Arturo Andrés Roig
 
 
Ética del poder y moralidad de la protesta:
La moral latinoamericana de la emergencia*

 

"PALABRAS LEÍDAS CON MOTIVO DEL DÉCIMO ANIVERSARIO
DEL SECUESTRO Y POSTERIOR ASESINATO DEL PROF.
MAURICIO A. LÓPEZ"

Amigos queridos:
Hablar de Mauricio López en nombre de quienes fuimos sus amigos no es tarea fácil. Primero, porque a pesar de los años transcurridos, aún se agolpa en nuestras mentes la pregunta asombrada ante un hecho tan inicuamente injusto, así como se agolpa en nuestros pechos la indignación.

¿Cómo explicar que el hombre manso de corazón, el hombre justo, el amigo fiel y sincero, entregado a los demás con la más amplia generosidad, el ensoñador cargado de ilusiones, debía ser castigado con la muerte?

Yo sé —y lo sabía nuestro querido Mauricio— las respuestas siempre inconsolables que se pueden intentar a esa lamentablemente clásica pregunta. Aunque sea paradójico, está entre las posibilidades del justo sufrir la máxima injuria. ¿Por qué? Pues porque una vida justiciera no es una decisión de paz, aún cuando en lo más hondo de nuestro corazón ansiemos la paz y la prediquemos.

La muerte de nuestro hermano en el dolor y la esperanza fue la de un testigo en aquellas épocas atroces —que aún no han pasado y que aún son nuestra época y lo serán—, en la que una nueva racionalidad pugna por abrirse camino en el mundo.
 

Mauricio la entreveía desde una posición teológica, que no fue incompatible con una serena, generosa y clara posición política. Una actividad política que muy poco tenía que ver con bandos y partidos y que se desarrollaba en una cotidianidad intensamente vivida con los demás y, sobre todo, con aquellos que tenían la palabra del hambre, de la persecución, el exilio o la marginación.

Su pecado fue por eso mismo, para hablar otra vez en términos paradojales, el pecado del justo.

En aquellos años se produjo una toma de conciencia, oscurecida luego por el terror impuesto por el Estado fascista, que mostraba un camino, una vía, que se nos aparecía como imperiosa. Vivíamos de modo claro la quiebra profunda de una eticidad que de pronto se nos apareció como falaz. El propio pueblo argentino, el pueblo latinoamericano con sus luchas liberadoras —a través de los diversos caminos que los hechos mostraban— nos ayudó a poner en claro la falacia de una sociedad organizada sobre la injusticia y, por eso mismo, sobre la violencia organizada, a veces hábilmente, desde los aparatos del Estado.

Aquella vocación política tomó entre los más lúcidos receptores del mensaje de los pueblos —el sentido claro de una vocación social, que reclamaba precisamente la búsqueda de una nueva eticidad, que fuera expresión de una razón que no estuviera organizada sobre los falsos universales de una vida republicana de estructura alienada y alienante.

Vocación política que se apoyaba y se apoya en una fe en la sociedad civil como capaz de ser portadora de una eticidad, pero que debía para eso redescubrirse a sí misma, más allá de la tradición de la pretendida herencia progresista de un liberalismo irremediablemente caduco. No tenían sentido ya, como no lo tienen ahora, las grandes invocaciones con las que los sectores de poder intentaban e intentan descalificar las utopías, afirmando con violencia un mundo para ellos definitivamente tópico y por momentos ahistórico.

Las trágicas épocas que vivimos y que nos llevaron a la muerte, al exilio interno y externo y a todas las formas posibles e imaginables de marginación que genera la violencia, no estuvieron signadas por un espíritu demoníaco, al que se le inculpan hoy en día las respuestas demoníacas que sufrió el pueblo argentino. Plantear así las cosas es nada menos que falsear, una vez más, la historia de nuestros pueblos. Su insurgencia, la insurgencia de ese pueblo hermano, Nicaragua, no es expresión de lo demoníaco, como no lo fue en su momento la insurgencia cubana o la chilena, a no ser que pretendamos satanizar con nuestro discurso derechos y reivindicaciones burlados de mil maneras por los que detentan el poder. Esa insurgencia es, entre otras cosas, una búsqueda desesperada por alcanzar la constitución de una sociedad civil en la que impere una eticidad distinta —la del que en aquellos años se llamó el "hombre nuevo"—: una eticidad que permita el desarrollo pleno de la riqueza humana, de la riqueza que el ser humano en cuanto tal encierra y que da sentido a toda otra riqueza.

Vivíamos, no cabe duda, la utopía. Pero se trataba de una utopía que tenía una base de lanzamiento que la empujaba, un estado espiritual exigente que luego el terror apagó brutalmente.

Uno de los caminos para barrer con el "Principio-Esperanza" era, precisamente, el de la muerte y el de la muerte atroz. Como en la justicia arcaica, la muerte del reo debía despertar el temor. Y así se hizo. El pretexto de acabar con los grupos armados sirvió para aplastar el impulso de los pueblos por la liberación.

Vivíamos una utopía organizada como una "esperanza racional", que se ponía como exigencia lograr una concepción clara del objeto de esa esperanza. Los años que hemos vivido nos han aclarado en ese objeto y confirmado en él. Buscábamos, como buscamos ahora, lo que sigue siendo un túnel oscuro de desesperanza para los que no creemos en regresos a una tradición agotada, una racionalidad que no nos hiciera abjurar de la razón. Eso era utopía y, también, no lo era.

Nuestro estado espiritual era en cierto modo contradictorio: negar al mundo para poder afirmarlo. Una valoración del mundo como negativo, en cuanto imposibilitaba e imposibilita aquel desarrollo de las potencialidades humanas y, a su vez, como positivo, por lo mismo que creíamos y creemos en esas potencialidades.

Mauricio López, nuestro querido Mauricio, fue testimonio de todo lo que, con el corazón en la mano, estamos diciendo y lo fue cabalmente, con el dolor del martirio. Su dolor no será en vano.

Mendoza, 1º de Enero de 1987.
 

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*[Primera edición de Ética del poder y moralidad de la protesta. La moral latinoamericana de la emergencia, autorizada por Arturo Andrés Roig para el Proyecto Ensayo Hispánico. El libro está fechado en Mendoza (Argentina) en 1998. Edición preparada por José Luis Gómez-Martínez]
  

© José Luis Gómez-Martínez
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