Ignacio García
  

 

"EL INSTITUCIONISMO EN LOS KRAUSISTAS ARGENTINOS"

1. Ardao, Roig y el estudio del krausismo en el Plata

En 1951, Arturo Ardao publica su Batlle y Ordóñez, pionero en los estudios sobre el krausismo en el Plata. En el se descubre, escondida bajo los pliegues de un espiritualismo racionalista de inspiración cousiniana, la veta krausista. Para ilustrarla, Ardao saca a la luz el testimonio de quien fuera dos veces presidente de Uruguay, hasta entonces tenido por positivista comtiano. El autógrafo que el propio Batlle estampó, durante su segunda presidencia, en la portada del Curso de Derecho Natural de Heinrich Arhens -"en esta gran obra he formado mi criterio sobre el Derecho y ella me ha servido de guía en mi vida pública"- deja pocas dudas al respecto (Ardao 1951: 166). Al otro lado del Plata, Arturo A. Roig en su obra de obligada referencia Los krausistas argentinos, de 1969, rescata del ámbito del eclecticismo donde estudios anteriores la habían marginado, la obra de quienes se vieron influidos por el racionalismo armónico, también a través de Arhens (Roig 1969). El respeto que Ardao y Roig se han ganado en el terreno de la historia de las ideas no se debe sólo a estos estudios sobre el krausismo, pero no está demás señalar que ese camino que los dos Arturos iniciaron fue transitado a finales del ochenta por muchos otros en una explosión bibliográfica que, aun proyectando nueva luz sobre el panorama por ellos esbozado, no ha dado respuesta sin embargo a todas las interrogantes que la obra de los maestros planteaba.[1]

Una de esas interrogantes que quedaron sin respuesta es la de cómo el krausismo español articuló su influencia en el Plata. Roig apunta el inicio de esta influencia en escritos del Boletín de la Institución Libre de Enseñanza que Carlos N. Vergara, la figura más destacada del krausismo argentino en el terreno de la educación, recoge ya a mediados de los ochenta en su El Instructor Popular. Menciona también los artículos que Adolfo Posada envía a El Diario Español de Buenos Aires entre 1906 y 1909, y se refiere a las visitas de Rafael Altamira en 1909 y de Posada en 1911, y a las que patrocinó después desde Madrid la Junta para Ampliación de Estudios. Lo que no puede conseguir Roig es explicar cómo encaja la huella institucionista en el marco que previamente ha dibujado sobre el krausismo en Argentina. No puede encontrar puntos de coincidencia entre estos visitantes y los protagonistas de su libro.

El propio Roig se echa las manos a la cabeza cuando ve que Altamira y Posada vienen a Argentina y en lugar de visitar a Vergara o Yrigoyen -que representarían en Argentina posiciones reformistas análogas a lo que el institucionismo defendía en España-, se "confunden" y visitan a un hombre tan del régimen como Joaquín V. González. Esta sensación de sorpresa Roig la expresa explícitamente refiriéndose a las visitas de Posada, señalando cómo este "no alcanzó a entender el significado histórico" del radicalismo: "Posada no supo...descubrir, a pesar de la agudeza de observador que lo caracterizaba, el papel histórico de radicalismo." (Roig 1969: 486 y 496) [2] ¿Por qué? ¿Hubo realmente falta de perspicacia por parte de Posada? Esta es precisamente la pregunta a la que trata de responder este artículo. Se apoya para hacerlo en la obra de un krausista español que emigró al Plata en 1889 y al que la referida explosión bibliográfica apenas si ha mencionado: Antonio Atienza y Medrano, clave, se argumentará, para entender la penetración del institucionismo en el Plata.[3] Investigar este tema no es, espero demostrar, baladí cuestión de curiosidad erudita. Atienza va a permitirnos también entender mejor cómo se produce ese cambio según el cual, España y América que durante el siglo XIX se habían estado dando la espalda, comienzan el XX dialogando.

2. Antonio Atienza en la historia del krausismo español

La biografía de Antonio Atienza y Medrano está ligada a la de Nicolás Salmerón y Alonso y a la de Francisco Giner de los Ríos. Cuando, tras la llamada primera cuestión universitaria, Salmerón funda el Colegio Internacional, allí aparece Atienza, que cursa estudios de Derecho en la Universidad Central, de profesor de latín. Al tiempo, escribe en El Pueblo en 1971 y en La República- el periódico más doctrinariamente krausista de todos- en 1973, y ocupa un cargo en la sección de Ultramar del ministerio de Gracia y Justicia, para el que es nombrado cuando el hermano de Nicolás, Francisco, es ministro, y del que dimitió al quebrar el general Pavía la legalidad republicana. Siguiendo a Salmerón fue en 1886 candidato a Cortes por su provincia natal, Almería, perdiendo en elecciones poco limpias por un puñado de votos. Jugó un importante papel en la Asamblea Republicana que en 1887 consumó la ruptura entre salmeronianos y zorrillistas, y cuando los primeros constituyeron el Partido Republicano Centralista, ocupó su secretaría y dirigió su periódico, La Justicia.

Su correspondencia con Giner demuestra que vivió con relativo protagonismo la segunda cuestión universitaria a pesar de que no era profesor y por lo tanto no estaba directamente involucrado en ella. Cuando Giner y Salmerón, desde el destierro, comienzan a estudiar la posibilidad de fundar una universidad libre, el grupo krausista que queda en Madrid, en el que Atienza está incluido, trabaja también sobre el tema. Durante el primer curso de la Institución Libre de Enseñanza enseñó Lengua y Literatura españolas en la sección de estudios preparatorios. Durante el verano de 1877 sustituyó a Hermenegildo Giner en la secretaría de la Institución y a Francisco en la dirección del Boletín de la Institución.[4]

Como ideólogo del krausismo, Atienza se estrenó con una polémica que mantuvo con el jurista y político Antonio Alonso Martínez a principios de 1877. Es este el periodo en que, tras perder los escaños y las cátedras, los krausistas sufren los ataques del joven Marcelino Menéndez Pelayo en la polémica de La ciencia española y las burlas de Ramón de Campoamor sobre "los caballeros de la lenteja". Alonso Martínez en su conferencia sobre "El movimiento de las ideas religiosas en Europa. Exposición y crítica del sistema krausista" acusar a este movimiento de impío, anárquico y socialista, exigiendo a los krausistas moderación y prudencia para que "sin renunciar a la libre investigación filosófica...guarden algún miramiento a la religión, que es el pan del pobre", porque "no hay orden social posible sin la fe religiosa".

En un período en que, dentro de las filas del krausismo nadie parecía interesado en defender la doctrina, Antonio Atienza contestó con un artículo titulado "El último discurso del Señor Alonso Martínez", que fue bastante difundido. Es esta una de las piezas más notables en la literatura apologética del krausismo español. Nos muestra incluso mejor que la Minuta de un testamento de Gumersindo de Azcarate, cuáles eran la actitud, el pensamiento, y las expectativas del krausista-tipo español de 1876, un krausista por cierto que tendrá que cambiar mucho y rápidamente para sobrevivir. Desenmascara en su escrito el concepto de religión de Alonso Martínez, basado en "la fe ciega, el fanatismo y la superstición", convertido "de supremo fin de la vida en menguado instrumento de otros fines", religión defendida no por su valor intrínseco sino como resorte de orden público. Cita para demostrarlo al propio Alonso Martínez, quien asevera: infunde resignación al proletariado hambriento. . y ahoga las tentaciones y calma las tempestades que la presencia del rico y los placeres del lujo levantan en su corazón, desgarrado por la miseria y agitado por la envidia y la concupiscencia para clamar luego con santa cólera: "Dígasenos si después de esto es lícito permitir que se acuse de impíos a los que solo pretenden la depuración y el ennoblecimiento del sentimiento religioso."

Tras rebatir las acusaciones, se concentra en lo que el sistema ofrece. El desarrollo de la ciencia, sostiene, positivo en cuanto ha quebrantado los hierros que oprimían en dura servidumbre el espíritu, ha tenido como efecto secundario el de relajar los vínculos religiosos promoviendo el más grosero egoísmo. La conciliación entre ciencia y religión es la primera valiosa aportación de Krause. La segunda es que su sistema no responde sólo a las exigencias del entendimiento sino que tiene en cuenta el aspecto ético de la verdad, conciliando el saber y el vivir. Lo cual no quiere decir que los que adopten este sistema "abdiquen de su propio pensamiento". Bien al contrario, la doctrina de Krause “exige como primera condición la interna libertad de pensamiento y reclama que cada cual indague la verdad a que haya de prestar adhesión, sin someterse ciegamente a autoridades y criterios cuyo interno valor y consistencia no haya de antemano reconocido".

Estas son las razones que explican "la excelente acogida" que el sistema de Krause tuvo "dentro y fuera de España". Atienza niega -contra la evidencia- que el krausismo estuviera pasando por una crisis. Dados por conocidos los partidarios de esta doctrina en España, se refiere Atienza a los extranjeros, citando a una treintena de personas y afirmando "que en estos últimos años se han extendido mucho en Alemania y Hungría".[5]

Este escrito muestra cómo el contacto estrecho establecido por Sanz del Río con el grupo krausista alemán todavía se conservaba en 1877, cómo los krausistas todavía se cuentan unos a otros, miden su influencia y esperan poner en práctica el plan del Ideal de la humanidad. Es el Atienza de 1877 el prototipo de la ortodoxia krausista, pero es este el momento en que la ortodoxia entra en declive. A medida que el institucionismo amplía sus redes y alcanza mayores cotas de transformación social, aunque el carácter, los valores, la manera de hacer permanece, el contenido doctrinal se diluye. Si bien todos avanzan en el sentido de adaptarse al positivismo, lo hacen en diferente grado y a diferente ritmo. Algunos a un ritmo más lento que el de sus líderes, pero siguiéndoles desde la misma evolución interna de su obra, no por copia superficial de la de ellos. Atienza va a ser de los lentos.

Lo prueba con sus Estudios sociales y políticos que con prólogo de José de Carvajal y Hué publicó en 1883. Este, republicano conservador, católico de corte liberal, nunca se confesó krausista, pero siguió de cerca la trayectoria de este movimiento cuya historia resume en el prólogo. Habla de los tiempos del sexenio democrático en que "púsose de moda profesar de krausista", de los ataques al krausismo en 1876-1877 que dejaron ya entrever "cuánto había decrecido la fe y relajádose el vínculo de la secta", y de los estragos que en ella había causado el positivismo. Añade: "Atienza es krausista y de los netos. Yo no le alabo el gusto, pero no puedo menos de admirar la pureza con que declara la doctrina y la fe con que la defiende" (Atienza 1883: XIV).

Carvajal está en lo cierto. A la altura de 1883, Atienza sigue, en lo fundamental, dentro de la ortodoxia krausista, de la que ya se han ido alejando sus maestros. La matriz ideológica que subyace los textos recogidos en este libro y que les da coherencia es El Ideal de la Humanidad. Cambian las circunstancias, no la base; la obra de Sanz del Río, publicada en 1860, tiene como referentes el espiritualismo cousiniano y el ultramontanismo de los Ortí y Lara; la de Atienza se escribe contra el fondo del doctrinarismo de la Restauración, el avance de las ciencias positivas y el neocatolicismo de Menéndez Pelayo. El de Sanz del Río era el krausismo ortodoxo de la época del eclecticismo; el de Atienza, el krausismo ortodoxo de la época del positivismo. Desde el krausismo se está de acuerdo con todos los avances científicos del positivismo pero sin aceptar sus excesos materialistas y respetando siempre el concepto de libertad que, escribir Atienza, es la piedra de toque para diferenciar sociología de biología.

Pertenece, pues, Atienza, con Urbano González Serrano, Augusto Gómez de Linares, Alfredo Calderón, Hermenegildo Giner y otros a la tercera generación del krausismo español, formada en los "cursos libres" que también impartía el Colegio Internacional. A finales de los ochenta, comparte con ellos el prestigio de que goza el institucionismo, y como ellos se mueve cerca de los círculos donde se toman decisiones políticas y educativas de gran repercusión social; pero, al contrario que ellos, no dispone de cátedra de instituto ni de escaño en las Cortes que le provean de ingresos con que sacar adelante a sus cinco hijos. Encontrando difícil proporcionarles las condiciones de vida a las que aspiraba, animado por la propaganda y las facilidades para emigrar que ofrecía el Gobierno argentino a finales de los ochenta, cabe suponer que con influyentes cartas de recomendación del que por entonces fuera representante diplomático en Madrid José C. Paz, el propietario de La Prensa, se embarcó para Argentina en marzo de 1889.

No perder en Argentina sus lazos con el institucionismo. Seguir·manteniendo contacto epistolar con Giner a quien pedir le envíe los Boletines de la Institución y "consejo, dirección e instrucciones para ver de hacer la cosa menos mal y prestar algún servicio positivo".[6] A partir de 1903, apoyar la política de Salmerón entre los republicanos españoles en el Plata, incluso frente a las agresiones físicas de los defensores del lerrouxismo y brindar·las páginas de su prestigiosa revista España a sus compañeros de generación.

3. Transplantando el ideal gineriano a la escuela argentina

No fue Atienza el único pedagogo español que dejó huella en la orilla sur del Plata. Baste recordar nombres como los de José María Torres o Félix Martín y Herrera. Hay que señalar, sin embargo, que ninguno de estos otros llevó de España ningún bagaje ideológico en el cual la sociedad argentina pudiera estar interesada. El caso de Atienza es diferente. Atienza llegó a Argentina invitado por miembros de la clase intelectual rioplatense que buscaban importar la única corriente pedagógico cultural con prestigio en el exterior que la España de fin de siglo podía ofrecer. Sólo así se explica que a las semanas de su desembarco estuviera ya empleado como redactor de La Prensa y de El Monitor de la Educación Común, y como profesor en el Colegio Nacional de la Capital.

Atienza cruzó el Atlántico con un proyecto a desarrollar: transplantar al Plata el institucionismo español. En la introducción a su libro La escuela argentina y su función social, en la que publica una selección de sus artículos en El Monitor, lo señalaba: “No me ha abandonado un solo instante el propósito firme de concertar, con los rasgos peculiares del espíritu nacional, que todavía pugna por orientarse y marcar derroteros a sus energías, las influencias bienhechoras de tendencias y doctrinas pedagógicas, que tienen en mi patria ilustres representantes (Atienza 1895: 7).

Eso fue lo que intentó hacer en los cinco años en que estuvo vinculado a El Monitor, la revista del Consejo Nacional de Educación -el influyente organismo que administraba la enseñanza en la capital y los territorios, y la supervisaba en toda la nación-, en la cátedra en el Colegio Nacional hasta su expulsión en 1901, y en las columnas de La Prensa.[7] La actuación de Atienza en la escuela argentina estuvo limitada, no obstante, tanto por causas coyunturales -la crisis de 1890 afectó también a la instrucción pública- como por razones estructurales: la demanda de inmigrantes "de levita", tan fuerte en las décadas del sesenta y el setenta, aflojaba ante la pujanza de egresados de las universidades argentinas que veían con recelo el encumbramiento de inmigrantes a puestos a los que ellos aspiraban. Intrigas y rivalidades personales parecieron cerrar a Atienza el acceso a la secretaria del Consejo Nacional de Educación en 1892. Atribuir que no le hubiesen nombrado a ella a "no haber hecho la corte con más asiduidad a las altas Potestades de la Educación Común".[8] Pero la influencia que Atienza podía ejercer sobre la escuela argentina estaba limitada también por sus ideas, ideas que le harán chocar a veces con otros educadores argentinos por defender al consejo y otras con el mismo consejo.

La polémica con Andrés Ferreira ejemplifica sus choques con otros profesores argentinos. Se inició en 1893, en las columnas de El Monitor sobre las comisiones revisoras de los libros de texto. Cada tres años, el consejo llamaba a concurso y nombraba una comisión que revisaba y aprobaba el uso de los libros de texto. A Ferreira, inspector técnico y autor de varios libros, entre ellos El nene en el que varias generaciones de argentinos aprendieron a leer, le parecía una intolerable intromisión del estado en un asunto que se debía dejar al arbitrio de las escuelas. Atienza defiende el procedimiento, vivamente impresionado por la dirección laica del sistema escolar argentino y, sobre todo, por su autonomía con respecto al Estado. Señalar como uno de los peligros que traería aparejada la total libertad de adopción de libros de textos en las escuelas el que la mayoría del personal docente se inclinaría por elegir los escritos por autoridades escolares con jurisdicción en su área, lo que "mataría todo estímulo en los autores huérfanos de influencia oficial y produciría el estancamiento más completo".[9]

Ferreira insistía en que el Consejo Nacional de Educación no representaba a los maestros, sino al Estado, que es quien nombraba sus miembros. A Atienza, su organicismo krausista le llevó a defender la autonomía de la esfera de la educación por encima de la defensa que de la democracia hacía Ferreira, porque "la ciencia" tiene más autoridad para gobernar que los votos y el sufragio sólo tiene sentido cuando el pueblo educado sabe cómo utilizarlo sin dejarse embaucar por los demagogos.

A menudo, como en este caso, los escritos pedagógicos de Atienza no desentonan con el discurso oficial de la burocracia educativa porteña en contenido. Defiende posiciones aceptadas por el consejo, aunque con argumentos diferentes a los que sus vocales hubieran utilizado. Pero se darán también casos en los que sus opiniones se enfrenten a las mantenidas por el consejo. Tal sucede con respecto a la creación de un Consejo de Educación Secundaria. Atienza saluda con entusiasmo la decisión tomada por decreto en abril de 1893 de pasar a la jurisdicción del consejo las escuelas normales de la capital, pero salta indignado cuando después cede de buen grado tal jurisdicción a este nuevo Consejo de la Educación Secundaria que también dirigiría los colegios nacionales. Con esta medida, Atienza disiente por razones que juzga "de carácter fundamental" (El Monitor. XIII, 1894: 1215).

Para Atienza, en la línea del krausofrobelismo defendida por la Institución, la diferencia entre escuela normal y colegio nacional es clave: mientras que en el colegio se completa el proceso educativo iniciado en la primaria, la normal debe cumplir el cometido de formar maestros, al igual que la Facultad de Ingeniería forma ingenieros. Si para el Gobierno argentino, las escuelas normales cumplen los mismos cometidos de ampliar los conocimientos de la escuela común que los colegios nacionales, arguye indignado, entonces cabría simplemente suprimirlas.

El Consejo Nacional de Educación, que tolera a Atienza cuando éste aprueba sus decisiones, le ignora cuando no, como en este caso. El control que el consejo ejerce sobre la educación común es tal que no necesita de Atienza, ni tan siquiera para que le defienda en batallas como la que acomete contra Ferreira. Que se mantenga durante cinco años en la redacción de El Monitor parece deberse al apoyo inicial que obtiene de su compatriota Martín y Herrera, vocal del consejo, y al aprecio personal que hacia él parece sentir su presidente, Benjamín Zorrilla.[10] Al ser éste designado ministro de Interior en enero de 1895, le sustituye interinamente en el consejo el vocal Pedro C. Reyna: él firmará la separación de Atienza de El Monitor antes de que en mayo se haga cargo definitivo de la presidencia José María Gutiérrez.

Marginado de la enseñanza primaria, la voz de Atienza todavía suena con fuerza en el área de la educación secundaria a través de las dos cátedras de Idioma Nacional que enseña en el Colegio Nacional de la Capital y de su influyente posición en la redacción de La Prensa. Los planteamientos institucionistas de Atienza le llevarán a atacar frontalmente la reforma de la educación secundaria promovida desde el ministerio de Instrucción Pública por Osvaldo Magnasco, lo que desembocar en su exoneración de las cátedras en marzo de 1901 y con ella, su definitiva marginación de la escuela argentina.

Como ya se había intentado antes, Magnasco decidió refundir las escuelas normales en los colegios nacionales, medida a la que se oponía Atienza, como hemos visto. Pero el enfrentamiento principal entre el periodista y el político se produjo en torno al concepto clave de la reforma: "la enseñanza práctica". El ministro se refería a estas tendencias prácticas en dos acepciones: la de retirar de ellas conocimientos de dudosa utilidad práctica como el latín, y la de desarrollar los estudios que pudieran contribuir al progreso material de la República. Su decreto de 27 de febrero de 1901 se proponía "reorganizar definitivamente la enseñanza secundaria", desligándola de la enseñanza propiamente preparatoria e integrando en ella "nociones elementales de trabajo agrícola, de trabajo y dibujo industrial y de química aplicada a nuestras principales industrias". En él se especificaba que la mitad del tiempo de clase se dedicaría a la enseñanza de las materias prácticas. La asistencia a las clases prácticas era obligatoria aunque "de tales asignaturas no habr[ía] examen" (Ministerio de Justicia 1903: 647-648).

Obviamente, tan temprana especialización no podía satisfacer la pretensión de formar hombres antes que profesionales que Atienza había heredado del institucionismo. Atienza y Magnasco comparten la crítica al memorismo, abogan por la aplicación de métodos inductivos a la enseñanza, pero aquí termina la coincidencia. Discrepan en el contenido que, mientras para Atienza ha de ser humanista, al servicio de la formación integral del hombre, para Magnasco debe centrarse en la formación profesional, al servicio de los intereses económicos de la nación. La Prensa no escatimó espacio en sus ataques al decreto. Las informaciones y comentarios al respecto ocuparon la mayor parte de la sección nacional del periódico y frecuentemente su editorial durante todo el mes de marzo y primera mitad de abril. Sectores estudiantiles apoyaron la campaña: el viernes 8 de marzo, más de mil estudiantes se reunían en el hall de La Prensa. El 17, unos tres mil desfilaron en manifestación hasta la plaza de Mayo. Después, el movimiento perdió ímpetu, momento que elige Magnasco para descabezarlo, atacando a quien supone su líder: el miércoles 27 se le comunica a Atienza que, por orden del ministro, "de acuerdo con el nuevo plan de estudios, no ha sido incluido en la nómina de profesores de este establecimiento."[11] El triunfo de Magnasco fue momentáneo: el Consejo Superior Universitario rechazó el nuevo plan de estudios, forzándole a presentar su dimisión a principios de julio. Su sucesor, J. E. Será, tardó semanas en modificar el plan de estudios y en anular la fusión de las normales con las secundarias. Pero Atienza no recuperó su cátedra.

Fracasó así la reforma de Magnasco que buscaba restringir el ascenso de las clases medias emergentes a la educación superior. Fracasó también el reformismo institucionista que fomentaba Atienza, ya marginado de la escuela argentina. Que no encontrara más apoyo bien pudiera deberse a su incapacidad para conectar con aquellos que en el Plata compartían supuestamente un mismo lenguaje filosófico: los krausistas argentinos que estudió Roig.

4. El krausismo en Argentina

Cabe suponer que Atienza conoció a los krausistas que destaca Roig -Wenceslao Escalante y J. Barraquero en lo jurídico, Hipólito Yrigoyen en política y Carlos N. Vergara en pedagogía-, y especialmente a Vergara, como él vinculado al Consejo Nacional de Educación, pero no reconoce en ellos a miembros de su misma escuela. Co-fundador de La Educación, con J. B. Zubiaur y M. Sársfield Escobar, Vergara protagonizó un interesante experimento en la Escuela Normal de Mercedes y fue también, durante los años en que Atienza escribió en El Monitor, inspector dependiente del consejo. Había llegado a Krause vía Arhens y había adoptado del krausismo una versión muy sui generis, una formación diferente de la de Atienza que llegó a Krause vía Sanz del Río y desarrolló su pensamiento dentro de la escuela institucionista en la que, aún manteniéndose una extraordinaria amplitud de criterios, regían también unas normas a las que él se adhiere.[12] Coinciden a veces en temas puntuales. Se puede percibir la mano de Vergara en la nota que publica La Educación en referencia a una reunión de los profesores de idioma del Colegio Nacional; de esta reunión se extraen unas conclusiones similares a las esbozadas unos días antes en una artículo de La Prensa y que el anónimo redactor comparte. Atienza, profesor de idioma del Colegio Nacional y redactor de La Prensa, es con toda probabilidad el autor o inspirador de este artículo. Se puede percibir del mismo modo la mano de Atienza en otro artículo de La Prensa que lamenta la destitución de Vergara de su cargo de director de la Escuela Normal de Mercedes, y que La Educación reproduce exactamente en el mismo número.( La educación, 103. 1990) Discrepan, sin embargo, en lo fundamental. Atienza, partiendo de la típica visión krausoinstitucionista, un tanto elitista y antidemocrática, defiende, como hemos visto, al Consejo Nacional de Educación como órgano de gobierno que garantiza la autonomía en el terreno de la educación, mientras que La Educación se enfrenta a él, acusándolo de desidia en el cumplimiento de sus funciones y de falta de voluntad para nombrar a las personas más idóneas a los cargos de responsabilidad; el propio Vergara ser destituido, al parecer en relación con esa actitud crítica. Tampoco con respecto a la reforma de la enseñanza propuesta por Magnasco sus criterios coinciden. Vergara se muestra partidario de la reforma porque contribuye a hacer la enseñanza más activa y más cercana a las necesidades de los escolares.[13]

Roig apunta que Vergara sabía ya de la Institución Libre de Enseñanza cuando publicaba su El Instructor Popular en Mendoza a mediados de los ochenta. Aún existiendo ese precedente, fue Atienza quien, a través de El Monitor estableció un puente de comunicación con los reformistas españoles. Si un artículo de Giner publicado en esa revista en 1885 prueba que a esta corriente ya se la conocía en Argentina con anterioridad, es a partir de 1889 cuando se multiplican las notas e informaciones relacionadas con el entorno institucionista, a través de artículos de Aniceto Sela y José de Caso, profesores de la Institución, y sobre todo de Pedro de Alcántara García. Al quedar Atienza desplazado del cargo de redactor de la revista, este flujo de informaciones disminuye, pero no se corta.

Si Atienza no reconoce a Vergara como alguien con quien comparta un mismo lenguaje filosófico, sí reconocer a Joaquín V. González, a quien Roig sólo menciona de pasada. Al estudiar el krausismo en Argentina, Roig se centra en personajes que, partiendo del arhensismo, mantienen posturas defensivas frente al positivismo, sin dar la debida importancia a otros que, como González, desde el mismo punto de partida evolucionan sin rechazar ese sustrato krausista a posiciones pro-positivistas, evolución análoga a la que sigue el krausismo en la Península. Político clave del segundo roquismo, González había estudiado la obra de Arhens en la Facultad de Derecho de la Universidad de Córdoba. Sobre la base de este arhensismo, Atienza y González pudieron mantener un diálogo fecundo, iniciado a comienzos de los noventa, cuando ambos se encuentran en La Prensa.[14] En 1907, fallecido ya Atienza, González anota:

Ambos tuvimos una misma fuente filosófica, él en los maestros yo en los libros. Krause a través de Arhens fue mi bautismo en la política fundamental. Krause a través de Azc·rate, Salmerón, Giner de los Ríos y otros nobles espíritus fueron sus iniciadores. Su intelecto y el mío siguieron las evoluciones del pensamiento filosófico-científico del siglo y lejos dejamos a nuestra amada filosofía Krausista, no sin reconocer que como medio de generalización y como base de metodología y disciplina mental no tuvo esa escuela rival hasta el día.[15]

Atienza y González intercambiaron opiniones sobre el lenguaje y la educación, la cuestión social y la reforma política, y las relaciones entre Argentina y España, manteniendo posiciones muy similares. Centrémonos en la educación, tema que apasionó a Atienza desde el aula, a González desde el gobierno. González, que fue nombrado vocal del Consejo Nacional de Educación a los meses de haber Atienza dejado de pertenecer a ese organismo, publicó un informe sobre la Enseñanza obligatoria y otro sobre Problemas escolares. En 1905 aparecer su Educación y gobierno, en el que se recogen discursos que pronunció en su etapa de ministro (1902-1905). Oficiosamente a cargo de los temas de educación en La Prensa, el español mantuvo contactos con todos los ministros de Instrucción Pública, con algunos como Magnasco, para lamentarlo. Mucho más íntimo, cabe imaginar, sería el contacto que mantuvo con González en las varias ocasiones en que este ocupó la cartera.

González compartió criterios con Atienza respecto a los concursos de textos y al rol de la enseñanza media, por limitarnos a los dos temas que, según esbozamos antes, preocuparon especialmente al español en Argentina. González, siendo vocal del Consejo, defendió en 1896 el sistema vigente sobre aprobación de libros de texto frente a presiones de autores y sobre todo de editores, "quienes, como es sabido, no se cuidan del adelanto de los niños sino de su respectiva empresa comercial". Lo defiende porque permite conseguir textos de mayor calidad pedagógica a un precio más razonable, pero sabemos también que González comparte con Atienza ese sustrato arhensista más elitista que democrático, y que bajo la defensa de los concursos yace la convicción de que habrá de llegar el día en que "la ciencia recobrar su imperio ideal de suprema conductora de la vida del universo", arrebatando ese rol a los que basan su acción en "el diletantismo y la retórica" que seducen a las multitudes (González 1935- 1937: 182 y 356).

Su posición con respecto a la función de la enseñanza secundaria es la misma que disgustos costó a Atienza frente a Magnasco. En un discurso que pronuncian la Segunda Conferencia de Profesores de Enseñanza Secundaria en febrero de 1905, González enfatizar que la función del ciclo medio es educar al hombre, no adiestrar al profesional: "Un plan democrático de estudios medios, no puede avanzar hasta la especialidad profesional sin desvirtuar su destino, su naturaleza y su origen." Más adelante: "La enseñanza media se debe antes a la cultura colectiva que a la preparación profesional." No quiere decir esto que González no vea la necesidad de una reforma de estas enseñanzas. Como Atienza, quiere que se dé mayor énfasis a las ciencias experimentales en detrimento del latín y el griego: pide "aplicación del método científico o experimental en todas las enseñanzas; eliminación absoluta o limitación discreta de asignaturas innecesarias...como la filosofía dogmática y las lenguas muertas" (González 1935- 1937: 361, 365 y 366).

La cuestión social y la reforma política fueron asuntos que ocuparon también las conversaciones entre González y Atienza. Al tiempo que González intentaba sin éxito en el Parlamento avanzar su proyecto de Ley Nacional del Trabajo, Atienza -que no había de ser ajeno a la elogiosa campaña con que La Prensa saluda el proyecto- publicaba una serie de artículos en su revista España defendiendo en ellos la intervención del Estado para proteger los derechos del trabajador en el mismo sentido en que lo quería hacer González.[16] Su talante político es también muy similar. Para el español, la regeneración de España pasaba por la República moderada. La actitud de Atienza tenía más puntos en común con la izquierda liberal monárquica que con los doctrinarios exaltados del republicanismo. Para González, la acción política pasaba por ensanchar la base del régimen, en una actitud inclusiva que sus pares en el roquismo iban a encontrar excesivamente avanzada. Su proyecto de reforma de la Ley Electoral sirvió al menos para abrir la puerta al Congreso al primer parlamentario socialista sudamericano, Alfredo L. Palacios.

5. La revista España

El libro de Roig estableció el marco dentro del cual se han estudiado las relaciones del krausoinstitucionismo con Argentina. En su capítulo VII, Roig considera los artículos de Posada y otros institucionistas en El Diario Español a partir de 1906 como clave. El haber estudiado a Atienza nos permite ahora conocer que la obra educativa de los institucionistas ya era bien conocida a principios de los noventa en El Monitor. Con los canales de comunicación con la escuela argentina cerrados, Atienza se volcar a partir de 1903 en la comunidad española, a través de su actuación como vocal en los primeros e influyentes años de la Liga Republicana y como presidente de la Asociación Patriótica, la institución de que se dotó la colonia para apoyar la causa española durante la guerra de Cuba y que, bajo Atienza, iba a recuperar el protagonismo que perdió tras la derrota de 1898. Es a partir de ahora, con la colectividad española como plataforma, que la voz de Atienza va a cobrar fuerza y escucharse no sólo en Argentina, sino también en la Península.

La revista España, portavoz de la Patriótica, que él fundó y dirigir, va a resultar clave para entender la nueva visión que en la Península se tenga de América y la nueva visión que se va a tener en América de la cultura española, y que va a llevar, en la segunda década del siglo, a la apertura de influyentes sectores académicos americanos a la cultura y la ciencia de España. Atienza señalar con orgullo que "alguna influencia ejerce en la opinión ilustrada de la Península y aún en las mismas esferas del Gobierno". Que se leyó con interés lo sugiere su correspondencia con Giner, que también deja entrever cuán presente tenía Atienza su trayectoria institucionista al dirigirla:

No puede imaginarse el placer que me ha producido la nota final de la tarjeta en que me dice que lee con interés (no lírico) la revista España. Es tan pobre nuestra obra que muchas veces temo que no sirva, como yo desearía, para mantener algún vínculo intelectual, por tenue que sea, entre estas tierras y nuestra desdichada España. Siempre y por cualquier motivo me acuerdo de V. cuando preparamos cada número... mía es toda la responsabilidad sobre sus deficiencias. Dígame las que advierte, para corregirla.[17]

Colaboraron en ella algunos españoles residentes en Argentina que antes de emigrar se habían movido en el entorno institucionista. Ignacio Ares de Parga, ex alumno de la Institución Libre de Enseñanza, que también continuó la tarea de divulgador del institucionismo en El Monitor. Carlota Gómez de la Plaza, ex alumna de la Escuela de Institutrices dirigida por Azcarate, que trabajó como profesora normal. Salvador Barrada, que presumir de amigo personal de Mario Méndez Bejarano en su etapa krausista, dirigir la revista tras la muerte de Atienza hasta su cierre en 1908.[18]

El tema del krausismo se filtró a menudo en sus páginas, permitiéndonos ver cómo se retrataban los krausistas a sí mismos desde la atalaya del comienzo del siglo XX, qué papel daban a esa doctrina en su vida y en su obra, y hasta qué punto presumían todavía del adjetivo. Un artículo de Altamira dedicado especialmente al público de las naciones hispanoamericanas, tras señalar que al krausismo se le juzgaba todavía por las "cuchufletas ingeniosas de Campoamor o con los ataques apasionados de escritores católicos, algunos de los cuales no repetirían hoy, seguramente, lo que hace años dijeron, o lo dirían de otra manera", añadía que "aunque suscribamos muchas de las refutaciones del sistema krausista y rechacemos tales o cuales de sus principios metafísicos [e]l krausismo, aquí y en Alemania, sigue viviendo a pesar de su metafísica". Subrayaba la influencia que el sistema ha tenido a través de autores "que incluso, rechazan su clasificación dentro del sistema de que proceden, porque no lo aceptan en toda su ortodoxia":

Los hombres que realmente entendieron a Sanz del Río, no pueden llamarse krausistas, si por su denominación se entiende tan solo a los que aceptan en su integridad... aquel sistema. Son, o han sido, inteligencias influidas, fecundadas, por el pensamiento de Krause, pero en las que este no ha cristalizado, sino que se ha mezclado y fundido con otras corrientes...Todo lo que es imperfecto, equivocado, perecedero en la filosofía de Krause, ellos lo han aventado...pero en todo lo que tiene -y no es poco- de progresivo y fecundo, ellos han permanecido fieles a la impulsión original. (Altamira 1906: 67).

Fiel a esta impulsión permaneció Atienza que, además, supo poner en contacto el mundo cultural español -empezando por el krausoinstitucionista pero sin limitarse a él, atrayendo también a noventayochistas como Miguel de Unamuno y Ramiro de Maeztu- con el mundo cultural argentino -los "hispanófilos" González, Miguel Cané, y Calixto Oyuela entre otros.

De cómo España influyó en la percepción que de América se tenía en la Península da buena cuenta el proyecto de Universidad Hispanoamericana. Promovido por la Unión Iberoamericana que presidía Faustino Rodríguez de San Pedro, entonces ministro de Estado, llegó en noviembre de 1904 hasta el Consejo de Ministros, que lo apoyó, para desvanecerse poco después. Con sede prevista en la Universidad de Salamanca, pretendía convertirse en el centro intelectual donde la juventud americana fuera a formarse. Se trataba de conseguir que los Gobiernos americanos aprobaran su plan de estudios y pensionaran a los estudiantes para que acudieran allí, en lugar de a Inglaterra, Francia o Alemania que eran los destinos habituales.

El gran empujón a ese proyecto vino de Buenos Aires. La élite de la colectividad, amiga de banquetes de despedidas, se había reunido el 7 de marzo de 1904 en el Club Español para decir adiós a Francisco Cobos, que fuera presidente de la Patriótica. Meses más tarde, Atienza recordará: “En uno de los brindis que se pronunciaron al final de esa comida, otro médico distinguido lanzó la idea de la fundación de una Universidad Hispanoamericana en España, e invitó a la comisión directiva de aquel centro social a que propiciase el pensamiento y encomendara al doctor Cobos la honrosa misión de erigirse en paladín del proyecto durante su permanencia en nuestra patria” (Atienza 1905: 6 y Altamira 1908: 371).

La propuesta fue acogida con delirantes aclamaciones. Obviamente ninguna asociación, incluida la Patriótica, pudo evitar "adherirse". Cobos visitó al presidente del Consejo de Ministros y al Rey, y dio conferencias en el Ateneo de Madrid y en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Las peripecias de su campaña monopolizaron por semanas las columnas de la prensa española. Implícito en el mensaje que difundía Cobos parecía hallarse el interés de importantes personalidades argentinas en el proyecto: borrada ya la leyenda negra de la dominación española, darían todo género de facilidades. Escribía El Imparcial: “El propósito corresponde a los altos y nobles anhelos de nuestros hermanos del Plata, al deseo de muchas autorizadísimas personas argentinas y al de no pocos españoles que aquí aspiran a unir, con vínculos eternos, los de la ciencia, a pueblos que hablan el mismo idioma y viven en el mismo ambiente de historia y de aspiraciones” (Hernández Díaz 1988: 402).

Sorprendentemente, las únicas reticencias al proyecto provinieron de Altamira, catedrático de la americanista Universidad de Oviedo, y de Unamuno, rector de esa Universidad de Salamanca. Para entender la posición de Unamuno, hay que volver al entorno de Atienza en Buenos Aires. Unamuno venía manteniendo correspondencia desde 1893 con Francisco Grandmontagne, correspondencia que se intensifica cuando el autor de Teodoro Foronda vuelve a España en 1903. Es Grandmontagne el principal colaborador de Atienza en sus primeros meses al frente de la Patriótica, y cuando se funda España. En carta personal, Grandmontagne calificará de "fantástico y absurdo" el proyecto, utilizando exactamente los mismos adjetivos que Unamuno le aplicará después.[19]

Para entender la respuesta de Altamira hay que mirar también a Buenos Aires. Atienza y Altamira se conocían ya de los tiempos en que este era redactor de La Justicia y aquel su director. En España fue una de los colaboradores más asiduos, y allí escribió sobre el tema. Señalaba en él cómo "de lo que se trata no es de fundar un establecimiento docente, mejor o peor, sino de atraer a la juventud americana que viene a Europa a completar sus estudios" y que prefiere hasta ahora las universidades francesas y alemanas. Añadía que, aparte de excepciones como las de Cajal para la Histología, Giner para el Derecho e Hinojosa para la Historia, "no podemos presentar un profesorado capaz de hacer la competencia a cualquiera otro extranjero" de los que atraen a los estudiantes sudamericanos y, quizá, más valiera "no acometer la empresa, aunque es muy halagadora, que exponerse a un fracaso". Hacía también la pregunta clave: qué piensan los americanos, puesto que es un proyecto se dice concebido en obsequio a ellos? (Altamira 1905: 1)[20] Atienza le respondió. "No piensan nada: “pruébalo hasta la evidencia el hecho de que no han comentado en ninguna forma, ni han despegado los labios. Han leído los telegramas de España, en que se relataba la brillante jira del doctor Cobos, se han encogido de hombros y han seguido adelante”.

Si se crea, declara, los americanos "no acudirían a ella a hacer sus estudios, ni a perfeccionarlos, sino seguirían concurriendo a los institutos científicos de Francia, Inglaterra y Alemania". La manera de atraer a los estudiantes americanos a la Península, añadía, no pasaba ahora por fundar centros universitarios.

Lo que debemos hacer es redoblar el esfuerzo, para que llegue el día en que sea posible lo que hoy es absolutamente quimérico, y apelar entre tanto a recursos más f·ciles, para establecer relaciones científicas entre América y España, poniendo en pá·ctica, entre otros, el medio propuesto por Rafael Altamira de enviar temporalmente profesores americanos a dar enseñanza en las universidades españolas, y de que vengan profesores de la península a explicar en las universidades americanas (Atienza 1905: 3).

La propuesta de Cobos no era la de las sociedades españolas sino de un sector de ellas, de ese sector afín a las ideas que en España defendía la Unión Iberoamericana. Frente a este sector, que Cobos representaba mejor que nadie, se alzaba otro que, percibiendo la opinión que en Argentina se tenía de España, reconocía la inviabilidad de las posturas que en España pretendían marcar el camino a los americanos. Va a ser este americanismo defendido por los institucionistas, fraternal y realista, el que va a resultar fructífero, al margen del americanismo paternalista y retórico de la línea oficial de la Unión Iberoamericana. Los pueblos americanos ni necesitaban protección de España, ni estaban dispuestos a admitir la que España les ofreciera y, por lo tanto, la vía de la Unión había de resultar por fuerza estéril.

Para conseguir que los americanos se interesaran en mantener contactos académicos con los españoles -programa mucho menos ambicioso que el de la ampulosa Universidad Hispanoamericana- habrán de darse tres difíciles condiciones: una colonia fuerte y entusiasta que presionase por ello; figuras públicas americanas dispuestas a transformar la política "de gestos" de la que a menudo se abusaba en las relaciones con España en política "de acción"; y un grupo de académicos españoles de primera línea con deseos de participar. El germen de todo ello estaba ya en España, pero Atienza muere repentinamente en 1906 y la revista a penas si le sobrevivirá con dificultades dos años más.

6. El viaje a América de Rafael Altamira.

Viajar a América era un viejo sueño de Altamira, expresado ya en 1906 en su nota necrológica sobre Atienza. Prefigurando entonces ese viaje que realizó tres años después, escribía:

Ahora, sí se ha marchado de veras Atienza; se ha marchado antes de cumplir yo una de mis aspiraciones más vivas, ese viaje a América que considero casi como un deber, y al realizar el cual, empezando por Buenos Aires, creí que encontraría los brazos amigos del que fue mi primer director en la tarea periodística y ahora representaba uno de los programas más gratos a mis sentimientos patrióticos. (Altamira 1906: 198 y 1908: 31)

En 1908, cuando Fermín Canella, rector de la Universidad de Oviedo, le propone que emprenda el viaje, se estaba imprimiendo su libro España en América, recopilación de artículos de tema americanista, entre ellos, los publicados en la revista España. Ese viaje contará desde el primer momento con el apoyo de González, entonces rector de la por él fundada Universidad Nacional de La Plata. A través de Atienza, González ya había entrado en contacto con Oviedo (España 1904: 1). Tanto Adolfo G. Posada como Adolfo Alvarez Buylla siguieron con atención su proyecto de Ley Nacional del Trabajo. El segundo, en su obra La protección del obrero, dejara constancia de que "tal proyecto pretende emular, y acaso lo consiga, a los Gewerbeordnung alemán y austriaco, y a la ley federal suiza del trabajo, y a las Factory Acts inglesas, y también a las modernas leyes que en Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos regulan las relaciones entre trabajadores y capitalistas" (Buylla en Posada 1912: 337). Por su parte, González había dado importancia a la bibliografía española en el Mensaje enviado al Congreso al presentar el proyecto de Ley, especialmente al escrito sobre el Instituto de Trabajo por Buylla, Posada y Morote de 1903.(González 1935- 1937: 319). Cuando se confirme el viaje de Altamira, la Universidad de la Plata le ofrecerá dictar un curso sobre metodología de la Historia, pagando al efecto gastos de viaje más seiscientos pesos mensuales, que suponía el doble de lo que percibían entonces los profesores argentinos.[21]

Fruto de este viaje fue un informe que elevó a la Junta para Ampliación de Estudios -organización, como sabemos, promovida también desde el entorno institucionista- denunciando el desinterés que había en España por las relaciones con América a pesar de la abundancia de relaciones "reales" que ya existían, como las creadas por la emigración, e hizo una propuesta de "Medios prácticos para organizar las relaciones hispanoamericanas" que incluían intercambio de profesores, envío de pensionados y franquicia de aduanas para el transporte de libros. La tarea de dar a conocer la cultura española en los centros universitarios americanos iniciada por Altamira fue continuada en junio del año siguiente por Adolfo González Posada, también conocido en Buenos Aires por sus colaboraciones en España y en El Diario Español, y que acudió igualmente invitado por González para dictar un curso en la Universidad de La Plata. La Universidad de Oviedo, que había abandonado poco antes tras obtener cátedra en la de Madrid, no estuvo directamente involucrada en el viaje, pero sí la Junta, que aprovechó el viaje para encomendarle, tras recibir el informe de Altamira, "estudiar y plantear en los países hispanoamericanos el establecimiento de relaciones científicas".[22]

Posada compartirá la idea de que las relaciones entre España y América debían establecerse de igual a igual, desechando por ridículas e inoportunas las ideas de reconquista espiritual y de hispanización. "Prescindamos en absoluto de toda pretensión a ejercer un influjo", escribió tras su visita. Recomendará a la Junta:

Emprender estas primeras misiones como por vía de tanteo y ensayo, sin darles mayores proporciones que las que les correspondan, ni rodear la acción de la Junta de manifestaciones desmedidas: no se trata, no debe tratarse, de ninguna empresa de descubrimientos, de penetraciones, sino sencillamente de estudio y de intimidad intelectual con aquellos países. (Altamira en Posada 1992: 26)

Las visitas de Altamira y Posada supusieron el primer intento serio por parte de España de establecer un diálogo académico con América, del que ya habían hablado Atienza y Altamira en 1905. Pero el proceso se detiene tras la visita de Posada, básicamente porque la Junta no cuenta con el capital como para continuarlo. Corresponderá a un sector de la élite de la colonia española en Buenos Aires agrupado en torno a Avelino Gutiérrez hacer avanzar este proyecto de colaboración académica.

7. Avelino Gutiérrez y la Institución Cultural Española

La biografía intelectual de Avelino Gutiérrez está también íntimamente ligada a la de Atienza. Ambos entraron juntos en el comité central de la Liga Republicana y salieron también a la vez. En la Patriótica, "nadie ha cooperado tan eficazmente como él en el éxito relativo de mi limitada actuación en estos últimos años", escribirá Atienza a Giner, que le presentará de esta manera en esa misma carta:

hombre de gran cultura y uno de los primeros cirujanos de esta tierra.. . Este reputado médico ha viajado ya hombre por España, ha trabajado con Francisco Rubio y con Ramón y Cajal, conocióa Augusto Linares, y aunque est· muy argentinizado por sus vínculos de familia es de los españoles que más se acuerdan de España, y sin alardes, vamos un verdadero patriota.[23]

Como el de Joaquín V. González, el nombre de don Avelino pasa a primer plano en la colectividad a partir del momento en que Atienza llega a la presidencia de la Asociación Patriótica. Poco amigo de escribir, es empujado por Atienza que publica un artículo en La Republica Española y cinco más en España.[24] De la mano de Atienza y de los profesores de la Universidad de Oviedo, a quienes también había visitado en su viaje a la Península en 1900, Gutiérrez se había insertado en la órbita del institucionismo, cuya visión de las relaciones culturales iberoamericanas aceptó como propia, sin cerrarse por ello a cultivar el contacto intelectual con personajes fuera de la misma, en particular con su comprovinciano Menéndez Pelayo.

Fallecido Atienza, don Avelino -que le atendió en el lecho de muerte- no reaparece en la vida social de la colectividad hasta el viaje de Altamira. Entonces encabezará la suscripción para apoyar la visita en la que se recaudó más de cien mil pesetas (Calzada 1927: 361).

Posada ya mencionó haber tratado con Gutiérrez y con otros emigrantes entusiastas el tema de cómo podrían estos ayudar a la Junta en su tarea de fomentar el intercambio académico con América, sugiriendo constituir con ellos unos comités que representaran a la Junta en los centros con quienes esta tuviera que relacionarse, que centralizaran el servicio de canje de publicaciones y que procurasen el concurso necesario a las misiones y delegados enviados por la Junta. (Posada, En América: 29-30). Pero ni en su momento más optimista podía haber soñado Posada que todo esto se haría realidad, y no precisamente por el esfuerzo de la Junta sino por la iniciativa de los propios emigrantes que, no contentos con apoyar el proyecto, incluso lo subvencionarían. Este es el ambicioso plan que está concibiendo Avelino Gutiérrez y que comenzar a poner en marcha en mayo de 1912, cuando llega a Buenos Aires la noticia del fallecimiento de Menéndez Pelayo.

Cualquier discrepancia ideológica que pudiera quedar en la colonia con respecto a la figura de Menéndez Pelayo la disipó Posada en un artículo en El Diario Español el 6 de junio en el que señalaba que, pasada la época de los enfrentamientos, Menéndez Pelayo y los institucionistas habían luchado en el mismo frente en pro del avance de la ciencia en España. Los krausistas habían hecho las paces con don Marcelino. Escribió Posada:

en peligro estuvimos de que el espíritu sectario de la "Izquierda" y de la "Derecha" nos hubiera nublado las luces de la comprensión. . . andando el tiempo, los "krausistas" de Oviedo, unidos en espíritu con Menéndez y Pelayo por tantas aspiraciones e ideales comunes, ofrecían al sabio ilustre la representación de la Universidad en el Senado español.

Por otra parte, el mismo polígrafo santanderino había suavizado sus críticas a los krausistas, señaló Posada, citando unas frases de las "advertencias preliminares" del propio Menéndez Pelayo con las que presentó a nueva edición de Los heterodoxos españoles.[25]

Aprovechando el momento, Gutiérrez conseguirá el apoyo económico de los hombres de negocio de la colectividad para subvencionar una cátedra Menéndez Pelayo, que se albergaría en la Universidad de Buenos Aires, de la que él era catedrático, y para la que se encargó a la Junta de Ampliación de Estudios eligiera profesores idóneos. El resto -las visitas de Ramón Menéndez Pidal, José Ortega y Gasset, Julio Rey Pastor etc.- es ya historia conocida que Roig refleja en su libro. (Roig 1969: 488). Pero no estará demás apuntalar nuestro argumento señalando que el apoyo de Gutiérrez a la causa institucionista -que se inicia ya en a principios de siglo cuando con Atienza promueve una suscripción en Buenos Aires para recaudar fondos para la viuda e hija menor de Augusto Gómez de Linares-[26] no se limitó a colaborar con la Junta en esa cátedra y a dirigir la Institución Cultural Española que el fundó para asegurar económicamente su permanencia.

En 1912 y antes de que se constituyese la Institución Cultural, este prestigioso cirujano había ya donado, por intermedio de Adolfo Posada, una suma de 12.000 pesetas anuales para que, como homenaje a Menéndez Pelayo y Ramón y Cajal, se emplearan en tres pensiones a otros tantos jóvenes para cursar en el extranjero los estudios que la Junta les encargase, pensión que se incrementaría en 1919, con la colaboración de su hermano, el también doctor Ángel, a 1.445 libras esterlinas.[27] No ha de sorprender, pues, que en las Memorias de la Junta se cite a la Institución Cultural Española como modelo y que se le reciba en España con todos los honores cuando viaje de noviembre de 1919 a septiembre de 1920. Representaba Gutiérrez la culminación del proceso de aproximación académica, proceso que ya se había iniciado con Atienza a partir de 1903, como recordó Altamira con ocasión de este viaje:

Sería inexacto afirmar que mediante la cátedra fundada en la Universidad de Buenos Aires por la Institución Cultural Española, han aprendido los argentinos la existencia de una España que no sospechaban. Años antes, esa existencia les había sido ya revelada por obra de los mismos "indianos", que aprovechaban todas las coyunturas para difundir en aquel país el conocimiento de lo bueno que en el orden intelectual aquí se produce (¿bastará·el recuerdo de Atienza y Medrano, entre los que ya no viven?) [28]

8. ¿Hubo error de percepción?

Cuando Rafael Altamira y Adolfo Posada viajan a América en 1909 y 1910, y se entrevistan con, e ignoran a los Vergara, Escalante, Barraquero e Yrigoyen -los krausistas de Roig- no lo hacen por falta de perspicacia como en un momento pudo sugerir don Arturo: entran a Buenos Aires por la puerta que les abrió primero su correligionario Atienza, que fue quien preparó el terreno, y después Joaquín V. González, cuya universidad puso el dinero. Atienza no pudo conectar con los krausistas de Roig, pero sí con González. Cómo se explica?

Como en España y en otros países europeos, el krausismo se difundió por tierras americanas, y en particular en Argentina, vía Arhens cuyo Curso de Derecho Natural fue durante décadas libro de texto en tantas Facultades de Derecho, entre ellas en la que González cursó estudios. A diferencia de en España, los krausistas americanos conservarán del racionalismo armónico poco más que su naturalismo jurídico, diluido a mediados de siglo en el eclecticismo cousiniano y acorralado por el positivismo al final.[29] Hay, claro, excepciones, la de González la más notable.

Mientras que en la España de finales de siglo se percibe al krausismo como una herramienta para romper el aislamiento y abrirse a Europa, en Argentina, abierta a lo último que se produce en el viejo continente, se le ve más bien como un freno al avance de las nuevas corrientes positivistas. Mantienen obvios puntos comunes con los españoles, por el patrimonio arhensista que comparten, pero ni en Argentina ni en el resto de Latinoamérica los krausistas españoles encontraron grupos a los que homologuen con su propia escuela: esto sólo lo harán con los belgas y los alemanes. Las analogías entre el krausismo argentino descrito por Roig y el español son menores que sus diferencias, y es eso lo que justifica que no hubiera diálogo entre Atienza y esos argentinos. Además, los argentinos no forman, como en España "escuela" y, si raramente se reconocen correligionarios entre ellos mismos; cómo iba a identificarlos Atienza? Pero sí conectó con González, que de Arhens había evolucionado hacia un positivismo sui generis, en camino análogo al que también siguieron los institucionistas.

En España, Atienza era republicano, y opuesto al cuasi-monopolio católico en la enseñanza, lo que le situaba en oposición a las políticas dominantes de la Restauración. Su republicanismo era no obstante moderado y entrado el siglo, siguiendo a Salmerón, con más puntos en contacto con la izquierda liberal -la de los Segismundo Moret, Eugenio Montero Ríos y tantos otros krausistas de primera hora- que con los exaltados de Lerroux. El institucionismo es esencialmente reformista, dispuesto a aprovechar cualquier resquicio de libertad cuando los liberales están en el poder para establecer, bajo su influencia pero como entidades publicas, organismos como el Museo Pedagógico o la Junta para Ampliación de Estudios.

Cuando atraviesa el Atlántico, Atienza se encuentra con que en Argentina la enseñanza es laica, y relativamente independiente del Gobierno de turno, gracias a la autonomía con que ejerce sus funciones el Consejo Nacional de Educación, y con que además cuenta -en comparación con España- con cuantiosos recursos. Esto es lo que él quisiera para España: Atienza defiende en Argentina la postura oficial. Puede simpatizar con la reforma de la práctica docente que promueve Vergara, pero no entiende a qué viene su oposición frontal al Consejo. Se colabora con él para que cumpla mejor sus funciones -como hace también González-, no se le ataca.

Se encuentra también con que Argentina es ya una república. No exenta de problemas, en algunos casos -los derivados de la corrupción electoral, de la "cuestión social"- muy similares a los de España. Pero su actitud es moderada, reformista, la misma de González que pretende aliviarlos son sus proyectos de reforma electoral y de Ley Nacional del Trabajo. No es una actitud de ruptura, de ataque frontal, como en Yrigoyen, que además cuenta con un lenguaje y una forma de hacer política muy idiosincrásica y poco fácil de entender desde fuera; con Yrigoyen se identificarán, sí acaso, en Argentina los lerrouxistas. El krausoinstitucionismo, con su énfasis en la educación y con su menosprecio del electoralismo al uso, tiene ciertos tintes elitistas que casarán muy bien con ciertas posiciones del liberalismo conservador argentino, y mal con el populismo radical, como Roig ya notó. Con perfecta coherencia ideológica, pues, Atienza, que es anti-régimen en España, se transforma en pro-régimen en Argentina. A través de España, esta es la visión de Argentina que acepta el institucionismo. Cuando Posada viaje por segunda vez en 1921, ya sin guías como las que Atienza había establecido para la primera, dialogar con el socialismo, que es con quien en esos momentos está dialogando en España también.

Roig está en lo cierto al declarar que Posada no simpatizó con el radicalismo, pero ellos no quiere decir que hubiera error "de percepción" por su parte. Posada conectó con quien Atienza había preparado el camino para que conectara. No había conexión posible con los krausistas de Roig, dado el diferente estado de evolución de las doctrinas, estancadas por las corrientes positivistas en el Plata, vitalizadas por estas mismas corrientes en España. En el capítulo VII de su libro, "La presencia del krausismo español en Argentina," falta pues Atienza. Falta también González, y con él otros que, sin renegar del arhensismo, pudieran haberse abierto al horizonte positivista. Y falta Avelino Gutiérrez que, compartiendo valores con el institucionismo pero sin dejar que la ideología interfiriera en sus planes, fue el que consiguió la financiación que hizo posible el contacto académico, contacto que el escaso presupuesto de la Junta no hubiera permitido, y financiación que no cabía esperar que la Universidad de La Plata continuase proporcionando indefinidamente.

Atienza, González y Gutiérrez son, pues, las fichas que faltaban a Roig - y a otros autores que se han ocupado del tema - para completar el rompecabezas de la penetración del institucionismo en Argentina, que es también el del restablecimiento -tras la Independencia- de las relaciones académicas con España. A esta conclusión hemos podido llegar precisamente porque Roig había ya establecido el marco general en el que plantear el tema en su Los krausistas argentinos, libro del que tanto hemos aprendido los que nos hemos dedicado a la historia de las ideas en el Plata. Este modesto artículo es una modesta prueba más de cuan fecundo resulta el camino que desbrozó el maestro en 1969 está resultando.

Ignacio García
University of Western Sydney
Australia

Referencias bibliográficas

  • Ardao, Arturo. Batlle y Ordóñez y el positivismo filosófico. Montevideo: Número, 1951.

  • Altamira, R. "La Universidad Hispanoamericana". España, IV, 75, 1905.

  • Altamira, R. "Los krausistas". España, VI, 124, 1906.

  • Altamira, R. "De mis recuerdos". España, VII, 156, 1906.

  • Altamira, R. España en América. Valencia: F. Sempere, 1908.

  • Atienza, Antonio. Estudios sociales y políticos. Madrid: Establecimiento Tipográfico Atocha 68, 1883. p. XIV

  • Atienza, Antonio. La escuela argentina y su función social. Buenos Aires: Félix Lajouane, 1895.

  • Atienza, Antonio. "La Universidad Hispanoamericana". España, IV, 87, 1905.

  • Calzada, R. Cincuenta años en América. Buenos Aires: Librería de Jesús Menéndez, 1927.

  • "El alma española en América". España, II, 57, 1904.

  • González, J. V. Enseñanza obligatoria. Buenos Aires: Félix Lajouane, 1900.

  • González, J. V. Problemas escolares. Buenos Aires: Félix Lajouane, 1901.

  • González, J. V. Educación y gobierno, Buenos Aires: Imprenta Didot, 1905.

  • González, J. V. Obras completas. La Plata: Universidad nacional de la Plata, 1935-1937.

  • Hernández Díaz, J. M. "La Universidad Hispano Americana. Un proyecto de principios del siglo XX", en M. C. Benso Calvo. Historia de las relaciones educativas entre España y América. Sevilla: Universidad de Sevilla, 1988.

  • Ministerio de Justicia e Instrucción Pública. Antecedentes sobre Enseñanza Secundaria y Normal en la República Argentina. Buenos Aires: Taller de la Penitenciaría Nacional. (1903): 647-648.

  • Posada, A. La República Argentina. Impresiones y comentarios. Madrid: Librería de Victoriano Suárez, 1912.

  • Posada, A. "Cultura Hispanoamericana. Posición del problema de las relaciones científicas con América, desde España". Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, Segunda época, 14, 1992.

  • Roig, Arturo Andrés. Los krausistas argentinos. Puebla: Cajica, 1969.


[1][i] Como muestra de esta explosión krausológica, y sin pretender ser exhaustivos, podríamos mencionar en el entorno argentino a autores como C. Alemian, O. Alvarez Guerrero, A. Bermúdez, H. Biagini, H. Clementi, J. de Zan, J. Orione y A. Puiggrós.

[2] La segunda cita se refiere en particular a la visita de 1921, en la que establece contactos con los socialistas en lugar de con los radicales, por quienes supone Roig debiera haber sentido más afinidad.

[3] Rescató del olvido a Atienza, H. Biagini con su "Un asunto krausológico innombrado: la réplica de Atienza y Medrano al ataque de Alonso Martínez", en Mary S. Vásquez (ed), Nuevas perspectivas sobre el Krausismo español, a special topic issue of Letras Peninsulares, Spring 1991; nos referimos a esa réplica más adelante.

[4] Cartas de Calderón a Giner, 21 de mayo de 1875, caja 2-17; de Gildo a F. Giner, s/f., caja 3-37; de Atienza a F. Giner, 9 de agosto de 1877, caja 3-35. Archivo de la Real Academia de la Historia, Fondo Giner de los Ríos, legajo 5 (ARAH). El Boletín publicó un artículo suyo, "Relaciones de la moralidad, el derecho y la religión", I, (1877): 37-38. Atienza aparece como socio accionista de la Institución con n ° de orden 406, n ° de acción 451 en el Boletín, I, (1877): 48.

[5] Conferencia de Alonso Martínez publicada en Revista Europea, IX, 150 y 151, 1877. La respuesta de Atienza fue publicada primero en la Revista Europea, IX, (1877): 155 y 157 y después en dos ediciones en forma de folleto bajo el título El krausismo juzgado por el Señor Alonso Martínez. Observaciones a un discurso del mismo, Madrid, Imprenta de V. Sainz, 1877. E. M. Ureña encontró referencias a este trabajo en Sachsische Landesbibliotheck, Dresden. K. C. F. Krauses, H. v. Leonhardis und Paul Hohlfelds Nachlass; citas textuales tomadas de Revista Europea, páginas 51, 52, 57 y 61.

[6] De Atienza a Giner, 22 de julio de 1889, caja 5-78, ARAH.

[7] Sobre el Consejo Nacional de Educación, véase R. Marengo, "Estructuración y consolidación del poder normalizador: el Consejo Nacional de Educación", en A. Puiggrós (compilador), Sociedad civil y estado en los orígenes del sistema educativo argentino, Buenos Aires, Galerna, 1991; sobre el Colegio Nacional Buenos Aires, H. J. Sanguinetti, Breve historia del Colegio Nacional de Buenos Aires, Buenos Aires, Edición de la Asociación Cooperadora Amadeo Jacques, 1963; sobre La Prensa, El periodismo moderno. "La Prensa" de Buenos Aires 1869-1914, Buenos Aires, Cía. Sudamericana de Billetes de Banco, 1914, y J. Rómulo Fernández, Historia del periodismo argentino, Buenos Aires, Perlado, 1943.

[8] Atienza a F. Martín y Herrera, 23 de agosto de 1892. Archivo familiar de Marta Campomar (AMC).

[9] Cita en El Monitor de la Educación Común, XII, (1893): 52; su visión del consejo en carta de Atienza a Giner, 22 de julio de 1889. ARAH, caja 5-78; también, su "Una visita a las escuelas", El Monitor de la Educación Común, 1889, IX, 159 y 161.

[10] Zorrilla prologa su libro La escuela argentina y su influencia social.

[11] La Prensa, 29 de marzo de 1901. El periódico, "anticipándose a la reparación que más pronto o más tarde habrán de otorgar al profesor destituido las autoridades del país", apoyó a Atienza creando en sus locales dos cátedras de la misma asignatura que impartía en el Colegio Nacional, con igual dotación e idénticos programas. A 28 de abril de 1901 contaba con 108 alumnos matriculados en primero y 85 en segundo, "estudiantes de secundaria, maestros y maestras, y no pocos caballeros extranjeros" que deseaban mejorar su español.

[12] Aparte de Roig, estudian la obra de Vergara J. C. Tedesco, "La instancia educativa", en Hugo E. Biagini, El movimiento positivista argentino, Buenos Aires, Belgrano, 1985, y F. Z. Terigi, "El caso Vergara. Producción y exclusión en la génesis del sistema educativo argentino", en A. Puiggrós, (comp.), Sociedad civil y estado en los orígenes del sistema educativo argentino, Buenos Aires, Galerna, 1991; A. Puiggrós, Sujetos, disciplina y currículum en los orígenes del sistema educativo argentino, Buenos Aires, Galerna, 1990.

[13] La Educación, 24, 1887. A. Atienza, "Mi destitución. Exposición de sus verdaderos motivos", La Prensa, 1 de abril de 1901.

[14] En 1898, Atienza publica bajo el título "Joaquín V. González", un estudio cuyas palabras finales muestran el aprecio hacia el riojano que el español sentía: "Y con valer tanto el pensador, el escritor y el artista, todavía vale más el hombre." La Ilustración Sudamericana, p. 271. González, en discurso que pronunció en la Asociación Patriótica el 22 de marzo de 1907 declararía: "Nadie acaso penetró más [que yo] en el fondo de la intimidad de aquel carácter, por una larga vida común de trabajo y de afectuosas correspondencias." España, V, 1907, p. 242. Unos meses antes había escrito al entonces presidente de la Patriótica, Rafael Aranda, refiriéndose a Atienza como "a aquel amigo tan mío, tan nuestro, cuyo recuerdo aún me impide articular palabras, desaparecido de súbito durante mi ausencia y cuando no pude siquiera darle mi despedida" España, VII, 163, 1906, p. 294.

[15] Escritor y maestro. (Dr. Antonio Atienza y Medrano) Discurso pronunciado en la velada de la Asociación Patriótica Española de Buenos Aires en conmemoración de los señores D. Fernando López Benedito, D. Tomás Lasarte y Dr. Antonio Atienza y Medrano, el 22 de marzo de 1907; por el Dr. Joaquín V. González. Buenos Aires, Robles y Cía., 1907. El discurso se publicó también en La Prensa y en España, v, 1907, p. 294, de donde se cita. Sobre la influencia del krausismo en González, véase Diego F. Pro, "Joaquín V. González (1863-1923)", en Hugo E. Biagini (compilador), El movimiento positivista argentino Buenos Aires, Belgrano, 1985.

[16] "El seguro obrero", v, 106, 1905, p. 1; "El seguro obrero en Alemania", v, 107, 1905, p. 4; "Los problemas del trabajo", v, 110, 1905, p. 5; "Casas para obreros", V, 111, 1905, p. 6.

[17] Primera cita en España, n ° 25, 1904: 1; segunda en carta fechada el 14 de abril de 1905. ARAH, caja 14- 344. Sólo un artículo de Giner se publicará en España, "Mi pesimismo", II, 35, 1904, p. 5.

[18] S. Barrada, "Dos madrigales", II, 49, 1904, p. 6; Gómez de la Plaza fue alumna también de Rafael Torres Campos, sobre quien escribe una sentida nota necrológica en II, 69, 1904, p. 2.

[19] Carta de Grandmontagne fechada 19 de diciembre de 1904. Casa Museo Unamuno, Salamanca. Posición de Unamuno en Unión Iberoamericana, 1 de marzo de 1904 y en artículo de El Heraldo de Madrid que se adjunta s. f. en nota confidencial del ministro argentino en Madrid de 5 de enero de 1905. Archivo de la Cancillería de la República Argentina, Legaciones y consulados extranjeros. España, caja 893, exp. 1; la nota, escrita por Vicente G. Quesada, muestra cuán bien en caminadas las críticas de Unamuno y Altamira iban.

[20]. Se muestra claramente en este artículo que Altamira no está a favor del proyecto, contrariamente a lo que J. M. Hernández Díaz en artículo citado sugiere.

[21] Véase correspondencia entre el rector de la Universidad de Oviedo, Fermín Canella y González de fechas 31 de diciembre de 1908 y 27 de febrero de 1909 en R. Altamira, Mi viaje a América. Libro de documentos, Librería general de Victoriano Suárez, Madrid, 1911. Roig señaló ya que la universidad de González financió esta visita y la de Posada (página 480); nuestro trabajo describe el contexto en el que la invitación de González se produce.

[22] Una selección de sus artículos en Argentina se publicó en A. Posada, Para América, desde España, París, P. Ollendorf, 1910; el informe de su viaje en En América: una campaña. Relaciones científicas con América (Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay), Madrid, F. Beltrán, 1911; en su página 7 se incluye la invitación de González. La invitación de la Junta en Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, Memoria correspondiente a los años 1910-1911, p. 119.

[23] Fechada el 7 de febrero de 1906. ARAH, 15-359.

[24] "Liga Republicana española", La República Española, 4 de octubre de 1903; En España, "Hay que ser fuertes", I, 6, 1903; "Fuerzas antagónicas", I, 13, 1903; "Mi país", III, 48, 1904; "Sursum corda", IV, 90, 1905; "El primer decenio de la Asociación Patriótica", VI, 132, 1906; "Moral Natural", VI, 138, 1906.

[25] Citado de Institución Cultural Española, Anales, Buenos Aires, Institución Cultural Española, 1947, pp. 17-19. Sobre la posición ideológica de Menéndez Pelayo véase M. Campomar, "Menéndez Pelayo en el conflicto entre tradicionalismo y liberalismo", Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, LXX, 1994.

[26] En carta de Atienza a Giner de 7 de febrero de 1906. ARAH, 15-359.

[27] "Pensiones del donativo del Dr. Avelino Gutiérrrez", Junta para Ampliación de Estudios, Memoria correspondiente a los años 1912 y 1913. Madrid, (1914): 167-169. Memoria correspondiente a los años 1918-1919, Madrid, (1920): 79 y siguientes.

[28] Citas de Posada y Altamira en Anales pp. 483 y 484.

[29] Aparte de en la propia obra de Roig, esta aseveración se basa en El krausismo y su influencia en América Latina, Madrid, Fundación Friedrich Ebert, 1989 y, más específicamente para el caso argentino, H. Biagini (comp.), Orígenes de la democracia argentina. El trasfondo krausista, Buenos Aires, Fundación Friedrich Ebert, 1989.

 

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Hugo E. Biagini, Compilador. Arturo Ardao y Arturo Andrés Roig. Filósofos de la autenticidad. Jornada en homenaje a Arturo Andrés Roig y Arturo Ardao, patrocinada por el Corredor de las Ideas y celebrada en Buenos Aires, el 15 de junio de 2000. Edición digital de José Luis Gómez-Martínez y autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico, Marzo 2001.
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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