Arturo Andrés Roig
 
 
Ética del poder y moralidad de la protesta:
La moral latinoamericana de la emergencia*

 

"ÉTICA Y SALUD POLÍTICA DE LA SOCIEDAD ARGENTINA"

Comenzaremos afirmando que la moralidad, en general, comprende una faz objetiva, la ética y una faz subjetiva, la moral propiamente dicha. La ética es ese mundo de costumbres, normas y leyes que una sociedad, por lo general, desde el Estado, determina y define con el objeto de regular nuestros deberes y derechos. La ética, en el sentido que aquí le damos, tiene, pues, básicamente su lugar en el derecho. La moral, en cuanto aspecto subjetivo de la moralidad, lógicamente, no es ajena a la eticidad, más, de alguna manera le es anterior en cuanto que es desde la conciencia de cada uno que aceptamos o rechazamos lo estatuido, regulado y controlado desde y por el Estado. Demás está decir que no hablamos aquí de una "conciencia absoluta", en cuanto que todo individuo es siempre individuo social. Podríamos avanzar más y decir, entonces, que es desde la sociedad civil y dentro de ella, desde los sectores críticos de la misma, que se ejerce aquella moralidad de manera eminente. En los casos extremos y a propósito de ese sector crítico, que nunca deja de tener sus contradicciones y su diversidad de niveles y de ocasiones, hemos hablado alguna vez, siguiendo a Ramón Plaza, de una "moral de la protesta", enfrentada a una "ética del poder". Y si el Estado es poder, la política definida como lucha por el poder, cuando es honesta se apoya en esa conciencia crítica que hemos mencionado.

Lejanos antecedentes tiene la metáfora de la salud atribuida a la sociedad, a la nación, a la política o al Estado. Se ha hablado, lo sabemos, de "pueblos enfermos" y se han propuesto diagnósticos y curaciones para ese tipo de "enfermedades". Los riesgos de esta metáfora aparecen cuando se deja de pensar como tal, que fue lo que hicieron los positivistas biologistas de comienzos de este siglo que con su discurso cayeron, en más de un caso, en un racismo desembozado y violento. Recordemos, entre nosotros, el aberrante libro de Carlos Octavio Bunge, Nuestra América y el no menos repudiable de Alcides Arguedas, Pueblo enfermo. Para salvarnos de que el concepto de "salud social" o "salud política" del que vamos a hablar, sea entendido sin su correcto valor metafórico, vamos a remitirnos, de modo breve, al modo como la cuestión aparece planteada en los escritos de José Martí. La misma no muestra grandes desarrollos, si bien los tiene y precisos y elocuentes. La política es, para el héroe cubano, "el modo de hacer felices a los pueblos" (III, 61), con lo que no nos está diciendo que la política no sea la lucha por el poder del Estado, sino que el objetivo de esa lucha ha de encontrarse supeditado a ciertos valores y prácticas que están por encima del poder y de la fuerza, o antes que ellos, y a los que estos han de quedar, por eso mismo, subordinados. Y es esto precisamente, lo que el mismo Martí, en otros lugares denomina "sana vida nacional", o menciona como "aquella sana patria venidera"(II, 81 y 515). La consecución de esa forma de salud será lo que habrá de hacer posible lo que denominó "la república moral en América"(III, 517).
 

Pues bien, ¿cuáles son aquellos valores y aquellas prácticas de lo que depende nuestra "salud moral"? En verdad, en cuanto a los primeros, todos se resuelven en uno: la dignidad. "Yo amo con pasión —nos decía— la dignidad humana" (III, 54); la "aspiración primera —afirmaba en otra parte— ha de ser la dignidad", aclarándonos que se trata de "la dignidad plena del hombre" (III, 9 y 68). Y en otro pasaje dirá que "Cuanto no sea compatible con la dignidad humana, caerá" (II, 117). Oportuno y casi inevitable es, en este momento, que recordemos que cuando Kant quiso resumirnos en una palabra aquel enunciado de su imperativo que nos ordena considerarnos a nosotros mismos, así como considerar a los demás, siempre como fines y nunca como medios, lo hizo remitiéndose a la dignidad.

Decíamos que hay, además, por encima del poder y de la fuerza, ciertas prácticas que son asimismo causa de salud moral. Entre ellas, la principal, es la crítica. "Los pueblos —dice Martí— han de vivir criticándose, porque la crítica es salud" (II, 485). Los "pueblos enfermos" los constituyen, pues, aquellas sociedades que por obra de sectores de poder padecen inmoralidad tanto en su faz objetiva como subjetiva, en cuanto atentan contra la dignidad humana y en las que los sectores críticos o no se constituyen, o simplemente se encuentran reprimidos o fuertemente imposibilitados de cumplir una función que favorezca el establecimiento de una "sana vida nacional". En tal sentido y tal como lo hemos vivido nosotros, podremos únicamente admitir la metáfora.

Seguiremos, pues, recurriendo a ella. Vivimos en estos días, en nuestra sociedad, lo que bien podría ser descripto como un estallido de la conciencia moral. Los hechos, los conocemos todos. En primer lugar, la confesión pública de alguno de los represores, que tuvieron de modo directo en sus manos la faena de la tortura y la muerte, que ha permitido tomar conocimiento cabal de las formas perversas de racionalidad en las que puede caer un ser humano, racionalidad caracterizada por la ferocidad y al mismo tiempo, la eficacia en el suplicio y la destrucción de vidas humanas. Junto con esto, una inesperada confesión que supone una propuesta de reordenamiento de la moralidad, surgida del seno mismo de las instituciones represivas o que apoyaron ideológicamente la represión armada de la década de los 70: el documento leído por el Jefe del Ejército Argentino, Tnte. Gral. Martín Balza, el 25 de abril de 1995, acontecimientos todos que no sólo han conmovido al país, sino que han tenido repercusión mundial y, por último, la Declaración del Obispo de Quilmes, con motivo de la Conferencia Episcopal Argentina, Monseñor Jorge Novak, del día 28 de abril del mismo año, invitando a sus pares a reconocer la complicidad o, por lo menos, su silencio cómplice.

Estos documentos nos permiten —más allá de sus limitaciones y los márgenes de sombras que aún los acompañan— anunciar el surgimiento de un sector crítico que desde los grupos de poder ha venido a quebrar una eticidad lesiva de la dignidad humana.

¿Cuáles son las posibles causas de esta explosión de la conciencia moral? Algunos hablaran de aquella astucia a la que se refería Hegel para justificar la marcha a veces caprichosa de su dialéctica, otros, como Osvaldo Bayer, nos dirán que "la ética es como una cadena sin fin que viene desde el origen de la Historia" quebrando injusticias y dando razón a los oprimidos ("Carta a Rodolfo Walsh", en Página 12, Buenos Aires, 1° de abril de 1995). Más allá de filosofías de la historia que no las negamos en la medida en que con ellas lo que se expresa es nuestra fe en la humanidad a pesar de todo, hablemos de las inevitables contradicciones por las que cae y caerá siempre, como lo dijo José Martí, todo lo que atenta contra la dignidad humana.

Una de las causas de aquella explosión se encuentra, pues, en la inconsistencia de los regímenes perversos que les lleva a toparse, en algún momento, con la verdad y la justicia que han negado, desconocido y hasta destruido. Pero hay otra causa de tanto peso histórico y moral que ha sido, nada menos que la condición de posibilidad de la anterior. Hablamos de aquellos sectores críticos que no llegaron a una transparencia por obra de inevitables contradicciones, sino que, en virtud de una conciencia lúcida y de una capacidad heroica de resistencia, no se disolvieron ante el impacto de la violencia y de la muerte. Me refiero a todas las Asociaciones de Derechos Humanos y, en particular, entre ellas, a las Madres de Plaza de Mayo.

Si a alguien tenemos que agradecer esta explosión de conciencia moral es a esas Asociaciones, dentro de las cuales las Madres han adquirido la categoría de símbolo. Ellas son las que —volviendo a nuestro lenguaje metafórico— con su locura —se las llamó, bien lo sabemos "las locas de la Plaza de Mayo"— señalaron el camino hacia "aquella sana patria venidera" que anunciaba José Martí.

Nada más importante para la vida de nuestra moralidad que la trayectoria histórico-simbólica de las Madres. Alguna vez, haciendo una valoración de las figuras a las que hecha mano Hegel para explicarnos la historia de la constitución de la conciencia, así como la historia de la construcción de la eticidad, descubrimos el peso que tiene una de las más duras formas de conflictividad, la de la moralidad objetiva (ética) y la moralidad subjetiva (moral), una, según la añeja ideología patriarcalista propia del varón, la otra, de la mujer. Las Madres, no sólo echaron por tierra la vulgar atribución de una mera subjetividad al sexo femenino, sino que, sin temor a la muerte, ellas, como locas, restablecieron una racionalidad organizada plenamente sobre la dignidad humana y, desde ella, lanzaron un reto a la eticidad oprimente y opresora, alimentada en las más antihumanas ideologías. De ellas, de su valentía, de su impulso, de su constitución como símbolo, ha surgido esta posibilidad, no sabemos si lejana aún, de una democracia depurada en la que el derecho no sea carcelario, sino que sea, simplemente, condición para la vida.

Hemos hablado de los sectores críticos que son los que han provocado la actual situación explosiva de sinceramiento y de autocrítica moral. En verdad, la tarea recién comienza y debemos continuarla, si es posible, desde el diálogo. Queremos circunscribirnos ahora a lo propuesto en el título de esta exposición: ética y salud política en nuestra sociedad y en el momento actual.

Como lo hemos hecho hasta ahora centraremos nuestra atención en la cuestión de la salud del Estado, vale decir, de la eticidad tal como surge de dos cuestiones fundamentales: la política jurídica y la política económica. Dicho en otros términos, el derecho y la economía, ésta última, precisamente, en cuanto conjunto de disposiciones generadas por quienes han ejercido o ejercen el poder y mediante las cuales han concluido por imponer lo que podríamos considerar como un particular modelo económico.

Comenzaremos por esto último. El proceso de modelización económico del país no es cosa iniciada hoy, sino que tiene un desarrollo constante desde el momento en el que bajo la dictadura militar se establecieron nuevas reglas de acumulación de capital. Ese proceso ha concluido, en nuestros días, en un capitalismo neo-liberal dependiente, fórmula esta que estaba ya en sus inicios. Pues bien, desde el punto de vista de la eticidad podemos señalar dos formas de moral no precisamente compatibles: una de ellas, la moral del egoísmo racional que tiñe por completo a la eticidad vigente y, la otra, la moral principista, la de los Derechos Humanos, vale decir, la de aquellos sectores críticos de los que hemos hablado y de todos aquellos que aun cuando no militen en el campo de esa lucha por el derecho, se han sumado a él desde el ejercicio de la literatura, el periodismo, o simplemente desde prácticas tribunalicias. Hay todavía otra moral de tipo latente, la que hemos llamado nosotros moral emergente, a la que provisoriamente la caracterizaremos como aquella que surge de modo espontáneo de los sectores marginados y castigados por una política económica que ha levantado las banderas del egoísmo racional.

Más, no es el caso de ahondar esta temática. Quisiéramos ocuparnos de otros aspectos de nuestra salud moral que tiene que ver, exclusiva y específicamente con el derecho. Y lo haremos tomando como criterio de lectura de nuestras enfermedades morales, los axiomas, que podrían a la vez ser considerados como imperativos, del tetrálogo del Tnte. Gral. Balza y con lo que este militar se ha venido a sumar a la tarea crítica. ¿Cuáles con esos axiomas? Pues ellos dicen:

— Delinque quien vulnera la Constitución;
— Delinque quien imparte órdenes inmorales;
— Delinque quien cumple órdenes inmorales;
— Delinque quien para cumplir un fin que cree justo, emplea medios injustos, inmorales.

Pues bien, sobre estos axiomas surge una categorización de tipos de Estado. En primer lugar y en el orden histórico, el Estado de delincuencia: aquel Estado que genera una eticidad que justifica, favorece y encubre esas formas de delinquir y el Estado de impunidad, aquel que no llega a ser propiamente un Estado de derecho por cuanto mediante leyes, decretos y códigos inmorales, genera formas arbitrarias e injustas de irresponsabilidad moral. Y este segundo caso, que es el que estamos viviendo, es mucho más grave por cuanto la impunidad se la pretende justificar en nombre de la democracia.

Sobre estas bases deberíamos reformular nuestra memoria histórica, hondamente afectada y deformada por las formas de inmoralidad que implican tanto el Estado de delincuencia como el Estado de impunidad. Y deberíamos asimismo promover y exigir el necesario reordenamiento jurídico. Las leyes, decretos y códigos del Estado de impunidad deben ser dejados sin efecto, su sola presencia dentro de nuestro corpus jurídico es un atentado permanente contra derechos y garantías, aun cuando en nombre de éstas los abogados nos digan que no pueden ser derogados. A pesar de todo y con los recaudos políticos que los políticos consideren oportunos, deben ser derogados. Únicamente con medidas de este tipo podremos asegurar lo que Martí llamaba "una sana vida nacional".
 

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*[Primera edición de Ética del poder y moralidad de la protesta. La moral latinoamericana de la emergencia, autorizada por Arturo Andrés Roig para el Proyecto Ensayo Hispánico. El libro está fechado en Mendoza (Argentina) en 1998. Edición preparada por José Luis Gómez-Martínez]
  

© José Luis Gómez-Martínez
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