Ezequiel Martínez Estrada

 

"APOCALIPSIS DE KAFKA"

Llamo apocalipsis (revelación de lo que está oculto —por medio de símbolos—) a la obra de Franz Kafka, según la hermenéutica de sus críticos, sin excepción: Gide, Thomas Mann, Camus, etc. El sentido de su mensaje es de difícil interpretación y susceptible de antagónicos, arbitrarios y personales modos de ver, pues aparte el aspecto palmario de una curiosa teología humorística (Mann) contiene un texto sistemático, en simetría alegórica con un dibujo nítido, originalísimo y trágico de la vida. EL mundo que nos revela es el que habitamos pero no el que vemos. Formalmente su obra no sólo compete a la teodicea y la metafísica sino a la literatura narrativa, y posee extraordinarios méritos, dándose juntos la fantasía más libre y el realismo más minucioso. Sólo en instantes fugaces, en relámpagos que iluminan parte de un panorama enigmático entrevemos sus perspectivas y profundidad abismal. Regularmente cuando un hecho insólito e inexplicable por el raciocinio nos pone ante una situación semejante y simétrica a la de alguno de sus personajes. Confieso que le debo muchísimo —el haber pasado de una credulidad ingenua a una certeza fenomenológica de que las leyes del mundo del espíritu son las del laberinto y no las del teorema—, y creo que su influencia es evidente en mis obras de imaginación: “Sábado de Gloria”, “Tres cuentos sin amor”, “Marta Riquelme” y varios cuentos de “La tos y otros entretenimientos”. Quede hecha esta declaración de deuda.

Es ineludible, pues, que hable de mí hablando de él y que cada lector consciente haga lo mismo, porque ha experimentado lo que en cada quien sin su auxilio habría quedado para siempre inconexo en el contexto de la naturaleza escrita en lengua poética. Quiero significar que a Kafka se lo comprende mejor que reflexionando abandonándose a las sugestiones de la intuición, y es seguro que cuanto mayor y más intensa sea la experiencia de la vida, más rica y substanciosa hallaremos su obra. Confieso que en estos últimos meses, residiendo en México, he experimentado una nueva vislumbre de sus profundas y luminosas exploraciones en el mundo de tinieblas en que vivimos alucinados por la engañosa evidencia de la luz, como pensaba Heráclito.

En mi situación de expatriado, agobiado de achaques y nostalgias, merced a las revelaciones de Kafka, siento que soy, por temperamento y destino, mucho más judío de lo que más o menos barruntaba, y su obra se me aparece iluminada por una luz más clara y cenital que cuando me ocupé de él hace muchos años. Para comprenderlo mejor hube de encontrarme en la situación en que vivió, en cierto modo extranjero en su patria, solo entre sus semejantes en razón de poseer ojos nictálopes, hasta adquirir conciencia de que había sido condenado y arrojado fuera de su época y su país, por un tribunal inexistente y en un proceso de indicios y pruebas fantasmagóricas.

Debo limitarme ahora, sin tener en cuenta la sugestión pertinaz de que “su biografía como destino esquematiza numerosas otras”, además de la mía, a tomar del recuerdo de sus obras los datos que considero constituyentes de su prodigiosa personalidad filosófica y literaria, a la vez que definitivas de su genio con respecto a todos los demás de su gremio. En cierto sentido Kafka es portador de un mensaje de raza y némesis, que podría de inmediato atribuir al “inconsciente ancestral colectivo”, en el lenguaje de Jung. Sus personajes, sus temas y las vicisitudes o tribulaciones que integran regularmente el argumento y la tesis, encajan perfectamente en el concepto de mito como se lo ha estudiado recientemente en las afloraciones del yo profundo al estrato epitelial de la razón. El hecho de que esos personajes por lo regular no tengan nombre ni lo necesiten, que no se nos diga ni hay por qué saberlo cómo son, de dónde proceden ni dónde están, colocándolos como piezas móviles e intercambiables de un gran azar que configura una fatalidad, lo demuestra. Cada uno es yo y tú; su biografía cósmica es la de cada quien, su andar a tientas con los ojos abiertos sin ver, el paradigma abstracto de cualquier biografía concreta y absolutamente individual. Es el residuo de certeza que queda al fin de la vida.

Concretándome ahora, pues, a un punto de esta línea infinita y sinuosa, encontramos en Kafka un ser en quien toma conciencia una multimilenaria angustia ante lo desconocido y enigmático que palpita vivo y sofocado bajo la cobertura de una razón de ser convencional de todo lo existente, que el hombre ha superpuesto —aterrado o impotente— a la realidad verdadera. Desde la aparición de Kafka en la historia de la literatura —y sin duda de la teodicea y la metafísica— el mundo y el hombre no pueden ya ser entendidos e interpretados con el criterio ingenuo del determinismo económico y del materialismo histórico, por decirlo así. Es un animal fantástico en un mundo fantástico.

El “salto cualitativo” que da Kafka de un orden de realidades a otro (Chestov lo atribuye al creador de la frase, Kierkegaard) sólo pudo ser intentado y realizado por un ser colocado fuera del fascinante espectáculo que la rutina crea como realidad positiva y cognoscible. Aparte, naturalmente, del genio indispensable para la empresa. Este ser “alienus”, de otra raza, de otra configuración psíquica y onírica, observador distante y de ojos de microscopio, soñador de lo inalcanzable y lo sublime y agrimensor de tierra firme e inexplorada, fue el judío checo que escribió en alemán y “pensó en hebreo”: Franz Kafka.

Constriñéndome contra mis deseos a ese punto de una línea infinita y sinuosa, sintiendo profunda y biológicamente la verdad de su mensaje o apocalipsis expresado en parábolas, apólogos, mitos, imágenes y metáforas (como el de Juan el Teólogo), vale decir en el lenguaje traslaticio único capaz de darnos la intuición de las verdades trascendentales, sugiero el siguiente temario de investigación a los estudiosos de la literatura de creación:

1) Que un instituto de investigaciones de Ciencias Literarias promueva el estudio de la obra de Kafka desde tres puntos de vista fundamentales: a) contenido teológico y metafísico de su concepción del mundo y de la vida humana y de su destino; b) estructura fenomenológica de la realidad, admitiendo la posibilidad de una “configuración absurda” de la misma, obliterada por la multisecular empresa de racionalizarla y geometrizarla conforme a las leyes físicas de la naturaleza; c) análisis y hermenéutica de los temas y personajes, hechos y episodios circunstanciales, para establecer la simbiosis o relación eidética entre los fenómenos del sueño y la vigilia, la fantasía y la realidad, lo rutinario y lo inesperado, lo lógico y lo absurdo. Todo ello para hallar el significado de la ausencia de la personalidad biográfica en su obra, de la omisión de la psicología y de toda la tradicional maquinaria de intereses, pasiones, ideales, aberraciones, etc., que constituía anteriormente el repertorio de la novela y el drama; de donde resulta que el ser y su destino se dan puros, como instrumentos y no como agentes de la biografía.

2) Hecha una encuesta entre escritores y lectores comprensivos de la obra de Kafka, se habrían obtenido aportaciones de otra clase que la de los críticos y exegetas especializados, con valor de testimonios sobre el sentido de revelación que pueda contener efectivamente su obra. Vale decir, accesoriamente, lo que el pueblo de Israel ha depositado en Kafka para ser, como otras veces por otros intermediarios, entregado al patrimonio de la cultura en busca de la verdad, la justicia y la belleza.

[En torno a Kafka y otros ensayos (Barcelona: Ed. Seix Barral, l966), págs. 37-41. Edición digital de Graciela N. V. Corvalán. Forma parte del estudio introductorio en forma de hipertexto]

   
© José Luis Gómez-Martínez
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