Marta E. P. de Matsushita
  

 

AUTOIMAGEN Y CONCIENCIA DE MISIÓN.
UN ENFOQUE COMPARATIVO DE LA AUTOBIOGRAFIA
 DE SARMIENTO Y FUKUZAWA

Introducción

Pocos son los intentos conocidos de hacer un estudio comparativo entre un pensador japonés y uno del área latinoamericana. Desde Japón a veces se ha dudado de la posibilidad en el caso concreto de algunos pensadores, como el de Yukichi Fukuzawa (1835-1901). Así, Kadono, decano en la Universidad de Keio, fundada por Fukuzawa, afirma que si bien se le llama, por ejemplo, el Carlyle de Japón, “esa comparación no da una idea justa, pues él ejerció una influencia mucho más grande que lo que las denominaciones de “intelectual” o “escritor”puedan sugerir” en las lenguas europeas (“Introducción” en A life of Mr. Yukichi Fukuzawa, VI).

Creemos sin embargo que, a pesar de las enormes diferencias del marco histórico y cultural, puede intentarse con provecho un enfoque comparativo entre Argentina y Japón en el campo del pensamiento sociopolítico, y que ese esfuerzo ofrece ricas posibilidades de investigación en el futuro, en especial para inferir, en un proceso de cotejar las similitudes y diferencias, el por qué del distinto camino que ambos países han recorrido hasta hoy.

Por cierto que varios pensadores pueden ser escogidos para un proyecto de investigación de tal índole, y que la comparación puede ser llevada a cabo focalizándola en varios temas, pero nuestro interés se ha definido por analizar comparativamente el pensamiento de Yukichi Fukuzawa y Domingo Faustino Sarmiento (1810-1888). Curiosamente, los billetes de 10.000 yenes en Japón llevan la imagen de Fukuzawa y los de 50 pesos en Argentina nos muestran la de Sarmiento, como si esto hablara de un reconocimiento nacional de la labor de esos hombres y de su posesión de un sitial en el panteón laico de sus respectivos países.

Ambos ejercieron un indiscutido protagonismo, aunque de distinto signo, en la etapa formativa de un país moderno; ambos mantuvieron una vida de lucha, con cambios y contradicciones muchas veces, pero coherente con el objetivo de dar forma y establecer firmemente un nuevo orden social, económico y político; ambos apoyaron esos intentos en el estudio de los países que marchaban a la vanguardia, la Europa moderna y EEUU.

Sarmiento y Fukuzawa fueron pensadores, pero también hombres de instinto político pragmático que comprendieron con su excepcional talento que el momento histórico les era favorable, que largos años de orden dictatorial habían creado la paz y la unidad necesaria para intentar el gran sueño del cambio. Pero, por sobre todo, autoriza esta comparación el hecho de que a la hora de responder a la pregunta de quién fue el padre del gran proyecto civilizatorio -aunque ello pueda importar una injusticia para otros pensadores que sin duda hicieron importantes aportes para su formulación- se contestará que Fukuzawa lo fue en Japón y Sarmiento en Argentina.

Ambos fueron escritores prolíficos y pensadores con una amplia gama de intereses que los llevaron a reflexionar y volcar sobre el papel sus opiniones sobre una multiplicidad tal de aspectos que la tarea pierde el sentido de los límites. Nosotros queremos limitar la investigación al concepto de civilización en ambos pensadores y a sus ideas sobre la educación como la herramienta esencial del cambio necesario para poner al país a la altura de los países civilizados del mundo. Como punto esencial de partida, nos ha parecido necesario analizar no tanto cómo han sido vistos, sino como ellos mismos se vieron y cómo visualizaron su papel en ese decisivo proceso de civilización y modernización; proceso que parecía determinante para la subsistencia misma del país como tal.

Posibilita nuestro propósito el hecho de que tanto Fukuzawa como Sarmiento decidieron hablar sobre sí mismos en sendas autobiografías que son el tema de esta ponencia. Hay por cierto elementos únicos en la vida y la experiencia de estas dos figuras, pero trascendiéndolos, van dibujándose las líneas de la construcción de un “yo”, compleja y profundamente entretejido con el devenir histórico y político de Japón y de Argentina, líneas que sugieren un paralelismo que merece examinarse. Por cierto que las autobiografías pueden ser analizadas con una diversidad de enfoques, como el muy popular del ángulo literario, pero en nuestro caso lo hacemos considerando los distintos momentos de esas vidas como fuentes de las que van emergiendo ideas, modos de entender el hombre y la sociedad, y por sobre todo, planes profundos de renovación social y política.

El hombre y el pensador en la autobiografía

Tanto Fukuzawa como Sarmiento sintieron la necesidad de hablar sistemáticamente de sí mismos, del hombre, del medio, de su evolución en un ambiente sociopolítico dado y por cierto condicionante y, por sobre todo, de su papel de reformadores, en sendas autobiografías. Podría aplicarse a ellos lo que Spengemann afirmaba respecto de la autobiografía de Franklin, en el sentido de que tenía por objetivo “más que explicar cómo un principio universal justifica una vida, justificar esa vida convenciendo a los otros de que sus conclusiones son de valor universal” (Spengemann, 85).

Para ambos pensadores vale el enfoque de la política cultural, en el sentido de situar una cultura y sus representantes en un contexto socio-histórico y, por sobre todo, político. Los dos formularon una ideología en el sentido usado por Stanley, esto es, “un conjunto de ideas frecuentemente expresadas dentro de un discurso de voces que compiten y que se sienten fuerzas organizativas dentro de la vida social” (Stanley, 18). Es en tal sentido que puede decirse que las autobiografías salidas de la pluma de Sarmiento y de Fukuzawa se encuadran en la categoría típicamente autobiográfica de relato ideológico de una vida.

Se advierte un esfuerzo, indudablemente compartido, de apoyar fácticamente el relato, en forma más abundante y notoria en Fukuzawa, y un claro propósito de seleccionar, entre lo vivido, aquellos momentos que expresan un propósito de vida. La meta del quehacer autobiográfico es la construcción y formulación de un yo, partiendo de una auto-representación que lleva a elegir de un modo selectivo las memorias del pasado y aún los personajes que intervienen en el relato. Esto parece particularmente cierto en el caso de Sarmiento, quien llega a borrar del panorama a personajes que obstruyen en algún sentido la formulación buscada, como habría sido el caso de su hermano Honorio. (Molloy, 207).

Sarmiento y Fukuzawa en su esfuerzo autobiográfico se encuadran dentro del “bildungsroman”, o forma arquetípica de la autobiografía, en la cual se traza, con ciertas pretensiones literarias, el curso de una vida con comienzos difíciles, viéndose el protagonista en la necesidad de ir superando obstáculos. El talento y el esfuerzo vienen en su auxilio y le permiten revelar sus potencialidades y realizarlas. En ambos casos también está presente una poderosa autoconciencia que entra en acción para influir en los lectores y lograr que la lectura de las páginas autobiográficas transmitan los valores que explican esa vida y sus resultados. Las características señaladas autorizan a considerar a la elaboración autobiográfica, en Sarmiento y en Fukuzawa, como un proceso altamente político y por cierto, como obras mayores en el panorama intelectual del autor y de la época.

Como bien se lo ha señalado, la prosopopeya es la figura que rige la autobiografía, vista como “un esfuerzo por dar vida a lo muerto, dotándolo de una máscara textual” (Molloy, 13). El esfuerzo autobiográfico constituye una toma de conciencia del sujeto y su cultura, cobrando fuerza y dimensiones pedagógicas especialmente en épocas marcadas por grandes cambios ideológicos y valorativos, en particular cuando el orden tradicional, “recibido” está en vías de ser reemplazado por otro animado de un espíritu renovador, o sea “producido” (Molloy, 14). Estos criterios pueden aplicarse a las autobiografías de Sarmiento y Fukuzawa, aunque con un desfasaje temporal que debe ser mencionado, esto es, Sarmiento la escribió cuando visualizaba como inminente el cambio, ya formada su convicción de estar en posesión de un bagaje de ideas que tenían algo que decir en los acontecimientos que sobrevendrían. Fukuzawa, en cambio, dejó correr sus recuerdos cuando ya llegaba a su ocaso una vida de lucha, viendo realizado en gran medida el cambio anhelado, pero siempre para enfatizar su protagonismo en el proceso de reforma de la sociedad japonesa, o como lo ha dicho Harootunian, “cuando el drama histórico ya había tenido lugar y se vio necesitado de encontrar un lugar para sí mismo en ese drama” (Harootunian, 325).

Los textos autobiográficos que venimos comentando se muestran empeñados en fusionar la vida personal relatada con el devenir político, social y cultural del país, y contienen un elemento mesiánico que aflora a lo largo de las páginas. Se ha señalado que si bien de toda vida y de todo pensamiento sólo se puede juzgar teniendo presente el particular ambiente en que ambos fueron producidos y por el que están profundamente condicionados, la vida y el pensamiento de Fukuzawa “estuvieron condicionados en forma incomparablemente más rígida que la de cualquier escritor occidental por el ambiente nacional” (Vickers, II). Ambos tienen también un fuerte componente testimonial, pues tanto Sarmiento como Fukuzawa se sienten testigos de hechos históricos de suficiente importancia como para determinar rumbos en la vida del país. Ambos pensadores presentan técnicas semejantes de autovaloración, con criterios de historicidad, utilidad al país, conciencia del momento histórico, y vínculos generacionales o intelectuales con pensadores y actores sociales renovadores. Ambos se visualizan como hombres de ideas, dueños de un bagaje intelectual nacido al calor de las lecturas de los pensadores europeos modernos y se ven a sí mismos como puestos a la tarea de hacer un diagnóstico de los males del país, de elaborar un sistema para el futuro que posibilite el progreso

Hablando de Sarmiento y de su autovisión, Botana ha dicho que al llegar a Chile, “de una cosa estaba seguro y de ello no se equivocaba: ya se veía a sí mismo como un hombre de ideas” (Botana, 16). Fukuzawa también se vio a sí mismo como un hombre de ideas, que manteniendo tenazmente su independencia respecto de la esfera gubernamental, guiaría al país por la senda del progreso y la civilización. Los estudios sobre Fukuzawa por cierto enfatizan su papel como ideólogo, como lo hace Chamberlain, al decir que ninguna referencia a Japón puede ser completada sin referencia a su vida y sus ideas (Chamberlain, 365). Siguiendo la misma línea, Morrison afirma que todo lo que se ha escrito en Japón desde su época no es sino una suerte de reflexión sobre las ideas que Fukuzawa expuso (Morrison, 83). Los estudiosos japoneses reconocen en forma unánime su papel de hombre de ideas y, aunque como lo destaca Kosaka el énfasis en Fukuzawa es algo injusto para los demás miembros del grupo de Meirokusha, lo cierto es que merece esa atención por ser el más destacado pensador del iluminismo japonés (Kosaka, 132). Con relieves aún más enfáticos, Miyamori señalaba que todos “los que viven en la era presente, ya sean jóvenes o viejos, son, en mayor o menor medida, deudores intelectuales” de Fukuzawa (Miyamori, 4).

Un primer punto de contacto entre Sarmiento y Fukuzawa viene dado por la circunstancia de que la autobiografía comprende dos obras formalmente separadas pero una en el contenido y el intento de autoexplicarse. En Sarmiento, “Mi defensa” y Recuerdos de Provincia son dos piezas que se entrelazan para generar un contenido autobiográfico que se perfila con nitidez y atractivo gracias al dominio formidable del elemento idiomático. Marcelo Sánchez Sorondo, como muchos otros, ha afirmado que “la virtud de Sarmiento como hombre de acción residía en ese dominio” y que el magisterio de la palabra escrita fue decisivo para otorgar un vigor desusado a su labor de pensador (cit. en Botana, 84). Ambos escritos surgieron al fragor de la intensa vida de polemista que Sarmiento desarrollaba en su exilio chileno y se encuadran en el marco de una serie de conflictos personales y políticos. “Mi defensa”, según nos lo hace saber el autor, fue el resultado de la acción de su pluma contra los ataques del ex cónsul de Chile en su provincia natal, San Juan, y surgió como hojas sueltas reunidas más tarde en un folleto, resaltando por su brevedad, su siempre atractivo estilo y por supuesto, por su tono polémico (Campobassi, 205). “Mi defensa” habla a las claras de una intención política, pues a Sarmiento lo que le interesaba era defenderse de los ataques y calumnias que “en manera ninguna satisfacen la expectación pública” (Obras Completas, tomo 3, 5).

La brevedad del folleto no impide al autor presentar al personaje en sus diversas facetas privadas, en la intimidad del hijo, del hermano y del amigo, así como al hombre público. En este último aspecto se mueve dominado por la preocupación de dejar bien sentado de que el patriotismo es el que ha guiado todas sus acciones, sin perder nunca de vista al país. Este énfasis puede ser explicado suficientemente por la inmediata necesidad que Sarmiento experimentaba, en el momento de escribir esas páginas, de disipar las calumnias que se levantaban contra él y que comprometían sus planes de protagonismo en el futuro argentino.

Siete años más tarde, en diciembre de 1850, publicó en Santiago de Chile otro destacado resultado de su inspirada pluma, Recuerdos de Provincia”. Volvió a entrar en escena nuevamente una intensa inspiración política: defender su fama en la lucha contra Rosas. Considerada por el autor como unas “páginas confidenciales”, esta obra es en realidad un llamado abierto para reivindicar su fama y sus méritos, generadores de los que Sarmiento denominaba una “nobleza democrática”, nutrida por el patriotismo y el talento (Obras Completas, 3, 27). Pasan por esas páginas muchos personajes ilustres, a los que Sarmiento se confiesa unido “por los vínculos de la sangre, la educación y el ejemplo”, integrantes todos de un linaje ilustre por su brillo intelectual y su vocación de servicio al país y del cual Sarmiento se presenta como digno miembro. En este momento de su vida, con 39 años, había ya formulado una interpretación intelectual que definía un curso de acción y se preparaba para un futuro político de relieve, como lo permiten suponer sus esperanzas de “luchar para abrirnos camino a la patria, y cuando lo hayamos conseguido, trabajar para realizar en ella el bien que concebimos” (Obras Completas, 3, 224). Campobassi ha dicho que la primera magistratura estaba ya en sus planes, “como sueño y como proyecto” (Campobassi, 290) y por lo tanto, la obra debe ser entendida en el contexto global de su intensa campaña de reivindicación del hombre y sus proyectos que marcó claramente su labor periodística en Chile. Por cierto la crítica, aún reconociendo su mérito formal y literario, ha señalado el carácter fuertemente subjetivo de la autobiografía y hombres como Gálvez la han llamado “un monumento de egoísmo” (Gálvez, 151).

Escrito después de sus viajes y de una ausencia de dos años de Chile, cuando los días de Rosas parecían contados y se visualizaba el retorno, el libro tiene pues, además del objetivo inmediato de la defensa personal, el mediato de preparar un futuro político para el autor. Las diferencias entre “Mi defensa” y Recuerdos de Provincia han sido señaladas, en el sentido de que en el primer intento autobiográfico Sarmiento se esfuerza por presentar al hombre autodidacto, en una lucha del individuo que quiere imponer, con todo su vigor juvenil, su figura política con los títulos que le da una intelectualidad de exclusivo mérito personal. En cambio en Recuerdos ya es hombre más conocido, respaldado por una amplia actividad en los círculos periodísticos, literarios y académicos de Chile, sus viajes y sus encuentros con figuras famosas, y lo que no es menos, ya es el autor de su obra maestra, Facundo. Por ello, la autobiografía viene a añadir títulos a sus aspiraciones, al presentarlo como un eslabón en la cadena de un ilustre linaje de hombre animados por el valor, el patriotismo y la inteligencia. Hay una ambivalencia en Sarmiento, pues si bien insiste en una “aristocracia democrática del patriotismo y del talento”, no olvida la fuerza social real y por ello se esfuerza por remontarse en la búsqueda de los orígenes familiares y los hace llegar hasta la familia de un jeque sarraceno del siglo XII, asegurando que “me halaga esta genealogía que me hace presunto deudo de Mahoma” (Obras Completas, 3, 46). Molloy ha llamado la atención sobre el hecho de que todos los personajes ilustres pertenecen a la familia materna y el relato desemboca, como era de esperarlo, en la figura de la madre (Molloy, 41).

Fukuzawa, por su parte, también dejó un testimonio de su vida en dos escritos, que deben ser considerados como complementarios, su Autobiografía propiamente dicha, y un “Prefacio” que escribió para la “Colección de Obras de Fukuzawa (1897). Ese “Prefacio” aparece como un apéndice en la Autobiografía traducida al inglés por su nieto, Eiichi Kiyooka. Se publicaron cinco volúmenes en la “Colección”, sin incluir ninguno de los artículos periodísticos ni los editoriales y ni siquiera todos los libros, pues según el traductor, hubo libros que Fukuzawa se olvidó de incluir. El traductor, para darnos una idea de la importancia que Fukuzawa atribuía al “Prólogo”, señala que cada vez que en la Autobiografía se refiere a sus actividades como escritor, dice: “ya lo he escrito en el “Prefacio”, no necesito referirme a eso” (Nota del traductor, en “Prefacio”, III). Mientras en el caso de Sarmiento las dos piezas autobiográficas están separadas por ocho años, Fukuzawa empezó a publicar su autobiografía apenas unos meses después de la aparición de la “Colección”.

El “Prefacio” es en apariencia una bibliografía crítica, como la que eligió Sarmiento para concluir sus Recuerdos de Provincia, pero no es sólo eso, sino que contiene una valiosa descripción de las condiciones de la sociedad japonesa en el momento en que el libro fue escrito, mostrando el paso de Japón de un estado feudal a una sociedad moderna, la lucha de los intelectuales renovadores y las resistencias que se opusieron en su camino. El “Prefacio” aclara suficientemente cómo Fukuzawa visualizó su protagonismo en el proceso de cambio de un país que entraba en una época de progreso y libertad, y al igual que Sarmiento enfatizó su mérito al afirmar que sus libros y sus traducciones “tienen su parte” en lo logrado. De la misma manera que Sarmiento, no se dirige sólo a sus contemporáneos, se mueve con un propósito testimonial cuando afirma la importancia de publicar esa colección de sus obras para que, conociéndolas, la posterioridad pueda “recordar el origen y desarrollo de la civilización moderna en Japón” (“Prefacio”, 2).

En cuanto a la Autobiografía propiamente dicha, mientras Sarmiento escribió sobre sí mismo llegando apenas a los 40 años, Fukuzawa lo hizo al final de su vida, cuando ya podía ver muchos frutos de la lucha y con un Japón cambiado, que le satisfacía por haber llegado a ser un país “capaz de mantener un intercambio en términos igualitarios con los países civilizados del mundo” (“Prefacio” 2), logro del que no podía enorgullecerse Sarmiento, en cambio. Es por esto que en el prólogo a la Autobiografía Shinzo Koizumi afirma que “felizmente, Fukuzawa vivió para ver los resultados completos de sus esfuerzos” (Koizumi, “Prólogo”,VII).

Acerca de las condiciones que rodearon a la Autobiografía, Ishikawa Kammei, escribiendo en Jiji Shimpo, en junio de 1899, señalaba que muchos miembros de Keio, la universidad fundada por Fukuzawa, anhelaban que el gran maestro, como lo hacían otros hombres célebres, escribiera “un relato de su vida para beneficio de la posteridad (“Prefacio” a la edición de 1889, incluido en ”Autobiografía”,XIII). Pese a este pedido de sus discípulos, Fukuzawa, absorbido por sus ocupaciones, iba posponiendo el proyecto, pero a pedido de “un extranjero” del que ni su nombre ha quedado registrado, tuvo ocasión de hablar de su vida y su obra especialmente en torno a la Restauración de Meiji, oportunidad en que fue llamado un escribiente, encargado de volcar al papel el importante relato. Lo que Fukuzawa hizo fue corregir ese manuscrito, que quedó terminado en mayo de 1898, apenas 4 meses antes de que el autor sufriera un ataque que puso en peligro su vida. Como en el caso de Sarmiento, la autobiografía fue publicada en entregas en el periódico Jiji Shimpo, de julio a febrero del año siguiente, y finalmente apareció en forma de libro en 1899.

Aun cuando Fukuzawa no era atacado como Sarmiento, no todos estaban de acuerdo con sus actitudes, en particular su pertinaz decisión de mantenerse independiente de todo compromiso político. La Autobiografía va dirigida a dar cuenta de el porqué de una actitud como la que asumió, y a explicar su vida y su obra en términos de sus sueños por hacer realidad un Japón poderoso. Justificándose, advierte que “todas mis actividades con la política han sido las de un diagnosticador”, sin pretender curar los males del país ni mucho menos “he pensado de la política en conexión de mi interés personal”, a lo que añade que toda su vida y esfuerzos estuvieron orientados a lograr que Japón “goce de los beneficios de la nueva civilización, de modo que pueda convertirse algún día en una gran nación, poderosa en las artes tanto de la paz como de la guerra (Autobiografía, 321). Vemos entonces que mientras la autobiografía de Sarmiento está dictada por una ambición política, Fukuzawa por el contrario escribe para negar toda intención de ese tipo, y más bien defenderse de posibles críticas de indiferencia por lo político, arguyendo que puede trabajarse por el futuro del país desde otra perspectiva, aleccionadora por lo que tiene de actitud independiente, en lo personal y lo intelectual, y desde un ángulo esencialmente educativo.

Shinzo Koizumi, en su prólogo a la Autobiografía afirma que el valor de la misma surge no sólo de ser una narración de su obra y de la época en la que le tocó vivir, sino por el atractivo que emana de Fukuzawa en sí mismo, como hombre que no oculta sus sentimientos, capaz de emocionar al lector revelando su ternura íntima, como los párrafos referidos al amor filial, y por la solidez y claridad de los criterios morales que exhibe (Koizumi, VII). El estilo no tiene el vuelo literario de Sarmiento, pero sí sobresale por la claridad resultante de su simplicidad, y la apelación directa al lector. Esa simplicidad no impide que la pluma se vuelva aguda cuando se trata de responder al adversario. Esta es una característica que puede encontrarse en toda su obra escrita, pues fue una preocupación confesada de Fukuzawa, escribir en un lenguaje llano, al alcance de cualquier lector, como una prolongación del coloquio, del debate y la oratoria, estilos de los que fue pionero en Japón y que cultivó con dedicación entre sus discípulos de Keio. Valorando este rasgo de Fukuzawa, Miyamori ha afirmado que, a diferencia de sus contemporáneos, escribía para el público en general y no sólo para los estudiantes o la clase culta.,y por eso, “creó su propio estilo, que se adapta singularmente a la gente de cualquier clase” (Miyamori, 87). Fukuzawa ilustraba cada suceso u opinión con voluminosos ejemplos que hacían más fácil su comprensión y en tal sentido, la crítica lo ha estimado positivamente por su hábil manejo del ejemplo para esclarecer conceptos.

Fukuzawa era consciente de la existencia de lagunas en su relato, que nació, como fue señalado ya, como una charla informal, y se proponía escribir un segundo volumen, más sistemático, que nunca llegó. Kiyoota, su nieto y traductor de la Autobiografía al inglés, nos advierte que una suerte de “premonición” acerca de lo corto que le quedaba de vida fue lo que lo decidió a hablar de sí mismo. “Sospecho” nos dice, “que fue impelido por una premonición inconsciente de registrar su vida y su obra para bien de la posteridad” (Nota del traductor en “Prefacio”, III). Con qué exactitud los hechos y su valoración desfilan en la autobiografía, es tema abierto a diversas opiniones. Craig, por ejemplo, ha disminuido el valor de esta obra afirmando que son memorias de un hombre viejo que muestra al hombre que querría haber sido, y que “el Fukuzawa real tenía poca similitud con el Fukuzawa descrito en la Autobiografía (Craig, 103). El estudioso norteamericano apoya esta opinión en el hecho de que Fukuzawa, que vivió más de la mitad de su vida antes de la Restauración de Meiji, mostró menos modernismo y flexibilidad en sus hábitos de vida que en su pensamiento, y no siempre fue coherente en aplicar a su vida y sus gustos las ideas que proclamaba. Craig menciona como ejemplos la educación conservadora que dio a sus hijas, él que fue de por vida un audaz defensor de los derechos de la mujer y de la igualdad entre sexos, o el disgusto que le producía ser confundido con un plebeyo y la satisfacción que experimentaba al ser reconocido como un samurai, él, que afirmó y enseñó sobre la igualdad de todos los hombres.

Como era de esperar, la historia de su vida arranca, en ambos pensadores, del medio familiar y la infancia, destacando el carácter periférico de un medio poco agraciado, alejado del centro de la vida política y cultural del país, así como la falta de recursos familiares, con toda su carga de limitaciones para el personaje. En Sarmiento encontramos una vida presentada como lucha incesante, marcada por la humildad de orígenes, en una compleja situación donde cierta posición en la escala social no condice con la miseria en que transcurre la vida doméstica. “Mi vida ha sido una lucha continua, menos debido a mi carácter que a la posición humilde desde la que principié”, nos explica Sarmiento, y va más allá al afirmar que “una rara fatalidad ha pesado sobre mi vida” (Obras Completas, 3, 5), circunstancias que añaden un mérito adicional a los logros exhibidos. La rica prosa sarmientina es convincente en los trazos de ese escenario negativo en que se desarrolló su infancia: una familia pobre en una provincia a la que calificó de “ignorante y atrasada”. La confabulación de la miseria y la mala estrella dan por resultado la clausura del camino para llegar al centro, Buenos Aires, y se perfila esa constelación adversa como un formidable impedimento en la prosecución de estudios regulares.

Con tenacidad, Sarmiento rescata los valores morales positivos en el seno doméstico, caracterizado por una fuerte presencia materna y la ausencia del padre. No se niegan por cierto las resultantes del amor del progenitor, sentido a su manera, y el patriotismo, el entusiasmo por la educación y cierto carácter hidalgo son atribuidos al influjo del padre, siempre ambulante tras de sus quimeras. Sin pretensiones de perfección, enfatiza su papel temprano de jefe de familia, a lo que atribuye su resistencia a aceptar la autoridad de otros. Lo más firme del influjo viene de la madre, en forma de incesante laboriosidad, una concepción religiosa honda, pero prescindente de las formalidades del culto y un concepto igualitario. Sobre el primer aspecto, Sarmiento confiesa que “no conozco alma más religiosa y sin embargo, no vi entre las mujeres cristianas otra más desprendida de las prácticas del culto” (Obras Completas, 3, 132) y sobre el instinto igualitario dan testimonio los recuerdos de una criada, que era “la comadre de todas las comadres de mi madre” y aun más, la figura de una mendiga, Ña Cleme, india que gozaba de la amistad de doña Paula.

Estos rasgos observados en los recuerdos de infancia de Sarmiento se encuentran también en Fukuzawa. Nacido en una familia de samurai, perteneciente al clan Okudaira en Nakatsu, en Kyushu, la isla más meridional, alejada de los centros, especialmente de Edo, la actual Tokio. Por pertenecer a la casta de los samurai, la familia poseía rango social, pero ubicado su padre en la categoría de “hanninkan”, que era el rango inferior de la casta samurai, cumplía la más baja de las tareas como funcionario del clan, la de manejar las finanzas de su señor feudal. Todo esto ponía a Fukuzawa en una situación similar a la de Sarmiento, al tener cierta posición social, pero soportando la arrogancia de los estratos superiores de su clase y saboreando las dificultades económicas. La ausencia del padre es otro elemento común, aunque no como Sarmiento por una vida de aventuras sino por la muerte que lo dejó sin progenitor y con una amenaza de pobreza aún más cierta cuando sólo tenía un año y medio. El elemento de hidalguía como enseñanza paterna surge también aquí; mientras en Sarmiento se expresaba en un desprecio por las tareas manuales transmitido por el padre, en Fukuzawa es el desprecio por el manejo del dinero. Fukuzawa nos advierte que su padre “era realmente un intelectual” condenado sin embargo al despreciable trabajo de velar por el dinero de su señor feudal (Autobiografía, 2).

De la madre, luchadora en medio de las condiciones adversas a que la condenaban la ausencia del padre, se derivan lecciones morales y enseñanzas igualitarias, en los ejemplos concretos de su vida de relación social. Así como Sarmiento recuerda a su madre amiga de una criada de color o charlando con la mendiga Ña Cleme, Fukuzawa recuerda que la suya no tenía prejuicios para vincularse con las clases inferiores, incluso los parias o “eta” y también recibía en su casa a Chie, una mendiga, aunque Fukuzawa confiesa que “recuerdo con afecto y cierto desagrado” esa costumbre materna (Autobiografía, 15). Tanto Sarmiento como Fukuzawa respiraron en el medio doméstico ese ambiente de ideas igualitarias y ausencia de prejuicios sociales, y ambos hacen gala de un temprano desprecio por ciertas convenciones sociales. Sin embargo, los elementos de una posición social que los colocaba por encima del vulgo con el que su pobreza tendía a identificarlos, informa de algunas actitudes antipopulares y de desconfianza hacia las masas que también invitan a establecer un paralelo entre los dos pensadores.

También se pueden percibir puntos de contacto entre Fukuzawa y Sarmiento en el sentido del concepto religioso que les fue transmitido por vía materna. El mismo desprendimiento de las prácticas formales del culto se observa en la madre de Fukuzawa, quien “no parecía tener una creencia semejante a las mujeres de su tiempo” (Autobiografía, 14) y, aunque reverenciaba a sus antepasados como lo mandaba el confucionismo y llevaba ofrendas al templo, no participaba nunca en los actos del culto. Esta influencia viene a explicar que ambos pensadores mostraran el mismo alejamiento de la religión formal, aunque aceptando el rol de la religión en la vida social.

Llevando adelante este intento de comparación, nos detendremos a observar la fuerte confianza en sí mismo, el énfasis en el mérito y esfuerzo personal y la conciencia del influjo de su obra que comparten Sarmiento y Fukuzawa. El mérito corre por las líneas del entusiasmo por la educación definida como la gran misión de su vida, el encuentro con los libros y con maestros influyentes, capaces de transmitir no sólo conocimientos sino una sabiduría de vida. El estar por sobre los demás, la temprana madurez, que lleva a asumir posiciones de jefatura familiar y de hacer suyo el rol de maestro, son elementos compartidos de ambas autobiografías. El significado y la coherencia del esfuerzo resultan de una entrega a una alta causa, la de la civilización y el reinado de la libertad, entrega sin claudicaciones, a costa de la tranquilidad personal, el bienestar material y aún a riesgo de la vida.

Sarmiento confiesa: “yo creía de niño, en mis talentos como un propietario en su dinero”, que su carrera se ha hecho “a fuerza de constancia, de valor, de estudios y de sufrimiento” (Obras Completas, 3, 152). En “Mi defensa” relata cómo a los cinco años ingresó a la escuela de la Patria, marcada por el entusiasmo pedagógico y patriótico de los hermanos Rodríguez, llegados de Buenos Aires trayendo “el entusiasmo y el idealismo de aquel primer periodo republicano” (Allison William Bunkley, 32). Nos explica cómo adquirió “cierta celebridad” en el medio escolar y cómo la lectura influyó poderosamente, al punto de hacerle pensar que nada como la capacidad de leer es capaz de influir marcadamente en el avance de la civilización de un pueblo. Ese “haber aprendido a leer muy bien”, al que Sarmiento atribuye su progreso individual, ha sido interpretado no como una mera comprensión de lo que se lee sino como una capacidad de independizarse de “mediadores culturales” o sea un acceso no mediado a la lectura (véase Sarlo y Altamirano,175). Del mismo modo, el aprendizaje de las lenguas que Sarmiento enfatizaba, no sería una apertura sino una interiorización, un modo de incorporar elementos a una concepción personal. Molloy señala que la velocidad con que Sarmiento, que era un novato en francés, tradujo de este idioma a un promedio de tres volúmenes por día, habla por sí sola de lo que Sarmiento entendía por leer (Molloy, 447).

El encuentro con los libros es visto como esencial y definitorio por Sarmiento, y esto le brinda una suerte de apoyo ontológico, pues el escritor y pensador no puede existir ni explicarse sin los libros. En un medio cultural donde el acceso a las ideas modernas era el privilegio de unos pocos, la lectura y la posesión de libros confería cierta sensación de autoridad. Sarmiento declarado “primer ciudadano” sentado en un solio construido en la escuela para él; Sarmiento dueño de una “superioridad decidida por mis frecuentes lecturas de cosas contrarias a la enseñanza”; Sarmiento en la escuela de campaña, maestro a los 15 años de alumnos mayores que él; Sarmiento fundador de un colegio de niñas que “viene a llenar las expectaciones de los ciudadanos amantes de la educación” (Obras Completas, 74), son eslabones que a lo largo de las páginas, van dando forma a la imagen que Sarmiento se propone trazar.

Los resultados no sólo se explican por el talento y el empeño personal, sino por el afortunado encuentro con el maestro. Para Sarmiento ese hombre es sin duda el presbítero José Oro, quien junto a los conocimientos intelectuales le transmitió elementos morales y religiosos acompañados por el entusiasmo liberal de un hombre que había participado en las luchas por la independencia. Confiesa Sarmiento deberle “una gran parte de mis ideas generales, mi amor a la patria y principios liberales” (Obras Completas, 3, 8), que no es decir poco. Esas influencias vienen reforzadas por las lecturas de los pensadores europeos modernos, en un esfuerzo colectivo con otros jóvenes de su generación, reunidos en una Sociedad literaria, actividades de las que, según Sarmiento, habría resultado un “sistema de principios claros y fijos, sobre literatura, política y moral” (Obras Completas, 3, 10). Nos interesa destacar el balance positivo que hizo Sarmiento de este tipo de educación, que según sus palabras se realizó “lenta y oscuramente” pero librada de los moldes rígidos de la educación formal y creando, por ende, un contexto favorable que dio nacimiento a la libertad en el pensar. Otra valoración que merece destacarse es la decisiva importancia atribuida a la educación elemental en el esfuerzo global en torno a la educación de un pueblo, pues “reformando la escuela primaria puede civilizarse a un pueblo más bien que con colegios y universidades” (Obras Completas, 3, 12).

Todo este esfuerzo, posibilitado por el talento y el mérito personal, cobra significado en nombre de una entrega a la causa de la civilización del país. Sarmiento escribió cuando su papel estaba aún por cumplirse, lanzado a la actividad periodística y política en Chile pero a la espera de un regreso a Argentina. Se esfuerza por mostrar, sin embargo, su total entrega a la causa del país. Confiesa una indiferencia política inicial tras la que vino el nacimiento de un interés por el tema, generado por la lectura de Tomas Paine y la Revolución de los EEUU. Al surgimiento del interés siguió un instintivo rechazo hacia las formas arbitrarias del poder, revelado ya en la adolescencia, y del que se da cuenta en ejemplos tales como resistir al gobierno sin cambiar su opinión, hasta que “el gobierno tuvo que abandonar la causa” (Obras Completas, 3, 13), actitud a la que atribuye las persecuciones y destierros que experimentó.

Sarmiento pretende dejar bien claro lo arraigado de su patriotismo, al afirmar que nunca perdió de vista a la patria y que en él, el compromiso con los principios políticos de libertad y civilización tienen los ribetes del fanatismo religioso. Para sonar aún más convincente, se extiende en la explicación de circunstancias políticas, concretamente relatadas, que muestran que fue capaz de poner en peligro su vida por su compromiso con las ideas. Es también en nombre de ese anhelo de civilización y libertad que explica su opción entre los dos partidos que se disputaban el control de la escena política argentina. La necesidad de disipar las calumnias que contra él se levantaban hace comprender mejor la protesta de desinterés en el servicio al país, como lo sugiere un Sarmiento rechazando nombramientos de oficial en la secretaría de gobierno, “porque mis ideas sobre los servicios a la patria y a la libertad eran tan sublimadas y quijotescas que creía deshonroso estarme en una oficina cuando había que hacer la guerra” (Obras Completas, 3, 14).

La trascendencia que atribuía a su obra y su quehacer se muestra cuando señala el papel que le cabe en la prensa de Chile y cuando nos recuerda su labor de ensayista “sobre asuntos de utilidad pública” y sobre todo su papel de Director de la Escuela Normal en Chile. Al mismo propósito responde su referencia a la importancia de Facundo, obra en la que tiene la convicción de haber encontrado una “solución” a la que se atribuye importancia general, puesto que “la han adoptado hoy todos los partidos y se abre paso en Europa” (Obras Completas, 3, 88) con lo cual quería significar que gracias a él la Europa culta estaba abriendo los ojos a la realidad del régimen rosista y la barbarie que lo caracterizaba.

En Sarmiento, este concepto de la importancia de su papel viene encuadrado en una idea que le era muy cara sobre el ser y el devenir de la historia, entendida como el pensar y el accionar de los grandes hombres. En Recuerdos de Provincia nos habla de su admiración por Cicerón y de su sueño de convertirse en otro Franklin, siendo claro que los personajes cuyas biografías resultan los voceros a través de los cuales hablan las etapas históricas por las que atravesó el país. Tomada una posición a favor del que llamaba “partido de los jóvenes, los antiguos patriotas y los que abogaban por la libertad” (Obras Completas, 3, 13), Sarmiento esboza una visión de lo que sobrevendría a la caída de Rosas, en cuyo contexto se pone en marcha un pensamiento propio para atacar todo lo que había de atraso en las costumbres tradicionales y promover un espíritu de reforma y progreso, luchando contra las formas políticas imperantes.

Fukuzawa, por su parte, nació en un hogar en el cual la figura paterna reunía todos los elementos del entusiasmo por la educación pero cuya temprana desaparición determinó la necesidad de abandonar la educación formal en lo que la autobiografía considera “el tráfago de la lucha diaria por subsistencia” (Autobiografía, 7). Así como Sarmiento leyó a los clásicos, Fukuzawa hizo lo propio con los textos confucionistas, pero la muerte del padre creó un vacío y una falta de control en materia de educación, de modo que la hora de los libros no llegó sino con la adolescencia. Confiesa que al llegar a los 14 o 15 años descubrió que los jóvenes de su edad estaban versados en los clásicos, y “me dio vergüenza de mí mismo y deseé ir a la escuela” (Autobiografía, 7). Así como el encuentro de Sarmiento con el presbítero Oro, fue decisiva para Fukuzawa la presencia del maestro Shiraishi Tsuneto (1815-1883), con quien confiesa haber hecho grandes progresos, dominando en 4 o 5 años a los clásicos chinos. Como Sarmiento alumno aventajado y maestro a los 15 años, Fukuzawa se convirtió en “zenza”, o discípulo avanzado que gozaba del privilegio de enseñar a los demás alumnos. Hay una conciencia de estar por sobre los demás, pues “mi progreso fue rápido y creo que era uno de los mejores estudiantes” (Autobiografía, 39), de ser dueño de una capacidad de debatir con gente mayor sobre temas académicos, resultado de una temprana madurez intelectual y de carácter, de una pasión por los libros no menos intensa por lo tardía. Así como Sarmiento leía con avidez cuanto caía en sus manos, Fukuzawa confiesa que sentando en su escritorio perdía la conciencia de la sucesión de los días y las noches.

Es interesante destacar que para ambos pensadores hubo planes familiares para destinarlos a la vida religiosa, seguramente como un medio de escapar a las limitaciones que el medio social y la situación económica familiar imponían. Sarmiento relata que su madre daba por sentado que se convertiría en uno más de los clérigos destacados de su familia y Fukuzawa nos dice que su padre quería destinarlo a monje de un templo, intención que imputa a la conciencia que su progenitor tenía de que el sistema feudal impedía al hombre nacido con bajo rango ascender, cualquiera fuera su mérito, y por eso la vida religiosa fue pensada como un medio de liberar a su hijo de ese destino impuesto (Autobiografía, 6).

El desarrollo del talento y del mérito personal, cuya conciencia es manifiesta, le impulsa a alejarse del estrecho medio natal y buscar como destino final a Edo, el centro político, con la misma intensidad con que Sarmiento soñaba con realizar estudios en Buenos Aires. Sarmiento dejó San Juan a los 20 años y Fukuzawa se alejó a los 19 de Nakatsu (1854), pocos meses después de la llegada del comandante Perry (8 de julio de 1853), al frente de dos buques de vapor y dos barcos a vela que anclaron en Japón decididos a romper el aislamiento y a entrar en acción si para ello era necesario. Fukuzawa partió rumbo a Nagasaki para realizar estudios holandeses, que eran la única ventana abierta a la ciencia occidental en un Japón que se había cerrado por doscientos años al contacto con Occidente. Confiesa que no es que sintiera al principio particular interés por esos estudios, pero era un pretexto valioso para abandonar el hogar sin horizontes para él. De allí pasó a Osaka, estudiando un vasto espectro de ciencias occidentales, nuevamente con la guía de un influyente maestro, Ogata Koan (1810-1863), y finalmente a Edo, donde el régimen del shogunato se debatía en una crisis que lo llevaba a su final. Aunque no fue un autodidacta como Sarmiento, en la escuela de Ogata -llamada Teki Juku y en la cual estudiaron unos tres mil hombres distinguidos- se propiciaba un estudio independiente, sólo se les daba a los alumnos un libro de gramática y otro de sintaxis, y “ésa era toda la instrucción impartida” (Autobiografía, 82).

El ambiente de Edo le pareció el ideal para sus avidez de saber, pues allí los estudiantes se sentían orgullosos como “los únicos poseedores de la llave del conocimiento de la gran civilización europea (Autobiografía, 91). Así como Sarmiento a los 28 años apareció dirigiendo un Colegio de Señoritas en San Juan y poniendo en marcha el periódico El Zonda, a los 25 Fukuzawa se convirtió en profesor de una escuela que su clan abrió en Edo. En las páginas de la autobiografía aparecen la figura del entusiasta del inglés, el partícipe del grupo que hizo el primer viaje a EEUU en 1859, donde las costumbres sociales le produjeron gran impresión, el traductor a su regreso para el gobierno del shogunato, un nuevo viaje, esta vez a Europa y el retorno a un Japón xenófobo, con un relato minucioso de los intentos contra su vida por ser un pionero de la civilización occidental.

Fukuzawa aparece siempre como dedicado al aprendizaje de las ideas e instituciones modernas de occidente y como fervoroso maestro entregado a difundir esas ideas en Japón. En la autobiografía son recordados su labor en la prensa, los ocho libros que escribió sobre occidente y la civilización moderna en Japón antes de la Restauración de Meiji, y los siete dados a conocer después de ocurrido el cambio político. Los recuerdos cobran especial énfasis cuando Fukuzawa nos habla de lo que fue su más importante creación como intelectual y educador, la escuela, luego convertida en universidad, de Keio, a la que presenta como “bastión de los estudios occidentales” (Autobiografía, 211).

Fukuzawa se autovisualiza como un hombre de ideas reformadoras, como un intelectual independiente dedicado a levantar un nuevo Japón a través de la educación, repudiando el oportunismo y el compromiso político de los intelectuales. Se define como maestro y siente la necesidad de explicar su ideal del maestro como un ejemplo de independencia, como aquél que debe predicar en su vida intelectual y personal los valores de independencia de criterio, poniéndose así en situación de adoptar todo lo que contribuya a la causa de la civilización, reciba o no la aprobación pública. Se siente impelido a esclarecer el propósito coherente de una larga vida de lucha, y declara su compromiso vital con la decisión de “abrir este país cerrado nuestro y traerlo a la luz de la civilización occidental” (Autobiografía, 309). De la misma manera que Sarmiento se proponía lograr un cambio radical en la manera de pensar de la gente, Fukuzawa afirma también un objetivo de esa índole, al destacar que trata de “revolucionar desde las raíces las ideas de nuestro pueblo” (Autobiografía, 334).

Era consciente de su papel en el proceso de reforma. En un discurso en Keio afirmaba que “en este drama (léase los cambios ocurridos en los últimos 40 años) siempre he sido un espectador y siempre he estado entre bambalinas” (Fukuzawa, Discursos, 90). Comentando su libro “Seiyo jijo”, en el que relató todo lo visto y sentido a su regreso de Europa, afirma: “mi libro se convirtió en una guía general de la sociedad contemporánea” y “muchos de los decretos del nuevo gobierno parecen haber tenido origen en este libro” (Autobiografía, 40). Interesa destacar que Fukuzawa además de valorar positivamente su obra, pone énfasis en lo acertado de la coyuntura política en la que aquella surgió, cuando Japón despertaba de su largo letargo político, y buscaba guías y modelos para encauzar los esfuerzos de reforma.

Hay en Fukuzawa una ideología política que alimenta su voluntad de construir un nuevo Japón, fundamentalmente en lo social y lo político, bebiendo en las fuentes de la modernidad ideológica de Occidente, pero sin perder de vista la realidad nacional. Así como Sarmiento afirmaba su propósito de “ir traduciendo el espíritu europeo al espíritu americano, con los cambios que el diverso teatro requería” (Obras Completas, 3, 173), Fukuzawa quería introducir los elementos progresistas de la civilización occidental, pero sin ideas de valor que llevaran a una aceptación acrítica de esa civilización, o a un concepto negativo de rechazo de todo lo propio.

Su contacto con la modernidad a través de sus viajes está incluido en extensos capítulos de su Autobiografía, siendo evidente su coincidencia con la opinión de Sarmiento en el sentido de que los viajes son “el complemento de la educación de los hombres” (Obras Completas, 3, 224). Su primer viaje a los EEUU, una aventura de 37 días de tormentoso cruce del Pacífico y el descubrimiento de lo que era para los reformadores japoneses el país de referencia; está minuciosamente relatado en páginas que impresionan, más que por lo que dicen de su admiración por la civilización extranjera, por el orgullo nacional que rezuman. Se siente orgulloso de haber navegado en un barco de tecnología japonesa, apenas cinco años después de que Japón viera por primera vez un barco a vapor. Mientras a Sarmiento le impresionó EEUU sobre todo por el avance científico que permitía al hombre dominar a la naturaleza, Fukuzawa, familiarizado como estaba con las ciencias exactas de occidente, se sintió menos impresionado por los aspectos tecnológicos que por las instituciones económicas, políticas y sociales, así como por la autoestima y la independencia de criterio que pudo detectar en el hombre norteamericano. El énfasis en esos aspectos viene dado por la profunda creencia de Fukuzawa acerca de que esos elementos de autoestima e independencia eran los decisivos en la formulación de una civilización moderna. Como lo revela su autobiografía, lo asombró la capacidad de debatir ideas, y podemos explicarnos así que a su regreso a Japón se convirtiera en pionero del debate y la oratoria, haciendo de su escuela Keio el centro de esa práctica que tuvo indudables ramificaciones en la vida política democrática de Japón.

Lo mismo ocurrió con su experiencia europea, también relatada en forma extensa en las memorias. Del viejo continente le impresionó no sólo la vida democrática sino la falta de recelos frente a los extranjeros. Esta fue una lección de vital importancia, puesto que Japón, saliendo de su dos veces secular aislamiento, enfrentaba la difícil tarea de estructurar nuevos conceptos en sus relaciones con la comunidad internacional. Insistía Fukuzawa que esa lección debía ser aprendida y que Japón tendría dificultades para controlar los asuntos exteriores si ellos “estaban en manos de hombres que exhibían tal razonamiento”, esto es, que recelaban de las intenciones de los extranjeros (Autobiografía, 123).

El sistema de bancos, la ley de elecciones, la lucha política, fueron algunos de los temas predilectos en las abundantes notas que Fukuzawa tomó y que a su regreso a Japón, se convirtieron en su libro Seiyo Jijo. Sus impresiones fueron publicadas primero como entregas periódicas entre 1866 y 1869, para ser finalmente reunidas en un libro que constituyó un resonante éxito. Fukuzawa afirma que, de sus obras, ésta es “la que circuló más vastamente y fue leída por el mayor número de gente” (Prólogo, 3). Nos recuerda también sus dificultades en esta labor de pionero, con el léxico y la ausencia de conceptos para expresar los contenidos que se proponía transmitir. Uno de los ejemplos que brinda es el concepto de partido político, desconocido para los japoneses de entonces. Un grupo de gente que hace arreglos privados entre ellas para un propósito de lucha por la supremacía, es denominado en Inglaterra partido político y sus actividades son legales; en Japón, en cambio, ese fenómeno sería considerado una conspiración contra el gobierno y por lo tanto, una ofensa legal. De hecho fue Fukuzawa el que acuñó en la lengua japonesa algunos de los más importantes términos que se usan hoy en la terminología sociopolítica.

A diferencia de Sarmiento, que afinaba las armas para entrar en el quehacer político, Fukuzawa escribió su autobiografía cuando ya todo un programa estaba realizado y muchas páginas están dedicadas a explicar el particular modo de hacer su colaboración, eludiendo el compromiso político.

En la Autobiografía enfatiza la coherencia de una vida de lucha en pos de la libertad y la independencia del país y su temprano rechazo por las formas despóticas del poder, tal como se lo encuentra en Sarmiento. Siempre dando una apoyatura fáctica al relato, nos recuerda, por ejemplo, su resistencia a pedir perdón por haber pisado un papel con el nombre del señor feudal del clan, el disgusto que le causaban las diferencias de rango y posición que se proyectaban en la esfera privada, cómo esa repugnancia le llevó a abandonar el suelo natal de Nakatsu (Autobiografía, 19).

La peculiar actitud asumida por Fukuzawa de trabajar a su modo por la causa del progreso, sin compromisos políticos y como un intelectual independiente, es objeto de largas y minuciosas explicaciones en la autobiografía. Al trazar un paralelo con Sarmiento, vemos que éste fue breve en el recuento de su rol como hombre público en la autobiografía, escrita antes de ingresar en la escena política de su país y en preparación de ello. Fukuzawa en cambio, se extiende con detalles en los importantes años que precedieron a la restauración de Meiji y los que la siguieron, dando cuenta de su vasta acción pública, aunque evitando el compromiso político directo. Como intelectual de ideas liberales, se oponía al shogunato, tanto por su carácter feudal como por su política de aislamiento del extranjero, pero le servía en calidad de intérprete y traductor, en parte porque ese trabajo de traducir los mensajes del extranjero le permitía perfeccionar su inglés y tener acceso a mucho material de lectura. Esto es lo que se deduce de sus palabras cuando dice: “mi conexión con el gobierno central me trajo muchas afortunadas ventajas para mis estudios” (Autobiografía, 123).

Derrotado el ejército del Shogun, Fukuzawa se declaró políticamente neutral, sin apoyar expresamente tampoco al partido imperial. El shogunato como un régimen feudal, conservador y xenófobo despertaba sus críticas y su rechazo a escalar posiciones dentro de su clan. No mejor le parecía el partido imperial, caracterizado también por una xenofobia y una acción violenta que terminaron por esfumarse, puesto que el ingreso al nuevo gobierno y el predominio conseguido por hombres reformadores cambió el signo del nuevo régimen. El gobierno de Meiji se convirtió en el artífice de la modernización de Japón y la consiguiente apertura del país a las relaciones con el exterior. Fukuzawa en diversos escritos mostró su satisfacción por la seriedad con que el gobierno encaraba reformas que iban más lejos de lo que los intelectuales reformistas habían imaginado. En los personal, la evaluación que encontramos en la Autobiografía es absolutamente positiva, ya que considera que logrando su propósito de mantener su independencia personal e intelectual, había contribuido a la independencia del país y que muchas de las reformas habían nacido, o al menos habían sido inspiradas, por su campaña intelectual y su intensa labor de educador.

El hecho de no colaborar con el shogunato, salvo prestarle los servicios de traductor ya mencionados, puede ser explicado por su disidencia en materia de ideas con el régimen, pero resulta más difícil de explicar la negativa a participar en el gobierno de Meiji, que después de una corta indecisión inicial había caído en manos reformistas. De hecho, varios miembros de su generación y compañeros de Meirokusha participaban en el gabinete y otras importantes funciones, y cuesta explicarlo sobre todo porque el propio Fukuzawa admite que la reforma “se estaba realizando exactamente conforme a mis ideas (Autobiografía, 309). El pensador es absolutamente consciente de que su actitud despierta extrañeza, o puesto en sus palabras, “todos en Japón, diez entre diez, y aún cien entre cien, buscan un empleo en el gobierno, por qué Fukuzawa es el único que no lo busca (Autobiografía, 307). Es precisamente por esa conciencia que trata de dejar bien claro que no le falta ni interés ni conocimientos respecto de lo político. La necesidad de explicar su actitud le lleva a señalar las razones concretas de su falta de participación en la política real y en su autobiografía quedan concretadas en tres motivos: la arrogancia de los funcionarios, su baja moralidad y la falta de principios en los hombres que estuvieron con el shogunato y cambiaron con facilidad, pasándose de campo después de la derrota. Aunque sin duda ésas fueron razones, puede afirmarse que la explicación de fondo está en el pensamiento de Fukuzawa, tantas veces repetido en toda su obra, de que es absolutamente necesario conservar la independencia personal e intelectual, logrando sus objetivos sin depender de los demás y su convencimiento de que hay que abandonar todo eso si se entra al servicio del gobierno.

Conclusiones

El estudio de las autobiografías de Sarmiento y Fukuzawa revela que ambos pensadores compartieron algunas experiencias en el medio familiar y social de signo semejante, y que las mismas condicionaron una estructura intelectual e ideológica con rasgos que invitan a trazar paralelos.

En primer lugar, interesa destacar que ambas autobiografías incluyen una bibliografía crítica, la cual contribuye al intento autobiográfico, pues sus libros hablan de ellos y los proyectan. Sin duda esa inclusión responde a aquello que Sarmiento dijo y que, sin decirlo, creía Fukuzawa, de que “el espíritu de los escritos de un autor, cuanto tienen un carácter marcado, es su alma, su esencia” (Obras Completas, 33, 211). Ambos pensadores expresan así una convicción de que su obra hablará por ellos cuando ya no estén.

Sarmiento y Fukuzawa tienen conciencia del valor testimonial de su autobiografía, animada en ambos casos por un espíritu mesiánico, dotada de un elemento justificativo y ejemplificador. Aunque las páginas están inspiradas por ese espíritu, se halla ausente en ambos pensadores toda pretensión de representar un ejemplo moralizador absoluto. Ambos reconocen no ser moralistas, y sólo haber vivido honestamente aunque “sin ser un moralista ni un puritano”, en el caso de Fukuzawa (Autobiografía, 54), y habiendo “desempeñado mis obligaciones de un modo aceptable a Dios y a los hombres”, en las palabras de Sarmiento (Obras Completas, 3,21).

Lo ejemplificador corre más bien por las líneas de un profundo compromiso, de índole intelectual y política, con los ideales de la libertad y el progreso, aunque se bifurquen los caminos que ambas autobiografías nos muestran en orden a esa lucha. Sarmiento optando por un compromiso político apasionado y explícito, al que lo llevaban factores de carácter, formación y dinámica de la política real argentina de su tiempo, todo ello sin renunciar a la vocación de educador; Fukuzawa en cambio, viendo en el alejamiento de la política real una garantía para servir al progreso del país sin ataduras. Esa opción puede entenderse por una parte, por su probado amor por la tarea de formar en las aulas a la juventud que lideraría al nuevo Japón, pero también por su clara conciencia de que los elementos conservadores, algunos tenazmente antiliberales, estaban en acecho dentro del gobierno reformista. El curso de los acontecimientos en las dos últimas décadas del siglo XIX parecen sugerir que hubo un acertado instinto político en la opción de Fukuzawa.

Puede concluirse que el carácter ejemplificador de las autobiografías surge de una vida coherente con el ideal liberal y civilizatorio, en el sacrificio de los personal por la causa del país, y la definitiva identificación de ella con el triunfo de la civilización moderna. Ambas obras tienen decisiva importancia en el estudio del pensamiento de sus autores, puesto que pueden ser consideradas como la formulación de una matriz ideológica que ejerció una función de trascendencia en el desarrollo intelectual y político de los respectivos países.

Marta E. P. de Matsushita
Universidad de Doshisha. Kioto, Japón.

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Hugo E. Biagini, Compilador. Arturo Ardao y Arturo Andrés Roig. Filósofos de la autenticidad. Jornada en homenaje a Arturo Andrés Roig y Arturo Ardao, patrocinada por el Corredor de las Ideas y celebrada en Buenos Aires, el 15 de junio de 2000. Edición digital de José Luis Gómez-Martínez y autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico, Marzo 2001.
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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