Teoría, Crítica e Historia

Teorías en debate

Álvaro E. Márquez-Fernéndez

"Modernidad y postmodernidad entre el humanismo
histórico y la razón escéptica."

El paradigma racionalista de la modernidad capitalista nos ha llevado a la crisis y al caos de una forma de pensar y hacer la Historia que no debería ser más. Esto ha propiciado un cuestionamiento a la metafísica y un escepticismo epistémico acerca del poder constituyente de la razón en el logro de un mundo humano de libertad y progreso. La modernidad no ha podido crear ese mundo, a pesar de contar con una base tecno- productiva suficiente, porque ha convertido el conocimiento científico en una estructura de poder político, estético, simbólico, comunicativo, etc., siempre al servicio de la dominación. Este desplazamiento del modo de producción capitalista, es la que ha originado el fenómeno “postmoderno” que transitamos, y que es preciso debatir políticamente, aunque se hable del “fin de las ideologías”, puesto que las bases materiales e ideológicas de la alienación no han desaparecido, sino que hoy, más que ayer, se han reproducido. Las diversas manifestaciones postmodernas siguen siendo parte de la formación económica capitalista moderna, por lo que éstas no dejan de ser un resultado de la crisis de su modelo de racionalidad. Esto no supone el “fin” de esa formación social, por el contrario, podría entenderse como otra fase de su evolución histórica.

Con el debate modernidad y postmodernidad se pone de relieve la crisis del universo ontológico, axiológico, epistemológico, político y filosófico de nuestro modernista presente histórico: discusión filosófica sobre el agotamiento metafísico del ser; discusión axiológica sobre el valor los valores; discusión teórica de los limites al conocimiento, discusión política sobre el poder técnico de la razón. Muchas discusiones de temas muchos más plurales e interminables de lo que pensamos; especialmente el relativo a la perennidad o caducidad de la base antropológica de todo pensamiento; el de la condición existencial del ser humano en cuanto que en cuanto que conciencia comprensiva de la naturaleza y el mundo. Deseamos esbozar algunas características de la que hoy se ha convenido en denominar “postmodernidad”. Empezaremos por hacer algunas necesarias precisiones semánticas e históricas.

 

Sentido y significado del término

En el aspecto semántico, es válido que nos preguntemos qué queremos significar con ese vocablo, es decir, hacia dónde apunta el referente, o su designación. ¿Cuál es el “objeto” denotado? ¿Existe algo de lo que se pueda decir que es postmoderno? O sea, algo que está en algún lugar distinto de un “ahora”, que está en una condición de post (después) ¿ y ese post se nos hace accesible en el ahora-presente? ¿Se puede ser post estando en el presente, en el ahora modernista? Estas interrogantes nos parecen validas y pertinentes, si reconocemos la necesidad de saber en qué tiempo, en qué lugar (siempre hay un dónde) estamos “situados”. De modo que “ser” o “parecer” moderno o postmoderno dependerá del momento histórico con el cual contextualizamos nuestra existencia.

De esta manera la preocupación, o incertidumbre, semántica, muy propia de todo lenguaje, nos obliga a indagar sobre la condición pragmática del signo, es decir, su concreción, su objetualidad.

Si es posible hablar de “postmodernidad”, o del “hombre postmoderno” (Lyotard, Lefebvre), enunciando y refiriendo con esta palabra a una manera de pensar, obrar y actuar; sólo lo será en cuanto que históricamente nos sea dado un concretum como tal. Me parece que no hay otra manera de entender la cuestión. De hecho: ¿tenemos, o estamos, en la “Postmodernidad”?, ó ¿”todo lo contrarío”? ¿Cómo es que debemos entenderla? ¿No sería, acaso, algo totalmente diferente de aquella otra manera de obrar y actuar que la ha precedido?

No podemos connotar con el vocablo “postmodernidad”, entonces, algo “moderno”; ni siquiera lo que de modernismo pudiera haber en la postmodernidad. Porque, como es obvio suponer, lo excluye. La postmodernidad, que se nos presenta como tal, debe ser algo distinto, diferente, novísimo, que apunte a un estadio superior de aquél al que se hace referencia con el de modernidad.

Sin embargo, nuestras sospechas se acentúan. Si bien ya Saussure afirmó la arbitrariedad del signo lingüístico, no por ello nos supone ser, aunque algunos lo hacen, que la arbitrariedad del signo implica el sentido contra fáctico del nihilismo (contradictio materialis). Es decir, la inconsistencia pragmática entre el sentido del signo lingüístico y el objeto designado, o sea, entre el “nombre” y lo “nombrado”, según afirmaba Frege.

Este es un ideologismo en el cual podemos caer fácilmente: se nos quiere dar por verdadero el “falso sentido” que estamos en la postmodernidad, cuando en realidad no hemos salido aún (pragmática del signo) de la modernidad. Pienso que cuando se habla de postmodernidad se está aludiendo confusamente a un estadio que no ha acontecido, pues el presente histórico lo está negando. Es posible que seamos escuchas de la retórica de un “sin sentido” (G. Deleuze), la retórica de un discurso muy modernista; que al querer aparecer tan diferentemente “modernista” (o no modernista), confirma más nuestra apreciación de que lo que está “creando”, intentando producir, es un movimiento de “neo-modernidad”, pero aún sin salir de la modernidad.

 

Fin de la racionalidad moderna y origen de la crítica post-racional

De lo que sí estamos conscientes es que estamos asistiendo al fenecer, al ocaso, de una actualidad histórica que se nos revela en el discurso agonista de un finis modemus; un terminus que no deja de ser preocupante por cuanto éste autoproclamado “fin de la época moderna” está siendo recreado por la ideología capita1ísta como la “post” modernidad.

Esta concepción historicista ni siquiera es sostenible por la más anodina dialéctica hegeliana de La Fenomenología del Espíritu, para la que todo cambio histórico sólo es posible a partir de la superación del estadio precedente por el momento sintético de su abolición-conservación (aufhebung) de lo afirmado (contiene lo afirmado porque contiene la negación de la negación).

Y así pasamos, a través de Hegel, a la precisión histórica de características marxista. No es posible en este momento ahondar en la tesis marxista de la Historia como Ciencia y como Filosofía; mucho menos, en el método dialéctico como un método histórico-concreto. Sin embargo, tan sólo señalaremos, desde el punto de vista de las formas de producción, la posición de Marx con respecto al desarrollo científico-tecnológico que se ha desplegado en las sociedades capitalistas avanzadas como otra “fuerza” más de la producción, así como de las crisis económicas de las mismas.

Queremos enfatizar con esto que hay un tipo de paradigma que tipifica a la racionalidad capitalista: es el paradigma de la producción. La razón de ser de la Razón capita1ista está en los intercambios societales de consumos que se cumplen por obra del proceso de producción. Intercambios que se presuponen equivalentes con respecto a los valores de uso y de cambio que los administra, pero que en verdad dista mucho de ser un genuino y simétrico intercambio de equivalentes, ya que el concepto de equivalencia se está estimando como correspondiente al de igualdad. Lo cual es completamente contradictorio. Demás estaría explicar por qué lo que es equivalente no es igual, y viceversa.

Además, se trata de caracterizar a este “tipo” de racionalidad como una forma de razonar altamente economicista, rentista y alienante. Una razón que se auto confirma como valor absoluto: es una racionalidad cuyo paradigma lógico es ser auto suficientemente calculadora, cuantificadora, sin registros de valoraciones éticas o morales.

Precisamente, al fundarse la racionalidad capitalista sobre las bases de su propia cientificidad analítica-formal se da una comprensión del mundo completamente estática y funcional: el mundo terminará modelado por una gerencia de la razón en el cual ésta es una totalidad infinitamente cerrada, sin alteridad, sin otra totalidad-exterioridad (Dussel) que se le oponga o que la confronte. La autosuficiencia de la razón generará un escepticismo para sí, cuya incredulidad dudará de todo aquello que no sea ella misma. Se fundará, entonces, una visión egoísta del orden humano exclusivamente desde el referente de una racionalidad autosuficiente, eximida de la condicionalidad de las valoraciones que su propia condición existencial pueda predicarle. Al excluir de lo humano la fenomenología de sus propios valores, además del valor per se de la racionalidad (que sensatamente no se puede negar, pero sensatamente tampoco se debe hacer tan superlativa como lo ha hecho hasta hoy la hegemonía capitalista donde “lo único que vale es lo racional”), se está excluyendo toda posibilidad del horizonte ontológico de la libertad de lo seres humanos en cuanto tales.

Siguiendo este hilo cognoscitivo se puede deducir que el exacerbado racionalismo cientificista ha originado un hiper-realismo cientificista, una especie de supra o meta racionalidad capaz de trascender todo, incluso a sí misma. Una nueva deidad con todo su omnívoro poder aparece en el horizonte de la modernidad: la emergencia de un cientificismo tecnicista y pragmático, funcionalista y utilitario, desprovisto de valoraciones ética y morales, para quien la condición humana y sus más elementales derechos a la vida, no son reconocidos por quienes detentan el poder tecnológico de la conducción y manipulación social.

Los resultados no se han hecho esperar. Asistimos a un mundo fracturado, escindido, dicotomizado, donde las relaciones intersubjetivas quedan atomizadas por la ideología del interés y el poder técnico de un racionalismo desenfrenado que cada vez viene deshumanizando lo humanamente más racional: la propia racionalidad, dándose el anverso de ella, es decir, la irracionalidad. El análisis marxista de la modernidad pone de relieve, lo que pensamos devendrá la contradicción fundamental del modo de producción de la racionalidad capitalista: el absurdo lógico-ontológico de un modo de producción que ha sido capaz de subvertir el cosmos humano por la práctica de una racionalidad que violenta sin consentimiento la “ida del genuino ser onto-creador del mundo": lo que en esencia es (o debería ser) el hombre. La razón no estaría puesta al servicio de la humanización, sino por el contrario, al servicio de la depredación y degeneración axiológica del ser.

La emergencia de la “postmodernidad” viene a ser la emergencia, el resultado, de la crisis de la propia racionalidad moderna, desviada por el afán de poder. Este es absorbido por aquella, es producido de manera inversa y negativa, es la otredad en su propia alienación. Surge al interior del proyecto de la modernidad burguesa una incontinencia histórica, que provoca el aborto del mismo, por su deformación racional. La crisis de la modernidad es en principio una crisis de una racionalidad sin fundamentación ética y moral, y el caos generado por una hiper-racionalidad política que busca tecnificar la “ida social de los individuos.

Cuando reflexionamos sobre la manera en que ha emergido ese transmundo neo-modernista, definiéndose como un pensamiento postmetafísico, advertimos enseguida que en el fondo del asunto se está presumiendo la cancelación del orden de la racionalidad occidental. Pero como esta emergencia ha sucedido al interior de las profundas crisis de la propia modernidad, entonces, podríamos entenderlo como un simple proceso de reversión. La postmodernidad será esa otra cara de la misma moneda desde la cual se hace posible, y se completa, la propia imagen del modernismo burgués. Pareciera que sin la una no hubiese podido nacer, emerger, la otra; ésta es su continuidad. No ha habido salto, momento, dialéctico de superación, negación y síntesis. La postmodernidad no representa revolución, ruptura, escisión, es tan sólo otro estar de vuelta al camino, de lo mismo, en lo mismo, por lo mismo, y sin lo cual lo mismo no podría repetirse a sí mismo en su infinitud. Es la “otra” visión de este único y sólo mundo, plenado cada vez más de soledades existenciales, en una mirada de reojo, celestinesca y afrodisíaca. Viviendo un mundo político sin praxis social, donde la acción humana está devaluada de su contenido sustantivo, haciéndose posible un despliegue del ser sin el deber-ser. ¿Es posible realizarnos en un mundo de tal inversión y fragmentación?

Aunque queramos pensar como los contemporáneos autores de los postismos, las particulares características civilizatorias que confluyen en el presente nos confirman, sin necesidad de incertidumbres ni escepticismo fariseos, que no toda la realidad humana se encuentra girando en torno a ese peligroso espejismo que propone el pensamiento post. Así, por ejemplo, en los países latinoamericanos, donde la discusión modernidad-postmodernidad, los distancia de sus reales conflictos de existencia y desarrollo, se encuentran luchando por la hegemonía de otro discurso, uno que provenga de la visión emancipadora y dialógica de los seres humanos, con el cual se garantice una mayor práctica pública de la equidad y la justicia social. La preocupación eurocentrista de pensarse a sí mismo como un momento histórico desigual y diferente, anverso al actual; no es más que la salida de una “astucia de la razón”, como pensaba Hegel, que a la final no hará posible, en esa salida, la libertad humana. Todo lo contrario, pues el hecho de ser o llegar a ser libre está proscrito en las sociedades donde la razón escéptica se ha levantado como una Minerva del poder técnico dominador del mercado, del orden político y moral de las relaciones intercomunicativas. Este absoluto logocentrismo ha instaurado el terrorismo epistemológico de un mundo sin sujeto histórico, caracterizado por la sensación de una inseguridad generalizada, una voluntad de distanciamiento de cierto tipo de pasado, o de rechazo de cierto tipo de vida y de conciencia, y la sensación de discontinuidad sentida y sufrida en el curso común de la historia.

En esta perspectiva política cultural debe interpretarse este fenómeno de la postmodernidad, como un movimiento fuga ante la catastrófica situación provocada por la sociedad industrial, llamada moderna. Con el vocablo “postmodernidad”, como dice L. Boff, se pretende pasar la idea de que, en medio de la historia, ya estamos al final de la historia; en medio del capitalismo, ya estamos fuera de él; en medio del industrialismo, no existe más el industrialismo; en medio de las estructuras de dominación, desapareció de una vez la dominación de pueblos sobre pueblos, de clase sobre clase, de personas sobre personas.

La razón escéptica de la postmodernidad quiere romper con todo esto. Para ello desarrolla un discurso simbólico y representativo de sospechosa polisemia: reafirma la diferencia, proclama el derecho de existencia del otro, insiste en la superación de todo binarismo, de bueno y malo, de negro y blanco, de civilizado y bárbaro. Se acabó una manera de logocentrismo, eurocentrismo, antropocentrismo, patriarcalismo, y funda el escepticismo que conlleva el “nuevo relativismo” gnoseológico y axiológico de una época marcada por el nihilismo y el absurdo, acentuándose el déficit moral y ético de una racionalidad cada vez más autónoma de su condición de mundo histórico. Tiene lugar la diversidad, la diferencia, la singularidad, que no deberían ser más reprimidas sino favorecidas, siempre y cuando su orientación sea la del mercado y el consumo. Ningún tipo de racionalidad que no sea la suya, debe pretender el monopolio de la razón.

El núcleo central de la modernidad residía en la emancipación del individuo, siempre visto como un momento de una totalidad mayor. Ahora, reza la pretensión de la postmodernidad, el individuo goza de plena libertad y de una posibilidad instrumental de elección ilimitada. Si bien es cierto que el orden de dominio tecnocientífico producido por la modernidad capitalista ha situado al hombre como un “súper hombre” de la racionalidad, y en cuanto tal controlador de la phisys natural y humana; no necesariamente este tipo de dominio lo ha hecho más libre. Al contrario, y es de interés señalar, el dominio de la razón técnica ha fracturado el ámbito de la razón práctica, procurando mayores niveles de alienación. De modo que el concepto de individuo que le sirve como panacea no es otro que el concepto de un principio de individualismo egoísta y egocéntrico del beneficio y la ganancia. Un individuo “liberado” a sí mismo de toda responsabilidad de sus valoraciones es un sujeto, precisamente, como la postmodernidad preconiza, sin historia; o en el mejor de los casos al margen de ella.

El derecho a la diferencia es el derecho a la fragmentación social desde el individualismo liberal. No hay una recuperación humanista del individuo, tan sólo una visión de mercado y de intercambio. La postmodernidad viene a justificar, en consecuencia, un modo de vida, sin solidaridad ni projimidad. Frente a esta ideología nada debe ser normado ni prohibido, todo debe ser y estar liberalizado por su propio movimiento de desorden y caos. Hay espacio para todas las expresiones, por antagónicas que sean. Lo disímil e inespecífico a la vez. Es un mundo donde las contradicciones más flagrantes pasan por unívocas o analógicas; donde nada contradice el “sentido común” de la realidad; donde la realidad está sometida por el orden de la infrarealidad o híper realidad, sin que se produzcan sobresaltos deontológicos.

En este nuevo orden del pensamiento de la globalización y la homogeneidad planetaria, “hiper racional”, de “híper realidades”, las utopías humanistas son descalificadas, como dice F. Hinkelammert. Estas son llamadas meta-narrativas, por ser algo que se sale de la historia, son meta-historias supuestas pero sin efectivas bases materiales. Tales proyectos globalizadores, reafirman los postmodernos, no han conducido a nada que no sea la ilusión de un presente siempre ficticio e ideal. El mundo real es el mundo de la realidad de la razón instrumental; la racionalidad objetivizadora incluso del propio sujeto del acto racional. No hay nada fuera de la razón: ella todo lo implica.

Debemos descreer de las utopías, se dice con énfasis. Sólo el individualismo subjetivista y el empirismo racionalista son los fundadores de los “nuevos valores escépticos” que valen la pena. Hablar de justicia para todos, de lucha de liberación de los oprimidos, de constitución de una sociedad democrática y participativa, representan ilusiones totalitarias de la modernidad. Esta argumentación busca invalidar la crítica teórica y práctica que se le formula desde el pensamiento emancipador y contestatario al sistema hegemónico modernista. De esta situación resulta la fragmentación del todo, la disolución de cualquier canon, la ironización de las grandes convicciones, la permanente crisis de identidad, la renuncia a cualquier profundidad, denunciada como metafísica y esencialista, la destrucción de las razones para cualquier compromiso fundamental. Desaparece el horizonte utópico, sin el cual ninguna sociedad puede vivir y ningún compromiso humano gana significación o se sustenta en medio de las eventuales pérdidas o fracasos. En este sentido la más que una nueva fase de la historia, debe ser vista como una actitud del espíritu en el contexto de crisis y de ocultamiento de todas las referencias. Sólo restan las auto-referencias del propio individuo, abandonado a sí mismo.

Si la sociedad moderna se halla estructurada alrededor de la ideología individualista, entonces para superarla importa decir, en las palabras de Gramsci, que hay que elaborar una ideología cultural, estructurarla alrededor de la tradición de solidaridad y la búsqueda de modalidades cada vez más incluyentes de justicia social y de formas de comunicación participativa, que políticamente se concreten en la democracia social participativa, de abajo hacia arriba, abierta a las diferencias y a la comunicación de las autenticas subjetividades, que irán a constituir las fuerzas de un nuevo orden social y de un nuevo sentido social.

La modernidad, desde su emergencia, demostró trazos destructivos. Está a la vista que el imperialismo del logocentrismo occidental es la historia de la violencia y de la opresión del hombre por el hombre mismo y la violencia de unas relaciones sociales que contradicen completamente el mínimo ético y moral de la auténtica vida colectiva y ciudadana.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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  • Lukes, S. (1987) Marxismo y modernismo. México: FCE.

 

[Fuente: Álvaro E. Márquez-Fernández. "Modernidad y postmodernidad entre el humanismo histórico y la razón escéptica." Ángora, Trujillo, Venezuela, No. 11 (enero-junio 2003).]

 

© José Luis Gómez-Martínez
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