Arturo Andrés Roig
 
 
Ética del poder y moralidad de la protesta:
La moral latinoamericana de la emergencia*

 

"LA 'FRAGMENTACIÓN' Y NUESTRO MUNDO"

Nuestra época se caracterizaría, sin embargo, porque la fragmentación habría alcanzado tales niveles que se habrían disuelto los lazos sociales. Para Gastón Bachelard, en un libro en el que anuncia el "fin de lo social", aquella disolución es tan profunda que las colectividades humanas han quedado reducidas "a una masa compuesta de átomos individuales lanzados a un absurdo movimiento browniano".

No todos los posmodernos piensan, sin embargo, de un modo tan radical. Para Jean François Lyotard, que se hizo célebre por su libro "La condición Posmoderna" (1983), la sociedad no se resuelve en un choque irracional de moléculas en suspensión en un líquido. Tiene algún orden y es dentro de él que se ha de reconocer el hecho de la fragmentación. Mas, no se trata, según intenta mostrarnos el autor, ni de un hecho histórico propiamente, ni de una política, aún cuando los seres humanos hayan intentado interferir en los procesos desconociendo la naturaleza de las cosas.
  

La fragmentación de la que nos habla Lyotard tiene como base el hecho de la inconmensurabilidad la que en sí misma no es nada nuevo. El caso más conocido es, por ejemplo, el de los valores. En efecto, la justicia no puede ser medida con las mismas reglas con las que se aprecia la belleza. A pesar de eso, los inconmensurables coexisten. Famosa fue la belleza de Catalina de Médici, así como su perversidad.

Pues bien, Lyotard pone el acento sobre una fragmentación que surge de la inconmensurabilidad que no sólo tiene que ver con los valores, sino también con ciertas formas discursivas. Para poder mostrarnos el peso de este hecho procede, antes, a declarar que el "lazo social" mínimo que une a los seres humanos entre sí y para él, sin duda alguna, el fundamental, es el que se establece sobre los "juegos de lenguaje".

Desde un declarado reduccionismo lingüístico, dirá que la sociedad no es una estructura en la que sus partes son funcionales las unas respecto de las otras (funcionalismo), como tampoco es una estructura integrada dialécticamente (marxismo), nada de eso, es, sin más, una masa de átomos, los individuos, que entran en relación entre sí mediante ciertos actos aleatorios a los que siguiendo el vocabulario de Wittgenstein, no su espíritu, denomina "juegos de lenguaje".

Una vez reducida la sociedad a hechos de lenguaje, tratará de convencernos de lo grave que ha sido desconocer ciertas formas de fragmentación que deben ser tenidas en cuenta y respetadas, si no queremos impedir el desarrollo de la ciencia y, a su vez, el de las sociedades.

El primer nivel de fragmentación que es necesario reconocer es una consecuencia tanto del reduccionismo lingüístico que ya mencionamos, como de una doctrina francamente atomista del fenómeno de la comunicación. Aproximándose al vocabulario de Baudrillard nos dice que "Los átomos (vale decir, los seres humanos) están situados en cruces de relaciones pragmáticas (es decir, de comunicación), pero también son desplazados por los mensajes que los atraviesan, en un movimiento perpetuo". La fragmentación se resuelve, en este caso, en lo que se puede llamar un atomismo social.

El segundo nivel de fragmentación no es menos profundo: se da en los mismos "juegos de lenguaje", en los que es necesario reconocer un grado muy fuerte de inconmensurabilidad. El desconocimiento de este hecho ha impedido nada menos que el progreso del conocimiento científico así como el desarrollo de la tecnología y la sociedad posmoderna se habrá de constituir en la medida en que se tome conciencia de esa situación y la revierta.

Esta otra forma de inconmensurabilidad que no es ya la de los átomos, sino la de los discursos, surge claramente de la confrontación entre dos hechos del lenguaje: la connotación y la denotación. En otras palabras, se trata de la inconmensurabilidad entre el lenguaje científico y un tipo de saber que Lyotard mete en una sola bolsa, al que denomina "relato". Dentro de éste se encuentran aquellos clásicos de la filosofía que intentaron discutir y proponer un orden de los saberes y de las prácticas.

Así, pues, si la primera fragmentación surgía de la afirmación de que la sociedad es fruto de una interrelación lingüística entre "átomos" y que esas relaciones, meramente pragmáticas, no van nunca más allá de "contratos temporales", la segunda fragmentación surge del campo de los conocimientos, entre los discursos denotativos (científicos) y connotativos (relatos). Contraposición ésta entre denotación y connotación que implica, a su vez, como trasfondo, otros matices de inconmensurabilidad que aseguran fuertemente la fragmentación conveniente para el avance de la ciencia y de la técnica. Se trata de los valores. En efecto, el discurso denotativo, en principio, se rige por los de "verdad-falsedad", mientras que el connotativo —por ejemplo el discurso acerca de la vida humana— por los de "justicia/injusticia", o los de "bondad/maldad", etc.

Y aquí viene la parte difícil. Pues, si belleza y maldad, aún cuando valores inconmensurables, coexistían en Catalina de Médici y, más aún, conformaban su identidad, no puede decirse lo mismo, según Lyotard, acerca de la incompatibilidad que se da entre "verdad" científica y los valores que se ponen en juego cuando está de por medio la dignidad humana. En efecto, así como respecto de ciertos valores se declara un tipo de inconmensurabilidad que les impide la coexistencia en un mismo hecho o sujeto, otros valores son mirados como compatibles a tal extremo que se borran los límites de la inconmensurabilidad. Así sucede con la "eficacia" o, si se quiere, la "potencia" como capacidad o virtud de producir efectos, frente a la verdad. Bien sabido es, sin embargo, que la verdad no es necesariamente eficaz. Por algún motivo Platón en Las Leyes cayó vergonzosamente en la justificación de la mentira, por entender que, en ocasiones, era recurso más eficaz que la verdad y Víctor Hugo, en Los Miserables declaró que la mentira, aún la "mentira piadosa", no debía ser ejercida, pues la dignidad de la verdad estaba por encima de la eficacia.

No se trata, pues, en estos posmodernos y sus seguidores de señalar los modos de coexistencia de los inconmensurables, sino de establecer, en este caso, igualdades de valores, desconociendo así el recurso a la inconmensurabilidad que ellos mismos ponen en juego cuando se trata de obviar la relación entre saber científico y tecnológico y responsabilidad moral. No es extraño, pues, que en relación con el poder político y económico, que se rige estrictamente por los valores de oportunidad y eficacia, llegue el autor a sostener que el hecho de disponer de mayores recursos para reforzar las "pruebas" de lo que consideramos como "verdad" en relación con un determinado hecho científico, "no deja de tener influencia sobre el ´criterio´ de verdad", falacia que tiene el riesgo de acabar con la universalidad de la ciencia, para reemplazarla por la universalidad del poder económico.

No nos puede extrañar lo que acabamos de comentar si pensamos que el saber científico, para Lyotard, dejó de ser hace mucho tiempo un "bien de uso", para ser simplemente un "bien de cambio". La ciencia es una mercancía más y se rige, en cuanto tal, por las leyes de la oferta y la demanda dentro de un mercado en el que la competencia no es extraña a la guerra y la arbitrariedad.

En resumen: la "condición posmoderna" se resuelve en un reduccionismo lingüístico; en un atomismo social; en un uso ambiguo del principio de inconmensurabilidad de los valores y, en fin, en una pretendida fundación objetiva de las formas de fragmentación social. Con todo ese andamiaje ideológico se quiere justificar las políticas puestas en movimiento por el estado neoliberal a favor de lo que el autor caracteriza como "contrato temporal" y cuyos alcances no lo limitan a lo que con la jerga contemporánea se ha dado en llamar "flexibilización laboral". "El contrato temporal —nos dice— suplanta de hecho la institución permanente en cuestiones profesionales, afectivas, sexuales, culturales, familiares, internacionales, lo mismo que en los asuntos políticos".

Un mundo fragmentado, eso es lo que esperan y desean los sectores de poder.
 

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*[Primera edición de Ética del poder y moralidad de la protesta. La moral latinoamericana de la emergencia, autorizada por Arturo Andrés Roig para el Proyecto Ensayo Hispánico. El libro está fechado en Mendoza (Argentina) en 1998. Edición preparada por José Luis Gómez-Martínez]
  

© José Luis Gómez-Martínez
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