Adriana Arpini
  

 

"LAS COSAS EN COMÚN"

Arturo Ardao y Arturo Roig tienen, además del nombre, otras cosas en común. Les cabe el mérito de contarse entre los pioneros en los estudios de Historia de las Ideas Latinoamericanas y de haber sido, en sus respectivos países, enérgicos impulsores de este campo de investigaciones filosóficas. En estas páginas, que pretenden ser un homenaje a la fecunda labor por ellos desarrollada, quisiéramos destacar algunos puntos en los que se acercan las posiciones de ambos pensadores, tal como surge de un par de obras de cada uno, las cuales son hoy consideradas como textos fundamentales de nuestra Historia de las Ideas. Nos referimos a las obras de Arturo Ardao: Filosofía preuniversitaria en el Uruguay (1945) y Espiritualismo y positivismo en el Uruguay (1950); y a las de Arturo Roig: Los krausistas argentinos (1969) y El espiritualismo argentino entre 1850 y 1900 (1972). No nos detendremos en el contenido de dichas obras - en lo que dicen -, sino en la manera de abordar las respectivas problemáticas - en cómo lo dicen -; pues entendemos, por una parte, que existen criterios comunes entre ambos autores y consideramos, por otra parte, que podemos sacar provecho de la lección contenida en esos escritos, aun cuando reconocemos que esa lección resulta ampliada y enriquecida en la posterior labor que ambos pensadores desarrollaron.

Pasión documentalista y pensamiento vivo

En su obra Espiritualismo y positivismo en Uruguay, Arturo Ardao se dedica al estudio de las ideas filosóficas en su país a partir de la instalación de la Universidad en 1849 hasta el comienzo del siglo XX. Dicha obra se articula con la anteriormente publicada por el autor sobre la Filosofía Preuniversitaria en el Uruguay. Ambos escritos ofrecen un panorama pormenorizado de la filosofía uruguaya desde la colonia hasta el primer cuarto del siglo XX. En estos trabajos abundan, como el mismo autor lo advierte, la reproducción de fragmentos de la época estudiada. Este hecho no es caprichoso; antes bien, responde a la necesidad de rescatar del olvido y dar a conocer documentos que constituyen “los tejidos fisiológicos de nuestro organismo cultural en su etapa de formación” (Ardao 1950: 9). Asimismo, ambos textos manifiestan el interés por dotar de sentido interno al proceso cultural del Uruguay decimonónico, desempolvando y organizando materiales que yacían dispersos en bibliotecas y archivos.

¿Pasión documentalista? ¿Afición museológica?. Seguramente, pero mucho más. Las obras mencionadas son el resultado de pacientes investigaciones realizadas en un momento fundamental para la constitución de nuestra Historia de las Ideas -nos referimos a las tres décadas que se extienden desde los años ‘40 a los ‘70- por quienes comprenden la importancia de reconstruir nuestra tradición de pensamiento como parte indispensable en la configuración de la propia identidad cultural y se hacen cargo de dicha tarea. En efecto, a partir de los años ´40, gracias al indiscutido impulso que le imprimiera en principio José Gao -a través de los Seminarios para el estudio del pensamiento en países de lengua española- y posteriormente Leopoldo Zea -desde el Comité de Historia de las Ideas en América-, se generalizan estos estudios en el continente como “deliberado esfuerzo. .. por fundar la autenticidad de la filosofía americana” (Ardao 1950: 11).

No se carecía de ensayos anteriores en los que se intentara una interpretación del desarrollo cultural; sin embargo estos caían frecuentemente en la simplificación de considerar dos formas antitéticas, caracterizadas por la impronta de la escolástica y del positivismo, respectivamente. Estas corrientes de pensamiento, por su carácter estructural, determinaron en buena medida el tono filosófico de sucesivas etapas del pensamiento uruguayo. Sin embargo, Ardao se ocupa de señalar matices, acentuaciones y aún mezclas con otras orientaciones. Tal es el caso de la escolástica colonial, que se entrelaza durante el ciclo revolucionario con la filosofía enciclopedista francesa; la cual es continuada luego por la ideología y el sansimonismo, que acaban por superar a la decadente escolática académica. Otro tanto sucede con el espiritualismo y el positivismo, irradiados por la universidad en la segunda mitad del siglo XIX. En sus respectivos momentos de predominio, estas corrientes de pensamiento impregnaron todos los aspectos de la vida pública: política, derecho, educación, literatura, moral, religión. “Trabados en los años de su articulación en ardiente polémica, protagonizaron su verdadero drama filosófico”, que puso al pensamiento uruguayo decimonónico ante la mayor crisis filosófica, “y lo constituyó definitivamente como entidad social”. Esa polémica asumió, nos dice Ardao, “los caracteres de una revolución cultural auténtica, consumada hacia los ´80 con la consagración del positivismo; revolución precedida y preparada por la que, hacia el ´70, había llevado a cabo a su vez el propio espiritualismo al ocasionar, en nombre del racionalismo, la primera ruptura formal de la inteligencia uruguaya con la iglesia católica” (Ardao 1950: 16-17). El esclarecimiento de dicha polémica es importante según Ardao porque, además del valor que reviste el conocimiento del propio pasado, ella expresa un conflicto filosófico radical y persistente. De ahí la importancia de aplicarse, como el autor reclama, “a una verdadera tarea de excavación y exhumación de los estratos culturales superpuestos”. Esta última afirmación presenta, a nuestro juicio, connotaciones “arqueológicas” que la convierten un verdadero desafío metodológico, sobre todo si tenemos en cuenta la fecha de su formulación, 1950.

Arturo Roig, por su parte, incursionó en el estudio de nuestro pensamiento avanzada la década de los ´50, al regreso de un viaje a Europa que le dio la oportunidad de profundizar en el estudio de los filósofos clásicos, especialmente en Platón (Roig 1972). Junto a la enseñanza de la filosofía antigua a través de la cátedra universitaria, trabajó en la rescate y reconstrucción del pasado cultural de su provincia natal, Mendoza (Roig 1963, 1966, 1970). Pronto sintió la necesidad de ampliar el marco de trabajo y, en contacto con Coroliano Alberini y Rodolfo Agoglia, comenzó la tarea de rastrear y recuperar materiales acerca del pensamiento ecléctico en el Río de la Plata. Los documentos acumulados a propósito del espiritualismo en la segunda mitad del siglo XIX, le llevaron a descubrir la significación del krausismo a nivel nacional. Su libro Los krausistas argentinos se publicó en 1969 y tres años más tarde apareció el volumen sobre El espiritualismo argentino entre 1850 y 1900. En esos años inició también el Seminario de Filosofía Latinoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, que fue seguido por jóvenes entusiastas, en un momento en que la existencia misma de una filosofía latinoamericana auténtica estaba puesta en entredicho y era necesario reconstruir su historia y justificar su sentido y significación.

El modo en que Roig encara el estudio sobre los krausistas argentinos le permite demostrar, por una parte, la vigencia e importancia que llegó a tener esta corriente de pensamiento en el marco de la evolución interna del racionalismo en la Argentina. Importancia que no radica tanto en el hecho de haber sido una doctrina cultivada en los ámbitos académicos, sino más bien por tratarse de un pensamiento vivo involucrado en el quehacer científico, jurídico, político, pedagógico, ético. Como última expresión del racionalismo romántico, el krausismo polemizó con el positivismo y trató de asimilarlo en diversos grados dentro de sus esquemas generales (Roig 1969: 329...). Por otra parte, el mendocino pone de manifiesto la difusión del pensamiento krausista en el terreno de las ideas y de la acción política, señalando que fue, precisamente, una ideología de inspiración krausista la que vertebró el más importante movimiento político argentino entre fines del siglo XIX y principios del XX: el radicalismo.

Al encarar la exposición del Espiritualismo argentino, Roig coincide con Ardao en la utilización de esa denominación para referirse a la evolución de las ideas en la segunda mitad del siglo XIX. Sin embargo polemiza con la historiografía filosófica argentina, en particular con las afirmaciones de Alejandro Korn, pues éste habría desconocido, en función de su tesis pan-positivista, la existencia de “corrientes débiles” y las formas de transición que sirvieron de puente entre el espiritualismo de la segunda mitad del siglo XIX y la “reacción antipositivista” que se desarrolló a partir de 1930. “La presencia no discutible del krausismo -afirma Roig-, que prolongó... la conciencia romántica argentina de modo ininterrumpido entre 1870 y 1930, movimiento ideológico que extrañamente no existió para Korn, es una prueba bien clara de la presencia de aquellas “corrientes débiles”, como también de la necesidad de replantear nuestra historia de las ideas” (Roig 1972: 10-11). La tesis que Roig demuestra con abundante documentación es que el proceso de las ideas filosóficas o “parafilosóficas” implica un movimiento dialéctico mucho más rico y variado, que ha sido en buena medida interno. Su objetivo es, pues, descubrir ese mundo ignorado y restablecerlo en sus procesos.

Para ambos pensadores la paciente tarea de documentación es un momento necesario, pero insuficiente. Se trata de abordar la Historia de las Ideas de modo que sin desconocer sus manifestaciones más visibles, sea posible reconstruir la savia de sus procesos más turbulentos y no siempre evidentes, las controversias que le dan vida, las situaciones conflictivas en que emergen ciertas configuraciones ideológicas, la dialéctica interna de su desarrollo.

Originalidad y unidad de la filosofía americana

Cabe por otra parte tomar en cuenta las consideraciones acerca de la Filosofía americana que constituyen el marco teórico-disciplinar en el que se inscribe la tarea desarrollada por Ardao. Señala, en primer lugar, que ha existido en América, desde la etapa colonial, “un pensamiento filosófico de curso continuo y coherente”. Además, dicho pensamiento “posee, en determinado sentido, originalidad”; la cual procede de las vivencias concretas de las doctrinas, ideas o filosofemas en relación con instancias históricas que contribuyeron a definir los instrumentos conceptuales de acuerdo con requerimientos propios. “Logos foráneo, pero pathos y ethos personalísimos” (Ardao 1950 :12). De estas afirmaciones se desprende que las formas asumidas por la política, la pedagogía, el arte, están referidas a una “conciencia filosófica epocal que las traba o las unifica” por cuanto expresa la unidad espiritual del proceso de la cultura. Por último, el uruguayo apunta que, si bien no es posible desconocer la rica diversidad de los procesos filosófico en los países de América, se puede no obstante reconocer cierta unidad fundamental que provendría del común condicionamiento europeo. Se trata, entonces, de reconstruir “la trayectoria de la conciencia filosófica americana en su intimidad propia y en su originalidad histórica” a fin de esclarecer, en última instancia, las condiciones de posibilidad de la filosofía de América.

Para Roig, plantear el problema de la originalidad de nuestra filosofía constituye en más de un caso un factor de distracción, ya que “si podemos mostrar un proceso dialéctico interno, de alguna forma surgirán modos originales de desarrollo”; sin que sea menester poner como meta la demostración de la originalidad de las formas de pensamiento. “Lo que sí ha de preocuparle [al historiador] es el estudio vivo del desarrollo de esas formas” (Ardao 1950 :12). Además Roig cuestiona el modo en que hasta ese momento se venía tratando el problema de las influencias filosóficas. En efecto, según la historiografía en curso, en nuestros países se habría mantenido una actitud pasiva respecto del desarrollo de la filosofía europea. Según esto, nos habríamos limitado a recibir externamente y de forma mecánica sucesivas oleadas de influencias. Por este motivo se hacía difícil y aún se llegaba a impedir la posibilidad de apreciar el desarrollo de procesos propios.

La originalidad y autenticidad de nuestra filosofía, así como su unidad, no se sostiene, según Roig, en el fenómeno cronológico de la coincidencia temporal entre nuestro pensamiento y el de los países exportadores de ideología. Antes bien, “surge del modo de relación del pensar con la realidad histórica, asumida como aquella realidad a partir de la cual el hombre americano afirma su individualidad desde el plano de su universalidad que le es dialécticamente consustancial” (Roig 1971: 2). No se trata de desconocer la riqueza y fecundidad del pensamiento universal, que por serlo también forma parte de nuestro patrimonio cultural; se trata, antes bien, de ponerse para sí como valioso y tener como valioso el conocerse por sí mismo. En esta posibilidad, que consiste en pensar a partir de la propia experiencia histórica, radica –más allá de la diversidad y multiplicidad de formas regionales que pueda tomar– la autenticidad y unidad de una filosofía americana.

En síntesis, las posiciones de ambos pensadores coinciden al considerar que nuestras ideas, nuestro pensamiento, en fin nuestra filosofía enraíza en la propia historicidad, desde donde, como sujetos concretos, construimos nuestro mundo objetivo y la propia “subjetividad”.

Adriana Arpini
Universidad de Cuyo - Mendoza

Referencias bibliográficas

  • Ardao, Arturo. Espiritualismo y positivismo en el Uruguay. México: Fondo de Cultura Económica, 1950.
  • Roig, Arturo. Platón o la filosofía como libertad y expectativa. Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo, 1972.
  • Roig, Arturo. Literatura y periodismo mendocino a través de las páginas del diario El Debate (1890-1910), 1963.
  • Roig, Arturo. La literatura y el periodismo mendocinos entre los años 1915-1940, a través de las páginas del diario Los Andes. 1966.
  • Roig, Arturo. Breve historia intelectual de Mendoza, 1966.
  • Roig, Arturo. El concepto de ‘trabajo’ en Mendoza durante la segunda mitad del siglo XIX. 1970.
  • Roig, Arturo. La polémica de 1873, 1970.
  • Roig, Arturo. Los krausistas argentinos. Puebla, México: Cajica, 1969.
  • Roig, Arturo. El espiritualismo argentino entre 1850 y 1900. Puebla, México: Cajica, 1972.
  • Roig, Arturo. “Acerca del comienzo de la filosofía americana”, Revista de la Universidad de México, XXV, 8, abril 1971.

 

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Hugo E. Biagini, Compilador. Arturo Ardao y Arturo Andrés Roig. Filósofos de la autenticidad. Jornada en homenaje a Arturo Andrés Roig y Arturo Ardao, patrocinada por el Corredor de las Ideas y celebrada en Buenos Aires, el 15 de junio de 2000. Edición digital de José Luis Gómez-Martínez y autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico, Marzo 2001.
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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