Ricardo Laudato

 

"Coordenadas sutiles en Kant, profesor de geografía
de Vicente Fatone"

Ricardo R. Laudato

En la sección segunda de La Nación del 26 de marzo de 1939, una firma desconocida, Carlos Renzi, publicaba un artículo presumiblemente extraño para el lector del momento: Kant, profesor de geografía. Las casi seis décadas transcurridas desde aquella fecha apenas nos revelan que Carlos Renzi era uno de los inesperados seudónimos de Vicente Fatone (Buenos Aires, 1903-1962); el resto de las circunstancias, en cambio, insisten en provocar el natural asombro del lector, a pesar de que hoy la perplejidad sea de signo distinto. Lo que motiva ese asombro quizás sea la incauta confianza en la autoridad de los mojones enciclopédicos. Las emociones convocadas por la idea de un voluntarismo prusiano tienen muchos recovecos (por ejemplo, un Kant de por vida en Kö nisgberg) y muchos vacíos (por ejemplo, un Kant sumido en los vaivenes del telar o la aguja). Sin embargo, el lector advertido no puede pasar por alto que la comprensión del ensayito de Fatone se halla insobornablemente amarrada a la pugna íntima entre dos arquetipos: el del tejedor y el del viajero.

Como lo indican las noticias sobre Alonso Quijano, el que lee no siempre está fuera de la lectura y sólo ve, inadvertido, su diálogo interior por entre la cerrazón de los garabatos impresos. Es natural: las ideas fijas y los clavos comparten la amistad del óxido. Será por eso que, en los círculos intelectuales argentinos, Fatone es el apellido de un ilustre ignorado, al que se menciona a las perdidas porque no hay imagen consagrada que lo ubique en el consabido panteón. Quizás el suave apartamiento fatoniano del dandismo aún motive que su nombre no sea más que una entrada secundaria y confusa en la historiografía filosófica argentina. Prueba de esta afirmación no es sólo el desconocimiento del ensayito de marras, sino también el de otras dos miniaturas suyas: William Blake y Coleridge, el filósofo enfermo, publicadas en 1939, en el mismo periódico y con distinto seudónimo (1). No puede extrañar, pues, que los avatares del presente comentario se deban al espesor que media entre las insospechadas figuras de un filósofo alemán y otro argentino.

Con leve apoyo en las Críticas, Kant, profesor de geografía consiste en una lectura mordiente de dos obras kantianas algo periféricas (al menos para los lectores de Kant ajenos al mundo de habla alemana (2)): la Anthropologie in pragmatischer Hinsicht (1798) y esa colección de apuntes de clase que conforman la Physische Geographie (1º ed., dos volúmenes, en 1802 y 2º ed., cuatro volúmenes, entre 1802 y 1805). Si se toma la imagen de Kant inaugurada por el neokantismo como marco de referencia obligado para los lectores de la década del 30, la idea de comentar la Geografía y la Antropología no hallará cabida en ninguna de las divisiones y subdivisiones imaginadas por la historiografía filosófica para recrear la reacción antipositivista en América. Ni siquiera la polémica contra el criticismo entre los colaboradores de la revista Inicial, cuestión bien documentada en La letra gótica de Jorge Dotti (3), soñó con la simpatía que podía despertar un Kant que ha enfrentado su propio reflejo de fundador de la geografía académica alemana (4).

Vale recordar cómo organizó Kant sus cursos de geografía en Königsberg, cien años antes de que se estableciera, en Berlín, la primera cátedra oficial de la materia en la Alemania universitaria toda: él era el texto, el intérprete (de otros libros, de lo que le narraban Alexander von Humboldt o los marineros que atracaban en la ciudad-puerto) y el analista de ese caleidoscopio del mundo que, como filósofo-geógrafo, inventaba para un auditorio cándido por mediterráneo. Como en las fábulas o las marionetas, lejos de las exigencias de la razón pura y del imperativo categórico, las enseñanzas kantianas se justificaban imprevisiblemente desde el disparate y el absurdo, desde unas generosas ansias de fuga encadenadas a su escritorio de profesor. Naturalmente, esta afirmación no se condice con el norte orientador de los estudiosos; como los detalles que configuran el texto de Fatone no se presentan según un orden de estantería, la misma forma interna del escrito predispone a una amable indagación de la rareza de su prosa. Ante todo, el tenue trazado de una serie de líneas de fuga que confluyen en un punto donde la figura de Kant queda purificada tanto de la seriedad algebraica de la imagen dispuesta por los neokantianos como de la caricatura esbozada, en Il crepuscolo dei filosofi (1927), por la mano de un impiadoso Papini veintiañero, a quien Fatone tanto había admirado en su juventud temprana.

El arduo entretejido de los pensamientos no debe desorientar. La alusión a la leyenda que ciertos padres de la iglesia echaron a rodar acerca del suicidio de Aristóteles en el Euripo, la proverbial lentitud de los nativos de América, la fatídica madera de sus canoas y la abúlica armazón de sus casas; la referencia al elefante de los pájaros, la ingrata compañía de las alimañas, la extasiada credulidad inglesa y el espíritu francés, todos detalles elegidos con cautela, no tendrían valor por sí mismos de no haber estado fundados en las valoraciones apodícticas que colmaban la kantiana tarea de filósofo con ansias de geografía . Lamentablemente, no puede seguirse ahora el invisible respiro de las costuras que urden una imagen de Kant tan poco autorizada; en todo caso, sólo cabe indicar que los gestos del pasado son y vuelven a ser el presente; especialmente, si se recuerda aquel aserto de Castellán acerca de la prescindibilidad de fuentes nuevas para la invención de la historia. De todos modos, una aseveración contingente puede hacer a la inteligencia del caso. Alguna vez se señaló que, en Buenos Aires, para los neófitos, hubo varios Kants a disposición: el de Morente y el de Vassallo, el de Pucciarelli y el de Carpio. Hoy mejor que nunca se comprende que no se pensara en el Kant que Fatone había construido aprovechándose, de manera recta, del método que usara el otro, el de Könisgberg, a quien sus ansias de fuga lo habían urgido a suspender la aventura del pensamiento crítico para abandonarse sin recelos a la oblicua imagen de un mundo inaccesible a sus sentidos.

Como los tiempos parecen cambiar, aquella imagen tutelar del Kant de la revolución copernicana ha resultado incompleta para el criterio de los últimos tiempos. Buen ejemplo de esto es un grupo de estudios sobre el influjo del criticismo en el mundo hispánico; se piensa básicamente en tres obras de índole diversa pero de signo común: Kant, Swedenborg, Borges de Hans Radermacher (1986), la antología Kant in der Hispanidad (1988) y la precitada obra de Dotti (5). En cierta medida, los años venideros hicieron justicia al semirretrato fatoniano de Kant; de hecho, las tendencias cognoscitivas del presente no dejan de conjugarse sutilmente en el entramado punzante y gracioso de un texto de 1939. El examen atento del taller fatoniano revela que las máximas posibilidades de comprensión de Kant, profesor de geografía, dependen de categorías epistemológicas aparentemente descubiertas en la segunda mitad del presente siglo. Son básicamente tres los aspectos que permiten una aserción tal.

Primeramente, el sesgo urdido para la voz expositora. Al tratar de la imagen kantiana sobre América, el bicelado del narrador lleva, con humorismo de literatura taoísta, a la cuestión de la alteridad, ese tópico soslayado por la escuela de Frankfurt, llevado al podio de los literatos por dos obras de Tzvetan Todorov, La conquête de l’Amérique (1982) y Nous et les autres (1989), y modelado con erudita e imbatible fineza por el trabajo de Elémire Zolla I letterati e lo sciamano (1969 y 2º ed. corregida, 1989). Ahora bien, por más que sorprenda, el recurso al tópico del uno y del mismo no es ni genial ni azaroso en Fatone. Descontando las efemérides interesadas, se acordará en que el tema es connaturalmente hispánico como lo prueba, por ejemplo, aquel primer capítulo del Literary Currents in Hispanic America (conferencias de los años 40 y 41) de Pedro Henríquez Ureña titulado: "The Discovery of the New World in the Imagination of Europe". Empero, como no todo es leer y escribir monografías, la cuestión de la alteridad puede hacerse carne mediante el trato con visitas ilustres, las que ofician de espejo entre uno y el prójimo. En lo que aquí respecta, vienen al caso los visitantes del orbe germánico, quienes esparcieron una imagen de Sudamérica que, a pesar del tiempo intermedio transcurrido, no dejaba de tener sus lazos con la de Kant. Santo patrono: Hermann Keyserling (6). Por eso, al leer este texto de Fatone, escrito a siete años de la publicación francesa de las Meditaciones sudamericanas (1932), el lector advertido no sabrá disimularse la contenida ironía que traspasa la sabiohondez de la geografía humana de ciertos comentaristas; ironía que, por sí misma, explica también la cordial sordera de Martínez Estrada, uno de los impactados por las observaciones bálticas de Keyserling, en su monólogo con Fatone cuando éste le puso a su disposición una cátedra en la flamante Universidad Nacional del Sur.

En segundo término, está la crítica inexplícita a la idea de sistema, pilar de la doctrina trascendental del método expuesta en la Crítica de la razón pura. La imagen de América, aquella cuyo animal totémico sería el perezoso, no se habría formado acientíficamente, como una rapsodia, sino a partir del desarrollo de una idea que posibilita el todo científico para la razón humana. En esto, el creador del criticismo le ganaba de mano al geógrafo en ciernes. Si el estudio de la geografía era una propedéutica para la comprensión de nuestro conocimiento del mundo, según rezan las mismas palabras de Kant en el prólogo de la Physische Geographie, el conocimiento del globo iba a conjugarse con la antropología pragmática, concebida sistemáticamente; es decir, como una teoría del hacer del hombre en tanto ser viviente y no del actuar, siempre sujeto a las reglas de lo moral. Es la rigidez misma del presupuesto kantiano lo que brinda a Fatone la ocasión de comentar la debilidad del exclusivismo. Es una observación que Fatone también repetirá, más adelante y de muy diversas formas, cuando valore las que, en sus días, se dieron en llamar filosofías de nuestro tiempo percibiendo certeramente que las corrientes analíticas en lo filosófico iban a incrustarse en el mismo punto en que lo hacía el existencialismo. Se lo quiera reconocer o no, había sido una enseñanza tácita de Alejandro Korn, no el profesor de filosofía sino el maestro, la que llevó a Fatone a no desestimar el fondo emotivo del sistematismo de la filosofía alemana. Según reza la cronología, después de todo, a instancias de Korn, el joven Fatone estudió a Meister Eckart y lo expuso en la Sociedad Kantiana (1933) entre las figuras filosóficas del momento.

Los dos rasgos anteriores serían indignos de mención si no fuera por un tercero. Kant, profesor de geografía se recorta nítidamente como un ejemplo in nuce de esas obras que contribuyeron, desde fines del ochocientos, al sacudimiento de la enciclopedia iluminista, vector gnoseológico que quebró el racionalismo nutriente de la Modernidad, línea de pensamiento que dio nacimiento a artículos como el de C. F. von Weizsacker "Who is the Knower in Physics?" (7)o como los incluidos en los Ensayos metafísicos de Juan Adolfo Vázquez (1951). Una vez más, basta con detenerse en el susurro irónico, insinuado a través de Kant, profesor de geografía, en ese juego alternativo de un Kant engarzado en dos imágenes arquetípicas (el Kant tejedor, el de las Críticas, y el Kant viajero, el de la Geografía), para comprender con cuánta simpatía y desapego un ojo alerta, desde Sudamérica, observaba los movimientos artríticos de la imagen kantiana de los treinta. En Argentina, al dar ese paso, Fatone no estaba solo. En su No toda es vigilia la de los ojos abiertos, Macedonio Fernández había previsto en Kant a aquel hombre que, aunque siendo verdadero metafísico, habría insistido en el númeno y el imperativo categórico por generosidad con los hombres.

Una última instancia antes de culminar. El modo narrativo con que se resuelve el ensayito todo también tiende sus redes en el presente (aun cuando el hecho no pasó inadvertido en vida del mismo Fatone). En 1943, en uno de los números de la breve revista Archeion, Ricardo Resta, reseñando la Introducción al conocimiento de la filosofía en la India, se lamentaba del tono deliberadamente poético de todo escrito. El comentarista no supo prever que el libro reseñado lo estaba haciendo partícipe de una rama de la sabiduría que reflorecería en la labor de dos estudiosos italianos en los años del futuro; una, bajo la égida de Coomaraswamy; el otro, según el saber de Edgar de Bruyne. Así, si la obra de Grazia Marchianò (8) podría proveer el fundamento para un estilo como el fatoniano, la de Rosario Assunto (9) parece un remedo casi perfecto de la prosa de los últimos años de Fatone.

Cualquier texto de Fatone es demasiado multifacético para querer agotarlo. De alguna manera, el escritor Fatone sabía que la lectura es como aquel río de Heráclito; nadie se bañará en ella dos veces. Empero, entre las sombras que las ideas de los hombres proyectan en el tiempo, éstas son algunas de las coordenadas que Kant, profesor de geografía aún puede convocar para un lector contemporáneo.

Notas

  1. William Blake, La Nación, 1 de enero de 1939; Coleridge, el filósofo enfermo, La Nación, 2 de julio de 1939. Ambos están firmados por Luis Vivot.
  2. De hecho, en cuanto a la Geographie, se recordará que, desde temprano, diversos estudiosos alemanes se abocaron al análisis y comprehensión de esta obra de Kant dentro del marco del criticismo. Las obras de Paul Gedam, Erich Adickes (1911, 1913, 1925) o el trabajo de Willy Kaminiski (1905) son prueba suficiente de ello. En 1970, el Departamento de Geografía de la Universidad de Toronto publicó la tesis doctoral de J. A. May sobre el tema: Kant’s Concept of Geography (and its Relation to Recent Geographical Thought).

  3. Dotti, Jorge: La letra gótica (recepción de Kant en la Argentina desde el Romanticismo hasta el treinta), Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 1992.

  4. Fatone llegó a Inicial con una propuesta apolémica y dicho gesto, quizás el último intento de un Fatone juvenil para influir directamente en los otros, iba a tomar forma de libro en su Misticismo épico (1928). Para más referencias, en Inicial 8 (1925), puede hallarse "El misticismo italiano contemporáneo" y, en el número 11 (1927), "El misticismo franciscano". Asimismo, el 30 de julio del mismo 1939, con el seudónimo "Juárez Melián", esta vez en el diario El Mundo, Fatone publicaba una breve nota, "Kant y Feijoo, ‘detectives’" en la que se insistía en los avatares informativos de Kant.

  5. Se ofrece la información bibliográfica completa de las obras precitadas. Radermacher, Hans: Kant, Swedenborg, Borges (Mit von Jorge Luis Borges), Bern-New York, Peter Lang, 1986. Dotti, J.; Radermacher, H et al.: Kant in der Hispanidad, Berna-New York, Peter Lang, 1988. Dotti también ha publicado también un volumen en italiano, tal vez una versión más o menos similar de los precitados, titulado Gioco di specchi su Swedenborg, Kant, Borges (1986) que no hemos podido consultar.
  6. Biagini, Hugo E.: "Caracterologías germánicas sobre lo americano", en Filosofía americana e identidad. El conflictivo caso argentino, Buenos Aires, EUDEBA, 1989, pp. 189-193.
  7. Weizsacker fue el director del Instituto Max-Planck de Starnburgo y su artículo apareció en la antología de T. M. P. Spiritual Perspectives. Essays in Mysticism and Metaphysics, New Delhi, Arnold Heinemann, pp. 147-161.
  8. Véase, por ejemplo, "Il senso filosofico e lo stile", en La cognizione estetica tra Oriente e Occidente, Milano, Edizioni Angelo Guerrini, 1987, pp. 19-27.
  9. Especialmente esa magnífico diálogo entre Onirio y Eutrofio titulado "La nominazione e la riflessione", incluido en la antología Le grandi correnti dell’ estetica novecentesca, scuole tendenze problemi analizzati da specialisti di 14 paesi europei e extra-europei, a cura di Grazia Marchianò, Milano, Angelo Guerrini, 1991, pp. 131-148.

Ricardo R. Laudato
Boulder, 1996

Ricardo R. Laudato. "Coordenadas sutiles en Kant, profesor de geografía de Vicente Fatone". Saber y Tiempo. Revista de Historia de la Ciencia. (Buenos Aires) 2 (julio-diciembre 1996): 143-148.

 

© José Luis Gómez-Martínez
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