Arturo Andrés Roig
 
 
Ética del poder y moralidad de la protesta:
La moral latinoamericana de la emergencia*

 

PALABRAS DE REGRESO*

Sra. Decana de la Facultad de Filosofía y Letras, Sres. Profesores, Alumnos.

Éste es para mí un acto solemne.

¿Será necesario decir que me encuentro embargado por la emoción? Indudablemente todos Uds. lo comprenden y se lo explican.

¿Cuántas cosas no han pasado en estos últimos diez años a los que bien podríamos llamar "los años crueles"? ¿Quiénes son los que se han salvado de sufrir, de un modo u otro —ya sea desde el exilio externo, ya desde el interno— las cosas a veces ciertamente inconcebibles que han acontecido? ¿Y qué decir de los hermanos desaparecidos cuyo nombre siempre será recordado y que debieron sufrir el olvido y hasta el desprecio de las normas más elementales del derecho?

Por todo ello, la respuesta dada por la Universidad Nacional de Cuyo ante mi reclamo de justicia, no puedo agradecerlo como si con este acto de estricta justicia se hubiera reparado tanta injusticia. Queda mucho por hacer para que casos como el mío no resulten ser tan sólo la excepción.

Por mi parte, no me considero —no me podría considerar jamás— como exclusivo merecedor de un acto reparador como es el presente. Lo que queda por reparar y lo que queda por reconstruir es inmenso y, desgraciadamente, en incontables casos no habrá ya reparación posible.

No puedo en este momento dejar de traer a la memoria de Uds., como mi homenaje personal, el recuerdo de aquellos colegas nuestros, de aquellos alumnos nuestros que desaparecieron para siempre. Mauricio López —a quien la Universidad Nacional de San Luis acaba de hacerle un homenaje— fue profesor en esta Casa; más aún, fue el alma del Instituto de Filosofía desde aquellos años en los que se fundó. Con Mauricio —cuyos generosos ideales nadie podría osar ponerles en duda— inicié mi tarea docente en esta Facultad hace ya más de treinta años. Él era quien dictaba Introducción a la Filosofía y yo era su jefe de trabajos prácticos. Mauricio, como tantos otros, ha desaparecido. Sea mi reposición un débil homenaje a su nombre y junto con él, homenaje para todos los que de un modo u otro sufrieron injusticias y agravios.
 

No es mi intención ponerme a remover el pasado, pero tampoco es una propuesta de olvido. Para poder decir "nunca más" se ha de recordar. Se nos plantea un ejercicio del recuerdo que, sin caer en una memoria como la de las Erinnias que lo anule, permita restablecer con toda su majestad esa maltrecha justicia. Me permito, pues, reclamar por todos aquellos que han padecido o padecen todas las formas imaginables de marginación, la puesta en marcha de una voluntad clara y valiente.

La otra cosa que quisiera tocar en estas breves palabras de reconocido agradecimiento tienen que ver, inevitablemente con la filosofía. La Universidad argentina ha sufrido uno de los retrocesos más lamentables de su historia. El saber y el cultivo del saber quedó arrinconado, en manos de aquellos que pudieron mantenerlo —no sin renunciamientos— en lo que bien podría ser llamado "un exilio interno", tal como lo dijimos en un comienzo. Pero la Universidad, como institución del saber, entró en un proceso de quiebra, de empobrecimiento. Generó en su seno un clima, el más negativo para el saber mismo, caracterizado por la desconfianza, el miedo y el terror. La reparación que se ha de llevar a cabo no es por eso mismo solamente de tipo individual —aún cuando los agravios hayan sido sufridos individualmente— sino que es institucional. Es la Universidad misma, como otras tantas instituciones, la que está exigiendo reparación. Levantar el nivel académico, alcanzando, por lo menos, los niveles que se habían alcanzado; generar el clima académico, es decir generar el clima de libertad y respeto sin el cual no hay avance en el saber.

Y en esta tarea, la filosofía tiene mucho que hacer. Que la relación que la filosofía ha tenido con la libertad, desde sus mismos orígenes, se ponga nuevamente a la luz con el nuevo espíritu que exigen los tiempos, tanto para los que tuvimos que emigrar de la Patria, como para aquellos otros que, en condiciones no mejores, mantuvieron alguna luz encendida. Que el ejercicio de esa libertad, que en filosofía es la puesta en marcha de una praxis teórica responsable y por eso mismo crítica, sea un hecho. Sin este requisito no solamente no habrá filosofía, sino que no habrá institución universitaria.

No se vaya a creer que pretendemos colocar a la filosofía en un lugar preferencial respecto de otras manifestaciones o formas del saber. En todas ellas es posible aquel ejercicio de libertad y, más aún, es imprescindible. Toca a la filosofía, sin embargo, la reflexión sobre el hecho mismo del ejercicio del saber como ejercicio de la libertad y, más concretamente aún, de liberación. Hecho que, aún cuando la filosofía sea, como todo saber, un "hacer teórico", no pueda alcanzar su plenitud sin ser a la vez un "quehacer práctico". Ya pasaron los tiempos del divorcio —meramente ideológico— de teoría y praxis. El filósofo, o quien se precie de serlo o humildemente quiera serlo, deberá regresar al ágora, deberá reincorporarse valientemente a la ciudad. Sócrates no fue grande por haber practicado el ocio, ni por haber descubierto la lógica, o el método inductivo. Lo fue por otra cosa, por su responsabilidad social y política. La filosofía no podrá jamás refugiarse en hermeneúticas, en "métodos internos", en una búsqueda de un "mundo de sentido", en esa desesperada e inútil lucha por ponerse "más allá del nivel proposicional", que lo único que hace es desfondarlo, sino que deberá invertir urgentemente la fórmula: no se trata de un "mundo del sentido", sino del "sentido del mundo".

Y, por último, con esto ya concluyo, para que todo esto sea posible, para que sea reparada la institución y para que el filosofar pueda desarrollarse sin cortapisas en contra de los que le tienen miedo al pensar libre, será necesario regresar a vivir nuestra vida pedagógica con aquel espíritu que fue apagado y vilipendiado y contra el cual se echó mano de recursos que nos resultarían difíciles de calificar. Siempre estuvimos por una pedagogía participativa, por una pedagogía activa, por una pedagogía autogestionaria --como la ha llamado con acierto Ezequiel Ander Egg-: siempre tuvimos fe en el estudiante, en su potencial renovador, en su impulso vital, sin que ello haya significado caer en un juvenilismo fácil. ¿Acaso no es éste el secreto de la vieja ironía socrática?.

Disponemos de una valiosísima tradición de esa pedagogía. Fue un mendocino, en el Siglo XIX, Carlos N. Vergara, quien dió nacimiento al célebre "Experimento de Mercedes" y por eso mismo fue expulsado de la enseñanza. Fue otro mendocino, a comienzos de este siglo, Julio Leonidas Aguirre, el suicida heroico, quien emprendió contra esos eternos "búhos apagadores" que han reinado en esta aldea nuestra. La Escuela Nueva, la de Decroly y Montessori, inspiró a otros nobles educadores de estas tierras, también expulsados de la docencia. La pedagogía autoritaria, que no es propiamente pedagogía, no admite aquella presencia renovadora y pujante que mencionábamos, la misma a la cual se sometía el viejo Sócrates —otra vez la imagen del viejo maestro nos resulta inevitable— en su trato con los adolescentes. Si nuestra actividad como pedagogos fue considerada un pecado, declaro que estoy dispuesto —como lo dijimos en su momento ya alguna vez— a caer en el pecado nuevamente.

Vuelvo, pues, con la frente alta y con la conciencia absolutamente tranquila. Vuelvo a dar la mano amistosa a los amigos que quedaron aquí en esta ya antigua Alma Mater, que sobrevivieron en ella y, lógicamente, a escuchar con todo respeto su experiencia a fin de enriquecer mi propia experiencia.

Muchas gracias.

 

ACTO DE BIENVENIDA Y DESAGRAVIO AL PROFESOR ROIG**

Recibimiento

Los alumnos aquí reunidos, juntamente con la Comisión Directiva del C.E.F.Y.L., hemos querido, mediante este sencillo pero firme acto, brindarle la mejor bienvenida al profesor Arturo Andrés Roig, destacado docente que fuera dejado cesante durante la nefasta misión "Ivanisevich" y reincorporado por resolución de la Justicia Federal.

Hemos pretendido, asimismo, que este acto sea también un desagravio para este profesor e investigador, cuya clara toma de posición durante el preludio del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, le valió la cesantía y el exilio que se prolongó en el cruento período de desgobierno militar. Estamos persuadidos, profesor, de que su actitud lúcida y valiente es un ejemplo para los futuros docentes que hoy lo reciben en este acto, toda vez que los crímenes, proscripciones y atrocidades cometidos en el bienio 74-75 y agravados en el gobierno de facto, fueron posibles porque faltaron más voces comprometidas y democráticas como la suya. Porque solamente el silencio cómplice y la omisión cobarde provocan la aceptación general de estos desmanes dictatoriales.

Todos aquellos que conocemos su brillante carera profesional, su osadía y autenticidad, queremos expresarle nuestra solidaridad y respeto ante su actitud de verdadero filósofo y ciudadano.

Hacemos extensivo este acto, en su persona, a todos los profesores cesanteados y perseguidos por motivos políticos, sin olvidarnos por supuesto de los que fueron asesinados.

Para finalizar esta sucinta ceremonia, le invitamos a dirigirnos la palabra, a fin de establecer un auténtico diálogo entre los integrantes de esta facultad y para comenzar a hacer de ella lo que nunca debió dejar de ser: una institución al servicio del pueblo y la nación.

DISCURSO DEL PROFESOR ROIG

Compañeros:

Ya podrán Uds. hacerse una idea de la emoción que en este momento me embarga. Las palabras leídas por el Presidente del Centro de Estudiantes, Gabriel Simón me han conmovido de modo profundo. Mientras él las leía pasaban por mi mente los recuerdos de aquellos tiempos en los que estudiantes y profesores, hermanados en una tarea común de construcción, intentamos llevar adelante una universidad nueva. Aparecieron entonces aquellos personajes a los que algún olvidado mendocino al que todos deberíamos venerar, Julio Leonidas Aguirre, llamaba los "búhos apagadores". Ellos vinieron a destruir, de la manera más cruel e inaudita, una posible sociedad libre y a reemplazarla por una sociedad represiva, por una universidad y, lógicamente, por una educación represiva. Una vez destruido todo, con la colaboración de más de uno de los profesores de esta casa, montado el régimen de terror —ese al que se le ha dado en llamar "terror de Estado"— sólo cabía hacer de la educación una realidad meramente formal y esclerosada, una educación de los huecos y de los silenciosos espacios vacíos que ocupaban el discurso de los antiguos discursos liberadores subversivos.

¿Cuál es nuestra tarea en este momento? Simplemente nuestra tarea es la de dar el paso de la sociedad represiva a la sociedad libre; de la institución represiva, la universidad, hacia una institución libre; de una educación verticalista, en la que primaba la prohibición y reinaba el control —un control que llegó a los extremos de la disciplina de cuartel, aceptada por más de un filósofo— a una educación pluralista, autogestionaria y participativa, es decir, democrática. ¿Cómo dar sin embargo el paso hacia la libertad?

No cabe duda que las circunstancias sociales e históricas —al impulso de esas benditas contradicciones— han facilitado un paso hacia la libertad. De ahí el "Estado de derecho", en el que se desea actualmente vivir y convivir. Mas, el "Estado de derecho", por importante que sea —y realmente lo es— no puede quedarse en una juricidad formal. En verdad, nació con ese espíritu. La historia argentina, nuestra historia y la de todos los pueblos hermanos nuestros en la lucha por la liberación, ha sido, sin embargo, un esfuerzo constante por pasar de una "jurisdicción formal" hacia una "juricidad concreta", es decir, social. En esa línea de comprensión y de praxis política —en todos los niveles— habría que colocarse y habría que actuar. Ésta sería una primera respuesta a la pregunta.

Una segunda respuesta sería casi una perogrullada: daremos el paso hacia la libertad, ejerciendo la libertad. ¿Cómo ejercerla y en qué ámbito? Hay uno que quiero señalar con fuerza: el ámbito humano de cada uno. No se vaya a creer que estamos llevando la cuestión a soluciones individualistas. Nada de eso. En ese "plano de cada uno" deberíamos comenzar a ejercer la libertad mediante un esfuerzo de superación de las "fobias", es decir, de los miedos. El miedo que hace sangrientos a los represores —que es su categoría básica, su única categoría— , tiene su contraparte en el miedo de los reprimidos. La educación verticalista, formalista, represiva en última instancia, funciona desde el miedo y sobre el miedo, pero, vuelvo a repetirlo, es el miedo de esos "guardianes del orden" en los que el temor los lleva hasta la irracionalidad.

En los reprimidos el miedo genera, inevitablemente la autorepresión, la autolimitación, la renuncia. El reprimido le hace el juego al represor en la medida en que se convierte, paradojalmente, en represor de sí mismo. No sigamos haciendo ese juego, ahorrándole al represor su tarea. Sé que no es fácil hacerlo, por lo mismo que nuestro miedo habita los ámbitos de lo no-consciente, se nos ha hecho carne. Hagamos una especie de análisis de nuestra psiquis, un auto-análisis que no será de una enfermedad individual, ni de la conciencia en cuanto conciencia moral. Para eso necesitamos del diálogo abierto, necesitamos de los esfuerzos de la crítica, no por cierto la clásica que les han enseñado a Uds., la "crítica de la razón", sino la crítica de la racionalidad vigente, que es también irracionalidad; necesitamos desmontar ídolos y, en particular, un ídolo del que no habló Francis Bacon, el del miedo, ese que nos desliza hacia la autorepresión. Ese miedo es una especie de Coatlicue: la monstruosa diosa azteca.

Arranquemos a Coatlicue, la diosa devoradora de corazones humanos, de nuestro corazón. Necesitamos una teoría de la crítica: no tengamos miedo de hablar de ideologías, por lo mismo que en ellas anidan los ídolos, en ellas vive Coatlicue. No temamos decir que la filosofía es un saber de sospecha y de denuncia, de sospecha de la maldad y de denuncia de la perversidad. No temamos pensar en la filosofía que sea filosofar con los no-filósofos, más allá de los ámbitos de una universidad que ha sido encerrada en sí misma, por el temor generado desde afuera y por el temor generado desde dentro. Pensemos en un pensar auroral y dejemos definitivamente todas las filosofías del búho. Ya lo dijimos en nuestra clase inaugural: el búho de Minerva es un pájaro embalsamado.

El país nos espera, las clases marginadas y explotadas nos esperan; América Latina nos espera. Empecemos una nueva aurora, aún cuando hayamos dejado desgarradas nuestras carnes —y tan dolorosamente— en este camino que vamos llevando.

¡Gracias!
Arturo Andrés Roig

Notas

  • * Acto oficial de reposición en el cargo del Profesor Titular Efectivo, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, conforme lo dispuesto por la Justicia Federal. Mendoza, 5 de Agosto de 1984.
    La difícil situación política propiciada por las dictaduras militares en el denominado cono sur de nuestra América, han afectado también la vida de los filósofos y el desarrollo de la filosofía en esa región. El caso del Profesor Arturo Andrés Roig, es ilustrativo de las características que tomó la represión en Argentina, en relación con los intelectuales dedicados al cultivo de una filosofía comprometida con las realidades sociales y culturales del país y de América Latina.
    Perseguido el Profesor Roig fue acogido afectuosamente en México, tradicional país receptor de exiliados latinoamericanos; y pudo realizar su obra docente y de investigación durante un año en la ENEP Acatlán de la UNAM. Otros años de su exilio, los más, los pasó en Ecuador, en Quito, trabajando para la Pontificia Universidad Católica, la Universidad Central del Ecuador, la Casa de la Cultura Ecuatoriana y FLACSO (sede Quito). Allí Arturo Roig tuvo ocasión de formar a muchos estudiantes, de colaborar en la creación y dirección del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Pontificia Universidad Católica, de colaborar en el diseño y realización de la ya clásica Biblioteca Básica del Pensamiento Ecuatoriano, de relanzar —en su segunda época— la importante revista de Historia de las Ideas, etc. Pero, si bien es mucho lo que él pudo aportar, mucho es también lo que el Ecuador y México han significado para Roig y su familia. Ese afecto y esa solidaridad quedaron plasmados simbólicamente en la condecoración al Mérito Cultural que el Ministerio de Educación y Cultura Ecuatoriana le concediera (Nota del editor).
  • ** Mendoza, 14 de Setiembre de 1984. Palabras pronunciadas en la Asamblea de Estudiantes convocada por el Centro de Estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo.
      

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*[Primera edición de Ética del poder y moralidad de la protesta. La moral latinoamericana de la emergencia, autorizada por Arturo Andrés Roig para el Proyecto Ensayo Hispánico. El libro está fechado en Mendoza (Argentina) en 1998. Edición preparada por José Luis Gómez-Martínez]
  

© José Luis Gómez-Martínez
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