Arturo Andrés Roig
 
 
Ética del poder y moralidad de la protesta:
La moral latinoamericana de la emergencia*

 

"LAS NECESIDADES Y LA FUNDAMENTACIÓN DE LA ÉTICA"

Como una respuesta al idealismo que movilizó a la juventud francesa del agitado Mayo del 1968, surgió una serie de doctrinarios que se dedicaron con fuerza a quebrar el mundo de ilusiones sobre las que se había llevado adelante aquel movimiento. El estructuralismo, entonces vigorosa ideología, daría armas para demoler la identidad de los movimientos protestatarios intentando mostrar la ingenuidad con la que los jóvenes se sintieron sujetos y agentes de un momento histórico. Cumplieron aquellos doctrinarios, anticipadamente, el mismo papel que vemos jugar en nuestros días a los post-modernos, empeñados en ejercer una ultracrítica demoledora que los arrastra a ellos mismos y sus negaciones. Se destaca particularmente entre ellos Jean Baudrillard quien publicó, en 1969, un significativo estudio al que tituló Génesis ideológica de las necesidades. De este asunto quisiéramos ocuparnos brevemente, desde nuestra perspectiva.

Recordemos, en primer lugar, que el problema de las "necesidades" es cuestión de primordial importancia en todos los movimientos que han impulsado hacia cambios en la vida social. Los jóvenes de Mayo del 68 invocaban, entre otras cosas, la exigencia de modificar las estructuras a efectos de que pudieran satisfacerse las necesidades humanas. La respuesta de Baudrillard consistió en hacer imposible la exigencia afirmando, desde un estructuralismo ciertamente vaciador, la naturaleza puramente ideológica de las "necesidades" incluidas entre ellas, las que son consideradas como indispensables para la sobrevivencia. Y por cierto que paralelamente intentaba con su teoría desfondar al sujeto, tanto el de las necesidades, como el que con actitud reivindicatoria y justiciera, exigía su satisfacción.
 

En efecto, para Baudrillard, la distinción entre necesidades que surgen de un "mínimo vital antropológico" y las que están "por encima" y que tienen su origen en lo que podríamos considerar como convenciones sociales, es equivocada; todas las necesidades tienen un mismo origen en cuanto son puramente ideológicas tanto las unas como las otras y no cabe, por tanto, la distinción. En efecto, es el "sistema" el que las crea y así, el reconocimiento de una necesidad como es la que tienen los niños de alimentarse para poder sobrevivir, es algo que es "inducido" por la sociedad; y si ésta entiende que no se ha de inducir la misma, luego ella no es creada y los niños son eliminados; otro tanto sucede con la sobrevivencia del obrero; en efecto, alimentar un proletario mediante el salario implica la generación de un "excedente", a saber, la "plusvalía" que rinde, por lo que la "necesidad de sobrevivencia" no surge de él sino de un contexto determinado de fuerzas productivas. Y así, si la plusvalía favorece formas de acumulación de capital, el sistema induce la necesidad de sobrevivencia del obrero, caso contrario no lo hace y es entonces eliminado. Mas, no sólo el sistema motiva todas las necesidades en cuanto que las pone o las quita, sino que genera también todos aquellos movimientos de "emancipación dirigida", y así como los impulsa puede no hacerlo. "Todo el sistema de valores individuales —dice Baudrillard— toda la religión de la espontaneidad, de la libertad, de la creatividad, etc. están impregnados de la opción productivista. Incluso las funciones vitales son inmediatamente funciones del sistema. En ninguna parte el hombre está enfrente de sus propias necesidades, y todavía más crudamente nos dice que "Si él (el ser humano) come, si bebe, si se reproduce, es porque el sistema necesita que se reproduzca para reproducirse: necesita hombres". O no los necesita, según los casos. ¿No estamos con estas afirmaciones moviéndonos con una lógica semejante a la de Auschwitz?

¿Qué es lo que mueve a Baudrillard a adoptar esta posición? Tentados estamos de afirmar algo que a él sin duda le molestaría, a saber, que su teoría es una "inducción" más del sistema y que por tanto el sujeto Baudrillard no existe. La suficiencia con la que escribe nos "induce" sin embargo a rescatarlo a él como sujeto de su propia doctrina, con lo que no podemos menos que hacerlo responsable de su cinismo o, cuando menos, de su pesimismo. Quedaría una tercera explicación de esta violenta denuncia del sujeto moderno —que en el fondo es lo que está en juego— en cuanto que textos como el de este pensador, generalizados en nuestro mundo contemporáneo, podrían ser vistos como un recurso metodológico encausado a despejar creencias y posiciones ingenuas y a sentar las bases para posiciones teóricas superadoras. Y así pues, en el mejor de los casos, podríamos recibir el mensaje y entenderlo como una paradoja que nos lanza necesariamente a encontrar la verdad "más allá". Aún cuando esta intención no sea expresamente la del ensayista francés, nosotros podemos aprovechar su doctrina en este sentido en cuanto no nos cabe duda de la naturaleza paradojal de sus afirmaciones.

Dos cosas nos dice que son de tener en cuenta, la primera, que ya no se puede hablar de la "autonomía de sujeto" como se hizo en el pensamiento europeo moderno, sin caer en una posición mítica; la segunda, que hay "necesidades naturales" o "biológicas", por lo mismo que toda necesidad, absolutamente, se encuentra mediatizada por el mundo cultural. En efecto, en materia de necesidades no hay posibilidad alguna de colocarnos en el plano de la "naturaleza". La distinción entre "necesidades naturales" y "necesidades convencionales" es, pues, simplista, en cuanto que aún lo considerado como puramente biológico, en el ser humano se da culturalizado. El impulso paradójico le lleva sin embargo a crear otro "sujeto" no menos mítico que el de la modernidad, a saber, el "sistema", con lo que hace "estallar" al antiguo sujeto mediante un desplazamiento de la subjetividad. Y, por otra parte, aquel fenómeno de la mediación que mencionábamos, es agigantado de tal modo que le permite declarar la más absoluta inconsistencia de toda necesidad, en cuanto que cualquiera que podamos señalar, es siempre producto de un agente que somete nuestras necesidades a las de él, las que sí son consistentes: son las del mercado regidas por una lógica que tampoco es la nuestra.

Estamos, no nos cabe duda, ante uno de los usos ideológicos de la "filosofía de la sospecha", lo cual implica una nueva paradoja en cuanto aquella filosofía surgió como herramienta para descubrir ideologías. Supone asimismo un abandono de la crítica y una entrega a posiciones ultracríticas. ¿Qué hemos de hacer ante esto? Pues reubicar el mensaje dentro de sus límites y rescatar en un nivel crítico, nociones que han sido hipostasiadas por el ultracriticismo en su empeño por quebrar el "sentido común" vigente en determinadas tradiciones. En efecto, si el sujeto moderno fue mitificado, no vamos a desmitificarlo inventando un nuevo sujeto no menos mítico, el "sistema". Es cierto que la sociedad de consumo se organiza sobre la manipulación a veces más descarada e inhumana de las necesidades, mas ello no significa que sea legítimo caer en la indistinción a la que llega precisamente este ideólogo. Es cierto que ante una mirada no ingenua, nuestro modo de ser en cuanto "sujetos" depende de una serie de factores que se entrecruzan y sobre los que la definición de nuestra identidad resulta ser problema complejo, mas ello no es óbice para hacer el "descentramiento del sujeto", la prueba decisiva de su muerte. Posiciones como éstas nos revelan la política de desarme de las conciencias que iniciaron estos estructuralistas y continúan en nuestros días los autodenominados post-modernos.

Para concluir digamos que toda necesidad o es meramente cultural como puede ser la que sentimos al escuchar música barroca o de beber coca cola, o está ineludiblemente culturalizada, como es la de alimentarnos y reproducirnos. Digamos que las primeras dependen en cuanto a su satisfacción, de las segundas, y que éstas muestran de modo evidente una determinada consistencia, aún cuando en su modo de ser histórico se nos aparezcan de variados modos según las épocas y los pueblos. Esa consistencia y esa movilidad relativa de las necesidades de las que estamos hablando, les permite precisamente funcionar como un apriori desde el cual los necesitados irrumpen en la historia y quiebran las formaciones éticas opresivas. Se trata evidentemente de necesidades que son inescindibles respecto de preferencias axiológicas vitales las que si bien admiten formas relativas de manipulación, poseen un peso propio desde el cual es posible fundar una ética.
 

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*[Primera edición de Ética del poder y moralidad de la protesta. La moral latinoamericana de la emergencia, autorizada por Arturo Andrés Roig para el Proyecto Ensayo Hispánico, 2000. El libro está fechado en Mendoza (Argentina) en 1998. Edición preparada por José Luis Gómez-Martínez]
  

© José Luis Gómez-Martínez
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