Ezequiel Martínez Estrada

 

En: El hermano Quiroga (1966)

"VI - SINFONIA PASTORAL"

En 1928 vivía yo en Lomas de Zamora y Horacio Quiroga en Vicente López. Habíamos iniciado nuestra amistad poco antes, al encontrarnos en casa de Norah Lange. Los encuentros anteriores fueron ocasionales, con muchas otras personas, en comidas o cócteles bulliciosos; excepto a las tardes, en el café “Paulista” de la calle Corrientes, donde nos encontrábamos los días de semana él, Espinosa y yo. A veces nos llegábamos hasta el Bar Helvético para encontrarnos con Lugones y gente de La Nación, que yo no conocía. Por azar participábamos de otras tertulias, como la peña del Gambrinus, a la que asistían Pardo, Sirio, Amorim, Hobmann, dibujantes y escritores entre quienes me sentía forastero. Quiroga iba a sorber su cucharada de bicarbonato.

Gran importancia para nuestra amistad tuvo la tarde indeleble en casa de Norah Lange, con Sanín Cano, Espinosa, Mom y alguien más. La saludable alegría de Norah y las hermanas se hizo comunicativa y disfrutamos de jovial juventud hasta la noche. Quiroga estaba retozón, comunicativo, desbordante, locuaz como nunca lo oí. El patio parecía un jardín de infantes. Allí lo conocí como era realmente.

En Lomas preparaba yo a la sazón los dos últimos libros de versos que publiqué. La amistad de Espinosa y de Quiroga me indujo a dejar la poesía y a emprender otros caminos de penitencia. Ese domingo me levanté muy temprano, pues La Nación publicaría mi “Humoresca quiroguiana” que desconcertó a Méndez Calzada. Este consultó a Quiroga para evitar posibles molestias. Sabía yo ese preámbulo y que la composición no le había hecho tanta gracia como a mí.

Teníamos un chalecito con jardín al frente y verja de hierros puntiagudos. Defendía la casa un hermoso e inteligente perro, Drake, que en un diccionario biográfico figura como uno de mis hijos. Abrí la puerta para recoger el diario y encontré a Quiroga sentado en un escalón del umbral. A pesar del calor, tenía puesto el enorme casacón de cuero, al que habíale hecho un hilván en la espalda con hilo de talabartero. Había saltado la. verja y leía el diario.

—¿Cómo? —exclamé atónito, barruntando que el poema tuviera que ver con su visita.

—Hace una hora que estoy acá. No quise despertarlos. Por lo visto, el perro conoce a todos sus amigos. Ha estado haciéndome fiestas para que no me aburriera.

Quiroga estaba de pésimo humor. Había tenido un disgusto en la casa. Como le acaecía en trances análogos, tartamudeaba. Su resolución era sencilla y extrema: no volvería más a Vicente López. Me preguntó si tenía comodidades para albergarlo por unos días. Era preciso terminar de una vez para siempre —me dijo— y ahora estaba resuelto. Del poema no dijo una palabra. Entramos.

Cualquier diálogo era dificultoso. Bebimos café. Examinó los dibujos de títeres en que yo había estado trabajando hasta muy tarde. El dibujaba peor que yo. El comentario desfavorable sobre mis fantoches y su propia charla fueron reponiéndolo en su diapasón normal. Iba de acá para allá, excitado. Manoseaba algunos libros de la biblioteca y volvía a ponerlos en el estante, no en el sitio. A las once decidió súbitamente:

—Vamos a almorzar a casa.

—Comamos aquí, Quiroga. A la tarde iremos, cuando amaine.

—No. Nos esperan. Vaya a buscar el auto. Agustina que nos siga; nosotros tenemos que conversar.

Se encaminó resueltamente a la voiturette y puso el motor en marcha. Me senté a su lado, y cuando distinguió a lo lejos nuestro auto arrancó de golpe, como solía hacer Ben Turpin, y enfiló por la avenida Meeks a toda velocidad.

Inició entonces una apasionada diatriba contra las mujeres en general, superior a la de los afamados misóginos de Grecia, Roma y Jerusalén. Aterrorizado por los peligros naturales de un viaje en su compañía, y porque su facundia era una catarata no menos vertiginosa, lo escuchaba yo en silencio, sin atreverme a interrumpirlo y mucho menos a contradecirlo. Comprendí que estaba abriendo todas las válvulas de escape y que eso era al fin y al cabo saludable y de buen presagio. Habríamos hecho dos kilómetros cuando viró en redondo, retomando otra vez su mano a toda velocidad.

—Quise ver si su mujer se había perdido de vista. Difícilmente hacen nada en debida forma, particularmente si se trata de seguir al marido, como en este caso.

Mi mujer venía dócilmente media cuadra detrás de nosotros y mantuvo esa distancia basta que llegamos a Vicente López, después de periódicas vueltas en redondo. Llegamos sanos y salvos.

No nos esperaban, por supuesto. Quiroga embicó el coche hasta meterlo en el garaje del galpón, en el fondo de la caso. Pronto se animó una conversación muy cordial. El chalet era una especie de bungalow destartalado, con moblaje rural, y el garaje-galpón-Iiving era una tienda de antigüedades, donde no hubieran desentonado un helicóptero y un esqueleto de dinosaurio.

En el enorme patio estaba la casilla del coatí, animalito sociable y cariñoso a quien Quiroga presentaba con la misma ceremonia que a un miembro de la familia. En la casa vivían con el matrimonio los hijos de la primer mujer, Eglé y Darío y “Pitoca”, de pocos años, su último amor. Los hijos mayores había salido y no vendrían a almorzar. Era más de la una. Quiroga decidió ir al almacén para traer algunas vituallas, y al rato volvió cargado de paquetes y botellas. Las mujeres prepararon algo que pudiera representar el almuerzo. Mientras tanto tomamos unas copas y jugamos con el coatí, que permanecía atado a una cadena de eslabones gruesos. Ambos se conocían bien, pues Quiroga y el coatí entablaron un diálogo de mimos y mohines. Cuando Quiroga lo soltó, el coatí se le echó encima derribándolo. Jugaban como dos animalitos o dos criaturas. Pitoca saltaba de alegría y nos convencía de que estábamos en el paraíso de la Tierra Purpúrea. Habían desaparecido hasta las más tenues nubes de la tempestad matutina; y así fuimos nosotros a la mesa y el coatí a su cautiverio ignominioso.

Éramos cinco y las sillas también eran cinco. Esto no ocurría con las copas ni con los cuchillos. Servilletas y repasadores se usaban en común. La vajilla era muy despareja, piezas únicas de diferente procedencia y edad, algunas de ellas restos fósiles de un pasado esplendor. A mi me tocó una copa con sólo medio pie, de modo que tenía que sostenerla con una mano o apoyarla contra la panera o la botella, vigilándola. Comimos, bebimos, reímos, hablamos y volamos más allá del tiempo y del espacio. El café, que hizo Quiroga en un artefacto de alquimia, con caldera marmita de vapor, tubería y canilla, estuvo exquisito. Y las palabras salían de nuestras bocas como mariposas doradas.

 

"XIII - LIBERTAD"

Interesábannos a ambos los problemas sociales sin política, sin sociología y sin economía política. Nos interesaba el ser humano y su destino, libre de sus expoliadores y de los expoliadores de los expoliadores. Los dos teníamos un concepto libertario de la libertad del hombre, y tanto él como yo lo hemos expuesto en nuestras obras. Sobre estas cuestiones coincidíamos mucho más que sobre literatura y arte. Esa posición suya, firme e inquebrantable, es una de las prendas más preciosas de su vida y de su obra; valor humano que también se refleja en la literatura de ficción Independientemente de cuál ha sido su norma de conducta en la vida, ese valor aflora en lo más genuino de su producción.

Yo le llevaba la ventaja de estar mejor informado; pero tal ventaja, si lo era, no significaba nada en absoluto. Filosofía y doctrina sociales eran en él una concepción global del mundo y del hombre, y reducíanse a una regla austera de conducta, a un deber de conciencia para consigo y para con los demás; a la simple fórmula de dar a cada cual lo suyo. Su mentor, como el mío, era Thoreau —la fórmula: arregla tus cosas primero y después ocúpate del mundo, era de Emerson —en calidad de escritor, pensador y hombre puro.

Se lo supuso comunista y anarquista; para otros era, simplemente, un burgués disconforme y antisocial.

Abominábamos de los agitadores y demagogos de la acción y del pensamiento, quienes, al decir de Péguy, convierten la mística en política. Alguna vez se refirió a su desencanto con los “compañeros” del destierro:

“Casi todo mi pensar actual al respecto proviene de un gran desengaño. Yo había entendido siempre que yo era aquí muy simpático a los peones, por mi trabajar a la par de los tales, siendo un sahib. No hay tal. Lo averigüé un día que estando yo con la azada o con el pico, me dijo un peón que entraba: —“Deje ese trabajo para los peones, patrón”. Hace pocos días, desde una cuadrilla que cruzaba a cortar yerba, se me gritó, estando yo en las mismas actividades: —“¿No necesita personal, patrón?” Ambas cosas con sorna.

“Yo robo, pues, el trabajo a los peones. Yo no tengo derecho a trabajar; ellos son los únicos capacitados. Son profesionales, usufructuadores exclusivos de un dogma. Tan bestias son, que en vez de ver en mi un hermano, se sienten robados. Entienda un poco más esto y tendrá el programa total del negocio moral comunista. Negocio con el dogma Stalin, negocio Blum, negocio C. I. han convertido el trabajo moral en casta aristocrática que quiere apoderarse del gran negocio del Estado. Pero respetar el trabajo, amarlo sobre todo, minga. El único trabajador que lo ama es el aficionado. Y éste roba a los otros. Como bien ve, un solitario y valeroso anarquista no puede escribir para la cuenta de Stalin y Cía”.

Nuestros autores predilectos habían dejado testimonio en sus obras de haber luchado por la justicia sin programa de partido y sin bandera. Cada autor que admirábamos juntos era otro eslabón que soldaba más firmemente la cadena que nos ligaba a entrambos. Comprendí después, al no poder compartir con él los nuevos hallazgos de espíritus afines, que las lecturas compartidas valían como amalgama de nuestra aleación, y que los seres y las obras que admirábamos contenían abundante material político, no menor que las obras de los luchadores y tratadistas.

Quiroga pensaba, como Simone Weil, que la condición obrera no es una situación económica sólo, sino hecho muchísimo más tramado en la urdimbre de los destinos terribles, fatídicos, del vivir social. Sin la conciencia de esos hechos, los hechos no pueden ser modificados. Un ideal humanístico más que humanitario como el que profesábamos —ideal definido como condición del ser más que del existir— corresponde por igual a la religión, la filosofía, la política y la economía. Simple ideal conminatorio de toda conciencia honrada; ideal de idealistas. Ningún ideal sencillo es comprensible —nada sencillo lo es—; y Thoreau, Tolstoi o D. H. Lawrence, que son filósofos sociales en primer término, son considerados como utopistas. Digamos “anarquistas”, en el vocabulario de los perezosos y los taimados. Fue preciso el poder milagroso de acción de Gandhi, para que los filósofos de los bosques ascendiesen al rango de líderes sociales. “Solitario y valeroso anarquista”, sin duda.

No acierto a decir ahora, porque mi propósito no es éste, cómo emparentar a Quiroga en la familia ideológica dcl pensamiento libre. La frase se ha tornado intocable. Mas no puede abrigarse la más remota duda de que Quiroga era hombre de convicciones asentádas en la noción de los derechos del hombre a realizar su experiencia vital sin cepos ni mordazas. Puédesele aplicar esta aseveración de R. Aldington sobre Lawrence: “... ... Es un hombre libre que piensa por su cuenta, que vive su propia vida, que va por su propio camino, sin buscar reconocimiento, dinero, alumnos ni influencia, sino resuelto a establecer contacto directo con la realidad y apasionadamente interesado en su propia percepción del mundo”.

La norma ética suprema de conducta nace de la conciencia de los deberes sociales y no de los códigos. Quiroga es magnífico ejemplo de esa libertad necesaria a la higiene moral, y en sus confidencias jamás se traslució ningún prejuicio de clase, ninguna docilidad al freno de las convenciones institucionalizadas; y, sin embargo, ¿cuántos de su rectitud, de su pureza selvática podemos contar entre sus coetáneos? ¿No se los ve ostentar orgullosamente su librea? Esa calidad moral humana es uno de los coeficientes de excelencia que lo colocaban por cima de sus congéneres, sin que necesariamente tuviera que destacarse como el mejor de ellos. Que además los superara como escritor, es un plus de lujo. En sus obras más significativas —“El Desierto”, “Los Desterrados”, “El Salvaje”— hallamos sin alegato ni discurso su concepción pánica de la existencia; y bastaría mencionar los nombres de sus autores predilectos para comprender que también él era un hijo libre de la naturaleza indómita. Comprendía bien que el esclavo sueña sueños de esclavo, y que entregarse con pasión a la aventura de la creación literaria exige la condición de pureza de la libertad:

“Dice usted que la dignidad es un cepo. Claro que sí. Huya entonces de la policía, y si tiene un pie cogido todavía, trate de liberar el resto del cuerpo, aun perdiendo el pie. Es que no se puede hacer otra cosa, compañero. Y aquí de mi espíritu material. El me permite ver sólo y exclusivamente, por encima, debajo y a los costados de las penas del alma, la tremenda disyuntiva: sufrir eternamente en el cepo de la comisaría urbana, o alzarse de matrero”.

Pero también es cierto que cuando un preso deja el pie y huye, los otros presidiarios profieren gritos de alarma para que lo rescaten o lo dejen morir de hambre y de soledad en el monte.

 

[El hermano Quiroga (Montevideo: Editorial Arca, l966), “Sinfonía Pastoral” (págs. 36-40), “Libertad” (págs. 80-84). Edición digital de Graciela N. V. Corvalán. Forma parte del estudio introductorio en forma de hipertexto]

   
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.
 

 

Home Repertorio Antología Teoría y Crítica Cursos Enlaces