Arturo Andrés Roig
 
 
Ética del poder y moralidad de la protesta:
La moral latinoamericana de la emergencia*

 

"EL 'RECLAMO DE CONTINGENCIA' EN JEAN-PAUL SARTRE:
UN IMPERATIVO"

En recuerdo de Dante Polimeni

Una vez más, como en todas las situaciones en las que se vive bajo la impresión de nuevos tiempos, surge la cuestión de la responsabilidad individual y social. ¿Cómo establecer sus límites y posibilidades? ¿Cuáles son las pautas dentro de las cuales se juega? ¿Se encuentran establecidas o lo son en el transcurso de una praxis? Nadie más que Jean-Paul Sartre llevó esta problemática hasta sus mismas raíces.

¿Queremos ser real y plenamente responsables o no? Y por cierto que esa cuestión encierra otra, la de si esa tarea de asumir la responsabilidad como radicalidad, es posible. Estas dos cuestiones nos ponen frente al esfuerzo heroico del filósofo francés.

Para adentrarnos en sus planteos digamos desde ya que para Sartre en sí es posible. Dos vías pone en juego el filósofo: la primera, la de afirmar la prioridad de la existencia respecto de la esencia; la segunda, la de denunciar la tradición occidental en cuanto ella ha sido construida sobre un desplazamiento de la existencia, se la ha negado una y otra vez y hasta se la ha ignorado. El terror de la contingencia que suele caracterizar tan fuertemente ciertas épocas, llevó a negar los valores propios de la existencia en cuanto constitutivo primario del ser humano. De ahí que se entendiera que la única manera de asegurarnos de que todo acto no sea el inicio de una nueva aventura desventurada, se encuentra en aferrarnos a las esencias, como lo que está más allá de lo contingente o como lo que hace participar a lo perecedero de una eternidad.
 

¿Cuál ha sido la consecuencia de esta actitud? Pues que la esencia como refugio que nos salva de la contingencia ha concluido por quitarle a la existencia ese margen de creatividad, de juego pleno de humanidad. Nuestra responsabilidad ha quedado establecida y figurada dentro de los marcos tranquilizadores y domesticadores de las esencias. Hemos creado un universo ficticio, una especie de cárcel, en la que nos sentimos tranquilos y nuestra conciencia puede recostarse consoladoramente, sin riesgos inesperados.

Pero, ¿por qué no jugar al riesgo? ¿Por qué no asumir nuestra inmersión en la contingencia y marcar nosotros mismos nuestro oriente? ¿Nuevo titanismo o invitación a ser más plenamente humanos? La tarea de Sartre consistió en un heroico esfuerzo por desnudarnos y dejarnos enfrentados a nosotros mismos. Para eso era necesario retomar la modernidad en uno de sus temas centrales, el del sujeto y discutir a propósito de él las cuestiones de existencia y de contingencia.

Nada tal vez más actual que ese tema tan debatido en nuestros días. Alguno de los frankfurtianos dijo que no había otro asunto de mayor importancia que el del sujeto, pero que lamentablemente el sujeto había muerto. Otros, entre los posmodernos, entenderán que el concepto de sujeto es demasiado fuerte y que tal vez únicamente es válido si lo miramos desde su actual fragmentación. Para unos y para otros el sujeto es una realidad ideológica, es un constructo de la razón y es, por eso mismo, una de las tantas invenciones con las que Occidente ha organizado el autoritarismo.

Pero, ¿acaso esos planteos no son tan negativos en sí mismos como lo eran las respuestas esencialistas provocadas por el terror de la contingencia? ¿Es posible desde ellos responder a la cuestión de la responsabilidad y del compromiso? ¿Hasta dónde llegan esa "muerte" y esa "fragmentación"? ¿No nos queda otra salida que la de un nuevo nihilismo?

Pues no hay tal para Sartre. Es cierto que su respuesta es trágica, pero nunca podrá ser entendida como pesimista. El sujeto —tal como se ha dado particularmente dentro de la cultura occidental— es un constructo, pero sucede que es algo más que eso. La distinción entre esencia y existencia le permite señalar un plano primario desde el cual la razón juega a las esencias, plano que no se resuelve en esencias y que tiene prioridad sobre ellas.

Sobre este hecho se organiza la tarea que nos propone Sartre: desprendernos de las armazones heredadas, de la "naturaleza humana" como un molde sobre los que se mide a los seres de carne y hueso, de lo establecido en cuanto a un pretendido "deber ser" desde el que se juegan una responsabilidad y un compromiso regulados por condiciones y normas externas. Si tal desprendimiento (dégagement) fuera posible —de hecho Sartre lo pone como condición de su sistema— nos encontraríamos ante la contingencia pura y nuestro juego de libertad sería radical. Únicamente desde aquel "desprendimiento" es posible un auténtico "compromiso" (engagement).

Ahora bien, cabe que nos preguntemos si habrá un ser humano capaz de colocarse en tal situación. El mismo Sartre reconoció la existencia de condicionamientos sociales y hasta podríamos decir que jugó a la contingencia con las pautas que le ofrecieron su sociedad y su tiempo. Pero, de todos modos, es necesario señalar con fuerza que intentó correr la aventura y propuso rescatar al sujeto desde una tarea crítica que sigue siendo lección permanente. Y dejó sentado, además, de modo claro y terminante, que la "muerte" del sujeto viene del lado de las esencias. Por algún motivo ya no existen esos tipos humanos que nos presenta la historia. Todos somos constructos epocales, como lo somos nosotros y a lo que no escapó ni el mismo Sartre. Como dejó señalado también —de modo claro y terminante— que el ser humano tiene siempre puertas abiertas para hacerse a sí mismo, lo cual supone dos cosas: primero que si no escapamos a las esencias, por lo menos debemos jugar un papel constructivo y no pasivo respecto de ellas; segundo, que eso lo podremos hacer en el momento en que pongamos pie en ese núcleo desde el cual se parte, el sujeto en cuanto existente. La célebre fórmula cartesiana no dice "pienso, luego soy", sino "pienso, luego existo". La conciencia es el lugar radical en el que nos topamos con el existir y, sobre todo, tal como lo ha afirmado Sartre, con el existir junto a otros. Desde esa roca que pedía Descartes en su célebre metáfora, surge un sujeto que muere constantemente para renacer, para rehacerse, por lo mismo que parte de un sustrato básicamente axiológico, hecho propio del existir. Por donde el reclamo de contingencia, frente a todos los absolutos que oprimen y alienan, sigue siendo punto de partida de un filosofar liberador y la lección de Jean-Paul Sartre sigue viva.
 

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*[Primera edición de Ética del poder y moralidad de la protesta. La moral latinoamericana de la emergencia, autorizada por Arturo Andrés Roig para el Proyecto Ensayo Hispánico. El libro está fechado en Mendoza (Argentina) en 1998. Edición preparada por José Luis Gómez-Martínez]
  

© José Luis Gómez-Martínez
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