Fernando Ainsa
  

 

"EL PENSAMIENTO LATINOAMERICANO Y SU AVENTURA"

Cuando Hugo Biagini me invitó a participar en el homenaje que hoy 15 de junio, en el marco del aniversario del grito de Córdoba y de la Jornada Internacional sobre Reforma Universitaria, Democracia e integración, tan merecidamente se brinda en Buenos Aires a estos dos grandes pensadores rioplatenses, Arturo Ardao y Arturo Andrés Roig y al reflexionar en cual podría ser mi aporte desde la ciudad de Zaragoza donde vivo ahora descubrí para mi propio asombro, que nuestra generación ha sido una generación formada a distancia.

Antes que las Universidades "a distancia" organizaran sus cursos y sistematizaran exámenes y currículos y mucho antes que la vía informática que utilizara Biagini para invitarme y gracias a la cual he pergeñado estas líneas, viviendo en la diáspora en la que nos sumergió la historia de los años setenta, leímos y aprendimos de filósofos como Ardao o Roig. Lo hicimos en el desorden de lecturas y de libros obtenidos por azarosas vías, lejos del Río de la Plata. En ese "jardín de los senderos que se bifurcan", utilizando el símil del título borgiano, al que invitaban páginas fragmentarias, obras aisladas, artículos fotocopiados, referencias bibliográficas o simples notas de pie de página, fuimos descubriendo y reconstruyendo el pensamiento de quienes, inicial y respectivamente insertos en su propia circunstancia uruguaya y argentina, también se habían visto obligados al exilio y a rehacer sus vidas en otros países.

Si Venezuela y Ecuador pudieron beneficiarse directamente de la dedicación que los generosos espíritus de Ardao y de Roig impartieron en sus clases, el resto nos quedamos huérfanos de ese magisterio que da el aula y el contacto directo. En la distancia, hemos sido modestos autodidactas, pero ávidos estudiosos. Hemos seguido los itinerarios de sus pensamientos desde lejos y con la secreta envidia de quienes, día a día, estaban obligados a asistir regularmente a sus cursos.

En esa distancia descubrí los aportes que Arturo Ardao había hecho a la historia de las ideas de mi país, el Uruguay, sistematizando las claves de ese tercio final del siglo XIX que explica el ingreso a la modernidad ejemplar del siglo XX. Sus estudios sobre el racionalismo teísta y el deísta, sobre la masonería, el catolicismo masón, el espiritualismo ecléctico, los movimientos anticlericales, el liberalismo, el positivismo y su fundada apuesta por un José Batlle y Ordóñez más cercano del espiritualismo que del positivismo con el cual se lo identificaba tradicionalmente, databan de los años cincuenta. Sin embargo, sólo llegaron a mis manos en los 70, cuando inmerso en la abstracción intemporal de la filosofía europea de la que París pretendía ser su presuntuoso centro, redescubría felizmente el pensamiento de América Latina en la perspectiva enraizada de sus filósofos viviendo en intensa interpelación con la historia.

Entre ellos estaba Leopoldo Zea, con cuya amistad me honré en coloquios y en sus frecuentes pasajes por París, y para quien la filosofía americana no podía ser otra que la capaz de resolver el problema de los destinos americanos, aunque no por ello debiera definirse como una filosofía de signo nacional o regional. No sin malicia, el Maestro Zea me recordaba siempre que ni Sócrates ni Platón afirmaron nunca estar haciendo filosofía griega y, menos aún, filosofía universal. Pensaron en un momento dado de la historia y lo hicieron desde una sociedad y un punto determinado, confluencia histórica, social y geográfica a partir de la cual se desplegó un sistema de pensamiento que, sin ser explícitamente griego o universal, dio respuestas válidas al hombre de su tiempo, muchas de las cuales nos sirven todavía hoy. En esta perspectiva había leído a Arturo Ardao y así leería a Arturo Andrés Roig, porque ambos, más allá de las investigaciones empíricas sobre la historia de las ideas en América Latina, proponían una verdadera teoría y crítica del pensamiento latinoamericano como Roig o una teoría del espacio no euclidiano y un inventario de las capitales utópicas del proyecto de unidad continental, como Ardao.

Si he mencionado a Leopoldo Zea es porque gracias a él conocí, finalmente, a Arturo Ardao en París y, unos años después, a Arturo Andrés Roig en México. En ese encuentro en pleno Barrio Latino descubrí en Ardao una sorprendente afinidad personal y esa facilidad de contacto que permite el ágil intercambio de ideas en la brevedad de una entrevista, hito fundante de una relación que dura hasta el día de hoy, aún a través de las páginas de Cuadernos de Marcha donde ambos colaboramos. Con Arturo Andrés Roig. de quien también había aprendido en la distancia tantas cosas sobre el Siglo de las Luces en nuestra América y había admirado la modestia del "historicismo empírico" (como felizmente lo ha definido Horacio Cerutti) que practicaba como método de investigación, el encuentro, también propiciado por Zea, tuvo lugar en el marco solemne del Congreso Interamericano de filosofía celebrado en noviembre de 1985 en Guadalajara. allí, como luego en Ciudad Juárez, en San Juan de Puerto Rico y en Talca, plantamos los jalones de un territorio que hemos compartido desde entonces -la utopía- y cuyos primeros signos había leído en un número de la Revista de Historia de las Ideas publicada en Quito en 1981. En esas páginas Roig nos indicaba un camino: "La utopía iberoamericana como formulación de una "utopía para sí".

Un camino que no hemos dejado de recorrer desde entonces y en nombre del cual, lejos todavía de la posible meta, no puedo por menos que rendir homenaje a ambas figuras Ardao y Roig unidas la misma "aventura del pensamiento latinoamericano". No podía haberse elegido una mejor fecha. En este aniversario de los 90 años del primer Congreso de Estudiantes Americanos organizado por la FUBA, en ese 1910 tan cargado de connotaciones utópicas, como bien sabe Hugo Biagini, explorador de los senderos de las utopías juveniles a las que consagra sus mejores desvelos y con el cual también compartimos el itinerario, esta aventura es mas apasionante que nunca.

Fernando Ainsa
UNESCO - París

 

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Hugo E. Biagini, Compilador. Arturo Ardao y Arturo Andrés Roig. Filósofos de la autenticidad. Jornada en homenaje a Arturo Andrés Roig y Arturo Ardao, patrocinada por el Corredor de las Ideas y celebrada en Buenos Aires, el 15 de junio de 2000. Edición digital de José Luis Gómez-Martínez y autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico, Marzo 2001.
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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