Estela Fernández Nadal

 

"El pasado como raíz, el presente como compromiso
y el futuro como proyecto de alteridad"

Estela Fernández Nadal
CONICET - Argentina

Arturo Andrés Roig nació en Mendoza, Argentina, el 16 de julio de 1922. Obtuvo el título de Profesor de Filosofía en 1949, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo. Cabe destacar, en el ámbito de la convocatoria que hoy nos reúne, que, como estudiante fue uno de los fundadores de la Federación Universitaria de Cuyo, en 1945. Como profesor, ha sido titular de cátedra en su facultad de origen desde 1959 hasta 1975, año en que tuvo que dejar el país a causa de la persecución política desatada en el seno de las universidades, que preludió el golpe de estado de 1976. En su exilio, fue profesor principal en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Durante su prolongada residencia en este país, también desempeñó funciones docentes en la Universidad Central, y de investigación en FLACSO (Quito). A su regreso a la Argentina, en 1984, fue restituido por orden judicial en su cargo universitario, del que se jubiló unos años después, e incorporado en el CONICET como Investigador Principal. Actualmente es director del Instituto de Ciencias Humanas, Sociales y Ambientales del CONICET (INCIHUSA, CRICYT, Mendoza).

Su trayectoria académica, ampliamente conocida en Argentina y en toda América Latina, ha sido puesta de relieve en numerosas oportunidades. El reconocimiento a su labor intelectual, en lo concerniente tanto a su relevante producción teórica como a su vasta tarea editorial y de formación de recursos humanos, se ha manifestado en el otorgamiento de importantes premios y distinciones. Entre los mismos puede señalarse los siguientes: la Feria Internacional del Libro y la Universidad de Guadalajara dedicaron a su obra un "Homenaje Académico" (México, 1989); la Presidencia de la República del Ecuador lo designó Miembro de la Orden Nacional "Honorato Vázquez" (Quito, 1992), y el Ministerio de Educación del mismo país le otorgó la "Condecoración al Mérito Cultural" (Quito,1993); la Universidad de Las Villas lo distinguió como "Visitante Ilustre" (Santa Clara, Cuba, 1993); como reconocimiento a la labor desarrollada en el campo de la Ética, recibió el Premio de la Fundación Konex "Las cien mejores figuras de la última década de las humanidades argentinas" (Buenos Aires, 1996); fue declarado "Visitante Distinguido" de la Universidad Nacional Heredia de Costa Rica (1997). Es "Profesor Honorario" de la Universidad Andina "Simón Bolívar" (Quito, 1994) y de la Universidad Nacional del Comahue (Neuquén, Argentina, 1994); Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (Managua, 1994) y de la Universidad Nacional de Río Cuarto (Córdoba, Argentina, 1996); es académico de la Junta de Estudios Históricos de Mendoza (Argentina) y Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de la Historia del Ecuador.

Los primeros años de la labor teórica de Roig estuvieron dedicados a dos líneas fundamentales de investigación y docencia. Por una parte, consagró su atención a la historia del pensamiento antiguo, ámbito donde produjo una serie de estudios sobre la mitología griega, los presocráticos, los estoicos, los epicúreos y, particularmente, una lectura original del platonismo, recogida en su obra Platón o la filosofía como libertad y expectativa (1972). Por otra, se abocó a la recuperación del pasado intelectual mendocino en sus diversos ámbitos culturales: académico, periodístico, literario, educativo, bibliotecológico y filosófico. Una parte representativa de estos estudios, movidos por una "pasión por el terruño" en la que nunca estuvo ausente la búsqueda de la universalidad, han sido reeditados en su libro Mendoza en sus letras y sus ideas (Ediciones culturales de Mendoza, 1996).

La segunda etapa de su producción corresponde a los trabajos de su madurez, en los cuales su temprano interés por el estudio de las ideas regionales se fue ampliando e integrando hasta alcanzar una dimensión no sólo nacional sino también continental, que cuajó en una importante contribución a la consolidación disciplinar de la Historia de las ideas y de la Filosofía latinoamericanas. Entre sus numerosas obras dedicadas a estas temáticas, señalamos las siguientes: Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano (1981); Andrés Bello y los orígenes de la semiótica en América Latina (1982); El pensamiento social de Juan Montalvo. Sus lecciones al pueblo (1984 y 1995); El humanismo ecuatoriano de la segunda mitad del siglo XVIII (1984); Bolivarismo y filosofía latinoamericana (1984); La utopía en el Ecuador (1987); Rostro y filosofía de América Latina (1993); El pensamiento latinoamericano y su aventura (1994).

Paralelamente Roig realizó un aporte original y fecundo en los campos de la pedagogía universitaria y del pensamiento ético. Sobre lo primero, cabe destacar su libro La Universidad hacia la Democracia. Bases doctrinarias e históricas para la constitución de una pedagogía participativa (Ediunc, 1998), que recoge sus trabajos más destacados sobre la problemática educativa. Sobre lo segundo, mencionamos que una parte de su producción ética será publicada el año próximo, con el título de La ética del poder y la moral de la emergencia.

Arturo es considerado merecidamente como un decidido impulsor de la reorientación teórica y la ampliación metodológica en los estudios latinoamericanos, tareas ambas percibidas como urgentes y necesarias por un amplio grupo de pensadores de la región a principios de los ?70. Este programa renovador, del que fue uno de sus inspiradores, suscitó en el filósofo mendocino un compromiso crítico y creador que se fue profundizando a lo largo de los años y que cuajó, en el transcurso de las tres décadas siguientes, en una reflexión teórica y en una producción historiográfica caracterizadas por su vastedad y originalidad.

Desde el punto de vista metodológico, en sintonía con la crisis de la historiografía tradicional y bajo la impronta del llamado "giro lingüístico" en las ciencias humanas, propugnó y practicó una audaz incorporación, en la lectura de los textos políticos y filosóficos latinoamericanos, de aportes procedentes de las líneas más diversas del saber contemporáneo, tales como la lingüística, la semiótica, la teoría del discurso y la crítica de las ideologías.

El programa de "ampliación metodológica" está gobernado en sus escritos por la preeminencia concedida a la contextualidad social, cuyas trazas, presentes/ausentes en los documentos que son el objeto de la Historia de las ideas latinoamericanas, se procura develar y decodificar. El objetivo es descubrir y dejar que se expresen las voces "otras", aquellas de sujetos sociales que no toman la palabra directamente, que son muchas veces silenciadas o eludidas en los textos, pero que pueden reconstruirse a partir de las polémicas y conflictos que la escritura alude u oculta.

Simultáneamente, el replanteo de las bases metodológicas de la disciplina impactó en la reflexión sobre su sentido y función, y condujo a una reformulación de los alcances del quehacer filosófico en América Latina. En efecto, para Arturo, la función de la filosofía, entendida como una forma de saber crítico, no se reduce a la investigación de las posibilidades y limites de la razón, con un sentido exclusivamente epistemológico, sino que incluye la interrogación por el sujeto que conoce y por la realidad social e histórica en que éste está inmerso.

De allí que nos proponga retomar la afirmación de Hegel en la Introducción a la Historia de la Filosofía, donde el filósofo alemán señala que el comienzo de la filosofía se produce entre los griegos y que encuentra su condición de posibilidad en la autoafirmación de un sujeto que, poniéndose a sí mismo como valioso, tiene también por valioso el conocerse a sí mismo. ¿Qué podemos rescatar de este célebre texto, se pregunta nuestro autor, en función de la determinación del comienzo de la filosofía para nosotros, en tanto latinoamericanos? La respuesta tiende a enfatizar el carácter social del sujeto en cuestión: para Hegel el nacimiento de la filosofía y de su historia requiere de una comunidad constituida como Estado, donde el individuo (particularidad) está integrado en lo universal.

A partir de esta tesis hegeliana, y por analogía con el a priori lógico-formal de Kant, Roig postula la aprioridad antropológica del sujeto como principio del filosofar. Sin embargo, el sujeto en cuestión no es el cogito cartesiano, ni el sujeto trascendental de Kant, ni el Espíritu Absoluto de Hegel; se trata de un sujeto empírico, cuya temporalidad no se funda en la interioridad de la conciencia, sino en la historicidad como capacidad de todo hombre de gestar su propia vida.

Ahora bien, el a priori antropológico introducido de este modo opera una "inversión de Hegel" a partir de Hegel mismo, y contiene una crítica a la concepción de la dialéctica hegeliana como proceso afirmativo, en el cual la humanidad alcanzaría cada vez grados más altos de conciencia. La concepción hegeliana de la historia como un recorrido continuo, donde sobresalen hitos que no quiebran el desarrollo sino que lo articulan en momentos de una unidad y donde transita un sujeto-uno que sostiene el proceso, es soporte de los cambios y marcha en una determinada dirección y hacia una meta prefijada y racional, no es otra cosa que la expresión de una "política filosófica", de una "proyecto de continuidad", nacido de un modo particular de ejercicio del poder, que, en su afán de sostenerse, culmina por revestir esa exigencia con el carácter de una "necesidad racional".

Este cuestionamiento a la dialéctica hegeliana abre la posibilidad de pensar y valorar el carácter de la filosofía producida en América Latina y el de su historiografía desde parámetros conceptuales diferentes a aquellos sobre los que se ha construido la llamada "Historia mundial". En términos programáticos, permite reemplazar el propósito de construir una "Filosofía de la historia" por el más modesto de escribir una "teoría crítica de la historia", entendiendo por tal un modo de mirar las manifestaciones intelectuales y las objetivaciones culturales de nuestro pasado y nuestro presente en su función social, esto es, como manifestaciones textuales del ejercicio de formas de afirmación de un sujeto y del mundo en el cual éste se expresa.

Para Arturo Roig, el estudio de nuestra propia y rica tradición descubre el ejercicio por parte de los grandes intelectuales latinoamericanos de una inversión del modelo europeo -y, específicamente, hegeliano- de la filosofía, dentro del cual se habría considerado a América como "eco y reflejo de la vida ajena". El veredicto hegeliano sobre América como "continente vacío", pura naturaleza sin historia, destinado a ser habitado por el espíritu de Europa, debe ser leído en su valor ideológico, como justificación discursiva de la existencia de una relación de dominio, a partir de la teorización de una distinción entre hombres "naturales" (los americanos) y hombres "históricos" (los europeos). Frente a ese paradigma eurocéntrico, deshumanizador y negador de nuestra sujetividad, el pensar latinoamericano es definido como una forma de saber asentado sobre la necesidad axiológica de considerarnos a nosotros mismos como valiosos; un saber "matinal", por oposición a la función vespertina, de justificación y consagración del pasado, que otorga Hegel a la filosofía, cuyo símbolo sería el "buho de Minerva" que levanta vuelo al atardecer.

Este acento en el sujeto como condición de posibilidad del pensamiento propio (como "a priori antropológico") es el eje en torno del cual gira la reconstrucción y reorganización del pensamiento producido en nuestras tierras desde la conquista hasta el presente. Y esto es así porque, desde la perspectiva del maestro mendocino, es posible reconstruir nuestra peculiar historicidad a partir de la producción simbólica latinoamericana. La misma, tomada en conjunto, conforma una compleja y conflictiva discursividad, que funciona como la espina dorsal de nuestro pensar; una discursividad que articula las diversas formas históricas de emergencia del hombre latinoamericano, que está transida de luchas y marcada por derrotas, fracasos e interrupciones, pero también por victorias y renacimientos. En su trama se desarrolla la historia de la larga constitución de un sujeto que, a lo largo de todo su itinerario, debe enfrentar a un referente inevitable: aquel que Las Casas denunció como la "Destrucción de las Indias". Pues, para Roig, la imagen lascasiana constituye la figura condicionante del proceso histórico y cultural de nuestros pueblos, y ello en un doble sentido: por una parte, es el "punto cero" de la identidad americana, avasallada y aniquilada por el acto destructivo original del ego conqueror europeo (la conquista); por otra, es un símbolo que recuerda los sucesivos quiebres de la continuidad en el proceso de constitución de nuestra sujetividad y proyecta permanentemente la amenaza de su reiteración.

En todo ese recorrido histórico, Arturo descubre un interrumpido pero renaciente esfuerzo de afirmación del hombre latinoamericano. Siempre marcados con las limitaciones propias del sujeto que toma la palabra, cada vez, en el discurso, pero siempre cargados con utopías que rebasan esos propios límites, los sucesivos "recomienzos" de nuestro pensar conforman, en conjunto, los cimientos de nuestras posibilidades presentes y futuras.

El historiador de las ideas que se aboca a la reconstrucción intelectual de nuestra memoria desde esta perspectiva filosófica encontrará en nuestro pasado la emergencia de momentos episódicos, de relanzamientos de la problemática de nuestra identidad, organizados a partir de la denuncia frente al avasallamiento y a la violencia ejercidos contra las diversas formas históricas de afirmación del sujeto latinoamericano. Esos quiebres remiten, desde la conquista y hasta el presente, tanto a las diferentes formas de subordinación respecto de los sucesivos centros mundiales del poder, como también a las reiteradas derrotas de los procesos históricos de cambio impulsados al interior de nuestras sociedades. Sin embargo, dentro de ese panorama de violencia sorda y prolongada, el hombre latinoamericano ha puesto en juego un permanente, aunque interrumpido, esfuerzo de apropiación creadora y superadora, en cuyo desarrollo se opera la inversión teórica y práctica del discurso colonialista europeo.

Infinitas son las manifestaciones textuales de ese a priori antropológico, en los que "recomienza" nuestro pensar, que han sido estudiados por Arturo Roig: Eugenio Espejo, Simón Rodríguez, Simón Bolívar, Andrés Bello, Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento, Juan Montalvo, Francisco Bilbao, José Martí, Manuel Ugarte, José Ingenieros, José Carlos Mariátegui, José Gaos, Ernesto "Che" Guevara, Mauricio López, etc. En todos ellos subyace una Filosofía de la historia organizada a partir de la asunción de la dimensión conjetural del saber y la afirmación de una voluntad política transformadora.

Crítica de nuestro pasado, afirmación de la utopía como horizonte abierto a lo nuevo, rechazo de toda reconciliación con lo dado, y exigencia de unidad teórico-práctica, son los núcleos filosóficos más profundos del pensamiento de Arturo Roig.

Respecto de su labor de los últimos años, creo posible señalar dos ejes de preocupaciones centrales en el pensamiento de Arturo.

El primero se vincula a la constatación de un hecho doloroso: con la recuperación de la democracia en nuestro país no se produjo la reconstrucción del "Estado de derecho". Tras la atrocidad de la dictadura —que recurrió a los crímenes más horribles de miles de conciudadanos y a prácticas terroristas inéditas en la historia de la perversión humana, para instalar nuevas reglas de acumulación del capital en nuestro país—, las demandas de justicia, la necesidad imperiosa de reformular nuestra memoria histórica, fueron sistemáticamente desoídas por una pragmática política contradictoria, que se debatía entre la denuncia y la investigación de los crímenes, por una parte, y la suspensión de justicia, por otra. Las leyes de "punto final" y de "obediencia debida" y el indulto a los genocidas, hechos legales fundados en la absurda invocación a una futura convivencia pacífica, terminaron instalando un "Estado de impunidad", que pesa, como una atmósfera inquietante sobre nuestra vida ciudadana.

Me atrevo a sostener que éste es el origen de la reflexión ética que ha ocupado a Arturo en los últimos tiempos. En esta línea, ha señalado una distinción en el campo de la moralidad: de un lado, la moral objetiva o "eticidad", de otro, la moral subjetiva o moral propiamente dicha.

Por una parte, está la faz objetiva de la moralidad, la "eticidad", que comprende el mundo de costumbres, normas y leyes establecidas desde el poder del Estado, con el objeto de regular los deberes y derechos de los miembros de la sociedad civil. En la Argentina actual, la eticidad vigente está teñida por una "moral del egoísmo racional", que pretende mediar entre el mundo del capital y los sectores que soportan las presión y la violencia de los programas económicos neo-liberales. Su hipocresía ideológica ha sido recubierta argumentativamente con la doctrina de los "dos demonios", elaborada en el gobierno de Alfonsín y prolongada durante el régimen de Carlos Menem. Esa abominable doctrina silenció el plan sistemático de desaparición de personas llevado a cabo por la dictadura militar, y equiparó en tanto igualmente diabólicos a represores y a reprimidos, a los criminales y a sus víctimas, con lo que se justifica, en definitiva, la violencia pasada y la impunidad actual.

Por otra parte y en conflicto con esa ética del poder, los movimientos sociales que, con diversos grados de espontaneidad, expresan sus requerimientos de dignidad y de justicia, representan una "moral de la protesta" o una "moral emergente". Este movimiento de "justicia desde abajo", mediante formas diversas de resistencia y desobediencia, es portador de un régimen axiológico que quiebra permanentemente los postulados de la ética del poder y anuncia la constitución de una sociedad civil en la que impere una eticidad distinta, una eticidad que permita el pleno desarrollo de la riqueza y plenitud humanas. El símbolo más evidente, en nuestra historia contemporánea, de esa moral subjetiva que se enfrenta a la objetividad de las leyes del Estado, de esa "moralidad emergente" portadora de valores nuevos, está representado, para Roig, por el discurso y la práctica de las Madres de Plaza de Mayo. Estas mujeres, que fueron llamadas "locas" porque irrumpieron en el espacio público con la pretensión de desbaratar el orden objetivo asentado sobre la muerte, la violencia y el despojo, muestran con su valor y su perseverancia el camino por el cual será posible establecer, en el porvenir, una nueva eticidad, al tiempo que dotan a las muertes y los dolores del pasado de un sentido, y a las luchas de las víctimas de la represión de una continuidad, una reivindicación y un horizonte de realización futura. Simbolizan el derecho a la construcción de la memoria contra el olvido, la vigencia del principio de la dignidad humana contra las exigencias del mercado, el humanismo siempre renaciente contra la alienación del hombre frente al poder del mundo cósico por él creado.

El otro eje de las preocupaciones más recientes de Roig está también relacionado con otra ideología de los "vencedores": la ideología, en este caso de alcance mundial, del capitalismo triunfante. Se trata de un discurso que, después de la caída del socialismo real, vino a anunciar con aire victorioso el fin de los conflictos, la muerte de las ideologías, el envejecimiento de la crítica y de la sospecha como actitudes intelectuales y prácticas, la crisis definitiva de las utopías, el fin del sujeto, de la historia, del socialismo, de la modernidad, etc. Toda una larga cadena de muertes profetizadas ante el fin del milenio. Un milenarismo apocalíptico que encontró en algunos teóricos "posmodernistas" a sus principales sostenedores, quienes, con el seño fruncido, descalificaban toda posición crítica como un anacronismo propio de la "racionalidad moderna" felizmente fenecida en un mundo globalizado, donde la irrupción de las diferencias y la desaparición de los conflictos auguraban una era de libertad y consumo masivo.

Desde esta ideología "posmodernista", los críticos de la modernidad compartirían con las expresiones más características de la racionalidad instrumental un mismo horizonte: unos y otros participarían del mismo impulso homogeneizador y totalizador. Según su pensar, en el campo de la historia latinoamericana, tanto los ideólogos del terrorismo de Estado o de la doctrina de la seguridad nacional, como los teólogos y filósofos de la liberación, los obreros, los trabajadores de la cultura y los estudiantes que se opusieron a aquellos, habrían adolecido del mismo espíritu totalizador, habrían elaborado, en ambos casos, discursos omnicomprensivos, y se habrían movido siempre dentro de los límites de la "episteme moderna". He aquí una nueva expresión, en un nivel teórico-filosófico, de la doctrina de los dos demonios, ya mencionada.

El inquieto y juvenil espíritu de Roig no se dejó tentar por estas "novedades". Desde el principio sostuvo que el discurso posmodernista era una estrategia de "desarme de las conciencias", puesta en marcha por las políticas neo-liberales o, al menos, complaciente con ellas.

Señaló que la siempre saludable crítica a las formas de patriarcalismo y autoritarismo, propias de la razón moderna, no tenía por qué resolverse en la apología de la fragmentación. Denunció que el ahondamiento de la heterogeneidad y la particularidad era perfectamente funcional al acrecentamiento del poder financiero, la concentración de la riqueza y el incremento de la desigualdad social.

El tiempo le dio la razón, y hoy, ya en las puertas de la nueva centuria, vemos con sorpresa que el discurso que anunciaba tantas muertes y que prometía una renovación radical de las ciencias sociales y de las prácticas, fue efímero y pasajero. Desapareció rápidamente de los debates académicos, de los foros científicos y de las revistas especializadas, casi sin dejar huellas, y sus teóricos más destacados buscaron modos de súbita reconversión discursiva.

Entre tanto, las terribles guerras y genocidios producidos en Europa, así como las invasiones reiteradas de las grandes potencias a Panamá o Irak, venían a decirnos que con el fin de la guerra fría no se habían acabado, lamentablemente, los intereses de dominación y las ideologías más recalcitrantes de este siglo, así como también que el capitalismo no se había humanizado al ingresar en su etapa de globalización. Sus sucesivas, y cada vez más alarmantes crisis internas, son signos inequívocos de que no se encuentra en un estado rebosante de salud.

Pero, por otro lado, los indígenas de Chiapas, los Sim Terra de Brasil, los movimientos sociales en todo el mundo, nos mostraban que las utopías tampoco habían terminado. En lo que respecta a nuestro país, la lucha inclaudicable de las Madres, de los Hijos y de los demás organismos de derechos humanos, encontró resonancia en un juez español que, movido por un profundo sentido de la dignidad humana y de la justicia, inició una página nueva en la historia de la resistencia contra el olvido y la impunidad en la Argentina y en América Latina.

Hoy sabemos que el fin del segundo milenio nos coloca frente al inicio del tercero, que estará signado, seguramente, por fuertes contradicciones y conflictos, pero también estará preñado de promesas para el porvenir. Nuestro mejor homenaje para Arturo Roig es la convicción de que su ejemplo y su magisterio han echado raíces en la tierra fértil de las nuevas generaciones. El mejor homenaje es el compromiso de que no bajaremos los brazos, no olvidaremos la injusticia ni perdonaremos los crímenes, no renunciaremos a nuestra identidad ni a nuestra memoria, seremos siempre críticos de las variadas y renovadas formas de alienación humana que emerjan de las nuevas formas de vida, y confiaremos cada día en la capacidad transformadora del sujeto humano y en las posibilidades siempre renacientes de afirmación de su valor y de su dignidad.

  

[Palabras leídas por Estela Fernández Nadal en el Homenaje de la Federación Universitaria de Cuyo al Dr. Arturo Andrés Roig, por su trayectoria académica y su posición ética y política (Mendoza, Argentina, diciembre de 1998)
*Publicado originalmente en Signos en Rotación, Suplemento Cultural del Diario La Verdad, Año II, nº 79, Caracas, Venezuela, 24 de octubre de 1999. Edición digital de Marisa Muñoz]
 
© José Luis Gómez-Martínez
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