Ezequiel Martínez Estrada

 

"DE LAS MUJERES ADMIDABLES: SIMONE WEIL"

Dos aplicaciones atrajeron la inteligencia de Simone Weil: la sociedad (sus componentes, sus medios de acción y sus fines) y el conocimiento. Saber amando. Tenía avidez famélica de saber, y el ejercicio de su mente constantemente en máxima tensión satisfacía una necesidad casi física de aplicar sus fuerzas superabundantes. Vivió pensando sobre cuanto la rodeaba, sobre cuanto estaba más allá y más arriba de su capacidad de percibir, y sobre sí misma. Su amor por todo lo existente, su amor a Dios, al mundo y sus bienes buenos y malos, no excluía el amor al prójimo desdichado, generalmente feo, grosero, egoísta. El único amor que le fue desconocido es el amor sensual, el Eros concupiscente. Y como además de haber profundizado en la materia vil de la tierra, en la miseria humana, profundizó en la divina materia sideral, su misticismo divino robusto, sano, henchido del sentido de lo telúrico y perecedero, Simone Weil fue una santa además de clarividente, racionalista y libertaria.

Mujer de formación científica y filosófica muy segura, las disciplinas y los rigores del método fisicomatemático de pensar dieron a su espíritu la firmeza y la flexibilidad que la capacitaron para manejar con igual soltura los temas más disímiles, de teodicea o política, metafísica o literatura. Frecuentemente se tiene la impresión de que si es posible a la inteligencia humana alcanzar el desideratum de la infalibilidad, ella lo obtuvo. Cuanto piensa resulta claro, trasparente y puro, como posiblemente ha de ser la materia misma para los ojos de un ser sobrenatural. Y ésta es la palabra, sobrenatural, que debe aplicársele en cuanto difirió, por muchísimos atributos de perfección, del resto del género humano.

La amplitud de su saber abarcaba lo humano más bajo y lo divino más alto, y por su ejemplo comprendemos que solamente así es posible tener idea cabal de lo que acaece en cada uno de esos dos hemisferios del mundo que habitamos. Pensó en función de la vida y vivió en función del pensamiento, de modo que al tratar de temas de política o de economía trascendíalos con la visión total de un panorama en que quedaban inscriptos como provincias. Vivió participando de la vida de los obreros de fábrica, trabajando a jornal, con operarios y con mozas de cuadra, compartiendo vivienda y pan y procurando pensar como ellos, para que la doctrina tuviera el calor de los cuerpos fatigados y el sabor espantoso de la sangre de las manos mutiladas por las máquinas. Nunca he sentido yo la condición obrera como un hecho que necesita, para ser entendido, de todas las facultades humanas, las de la mente y las del cuerpo, como leyendo sus obras. Ella y Gandhi han dado al trabajo una categoría religiosa. Por ellos he aprendido que la cuestión social de capitalismo y socialismo, opresión y libertad, derecho, trabajo, saber y belleza son cuestiones morales, y que a cierta profundidad del razonamiento y de la emoción, hasta lo que es objeto de cálculo y de metálica insensibilidad, como el dinero, se transforma en cuestión, materia, o como se lo quiera llamar, religiosa.

Tampoco en su obra lo material y lo espiritual se recortan de un todo universal, humano. Para ella, como para Heráclito, el mundo está habitado por dioses en todas partes. Alguna vez, demonios. Los vio, los examinó, los disecó en su carne y en su alma, y se ocupó de describirlos y de comentar cuál a su juicio era la misión que cumplían. Vio a los obreros y a los soldados, a los campesinos y a los estudiantes en sus labores propias, en sus vidas cotidianas; sintió en sí la vergilenza del pobre que debe someterse a las órdenes duras y frías de los capataces; sintió la humillación de toda una nación invadida y ultrajada por el vencedor; escribió sobre cuanto había visto para tratar de que fuera explicado y mejorado, no para sacar provecho de ello. Y cuando en Londres, alejada de su Francia tan amada, supo que poblaciones enteras habían sido sometidas a racionamiento, no quiso probar bocado más que esas gentes, y murió en esa penitencia voluntaria. Después de muerta se reunieron y publicaron sus cartas, sus notas y apuntes, sus meditaciones escritas sin intención de publicidad. Porque eran ejercicios espirituales.

Muy pocos de quienes la trataron y conocieron sabían que era una mujer de genio y de carácter recto y tenaz. Profesores y artesanos, labriegos y muchachas, los más humildes más, conservaban de ella un recuerdo semejante al de una visión. Estudió y analizó credos religiosos, teorías científicas, sistemas filosóficos y doctrinas sociales con la misma competencia y sencillez de su artesanía, como si, la sabiduría consistiera en saberlo todo simplemente. Todo simplemente y con pasión, poniendo en la acción y en el pensamiento el mismo fervor religioso, sin atarse jamás a ninguna convicción ni compromiso sectario.

Una de las más justas y hermosas explicaciones que se han dado de su conversión al cristianismo, es que igualmente hubiera sido cristiana de no haber existido esa religión. En todo así: era socióloga, filósofa, helenista por nacimiento y no por adopción. Donde aún vive y palpita su ser ardiente es en las reflexiones sobre la sociedad capitalista industrial. No la observó como juez ni como delegado o inspector, sino como partícula pensante y doliente de ella, siendo su crítica y su denuncia simplemente un subrayado del texto de la realidad. Las obras, entre las suyas, que contienen materiales de política social y de economía política, revelan una información de primera mano de las fuentes de consulta y un dominio de la materia que le permite acercar épocas distantes muchos siglos entre sí, formas de organización del trabajo muy diversas, derivaciones insospechadas hacia otros remotos sectores de la vida. Nunca su doctrina puede ser reducida a aforismos o a fórmulas; nunca lo que nos dice se parece a lo que ya sabíamos. Los Vedas, Confucio, San Pablo, reaparecen en lo que tuvieron de inmortales en este conflicto de fábrica o en aquella reglamentación policíaca, como si la historia del hombre y su aventura de vivir ofrecieran la misma unidad de las leyes de la naturaleza. La reducción del problema del Capital y el Trabajo a una fórmula como “Precios, Salarios y Ganancias” es inaceptable después de leer sus reflexiones sobre “la condición obrera”. Aquí la mercancía no es una M, el dinero una D ni el obrero una O, por ejemplo. La condición obrera no puede ser entendida sin conocer las leyes mecánicas y biológicas de la división del trabajo, las de la gracia y la gravedad, las de la Fatalidad en la Tragedia Griega y cuantos relámpagos fugaces han alumbrado por instantes efímeros la tiniebla impenetrable de los determinismos de toda clase. Para Simone Weil los problemas sociales no son abstracciones como los de la geometría; no se los puede captar con sólo el razonamiento porque no son, en esencia, racionales sino naturales, de una naturaleza no susceptible de peso, cuenta y medida. El “proletariado” no es una clase que pueda conjugarse con signo operatorio con otras: es una “condición”. No me atrevería yo a decir humana, pues acaso Simone Weil advirtió que la “condición obrera” existe asimismo entre otros seres. Los fenómenos sociales, quiero decir, se cumplen con arreglo a leyes que les son propias y que no pueden racionalizarse deformándoselas para que ajusten con otras leyes conocidas; responden a leyes que alguna vez se tendrán que investigar con inteligencia y desinterés científicos, sin extraer de otras disciplinas postulados ni métodos que se le apliquen por analogía. Hace poco que en Biología se buscan las leyes que corresponden taxativamente al “mundo” que abarcan sus fenómenos, para sentar axiomas y determinar métodos conforme a las mismas. Con la Sociología ha de ocurrir lo mismo más o menos pronto. Simone Weil será vista entonces como una consciente precursora.

De lo expuesto y de otras intuiciones que su obra suscita, imposibles de definir, esta mujer extraordinaria debe ser considerada como mística mejor que como docta en ciencias positivas, y su obra como mensaje más que como contribución al esclarecimiento de los problemas sociales y políticos de nuestro tiempo. Su concepto o noción de que existe la “condición obrera” levanta la mira del problema a otra visión de las cosas. Por ejemplo, a que la sociedad determina, para cada individuo que la compone, el sitio vacante que debe ocupar o el que se creará para que él lo ocupe; y los que se crearán o existen ya para sus hijos. Aunque dé escalofríos pensar en esto, la sociedad está esperando por anticipado el instalar a seres cuyos abuelos aún no han nacido.

Pero no es esto lo que deseo decir de Simone Weil. Deseo aludir a sus profundos conocimientos de la filosofía y de la literatura helénicas, orientales y patrísticas; a su versación en ciencias matemáticas, prez de su apellido; a su saber enciclopédico que fluye en curso fluvial de sus “Cabiers”. Mas es posible que en los siglos venideros no ceda a ninguna otra de sus aptitudes extraordinarias la de socióloga. Lo que sorprende, si se tiene en cuenta su sexo y su piedad beatífica, es su amor ilimitado a la libertad. Considera, como todos los místicos y pensadores sin partido, que es también una condición, y por excelencia “la condición humana”. Se esforzó por probar sin que le interesara demostrarlo, que son conciliables la libertad y el orden por la ley, la dignidad humana y la autodeterminación. En este punto su pensamiento alcanza la altura y la luminosidad del de Goethe.

[En torno a Kafka y otros ensayos (Barcelona: Ed. Seix Barral, l966), págs. 111-116. Edición digital de Graciela N. V. Corvalán. Forma parte del estudio introductorio en forma de hipertexto]

   
© José Luis Gómez-Martínez
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