Mauricio Langon
  

 

"CODO A CODO"

Hugo Biagini me pide que escriba algo personal sobre Ardao. Yo ya escribí algo de eso en el “Epípneuma de identidades y discípulos” de un librito de 1999. No sabría escribir ahora algo mejor. Así que reformulo ahora ese texto -quitándole referencias a otras personas- y agrego algunas cosas.

I

El Sócrates del Fedro dice que el mayor grado de felicidad que sea dable a un hombre es plantar en otros la semilla de discursos legítimos, para que generen otros discursos que se lancen en nuevos diálogos, imperecederamente. Así que Ardao, Maestro con mayúscula, ha de ser un hombre feliz. Al menos en la medida en que el discurso de nuestra vida sean coherente, comprometido, honesto, legítimo.

Lo mejor que puede hacer un filósofo: es dar vida a lo nuevo, a lo distinto. Y ese acto vital pasa por los libros, semillas arrojadas al viento del espacio y del tiempo que germinarán no se sabe dónde ni cuándo. Ni tampoco cómo. Que son semillas que no dan árboles del mismo tipo. Pasa también por el magisterio oral y por el ejemplo práctico. Pasa por la palabra y las actitudes. Y prosigue la vida en la palabra y actitudes de los discípulos, de los futuros. Y comporta el riesgo de todo engendrar: puede dar frutos inesperados (monstruosos y maravillosos, ricos y pobres) porque genera libertad.

Este escrito pretende recordar (traer de nuevo al corazón) algunos momentos pasados de confluencia con Ardao. De algún modo es también una preparación para volverlo a encontrar este sábado, con Yamandú Acosta, en su apartamento de Juan María Pérez. De estas palabras no es responsable don Arturo, claro; pero responden a su estímulo.

II

Me cuesta visitar a Ardao. Porque siempre siento alguna culpa. Suele pasar con personas de una generación mayor a la nuestra. Uno siempre, de algún modo, les falló. Le falló a la esperanza desmesurada que ponen en uno. O, más probablemente, es uno quien pone en ellos lo que capaz que sólo sean aquellos sueños incumplibles que nos hacen ver nuestra realidad a través del cristal de la frustración. Ilusiones que son las responsables de que uno no llegue a ser nunca aquello que “hubiera podido ser”. (Ese espantoso “la vida no me dejó”, de Vaz Ferreira, eternamente contrapuesto a lo que le diría Sartre, algo así como: “Dejate de joder, vos sos la vida que hiciste, la que estás haciendo, en constante cambio; y no la que pasa a ‘ser’ cuando vos ya no seas; cuando estés absolutamente muerto y reducido a tus obras completas”... Esas formas inconscientes de castración de lo nuevo son a la vez la verdadera muerte de lo viejo. ¿O el asesinato de los más viejos por los más jóvenes, no por rebelión o iconoclastia, sino porque no se animan a ser ellos mismos?

III

Estoy pensando en algunas visitas relativamente recientes a Ardao.

Una. Varios amigos querían (¡realmente querían!) hacerle un homenaje a Ardao en el “Corredor de las Ideas”. Yo no: odio los homenajes y podía sospechar la respuesta de Don Arturo. Pero, acepté hacer la gestión (acompañado por Antonio Sidekum, de Sao Leopoldo, que estaba en Montevideo) pues me convencieron con buenos argumentos (entre otros, que nosotros estábamos en Uruguay y ellos no). Le planteamos la idea a Ardao que dijo que no, amablemente. Pero le insistimos, le argumentamos, y al final nos largó: “Mire, Langon, lo que pasa es que no me gustan las misas de cuerpo presente”.

Dos. Cada vez que uno le habla de su importancia, o le pide su opinión, o... casi con cualquier pretexto, te zampa: “¡Ardao ya fue!”.

Tres. Resulta que yo trabajé unos días con Ardao en el ’70: me apasionaba la cuestión latinoamericana (como ahora), pero “andaba en otra”, y el trabajo fue sólo unos días. Podría haber seguido honorariamente, fue decisión mía no hacerlo. Y ahora, veintiocho años después, me viene a decir Ardao: “¡Se da cuenta lo que hubiéramos podido hacer trabajando juntos todos estos años!”. Me lo volvió a repetir unos días después y delante de un grupo de filósofos de Argentina, Brasil y Chile. Así que no me aguanté y le dije que las cosas eran como habían sido y que en todo caso lo que habría que plantearse es lo que podríamos hacer todavía ya que ambos estamos vivos. Y me contestó algo así como: “Pero no, Langon, ¿se da cuenta?, entre dos no es lo mismo... ‘un hombre junto con otro’...; como Cruz y Fierro: ‘Entre dos no digo a un pampa / a la tribu si se ofrece’.” Así que le tuve que decir que no había ningún Cruz muerto y que me comprometía a hacer algo juntos. (En clave más bondadosa el Abbé Pierre definía la amistad como “Hacer cosas buenas juntos”).

Pero me cuesta visitar a Ardao, dije. El verdadero motivo ya está dicho. Pero puedo agregar otros pretextos. Vivimos bastante -más que lejos- a trasmano. Yo siempre me invento un montón de actividades a los efectos de postergar otras, entre ellas, las visitas a Ardao. Que te agarran: porque suelen ser a la tardecita y enormemente interesantes y se alargan hasta la noche con la amabilidad de la conversación. Y por su profundidad, por los conocimientos inagotables de Ardao -siempre acompañados de anécdotas personales- por su preocupación y su curiosidad constantes que lo llevan a leer y a problematizar siempre algo más, realmente te agotan. 

Pero intenté cumplir mi promesa. El pretexto lo tenía en un brillante cuestionario de 5 preguntas que Raúl Fornet-Betancourt dirigió a 100 filósofos del mundo (entre ellos Ardao) con el fin de publicarlas en un libro. No sé dónde puse ahora el cuestionario de Raúl pero inquiría sobre los acontecimientos más importantes del siglo XX, sobre la actualidad y la vigencia de qué filosofías, en este fin de milenio, sobre su proyección al próximo. Creo que hasta pedía algo así como un mensaje para las nuevas o futuras generaciones. Seguramente el libro será un gran fresco del pensamiento filosófico de entre siglos.

Raúl me pidió que alcanzara el cuestionario a Ardao, que quizás no lo había visto y le pidiera que lo contestara. Se lo llevé, con gran papelón de mi parte, pues Ardao me dijo algo así como: “¡Pero Langon, si Ud. mismo me trajo este cuestionario hace como dos años! (¡y me dio la fecha exacta!). Y además lo recibí por correo. Lo que pasa es que yo no puedo contestar estas preguntas...¡Mire lo que me piden!” Y, tomando el cuestionario, comentó rápidamente cada una diciendo por qué no la contestaba. Cada por qué no, por supuesto, mostraba una inteligencia filosófica en acto. Quiero decir, cada negativa era una respuesta válida a cada pregunta. Del tipo de cómo iba él a sugerirle a nadie qué debería hacer; o de que destacar tal o cual acontecimiento, sólo serviría para enrolarlo a él en alguna ideología o para aproximarlo a ciertos parentescos, pero no para pensar. Excepto respecto a una pregunta (creo que se refería a qué tradiciones de pensamiento consideraba más importantes en este momento y para el futuro próximo) en que me dijo que esa sí la había querido contestar. Y que la respuesta se le había agrandado hasta hacerse un libro que tenía casi pronto y que me mostró y me comentó brevemente. Por supuesto, no grabé ni tomé notas. Por eso no me animo ahora a parafrasear más respuestas, pues seguramente deformaría su opinión, como seguramente ya lo hice.

Pero concebí la ilusión de hacerle otra visita con el fin expreso de volverle a plantear las preguntas y grabarlo. Y eso sería sólo un primer paso de posibles diálogos futuros. Hasta le avisé a Fornet que con toda probabilidad finalmente lo lograría. Pero no fue así. Don Arturo me dijo que no le gustaba ser grabado (dio también buenas razones, pero para mí bastaba con su deseo) y conversamos, como siempre, de otras cosas... 

IV

¿Frustrado? ¿Nos está quedando algo en el tintero? No. No creo. Acaso estuvimos siempre juntos, luchando contra algo más que una tribu. Acaso de algún modo estamos codo a codo muchos, en la distancia. Acaso hacia algún lugar convergen los trabajos diversos, los caracteres distintos, las ideas diferentes, los proyectos irrealizados... Y a lo mejor no está mal que sea así.

Ya dije que allá por 1970, fui ayudante de Ardao en la vieja Facultad de Humanidades. Como 15 días, por eso de los tiempos que se toman los tribunales, que fallan justo antes del vencimiento. Ardao me dijo: “No pierda tiempo, lea esto”. Y me dio un librito de Salazar Bondy y otro de Zea, que me impulsaron por caminos de un filosofar latinoamericano que no son estrictamente los de la Historia de las Ideas, pero que confluyen. Y en los que fui encontrando un vínculo inseparable entre ese filosofar y el compromiso político-social a que obliga -al menos en nuestro subcontinente- una actitud ética consecuente y un pensar ligado a nuestros pueblos.

Terminado mi brevísimo contrato, no acepté la invitación de Ardao de seguir honorariamente: había razones de índole monetaria, pero, sobre todo, una circunstancia en que yo privilegiaba otras luchas y esperanzas por sobre que lo que pudiera ser una carrera académica. Con todo llegué a preparar un concurso para aspirar en efectividad al cargo de ayudante de esa cátedra. La dictadura militar significó el exilio de Ardao en Venezuela y el mío en Argentina: tuvimos distintos “desiertos”, llenos de diversos hermanos. Pero los mismos “pampas”.

Vuelto al Uruguay (bastante antes que Ardao) fui profesor en el IPA durante varios años en aquella “Historia de las Ideas en América”, que inaugurara Ardao ya hace medio siglo y que sigue viva y permanentemente renovada, hoy a cargo de Yamandú Acosta.

Ardao sabe que los uruguayos cortamos las tradiciones, que no queremos traer nada del pasado y que con eso nos capamos el futuro. Por eso sigue buscando sembrar y sembrar; y publicar y conversar. Sigue buscando al otro; sigue buscando “esa otredad que es nuestra” y, en su procura, la va generando.

¿Acaso no estuvimos juntos todo el tiempo, no estamos siempre codo a codo “dentrandolé a la partida” todos aquellos que siguen, como Cruz, sin consentir injusticias?

Mauricio Langon
Universidad de La República - Uruguay

 

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Hugo E. Biagini, Compilador. Arturo Ardao y Arturo Andrés Roig. Filósofos de la autenticidad. Jornada en homenaje a Arturo Andrés Roig y Arturo Ardao, patrocinada por el Corredor de las Ideas y celebrada en Buenos Aires, el 15 de junio de 2000. Edición digital de José Luis Gómez-Martínez y autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico, Marzo 2001.
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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