Teoría, Crítica e Historia

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José Luis Gómez-Martínez

"Hacia un nuevo paradigma:
El hipertexto como faceta sociocultural de la tecnología"

 

3. El hipertexto y su contexto social

Una vez establecida la perspectiva filosófica anterior, podemos ahora fijar una aproximación coherente al hipertexto, que nos permita al mismo tiempo superar las controvertidas afirmaciones que surgían desde el discurso de la posmodernidad. Vamos a iniciar este proceso entrando primero en diálogo con las distintas caracterizaciones del hipertexto, para proceder luego a establecer una incipiente tipología.

3.1. Técnica y sociedad

Como quedaba ya implícito al comienzo de nuestro estudio, tanto los defensores como los detractores del texto electrónico lo hacen desde la perspectiva de la modernidad. Ambas posiciones coinciden igualmente con enfoques opuestos en el debate posmoderno. Y ambos, productos al fin de una misma cultura, concuerdan en considerar a la tecnología como algo anterior, causal y neutro (neutro en el sentido de no ser producto ideológico). No vamos a detenernos en analizar estos tres conceptos ni las múltiples contradicciones que encierran, pero sí se hace necesario mencionar algunas de las conclusiones que a través de ellos se proyectan. Se dice, por ejemplo, que el hipertexto no debe unirse a ninguna ideología ni poética en particular (Aarseth 68), pero al mismo tiempo se insiste en que “las divisiones de las culturas en orales, quirográficas, tipográficas y electrónicas o digitales hacen referencia precisamente a los sistemas de transmisión de los diferentes contenidos” (Aguirre). Es decir, lo mismo que en campo de la crítica posmoderna se privilegia al texto, relegando a posición secundaria (o ignorando) al autor o lector, en el campo de la técnica el énfasis se concentra en la máquina, sin considerar las fuerzas sociales que motivaron primero su creación y luego su perfeccionamiento. Se trata, para los que no logran superar la posmodernidad, del clásico conflicto entre el ser humano y la máquina, y que ejemplifica la siguiente cita de Duguid:

“La aparición de múltiples nuevas tecnologías probablemente está cambiando no sólo obras particulares sino también el sistema social en relación al que se leían y escribían dichas obras. Habrá que tener cuidado e inteligencia para negociar [enfrentarse a] esos cambios, y la tarea se hará inevitablemente más difícil si se realizan los cambios en los procesos materiales independientemente de las prácticas sociales que suscriben” (93).

Pero el fenómeno de la aparición de nuevas tecnologías no es nuevo. El rollo de papiro, el códice, el texto impreso (libro), la máquina de escribir, o la tinta y el bolígrafo, no son nada más que unos ejemplos de la “constante” aparición de nuevas tecnologías. Lo que se perdió en el análisis anterior fue el referente humano y su contexto social como creadores de dichas tecnologías. Antes de continuar con la reflexión teórica, conviene establecer una analogía que nos permita aproximarnos al contexto socio-cultural del hipertexto. Vamos a partir igualmente de la perplejidad de Lacan ante el discurso de la posmodernidad. Jacques Lacan reconoce que "la idea de una unidad unificadora de la condición humana ha tenido siempre en [Lacan] el efecto de una mentira escandalosa" (190). Llega a esta conclusión por haber invalidado previamente, como Derrida, la posibilidad de una estructura fundamentada en un centro prefijado, inmóvil e independiente de su propia contextualización. Pero es precisamente esta eliminación del centro lo que le deja perplejo: "La vida se desliza por el río, tocando de vez en cuando una orilla, deteniéndose por un momento acá y allá, pero sin comprender nada —y esto es lo fundamental del análisis, que nadie comprende nada de lo que sucede" (190). Buen epítome de una situación: nos plantea la problemática y el problema y a la vez proporciona una analogía válida para nuestro enfoque. Lacan percibe el fluir de la vida, su dinamicidad, pero la ve pasar desde la orilla (desde múltiples centros inmóviles que se posicionan como si transcendieran su propia contextualización en la estructura) y se reconoce incapaz de fijarla: la imposibilidad de definir el río desde uno de sus puntos en la orilla.

Como ya apuntamos al comienzo y desarrollaremos más adelante, los entusiastas del texto digital lo consideran como un proceso de liberación: El contenido (el texto) se libera de las limitaciones del continente (el libro impreso). La analogía del río, sin embargo, puede abrirnos la puerta a una nueva dimensión de pensamiento que supere la perplejidad que invade a Lacan. Desde la posmodernidad (Lacan en el caso de esta analogía) no se establece una relación entre la orilla y el río. Aun reconociendo Lacan que “nuestra vida se desliza por el río”, todavía espera comprenderla desde un punto en la orilla (o sea, atrapar el movimiento en un punto en el tiempo). Eso es lo que se hizo desde la modernidad; se articulaba la definición desde un punto fijo que se proyectaba luego como trascendente: así se podía hablar del “descubrimiento de América” como concepto válido universalmente. La posmodernidad descubre la existencia de otros puntos en la orilla del río de nuestra analogía. Reconoce por ello que los conceptos de “colonización”, “conquista” y destrucción”, entre otros muchos, pueden igualmente aplicarse a los sucesos en América: aquí la perplejidad de Lacan. Pero sucede que el río (nuestro devenir) no es ni el agua sola ni la orilla. Ambos no existen aislados. La orilla se define a través del agua que limita; y las características del agua que fluye están íntimamente relacionadas con el cauce por el que fluye. El agua forma y transforma las orillas, a la vez que éstas le dan forma (aun cuando en constante mutación).

Una vez establecidas las anteriores reflexiones, regresemos ahora de nuevo al hipertexto y a la preocupación de Duguid que anotamos más arriba: “Habrá que tener cuidado e inteligencia para negociar [enfrentarse a] esos cambios, y la tarea se hará inevitablemente más difícil si se realizan los cambios en los procesos materiales independientemente de las prácticas sociales que suscriben” (93). Duguid menciona al hablar del libro y del hipertexto la analogía del río, pero lo hace desde el pensamiento de la posmodernidad, por lo que ve los cambios sociales y técnicos como procesos en cierto modo independientes. Desde el discurso antrópico, sin embargo, observamos la relación entre contenido y continente de modo semejante a la relación entre las orillas y el agua que forman el río. Ambos son inseparables, ambos se forman y transforman en mutua dependencia. Sólo de un modo simbólico podemos hablar de la cultura del códice, de la cultura de la imprenta, u hoy día de la cultura digital. El códice, el texto impreso o el texto digital, son apenas las orillas que la corriente de nuestras transformaciones sociales van formando. Unas moldean a las otras (las orillas a la corriente / la corriente a las orillas). El texto digital, el hipertexto, se encuentra íntimamente relacionado con los avances en la comunicación, con los procesos de globalización y, en fin, con la generalización de la alfabetización. Así, por ejemplo, la propuesta de una educación liberadora que articula Paulo Freire ya en la década de los sesenta, encuentra hoy en el hipertexto un aliado natural.

Comprender esta relación entre forma y contenido es fundamental para superar luego tanto las proyecciones utópicas como aquellas visiones apocalípticas de nuestro futuro en “el mundo del hipertexto”. Detengámonos por un momento en la siguiente afirmación de Doug Brent:

“Se puede establecer que lo que hoy día valoramos en la educación moderna está relacionado no sólo con el texto, sino con el texto impreso. El crecimiento cognitivo, la contemplación y la reflexión, la capacidad de interiorizar los procesos de pensamiento a través de formas y estructuras y, quizás, la capacidad de pensar con argumentos proposicionales sean una construcción de la era de la imprenta.”

Pero la expresión “una construcción de la era de la imprenta” parece indicar una caracterización jerárquica. Parece como si fuéramos incapaces de concebir nuestra realidad (social o individual), como devenir, como ser en la transformación. Se regresa una y otra vez a la aporía de la modernidad de establecer prioridad entre el huevo y la gallina. Paul Duguid usa el ejemplo del periódico para expresar la misma relación:

 “Desde luego, los periódicos ofrecen información en forma de noticias, pero antes de hacerlo, las elaboran. Las noticias no se fabrican en otro lugar y luego se trasladan a papel, afirmando la simple y dualista separación entre información y tecnología. Las noticias se elaboran cuando se edita el periódico, que decide no tanto qué noticia va a salir, sino que lo que encaja y se publica es noticia” (91).

Que la orilla moldea el cauce del río es cierto. Pero también lo es que el agua con su acción constante crea las orillas que la contienen y que éstas se conforman a su fluir y que se modifican cuando se altera el correr del agua. Es decir, el hipertexto (unos puntos en la orilla del río de nuestros procesos sociales actuales) es un producto y a la vez conforma el fluir (la transformación) de nuestras estructuras culturales. El hipertexto es una herramienta, y como herramienta, nos dice con acierto Murray, “posee significado social, refleja valores y prácticas sociales” (54). Es decir, “la tecnología no es la causa de los cambios cognitivos o sociales, sino más bien amplifica las creencias y valores contemporáneos que posee una sociedad en particular” (Murray 49). Ambas –técnicas y prácticas socio-culturales– se encuentran ineludiblemente relacionadas: los procesos de globalización, los focos regionales de reivindicación étnica, los medios de comunicación de masas, el hipertexto y el inherente “anarquismo” que conlleva el privilegiar al lector, todos ellos son a la vez orilla y caudal que contienen y modifican el paso del río de nuestra sociedad actual.

3.2. Del texto impreso al hipertexto

El proceso acelerado de las transformaciones que venimos experimentando en las últimas décadas y que reconocemos sin más en algunas facetas de nuestra vida social, que por sus características son factibles de cierta cuantificación (por ejemplo la dimensión económica de la globalización), tienen igualmente su contrapartida en la forma en que transmitimos y generamos los conocimientos. Del texto impreso se está pasando al hipertexto digital. En el mundo académico esta transformación se simboliza a través del debate sobre el “futuro del libro”. Y si bien es cierto que surgen voces que afirman que “las limitaciones técnicas y la construcción social siempre se relacionan de forma que es imposible separarlas” (Bolter 1998: 258), la nota característica sigue siendo el confrontar la técnica sin su contexto social. “Leer una pantalla no es lo mismo que leer un libro” (308), nos dice Humberto Eco todavía en 1996. Por lo que puede luego afirmar que “los libros seguirán siendo imprescindibles no sólo para la literatura sino para cualquier circunstancia en la que uno deba leer con atención, no sólo recibir información sino también especular y reflexionar sobre ella” (308). Sólo cinco años han bastado para anular esta afirmación. En realidad se trata de un debate recurrente, como expone Carla Hesse en su estudio sobre “Los libros en el tiempo”, y que tiene mucho más que ver con la preservación de estructuras de poder ya establecidas. A este punto, nos interesa reafirmar, como señala Murray que “la introducción de la escritura no reemplazó la comunicación oral; la llegada de la imprenta no reemplazó la escritura; la comunicación electrónica no ha reemplazado la impresa. Cada una existe como parte de la complejidad de las formas de comunicación disponibles para uso de los seres humanos y sujetas al contexto del acto de comunicación” (54).

La nota dominante en el debate sobre el texto impreso y el hipertexto digital se centra en ciertas premisas que anulan su posible entendimiento: a) la técnica como motivadora de la transformación; b) la convicción de que se trata de sustituir el texto impreso por el hipertexto digital; c) el ver el proceso independiente de las transformaciones sociales; d) el juzgar el sentido de la transformación por las limitaciones técnicas actuales; e) el personificar el texto y suponer que el hipertexto digital es una “liberación del texto”.

Anteriormente usamos ya la analogía del río; recordemos aquí sólo la relación que establecíamos entre orilla y caudal, como paso previo para comprender la íntima correlación entre los procesos sociales y las técnicas que van surgiendo de dichos procesos. Desde la perspectiva del campo de los géneros literarios, establecimos ya que se trata del paso de la hegemonía del autor, a la hegemonía del texto, y de ésta, a la del lector. Este paso lo asociamos igualmente a tres discursos sucesivos: a) el discurso de la modernidad, b) el discurso de la posmodernidad y c) el discurso antrópico. La imprenta responde al contexto social de su época en el intento de fijar el texto, de reconocer la soberanía del autor, de posibilitar la creación del canon (la “literatura” como colección de obras consagradas como canónicas). El proceso fue lento, tanto en el aspecto formal de la creación del libro, como en aceptar la alfabetización general que llevaba implícita la obra impresa. Pero esa transformación social también traía consigo la interpretación del texto para el consumo de las masas ahora alfabetizadas y el surgir de los “profesionales” de la literatura.

La explosión en los medios de comunicación durante el siglo XX descentraliza las construcciones logocentristas que prolongaban el dominio del discurso de la modernidad. El texto impreso deja de ser modelo de estabilidad. Todo libro, nos dice Foucault, “está envuelto en un sistema de citas de otros libros, de otros textos, de otras frases, como un mundo en la red” (37). Esta imagen, “un mundo en la red”, de 1969, es la que comienza a realizar el hipertexto digital. Destruido el simulacro de estabilidad del texto, se entra ahora poco a poco en un nuevo paradigma, en un discurso antrópico, en el que lo importante es precisamente la dimensión dinámica, la posibilidad de una constante contextualización. Tras un largo camino se comienza a legitimar la posición del lector. Es decir, “el libro, el autor, el lector y la biblioteca en términos de tiempo, movimiento y modos de acción, en lugar de en términos de espacio, objetos y actores” (Hesse 35).

Tales son las transformaciones que enfrenta el libro impreso. No se trata de una nueva tecnología que viene a “sustituirlo”, sino de una nueva percepción social, un nuevo modo de interpretar nuestra vida, lo que va a exigir del texto nuevas capacidades que el texto impreso no siempre puede ofrecer. Según el hipertexto vaya poco a poco adaptándose a las nuevas necesidades, irá también sustituyendo el texto impreso. El proceso será lento y desigual, pues, y merece la pena recordarlo, no es la técnica la que lo determina, sino la transformación social en cuanto a nuevas necesidades y expectativas. Por ejemplo, en el mundo de la técnica, el hipertexto se ha impuesto ya al libro impreso. Los manuales técnicos se escriben hoy día en hipertexto y se consultan en forma digital. Esta transformación, tan notable como lo fue en su época la del libro impreso, repercute de un modo especialmente dramático en el mundo académico. Su impacto, en efecto, podría ser inmediato y radical en su aplicación a la enseñanza, pero justamente por eso, es en la Academia donde se forman las trincheras reaccionarias aferradas al mantenimiento del statu quo.

El libro académico, sobre todo en las humanidades y ciencias sociales, siempre ha sido un intento de establecer relaciones intertextuales en diferentes niveles de contextualización. Pero también ha sido una estructura de poder y de distribución del poder. La versión digital de dichos textos, la aproximación más apropiada para su contenido, transforma y traslada las estructuras de poder a parámetros que ya no pueden controlar los que ahora disfrutan el poder. De ahí la oposición a reconocer valor a aquellos estudios publicados en la red. Landow lo predecía hace ya una década, cuando reconocía en el hipertexto el potencial de un cambio radical “en el papel del estudiante, del profesor, de las tareas, de las evaluaciones, de las listas de lectura y de las relaciones entre profesores, cursos, departamentos y disciplinas. No es maravilla [continúa Landow], que tantos profesores encuentren suficientes ‘razones’ para no ocuparse del hipertexto. Quizás lo que asusta al profesor más que nada, es que el hipertexto sea la respuesta a las esperanzas más sinceras del maestro, de educar a estudiantes con una mente independiente que aceptan responsabilidad por su educación y que no se intimidan para disentir y retar” (1992: 268).

 

© José Luis Gómez-Martínez
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