberación” (Freire, 1977: 16-17; 1980: 61; 1973: 43). La filosofía intercultural abre los horizontes nuevos de la educación liberadora.
 

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WIMMER, Franz M. 1998. An Introduction to Intercultural Philosophy. @ Topoi: An International Review of Philosophy, 17(1): 1-13.

 

Edward Demenchonok
Universidad Estatal de Fort Valley
, EEUU
Actualizado: diciembre 2014

[Fuente: Edward Demenchonok. “Filosofía intercultural para la convivencia en un mundo diverso e interrelacionado.” Gomercindo Ghiggi y Jovino Pizzi (Organizadores). Mundo da vida, interculturalidade e educação. (pp. 211-228). Pelotas, Brazil: Editora e Grafica Universitaria/PREC/UFPEL, 2013.]

 

© José Luis Gómez-Martínez
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