Ezequiel Martínez Estrada

 

 De: Antología (l964)

"Prólogo Inútil"

He resistido cuanto pude a escribir un prólogo para esta Antología, porque entiendo que únicamente puede tener valor literario, si está bien compuesto, y de ninguna manera servir de clave o de explicación a una obra ya tan extensa y complicada como es la mía. Un prólogo debe tener una utilidad, una razón de ser; y si realmente la tuviere, tendría que tener una extensión desmesurada. En el caso de una recolección de fragmentos, la utilidad de explicarle al lector, que desconoce las obras, por qué y para qué fueron escritas, y qué relación tienen entre sí, en el caso de que la tuvieren, no serviría sino de presentación personal del autor. Pero si no para orientar y poner en senda segura los pasos del lector, al menos valdrá este prólogo inútil para que yo plantee un problema marginal derivado del efecto que Radiografía de la Pampa y las otras decenas de libros que tratan de la realidad argentina e iberoamericana presenta a] menos para mí. Me dicen que en estos últimos años, en presencia del desenlace de una crisis que ya está prevista explícitamente y con suficiente diafanidad en Radiografía de la Pampa, se lee, y sobre todo la juventud está leyendo el verdadero texto de mi libro. No en el libro mismo sino en la vida de la nación. Desgraciadamente, los hechos van dándome razón y confirmando el diagnóstico. Allí donde algunos hombres satisfechos, porque siempre los hay, engordan y dormitan, otros despiertan. Son aquéllos los que están conformes y satisfechos, en definitiva los que tienen razón, los más aptos en la lucha por la vida. Esta es época de vermes y necróforos; para decirlo en el lenguaje de nuestra élite agropecuaria y de nuestros intelectuales de campo, “si bien la época es de hacienda flaca también lo es de garrapata gorda”.

Naturalmente, sólo creo en grado muy relativo que aumentan mis lectores, porque no se trata simplemente de aprender el idioma en que yo lo escribí, que es en resumen el idioma de la verdad y la honradez humilde, sino que es preciso que el lector esté provisto de otros muchísimos instrumentos auxiliares de exploración, de análisis y de valoración como para poder juzgar siquiera uno de los aspectos más rudimentarios de la vida de nuestros pueblos. Conocimientos auxiliares indispensables para distinguir lo que constituye el texto auténtico de historia y el texto falseado, el texto según sea velado, falsificado o apócrifo de esa historia misma, escrito por los escribas y escriturarios pertenecientes al notariado fiscal. Pues hay tantas historias como historiadores, hay tantas historias como lectores de historia, y un lector que ha sido engañado desde su infancia por casi todos los maestros y en todas las lecciones que ha recibido, difícilmente puede adquirir la lucidez, el raciocinio, mediante la lectura de una biblioteca entera de ochenta mil volúmenes, ¿y qué sabrá de una sola obra cuyo texto anagógico o hermenéutico le ha sido —supongamos‑ revelado? Hay historiadores sofisticados que producen lectores sofisticados, y el sofisma convencional de unos y otros, cuando adquiere una dimensión nacional, resulta una naturaleza falsa de la verdad, una convención, un tejido de prejuicios, toda una cultura falsificada.

Los lectores argentinos de la Historia Argentina estaban en este caso de no entender el texto de la realidad, de no entender su propia biografía, de no conocerse a sí mismos como si jamás se hubieran mirado al espejo.

Exactamente como el lector español peninsular, el lector americano o español continental no está capacitado para leer la historia auténtica de España ni la de los países hispanoamericanos. La historia blanca les parece leyenda negra. Dice Frantz Fanon que el individuo colonizado tiene una mentalidad distinta a la del individuo colonizador. No pueden trocarlo, pero el colonizado puede adquirir mentalidad de colonizador. Esta sencilla y grande verdad explica por qué los mismos pueblos que padecen de la expoliación, de la violencia y de otras formas atávicas de vida colonial, rechazan la verdad que pudiera favorecerlos; es decir, como leemos en los últimos capítulos de Los condenados de la tierra, de Fanon, en ellos se produce una forma de psicosis colectiva que les hace rechazar cualquier tratamiento que pudiera restituirles la salud. Se niegan a ser liberados, redimidos, rescatados; y el hecho del rechazo de mi pócima es un dato más de que no disfrutamos de mucha salud.

Examinada con atención la crítica periodística que se hace a las obras inspiradas en el bien público por los amanuenses de las grandes empresas de publicidad que llamamos Prensa, se advierte que los pueblos son educados para la servidumbre y para rechazar, en consecuencia, aquellas obras que pudieran esclarecer su inteligencia o dotarlos de instrumentos eficaces de liberación. De ahí que últimamente haya llegado yo a considerar a los intelectuales, particularmente a los profesionales, que son los intelectuales al servicio doméstico del capitalismo internacional, como los verdaderos culpables del embrutecimiento mediante la educación popular. En esos puestos monitores y dirigentes de la opinión pública, regularmente están ubicados bajo el disfraz de críticos, los servidores de los enemigos del pueblo: son los profesores, los escritores, los periodistas, y en grado supremo los críticos viscerales cuya misión parece ser la cetrería, la caza de leones para los circos y de zorzales para las pajarerías. Odian la libertad y tiran contra lo que vuela y lo que canta; y escupen, como el sapo de Iriarte, contra lo que brilla. Ese grado de embrutecimiento por la cultura me parece mayor en los países donde se lee más, que es como si dijera donde se come más, pues el libro y el periódico se han convertido en los vehículos de infiltración capciosa de las ideas contrarias al bienestar de las masas; y de esa bazofia, que en otro lugar he llamado comida para perros, se alimenta a la muchedumbre, especialmente a los niños y a los adolescentes que mañana leen nuestros libros. Si, ya adultos, se les dan trufas o agua de Colonia, estornudan, ladran y muerden. Son tácticas de la guerra fría, la aplicación in homo de los experimentos de los reflejos condicionados. A tal punto se ha llegado por los procedimientos científicos de la guerra fría a dominar muchedumbres enormes con un grito, que hoy una gavilla de bandidos puede derrotar diaria y subrepticiamente a sus propios pueblos y ponerlos bajo el yugo de los enemigos de la humanidad. ¡Quisiera yo haber visto al cazador de pájaros estínfalos y de jabalíes y leones combatiendo contra los murciélagos, las comadrejas y los tábanos!

No sería exagerado decir que se ha logrado mantener como normal un estado de fascinación o semihipnótico de las poblaciones infelices de acá y allá, y que con sólo los nombres de progreso y de adelanto se han instituido en todo el mundo para mantener sumisos a los que no disponen de otro bien que el bien común y específico que integra el patrimonio del homo sapiens. Es precisamente en su inteligencia más que en su cuerpo hoy en lo que los dominadores, los capataces o mayorales y sargentos de las naciones desarrolladas atacan con más prolijidad y falta de escrúpulos, formando una legión de lectores insensatos que han perdido el sentido vivo, elemental y humano de las cosas, enseñándoseles a venerar lo que es positivamente nocivo y repudiable y a atacar y resistir todo aquello que pudiera conducirlos a su liberación. Puedo decir que se les ha enseñado a usar guantes para palpar las cosas.

Un ejemplo, que utilizo simplemente a título informativo porque es muy común y está generalizado en todas partes del mundo, sería el juicio, enguantado pero con manos sucias, que han merecido toda mi obra en prosa, sin excepción, sea por los defensores del sistema capitalista, sea por los defensores sectarios del sistema comunista. El caso es el de un socialista moderado en sus opiniones políticas y limitado en sus opiniones intelectuales y particularmente literarias, el de un viejo pedagogo universitario que en 1956 declaró en Montevideo que mi obra era nefasta para la juventud argentina y que el peronismo había sido un fenómeno transitorio en la vida política nacional. Se trata del profesor Dr. Roberto F. Giusti, autor de varios libros de crítica y de historia literaria, que declaró en el diario La Prensa del cual yo era entonces colaborador, que mi libro ¿Qué es esto?, que yo califiqué de catilinaria, era tiempo perdido, porque el peronismo había pasado ya definitivamente. Así pasan definitivamente las cosas que están en la raíz y no en el follaje. Esta clase de críticos y de lectores son los que han echado sobre mi obra, a manera de baldón, el calificativo de “pesimista”, de “negativa” y de “antipatriota”. Tal como ellos y yo entendemos esos vocablos, son para mí supremo honor. Críticos y lectores, quiero decir hombres de cultura media, aplaudieron a los que iniciaron la campaña de difamación contra mí, seguros de antemano de que habrían de obtener el beneplácito de aquellos servidores honorarios, de aquellos lacayos de vocación, de aquella gentuza a la cual últimamente denominé “los delatores y los espías del servicio secreto de inteligencia argentino dependiente del Departamento de Estado y del Pentágono de los Estados Unidos”. Si esos y otros que omito son los representantes de la cultura argentina, de los próceres y de la raza de los civilizadores y catequistas, yo pertenezco a la de los querandíes y charrúas.

Quizá toda mi obra causídica en prosa, aquella que ha sido llevada ante el Tribunal del Santo Oficio de los escribas y fariseos, pueda definirse como investigación, análisis y exégesis de la realidad argentina. Con Radiografía de la Pampa  yo cancelo, no del todo pero casi definitivamente, lo que llamaría la adolescencia mental y la época de vida consagrada al deporte, a la especulación y al culto de las letras. Radiografía de la Pampa significa para mi una crisis, por no decir una catarsis, en que mi vida mental toma un rumbo hasta entonces insospechado. Diré que fui enrolado en las filas del servicio obligatorio de la libertad de mi patria. Son los acontecimientos que en 1930,  año de una crisis universal de los valores morales de todas las naciones civilizadas, en que se implanta, después del ensayo victorioso del fascismo italiano, un régimen totalitario que permite a los gobiernos democráticos sojuzgar a sus propios pueblos~ como si fuesen prisioneros de guerra. Para nosotros los argentinos, el cambio brusco habría sido el salto histórico de una forma social de vida más o menos vegetativa a una forma de vida dinámica, en que los gobiernos asumen resueltamente, no ya la administración de los bienes privados, sino la dirección toda de la vida pública del ciudadano. 1930 significa para la república Argentina el paso de un régimen político y económico postcolonial a un régimen político y económico de la nueva historia fascista del mundo. Para mi, el derrocamiento de Yrigoyen fue el advenimiento de una camarilla o casta militar al poder, la revelación de que debajo de la cubertura y la apariencia de una nación en grado de alta cultura, permanecía latente la estructura de una nación de tipo colonizado, de plantación y de trata, sólo que cambiadas las formas exteriores; el país había venido adaptándose a las modificaciones producidas en todo el orbe de la civilización occidental Esa revelación de que la revolución militar de Uriburu, mejor dicho su golpe de estado, la asunción del poder ilegítimo por una casta que siempre había sido privilegiada y monitora de los destinos de la nación, para mí fue un fenómeno revelador de la realidad profunda, es decir, de la realidad que únicamente puede verse por la radiografía. A la primera locomotora que anduvo por nuestros campos, un paisano trató de enlazarla. Mi “radiografía” era ave de gran vuelo que cruzaba nuestros cielos, y los centinelas de guardia que vigilaban el sueño de sus compatriotas le descargaron sus trabucos.

Radiografía  es, pues, un apocalipsis, una revelación o puesta en evidencia de la realidad profunda. Ahora, después de treinta años, me explico y me parece natural y lógico que el libro haya sido recibido con una hostilidad que el psicoanálisis puede denominar defensa de una situación. Pasando el tiempo, en etapas sucesivas de la decadencia, por no decir de la degradación en masa de la historia argentina, que es la misma degradación de la historia continental americana y de la historia de Occidente, nuestro parentesco consanguíneo con el sur de los Estados Unidos y con África se me reveló, superando el prejuicio de la pigmentación de la piel. Es natural entonces que me refiera a Radiografía de la Pampa  como a la obra fundamental de mis estudios históricos, sociales y de psicología colectiva, y que caiga en el exceso de mis críticos que me aplican el mote antonomástico de “autor de Radiografía de la Pampa”.  Entre nosotros el elogio y el panegírico son letales.

Después de ese libro he escrito unas decenas de otros, orientados en la misma dirección del esclarecimiento honrado dc nuestra realidad, aparte los de imaginación y los estudios críticos y filosóficos de distintos aspectos de la cultura. Todas aquellas obras mías que se refieren al mismo tema de Radiografía de la Pampa, como La  cabeza de Goliat, Muerte y transfiguración de Martín Fierro, Sarmiento, Invariantes históricos en el Facundo y algunas otras, me adjudican el papel de maniático disconforme, el cual tengo que aceptar resignadamente, porque en nuestro vocabulario no existe todavía palabra para designar al estudioso imparcial de los estratos de la vida social de un país por sobre el que los ciudadanos transitan mirando a lo lejos. Diré, apoyando también yo el pie en Radiografía de la Pampa, como si fuese una obra clave o, mejor dicho, unigénita, que la revolución de Uriburu en 1930 me desveló una imagen oculta, un rostro desconocido de la república Argentina y que numerosas otras revelaciones confirmatorias obtuve de los hechos que se produjeron posteriormente aquí y también en otros países de la misma categoría, para rematar finalmente con el descubrimiento de un nuevo mundo para mí ignorado, como es el mundo colonizado o postcolonizado de África y de Asia. Son los estudios hechos recientemente acerca de la historia o de la biografía, mejor dicho, de los países del África que van obteniendo cruenta y dificultosamente su emancipación, lo que me ha puesto de relieve otros aspectos de la vida nacional pertenecientes a un tipo de historia al que no convienen los patrones que habíamos tomado antes de modelo, y si de los países africanos donde la esclavitud y la servidumbre le presentan al observador perspicaz con similitudes universales y típicas, formas de vivir comunes a los pueblos que aparentemente ejercen su soberanía. Aquí, en América, tenemos el caso de una nación de biografía semejante a la de Argelia, contra la que el señor de horca y cuchillo reclama la presa, azuzando los canes atraillados. Soberanía que es ficticia, porque en lo profundo, invisible a la vista del espectador ingenuo, continúan en la misma situación de países súbditos o vasallos o simplemente esclavos de las fuerzas, impersonales e innominables, que gobiernan el mundo. En nuestra servidumbre es muchísimo más cierta, grave y oprobiosa de lo que yo antes creí. El cuadro que presenté en Radiografía de la Pampa, corroborado con las obras sucesivas, era el de un país subdesarrollado que había adquirido o llegado a la mayoría de edad sin haber pasado realmente por las etapas de la infancia a la madurez. El retrato de un chiquilín mal educado que se había puesto el uniforme del abuelo y el velo de novia de la hermana.

Para un prólogo de fragmentos no escogidos, sino desglosados un poco al azar de unas treinta obras, con la convicción arrogante de que todas las partes de ellas tienen una misma calidad de pensamiento y de estilo; al reunir en un volumen fragmentos que pueden constituir un muestrario de mi producción, encuentro que un prólogo debiera ser informativo más bien que analítico y crítico, pero lo que yo tendría que decir al lector que desconoce la vida de mi país y a mí, basándome por ejemplo en la repercusión o en la reacción que han provocado mis obras en los lectores, daría un índice increíblemente bajo de la capacidad de crítica de nuestros intelectuales, precisamente de aquellos que se han especializado en algunos de los aspectos misceláneos que integran el panorama nacional de mi obra. Por ellos siento vergüenza de lo que han dicho de mí, mas pienso que a Víctor Hugo o a Tolstoi les habría ido peor. Cuanto más grande más blanco. Bastaría, por ejemplo, que transcribiera yo algunos párrafos de los comentarios críticos aparecidos en los principales diarios y revistas de mi país a la publicación de cada una de estas obras mías, para que se juzgara de lo que puedo ahora llamar la necedad de escribir sobre un país desconocido como si los lectores estuvieran en el secreto de su vida inédita, la tontería de revelar temerariamente una vida incógnita y enigmática como es la de todos los países subdesarrollados de América y de África casi enteras, cuando el lector y la bibliografía carecen casi en absoluto de obras fidedignas de confrontación y de consulta. Porque hoy puedo decirlo, después de treinta años de publicado mi primer libro en prosa, la imagen falaz de mi país y de los otros países subdesarrollados de América, que esbozaron los Cronistas de Indias, es la misma de los historiadores, sociólogos y economistas contemporáneos, efigies falaces todas, inspiradas en la defensa de los intereses de los conquistadores y colonizadores. El miedo a la “leyenda negra” les ha hecho tragar guijas por altramuces, y la actual “leyenda negra” es deglutida como guindas. Los descendientes y herederos legítimos de los conquistadores, colonizadores, piratas, contrabandistas y cuatreros han revalidado sus títulos de propiedad del país con un salvoconducto de impunidad, por añadidura. Ya no hay delincuencia de cierto nivel para arriba. El latrocinio, el peculado, los negociados, la exacción son moneda corriente. ¿Qué más puedo decir que no suene a matraca? Todo lo que yo tenía que decir era esa poca cosa; simplemente lo que se había convenido no decir en voz alta para poder seguir jugando. Yo no había descubierto ni desvelado nada; había dicho lo que todos sabían y callaban. Mi obra completa sobre la vida nacional podría titularse, pues, “Una vestal en la OEA.” o, mejor todavía, “Un puritano en el burdel”.

Porque la historia forma semillas de tegumento duro, para que germinen a largo plazo y sorteen los riesgos de su destrucción, apremiar a la naturaleza es una trasgresión cuando no un delito, y por lo tanto hay que esperar la estación propicia y la maduración de los frutos. Debo declarar ahora, para satisfacción de la curiosidad de algunos de mis lectores, que me han preguntado dónde diablos había yo aprendido a leer y a escribir y quiénes fueron mis maestros, que yo inventé la escritura como Pascal inventó la geometría, que a pesar del escándalo que esto significa, para documentarme antes de escribir Radiografía de. la Pampa leí, consulté y tomé apuntes de cerca de cuatrocientas obras, casi trescientas de las cuales utilicé para Muerte y transfiguración de Martín Fierro que puede servirle de proemio, y que a la sazón leía con sumo cuidado las obras de Simmel, Freud y Spengler. Lo que hoy se conoce por psicoanálisis social se halla ya en Radiografía de la Pampa  y más o menos discretamente en todas mis otras obras.

La aparición de la obra de Freud nos reveló que la verdad es contraria a la vida, y ya Nietzsche había dicho que la verdad en las ciencias y la verdad en el trato de la gente es sencillamente la destrucción de los móviles que tenemos para seguir viviendo, y una forma piadosa de satisfacernos con poco. Lo que se ha denominado la mentira piadosa, la pía fraus, la falsificación de la verdad histórica, no tanto en los hechos como en la lectura de ellos, parecería ser una sustancia indispensable para el mantenimiento “en forma” de la vida, como dijera Spengler, en las naciones civilizadas. La mentira, el embuste, la falsedad, la superchería, la superstición, el fraude científicamente elaborado y administrado en los últimos tiempos, es quizá el alimento que nutre a las naciones, y yo había cometido con Radiografía de la Pampa  el sacrilegio o la profanación de poner al descubierto los tabúes que habían hecho posible, aunque en forma deficiente, el funcionamiento de las instituciones, la riqueza del erario y el tono de cultura de que nos enorgullecíamos. Ha sido después del conocimiento de los libros escritos por los colonizados, y no por los amanuenses de los colonizadores, reveladores de la verdad verdadera de los países proletarios de África, cuando hemos advertido que existen diferentes tipos, podríamos decir especies más que variedades, de historia; y que los valores y las consecuencias lícitamente aplicables a los viejos pueblos de la cultura grecolatina no podrían aplicarse a los pueblos de América, de África y de Asia colonizados, cuya vida natural, antropológica, había sido quebrada por un trauma de dimensión planetaria, como era la invasión y el dominio de unas formas de vida y de cultura por otras completamente exóticas.

Yo espero que algún día, si el mundo no es destruido por la ciega codicia de los plutócratas y los tecnólogos, o embrutecido planificada y científicamente a tal grado que sería preferible su aniquilamiento a su supervivencia en la infamia, espero que algún día, repito, mi obra será leída y juzgada con equidad, ante todo como la producción de un artista y un pensador. Espero que esto ocurra, no cuando mi país y el pueblo recuperen el uso del buen sentido del bien y del mal y el hábito de la moral corriente, sino cuando se cree en América Latina una conciencia propia de lo que somos, la conciencia de situación en pueblos e individuos colonizados y en naciones subdesarrolladas a las que se les dieron constituciones y leyes para mantenerlas cautivas sin necesidad del cepo; cuando se admita lealmente que hemos sido reducidos, por una labor inteligente y constante de usurpadores y bandidos, a la condición de enemigos de nosotros mismos, a la condición de servidores gratuitos o mal remunerados de los dueños del mundo.

 

[Antología. México: FCE, 1964, págs. 7-19. Edición digital de Graciela N. V. Corvalán. Forma parte del estudio introductorio en forma de hipertexto]

   
© José Luis Gómez-Martínez
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