Teoría, Crítica e Historia

Índice  | Introducción  |  Hipertexto  |  Autor-texto-lector  | Contexto social  | Naturaleza
Sentido liberador  | Educación  | Teoría del hipertexto  | Bibliografía  | Esquema educativo

José Luis Gómez-Martínez

"Hacia un nuevo paradigma:
El hipertexto como faceta sociocultural de la tecnología"

 

4. El hipertexto y su naturaleza

Una vez introducidas las reflexiones anteriores, que trasladan el contexto social que implicamos con la analogía del río (mutua relación entre orilla y caudal) al campo del hipertexto, podemos ahora centrarnos en qué entendemos por hipertexto. Vamos a continuar aproximándonos a dicho término, en diálogo con algunas de las interpretaciones propias de este periodo de transición. Esta confrontación se hace necesaria para ir deslindando los juicios precipitados que se originan de identificar el hipertexto con técnicas o modelos incipientes, o aquellas afirmaciones que se originan en el recelo a lo desconocido o, en fin, de aquellos criterios que proceden de interpretar el hipertexto desde el discurso de la modernidad o de la posmodernidad. Vamos a discutir el hipertexto con relación, entre otros, al concepto de intertextualidad, de hipotaxis, parataxis y fragmento, de lineal, no-lineal y secuencial, de centro y descentralización.

4.1. Texto, intertextualidad, hipertexto

El hipertexto surge en los primeros usos experimentales en Internet con un aura iconoclasta. No sólo se veía el hipertexto como una posible liberación de las reglas a las que la academia había sujetado el texto, sino también como un borrar la separación (distancia) entre el autor y el lector, sin mediación ahora del crítico. Desde ciertos sectores del mundo académico se veía, pues, que el texto, cimiento de su poder, se “convertía” en hipertexto y proclamaba su independencia. Con base en estos primeros intentos, en efecto anárquicos, se inicia su descalificación. En este sentido nos dirá Riffaterre que la “intertextualidad, una red estructurada de limitaciones generadas e impuestas por el texto a la percepción del lector, es exactamente lo contrario a la red [hipertexto] sin estructura de asociaciones libres generadas por el lector” (781).

Conviene que nos detengamos en esta afirmación. Ante todo importa señalar que se formula desde el discurso de la modernidad, que atribuye al texto un significado independiente del lector o del contexto de la lectura (“limitaciones generadas e impuestas por el texto”). Esta postura lleva también implícita la necesidad de mediación académica para alcanzar la “justa” interpretación del texto, o sea, la interpretación académica del texto. Más importante todavía para perfilar el concepto de hipertexto, es la suposición que hace Riffaterre de que el hipertexto no posee estructura y de que ésta, en cualquier caso, depende de la libre asociación del lector. Muy al contrario, el concepto de hipertexto regresa al sentido original de texto, de textere, en su significado de trenzar o entretejer. Es decir, encuentra su razón de ser precisamente en la intertextualidad y potencialidad de contextualización latente en todo texto. El hipertexto, en efecto, está formado por una serie de lexias (bloques de textos enlazados). Su estructura, lejos de ser caótica, simplemente actualiza un elemento en potencia en todo texto: su posibilidad de ser complementado a través de múltiples contextos y de posibles proyecciones intertextuales implícitas en él, y que en el hipertexto se representan a través de lo que ya se conoce con el nombre de lexias, o sea textos enlazados.

Más reveladora todavía es la afirmación de Riffaterre de que el hipertexto es un conjunto de “asociaciones libres generadas por el lector.” Aunque desde el código de la modernidad lo que quiere decir es que se trata de asociaciones no previstas por la ortodoxia académica, esta afirmación tiene también otros alcances. Nos encontramos todavía en la infancia del hipertexto, y podemos muy bien imaginar hipertextos colectivos de múltiples proyecciones según el genio de cada participante. Pero eso no dejaría de ser una de las muchas expresiones posibles en el uso del hipertexto. El hipertexto, sin embargo, en su uso generalizado, no conlleva la destrucción (anulación o desaparición) del autor ni del texto. Lo que de momento aporta es una posible apertura a la perspectiva de múltiples lecturas y del lector múltiple. Es decir, el autor del hipertexto (y sí, sigue habiendo un autor que crea y por tanto controla a su modo el texto), escribe ahora contando con los deseos/necesidades del lector, y potencia su autonomía a través de enlaces que llevan a otros hipertextos, que llevan a otros hipertextos... Incluso, según la técnica y el avance del hipertexto incremente su fiabilidad, la red creada por un hipertexto incluirá enlaces a otros hipertextos en otros lugares en Internet, creados por otros autores y posiblemente con propósitos diversos.

Ahora podemos comprender mejor las limitaciones de la afirmación anterior de Riffaterre que habla “de asociaciones libres generadas por el lector.” La red original de un hipertexto es siempre creada por un autor desde una perspectiva dialógica (desde lo que venimos denominando discurso antrópico). El autor del hipertexto busca comunicar no sólo un concepto, sino también las relaciones intertextuales y procesos de contextualización que le permiten enunciar su concepto. El lector ahora es libre de seguir los enlaces a una u otra lexia, según sus propios intereses o según las asociaciones que el mismo texto le han sugerido. La libertad del lector es, en cierto modo real, pero sólo en el sentido de la percepción de poseer la opción de seguir uno u otro camino. El hipertexto, con toda la complejidad de lexias que pueda incluir, sigue siendo una estructura y obra de un autor (o equipo de autores).

Repitámoslo de nuevo. Comprender la naturaleza del hipertexto es tomar conciencia de que nos estamos moviendo hacia un nuevo paradigma. Lo que desde los discursos de la modernidad y posmodernidad nos puede parecer incomprensible, cuando no absurdo, encuentra su explicación y razón de ser desde el discurso antrópico. Es decir, lo que parece incongruente desde unos discursos que privilegian al autor o el texto, fluye natural desde la perspectiva del lector que se impone ahora con el nuevo paradigma. Analicemos las implicaciones de lo anteriormente dicho a través de la siguiente afirmación: “La dispersión conceptual de la textualidad que tiene lugar en el hipertexto, puede ser reflejo de un sujeto descentrado que se aproxima a dicha textualidad descentrada” (Gaggi 111). Pasemos por alto la imposibilidad de una “textualidad descentrada,” puesto que todo texto entraña una textura, o sea un armazón, un entrelazado. Y aunque más adelante trataremos este tema, conviene ahora señalar que cada uno de los discursos anteriormente mencionados aportaba también un concepto propio de “centro”. En el discurso de la modernidad el autor proporcionaba el centro. Comprender un texto era comprender lo que el autor deseaba comunicarnos. En el discurso de la posmodernidad el texto se independiza del autor. El centro ahora está en el texto mismo (y claro, en el académico convertido en crítico y con autoridad para deconstruir dicho texto). En el discurso antrópico, ejemplificado en nuestro caso por el hipertexto, es el lector quien, en el mismo acto de la lectura, construye el centro; y por centro se entiende ahora el contexto desde el cual se efectúa la lectura. El hipertexto, con sus múltiples lexias enlazadas entre sí, facilita también una multiplicidad de lecturas. Pero que la lectura (el centro desde el cual se lee) no coincida con el centro del autor (discurso de la modernidad), ni con los múltiples centros que el crítico ve en el texto (discurso de la posmodernidad), no significa que el lector proceda de un modo arbitrario, ni que el recorrido seguido sea incoherente. Significa únicamente, que el orden, la estructura, el centro, es ahora construcción del lector. Observemos también que el hipertexto (desde el discurso antrópico) no anula la perspectiva del autor ni el sentido medular del texto, que ahora se impone no sólo por su inherente intertextualidad, sino también por la red hipertextual (las lexias enlazadas), que responde directamente al centro establecido por el autor. El hipertexto únicamente potencia, privilegia al lector en el momento de establecer su relación con el autor y el texto.

4.2. El hipertexto y la fragmentación (hipotaxis y parataxis)

Parece inevitable que nuestra aproximación al hipertexto esté influida por la presencia del libro impreso. Especialmente por la sensación de unidad que aporta su realidad física: una forma definida y reconocible, cierta separación entre texto, imagen y sonido, la percepción de poseer un principio y un fin, un surco estructural desde la primera a la última página... El hipertexto, que borra todas esas líneas de separación, se nos presenta entonces como mezcolanza, como fragmentos yuxtapuestos. La necesaria contextualización e intertextualidad, que se produce al situar las unidades individuales de lectura dentro de una red de fáciles rutas de navegación, produce el efecto, nos dice Landow, de “debilitar y quizás destruir el sentido de la singularidad textual” (1992: 65). Y de modo más directo señala que “el hipertexto fragmenta, dispersa, o atomiza el texto en dos maneras relacionadas. Primero, al remover la linealidad del [texto] impreso, independiza a los distintos segmentos de un principio ordenador –secuencial– y amenaza en transformar el texto en caos. Segundo, el hipertexto destruye la noción de un texto fijo indiviso” (1992: 65).

En realidad, tanto quienes promueven el uso del hipertexto (Landow), como quienes lo combaten, parecen estar de acuerdo en el carácter fragmentario del hipertexto. Unos lo ven como liberación, pues “la estética del fragmento implica un escurrirse, eludiendo el centro y responde a una expresión de lo caótico, y a la necesidad de alejar el monstruo de la totalidad” (Rodríguez). Otros ven, precisamente en esta situación, el peligro del hipertexto:

“¿Puede llegar el hipertexto, con su tendencia a privilegiar infinitas hipotaxis en lugar de parataxis, a desalentar el rigor intelectual de entretejer las ideas de los demás en un argumento coherente? ¿Estamos adjudicando nuestra herencia de inquisición filosófica por un revoltijo de enlaces?” (Brent 2001).

La posición de Brent parece legitimarse en el proceso de su argumentación. Parte de la premisa de que el hipertexto “privilegia infinitas hipotaxis” (lexias subordinadas unas a otras por carecer de unidad propia), para concluir que “el hipertexto, simplemente, quizás no sea el medio correcto para estimular la disciplina mental e indagación social madurada a lo largo de tres mil años de interacción retórica en el leguaje y en la escritura.”

Y sin embargo, no es únicamente nuestro convivir con la realidad física del libro la que motiva que se asocie el hipertexto con una red de fragmentos. Se trata, como venimos subrayando desde el comienzo de este estudio, de una perspectiva filosófica, de un modo de vivir e interpretar nuestra realidad desde el discurso de la modernidad. Desde el campo de la lingüística, el texto impreso es también una serie de hipotaxis y parataxis; es decir, frases (fragmentos) unidos en relación subordinada o coordinada. La crítica posmoderna ha demostrado igualmente el sentido fragmentario de todo texto desde la visión holista que proyecta la modernidad. No es, por tanto, la posible calidad de “fragmento” la que individualiza al hipertexto. Se trata, de nuevo, de la perplejidad ante un nuevo paradigma, ante un nuevo modo de ver la realidad, ante la posición privilegiada que ahora adquiere el lector.

Desde el discurso de la modernidad el hipertexto se presenta ciertamente como algo tenebroso, pues, como señala Brent, “estamos acostumbrados a leer el texto impreso en su totalidad,” ya que, “sentimos miedo de perder algo importante, alguna parte del argumento que es clave para comprender el sentido del autor.” Brent busca al autor en el texto; su lectura es una pregunta por “la verdad del texto”, por su proyección universal, por su sentido trascendente. El hipertexto, como reconoce con acierto Brent, “permite al lector escoger no sólo lo que va a leer, sino también el orden en el que lo va a leer.” Y es esta peculiaridad, creen los críticos de la modernidad, la que lleva a una situación caótica: “¿Cómo podemos ser críticos si no podemos ya leer? ¿Cómo pueden los reseñadores del hipertexto confrontar el hecho de que probablemente no llegaron a leer un gran número de lexias? Y, peor aún, no sólo tendremos que reconocer que apenas hemos escarbado la superficie, sino que en la exploración de un número indeterminado de hipertextos, lo que estaremos reseñando es el resultado de nuestra propia estrategia e iniciativa creadora” (Aarseth 1994: 82).

Las posiciones y preocupaciones anteriores, provienen de la creencia de vivir en un mundo estático, de la creencia en la estabilidad del texto, de la creencia, en fin, de que el texto posee un sentido unívoco, independiente del espacio y del tiempo, es decir, independiente del lector. Sólo desde tal perspectiva puede causar temor el hipertexto y puede tener sentido la siguiente afirmación de Gaggi: “Cuando un lector se pierde en un laberinto de nodos y enlaces hipertextuales, ese lector se encuentra realmente extraviado” (122). Si Silvio Gaggi se refiere a un lector que no sabe leer hipertextos, su conclusión es correcta, pero lo mismo podríamos decir de una persona que no sabe leer el texto impreso. Si por el contrario, se refiere a que dicho lector sigue en su lectura un camino no previsto por el autor o el crítico, nos enfrentamos aquí a las distintas visiones del mundo que nosotros hemos ya identificado, y discutido, a través de lo que hemos denominado discurso de la modernidad, discurso de la posmodernidad y discurso antrópico. No se trata, como queda ya implícito en las páginas anteriores, de simplemente privilegiar ahora al lector en lugar del autor o del texto como en los discursos anteriores. El cambio es mucho más profundo. Nos trasladamos de concebir el mundo como realidad estática, a entenderlo como transformación. La lectura, por tanto, ya no trata de encontrar el significado del autor en el texto (aunque no anula esa posibilidad). La lectura ahora es un proceso íntimo en el cual el texto se contextualiza en el devenir del lector. Parafraseando a Antonio Machado diríamos que no hay texto, que el lector hace el texto al leer.

Desde la atalaya del discurso antrópico, las consideraciones anteriores sobre el hipertexto empiezan a adquirir una dimensión diferente. El concepto de fragmento pierde su sentido. Por supuesto, desde una perspectiva integral del conocimiento, no existe el hipertexto “completo”, por lo que todo hipertexto será en este sentido un “fragmento”. Ahora bien, desde la perspectiva del discurso antrópico, o sea, desde una posición que privilegia al lector como último eslabón en la creación de significado, el hipertexto deja de ser un fragmento. Expliquemos esta afirmación. Hemos indicado ya que un hipertexto es una serie de lexias mutuamente enlazadas que siguen múltiples procesos de intertextualidad en diversos planos de contextualización (en una analogía con el mundo del libro, diríamos que cada lexia es un volumen en un estante de una biblioteca). La lectura que ahora se va a hacer, en potencia, no responde ya a la posible visión original que tuvo su autor, ni a aquella estructura que quisiera imponer el “especialista”, sino a la propia interacción (quizás inédita en cada caso) de un lector con el texto. El hipertexto con sus múltiples enlaces facilita, en cierto modo, que el lector abra su propio camino, de acuerdo a sus intereses, a sus intuiciones, a las asociaciones pertinentes a su propio devenir. Visto de este modo, el hipertexto es todo lo contrario de una “colección de fragmentos”, como se le caracteriza desde el discurso de la modernidad, pues las distintas lexias que sigue el lector se actualizan en él como unidad, como estructura. En cierto modo, como el lector adquiere una percepción de autonomía, al avanzar según una u otra opción, la estructura a seguir puede tener más sentido personal, que aquella tradicional que le imponía el libro impreso.

De un modo semejante podemos confrontar aquellos juicios que ven al lector desorientado en la red de enlaces y posibles caminos que proporciona el hipertexto y que articula Gaggi con precisión en la siguiente cita: “El sujeto se traslada de punto a punto a lo largo de varios canales, de nodo a nodo a través de varios enlaces. Habrá abundancia de opciones posibles, pero el sujeto actúa sin conocimiento de dónde está y sin base suficiente para determinar dónde querría o debería ir” (100). Tal afirmación conlleva una postura elitista que deposita la posibilidad de leer (interpretar “correctamente” un texto) en el concepto original del autor o en el especialista. En efecto, cuando se habla del desconcierto del lector, se implica que sin una guía (la disposición lineal del texto impreso que impone un camino forzado al lector), o del previo descubrimiento de la “verdad” del texto que realiza el especialista, el lector no va a ser capaz de saber lo que quiere, sus pasos serán balbuceos producto de la desorientación. En el discurso antrópico, sin embargo, el objetivo de una lectura legítima no tiene por qué ser el tratar de descubrir lo que el autor pensó en el contexto de su vida, ni la interpretación que uno u otro crítico puedan dar a dicho texto, sino mi diálogo con el texto. Y con diálogo implicamos la propia experiencia de la lectura, y la de forjar desde ella el camino a seguir, que es siempre personal, independiente de que pueda o no coincidir con el de otros lectores.

4.3. La naturaleza multisecuencial del hipertexto

Uno de los términos que más se repiten en el momento de describir el hipertexto es el de no-linealidad. En esta caracterización coinciden también tanto los defensores del hipertexto como los detractores. Desde la definición lacónica de que “el hipertexto es simplemente una forma no-lineal de presentar información” (Amaral), a otras más precisas, se enfatiza una y otra vez este sentido del término: “El rasgo fundamental del hipertexto es su discontinuidad –el salto– el desplazamiento repentino de la posición del lector en el texto” (Aarseth 1994: 69). En tales definiciones domina, como ya señalamos en apartados anteriores, la perspectiva del libro impreso, pero interpretado éste como “natural” y como lineal. En esta afirmación de continuidad no se considera, por supuesto, la posible secuencia o falta de secuencia intertextual del libro impreso; el aserto alude simplemente a la aparente estructura secuencial de las páginas o de los capítulos. Consideremos por un momento tres caracterizaciones del hipertexto, expuestas por estudiosos que han producido textos seminales sobre el tema. Jaime Rodríguez lo juzga como parte de una estética anarquista, “en cuanto se opone al universo hierarco: jerarquizado, linealizado y prescrito.” Para Nielsen “el hipertexto es nosecuencial; no posee un orden singular que determine la secuencia en que se haya de leer el texto.” Landow nos dice al particular que “el concepto (y experiencia) de un principio y un fin implica linealidad. ¿Qué sucede a tales conceptos en una forma de textualidad que no esté gobernada directamente por la linealidad? Si consideramos hipertextualidad una estructura con múltiples secuencias en lugar de carecer por completo de linealidad y de secuencia, entonces la respuesta a tal pregunta es que el hipertexto posee múltiples comienzos y finales en lugar de uno sólo” (1992: 77).

Desde el comienzo de este estudio venimos reiterando la necesidad de superar el discurso de la modernidad (la definición sin establecer el punto de referencia que la hace posible), o el discurso de la posmodernidad (aceptando múltiples perspectivas, pero sin contar con ellas). El hipertexto ejemplifica el funcionar del discurso antrópico, por lo que debemos aproximarnos a su caracterización señalando no sólo las premisas que nos permiten llegar a dicha caracterización, sino también completando su conceptuación a través de las distintas perspectivas que lo complementen. Regresemos ahora a las tres citas anteriores. La afirmación de Rodríguez, por ejemplo, no tiene sentido desde la perspectiva del autor de una red de hipertextos. El autor construye su red según una estructura predeterminada. Tanto las lexias como los enlaces que las unen, el lugar donde se colocan, lo que se incluye como lo que se omite, presupone no sólo una estructura, sino también un proceso de jerarquías. Desde la perspectiva del autor de un hipertexto el contenido posee definitivamente una secuencia lineal, o mejor dicho, multilineal, pues construye su red visualizando una multiplicidad de posibles trayectos. La afirmación de Nielsen asume igualmente el discurso de la posmodernidad. Descubre en el hipertexto el potencial de múltiples posibles secuencias en el acto de leer y por ello afirma su carácter no-secuencial. Como señalamos al comentar la afirmación de Rodríguez, la característica de no-secuencial, como la de falta de jerarquía, se refiere únicamente al carácter abierto del texto, al hecho de que ciertas dimensiones de intertextualidad y procesos de contextualización estén explícitamente desarrollados a través de lexias enlazadas. Pero una vez que nos trasladamos al campo del autor que crea la red del hipertexto, o al del lector que la re-crea en la lectura, de nuevo tendremos que reafirmar el carácter secuencial con que lo construyó el autor, y la interiorización secuencial que adquiere en el proceso de lectura.

La afirmación anterior de Landow se aproxima más al discurso antrópico. Toda lectura es una experiencia individual y secuencial en la intimidad del lector. Necesitamos, sin embargo, reflexionar sobre los conceptos de “principio” y “fin”. Y debemos afirmar de modo inequívoco y desde el comienzo, que todo texto, o hipertexto, posee un principio y un fin. Estos conceptos simplemente implican características diversas según se juzguen desde la perspectiva del autor, del texto o del lector. Como indicamos ya, el autor del hipertexto lo construye según una predeterminada estructura. En el discurso antrópico, en el mundo del hipertexto, los conceptos de principio y de fin no coinciden con aquéllos a que estamos acostumbrados en el texto impreso y que generalmente corresponde a la primera y última página. Hemos señalado ya repetidas veces el sentido de complementariedad que adquieren las distintas posiciones en el discurso antrópico. Ahora podemos ejemplificarlo a través de los conceptos de “principio” y de “fin”. El autor de hipertextos necesita combinar su estructura de lo que quiere comunicar, con las posibles necesidades, asociaciones, intereses, de los múltiples lectores. Si el lector dispone ahora de cierta libertad de trayectoria a través de los enlaces existentes en el texto, el autor debe considerar en todo momento que cada lexia pueda ser potencialmente la primera o la última en la trayectoria de un posible lector. El hipertexto, si está bien construido, tendrá en cuenta este factor. (Quizás sea necesario recordar aquí lo obvio: existen buenos y malos hipertextos, del mismo modo que existen malos y buenos libros impresos. Las reflexiones expuestas en este estudio se refieren al concepto ideal del hipertexto).

Desde la perspectiva del texto, lo primero a tener en cuenta es que se trata de dos medios diferentes: el impreso y el digital. Lo que en el mundo del texto impreso, dimensión física y en cierto modo atemporal, puede tener validez, resulta inoperante en la dimensión digital. En el hipertexto, el principio y el posible fin, vendrán estructurados a través de los enlaces. Cada lexia deberá tener en cuenta esta situación. El lector será quien decida dónde ir, pero el autor es quien va a colocar los enlaces que guiarán el juicio del lector. A través de estos enlaces se resaltará a la lexia que el autor considera el comienzo, y se podrá reiterar, en los lugares que el autor crea pertinentes, aquella otra lexia que concluye lo enunciado en dicho comienzo. En el texto impreso el lector está subordinado al texto. Los párrafos, las páginas, se suceden de forma predeterminada. El lector se sitúa en actitud pasiva, se encuentra atrapado en las dimensiones físicas del libro. Su única opción es aceptarlo o rechazarlo. Cualquier intento “activo” de contextualizar lo que lee, le lleva fuera de los límites de la unidad física de lo impreso. El hipertexto se construye desde una perspectiva abierta que permiten los múltiples enlaces a lexias con distintos procesos de intertextualidad (incluyendo enlaces a hipertextos afines pertenecientes a otras estructuras en la red).

El polo final, por supuesto, es el lector. El concepto de “alfabetización” en el mundo del texto digital ha cambiado; no basta ya con reconocer las letras; el hipertexto exige también un lector activo. La misma estructura del hipertexto requiere que el lector decida qué enlaces va a seguir. Siempre existirá la opción de elegir un enlace al azar, como ahora la tenemos de hojear un libro impreso. Por esta misma razón se ha impuesto ya el hipertexto en los manuales técnicos. El lector de estos textos siempre fue activo, hoy su función se facilita enormemente, pues cualquier referencia se encuentra ahora en la “siguiente página”, es siempre el enlace a la siguiente lexia. El futuro del hipertexto en las humanidades es potencialmente mucho más rico, pues deja de ser mecánico. Pero es precisamente en el campo de las humanidades, que asume un lector reflexivo, donde se encuentra más resistencia al uso del hipertexto. El objetivo del libro técnico o de una enciclopedia es difundir conocimientos. En las humanidades la situación es más compleja. El conocimiento se convierte en imagen de poder a través del texto impreso; o sea, es fuente de control y mercancía en el sentido económico. El libro simboliza esos factores culturales en la estructura rígida que impone al “guiar” a los lectores del principio al final del libro. Después de todo, como señala Silvio Gaggi, “un libro posee un eje de desarrollo claro, con un principio un medio y un final” (101). Y aquí reside la percibida amenaza del hipertexto: el temor a que pueda debilitar dicho control. Regresemos de nuevo a las palabras de Gaggi que expresan con claridad esta situación: “La facilidad con que se pueden seguir los enlaces alejándonos del texto a otros textos y la facilidad de seguir rutas alternativas dentro del texto, no sólo debilitan el privilegio del texto original, sino también el sentido de que exista un sólo eje dominante que dirija al lector desde el principio por el medio hasta el final” (102). Este texto de Silvio Gaggi es de 1997, pero su posición todavía prevalece hoy día. Es una posición de arrogancia académica. ¡Pobre lector! abandonado a sus propias fuerzas:

“Este tipo de sistema tiene implicaciones radicales para el sujeto. En el escenario más utópico se le entrega al sujeto el poder de una forma nunca antes posible. En el hipertexto no hay un eje central, ni una ruta clara para entrar o salir, ni coordinadas que tenga prioridad sobre otras coordinadas –excepto las que el lector determina. De este modo, careciendo de una autoridad o guía, el lector queda arrojado en sí mismo. Quizás encuentre instrucciones señalando cómo ir de un lugar a otro, pero no hay fuentes de valores ni de prioridades que le indiquen al lector que dirección o ruta debe seguir.” (Gaggi 103)

Como señalamos anteriormente, el hipertexto es secuencial (multi-secuencial) en cuanto al autor que lo crea y en cuanto al lector que realiza la lectura. Sólo desde la perspectiva del crítico que reconoce únicamente una lectura válida de un texto, pueden los enlaces a las diferentes lexias parecer un laberinto innecesario. El hipertexto es lineal (multi-lineal), tanto desde la perspectiva del autor, como desde la perspectiva del lector, aun cuando no coincidan en el orden en que las distintas lexias debieran leerse. El hipertexto se distingue, precisamente, por ser un texto abierto a múltiples posibles secuencias y por exigir una participación activa por parte del lector.

4.4. El hipertexto como espacio dinámico

Una de las notas características, tanto de los defensores como de los detractores del hipertexto, es considerarlo subordinado a la técnica que lo posibilita. Se afirma así que “en la red electrónica el espacio –dónde uno está y dónde se localiza el texto– se convierte cada vez más en algo irrelevante” (Gaggi 112). En estas afirmaciones, por supuesto, se tiene en mente la facilidad con que un texto en la red puede ser capturado por personas en cualquier lugar del mundo y que el hipertexto a su vez puede estar alojado en un servidor localizado en cualquier parte. Pero, en realidad, únicamente ha cambiado la facilidad y la rapidez con que tenemos acceso a un texto. También el libro impreso se puede enviar de uno a otro continente, y la imprenta que lo produjo y el lugar de residencia del autor son, en este sentido, igualmente secundarios. Una vez establecida esta relación con la técnica, debemos reiterar de nuevo que el hipertexto (como el texto impreso) es producto de un autor, de un contexto, y como tal, localizado y localizable en el espacio y en el tiempo. El texto de El Quijote, independiente de la lectura que pueda provocar o del lugar donde se encuentre el libro impreso, se halla ineludiblemente inmerso en un espacio y tiempo (la España de los siglos XVI y XVII), y en un contexto cultural (el desarrollo de la cultura occidental hasta nuestros días). El posible hipertexto que pudiéramos construir hoy día a través de El Quijote (multiplicidad de lexias donde se establezcan los distintos contextos del texto así como sus proyecciones intertextuales), estaría del mismo modo insoslayablemente unido al autor(es) del hipertexto y a su contexto cultural. Y sin duda incluiría diferencias notables si su autor es un filólogo o un filósofo, si es español o japonés. Es decir, el hipertexto, como el texto impreso, es también producto de un contexto cultural y, por tanto, posee igualmente implicaciones espacio-temporales.

Una vez establecidos estos ejes de comprensión, podemos superar la obsesión que puede imponer la técnica. No proponemos, por supuesto, separar técnica y contenido; recordemos la analogía del río que usamos al comienzo. (El medio digital facilita el hipertexto y éste a su vez está modificando el modo en que leemos y las expectativas ante un texto). Sólo buscamos que en nuestro análisis coloquemos en su propio lugar “el agua” y las “orillas” que forman el río del discurso del hipertexto (discurso antrópico). Hagamos uso de nuevo de una afirmación de Silvio Gaggi: “En ese espacio [espacio virtual] no hay ejes claros ni direcciones establecidas, no hay puntos que desvanezcan para ayudar al lector a posicionarse” (114). En apartados anteriores nos hemos referido ya a lo inoperante de tal posición desde la perspectiva del autor o del lector del hipertexto, pues en ambos casos (uno al concebirlo y escribirlo y el otro al determinar la pauta de la lectura) se procede según un eje establecido o que se establece al leer.

Aquí queremos más bien detenernos en el concepto de espacio. Se trata, por supuesto, de un concepto cultural, o sea, de un concepto que necesitamos problematizar para regresarlo a la cultura que en cada momento lo hace posible. No es ahora necesario ni este es el lugar para proceder a un análisis detallado, nos basta para nuestros propósitos con establecer un eje de transformación. En las culturas basadas en la transmisión oral, el “espacio” del “texto” era dinámico. Se trataba de un texto potencialmente en constante transformación. La escritura y sobre todo la imprenta trajeron consigo la apariencia de la estabilidad del texto (real en cuanto a la inmutabilidad de los signos impresos). Poco a poco, la estabilidad del signo escrito se vino a interpretar como estabilidad de texto en cuanto a su “mensaje”.

La estabilidad del signo, es verdad, facilitó el avance acelerado en las ciencias que dependían de la posibilidad de reproducir exactamente las estructuras a través de las cuales ellas mismas se iban auto-desarrollando. En las humanidades se fue aceptando la aproximación científica basada en la acumulación, repetición y percepción de universalidad. Lo que en la ciencia apoyaba el avance, en las humanidades creó un discurso dogmático, en cuanto a la percepción de la universalidad del mensaje, en cuanto a la creación de un canon, en cuanto a la formación de una estructura de poder de los que “podían hablar” (los especialistas). El discurso de la posmodernidad, que culmina la rebelión romántica ante la modernidad, problematiza esa situación a la vez que destaca la ineludible intertextualidad de todo texto. El discurso de la posmodernidad introduce de nuevo el factor dinámico. Se reconoce que tanto las relaciones intertextuales como los procesos de contextualización se encuentran en constante transformación. El resultado es una perplejidad ante nuestro momento de transición. Se añora la percepción de seguridad, de estabilidad, la universalidad del pensamiento de la modernidad, pero se le reconoce a la vez como inoperante. La versión impresa de los textos se presenta ahora como incompleta, como deficiente. Si todo texto plantea una serie de relaciones intertextuales, se exige ahora un “texto dinámico” difícil (quizás imposible) de representar en la versión impresa de un libro.

Lo que el discurso de la posmodernidad reclama con su concepto de un “texto dinámico” es, en verdad, un lector activo. O sea, el texto se va a actualizar a través de la lectura y cada lectura va a ser única, pues, si es auténtica, responderá a la individualidad del cada lector. Se va creando así la necesidad de un nuevo espacio, pero de un espacio potencialmente dinámico; es decir, un espacio que facilite (quizás se pretende que requiera) la participación de un lector activo. Este es el espacio que viene a ocupar el hipertexto. Se trata, pues, de una respuesta a la pregunta posmoderna. El hipertexto se construye como el nuevo espacio. Como una recuperación de la oralidad (la dimensión dinámica que caracteriza nuestro devenir), sin rechazar por completo la estabilidad del signo.

Conviene que nos detengamos por un momento en las implicaciones del desarrollo anterior. El hipertexto surge aquí como una respuesta a una problemática intelectual que caracteriza el proceso de la cultura occidental. En la analogía del río que venimos usando en este estudio, el hipertexto podría ser la orilla que ahora modela el caudal de nuestro devenir social. Esta orilla, el hipertexto, se relaciona, sin duda, con la calidad del terreno que la forma (la técnica digital), pero, en definitiva, responde a una necesidad sociocultural (la fuerza del caudal que labra la orillas). Hemos afirmado también que se trata de un nuevo espacio, dinámico ahora, que recupera la oralidad que el texto impreso había ido poco a poco desplazando. Con el concepto de oralidad queremos rescatar la dimensión dinámica de la comunicación oral, que en el hipertexto se ejemplifica, ante todo, a través de privilegiar al lector en el momento de conferir significado. Usemos de nuevo una metáfora que caracterice el naciente espacio del hipertexto. Con frecuencia se ha hablado, en otros contextos, del “gran libro de la naturaleza”. Descubramos ahora la naturaleza como hipertexto, como un texto en constante transformación sin perder su esencialidad. La naturaleza observada como un texto (hipertexto) con innumerables relaciones intertextuales con múltiples enlaces. La naturaleza como un hipertexto en el cual cada lexia (cada elemento) puede ser el comienzo o fin de una exploración: del agua a la tierra, a la humedad, a las raíces, al árbol, a las ramas, a los pájaros, al aire, a las nubes, al agua... El privilegio de una parte sobre otra no lo da el “libro de la naturaleza” (el hipertexto), sino el contexto de quien la observa (el lector). En este sentido, la naturaleza es el hipertexto holista ideal: todas sus partes se encuentran enlazadas en una relación que nunca es caótica. Todas sus partes se incorporan también en un proceso dinámico explicable desde nuestro propio devenir como seres igualmente en constante transformación. Cada una de sus partes podría constituirse en el foco central y comienzo de nuestro viaje por la naturaleza. Tal es el espacio dinámico, holístico, ideal del hipertexto. En la realidad práctica, como examinaremos más adelante, el hipertexto, lo mismo que el texto impreso, responde a una multiplicidad de objetivos, que sin duda darán lugar a formas peculiares, en respuesta a las retóricas ya establecidas y a aquellas otras que puedan desarrollarse.

El considerar el hipertexto, “el libro de la naturaleza”, en el contexto desarrollado anteriormente, nos permite también comprender los aciertos y limitaciones de algunas caracterizaciones del hipertexto. En la obra clásica de Landow, que sigue siendo la base de los estudios hasta ahora existentes sobre el hipertexto, se dice: 

Comparado con el texto, según existe en la tecnología impresa, las formas del hipertexto ponen de relieve diversas combinaciones de atomización y dispersión. A diferencia de la fijación espacial del texto reproducido a través de la tecnología del libro, el texto electrónico siempre tiene variación, pues ninguna presentación ni versión es nunca final; siempre puede cambiar. Comparado a un texto impreso, uno en forma electrónica parece relativamente dinámico, puesto que siempre permite corrección, actualización, y modificaciones semejantes [...] En los enlaces, el hipertexto añade una segunda forma fundamental de variación, dispersando o atomizando más todavía el texto. (Landow 1992: 64)

 La afirmación de Landow, propia del pensamiento de la posmodernidad, privilegia al texto; es decir, se construye desde la perspectiva del texto. Por ello puede hablar de dispersión y atomización. Incluso los términos que usa, como “corrección”, “actualización” o “modificación”, provienen de la deconstrucción que el discurso de la posmodernidad hace de la modernidad. Son términos cuyos conceptos nos refieren a una realidad inmóvil, que se puede corregir, actualizar o modificar. En el contexto de nuestra metáfora del “libro de la naturaleza”, diríamos que Landow se fija en los diferentes elementos (el texto) y de ahí que vea la dispersión, la atomización. Visto el hipertexto desde un discurso dinámico (el discurso antrópico), cada elemento se presentaría como una de las partes de un ecosistema. Es decir, como unidad dinámica en mutua transformación y cuyos enlaces lejos de denotar dispersión, establecen relaciones que complementan. Regresamos así de nuevo a lo desarrollado en secciones anteriores. Es decir: tales conceptos, como los ya comentados de "no-lineal", "no-secuencial", "descentrar el texto", entre otros, no se pueden aplicar ni al autor del hipertexto ni al lector. El lector lo ve, regresando a nuestra metáfora, como un ecosistema. La “atomización” se convierte en multiplicidad de relaciones, la llamada “dispersión” se percibe como proximidad, pues el enlace en lugar de dispersar une, complementa.

Nos encontramos en un momento de transición peculiar. Se trata de uno de esos momentos que jalonan la historia de nuestra civilización, por significar el fin de un paradigma y el inicio de otro. Como momento de transición vislumbramos un nuevo orden, pero todavía nos encontramos en la prisión conceptual del sistema que abandonamos. Por ello nos encontramos en la situación paradójica de tener que hacer uso, al caracterizar el nuevo orden, de los mismos conceptos que deseamos superar. El proceso va a ser lento. Pero mientras tanto tenemos que seguir haciendo uso del sistema conceptual que poseemos. Desde esta perspectiva podemos percibir que el hipertexto nos lleva de un espacio físico (considerado a-temporal) a un espacio temporal (en el sentido de potencialmente dinámico); de la estabilidad del texto en el libro como objeto, a un ser en la transformación (el texto abierto a una permanente actualización). Pasamos de la permanencia de un lugar a través del tiempo (una plaza, una estatua, un libro), a un tiempo presente en cualquier lugar.

Quizás podamos apreciar un poco mejor la complejidad de lo que pretendemos describir, señalando que a través del hipertexto recuperamos ciertas características del discurso hablado sin renunciar a las características que nos ha proporcionado el discurso de la modernidad y su creencia en la estabilidad del texto impreso. Quizás también el ejemplo de la música proporcione un símbolo oportuno para comprender este proceso (y para recordarnos que nuestra situación actual lleva ya tiempo gestándose). Tanto la música como las cadencias de la palabra hablada, no habían podido ser capturadas en la técnica del texto impreso. Los intentos de “atrapar” el sonido tienen ya una larga historia, pero sólo a través de la técnica digital parecen llegar a su madurez. Antes era un acto fugaz, limitado a un lugar y tiempo concretos. El medio digital, y su posible integración en el hipertexto, consigue la estabilidad del signo-sonido, pero lo hace al mismo tiempo en un espacio dinámico, y por lo tanto abierto a la transformación o a las relaciones intertextuales a que pueda dar lugar una composición musical determinada. En este sentido, la expresión y potencial digital de la música ejemplifica el proceso de simbiosis que aporta el hipertexto: a) se da estabilidad al sonido (se asume la modernidad), b) se mantienen ciertas características temporales propias de la tradición oral (se asumen las posibles diversas perspectivas de la posmodernidad), c) se potencia la condición dinámica (por ejemplo, el poder “corregir” una nota o intercalar una variante sin modificar el resto de la ejecución musical).

 

© José Luis Gómez-Martínez
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