Celina Lértora Mendoza
  

 

"LA PRAGMÁTICA DEL PENSAR"

El pensamiento filosófico latinoamericano ha sido desde siempre una cuestión problemática. No sólo, ni principalmente, como sucede en otros campos, por la dificultad de hacer su historia, por el acceso a las fuentes, por las divergencias interpretativas, en fin, por esas contingencias de la investigación que todos conocemos, sino por otras causas más profundas, que van más allá de la historia del pensamiento para convertirse en una cuestión ontológica.

Sobre el pensamiento filosófico latinoamericano se han suscitado todos los cuestionamientos, dudas y negaciones posibles, pero poco imaginables si las comparamos con otros ámbitos geográficos, digamos por ejemplo, el pensamiento europeo. En primer lugar, se ha dudado de su existencia misma. Se ha dicho (y no sólo en tertulias de café) que los americanos no hacemos filosofía, que a lo más enseñamos y trasmitimos la que hicieron otros; o bien que el pensamiento original americano es "ensayístico" (y concedo que se dice incluso como timbre de honor). Cuando se ha concedido que exista algo así como un "pensar filosófico latinoamericano", en general se lo ha descalificado, directa o indirectamente, como un pensamiento marginal a las grandes corrientes, un producto exótico pero en definitiva sin suficiente peso propio como para ser tomado en serio. Finalmente, se ha terminado acusando de ideologización, cuando no de politiquería barata, todo intento de hacer filosofía "situada" en nuestra realidad.

Como consecuencia, buena parte del pensamiento latinoamericano de la segunda mitad del s. XX consiste en un esfuerzo por clarificar crítica e históricamente estas cuestiones. Entre nosotros, el historiador de nuestra filosofía ha debido ser también epistemólogo, hermeneuta, pensador social y además ha debido tomar su tarea no sólo como una vocación intelectual felizmente realizable en condiciones dignas (caso infrecuente), o como una tarea más o menos estándar en el concierto de las profesiones académicas, sino como una verdadera cruzada no exenta de peligros. Quienes se ocupan de reivindicar un lugar para el pensamiento latinoamericano pueden caer bajo las sospechas más retorcidas, deben justificar permanentemente la pertinencia de su tarea y suelen ser la variable de ajuste cuando las disponibilidades públicas son escasas. Las cátedras dedicadas a este tópico son implícitamente consideradas "de segunda", aunque nadie lo diga en voz alta. Investigar un tema de pensamiento latinoamericano merece casi siempre no más que un permiso paternal, casi nunca un aliento real. El efecto es que este tema esté sub-representado en nuestra producción continental, mientras que otros temas son potenciados y resultan sobresubsidiados. Otro efecto desmoralizador es el escaso eco de estos esfuerzos en la consideración de los pares. Casi ningún filósofo, investigador o historiador especializado en otras ramas de la filosofía (por ejemplo en metafísica, en ética, en antropología) cita o analiza desde su perspectiva disciplinar a autores latinoamericanos pasados o presentes.

En esta situación es claro que llevar adelante una carrera intelectual y académica de alto nivel manteniendo a la vez la fidelidad al tema, es algo más que una vocación cumplida, es una hazaña del pensamiento que merece ser recordada.

Los dos Arturos que ahora reciben este merecido homenaje, tienen varias cosas en común además del nombre, nombre que los liga simbólicamente a un héroe que no conocía el miedo ni la derrota. Caballeros de la mesa redonda universitaria, han transitado vidas paralelas en muchos aspectos. Ambos pertenecen casi a una misma generación, y en ese sentido estuvieron influidos y en cierto modo signados por los mismos autores, pero también supieron salir airosamente de la prueba de transitar otros caminos. Ambos sufrieron incomprensiones y presiones políticas, vivieron un tiempo fuera de sus patrias (Argentina y Uruguay), en un exilio que paradójicamente les permitió madurar más y mejor su pensamiento. Ambos regresaron no a descansar merecidamente, sino a continuar en la lucha por el restablecimiento de una tradición en el estudio y el cultivo de nuestra filosofía. Quizás ahora están asistiendo junto a ese deseado despertar, concretado en la capacidad de reconocer sus méritos.

Los dos Arturos fueron historiadores, epistemólogos y hermeneutas de nuestro pensamiento sin renunciar al propio, es decir, sin dejar de pensar todos los problemas que se les presentaron y resolverlos con la única ayuda de su propia cabeza. La enseñanza que deja -que me deja- la lectura de sus numerosas obras podría sintetizarse en los siguientes principios de autocomprensión del pensar filosófico.

1. Todo pensar filosófico es situado. Todo filósofo piensa la realidad desde su horizonte epocal y temporal, ese es su punto de mira y no puede ser de otro modo. El universalismo de la filosofía no puede ni debe entenderse como un a postulación de exceder los límites de la propia temporalidad y espacialidad para mirar desde algún "afuera" abstracto la totalidad de los problemas y de las soluciones propuestas por otros pensadores. Quienes se han familiarizado con la historia de la filosofía entendida como una comprensión verdaderamente "histórica" (y no a-histórica) del filósofo estudiado, saben cuánto debe ese filósofo a su tiempo. Aristóteles no es pensable en la época de Kant y viceversa. La historia filosófica que nuestros Arturos han cultivado no se reduce a un cúmulo de investigaciones eruditas, sino que busca la comprensión del filósofo en función de su horizonte teórico y vivencial.

Por eso, una consecuencia de esta situacionalidad del pensar filosófico es que la filosofía se constituye primera y esencialmente como una hermenéutica de la cultura que la contiene. Es decir, que podemos comprender una cultura a partir de la filosofía que produce, y a la vez comprender el sentido de esa filosofía a partir de su cultura marco. No se trata, en mi criterio, de una determinación mecánica, sino de una relación dialéctica en que filosofía y cultura global se relacionan dia-lógicamente. Este diálogo de filosofía y cultura, que suele quedar oscurecido en ciertas versiones de la llamada "filosofía universal" (sobre todo en la manualística) es decisivo para entender el sentido y el aporte del pensar latinoamericano. Quizás por eso mismo, por la dificultad de presentarlo en esa forma "escolástica", es que queda también fuera del campo de visión de quienes buscan en la filosofía una respuesta válida a los problemas de siempre.

Ocurre que no hay respuestas universales dadas desde "lo universal". Hay respuestas situadas que pueden tener eco universal (trans-temporal y trans-espacial) en virtud de su intrínseca riqueza como motivadoras, disparadoras y suscitadoras de nuevas reflexiones, como modelos de abordaje de problemas análogos, como casos concretos de resultados más o menos felices en la ardua búsqueda de la comprensión de la realidad. Nuestros Arturos han realizado esta situacionalidad universalizable con su propio pensar situado y comprometido (y no sólo teóricamente). En ese sentido señalan un camino.

2. Todo pensar filosófico es dia-lógico tanto con relación al presente como con relación al pasado. Esto no es sino una consecuencia casi obvia de lo anterior. Si el pensar es situado, y conectado a una cultura en la que se inserta, entonces está en primer lugar en diálogo con ella. El primer diálogo, el más válido, es ese. Pero las culturas no son islas; son, más bien como un sistema de cajas chinas en que unas culturas más específicas se integran en otras más amplias. Así, la cultura argentina se integra en la latinoamericana, y ésta en la occidental europea y hoy, quizá, en la "cultura globalizada". Estos ámbitos determinan del tal modo núcleos múltiples de pertenencia cultural que se hace ilusoria la pretensión de un pensar aislado y centrado sólo en lo propio como en el ombligo. Porque "lo propio" tiene diversos niveles. En cierto sentido, todos los hombres coincidimos en algo, grupos de hombres coincidimos en algo y diferimos de los demás en algo otro; y finalmente en algo (justamente en lo propio e individual intransferible) posiblemente no coincidimos (exactamente) con nadie. Pero no se filosofa desde el autismo. Todo pensar filosófico supone, implícita o explícitamente, una intersubjetividad más o menos amplia que es la destinataria de nuestro pensar. Nuestros Arturos han sabido esquivar Escila y Caribdis. Han sabido atemperar la excesiva dispersión abstracta del "pensar universal" como objetivo, sin caer en un folklorismo simpático quizás, pero finalmente poco productivo. El pensamiento se nutre de identidades y diferencias, hallar una ecuación adecuada exige una alquimia intelectual que no está al alcance de todos.

Y también el pensar filosófico es dia-lógico con el pasado. ¿Quién pretende seriamente comenzar la filosofía desde cero? El diálogo con otros filósofos es condición de existencia de la filosofía misma. Siempre que sea realmente un diálogo y no un monólogo en que el maestro del pasado habla y el alumno actual repite. Todo pensamiento del pasado puede ser "aggiornado" (leído desde nuestra situación) pero no siempre es fácil. Algunos autores parecen más afortunados como interlocutores del presente, otros, sólo lo son con gran trabajo. Los maestros del pensar latinoamericano comenzaron por alzarse contra el imperialismo filosófico de los maestros de la filosofía europea. Hoy también es difícil (y poco atractivo, sin duda) adherirse a esta consigna, también hay que repensarla. Y para ello no se trata de inventar una teoría absolutamente novedosa, basta con pensar auténticamente. Nuestros Arturos han usado todos los recursos que el pasado nos brinda, no han desdeñado a Kant, a Hegel, a Marx, a Aristóteles y a quien sea. Pero los han leído desde su propio horizonte problemático y nos los han devuelto transformados. Y en eso consiste la tradición filosófica: una continua escucha atenta del pasado a la par que una mirada igualmente atenta al presente.

3. Todo pensar filosófico tiene de por sí una dimensión pragmática. Mucho se ha dicho y escrito sobre la "filosofía comprometida" como si hubiese alguna que no lo es. Creo que toda filosofía es comprometida, en primer lugar con la verdad, al menos con la búsqueda desinteresa de ella. Lo cual no quiere decir una búsqueda absolutamente incondicionada. Todos tenemos un horizonte vivencial que determina nuestras preferencias, nuestras actitudes, nuestras esperanzas, nuestros deseos. Se filosofa con todo esto y no contra todo esto o sin todo esto. Todo filosofar es una praxis, un modo de vivir. Por eso no existe un pensar incondicionado. Lo que existe, o debe existir, es un continuo esfuerzo por lograr un ejercicio de la razón lo más incontaminado posible a la hora de elaborar nuestro análisis crítico, pero sin renunciar a nuestro fondo cosmovisional a la hora de buscar fundamentaciones.

No hay que sonrojarse por el deslizamiento de un elemento "ideológico" en el pensar filosófico. Nuestros Arturos aprendieron esta máxima y la aplicaron sin tapujos. Casi no hay ninguna proposición que pretenda describir el universo y que logre un asenso universal sobre su verdad. Pero eso no impide que argumentemos a favor de ella, tomándola como hipótesis atractiva (desde todo nuestro ser) sin desconocer la existencia de alternativas.

El reconocimiento de esta pragmática del pensar nos conduce naturalmente al pluralismo. Porque si la crítica y la fundamentación constituyen la sintáctica y la semántica filosóficas, la historia de lo pensado es su pragmática, la dimensión real de sus posibilidades infinitas. Allí sólo habita la pluralidad, casi siempre en disputa, pero disputa sana y fructífera, disputa que permite crecer en la propia dimensión humana. Desde su propia comprensión de la pragmática filosófica, nuestros dos Arturos se han instalado en nuestra conciencia como una muestra feliz de la riqueza del filosofar latinoamericano.

Celina Lértora Mendoza
Consejo Nacional de Investigaciones-Argentina

 

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Hugo E. Biagini, Compilador. Arturo Ardao y Arturo Andrés Roig. Filósofos de la autenticidad. Jornada en homenaje a Arturo Andrés Roig y Arturo Ardao, patrocinada por el Corredor de las Ideas y celebrada en Buenos Aires, el 15 de junio de 2000. Edición digital de José Luis Gómez-Martínez y autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico, Marzo 2001.
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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