Marcos Aguinis
 
 

EL ESCRITOR Y SU OBRA:
EL PENSAMIENTO DE MARCOS AGUINIS

Ignacio López-Calvo
California State University, Los Angeles

I
Esquema biográfico

Aguinis nació en Córdoba, Argentina, el trece de enero de 1935. En Nuevos Diálogos (1998) Aguinis habla brevemente de sus padres. Nos cuenta que en 1928 su padre llegó a Buenos Aires con veintidós años, con apenas una maleta, e inmediatamente consiguió un trabajo de hombreador en Dock Sud. Cuando se enteró de que en Cruz del Eje, en la provincia de Córdoba, tenía parientes lejanos que procedían también de Besarabia (lo que ahora es la República Moldava), decidió mudarse allí en busca de apoyo. Tanto Marcos como su padre trabajaron en una venta de muebles a plazos que había empezado su abuelo. Aguinis describe a su padre como un hombre comprensivo, bondadoso, alegre y generoso. Cree que fue por reacción a la excesiva prudencia de su padre, por lo que se convirtió en un hombre tan sumamente temerario. Sin embargo, heredó de su padre el amor a la literatura y la música, y el hedonismo en general. Cuando el pequeño Marcos se negaba a comer, su padre le convencía por medio de cuentos que inventaba. Aunque su formación académica fue breve, su padre era un ávido lector y se había suscrito a un diario en idish, la lengua que se hablaba en casa. El español lo aprendió con ciertas dificultades. Su madre, más osada, severa y más controladora, tuvo en cambio la oportunidad de estudiar en la escuela secundaria en Europa, en donde aprendió varias lenguas: rumano, rusos, francés y latín. Había llegado a la Argentina tras numerosas peripecias en las que se habían perdido maletas y giros postales para los pasajes. En uno de los diálogos con monseñor Laguna, comenta que sus padres eran tan pobres que tuvieron que improvisar una cuna con un cajón de frutas.

Aguinis cree que heredó de su padre la excesiva indulgencia con sus hijos. Era Marita, su esposa, la que debía poner orden, aunque era sumamente cariñosa con sus hijos. Dice, además, de sus padres que eran religiosos, pero nunca fueron estrictos.

En cuanto a sus inicios en la lectura, como no le gustaba leer, su madre lo hizo miembro de la Biblioteca Popular Jorge Newbery, que estaba cerca de su casa. En su juventud decidió estudiar magisterio y se mudó a Córdoba para matricularse a los quince años en el Colegio Nacional Deán Funes, en donde había estudiado el Che Guevara. Su vocación literaria continuó gracias a su Bar Mitzvá, que lo inició en la lectura de las Sagradas Escrituras. A partir de entonces creció su curiosidad religiosa, y se dedicó a leer libros sobre la Biblia e Israel en la Biblioteca Popular, como El candelabro enterrado de Stefan Zweig, la Historia de la religión de Israel de Caledonio Nin y Silva, El Hijo del Hombre de Emil Ludwig, Mahoma y el Corán de Rafael Cansinos Assens, la Historia, La vida de Jesús y Páginas autobiográficas de Ernest Renán etc. Fue en este último libro donde encontró las dudas de Renán sobre su fe. Hoy en día Aguinis se considera agnóstico, aunque cree que "la religión cumple y cumplirá una tarea maravillosa al contribuir al orden anímico del mundo. La gente necesita consuelo, sentido y moral" (Nuevos Diálogos 79).

En su niñez hubo de sufrir la intolerancia y la discriminación a causa de su origen judío. Le llamaban "rusito" y algunos profesores insultaban a los judíos en clase. Pronto se fue enterando de las masacres de los campos de concentración, en los que pereció toda la familia de su padre y los parientes de su madre que quedaron allí. En su pubertad le encantaban la literatura, la música y la pintura. Como se explica en la introducción de Marcos Aguinis. Aproximación a su vida y obra (1995), a los diez años decidió estudiar piano, llegó a dar conciertos, a escribir un ballet y "a los diecinueve años su maestro de piano le aconsejaba "dejar todo" y continuar su carrera musical en los Estados Unidos" (6). Pero Aguinis se inclinaba más por la literatura. Escribió varios cuentos a los doce años, e incluso una novela de doscientas páginas, titulada El Oriental. Más adelante, decidió estudiar medicina para "conocer mejor al hombre" (Marcos Aguinis. Aproximación a su vida y obra 7). Durante esta etapa de sus estudios, comenzó a investigar la vida de Maimónides, médico y humanista judío del S. XII con el que Aguinis se identifica casi como si fuera su reencarnación. Ambos nacieron en Córdoba (española y argentina), aunque con ocho siglos de distancia. A los veinte años publica Maimónides, un sabio de avanzada, un "pecado de juventud" que tiene la intención de corregir y reeditar.

Sus primeras ilusiones por la psiquiatría, neurología y el psicoanálisis acabaron en decepciones. Al acabar la carrera de medicina a los veintitrés años aceptó una beca para estudiar neurocirugía en Buenos Aires. Más tarde, completó sus estudios en el Hospicio de la Salpétrière de Francia y en las ciudades alemanas de Friburgo y Colonia, gracias a una beca de la Fundación Alexander von Humboldt. Allí recopila información para sus novelas Refugiados, crónica de un palestino y La cruz invertida, por la que recibió el Premio Planeta en 1970, siendo la primera vez que se concedía a un extranjero. Se dedicó catorce años a esta especialidad y al volver de Europa, defendió su tesis doctoral en la Universidad de Córdoba. Poco tiempo después, se casó y se mudó a Río Cuarto, donde ejerció la neurocirugía en la Clínica Regional del Sud once años y publicó sus primeras novelas. Su esposa fue Ana María Meirovich, de sobrenombre Marita, a la que conoció a los veintinueve años. Era licenciada en derecho y en Ciencias Económicas. En Río Cuarto nacieron tres de sus cuatro hijos: Hernán, Gerardo David, Ileana Ethel y Luciana Beatriz. Marita falleció como consecuencia de una hemorragia en la base encefálica. A los cuarenta años decidió renunciar a la neurocirugía decepcionado tras participar en el Congreso Mundial de Roma. Trabajó para el Congreso Judío Latinoamericano con sede en Buenos Aires, para el que organizó un Coloquio sobre Pluralismo Cultural. A los cuarenta y dos años se vio obligado a renunciar también a ese trabajo y decidió dedicarse al estudio del psicoanálisis. Sus recursos económicos provenían entonces de las conferencias y cursos que dictaba. En aquella época escribió El combate perpetuo, a petición de una institución para el rescate de desaparecidos.

En Río Cuarto publicó otras novelas, escribió Cantata de los diablos e inició La conspiración de los idiotas, novela en que criticaba el clima paranoico creado por la dictadura. Más tarde se dedicó a escribir cuentos que reuniría en Operativo siesta. En 1981 dirige la revista Búsqueda de un país moderno y termina por comprometerse directamente en la política argentina. Tras la guerra de las Malvinas escribe su temeraria Carta esperanzada a un General. Más adelante, publica Profanación del amor, en donde establece paralelismos entre los acontecimientos sociopolíticos del país y los problemas sentimentales de un romance. El gobierno de Raúl Alfonsín lo nombró subsecretario de Cultura de la Nación, y dos años después pasó a ser secretario de Estado. Fue presidente y creador del PRONDEC (Programa Nacional de Democratización de la Cultura), cuya idea fue elogiada por la UNESCO y apoyada por la ONU. De sus contactos con el pueblo argentino como político en activo, nace su ensayo Un país de novela, viaje hacia la mentalidad de los argentinos. Otro ensayo lo seguiría pronto, El valor de escribir. Viajó a Lima para recoger información que utilizaría en su excepcional novela La gesta del marrano. Otro ensayo influido por el Elogio de la locura, de Erasmo, seguiría a esta novela, Elogio de la Culpa. En él analiza la resurrección del nazismo y de las guerras étnicas. Otros dos libros de fecundos diálogos con Monseñor Justo Laguna fueron editados posteriormente: Diálogos sobre la Argentina y el fin del milenio (1996) y Nuevos Diálogos (1998) y una novela que no tardó en convertirse en la número en ventas de Argentina, La matriz del infierno (1997). En esta novela sobre el nazismo Aguinis no se limita a criticar el gobierno de Hitler, sino también el respaldo indirecto a la política nazi, por parte de los países que debían haberle hecho frente. También se critica la actitud de la Iglesia Católica institucional frente al genocidio llevado a cabo por el nazismo alemán.

Además del Premio Planeta, cuenta entre sus numerosos premios y honores con el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, la Plaqueta de Plata de la Agencia EFE (1986), y el gobierno de Francia lo declaró Caballero de las Letras y las Artes en 1988.

II
El ensayo de Marcos Aguinis

El amplio temario del pensamiento de Marcos Aguinis refleja en cierto modo la valentía, variedad y originalidad de sus novelas. Un rasgo común a la mayoría de los temas analizados es el espíritu reconciliador que los une. En sus novelas y sus ensayos, Aguinis trata de desvelar los errores históricos para evitar que volvamos a repetirlos. La mirada al pasado histórico en busca de respuestas es también común a toda su obra. La búsqueda de la justicia--tanto en el momento presente como en la historia, la solidaridad con el oprimido, la denuncia de la hipocresía y el rechazo del monopolio de la verdad, son temas que protagonizan sus ensayos, novelas y cuentos.

Aguinis dedica una parte importante de su obra ensayística a la crítica de los abusos de las Fuerzas Armadas argentinas. Tanto en su libro Carta esperanzada a un general. Puente sobre el abismo (1983), como en la Nueva carta esperanzada a un general (1996) su objetivo es establecer un diálogo sincero con la cúpula militar. Pero ya antes, en la cuarta sección de El valor de escribir (1985), Aguinis había analizado la resistencia y el pensamiento bajo la presión autoritaria. En esta última obra Aguinis asegura, primeramente, que no es justo afirmar que todos los argentinos son culpables de los desastres a consecuencia de la dictadura: "La distribución masiva y generosa de la culpa es un negocio magnífico para los responsables básicos" (124). Para él, fueron inocentes los soldados que perdieron la vida en las Malvinas, los ciudadanos que fueron reprimidos, los trabajadores cuyos sueldos se vieron reducidos. Una de sus aportaciones más originales es su impresión de que la represión dictatorial es una herencia de los actos de la Inquisición. El artículo "Caza de brujas," entronca con su novela La gesta del marrano (1991): del verdugo inquisitorial descrito en la novela nace el torturador de ahora. En ambas etapas históricas existe idéntica motivación: "La cacería no busca sólo matar brujas, sino imponer la convicción profunda de que existen, Y son las responsables de todas las desgracias. Encontrarlas y quemarlas tranquiliza y brinda un gran beneficio adicional: convencer de que el aparato represivo es más necesario que nunca" (132). El torturador ansía humillar y destruir el cuerpo humano, porque lo odia. Vive, como explica Aguinis en el ensayo "La tortura y el desprecio," acosado por el miedo: "Está esclavizado por una perversión tiránica que le promete satisfacción y paz después de cada sesión. Pero le dura poco, ya que necesita repetirla" (187). En realidad, forma parte del engranaje de un sistema fundamentado en la falta de respeto al ser humano, en el que para humillar al de abajo, el sujeto busca respaldo en sus superiores.

Para evitar el peligro de caer en tales aberraciones, el respeto debe reinar tanto en la vida política de un país, como en el hogar de la familia pues, según el autor, el desprecio con la picana tiene su paralelo en el desprecio con la palabra. En contraste con el autoritarismo activo del dictador, existe el autoritarismo pasivo, que es protagonizado por el dominado. Recorre el panorama nacional desde la violencia doméstica, a los métodos de enseñanza (el cultivo de la memoria), las corrupciones y la violencia en el deporte, hasta la discriminación laboral. En el subconsciente de las masas pervive la obediencia a los mandatos autoritarios. Como explica en Nuevos Diálogos, el autoritarismo pasivo "se refiere a quien lo sufre. Es la víctima que baja la cabeza, y lo hace de buen talante. Es quien presiente la orden y la cumple antes de que se la comuniquen, es quien hace por el opresor más de lo que éste reclama o espera. El autoritarismo pasivo se manifiesta en la nostalgia por los regímenes fuertes y caprichosos, paternalistas" (242).

Debe reinar, en definitiva, el respeto mutuo que significa la democracia. Lamentablemente, como vemos en el cuento "Consorcio en la tempestad," incluido en su colección Y la rama llena de frutos, el miedo lleva a la sociedad a una irremisible falta de solidaridad. Al nepotismo y las "coimas" que envenenan la justicia social y que Aguinis denomina el "orden jurídico paralelo," se ha de oponer el respeto a la Constitución argentina. En la misma línea, contra la manipulación de la opinión pública típica de los estados totalitarios, propone el periodismo sincero y valiente que se alzará en defensor de la justicia y la libertad. Otro mito contra el que se debe luchar es el uso de esquemas y generalizaciones al hablar de los pueblos, pues "las prácticas inquisitoriales y los totalitarismos se nutren, precisamente, del cercenamiento del matiz" (148).

Una de las grietas fundamentales que caracteriza a las Fuerzas Armadas, según él, es su incapacidad para admitir ningún género de crítica. Aguinis les recuerda que los grandes militares de la historia, agradecían los consejos de quienes señalaban sus errores, y recomienda que revisen su actitud y los errores cometidos en beneficio de su propia imagen. Considera absurdo, lógicamente, el que la dictadura militar crea tener la capacidad de decidir cuándo está el pueblo maduro para la democracia. Su ensayo trata de sacar a la luz la falsedad de los instrumentos disuasorios que usan los sistemas autoritarios, entre los que menciona el fútbol, como versión moderna del "pan y circo" romano. Por medio de todos estos mecanismos, la dictadura convierte al país en un gigantesco jardín de infancia, aniña al ciudadano. En el caso argentino, la guerra de las Malvinas, como el fútbol, se utilizó para distraer a las masas de los verdaderos problemas.

En Carta esperanzada a un general. Puente sobre el abismo Aguinis trata de establecer un diálogo con un general anónimo, con el que trata de establecer puentes de comunicación, a pesar de reconocer amargamente que su monopolio de la fuerza lo convierte en árbitro del derecho. El militar, según el autor, es un patriota que busca el bien de la nación; sin embargo, comete el error de desconfiar del patriotismo de las masas, a las que cree que debe controlar con vigilancia y correctivos. Los gobiernos militares convierten el país entero en un cuartel en donde se debe educar al ciudadano. La persona autoritaria necesita controlar, exteriorizar su sufrimiento en el otro, sometiéndolo: "persigue eterna e inútilmente, con el afán de matar afuera el Satanás que habita en sus entrañas" (110). El hombre creó la institución militar, pero se ha dejado subyugar por ella. Su existencia se hace necesaria debido a la presencia de militares en los países vecinos. Sin enemigos dejaría de existir, por eso se encargan de detectarlos o incluso inventarlos. El gran problema, según Aguinis, reside en la formación rígida e intolerante que recibe el militar y que termina por mutilar su personalidad, reducir su autoestima y acentuar su dependencia. Las instituciones militares no sólo fuerzan al individuo a actuar de una manera que no conduce al éxito, sino que dan ascensos a personas con problemas intelectuales y de personalidad. Aguinis propone, en cambio, las opciones que brinda la psicopedagogía, como evitar la segregación y ofrecer cambios de ambiente.

En la mente del soldado, la sumisión acrítica a un superior le da tranquilidad, y la resignación de sus compañeros justifica la suya. Por el contrario, los delitos de los demás le irritan porque suponen una tentación. El método sadomasoquista triunfa en las organizaciones militares porque promueve "obediencia ciega, desplazamiento de la agresión y necesidad permanente de oprimir a un grupo infraprivilegiado para sentirse superiores" (119). A otro nivel, el militar padece, además, de una "obscenidad puritana": sus relaciones de pareja son relaciones de poder donde debe asegurar su virilidad.

Se elige esta carrera como refugio de la agresividad y el miedo a la libertad. Una vez allí, su hostilidad debe aumentar a la vez que no se puede descargar contra lo que dicta el instinto. Con la guerra se puede descargar en el otro todo el mal que se lleva dentro de una manera "legítima." Aguinis atribuye el miedo al cambio político o económico que caracteriza a los militares, a una neurosis obsesiva. Recurren al golpe de Estado en lugar de esperar pacientemente a que la sociedad misma restablezca el equilibrio. Obsesivamente, piensan que el "orden" lo curará todo. Síntomas de esta neurosis son la obsesión por la apariencia, la limpieza y el orden. Los desfiles pomposos son parte de los ritos que ayudan a calmar la ansiedad, enfocándose en pequeñeces que desvían la atención del verdadero problema.

En el dictador se reúnen por antonomasia todas las condiciones anteriores. El dictador alcanza la cima de su escalada, pero la ambición no termina allí, sino que aumenta: "La desvalorización de base, el imborrable sometimiento que le habían impuesto en su juventud, las carencias afectivas, todo ello estimula una insaciable voracidad a partir de tener el país en sus manos" (174). Otra peculiaridad de lo militar, es el significado especial que tiene el honor entre los militares: se sobrevalora y acaba sobreponiéndose a los demás valores morales y dirigiendo la conducta por encima del sentido común y de la lógica. Lo mismo ocurre con las guerras: se presenta el honor del país, del ejército o de los dirigentes como excusa, soslayando causas políticas y económicas. El militar debe aprender en la academia a conciliar el estímulo de la agresividad con la prohibición a liberarla; ello se ve reflejado en la agresividad del saludo, en la manera de presentar armas. Por otra parte, los oficiales de hoy en día carecen del respaldo social de otras épocas, cuando provenían de familias acomodadas. Ahora tratan de subir en la escala social por medio de las bodas.

Aguinis cree, igualmente, que muchos jóvenes eligen la carrera militar para resolver sus dudas sexuales, optando así por el camino de la represión, que muchas veces se compensa con el sadismo. Su inmadurez sexual les hace reprimir toda expresión pública de la sexualidad, aunque más tarde sus víctimas, cuando las interrogan y torturan, sufren tratos vejatorios. El autor cree que se debe distinguir entre autoridad y autoritarismo. La autoridad es necesaria, saludable, aliada de la vida y el amor, implica madurez; en cambio, el autoritarismo es innecesario, obliga a la regresión, es un instrumento de muerte y el resentimiento. En cuanto al heroísmo de la muerte en combate, tan alabado en la profesión castrense, Aguinis argumenta: "El hombre lucha contra ella o se somete a ella. Pero el sometimiento no se expresa en los pocos casos de suicidio sino también en los "involuntarios" que se disfrazan de accidentes, heroísmo o amor a la guerra" (246).

La Nueva carta esperanzada a un general se publica trece años después y en ella rectifica de algunos errores de cálculo cometidos en la primera carta. En la actualidad, los militares no alientan a sus hijos para que sigan el ejemplo de la vocación paterna. Se mencionan, asimismo, las actuales misiones de paz, en las que se trata de evitar la guerra y los esfuerzos de los altos mandos por imponer la ética. Los acontecimientos se ponen al día, y se ponen de manifiesto las precarias condiciones en que se hallan las fuerzas armadas. Los sueldos son bajos, falta la motivación, y el dinero recibido sólo alcanza para pensiones, sueldos y hospitales. Aun así, Aguinis destaca la inutilidad de los gastos militares cuando no existe el enemigo y concibe la posibilidad de que la Argentina acabe definitivamente por suprimir sus Fuerzas Armadas. Por otra parte, la educación del militar también ha cambiado: ahora debe estudiar, por ejemplo, derecho internacional y los derechos humanos.

No obstante, continúa el disentimiento. El anónimo militar parece haber insistido en que la sociedad es responsable de los defectos de las Fuerzas Armadas: "Si la sociedad es autoritaria, corrupta, ajurídica y discriminatoria, sus Fuerzas Armadas no pueden ser diferentes" (25). La respuesta de Aguinis es que esto explica las causas del comportamiento, pero no lo justifica ni lo exculpa. En este sentido, en otro de sus ensayos, Elogio de la culpa (1993), Aguinis profundiza en las virtudes y peligros de la culpa desde varios enfoques: jurídicos, religioso, literarios, antropológicos, psicoanalíticos y sociológicos. El autor concluye que debería perfeccionarse la culpa y reconsiderarla, pues es absolutamente necesaria para el bienestar de las sociedades. La culpa funciona como mecanismo regulador que podría reducir la cantidad de crímenes y atrocidades. Ahora bien, cuando se da en exceso, el sentimiento de culpa puede ser responsable de comportamientos masoquistas, autodestructivos y depresivos.

Otra de las explicaciones propuestas por el militar, es la ubicuidad de la burocracia. Y la tercera, es el distanciamiento entre teoría y práctica pues, según el general, en el reglamento se incluye la enseñanza de la autocrítica y la reflexión. En este apartado, Aguinis reconoce su admiración por el giro en materia educativa que representa el libro norteamericano, Arte del mando naval, que se usa en Argentina, si bien advierte de la dificultad que tiene el ciudadano al intentar asociar tal instrucción con las atrocidades cometidas.

El autor ensalza el gesto del teniente general Martín Balza, quien aseguró en la televisión argentina que delinque quien vulnera la Constitución Nacional, imparte órdenes inmorales o cumple órdenes inmorales. Entre los cambios positivos en la organización, destaca la puesta en práctica del servicio militar voluntario y las posibilidades de ingreso para la mujer. En conclusión, para eliminar la crisis actual propone cuatro opciones: 1) que nada cambie. 2) aumentar el presupuesto. 3) suprimir las Fuerzas Armadas. 4) FFAA pequeñas y bien capacitadas.

En El valor de escribir, además del ya mencionado, predominan otros ámbitos temáticos entre los que destacan el quehacer literario y su mundo--que da título al libro--, el psicoanálisis y el judaísmo. En el primer apartado presenta la escritura como un freno a la muerte, pues concede la inmortalidad del pensamiento del autor o de un pueblo. Ese es el caso, por ejemplo, del pueblo judío, cuyo texto sagrado deviene en reflejo de la divinidad. La escritura, además, conlleva un alto grado de responsabilidad debido no sólo a su carácter duradero, sino también a la frecuencia con que el texto se convierte en compromiso, especialmente en la América latina. De entre los ensayos que circulan en torno a este tema destaca el que estudia el fenómeno del best-seller. El hecho de escribir libros a la medida de las editoriales lleva a Aguinis a afirmar que "por diversos enlaces se llega a la conclusión de que el ‘vendido’ no sólo es el texto, sino el autor" (26). Los ingredientes necesarios para un best-seller, según él, son el sexo, la violencia y adentrarse en el mundo de la corrupción y la ilusión del poder. Este fenómeno es un reflejo de la sociedad de consumo y se ha llegado a calificar como un nuevo género literario. Al mismo tiempo, este tipo de literatura refleja los intereses de los países dominantes, su dominio económico y cultural, y contribuye a la marginación de las demás regiones del planeta. Responde, por último, al deseo de evasión y autodesprecio, al "miedo a reconocernos en los autores que hablan de nosotros mismos" (31).

Pasando al tema del psicoanálisis, en "El regreso de Superman" Aguinis (como ya hizo Ariel Dorfman con los personajes del Pato Donald, el Llanero solitario y el elefante Babar) se adentra en el mundo de la historieta y contrasta a su protagonista con el héroe de la mitología clásica. Tras señalar las coincidencias en cuanto al nacimiento del héroe mítico, llega a la conclusión de que mientras éste es rebelde y propicia avances para el género humano, aquél se pierde en aventuras espectaculares, pero sin transcendencia. El tercero de los ensayos de la colección ha de leerse en relación con su novela La conspiración de los idiotas. Desde su posición de neurocirujano y psicoanalista, ataca los usos y abusos de la neurocirugía y los psicofármacos, y propone el psicoanálisis como posible alternativa: "la enfermedad es parte del mismo sujeto, es la búsqueda de un nuevo equilibrio--todo lo perjudicial que se quiera--, pero que no se soluciona simplemente con una amputación o el garrotazo de una droga" (74). La curación consiste en entender los síntomas no en eliminarlos. Analiza también la frecuente asociación que se suele hacer entre genio y locura: "la relativa libertad para alejarse del mundo exterior y sumergirse en las vastas ondas del Ello sería una explicación de algunos desajustes que puntean la conducta de muchos artistas" (81). Este artículo es imprescindible para comprender el cuento "Pentagrama de fuego," incluido en Y la rama llena de frutos.

La tercera parte de El valor de escribir se centra en los mitos y contramitos del judío. Con algunos ejemplos de Shakespeare y Lope de Vega, Aguinis demuestra que no es el judío real quien inspira esa literatura ni los sentimientos antisemitas, sino el judío mítico: usurero, asesino de niños, bebedor de sangre. No obstante, tan peligroso como el mito es la reacción del contramito--el judío genial, santo, creador y fraternal--porque conlleva los mismos errores del mito: la simplificación y el maniqueísmo. Por ejemplo, el pretender que los más grandes creadores y personajes de todos los campos eran judíos. El judío, sostiene Aguinis, es como el resto de los mortales, ni diablo ni ángel. Para acabar de una vez con los prejuicios, el ser humano debe aceptar que la palabra "otros" forma parte del pronombre "nosotros": "El antisemita deja de odiar al judío en la medida que logra armonizar partes de sí mismo que le horrorizan. Sólo cuando alcanza la paz con su propio ser deja de necesitar la víctima en quien descargar su intensa producción de veneno" (103). En cuanto al temor profundo que se tienen árabes y judíos, trata de llegar a la etiología del problema por medio de un breve estudio histórico de la opresión y frustración histórica de ambas comunidades. Los árabes fueron un pueblo oprimido y humillado primero por los turcos y, después de la Guerra Mundial por los aliados, encabezados por Gran Bretaña. En medio de su frustración se escoge a los judíos como chivo expiatorio; sin embargo, este diminuto enemigo consigue derrotarlos. La ira acumulada en siglos de desastres a manos de tártaros, españoles, turcos y franceses, se ve concentrada en el nuevo enemigo que amenaza su tierra y su cultura: Israel. Los judíos, por su parte, fueron traicionados por la comunidad internacional durante el Holocausto (lo que constituye uno de los pilares de su novela La matriz del infierno) y después por las Naciones Unidas, que les habían prometido la protección de Israel. Una vez más sobreviven tras la Guerra de los Seis Días: perder la guerra hubiera supuesto su desaparición.

El otro de los grandes ejes temáticos de la colección es la consolidación de la democracia. La democracia, en opinión de Aguinis, es un proceso sufrido, dado que el pueblo liberado mantiene, a veces, su mentalidad de esclavo. No obstante, es necesario evitar la queja improductiva y fortificar la libertad para que no reaparezcan "salvadores de la patria." La ideología de la cultura democrática, para Marcos Aguinis, debe desarrollar el respeto a la alteridad y la libertad de expresión. Para ello considera fundamental descentralizar la Argentina: "El paternalismo porteño tiene consecuencias nefastas porque, desde un enfoque cruel, reproduce el vínculo metrópoli poli-colonia" (217). Forma parte de la desconfianza en el pluralismo que nace, según el autor, de la inquisición española y de la inseguridad en los propios valores típica de la mente colonizada.

En Un país de novela. Viaje hacia la mentalidad de los argentinos, Marcos Aguinis trata de deconstruir, desde su puesto de protagonista como argentino, la mentalidad de sus compatriotas. El desvelamiento de la psicología del argentino surge, básicamente, de un repaso de la historia del país, así como del análisis del vocabulario y expresiones, y de los diferentes tipos, arquetipos y mitos. En opinión de Aguinis, es en el pasado donde podemos encontrar información sobre nuestro porvenir. En su labor de historiador, comienza con los hallazgos arqueológicos, las dispersadas tribus indígenas y la época de la colonia. Del desarraigo y la marginación que sufre el indígena y su baja autoestima nace, según el autor, la base de la precaria identidad argentina. El resentimiento perdura desde la época de las encomiendas y las mitas: "Cada latinoamericano--cada argentino--es el campo de confrontación entre un conquistador y un indígena, entre un triunfador y un vencido" (53). El odio a la diferencia ya existía antes de la conquista; las ganas de hacer desaparecer al otro--ya sea infiel, moro o judío--continúa hasta nuestros días y se trata de un rasgo general de la humanidad, no de una cultura. Es, en realidad, una forma de descargar el autodesprecio. Cuando no se logra expulsar ese desprecio se acepta la condición de inferioridad. Del Virreinato del Río de la Plata llega hasta la independencia. Con Juan Manuel de Rosas comienzan los gobiernos dictatoriales, que continuarán con el general Uriburu de la "década infame," el elegido democráticamente, Juan Domingo Perón, Onganía, Videla y el llamado Proceso de Reorganización Nacional, que derriba el gobierno de Isabel Perón. Contempla, asimismo, períodos presidenciales como los de Rivadavia, Hipólito Irygoyen y Raúl Alfonsín. Los dictadores que, según Aguinis, heredaron de los caudillos lo que los caudillos tomaron de los encomendadores, son procesados por violaciones contra los derechos humanos bajo el gobierno de Alfonsín, hasta que en diciembre de 1986 se vota la ley del "punto final." Por último, el episodio de la Guerra de las Malvinas acaba, según el autor, beneficiando a la Argentina, pues evita posibles futuros enfrentamientos bélicos con Chile o Brasil.

De entre los rasgos típicos del argentino destaca la irresponsabilidad: se achaca la causa de los males nacionales a otro, ya sea el gobierno, el imperialismo, la dependencia, el patrón, etc. Según el autor "no hay duda que en el complejo entramado nacional e internacional juegan las presiones de intereses que nos convierten en víctimas de sus ciegos apetitos. Pero no son ellos siempre y únicamente los autores: también lo somos nosotros. Y de nosotros depende que resulte difícil someternos" (22). Apunta, igualmente, el fatalismo y el escepticismo, como males nacionales. El decaimiento general se suele atribuir a la crisis económica, pero al menos, por primera vez se tiene conciencia plena de la crisis. En el estudio de los tipos argentinos, figura en primer lugar al gaucho, que es "en alguna medida el argentino que posiblemente no queremos ser y, no obstante, somos demasiado" (83). Seguidamente, caracteriza al argentino engreído que se hace notar en el extranjero, y que corresponde al tipo porteño que la gente de provincias no soporta, pero que en la intimidad es capaz de reconocer sus defectos. Lo acompaña el vivo bonaerense (también conocido como canchero, piola, rompedor, rana, madrugador, púa y pierna), que exhibe una intrepidez imparable. Se caracteriza por su perspicacia e ingenio, también llamados "viveza criolla." No cree en la justicia ni en la ley, desdeña el esfuerzo y tiene pánico al ridículo que lo pueda desenmascarar. Lo contrario del vivo es el zonzo. El compadre es la voz de la verdadera justicia frente a la ley de la policía. Hereda del gaucho su sentido del honor y viste de negro por su intimidad con la muerte. Desprecia el trabajo y defiende a toda costa al caudillo de la parroquia. Por asociación, el compadrito es un mal imitador del compadre. Necesita atención y por eso se rodea de aduladores. En lugar de un cuchillo como el compadre, el compadrito usa un revólver. No es querido ni respetado y, a menudo, se convierte en proxeneta. El compadrón es aun más despreciable por su deslealtad y cobardía. Es el típico vigilante de locales y soplón de comisarías. Y cierra el grupo de los tipos el malevo, que abusa de las mujeres y de los débiles, deja que encarcelen a inocentes y se asusta fácilmente.

Como Octavio Paz en El laberinto de la soledad, Aguinis intenta llegar a la esencia de lo argentino por medio del análisis del vocabulario y las expresiones. Así, los actos del vivo se denominan avivadas y consisten en poner fuera de combate ("madrugar") al otro antes de que pueda reaccionar. Debe "jorabarlo," sorprenderlo, paralizarlo, lo que nos recuerda al estudio de la palabra chingar por parte del mexicano. La diversión del vivo es la cachada: humillar cobarde y resentidamente a alguien al que se denomina "punto," delante de un público que le aplauda. Otro elemento de análisis lo constituyen los personajes arquetípicos, entre los que enumera al Che Guevara, Jorge Luis Borges, Sarmiento, San Martín y Carlos Gardel. Los contrasta con los mitos nacionales, como el del presidente constitucional Juan Domingo Perón, quien llegó a erigir una especie de dictadura legalista. Perón es un militar que sabe ganarse la simpatía de los obreros, y apoyarse a un mismo tiempo en el sindicalismo y en el ejército. En cambio, su verdadera inspiración está en el fascismo europeo. Gracias a un enorme aparato propagandístico y un eficaz uso de la radio, se gana el apoyo de las masas. Por otro lado, presenta a Evita Perón, quien a pesar de su indudable carisma y de su incansable actividad, fomentó el inmovilismo y el carácter paternal y autoritario del régimen. En opinión de Aguinis, con su Fundación no hizo sino acentuar los hábitos de la dependencia. No obstante, sus agradecidos beneficiarios la elevan a la estatura de heroína y mártir. Por último, trata de desmitificar al mismo país: la Argentina "no es el Canaán de la leche y la miel que celebraba Rubén Darío, ni la pampa desbordante de un ganado que se cría solo, ni la tierra donde se escupe y brota una flor, ni el sitio donde ‘se hace la América,’ ‘se gana lo que se quiere,’ ‘sobra la comida’ y ‘con una buena cosecha se resuelven todos los problemas’" (244).

Otros hitos que diseñan la imagen de la Argentina en el exterior son el parecido de Buenos Aires a París, la Pampa, las madres de la Plaza de Mayo, los desaparecidos, el exilio de mediados de los años 70, la guerrilla y el fútbol. Pero sobre todos, uno de los grandes hitos en la psicología nacional es el tango. Corresponde a la parte dramática y melancólica del argentino, y define al país real. Los primeros tangos tienen una notable carga sexual y, con frecuencia, una gran dosis de crítica social. Se contrasta con el humor y la alegría de candombé, milongas y malambos. Nunca habría triunfado en la Argentina sin el visto bueno internacional. El tango ayuda al asentamiento del lunfardo, lengua de los barrios bajos que sirve de testimonio de la amalgama de culturas.

El espíritu humanístico y pluralista del autor se hace más perceptible aún, cuando se leen conjuntamente las dos expresiones que protagonizan su obra: la narrativa y el ensayo. Así, el ensayo Un país de novela nos ayuda a comprender más nítidamente sus conceptos de "mente colonizada" y "cultura del desprecio," que son la base de su gran novela La gesta del marrano. La caracterización abstracta del militar que encontramos en Carta esperanzada a un general. Puente sobre el abismo y Nueva carta esperanzada a un general, se hace más humana y aprehensible con el análisis de la actitud de los militares en La cruz invertida y la lectura de La matriz del infierno. Al mismo tiempo, los párrafos de estos ensayos que describen la necesidad de crear enemigos ficticios, aclaran lo grotesco del argumento de La conspiración de los idiotas. Del mismo modo, la traición de la comunidad internacional al pueblo judío durante el Holocausto, que se denuncia en El valor de escribir, prefigura esta última novela. De manera parecida, las incógnitas que despierta su novela La conspiración de los idiotas pueden aclararse con la lectura del tercero de los ensayos de esa misma colección. Sin duda, las ideas expresadas en Diálogos sobre la Argentina y el fin del milenio, y en su segunda parte, Nuevos diálogos, esclarecen varios aspectos de La cruz invertida. Lo mismo ocurre con varios de sus cuentos: "Pentagrama de fuego," incluido en Y la rama llena de frutos, se hace más lógico al leer el estudio del binomio genio/locura que se hace, una vez más, en El valor de escribir y así sucesivamente. No en vano, la mayoría de sus novelas tienen un importante componente ensayístico. El corpus completo de la obra de Marcos Aguinis lo convierte en uno de los pensadores más lúcidos y creativos de la Argentina y del mundo hispano. Los dos libros de entrevistas con Monseñor Laguna son testimonio tanto de su ingente cultura como de su sencillez, que lo han convertido en uno de los autores más leídos y queridos de la Argentina.

 
© José Luis Gómez-Martínez
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