Ezequiel Martínez Estrada

 

De: El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson (l951)

 

"LA MADRE"

Contrasta con la severidad, en todo caso objetiva e indulgente por igual que Hudson emplea al juzgar a su padre, la delicada ternura con que evoca a la madre. En todos sus recuerdos es sobrio, sin efusión de afectos ni alabanzas, en la circunspecta medida que imponen siempre a la palabra los sentimientos verdaderos y profundos. Hudson tiene presentes detalles muy finos de la vida doméstica, aquejada por innúmeros infortunios, y elige con pericia de jardinero la flor en sus recuerdos filiales. Es frecuente que asocie a las flores su imagen de persona viva, en un procedimiento muy suyo de amalgamar emociones afines, y a los perfumes el recuerdo de su ausencia.

Ella gustaba con delectación tanto de las flores de cultivo como de las silvestres, y el hijo la consultaba sobre los nombres que tenían, para cerrar un círculo más estrecho y mágico de afecto. Sabe que el retrato que esboza es fiel y que quienes la conocieron la reconocerían en él, pero confiesa que el rasgo de mayor parecido, el sólo visible en su hijo, era el amor a la naturaleza y el respeto por todo lo hermoso. Constituía un parentesco espiritual tan fuerte como el de madre e hijo, ese otro de sus afinidades intimas. Todo objeto bello, todo ser que encantaran su alma por la vista o por el oído, suscitaban en él el recuerdo de la madre. Particularmente las flores, que adoraba ella, rosas y claveles comunes en los jardines, y las otras de las llanuras, sin nombre y que se las podía nombrar bien de cualquier modo. Tan grabados quedaron el color, el perfume, la forma, la expresión de cada flor, que las reconocería en cualquier parte que las viese, como reconocía el canto de los pájaros no vueltos a oír desde la infancia. El canto del pájaro suscitaba en sus recuerdos un lugar, un día, una vivencia completa; la flor solamente a ella. Hermosas páginas ha consagrado en sus libros a las flores, y la exquisita unción con que las describe y procura explicar lo que significan, fuera de la botánica, nos introduce en ese recinto sagrado de su sensibilidad. Se ha dicho mucho sobre Hudson naturalista y de su increíble maestría para describir aves y paisajes, para contar historias de toda clase, mas se considera en segundo término esa facultad inaudita de hacer de las flores un signo sensual de lo sagrado en la naturaleza, “símbolos divinos de un lugar y de un orden de belleza que nunca alcanzaremos a imaginar”.

Tan enternecidas son sus palabras cuando recuerda a la madre, que por constrates comprendemos que el silencio que guarda sobre la vida espiritual del padre es compasivo por no decir piadoso. No es que la vida hubiera marchitado su sensibilidad. También la madre era una mujer vencida por el infortunio de una dura y estéril lucha, lejos de su ambiente nativo, de sus creencias y de sus juveniles esperanzas. Verdad que aquel hogar en la pampa, aquellas dos casas que habitó como huésped de tránsito, sin alegrías intensas ni constantes, agobiada de quehaceres, sin comodidades, agostaron la planta de su existencia. Mas dejaron lozana la flor, y esto es lo que como un milagro reverenciaba el hijo. No tuvo más consuelo, en la derrota cotidiana de un anhelo de paz y de prosperidad --en la frase común y por lo tanto ritual— que resultaría inalcanzable, que ese hijo que no solamente la comprendía en su humilde destino, sino en su gloriosa frustración en el amor a la naturaleza y en la fe. Pero la naturaleza también era pobre y silvestre como ella, y era menester la prodigiosa imaginación viviente del hijo para descubrir y gozar sus encantos. Ella no podía, como él, hacer su hogar del mundo, sino que estaba atada a sus obligaciones domésticas, a su marido. Ambos escapaban, sí, por aquel florido sendero de la estrechez del hogar. ¿No había de ver con regocijo que sus sentimientos alcanzaban su expresión cabal en un niño inocente; que su hijo se apasionara por los árboles y los pájaros ¡tan sensitivo y tan endeble!; que conociera pronto y las gustara como ella no había podido lograrlo, las íntimas satisfacciones de la soledad; que jugara a vivir y que gustara más del campo abierto que de las oscuras habitaciones de su rancho? ¡Era en cierto modo lo que ella le quería dar sin poderlo ni saber cómo! Él lo tomaba directamente.

El hijo también hubo de entender íntimamente a su madre, y reaparece en las páginas de sus recuerdos como una figura doliente y resignada, nunca a la luz viva sino en la crepuscular penumbra que destaca mejor su rústica belleza. ¿Cómo olvidar jamás cuando al caer la tarde, después de la merienda de pan y leche, los hijos se juntaban para retozar como corderos, sobre el pasto al ponerse el sol, delante de la casa? Se sabe, cuando esto ocurre, que la madre está allí, contemplando sus juegos, en un descanso para empezar de nuevo el último trabajo, sonriente, “el libro descansando sobre la falda y los últimos rayos del sol poniente iluminándole el rostro”. Con ella era fácil entenderse, comunicarse y estar tranquilo. Y este hijo cuyo destino vio señalado desde la cuna, por la sonrisa que Dios puso en su boca y en su rostro, como una luz lejana, era la felicidad.

Señalada también —es el signo de los Hudson— para un destino tremendo, silencioso y sin capítulos dramáticos, aquella mujer hubo de aparecérsele más tarde como un ser excepcional, por completo distinto de las otras hasta entonces y después conocidas. Era una mujer común, como el padre era un hombre común, cuatro años mayor que él, con su suerte frustrada. Si el marido había salvado la perseverancia que es una virtud de su raza, ella salvó su fe, que era una perseverancia de sus antepasados. Fe sobreviviente que en el hijo se transfigura, y religiosidad ancestral que por lo tanto no se pierde ni se disipa. Si la madre le enseñó, cuando todavía era muy chico, a ponerse de rodillas antes de acostarse y rezar una pequeña oración que inventara: “Ahora me acuesto a dormir y ruego al Señor que guarde mi alma”, ésa sería su actitud, cuando sin tener de Dios ninguna idea entonces ni en lo sucesivo, sintiera dentro de sí que algo se prosternaba como si cada noche hubiera de cerrar los ojos para siempre. Las formas residuales de una fe que nunca se ha tenido personalmente, pero que del fondo del tiempo por la madre impersonal se recibe, es lo que pone un timbre de religiosidad venerable en el incrédulo. La religiosidad ancestral de la actitud reverente y apasionada de Hudson, es la planta en plena florescencia de esa minúscula semilla.

Tampoco, sin ella, sus recuerdos de la infancia cobrarían el hondo interés humano que tienen. No necesita de ella para nada, una vez que echa a caminar por el mundo; no necesita sino que alguna vez haya estado allí y que fuera ella la que le enseñara a dar los primeros pasos. Pues son los signos de la clave y no las notas de la melodía. Fijado su sentido, puede condescender a decirnos cómo era, según la imagen que pudieron formarse de ella los demás. ¿Qué rasgos nos permiten confundirla con todas las madres, en vez de singularizaría como la propia? Era hacendosa y compasiva, enérgica, de sentido práctico —gustaba poco de las novelas— y generosa, “inteligente y económica”. ¡Con qué infantil complacencia recuerda Hudson su habilidad en preparar ciertos dulces y escabeches! No resiste a la tentación de ocuparse minuciosamente de ese aspecto de la vida de hogar, habiendo descuidado tantos otros a nuestro parecer de mayor interés. En el recuerdo de su paladar estaban las laboriosas manos de la madre más que en su continuo trajín. Es seguro que no tuvo quién la ayudara en sus quehaceres, hasta que la mayor de sus hijas, Luisa —de quien no se dice una palabra en ninguna parte—, pudiera hacerlo; ¡y cuán poco y por qué poco tiempo! Tenía que apresurarse a terminar los trabajos de la cocina, anticipando la hora del almuerzo, si debía salir de visita.

En el capítulo xiv de su autobiografía, dedicado en primer término a un palomar que los abastecía para comer, es llevado a una rememoración complacida de los platos sabrosos y sencillos que la madre preparaba, entre los cuales no falta alguno de su invención. La cocina es el lugar más importante en las casas de campo. Allí también se come y, si la familia es numerosa y la casa chica, se duerme.

Nos informa qué platos predominaban y se repetían en el menú cotidiano: carne fiambre, ensalada de papas frías y tajadas de cebolla, con mucho aderezo, tortas de harina de maíz con almíbar. Desayuno, almuerzo, té con pan caliente a la tarde, y a veces “scones” y duraznos en conserva. Antes de dormir, una cena fría. El desayuno, a la inglesa: tortas, café, costillas de cordero y, en fin, postres. Abundaban los huevos: de gallina, de pato, de ganso y hasta de aves silvestres que los muchachos traían de sus andanzas. Solía prepararse, en primavera, un huevo de avestruz en tortilla, pues soasado en la ceniza, después de atravesarlo con una varilla calentada al rojo, en el gusto de los nativos, no les placía. Sabemos, pues, de otros comestibles: zapallo, choclos, batata, legumbres y verduras; budines de diverso contenido, infaltables a toda hora, tartas y frutas, cuando se podían conseguir. Inventó la madre un escabeche de duraznos, célebre en toda la comarca, y nos da la receta con una pericia de repostero que nos hace pensar en el menjurje —duraznos, vinagre hirviendo, clavos de olor—, en las muchas veces que habrá estado junto a la madre, observándola prepararlo en el barril, con esa curiosidad atenta que los niños ponen en lo que hacen las madres, para estar junto a ellas sin demostrarlo.

Las escenas de la vida de hogar que Hudson rememora nunca nos dan impresión de que la familia estuviese relacionada con otras, que visitaran con asiduidad. Los más próximos vecinos ingleses, Mr. Royd y su complicada familia, vivían también en una suerte de aislamiento y los Hudson los visitaban una vez por mes. Que ellos retribuyeran las visitas, no sabemos. Tampoco de que nadie fuera a la casa, excepto los forasteros que solicitaban hospitalidad. Sin duda esta circunstancia, además del agrado natural que los padres sentían en tener huéspedes que agasajar en su mesa, acentúa un rasgo de sociabilidad latente de todos. Por lo regular llegaban lo que hoy llamamos “linyeras”, gente sin ocupación que anda de un lugar a otro a pie, y que a la sazón eran más abundantes y de trato más cortés. Eran acogidos como si se tratara de personajes importantes; y como los chicos observaran sus extravagantes indumentarias o los gestos delatores de los inadaptados, la madre custodiaba con la mirada a sus hijos para contenerlos si se tentaran de risa o de comunicarse furtivamente con los codos el efecto de cualquier inevitable desliz. Luego que el huésped se retiraba, amonestábalos con la reflexión de que esos seres errantes y ridículos acaso tuvieran en tierra lejana una madre, como todos tenían, que en el momento mismo de estar todos sentados a la mesa, pensaba en ellos.

Las impresiones que Hudson conserva, de personas conocidas en la niñez, siempre son de desconocidos o de individuos con los que no tenían amistad los de su casa; y observaba en ellos las excentricidades, que son los rasgos auténticos de la personalidad. Toda su vida observó esa regla, y al final de sus años reinició su vida de peregrino en que habría de ser a su vez como tanto tiempo en su país, objeto de curiosidad.

La dificultad del idioma extranjero, que ninguno de los Hudson y menos la madre superó, convertía las distancias terrestres en distancias espirituales. Para ella, el mismo hijo lo atestigua, las gentes de nuestras pampas debieron parecerle habitantes de otro mundo, “mucho más extraños moralmente que por sus costumbres, indumentaria y lenguaje”. Empero llegó la madre a vencer toda barrera que la separara de los comarcanos, sin hacer distinción con los más humildes, que solían ser los nativos. Así ocurrió cuando cierta vez se enteró de que una pobre mujer murió al dar a luz. Fue a darle consuelo a los parientes y se trajo la criatura para amamantaría junto con su hijo Guillermo Enrique. Hasta que hallaron nodriza cuidó ella del huérfano.

En ausencia del marido, que solía ausentarse temporadas por negocios, manejaba ella la casa, y aun estando él tomaba decisiones firmes. Esto vemos cuando uno de los maestros, Mr. Trigg, amenazó con un rebenque a los díscolos alumnos. Con pocas palabras decidió el conflicto sin dar pie a que los hijos atemorizados consideraran un triunfo propio la derrota de Mr. Trigg, ni éste quedara humillado.

Sin coartarles la libertad ilimitada de que los hijos disfrutaron siempre, yéndose a pie o a caballo, a cualquier hora, por días enteros, vigilaba la madre lo que hacían, segura de que cada cual tenía su propio repertorio de travesuras exentas de peligro. Su mayor ansiedad fue la extraña costumbre de Guillermo Enrique, de andar apartado de sus hermanos, lejos de la casa. Cierta vez, sin ser vista, lo siguió para descubrir el motivo de esa conducta y descubrió entonces una tendencia, que le regocijó porque era la suya, a permanecer mucho tiempo quieto, tendido entre los altos pastos o a la sombra de un árbol, contemplando el cielo o el paisaje. Cosas y seres vivientes, desde un insecto escondido en la hierba hasta el ave que goza abiertamente de si misma y del mundo en su jubilosa soledad, todo lo que tuviese belleza —¿y que no la tenía?— lo embelesaba por horas y horas. Esta propensión que no era melancólica ni triste, sino muy al contrario, de felicidad y de pureza, satisfizo a la madre, que comprendió que su hijo había recibido un don singular, aquel que en seguida de nacer le anunció con la beatitud de su sonrisa.

En otra de sus postrimeras obras, Vida de un pastor, donde Caleb es en gran parte él mismo, asocia el recuerdo de la madre a la madre del pastor. También los hijos de ésta, que cuidan la majada desde muy chicos, entretenían sus monótonas tareas con juegos de pensar, quedándose mucho tiempo tendidos en las hierbas, en retozo apacible. La madre los espiaba arrimándose a los cercos, tras los macizos de retamas, o se quedaba sentada, porque también ésa es una forma de la maternidad animal, que inconscientemente en el ser humano conserva, complicada, su primitiva complacencia de amparar. Cuando el viejo Caleb contaba estas cosas a Hudson, y las contaba porque algo había de secreto misterio zoológico en ello, su auditor lo escuchaba removiendo a su vez reminiscencias e intuiciones antiguas.

La última imagen que nos transmite de la madre, es la muerte. No precisamente lo que hay de mortuorio en toda muerte, sino más bien su ausencia y la certidumbre de que ahora su soledad cobraba un nuevo sentido. Los últimos consejos son para conformarlo, porque lo deja enfermo y atribulado en su crisis de pubertad, que es la de perder la fe, la de ser arrojado al mundo por el Dios-madre. Le manifestó ella que estaba muy cansada, y que no temía a la muerte sino por dejarlo desamparado; y así sintió él que se le retiraba, como a lo alto de una colina, entre matas floridas, a contemplarlo en su contemplación.

Recorriendo los ranchos, en su vagabundeo de años que inicia en seguida de perderla, descubre cómo las gentes que la conocieron habían percibido en su vida retraída y oscura, una claridad de bondad que se irradiaba a lo lejos. Como Dante encontró a Florencia inalterada pero con un hálito de muerte en todo, poblada de gentes de rostros desconocidos y cayendo muertas las aves en vuelo, así Hudson en los comienzos de su Vita Nuova. Viudez y orfandad en todos los ranchos adonde iba a pedir hospitalidad de vagabundo.

La madre, que había nacido en Berwick, Maine, el 10 de octubre de 1804, falleció el 4 de octubre de 1859. Coincide la muerte de la madre con lo que él entendió que era el fin de la época feliz de su vida. A la peregrinación en su propia tierra sigue la peregrinación en tierra extranjera, que no consideró tal por ser la cuna de sus antepasados. Al sentir ancestral nostalgia de un país y un género de vida que por la madre se le transmitía incomprensiblemente, regresa al home, como llamaban ellos a Inglaterra. Y esta vez también es la madre quien lo guía, o mejor dicho, quien lo atrae hacia sí, porque su verdadera tumba estaba más allá del océano y del tiempo.

 

"Lo fantástico"

¡Con qué naturalidad surge de lo real lo fantástico en la obra de Hudson! Muchas veces es difícil trazar la línea divisoria entre el mundo de las cosas y el de las visiones, el de los fenómenos registrados dentro de las leyes establecidas, por hechos bien clasificados, y el que a sus márgenes agrupa fenómenos en una masa informe de acontecimientos excluidos de toda investigación seria. Hudson habla siempre de cosas y seres ciertos, pero nunca puestos sobre una mesa para examinarlos en una autopsia. La onda de vida que de ellos parte se propaga indefinidamente en un mar de vida circundante y comprendemos que todo es maravilloso y milagroso; hasta nosotros mismos nos contagiamos de esa devoción de belleza y nos asombra encontrarnos partícipes de un bien que poseíamos y desconocíamos. Efectivamente, la realidad, la monótona realidad de todos los días, una flor, un guijarro, una hormiga son portentos para adorar de hinojos. Al final del capítulo IV de Una Cierva en el Richmond Park se pregunta: “¿Qué podemos decir de esto sino que es inexplicable?” Algo vagamente consciente, fuerza o principio propio de la naturaleza que, si se la observa atentamente, nos da la certidumbre de lo sobrenatural. Se puede explicar y se ha tratado de explicarlo de mil maneras, sin que se lo pueda aislar ni definir, infuso en los organismos animales y vegetales, en cada una de sus células tanto como en sus agrupaciones, y que no se puede nombrar porque se lo ignora.

Todo se encadena y se entrelaza y son visiones de un mundo terrenal maravilloso las que sus ojos contemplan y con otros sentidos percibe, sin que la imagen conjunta de esas impresiones configuren ninguna idea racional. La impresión que sus obras nos comunica, no porque se lo proponga deliberadamente “sino porque también él clama por luz en las tinieblas”, es la de islas bien exploradas pero con habitantes que hablan lenguas desconocidas, emergiendo del océano; y que señalándonos las particularidades de las cosas nos mantuvieran suspensos en la inminencia de un milagro o de una revelación que no acaba de producirse.

Es en las descripciones y en los relatos más sencillos y comunes, con seres, personas y hechos familiares a todos, donde él ve un matiz, un relámpago de lo sobrenatural iluminándolo sin deformarlo. Regularmente lo que percibe queda registrado como una especie de exaltación de sus sentidos en un amoroso éxtasis, perfectamente sano y normal, que en nosotros que no tenemos el hábito de lo prodigioso ni la fortaleza de su espíritu, se nos bisela en una irisación fantástica, no percibida antes, pero que intuíamos latente faltándole sólo hacerse manifiesta y expresarse. El naturalista no puede reprocharle que se evada de los límites estrictamente lícitos de la observación objetiva, ni que agregue a la realidad un plus de imaginación o de fantasía. Lo que se atribuye a un plus que el poeta o el artista adscriben a la realidad está efectivamente en ella cuando se alcanza a distinguir en su rostro una fisonomía más que una efigie. Las cosas son como él las contempla, como él las retrata, pero por dentro de ellas circula una energía misteriosa; en sus formas y expresiones vibra un élan trascendental, que él torna perceptible y sentimos que la revelación integral que a él le debemos ni la ciencia ni nosotros mismos habíamos podido revelámosla. Es un ejercicio cotidiano de más de siete décadas —además de su genio y de sus condiciones de honrado observador— lo que opera esas revelaciones; y aquí la palabra debe ser entendida y aceptada tanto en su acepción mística como la más común que determina la aparición de la imagen sobre la placa fotográfica.

Pero ¿qué es lo real de la realidad? Ahora se inclina humildemente el sabio a admitir que sea lo que antes se entendía por atributos y cualidades secundarias o accesorias y adjetivas. ¡Los nóumenos de una realidad sólida y litografiada para siempre serían lo ilusorio! Y esas apariencias que tienen como garantía la percepción bruta de los sentidos ¿por qué habían de tener menos consistencia que las cosas en sí, fantasmagorías a su vez de la razón? Por primera vez Dostoiewsky hizo tangible, por decirlo así, la inexorablemente rígida armazón de lo absurdo. El primer hombre que comprendió el mensaje secreto de un orden desordenado en la naturaleza y en la vida del hombre, fue Demetrio Karamazoff. Oyéndolo razonar, y con una lógica hasta entonces nunca oída, Hipólito Kirillovitch, el fiscal que acusa a Smerdiakoff exclama, confundido por el nuevo torbellín en que los hechos se agitan: “Señores: dejemos aparte la psicología, dejémonos de ciencia médica, prescindamos de la lógica, volvamos los ojos a la realidad y veamos lo que la realidad nos dice” (Los Hermanos Karamazoff, parte IV, libro 12, cap. 8). Demetrio, que estaba acorralado entre burócratas blindados en su sano juicio, comprendía que lo verdaderamente fantástico era la realidad, no toda en grande, sino ese fragmento que había tenido que vivir en los últimos días. Chestov encontró para calificar esa visión de lo sobrenatural en lo natural a que tantas veces aludió Hudson, como la que tienen los ojos del Ángel de la Muerte. Tras la muerte del hombre terreno (y esto ocurre no una sola sino varias veces en una vida vigilante) los ojos adquieren esa visión ultrapenetrante. Hudson la cobró en su viaje a la Patagonia, y es distinta de la visión de lo trascendental en lo real que tuvo en sus primeros años. Y sólo en su obra póstuma se aventura a dar libre curso a preocupaciones de setenta años, como hizo Goethe, ya seguro de que había asistido a un espectáculo de magia, donde la naturaleza había expuesto ante él verdaderos milagros surgidos todos de su seno, inagotable y diariamente, sin toque de varita, y con el deber de conciencia de una confesión in extremis. Su concepto de lo sobrenatural se inscribe en lo natural; sus cuentos fantásticos están elaborados con la misma destreza con que Andersen y Kipling manejaron esta peligrosa materia literaria, en que Conrad y Henry James hicieron incursiones felices. El Ombú a este respecto debe considerarse un cuento realista sin más elemento sobrenatural que una superchería; mas no así El Niño Diablo. Es aquí como en Mansiones Verdes, donde esa prodigiosa habilidad de Hudson de superponer a la realidad una como reverberación de lo fantástico alcanza su más alto punto. Está dentro de la técnica de Rudyard Kipling pero mucho más dentro de la técnica todavía más fina y destilada de Conrad, para quien el mar y el cielo conjugan una realidad delirante que se percibe con los ojos bien abiertos, cuyos elementos son los mismos de la realidad más controlable por los sentidos comunes y por el sentido común. La misma, en fin, de los capitanes de barcos mercantes y de carga que gobernaban sus barcos con derrotero fijo y los arribaban en fechas precisas.

En El Niño Diablo, este muchacho posee facultades insólitas, adquiridas en su vida de cautivo en las tolderías de los indios, y eso es todo. Posee no una magia de adivinos o hechiceros, sino hábitos y formas de ser y de vivir de otra realidad más primaria en que las notas que la expresan componen un juego muy distinto que el del hombre civilizado.

Se trata a menudo de facultades sobre o infrahumanas como las que siempre ansió él poseer y de las que jamás se disuadió de que no estaba dotado, como tampoco los demás seres vivientes. Lo fantástico formaba parte integrante de su concepto de lo real. No era algo que le estuviese añadido, superpuesto, era lo real mismo en su cabal expresión de sí. Hay en Pájaros de la Ciudad y de la Aldea una digresión de carácter fantástico, que le es sugerida por el canto del torcecuello. Aquí es una fantasía en el sentido que damos a la palabra cuando se aplica a la literatura de ficción; mas es algo enteramente distinto. Es uno de los pasajes más impresionantes de la imaginación imprevisible de Hudson, pero no una ocurrencia sino uno de los más supremos esfuerzos que ha realizado para transmitimos la impresión de esa unidad de vida que en la naturaleza es una de sus propiedades, y que se diversifica y se reviste de infinitas apariencias —el velo de Maya—, animando a cada ser con una partícula de la misma calidad y esencia. El canto del torcecuello comienza como un reclamo vulgar y gradualmente se parece más y cada vez más a una risa que se vierte muy lejos prolongada y resonante. Una risa sin alegría, ni unción, ni humanidad: seca, mecánica, como si un instrumento musical de cobre o de madera, que no tiene vida, prorrumpiese a reír. Imagina entonces que un niño ha tenido la trágica revelación de que morir es el destino de todo ser, y le espanta advertir que en la aldea todos viven indiferentes a ese destino, comiendo, bebiendo, durmiendo, sin despertar un momento siquiera para comprender la belleza gloriosa del mundo y sin responder con su alegría al júbilo eterno de la naturaleza. Decide entonces apartarse del trato de sus semejantes, esconderse en la espesura, y alimentarse de hojas y de frutos silvestres. Allí estaba cuando alguien —no sabría decir quién, gitana o bruja— lo encontró en su escondite de hojarasca, defendido por ramas espinosas. Al ver su rostro escuálido vuelto hacia el cielo y la ansiedad de hambre reflejada en él, se compadeció. De suceder así, no hubo de ser ninguna persona maligna, sino más bien un espíritu brotado del suelo, o algún anacoreta muy viejo, de los que pasan su vida procurando descifrar los enigmas de la naturaleza. Le habló al niño de los poderes inmensos que la naturaleza encierra en su seno, de la virtud resplandeciente que se oculta en todas las cosas y que si uno se fija bien puede descubrirla, como cuando uno se acerca a mirar los tornasoles de una gota de lluvia. Le dijo también que lo que vive siempre y jamás se extingue, es el espíritu, y que con la muerte se deja un cuerpo que se deshace para entrar a animar otro que se forma. Era posible, asimismo, prolongar la propia vida indefinidamente, como las serpientes y las tortugas. La hormiga posee, le dijo, un ácido que da la clarividencia y la vida perdurable, pero tendría que conformarse con no comer otro alimento que hormigas. Y mientras se alimentara de hormigas la muerte no llegaría hasta él. Con avidez se arrojó el niño a un hormiguero próximo y comenzó a devorar insectos, hasta que sintió que caminaban por las paredes de su estómago y que, enloquecidas por no poder escapar, le mordían el interior de su cuerpo, hasta las entrañas, buscando salida. Prosiguió muchos días devorando hormigas —tal era su ansia de vivir—, y al poco tiempo se enfermó, quedándose tan flaco que parecía un esqueleto que no podía andar sino arrastrarse. Solamente quedaron intactos sus ojos, que contemplaban cada día más hermosos el verdor de la tierra y el azul del cielo. Poco a poco, habituándose al alimento, consiguió caminar y encaramarse en los árboles para mirar desde lejos la aldea que había abandonado. No tenía recuerdos ni pesares y sólo pensaba en las hormigas, que llegó a considerar manjar exquisito. Cuando estos cambios se operaron en él comenzó a producir su efecto mágico el ácido y sus fuerzas aumentaron en desproporción a su cuerpo, que es lo que sucede a las hormigas. Y también poco a poco todo su ser experimentó una extraña metamorfosis, cuerpo y alma; pues olvidó el lenguaje y los cantos y las manos se le convirtieron en zarpas. Sólo conservó su risa que le sobrevenía de pronto y sin razón al estar tendido al sol y sentir una grande e inmotivada alegría. Su risa, sí, se proyectaba a lo lejos, prolongada y resonante. Al oír ese sonido sin ver a quien lo producía, imaginó Hudson un hombre diminuto, flaco, gris, cubierto el cuerpo con un manto de vistosos colores, que él mismo habría tejido de algún sedoso y tenue material, y un gorro apretado en su cabeza, terminando en forma puntiaguda, con una pluma blanca y negra. Debajo del gorro una cara chiquita, pálida, seca, con nariz afilada, los labios rígidos y sus ojos redondos, brillantes y asustados.

Pero éste es un aspecto derivado hacia la literatura de imaginación en la obra de Hudson, de lo que él sentía como un “mundo” maravilloso en el salvaje y en los animales, reflejo a su vez de otra de las muchas formas de pensamiento en la naturaleza. Se ha de distinguir de lo fantástico tradicional que predomina en los cuentos infantiles, por ejemplo, y que utiliza para el final del cuento Marta Riquelme.  El cuento que he glosado antes y éste, difieren en la calidad de lo fantástico aun dentro de una misma tesitura. Del mismo tipo de este último hay cuatro cuentos en La Tierra Purpúrea, relatados por cuatro peones para quienes no hay deslindes entre el prodigio y la más grosera realidad terrestre, pero cuando Richard Lamb pretende contar lo que ha visto positivamente en Londres, la ciudad como es, entonces todos se niegan a escucharlo, pues habían prometido contar cuentos reales y el inglés intenta hacerles creer lo imposible. Es una escena de gran significado para juzgar de lo sobrenatural en la concepción de la naturaleza y de la confusión que en las mentes existe acerca de lo sobrenatural. Aquello que para los narradores, que no conocen sino la vida semisalvaje del campo, es lógico y comprensible (todos los suyos son cuentos prodigiosos), configura lo que hoy llamamos “la mentalidad primitiva”. Pero la mente del primitivo es, además de lo que han descrito los etnólogos, el receptáculo más sensible del animal irracional, y el animal irracional percibe por sus sentidos muchísimo más afinados, fenómenos que apenas son sensibles para nosotros, y sin interferencias del raciocinio técnico, ni de las asociaciones subconscientes con que condicionamos, reforzamos y ordenamos en un cosmos el caos real. Además, el hombre primitivo no sabe expresarse para que lo entendamos y nos parece tan absurdo como nosotros a él. En esta línea de confidencias, recuerda Hudson que se aterran como sí vieran duendes, y admite que es bastante probable que los vean, dado que hay duendes animales y humanos, como hay telepatía entre unos y otros, únicamente que tendríamos que decir que los ven con el olfato. El duende es sólo un olor aterrador por experiencia o tradición, que el olfato capta a pesar de ser un órgano primario que ha perdido en muchísimas especies su función de relacionar al individuo con notas de una realidad usurpada por el ojo y el oído. Una Cierva en el Richmond Park no es la rehabilitación del mundo de los instintos y de la mente del hombre primitivo, como lo estudiaron Boas, Levy-Brühl, Malinowski y tantos otros, sino el aporte de datos nuevos de su experiencia que harían más comprensible ese tipo de mentalidad. Entre esos instintos que comunican al ser con lo que entendemos por fantástico —vías clandestinas de acceso a una intuición de esencias de la realidad—, sin que lo sea, están el de la orientación, uno de cuyos derivados es la migración de los animales, en masa o individualmente, y en particular de las aves. Como este instinto hay otros muchos, más o menos cegados en el hombre plenamente consciente. Porque la inteligencia es, por función propia, destructora de misterios, y como su misión vital ha sido en los orígenes liberarnos del terror, se satisface cuanto más profundamente sepulta lo que no entiende. Pero entre el cielo y la tierra, decía Hamlet, hay muchas cosas que no comprende la filosofía.

[El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson (México: FCE. 1951), "La madre" (págs. 25-32), "Lo fantástico" (págs. 333-339). Edición digital de Graciela N. V. Corvalán. Forma parte del estudio introductorio en forma de hipertexto]

   
© José Luis Gómez-Martínez
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