Néstor Kohan
  

 

JULIO V. GONZÁLEZ, LA “NUEVA GENERACIÓN”
Y LOS “MÍSTICOS BOLCHEVIQUES”

La cisura galvanizada que se produce entre marxistas latinoamericanos y populistas tras la ruptura durante el bienio 1927-1928 entre J. C. Mariátegui y J. A. Mella, por un lado, y V. R. Haya de la Torre por el otro, cerrará durante muchos años la posibilidad de cruce entre ambas tradiciones. Sin embargo, justo al filo de esa escisión política y ese enfrentamiento ideológico de alcance continental -que más adelante analizaremos en detalle-, existió una tercera alternativa que intentó prolongar la actividad cultural de los estudiantes reformistas más allá de las aulas universitarias, llevándolos hacia el terreno de la lucha política. 

Esta tercera iniciativa, inspirada de algún modo por el ejemplo aprista y promotora del “neogeneracionalismo” orteguiano, estaba sin embargo empapada de un élan mucho más cercano a la tradición socialista que al nacionalismo antiimperialista de Haya de la Torre. Su terreno fue la Argentina y su principal impulsor, Julio V. González (1899-1955).

Hijo del célebre ministro Joaquín V. González -propulsor de la Ley Nacional del Trabajo y adherente al krausismo-, Julio V. González vivió de cerca la rebelión estudiantil de Córdoba, ciudad donde estuvo en julio de 1918 como representante de la Federación Universitaria de La Plata y secretario del Primer Congreso Nacional de Estudiantes que sentó las bases “doctrinales” de la Reforma. Por entonces contaba apenas con 20 años de edad. Sin embargo ya desde 1917 milita y escribe -con influencias de Ortega y Gasset y su teoría de las generaciones- en la ciudad de la Plata acerca de la huelga universitaria. 

Su militancia en las huestes juveniles es larga y no termina allí. Fue en 1919-1920 el presidente más joven de la FUA (Federación Universitaria Argentina) y luego consejero estudiantil, entre muchos otras tareas que desempeñó. Más tarde, también será miembro titular del consejo directivo de la Unión Latinoamericana y codirector de Sagitario, -Revista de Humanidades- (junto a Carlos A. Amaya y C. Sánchez Viamonte). En 1929 llegó a ser decano “revolucionario” en una toma de la Facultad de Derecho de Buenos Aires.

En esa misma facultad, durante el 19 de agosto de 1927, tuvo lugar un episodio que crisparía las filas reformistas, ya que el Salón de actos de esa casa de estudios fue facilitado -motivando la protesta de la agrupación “Unión Reformista de Centro-Izquierda”- a un representante del Ejército argentino para que disertase sobre problemas de la guerra, armamentos y otras temáticas similares (Del Mazo 1941: 255...). El conflicto terminó con la suspensión de siete alumnos miembros del mencionado Partido Reformista de Centro-Izquierda. A partir de ese conflicto, la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA) organizó en el anfiteatro de la Facultad de Ciencias Médicas un acto donde entre muchos otros oradores (incluyendo a Alfredo Palacios, Gabriel Del Mazo, Emilio Biagosch, entre otros) habló Julio V. González.

Su discurso constituye el acta de nacimiento del efímero Partido Nacional Reformista. En él podemos encontrar la primera sistematización argentina dirigida a prolongar la lucha estudiantil y universitaria en el plano de la política más general: “Hace diez años”, dijo en aquella oportunidad González, “que estáis elaborando un nuevo sistema de ideas dentro de la universidad: sacádlas de una vez a la luz y sembrad en el surco que abráis como políticos la semilla acopiada como estudiante reformista en el granero universitario. No dejéis que la ideología forjada con el esfuerzo de una década se pierda en la abstracción (...) si la Reforma Universitaria, en fin, ha creado una nueva generación de políticos, yo os pregunto: ¿qué estáis esperando para proclamar a la faz del país la existencia del gran Partido Nacional Reformista?” (González 1927: 1093-1098 o Siria-Sanguinetti 1968: 331-338).

Las filas estudiantiles de ese momento estaban divididas entre quienes interpretaban a la Reforma como una gran “reforma intelectual y moral” -si se nos permite la expresión de E. Renan popularizada por A.Gramsci-, pero en última instancia circunscripta exclusivamente al ámbito universitario y quienes, por oposición, encontraban en ella un sentido político claramente excedente del perímetro espacial pedagógico. En su discurso, luego de cuestionar la primera posición impugnando “la abstracción hacia donde amenaza caer la Reforma” González defendió sin ambigüedades ni eufemismos “la unidad y el carácter nacional y continental de la Reforma Universitaria”(González 1927: 1093-1098 o Siria-Sanguinetti 1968: 331-338).

¿Qué lugar asignaba González en su discurso a los estudiantes? La expresión por él elegida para referirse a ellos lo dice todo: (Son) El hombre nuevo del aula universitaria”. No eran en su perspectiva simple base de maniobra electoral o elemento de presión ante las autoridades políticas del país. Constituían una nueva especie antropológica: la de quienes habían sido bautizados por el aura de “la cultura” y, por ello mismo, tenían una responsabilidad: “bajar a la lucha política constituidos en Partido Reformista” (González 1927: 1093-1098 o Siria-Sanguinetti 1968: 331-338).

¿Cuál era la especificidad del renglón ontológico desde donde se suponía que los “hombres nuevos” de la Reforma debían “bajar” para participar en política? El recorte de ese ámbito estaba determinado en su discurso por la concepción filosófica que estructuraba todo el planteo. Su respuesta fue: “La nueva política que ha creado la Reforma Universitaria se asienta sobre la base de los valores de la cultura”. “De tal suerte”, agregaba González, “el ideario y el contenido moral del movimiento trasuntan una filosofía de la acción empírica y realística” (González 1927: 1093-1098 o Siria-Sanguinetti 1968: 331-338).

En el ademán de González de 1927 no estaba en juego únicamente el dilema y la posibilidad de crear un partido nuevo diferenciado de los partidos burgueses tradicionales y de la izquierda marxista, sino que también operaba una opción legitimante de índole y pretensiones filosóficas en cuyo seno la cultura y los valores -concebidos ambos como ámbitos cualitativos y universalizantes opuestos a la especialización mecanicista y cuantitativa de las “profesiones liberales”- adquirían el punto más alto de la jerarquía.

Este registro culturalista, empleado -no sólo en este discurso en particular sino en todo el primer universo ideológico de la Reforma- por oposición al “crudo materialismo” del valor de cambio mercantil y a la burocracia estatal será el eje central que dividirá filosóficamente las aguas frente al materialismo de factura economicista.

La necesidad de trascender el aula (formulada en 1927), no era nueva en González. Ya en su temprana interpretación de 1922 sobre los sucesos universitarios de 1918 en Córdoba señalaba que: “Quien se limitase a ver en el movimiento de renovación, llevado a cabo por los estudiantes de la Universidad Nacional de Córdoba, solamente una perturbación transitoria reducida en sus efectos al estrecho marco del aula, siquiera sea con sus más trascendentales consecuencias para la vida y la orientación de éste o todos los institutos universitarios de la república, se colocaría en un falso punto de vista y se vería así traicionado por la realidad que surge de los hechos”, a lo que más adelante agregaba: “para expresarlo de una vez, diremos que la campaña llevada a cabo por los estudiantes de la Universidad de Córdoba, es compleja hasta donde pueda concebirse, pues abarca una cuestión universitaria, una cuestión social, una cuestión religiosa y hasta una cuestión política” (González 1922: 18-19)[i].

De cualquier manera, no se comprende el análisis con que Julio V. González fundamentaba en 1927 el intento por “abrir el juego” reformista a la política partidaria y así concretar institucionalmente con el nacimiento de un nuevo partido ese impulso si no se atiende a su particular interpretación de la revuelta estudiantil. Dicha interpretación se extiende cronológicamente entre dos puntos extremos: el de los años ‘20 (cuando lanza la estocada del Partido Nacional Reformista y defiende la revolución rusa) y el de los años ‘40 (cuando, ante el fracaso de su intento, actúa ya dentro de las filas del Partido Socialista).

En los ‘20 Julio V. González inaugura el primer intento de legitimación “generacionalista” del movimiento estudiantil y de periodización ideológica del impulso reformista. Por ejemplo, en el prólogo de 1927 a su libro La Reforma Universitaria decía “En 1918, un reformista era un estudiante universitario sublevado contra sus maestros; en 1921, el americano de la Nueva Generación que declaraba su divorcio con el pasado y su disconformidad con el estado de cosas y sistema de ideas porque se regía la comunidad de América, y en 1925 un hombre entregado a un ideal reconstructivo tocado de un fuerte sentido socialista” (González 1942: 99).

Con semejante evaluación de por medio, la invocación a la fundación de un partido autónomo de los estudiantes entretejía y amalgamaba en una misma trama la ideología orteguiana con el socialismo, dos cosmovisiones radicalmente separadas -cuando no directamente enfrentadas- en el discurso oficial de los núcleos dirigentes tanto del Partido Socialista como del Partido Comunista.

Si su concepción ampliada del liberalismo -desde el cual interpretaba a la Reforma en su libro de 1922 La revolución universitaria 1918-1919- incluía hasta el mismo comunismo y se entrecruzaba con una lectura de factura masónica en la tonalidad del anticlericalismo encendido, el otro polo de la ecuación sobre la que se vertebraba su discurso remitía a la constelación de la “nueva generación”. El término “nueva generación” era de factura orteguiana. González lo utiliza ya desde su texto juvenil de 1922, cuando lo asocia en un mismo ademán a “la nueva sensibilidad” y al “moderno liberalismo”. Si más tarde, en su discurso maduro, se modificará esta última asociación reemplazándola por la constelación socialista, se mantendrá en cambio inalterada la referencia al orteguismo. Tal es así que, todavía en 1945, seguía sosteniendo que para comprender a la especificidad de la Reforma Universitaria: “es preciso darle una especie de fondo histórico al gran movimiento reformista de la nueva generación argentina, tomando a la historia en función de sus generaciones” (González 1945: 133- 140 o Siria-Sanguinetti 1959: 77- 83).

Más adelante González especificaba qué entendía él -y en qué fuentes filosóficas se apoyaba- por “generación”: “He dicho así en otra oportunidad, siguiendo a Ortega y Gasset, que generación y período histórico se confunden. Esta no puede registrarse mientras no se ponga de manifiesto la función y la obra de aquélla. El período histórico es la obra cumplida por una generación (énfasis de González)” (González 1945: 133- 140 o Siria-Sanguinetti 1959: 77- 83).

En ese texto maduro también aclaraba que adoptaba el concepto clave de toda su hermenéutica histórica del ensayo “El tema de nuestro tiempo” de Ortega y Gasset (quien había visitado la Argentina en Buenos Aires).

Si Haya de la Torre combinará entonces -como veremos más adelante- la estrategia política del Kuomintang chino con la teoría orteguiana de la “nueva generación”, Julio V. González, al lanzar el Partido Nacional Reformista y también en su madurez política articulaba el discurso del orteguismo con una concepción difusa y ampliada del socialismo donde se entremezclaban desde afirmaciones comunes al tronco tradicional del Partido Socialista argentino -institución por la cual fue diputado desde 1940 hasta el golpe de estado de 1943- junto con referencias al “socialismo científico de Marx y Engels” (Bermann 1946: 195) e incluso impugnaciones de signo libertario contra el carácter esencialmente burocrático del Estado[ii].

Años más tarde, en 1941, ya fracasado completamente su intento de construir un partido reformista y como diputado del Partido Socialista Julio V. González realizará una evaluación retrospectiva autocrítica sobre su iniciativa de 1927. Dirá entonces: “Ninguno, desde el 18 al 30, nos hallábamos enrolados en los partidos. Nos defendíamos de ellos. Le teníamos asco a la política y tanto asco que yo, por mi parte, intenté hacer de la reforma universitaria un partido ideal, una especie de república de Platón, desde luego irrealizable. Cayó en el vacío. Mi iniciativa fracasó. Pero tal era la aprensión que le teníamos a la política que, de ir a ella, lo hubiéramos hecho formando partido propio: el de la Nueva Generación”.

Lo más sugerente del caso, desde la problemática que estamos analizando, reside en que, por sobre estas múltiples “contaminaciones” que sufre la constelación ideológica del joven Julio V. González durante la década del ’20 -cuando lanza su propuesta del Partido Nacional Reformista y cuando coparticipa en la Unión Latinoamericana-, la revolución rusa cautivará su corazón y su pluma hasta el límite.

En él, como en su guía Ingenieros, el ideal antimperialista de la Unión Latinoamericana y la ideología culturalista de la revuelta estudiantil conformarán con la defensa del fantasma rojo un entramado irrescindible. No casualmente Julio González analizará la personalidad emblemática de Lenin desde la Revista de Filosofía, dirigida por el “maestro de juventudes” y en la cual se defenderá periódicamente a la revolución rusa[iii].

La semblanza de Lenin que allí traza el joven Julio V. González es ardiente y sumamente entusiasta. En ella dibuja las líneas principales desde las cuales él interpreta -y defiende frente a los ataques de los “detractores de Rusia”- aquella revolución socialista. La ocasión estaba dada por la muerte del dirigente bolchevique en enero de 1924, ante la cual Ingenieros escribió “La glorificación de Lenin” y el Partido Comunista organizó un “funeral cívico” en el Teatro Coliseo -cuyo orador fue R. Ghioldi-, al que adhirieron varios sindicatos.

Al comienzo, Julio V. González rebate justamente a aquellos “detractores”, para dedicarse después a resaltar y subrayar meticulosamente “los verdaderos valores permanentes y universales que contiene la revolución rusa”. Es precisamente en la esfera axiológica donde reside la mayor originalidad del abordaje de González, pues su particular lectura de “la revolución rusa como un hecho capital en la historia” apunta centralmente a focalizar en “aquellos valores filosóficos y morales que la humanidad ha perdido con la guerra mundial”. Nuevamente encontramos aquí los ecos de la prédica de Ingenieros. Los bolcheviques vienen a ocupar según este relato un espacio que sólo puede ser llenado por una revolución radical que abarque no sólo la subversión del orden social sino también la del orden espiritual. De ahí que la revolución rusa adopte en la pluma de Julio V. González “un sentido universal y místico que no termina con la realización de los postulados marxistas... El fondo místico y el contenido filosófico del bolchevismo no se lo niega ya tan uniformemente. Un solo hecho bastaría a demostrar que esas fueron las fuerzas secretas que lo llevaron al triunfo y a su establecimiento definitivo”.

En consecuencia, Lenin no será sólo el teórico y el dirigente revolucionario de la insurrección proletaria. Citando a Vera Starkoff, González sentencia que “Lenín había tocado en lo más hondo sus almas -de las masas explotadas rusas- y encendía en ellas la religión bolshevique (sic)”.

Esta singular interpretación del marxismo revolucionario entendido como religión, como mística, como fuerza movilizadora de las masas -mito lo llamará lisa y llanamente Mariátegui-, apunta según el mismo autor a resaltar “el idealismo de la filosofía del bolshevismo”, bajo la cual “el alma mística del pueblo ruso encuentra la realización sentimental de sus más nobles sueños”. En la misma perspectiva -notablemente coincidente con el joven Astrada-, Julio V. González define al máximo intelectual del partido bolchevique como “el caudillo bíblico que conoce el destino de su pueblo y lo conduce con clara visión a su realización”(González 1924: 81- 91). Como en Astrada, reaparece aquí esta singular lectura que al defender a Rusia pone en primer plano el asalto al cuartel...del alma burguesa, el ataque directo al palacio...de los valores occidentales, la guerra de maniobra que perfora la trinchera...del espíritu. Los místicos bolcheviques, y con ellos su profeta Lenin, son en la óptica culturalista de la Reforma en la cual se inscribe Julio V. González los sepultureros del orden material pero sobre todo espiritual del capitalismo. 

Néstor Kohan
Universidad de Buenos Aires

Referencias bibliográficas

  • Bermann, Gregorio: Juventud de América. Sentido histórico de los movimientos juveniles. México: Ediciones de Cuadernos Americanos [N°11], 1946.

  • Ciria, Alberto y Horacio Sanguinetti. La Reforma Universitaria 1918-1958. Bs. As: Federación Universitaria Argentina, 1959.

  • Ciria, Alberto y Horacio Sanguinetti: Los reformistas. Bs. As: Jorge Alvárez, 1968.

  • Del Mazo, Gabriel: La Reforma Universitaria. La Plata: Centro de Estudiantes de Ingeniería, 1941 (2° edición). Tomo I.

  • González, Julio V.: “Lenin”. En Revista de Filosofía, Año X, N ° 4, julio/1924.

  • González, Julio V.: “El Partido Nacional Reformista”. En Revista Argentina de Ciencias Económicas, año 1927, Tomo II, 1093-1098.

  • González, Julio V.: La revolución universitaria 1918-1919. Bs. As: Edición de Jesús Menéndez e hijo, 1922.

  • González, Julio V.: Ley Universitaria. Bs. As., s/edit. [aunque La Vanguardia], 1942.

  • González, Julio V. “Ubicación histórica del Movimiento Reformista”. Reproducido en González, Julio V. La Universidad. Teoría y acción de La Reforma. Bs. As: Claridad, 1945.

[i] Cabe destacar que ese mismo año, en 1922, Julio V. González pasa fugazmente por las filas del Partido Demócrata Progresista que abandona casi inmediatamente, lo cual demostraría que su vocación política no nace recién en 1927.

[ii] Por ejemplo, cuando González cuestiona la institución del examen sosteniendo que “la culpa es del Estado que ha hecho de ella [de la Universidad] un órgano propio para expedir las licencias profesionales. Ni el profesor es responsable por las omisiones anotadas, ni el estudiante por exigir el examen, con o sin asistencia al aula”. Dicha impugnación terminaba un tanto “heterodoxamente” proponiendo que en la Universidad no se tomaran más exámenes, es decir, “el destierro absoluto y definitivo del examen, poniéndolo a cargo directo del Estado” (González 1942: 124-125).

[iii] No sólo aparecerán en ella artículos teóricos en su defensa sino que también se reseñarán libros de viajeros que iban a conocer personalmente “el experimento bolchevique”. Por ejemplo, se publica en forma de entrevista -sin firma, aunque probablemente redactado por Ingenieros, dadas las quejas permanentes hacia las agencias cablegráficas francesas que también inundan Los tiempos nuevos- un impactante testimonio de Rodolfo Ghioldi y su folleto Impresiones de la Rusia de los soviets editado el 26/IX/1921 por La Internacional. Allí Rodolfo Ghioldi era presentado como “el distinguido educacionista argentino” -por su militancia sindical en el magisterio- y entre muchas otras informaciones, el joven dirigente comunista argentino inesperadamente relataba su encuentro personal con León Trotsky a quien describía con indisimulada admiración: “Estando aun en Moscú, hacíamos al compañero Trotsky esa misma pregunta -si las amenazas de guerra del capitalismo pudieran triunfar-. Y Trotsky sonriendo ligeramente y pronunciando sus palabras en un tono de completa convicción, dijo: «El solo hecho de que Polonia o Rumania nos declaren la guerra asegura nuestra victoria». Pues quien haya conocido el espíritu ruso respecto de su Ejército Rojo, esas simples palabras del gran jefe revolucionario traducen una gran verdad”. Reseña sobre Rodolfo Ghioldi [s/firma]: En Revista de Filosofía (revista bimestral de Cultura-Ciencias-Educación, fundada y dirigida en enero de 1915 por Ingenieros al que más tarde se agrega Aníbal Ponce, cada número contenía de 150 a 200 pág.),Año VIII, N°1, enero/1922. p.142-144. En ese mismo número de la revista Ingenieros escribía “Simpatía, justicia, solidaridad” (luego incorporado a Las fuerzas morales) y Julio V. González sobre “La revolución universitaria de Córdoba de 1918”. 

 

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Hugo E. Biagini, Compilador. Arturo Ardao y Arturo Andrés Roig. Filósofos de la autenticidad. Jornada en homenaje a Arturo Andrés Roig y Arturo Ardao, patrocinada por el Corredor de las Ideas y celebrada en Buenos Aires, el 15 de junio de 2000. Edición digital de José Luis Gómez-Martínez y autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico, Marzo 2001.
© José Luis Gómez-Martínez
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