Ezequiel Martínez Estrada

 

Agustina Morriconi de Martínez Estrada nació en Téramo, Firenze, Italia, el 29 de mayo de 1895. No sabemos cuándo vinieron sus padres a la Argentina, pero un certificado de vacuna expedido en Buenos Aires cuando ella tenía tres años, nos hace conjeturar que vivió desde pequeña en nuestro país. Sus padre, Aristodemo Morriconi, profesor de música, su madre, Zama Corvini, se radicaron en Rosario. Allí Agustina tomó clases de pintura con Mateo Casella. El 9 junio de 1910 Agustina regresó a Italia, en el buque de vapor Indiana, para perfeccionarse en pintura como alumna de la Academia de Bellas Artes de Firenze. En 1916 regresó a la Argentina . Tenía 21 años y ya era pintora. Tuvo un hermano y una hermana, Lily, que permaneció soltera.

En 1920 Agustina conoció al joven poeta Ezequiel Martínez Estrada. Se enamoraron y el 10 de enero de 1921 se casaron. Ahí es donde la vida de Agustina cobra relevancia pública porque el modesto empleado de correos se destaca como promisorio poeta del “gay saber”, como lo saludó Lugones.

Ella es la secreta musa que inspira al poeta enamorado que le escribirá cartas de honda pasión durante el breve noviazgo y a través de los años, cada vez que tuvieron, por viajes y trabajo, que estar separados.

Compartieron el mismo amor por la Naturaleza y sus criaturas. Cuando algún gorrión caía de su nido, ella lo curaba y lo protegía hasta que el ave se domesticaba y se quedaba a compartir la casa, pues no eran enjaulados. Llegaron a tener más de diez pájaros con nombres propios y cualidades particulares que los distinguían cuando Ezequiel y Agustina les daban de comer en sus manos o los dejaban posarse en sus cabezas o sus hombros.

Ella supo sostener los desvelos y vigilias de esa conciencia preocupada que fue Ezequiel Martínez Estrada a partir de 1930 cuando comienza su labor de ensayista por la que fue reconocido con el Premio Nacional de Literatura cuando en 1933 publicó Radiografía de la pampa.

Continuaron los premios literarios, los reconocimientos, los viajes, pero también la atormentada soledad sin hijos, la extraña enfermedad de Don Ezequiel, -neurodermitis melánica-, que lo hizo peregrinar por consultorios y hospitales y lo postró durante cinco largos y penosos años.

Ella fue su paciente compañera, supo ser la “chacarerita querida” como él la designó en algunas de sus cartas, que se ocupó de la pequeña chacra de Goyena cuando él debía permanecer en Buenos Aires, o la que lo acompañó a lejanos destinos, Rusia en 1957, México en 1960, luego a Cuba, donde permanecieron tres fructíferos años que él dedicó a sus estudios sobre Martí en Casa de las Américas, donde fue premiado por su Análisis funcional de la cultura. Allí tuvieron grandes amigos, Adelaida y Roberto Fernández Retamar, Fina y Cintio Vitier, Haydée Santamaría y el generosos pueblo cubano en general.

La pintura había quedado ¿olvidada? mucho tiempo atrás. Los días se iban en acompañar y cuidar a ese hombre que recíprocamente la amaba y protegía.

En febrero de 1963 se reinstalaron en Bahía Blanca, en la casa de Avda. Alem 908 que habían habitado desde 1949, convertida en Museo en 1991, donde se conservan algunas de sus obras. Entre ellas, el retrato Alter ego, que fue expuesto en el VII Salón Nacional y Herminia, expuesto en el IX Salón Nacional y dos de sus autorretratos.

Él había vuelto a la poesía en 1959 y en este regreso al hogar reincide con Poemas del atardecer. Ella también regresó al arte, ahora a la escultura, y trató de inmortalizar el rostro amado. En el Museo hoy se atesoran dos cabezas y una máscara de Don Ezequiel hechas por ella.

Don Ezequiel fallece el 4 de noviembre de 1964. Ella lo sobrevive unos diez años en los que se ocupa de crear la Fundación que inaugura el 11 de agosto de 1968. Fue su presidenta ad vitam. Murió en Bahía Blanca el 1 de mayo de 1973, pero el recuerdo vivo de su esposo, su vastísima obra, quedó preservada del doloroso olvido.

Texto de Nidia Burgos (Noviembre de 2001)

 

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