Jorge Gracia
  

 

"EN LA AUTOCONCIENCIA FILOSÓFICA"

Es un gran honor para mí poder participar en este tan merecido homenaje a dos de las figuras más importantes de la historia de nuestra filosofía en el siglo veinte. Le agradezco al comité organizador que hayan pensado en un cubano, residiendo tan lejos, para el homenaje a dos sudamericanos del cono sur. Lo cual muestra sin duda que a pesar de todo lo que se diga, hay una unidad importante en nuestra comunidad filosófica. En efecto, en la lista de oradores y testimoniantes veo nombres de casi toda la América Latina (Uruguay, Nicaragua, Brasil, Argentina, Ecuador, México, Chile, Cuba, Venezuela, Paraguay y Perú), hecho que enfatiza la unidad a la que me he referido y también la importancia latinoamericana, no meramente uruguaya y argentina, de Ardao y Roig.

Pero tengo que ser breve, así que me voy al grano. Y el grano es el aporte de estos dos pensadores a nuestra filosofía, porque es a través de ese aporte que entenderemos más su contribución a la filosofía universal.

El punto principal que quiero enfatizar es que Ardao y Roig han sido pensadores claves en el desarrollo de una conciencia de la filosofía latinoamericana. Entendámonos, nuestra filosofía es tanto vieja como nueva. Es vieja en cuanto ya desde principios del siglo dieciséis se empieza a filosofar en nuestra América. Los nombres de Bartolomé de las Casas, Juan de la Vera Cruz, y Antonio Rubio, entre muchos otros, nos recuerdan los primeros pasos de lo que podríamos llamar una filosofía de nuestra América. Y antes aun, nos podríamos referir a las raíces de esa filosofía, que las encontramos en la península ibérica y en los pueblos indígenas de América. Pero el filosofar en América no es lo mismo que tener conciencia del filosofar en América. Esta conciencia toma tiempo, en efecto toma siglos. Ya en el siglo dieciocho hay indicios de una conciencia de nosotros, los de América, como diferentes de los otros, los de Europa. Es una conciencia acomplejada y resentida porque los otros no nos prestan la atención que nosotros pensamos merecemos. Valera, por ejemplo, el autor del primer libro filosófico publicado en la América del Sur, rechaza el veredicto europeo que se pregunta cínicamente si el Perú puede dar algo bueno, y responde metafóricamente que Dios puede sacar hijos de Abraham aun de las piedras peruanas. En el diecinueve, con Alberdi, se introduce por primera vez la noción de un pensamiento de aquí y para aquí. Algo que nos sirva a nosotros. Pero el interés principal de Alberdi no era iniciar una reflexión sobre una filosofía de lo americano o una filosofía latinoamericana, sino el proporcionar una herramienta de cohesión ideológica que favoreciera la integración social del Continente, arrasado por las tensiones raciales, políticas y sociales, características del periodo post-independentista. Para Alberdi, la filosofía en América Latina debía ser compatible con las necesidades económicas, políticas, y sociales del Continente. Es sólo en el siglo veinte, entonces, y ya bien entrado, que se comienza a pensar sistemáticamente sobre nuestra filosofía. Este proceso se lleva a cabo a varios niveles.

Primero comienza la reflexión indigenista y nacionalista. En esta reflexión se busca crear una conciencia de pueblo y de nación. Para algunos, el fin es una conciencia latinoamericana general, como pasa con José Vasconcelos y su idea de la raza cósmica. Para otros, como Samuel Ramos, se trata más bien del análisis de la personalidad nacional, que en este caso es la mexicana. Pero lo que se dice en este ámbito se extiende de diversas maneras al campo del pensamiento y la filosofía en general.

Por otro lado están los que se interesan sobre el problema meta-filosófico de si el concepto de una filosofía latinoamericana tiene sentido. ¿Es posible hablar coherentemente de una filosofía latinoamericana? ¿Se puede bautizar a la filosofía, o es la filosofía algo que no tiene nombres? Entre los autores que inician y contribuyen más vigorosamente a esta controversia figuran pensadores tan ilustres como Risieri Frondizi y Leopoldo Zea. El primero toma una posición universalista, según la cual la filosofía es filosofía sin más y por lo tanto no tiene otros nombres. El segundo desarrolla una defensa de una filosofía latinoamericana fundamentada en el historicismo perspectivista de Ortega y las bases culturalistas establecidas por Ramos.

Otros se interesan en el aspecto socio-político de la cuestión. Sus preocupaciones versan sobre la posibilidad de una filosofía genuina y auténtica en condiciones como las que sufre la América Latina. Se preguntan si es posible que se produzca una filosofía latinoamericana auténtica cuando exteriormente nuestros países viven bajo el dominio tanto económico como ideológico de potencias mundiales, e interiormente nuestros filósofos trabajan en sistemas económicos y sociales dominados por clases privilegiadas que usan la filosofía para mantener el statu quo. Entre los pensadores más ilustres de este grupo están Juan Rivano y Augusto Salazar Bondy.

Estas corrientes muestran una creciente autoconciencia del pensamiento latinoamericano que estaba ausente en los siglos anteriores y que cobra vigor especial a finales de la primera mitad de éste. Pero esta conciencia hubiera quedado vacía si no existiera un grupo de filósofos que, aunque interesados en las mencionadas preguntas generales, no se dedicara al estudio detallado de la obra filosófica que se ha producido en la América Latina hasta ahora. Una conciencia no basada en hechos es una conciencia abstracta, fabricada frecuentemente por necesidades ajenas a la filosofía. La autoconciencia auténtica tiene que estar basada en los hechos históricos. Y es aquí que la aportación de Ardao y Roig se hace más evidente. Esto no quiere decir que ellos no hayan contribuido en otras dimensiones de la filosofía, o que su obra filosófica se reduzca a esta aportación. Aun una mirada breve a la producción filosófica de estos dos filósofos demuestra claramente que su obra toma muchos derroteros diferentes y en cada uno de los cuales han desarrollado análisis valiosos para el desarrollo de nuestro pensamiento. Pero el énfasis de mis palabras hoy lo pongo no sobre estas aportaciones, sino sobre la contribución que han hecho a la formación e incremento de nuestra conciencia filosófica. Los innumerables estudios sobre la historia de nuestro pensamiento filosófico, que tanto Ardao como Roig han producido, constituyen una de las anclas más importantes de esa conciencia de que hablo.

Esta obra cristaliza a mediados de siglo y continúa sin interrupción hasta el momento. De Ardao es imprescindible citar por lo menos cinco volúmenes: Espiritualismo y positivismo en el Uruguay (México, 1950), Filosofía polémica de Feijoo (Buenos Aires, 1962), Filosofía de lengua española (Montevideo, 1963), Estudios latinoamericanos de historia de las ideas (Caracas, 1978), y Génesis de la idea y el nombre de América Latina (Caracas, 1980). De Roig hay que citar otras sendas obras: Estudios sobre el positivismo argentino (Mendoza, 1966), Los krausistas argentinos (Puebla, 1969), El espiritualismo argentino entre 1850 y 1900 (Puebla, 1972), Esquemas para una historia de la filosofía ecuatoriana (Quito, 1977), y Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano (México, 1981). La producción de los dos pensadores ha seguido prolífica e ininterrumpida, pero me limito sólo a la obra temprana, porque ésta sienta las bases de lo que vendría después y ya establece los fundamentos de nuestra conciencia histórica.

Esta obra tiene varias características importantes de las cuales quiero referirme a tres en particular. La primera es que no es una obra provinciana o nacionalista. Se extiende a y explora el pensamiento fuera de los países de origen de estos dos pensadores, incluyendo otros países de América Latina y también a España. Esto es importante en tanto que nuestras filosofías locales siempre son parte de un mundo más amplio latinoamericano y aun hispano, del cual los países de la península ibérica son parte, y fuera del cual estas filosofías son difícilmente comprensibles. En efecto, no tiene sentido histórico separar la filosofía argentina de la uruguaya, o la mexicana de la española aun cuando los intereses nacionalistas lo exijan por razones ideológicas. En este sentido, la obra tanto de Ardao como de Roig ha seguido el derrotero que marcan los hechos históricos en lugar de la creación de escenarios nacionalistas imaginarios inventados que responden a requisitos que no son ni históricos ni filosóficos.

Esto me trae al segundo punto: La obra de estos pensadores muestra una metodología histórica cuidadosa que se maneja con fuentes originales y le presta atención a los textos. Mucha de la historia de la filosofía que se hace en nuestros países carece de metodología estricta y científica; se reporta lo que se dice sin atención a quién, cuándo y cómo se dice.

En tercer lugar, a la obra de Ardao y Roig la guía una perspectiva filosófica que frecuentemente está ausente en los estudios de nuestra historia que se hacen en la América Latina. Ya hace mucho que vengo diciendo que la historia de la filosofía hay que hacerla filosóficamente tanto para que se pueda entender como para que tenga interés para los filósofos.

Es un hecho notorio que la filosofía de nuestra América no se toma en serio, filosóficamente, ni fuera ni dentro de nuestra América. Fuera se ignora casi por completo, aun en libros de consulta sobre la filosofía universal. Dentro, se le presta poca atención excepto como curiosidad. Cuando nuestros filósofos se ponen a filosofar, son las teorías de filósofos fuera de América Latina que se consideran. Lo que han hecho nuestros filósofos se deja de lado. Las razones por las cuales esto ocurre son complejas, pero tres factores contribuyen a ello: Primero, el provincianismo y nacionalismo filosófico de muchos de nuestros estudios sobre nuestra historia filosófica. ¿Quien le va a prestar atención a filosofías particularistas y nacionalistas? Segundo, la falta de rigor científico que frecuentemente es evidente en esos estudios. La falta de rigor ocluye que se les tome en serio. Y tercero, la falta de una metodología filosófica. La historia de nuestros filósofos frecuentemente se trata con fines ideológicos, nacionalistas, culturalistas, románticos, o meramente anticuarios. Como tal, se presenta de una forma en que pierde su interés filosófico. En este sentido Ardao y Roig nos sirven de ejemplo, porque sus estudios históricos de nuestra filosofía, como indiqué anteriormente, satisfacen precisamente los criterios a que me he referido.

Por estas razones todos los filósofos latinoamericanos tenemos que estarles agradecidos a Ardao y Roig. Ellos han llenado un vacío histórico-filosófico importante y nos han indicado derroteros fructíferos para seguir en la exploración de nuestro pensamiento y nuestra autoconciencia filosófica. Ellos nos han enseñado a estudiar nuestra historia filosófica y han contribuido efectivamente a establecer las bases sobre las que nuestro futuro filosófico tendrá que descansar. Por esta labor pionera inigualable, en nombre de todos los que hemos aprendido a apreciar nuestra historia filosófica, les doy las gracias.

Jorge J. E. Gracia
Universidad del Estado de Nueva York

 

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Hugo E. Biagini, Compilador. Arturo Ardao y Arturo Andrés Roig. Filósofos de la autenticidad. Jornada en homenaje a Arturo Andrés Roig y Arturo Ardao, patrocinada por el Corredor de las Ideas y celebrada en Buenos Aires, el 15 de junio de 2000. Edición digital de José Luis Gómez-Martínez y autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico, Marzo 2001.
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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