Marisa Miranda y
Gustavo Vallejo
  

 

"RAZA Y PROGRESO: EL NEO-IDEALISMO LATINOAMERICANO
ANTE EL EVOLUCIONISMO SOCIAL"

En la indagación de los elementos constitutivos de la identidad latinoamericana, resulta insoslayable remitirse a un proceso de construcción de la "autoconciencia de Occidente"[1] imbuido de las interacciones establecidas entre un paradigma civilizatorio universal y la cambiante interpretación del significado que, frente a él, le fue atribuida a la naturaleza americana a través de construcciones discursivas que alcanzaron su clara consolidación en la última parte del siglo XIX y comienzos del XX. En este sentido es posible historizar representaciones culturales ligadas siempre a la legitimidad otorgada por el conocimiento científico -aún cuando éste también sirviera de referencia para reaccionar contra él-, contribuyendo a afianzar sólidos entramados de imaginarios colectivos que atribuyeron a la naturaleza americana valores negativos o positivos, desde la relación determinista de causalidad establecida entre aquélla y el desarrollo de sus sociedades. Desde su consideración como traba a una evolución procurada a través de la introducción del progreso técnico y científico hasta la conformación de un paradigma latinoamericanista para el cual de esa naturaleza emanaban los valores humanísticos, estéticos y morales que la fe en la ciencia y la técnica habían hecho desestimar, existe entonces un núcleo central de problemas identitarios que nutren aquella "autoconciencia de Occidente" construida entre el corpus y los tropos, el centro y la periferia de un sistema de dominación imperial.[2] Ellos atraviesan el apogeo y ocaso del pensamiento positivista, el ascenso del idealismo humanista y se insertan dentro de una historia de más larga duración en el proceso de surgimiento y consolidación del evolucionismo, entendido como teoría explicativa de fenómenos naturales que no tardaría en traspasar los límites disciplinarios de la biología para aplicar al desarrollo de las sociedades las ideas diferenciadoras de los individuos que la componen, a partir del uso social de los conceptos de raza y especie.

Este núcleo de problemas del que surge una noción de evolución que va a ser asimilada se dio en llamar la ideología de progreso, cuyo origen es inherente a las antinomias culturales originadas en la "zona de contacto"[3] instalada tras el descubrimiento de América. Dicho credo impregna las ideas científicas de quienes desde Europa se valieron del nuevo reducto territorial de la "otredad" para examinarlo -directa o indirectamente- bajo la idea de afirmar la superioridad del estadio en el que se encontraban, diferenciándolo de aquellas razas y especies situadas -desde su perspectiva- en una "indudable" situación de inferioridad en el proceso evolutivo. El evolucionismo recorre así una larga secuencia en el proceso de consolidación paradigmática que parte del precursor Georges-Louis Leclerc, Conde de Buffón; prosigue con su discípulo, el transformista Jean Baptiste de Monet, Caballero de Lamarck; con Charles Darwin, el más claro enunciador de ésta y otras teorías conexas como la de la variabilidad de los organismos, la lucha por la existencia y la selección natural hasta llegar al intento de cristalización de la evolución por medio de la teoría eugenésica ideada por Francis Galton. Proceso que marca también el paso de la hegemonía de la ciencia como factor de dominación del universo, de la Francia iluminista al Reino Unido en la decimonónica "era del imperio".[4]

La aplicación social de estas ideas biológicas, que con mayor intensidad evidenció las controversias culturales entre América y Europa al promediar el siglo XIX, tuvo como protagonistas a Augusto Comte y especialmente a Herbert Spencer con su teoría inclusiva de las advertencias malthusianas respecto a la desproporción existente entre un crecimiento de la población mucho más intenso que el de los alimentos, induciendo consecuentemente a pensar en criterios de selección para definir quienes merecían la subsistencia. Ello contribuyó a afianzar la escala de valores ya establecida y a perseguir una noción de progreso gradualista, capaz de sobreponerse por diferentes estrategias al estigma intrínsecamente inmodificable de la "inferior" naturaleza americana. Si hasta las postrimerías del siglo XIX es posible reconocer un recorrido protagonizado por ideas ratificadoras de la fe en la capacidad de transformación de la naturaleza a través del genio humano expresado en el desarrollo científico y eran aquellas sociedades carentes de este desarrollo las que padecían las mayores consecuencias de su incapacidad técnica -que retroalimentaba socialmente esta "inferioridad"- los albores del siglo XX van a ser testigos de la irrupción del nuevo paradigma cultural latinoamericanista que, asentándose también en una interpretación evolucionista del funcionamiento de la sociedad, revertirá la valoración de sus componentes anteriormente asignada.[5]

Es a partir de 1870 cuando se "entroniza" en América la filosofía positivista, expresada como una especie de conjunción entre los postulados comtianos y el evolucionismo de Spencer;[6] filosofía que decae con el comienzo del nuevo siglo, en el que como ha sido señalado por Arturo Ardao, el neo-idealismo, de la mano de Rodó y Vasconcelos, vino a proponer una "segunda onda romántica".[7] El positivismo spenceriano requería, por una parte, "apoyarse con espíritu científico en los hechos, en las realidades históricas empíricamente observadas"; por otra, afirmar insistentemente la idea de la evolución. Dentro del neo-idealismo latinoamericanista de principios del siglo XX que se le opone, La raza cósmica puede ser entendida como el punto culminante de un proceso de inversión humanista -desde una lógica evolutiva- de la doctrina del evolucionismo social: Inmersos en las interpretaciones biológicas que enfatizaban las diferencias sociales y culturales desde una asimilación a las nociones de especie y raza, y reaccionando contra la aplicación de ideas que justificaban la exclusión de seres inferiores para desempeñarse dentro de la división del trabajo, desde Martí hasta Rodó y especialmente en Vasconcelos existe una respuesta que afirma un nuevo paradigma basado en la utópica búsqueda de conducir la evolución de la sociedad hacia un ideal de fuerte impronta espiritual, fundamentalmente afectivo y estético, antes que hacia fines productivos.

La identificación de lo "débil" y lo "fuerte" en el discurso evolucionista

En la compleja trama de relaciones culturales entre Europa y América es posible reconocer sucesivas organizaciones discursivas conformadoras de la "autoconciencia de Occidente", vinculadas a un proceso -a menudo inducido, o bien legitimado por un saber científico epocal- de clasificación, jerarquización y consecuente asignación de valores positivos y negativos a los elementos clasificados, para finalmente ser aceptado universalmente -siglos XVIII y XIX- en el centro y en la periferia. Este afán clasificatorio, vinculado a las diferencias percibidas desde la cultura europea, cuyos científicos llegaron a convertir al mundo americano en su principal objeto de estudio -a pesar de que algunos de ellos nunca lo pisaran-, se inició con la conquista misma, aunque fue en el Siglo de las Luces y en el enciclopedismo cuando alcanzó su más explícita formulación.

Clasificar, jerarquizar y asignar valores a la naturaleza americana desde el mundo europeo constituyó así una básica estrategia de control de los nuevos territorios conquistados, amén de encerrar un exotismo estimulante de curiosidad científica y cultural sobre aquello que representaba la más clara manifestación de "otredad". Así, enfatizar las diferencias entre un mundo civilizado por la ciencia y "lo otro", signado por la representación de una naturaleza aún no domesticada por el genio del hombre, fue el punto de partida para el establecimiento de valores y disvalores.

Dentro de esa noción de "otredad" quedaron incluidos los nativos de estas tierras, no sólo por la estratégica mirada imperialista que los integraba indisolublemente a aquello que en su conjunto era una "naturaleza débil" -pasible de ser dominada por el conquistador- sino también porque, como lo demuestran tempranos escritos de Buffón, esa presencia indujo a pensar científicamente que el hombre integraba la escala zoológica, y aquellos seres ocupaban un peldaño más bajo. En efecto, el Conde de Buffón, naturalista francés vinculado al enciclopedismo, concibió entonces desde una mirada influenciada por las relaciones coloniales una suerte de proto-evolucionismo que quedó implícito -en sus aspectos biológicos- cuando advirtió en 1764 que "de todos los animales, los monos son los que menos difieren del hombre".[8] Desde la perspectiva buffoniana, que sumergió "a la naturaleza en la historia" (Gerbi 1992: 15), fue quedando lentamente desacreditada -quizás en forma definitiva- la vieja interpretación creacionista y fijista basada en la hasta entonces dominante tradición diluviana,[9] emergiendo a su vez la incipiente idea de que la transformación de las especies bajo la influencia de condicionamientos externos -que aparecen muy lentamente en el transcurso de grandes espacios de tiempo- se afianza y se hereda.

Este proto-evolucionismo definió como criterio diferenciador de las especies la capacidad de los individuos para reproducirse y engendrar una descendencia fértil. Por ese motivo, Buffón pensó que pertenecían a la misma especie todas las razas humanas pero también los monos. Idea que le permitió explicar, desde su visión abiertamente diferenciadora del hombre europeo y de los inferiores seres americanos -homologables a los simios-, la capacidad que tenían unos y otros de unirse sexualmente, de reproducirse y de obtener descendencia fértil. Bajo esta línea argumental Buffón sostuvo su polémica teoría de la "debilidad de las Américas": una naturaleza primitiva -indisolublemente ligada a la sociedad-, contrapuesta a la que estimulaba las más profundas y visibles transformaciones antrópicas, le condujo a aseverar científicamente que América poseía menor importancia que el Viejo Mundo.

En directa sintonía con la asociación entre comportamientos sociales y factores climáticos, Montesquieu pensaba que las personas eran más vigorosas en los climas fríos, puesto que "la acción del corazón y la reacción de las extremidades de las fibras se realizan mejor, la temperatura de los humores es más alta, la sangre se mueve más libremente hacia el corazón, y recíprocamente el corazón tiene más fuerza". No obstante, ese determinismo -estricto y absoluto en palabras de Febvre (1925: 7)- se fisura, permitiendo y mas aún alentando la acción humana para cambiar el medio físico: "La humanidad, mediante su industria y por la influencia de buenas leyes, ha hecho de la tierra una morada más adecuada. Vemos correr ríos donde había habido lagos y ciénagas; este es un beneficio no otorgado por la naturaleza, pero que la naturaleza mantiene y suministra"(Montesquieu en Glacken 1996: 531). La fatal "determinación" del atraso del hombre por el medio -seguida, a la distancia, por la antropogeografía ratzeliana- encerraba ya una clara estrategia de dominación: nada podía hacer aquél que estaba inmerso en ese medio desfavorable para cambiar los designios y en cambio todo podía ser modificado por quien provenía de un medio favorable portando factores civilizatorios.

Asimismo, aún cuando admitiera que el Nuevo Mundo producía especies de gran tamaño, Buffón, desde la misma postura diferenciadora, se mantuvo en la creencia de que su naturaleza era más débil, que los animales salvajes y domésticos de Europa se empequeñecían cuando vivían en el Nuevo Mundo.[10] Identificaba entonces la existencia de un proceso evolutivo común y la ubicación de ambas realidades en estadios diferenciados, así como un cambio constante propiciado por la actividad humana y limitado por la incidencia determinante de factores ambientales. El interés que, al igual que Montesquieu, demostraba Buffón por los cambios civilizadores que el hombre efectuaba sobre el medio natural y la dispersión de los seres humanos, plantas y animales domesticados, estaba fundado en una concepción teleológica de la naturaleza, que condujo a hacer del hombre un "vasallo del cielo" y un "rey sobre la tierra". El hombre entonces estaba en la tierra para llevar a cabo su función de poner orden en la naturaleza, dependiendo la concreción de este objetivo del grado de civilización alcanzado por la raza a la que pertenecía. Desde la perspectiva buffoniana el primitivismo de la raza humana en América era a su vez un aliciente para intensificar la colonización europea, debido a la incapacidad que denotaban los nativos para domesticar animales, aclarar los bosques y desecar los pantanos (Glacken 1996: 624).

El racionalismo enciclopedista en el que están inmersos Buffón y Montesquieu partía del supuesto optimista de la perfectibilidad del hombre, inmerso en un progreso indefinido sobre la base de una escala de valores claramente establecida. Si este progreso se evidenciaba en el plano económico y cultural, nada impedía que ello pudiera ser observado en el campo biológico. En consecuencia, el camino ya estaba allanado para que con El origen del hombre, Charles Darwin, en 1871, planteara la trascendental tesis que identificó el antepasado del hombre en un tipo de organización animal inferior que por su estructura embriológica afín a los primates cabía suponer que compartía con éstos un antepasado común.[11]

La nueva teoría profundizó decisivamente el resquebrajamiento de la doctrina teológica iniciado con los cuestionamientos al diluvio universal. Con ella, por sobre todas las cosas, quedó planteada una drástica inflexión respecto a la inclusión del hombre en la escala zoológica. La idea de que el hombre es un "animal evolucionado" comenzó a ser crecientemente aceptada por los círculos científicos, para luego encarnarse en el pensamiento moderno occidental. Algo que, como veremos, resultará asimilable a las nociones de "civilización y barbarie" pensadas a partir de la aparente preeminencia del factor cultural o natural sobre la conformación física y mental de los hombres.

De la jerarquización a la exclusión

Aquello que esbozara Buffón, dejando entrever que la transformación de las especies en el devenir histórico se afianza y se hereda, constituyó, promediando el siglo XIX, el factor desencadenante de las más intensas disputas científicas dentro del emergente paradigma evolucionista. La transferencia al campo social de las ideas evolucionistas fue el recurso seguido por el incipiente campo sociológico inglés, que tuvo como precursor a Herbert Spencer, quien propició el traslado de esas hipótesis biológicas a la explicación del desenvolvimiento de las sociedades humanas. La sociedad toda fue considerada como un organismo vivo, estableciéndose explicaciones biológicas respecto al grado de evolución alcanzado, atribuyendo a patologías inherentes a ese organismo y a su nivel de adaptabilidad al medio los impedimentos que se le presentaban para alcanzar un mayor "progreso social".

La importancia asignada a la educación desde estos planteos quedó en evidencia cuando el propio Spencer al comenzar a configurar esta teoría escribió Education intellectual, moral and physical (1860). Entendida la sociedad como un organismo que evoluciona a partir de la incidencia que el medio ejerce sobre él, la educación constituía un factor preponderante para asegurar los resultados deseados a través de los cambios que desde ella fueran promovidos. La teoría de Spencer, respondía así directamente a la conformación de una filosofía y una sociología políticas que acompañaban la dinámica de la modernidad, acicateada por una concepción económica ultraliberal de progreso ilimitado, en la que confluían las aspiraciones de la burguesía industrial inglesa (Tort 1996). Siendo la sociedad un organismo que evoluciona como un todo y la adaptación la regla de la supervivencia en el seno de una competencia interindividual generalizada, la educación representaba el único espacio que "responsablemente" utilizado podía ser interpuesto a la exigencia de eliminación sin miramientos de los menos adaptados. De ahí que la asimilación de la educación a estos planteos constituyera una sólida barrera, un recurso extremo para evitar que más allá de ella fuera admitida cualquier tipo de ayuda a los "menos adaptados", incluyendo un visceral rechazo a cualquier forma de acción asistencial.

La generalización spenceriana de la teoría de la evolución más allá de los límites darwinianos, es decir, entendiendo que no sólo era aplicable al individuo -hombre o animal inferior- sino también a las sociedades humanas -consideradas como organismos vivos-, conllevó referencias implícitas y explícitas al "destino diferencial" que les correspondía por motivos raciales. En este sentido, la aplicación de la teoría requería restablecer el criterio buffoniano -quiénes eran los "fuertes" y quiénes los "débiles", los "buenos" y los "malos"- para agregar a esta idealización científica la naturalización del fatalismo en las sociedades modernas desde la concretísima idea de progreso decimonónico aceptándose y más aún sosteniéndose éticamente la importancia de la desaparición de algunas razas -asimiladas a la noción de sociedad o de grupos sociales- o bien del sometimiento de las más débiles a los fines superadores de la humanidad que residían en la preeminencia de las más fuertes.[12]

Evolución, raza y eugenesia

En 1883, el científico inglés, Francis Galton, utilizó por vez primera en sus "Investigaciones sobre las facultades humanas y su desarrollo", el término "eugenesia" para calificar a la "ciencia del cultivo de la raza". Galton, quien llegó a presidir el Anthropological Institute of Great Britain and Ireland, sostenía que las cuestiones "eugénicas", eran aquellas "que tratan de lo que se llama en griego eugenes, o sea, de buena raza, dotado hereditariamente de nobles cualidades. Esta y las palabras relacionadas, eugeneia, etc., son aplicables igualmente al hombre, las bestias y las plantas" (Galton 1988: 104). Compartía este término una raíz etimológica común con higiene, que, de ser un adjetivo que calificaba la salud -en griego hygeinos significa lo que es sano-, al promediar el ochocientos se convirtió en un nuevo y por demás influyente saber ocupado de estudiar el conjunto de dispositivos y conocimientos que favorecían el mantenimiento de la salud con el fin de reducir la mortalidad y extender la vida del hombre y de su raza.

La raza constituía así una entidad de tajante diferenciación capaz de ser utilizada para exaltar conflictos internos o bien para constituir la base de una disputa internacional. En ella estaba implícita la lucha entre el bien y el mal, siendo la higiene y la eugenesia estrategias de preservación de la primera entidad y exterminio de la segunda. Mientras la eugenesia era la dramática exaltación del bien -direccionado por quien enuncia un discurso que apriorísticamente define un "nosotros" asociado a esa idea del bien y apuntando a la eliminación de los factores orgánicos visibles que pueden alterar su armonía interna-, la higiene representaba el combate contra un "enemigo invisible" -que podía hallarse en el aire, en el agua, en los cuerpos desaseados, o en las "ideas enfermas"- responsable de inocular el mal en la sociedad. En ambas estrategias lo que estaba en juego era la preservación y el mejoramiento de la raza como fin último.

Paralelamente al higienismo, la teoría eugénica alcanzó su status científico avanzando sobre el camino allanado por la muy difundida prédica spenceriana para encontrar numerosos adeptos dentro de la elite intelectual latinoamericana encargada de organizar las nuevas naciones bajo las consignas positivistas de orden y progreso. Para ellos, como lo demuestra en el caso argentino la "Generación del '80", el fomento a la inmigración europea no era sólo una cuestión de índole demográfica -ocupar vastos territorios despoblados, una vez llevado a cabo el exterminio indígena-, ni técnica -valerse de individuos formados en la ciencia aplicada que aseguraría el control de los territorios para poder explotarlos económicamente-. Por sobre esas exigencias inmediatas que existían para poder organizar política y económicamente una nación moderna, funcional a la división internacional del trabajo creada para asegurar la expansión capitalista, se instala la convicción de que, si lo que se estaba haciendo era instaurar un orden que como reza la Constitución de la Nación Argentina -sancionada en 1853- era "para nosotros y para la posteridad", hacía falta pensar en el sustrato hereditario de quienes compondrían la ciudadanía para que ésta no se "degenere". En esto pensaba Alberdi cuando en la última etapa de su vida -decepcionado por los escasos resultados que la política inmigratoria argentina había tenido en países de la Europa septentrional- afirmó que "gobernar es poblar", si se educa y civiliza como ha sucedido en los Estados Unidos; pero "poblar es apestar, corromper, degenerar, envenenar un país, cuando en vez de poblarlo con la flor de la población trabajadora de la Europa, se le puebla con la basura de la Europa atrasada o menos culta" (Alberdi 1920: 359-360).

En definitiva, ante la extraordinaria oportunidad que representaba el sustitucionismo racial que tenía lugar en Latinoamérica por el exterminio indígena, el desbordante proceso inmigratorio hizo redoblar la apuesta a la educación, único medio que, como se creía, podía incidir sobre una sociedad y sus condiciones hereditarias. Crear una nueva raza, a partir de la escala civilizatoria de valores universalizada por la expansión imperialista de las naciones de la Europa septentrional, pasó a ocupar el horizonte de ideas de muchos intelectuales americanos.

Con Galton, el iluminista proceso de gradación de los componentes de la naturaleza, que originó la certeza de la existencia, dentro de la especie humana, de una diversidad de razas que eran objeto de la asignación de distintos valores dentro de la escala evolutiva, al ratificar la influencia que podía ejercer la educación en la descendencia, quedó demostrado que la ciencia podía, eugénicamente, modelar la raza. Si bien Galton llegó a cuestionar la transmisibilidad de los caracteres adquiridos, diferenció las estrategias de preservación de la pureza de las razas y la influencia transformadora del medio cultural, oponiendo los conceptos de nature a nurture, o bien de naturaleza y crianza; para concluir en que el medio también podía actuar, pero sólo sobre aquellos que poseían una "dotación hereditaria adecuada".

Los principales interrogantes que se abrían desde esta teoría eran, por un lado, ¿cómo definir quienes poseían esa "dotación hereditaria adecuada"?, excluyente requisito para que el Estado a través de las estrategias educacionales obtenga resultados satisfactorios; por otro, ¿qué hacer con quienes no poseían esa "dotación hereditaria"?. Para la primera pregunta, biometristas como Lombroso y, en Argentina, Vucetich, llegaron a una respuesta científica basada en la identificación de la amenaza al orden social en patologías psicológicas, demostrativas de un estadio "inferior", que eran evidenciadas por los caracteres físicos externos. Mientras que para la segunda de estas preguntas, el propio Galton tenía la respuesta en la progresiva eliminación de ese fragmento de la sociedad, con estrategias del Estado dirigidas a evitar la reproducción de seres "inferiores", ya que sólo de esa forma se mejoraría la raza y la especie.

La supervivencia de los "seres inferiores" no era justificable aún cumpliendo la función social de sensibilizar por medio de la compasión a los sectores más meritorios. "Podría objetarse que si una raza fuera demasiado saludable y enérgica habría una demanda insuficiente del ejercicio de las virtudes de compasión y abnegación, y el carácter del hombre se haría, en consecuencia, más duro. Pero no parece ser razonable el preservar razas enfermizas con el solo propósito de cuidarlas, como se protege la cría de los zorros sólo para el ejercicio del deporte y sus concomitantes ventajas. No hay que temer que la miseria desaparezca alguna vez de la tierra, o que los compasivos dejen de encontrar objetos para su compasión; antes bien, en el momento presente las existencias exceden ampliamente la demanda: la tierra está abarrotada y sobrecargada de apáticos e incapaces" (Galton 1988: 105).[13]

La teoría eugénica aspiraba a conseguir que toda la población estuviese clasificada y posicionada, que la sociedad funcionara como un engranaje, como una máquina bien ajustada, controlada y calibrada por los sectores más meritorios, las clases profesionales y los intelectuales, donde los "apáticos e incapaces", los "deshechos sociales" que representaban las más grandes patologías del organismo social, fueran desapareciendo hasta llegar a un estadio evolutivo ideal de homogeneización racial. Para aclarar más aún esta asimilación entre razas y clases sociales, Galton ejemplificaba que así como un cocodrilo no puede llegar a ser gacela, un obrero o un negro, un individuo de clase o raza inferior, no podría llegar a equipararse nunca -a menos que resulte un ser excepcional- con un integrante de la elevada clase media inglesa. (Alvarez Peláez en Galton 1988: 167).

La evolución de la especie mediante categorías estéticas y afectivas: la belleza y el amor

Hasta aquí es posible reconocer una continuidad en las ideas que ratificaban el corpus civilizatorio de la modernidad, instituido por los naturalistas europeos mientras desde la periferia del mundo occidental que era la América hispana se apuntalaba la superioridad racial anglosajona. En las postrimerías del siglo XIX comenzó a consolidarse un nuevo paradigma -el latinoamericanismo- que vino a redefinir desde esa periferia las relaciones culturales y raciales entre ambos mundos. Dado que, como señalara Foucault, el discurso sobre la lucha de razas emergente a partir de la segunda| mitad del siglo XIX e inmerso en el fenómeno de "estatalización de lo biológico"(Foucault 1993: 171). consistió fundamentalmente en un racismo caracterizado por la "sustitución del tema de la guerra histórica por el tema biológico, posevolucionista, de la lucha por la vida" (Foucault 1993: 62). los planteos emergentes del mundo civilizado apuntaban a buscar una sociedad biológicamente monista, en la cual se eliminaran los elementos heterogéneos, "inferiores", entre los que se encontraban los hallados en América.

La selección de las razas -entendidas frecuentemente como "especies" (Foucault 1993: 183)[14]- se realizaría a partir de la consabida premisa darwiniana de la supervivencia del más apto, la que, aplicada al campo social por el evolucionismo spenceriano, conducía a la perversa consideración que la lucha por la vida era una contienda racial, en la que los "colonizadores" saldrían triunfantes por su "superioridad biológica" legitimada ya desde Buffon. El discurso de la lucha de razas llega a ser, entonces, el "discurso de un combate a conducir, no entre dos razas, sino entre una raza puesta como la verdadera y única (la que detenta el poder y es titular de la norma) y los que constituyen otros tantos peligros para el patrimonio biológico" (Foucault 1993: 48). Dio cuenta de ello la ocupación de Cuba que permitió prolongar la "legitimidad" con la que los intereses imperialistas operaban sobre colonias "atrasadas", con la única diferencia que ahora el poder omnicomprensivo del naturalismo había devenido en higiene y el poder militar no provenía de la Europa septentrional sino de los Estados Unidos, algo que destacaban los Anales del Departamento Nacional de Higiene de ese país cuando preanunciaban desde 1896 un desenlace que debía llevarse a cabo para terminar con la sanitaria "amenaza que representa Cuba para los EEUU".[15]

Como respuesta a estas estrategias de dominación, desde Latinoamérica se generó una redefinición axiológica cuestionando la unidad panamericana ante la amenaza que, para los países menos desarrollados del continente, representaban las pretensiones imperialistas que prolongaban la naturalista legitimación a la supervivencia del más fuerte. En 1900, de una mezcla de decepción por la derrota de España en Cuba, con indignación por el avasallamiento imperial sufrido en "nuestra América", nació de la pluma elegante del escritor uruguayo José Enrique Rodó, Ariel, que a la postre se convertiría en una de las más difundidas expresiones consolidadoras de un paradigma hispanoamericanista que trascendió largamente la vida de su autor. La construcción de Rodó -receptor de un clima de ideas que contribuyeron a alimentar figuras tan disímiles como Miguel Cané y su aristocraticismo helénico preocupado por "cerrar el círculo" ante el avance de la mediocridad democrática y de José Martí -con su temprana reacción antiimperialista-, la retórica renaniana y los conceptos de "raza" y "genio del pueblo" de Hippolyte Taine quedaron articulados en una mixtura de rigor positivista y utopías románticas que procuró cimentar la identidad hispanoamericana y defender la idea de la Magna Patria asociada a la raza latina frente a los avances del cosmopolitismo (Basile 1994: 16...).

Con esta operación semántica fue delineándose un par dialéctico sintetizado por las figuras de Ariel y Calibán -el buen y el mal esclavo de Próspero en La Tempestad de Shakespeare- que exaltaba las virtudes de "nuestra" raza y trasladaba fuera de una clara delimitación geográfica los riesgos que se cernían sobre su proceso evolutivo. Si para liberales positivistas como Sarmiento o Joaquín V. González, en la Argentina, lo "otro" podía ser fácilmente identificado como externo a "nosotros" por la manifestación de los caracteres físicos, colocándose en lo más bajo -sino fuera- de la escala valorativa de la evolución de las especies, a quienes evidenciaban los rasgos que más se apartaban del canon civilizador, ahora el problema consistía en encontrar similitudes y diferencias a partir de otros factores. Esto es, dentro de un continente americano que en gran medida se había librado de indios, mulatos, negros, etc., la escala valorativa antes que en los caracteres externos, pasó a articular el determinismo geográfico de la incidencia de una naturaleza aún no corrompida por la materialista acción del progreso científico, con la unidad cultural representada por la lengua común, y el enemigo de la raza lo constituía aquello que ponía en riesgo esa unidad cultural desde un progreso científico y técnico desprovisto de todo humanismo.

Efectivamente, para Rodó la concepción de "nuestra raza" se fundaba en el libre y armonioso desenvolvimiento en la naturaleza, que se satisfacía con una contemplación sentida de lo hermoso, opuesta a la concepción utilitaria, por la cual nuestra actividad se orientaba en relación inmediata a la finalidad del interés. Después de Rodó, le cupo a Vasconcelos un rol preponderante en la consolidación del nuevo paradigma latinoamericanista. Responsable de crear el sistema nacional educativo del México posrevolucionario, Vasconcelos también contribuyó a extender en su país la red propagadora de los ideales que en 1918 instituyeron la Reforma Universitaria a partir del "grito de Córdoba". Podría decirse que los esfuerzos de José Vasconcelos estuvieron dirigidos a conformar de un discurso racial integrador, superador de las antinomias cientificistas caracterizantes de los intentos de transpolación de lo biológico a lo social y legitimadoras del orden instaurado desde los centros de dominación imperial.

En este sentido, fue primero Martí quien se refirió a las bondades del hombre natural americano y, desmintiendo la diferenciación sarmientina entre "civilización y barbarie"[16], interpretó que "el genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga; en desestancar al indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en ajustar la libertad al cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella...Cansados del odio inútil, de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa o inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor" (Vasconcelos 1958). Mediante la exaltación del amor, Martí desde América representó la reacción intelectual a la biopolítica[17] implantada desde Europa, que requería como base de sustentación, las teorías evolucionistas. La negación de la existencia de razas estableció el punto de partida del nuevo paradigma latinoamericanista, de fuerte contenido humanista e integrador[18], en cuyos planteos cobraba vida el "hombre natural" y su poder de irrupción en la sociedad opresora, lo que le permitió demostrar a Arturo Roig, un siglo después, que en aquél se encontraba resumida "la historia de las luchas de los pueblos latinoamericanos por su liberación" (Roig 1966). En este contexto, el "hombre natural" denuncia desde la moralidad a la "civilización" expresada en la justicia acumulada en los libros y rechaza una "segunda naturaleza" que le es impuesta como el mundo de lo pretendidamente universal.

Con la obra de Rodó y de Vasconcelos, se afianzaron las categorías estéticas y afectivas -opuestas a las racionales y materialistas caracterizantes del positivismo dominante- que actuarían como elemento integrador de las hasta entonces diferenciadas razas. Efectivamente, la diferenciación por motivos estéticos o afectivos propugnada permitía eliminar la conflictividad racial planteada por el evolucionismo -desde Buffon en adelante-, puesto que, por una parte, estos valores podían ser detentados por cualesquiera de los habitantes del orbe, independientemente del color de su piel; y, además, los elementos restantes, es decir, los que no detentaran esas cualidades, los otrora calificados como "deshechos sociales" serían conscientes de su inferioridad y desistirían de reproducirse en una especie de "exclusión autoprovocada". La supervivencia spenceriana de los más aptos suponía una "contienda", una "lucha por la existencia", como único mecanismo para lograr el progreso; disputa aquella que podía adquirir contornos más o menos violentos, que oscilaban entre la justificación de la guerra como un "proceso de selección en la especie humana"[19] hasta los artilugios eugénicos para mejorar la raza concebidos por Francis Galton.

Aún partiendo también de una aspiración -evolucionista- hacia el progreso social, y si se quiere, de índole eugénica, Vasconcelos pregonó una mejora de la especie humana no ya por la lucha individualista caracterizante de la versión "sociológica" del darwinismo sino por medio de un proceso asociativo: la pureza racial galtoniana se transformaba así en un "progreso (eugénico) universal", quedando los parámetros de exclusión reducidos a la autodeterminación de los menos aptos. Y esa diferenciación no es sutil: la pureza de una raza se sostenía sobre la idea clasificadora y jerarquizadora, caracterizada desde los inicios de la modernidad y que permitía ubicar a la estirpe "mejor dotada" en la cumbre de la escala evolutiva, a la vez que incitaba a lograr la desaparición de las "menos dotadas" puesto que eran las principales responsables de la eventual regresión de aquellas. El "progreso (eugénico) universal" implicaba, en cambio, rescatar en la "raza síntesis" las mejores cualidades espirituales de las otras cuatro etnias; lo que sólo podía lograrse a partir de una consideración igualitaria de todos los hombres.

La "quinta raza" de Vasconcelos se convierte, pues, en la encarnación de la supresión absoluta de los tradicionales planteos jerarquizadores y, por ende, discriminatorios que han caracterizado las teorías evolucionistas desde sus estadios más embrionarios, recrudecidos con la transpolación a lo social de la doctrina darwiniana.[20] Al abordar el problema biológico desde una perspectiva evangelizadora, que enunciaba las tareas que debían ser desempeñadas por las razas para propender a la evolución de la especie, La raza cósmica (1925) representa en Vasconcelos el modo de sintetizar en un texto, los íntimos ideales del "intelectual orgánico" del latinoamericanismo.

La búsqueda de Vasconcelos de recrear la unidad perdida por la especie humana -cuyo antecedente entre los naturalistas europeos que pisaron tierra americana se remonta a Humboldt y su visión integradora de la naturaleza con la que trataba de "recubrir de carne el esqueleto del principio de la unidad en la diversidad" (Glacken 1996: 505) - lo llevó a identificar el estadio originario de la humanidad en la Atlántida para trazar desde allí un trayecto teleológico hasta reencontrar esa unidad. Para ello debía revertirse el proceso de dispersión causado por movimientos geológicos y demográficos de los que surgieron cuatro razas predominantes a lo largo de sucesivas etapas: la negra, la roja, la amarilla y la blanca. De estas cuatro razas le correspondía a la última el rol especial de unir a la especie humana a través de la conformación de una "quinta raza universal". En esta tarea quedaba planteada la disputa arielista entre las dos subrazas intervinientes, en una "pugna de latinidad contra sajonismo" que era una "pugna de propósitos e ideales". La superioridad de la segunda ante la primera, para Vasconcelos era la consecuencia de la propagación entre los países hispanoamericanos de un nacionalismo que afectó el destino superior de la "raza latinoamericana", hasta terminar debilitándose por derrotas militares y comerciales. Por eso, según Vasconcelos "los creadores del nacionalismo fueron los mejores aliados del sajón, nuestro rival en la posesión del continente".[21]

La mayores oposiciones que Vasconcelos reconocía entre las dos subrazas radicaban en que los sajones clasificaron, jerarquizaron y avanzaron hacia el exterminio de lo diferente, mientras que los latinos en América asimilaron todos los factores de diferenciación. Si esto representó para los latinos una postergación en su tarea de organización de la sociedad y consecuentemente de su poderío respecto a los sajones, en la profunda crisis de la posguerra europea, ese factor constituía en la década de 1920 una postura ética superadora que debía conferir "derechos nuevos y esperanzas de una misión sin precedentes: lograr la originaria unidad en nuestra tierra" para propender desde allí al mejoramiento de la especie (Vasconcelos 1958). Para Vasconcelos existían dos posibles civilizaciones: una tendiente a asegurar el predominio excluyente del blanco y otra que, antes que exterminar, asimila y por ello está llamada a formar "una raza nueva de síntesis que aspira a englobar y expresar todo lo humano en constante superación". De todas formas esa asimilación había colocado "sabiamente" ciertos límites: los latinos se mezclaron con los rojos pero con los amarillos hubo un freno similar al que pusieron los sajones "porque se multiplican como ratones y degradan la condición humana" (Vasconcelos 1958). Mientras "los yankees" hicieron un "Imperio de una sola raza", Vasconcelos aspiraba a que de la América española saliera "la raza síntesis" con el "genio y con la sangre de todos los pueblos y, por lo mismo, mas capaz de verdadera fraternidad y de visión realmente universal". La conformación de la quinta raza no era sólo una expresión de deseos sino que también fue entendida como un programa de acción de índole biológico, social y geopolítico, cuya concreción constituía una eutopía. Más que una utopía –de u topos, no lugar- ella sería el mejor de los lugares posibles, con las ventajas que ofrecían las tierras situadas en la región más cálida del globo, cuya cabecera tendría a una gran metrópoli como epicentro de la nueva civilización.

Si, como expresaba Montesquieu, el clima incidía en los comportamientos de las civilizaciones y la desventajas naturales hicieron que los sajones se convirtieran en dominadores del mundo cuando inventaron sistemas mecánicos y utilizaron combustibles para sobreponerse al frío, esa capacidad para vencer la naturaleza restringió fuertemente el desarrollo de otras aptitudes que iban más allá del dominio de lo material. Ahora era una naturaleza benigna que estimulaba el humanista "ocio creador", el factor decisivo en la evolución de la especie. En el futuro entonces, para Vasconcelos, la posesión del Amazonas dirimiría el destino del mundo y la suerte de la raza definitiva. Si fueran los latinos los vencedores, aquello sería Universópolis y desde allí saldrían las evangelizadoras misiones educadoras de seres de todo el planeta, dispuestos a ingresar a una vida fundada en el amor y en las más elevadas formas de belleza. Si el Amazonas fuera inglés, la Metrópoli del mundo ya no sería Universópolis sino Anglotown y las armadas guerreras saldrían de allí para imponer en los otros continentes la ley severa del predominio del blanco de cabellos rubios y el exterminio de sus rivales oscuros.

En Universópolis, reinaría el factor "espiritual o estético", para Vasconcelos el último estadio de la civilización humana luego de que ésta pasara -casi comtianamente[22]-por la etapa "material o guerrera" donde los pueblos combaten o se juntan sin mas ley que la violencia y el poderío relativo. En la etapa "intelectual o política" donde tiende a prevalecer la razón, las fronteras se definen en tratados y las costumbres se organizan conforme a las leyes derivadas de la lógica y las conveniencias recíprocas. El correlato racial de estas etapas era el paso de la mezcla, según un capricho instintivo de una cruza por conveniencias éticas o políticas que condenaba la fusión "de razas en nombre de una eugénica" fundada en "datos científicos incompletos y falsos" hasta llegar a Universópolis, donde la unión sexual no se buscaría "en la pobre razón que explica pero no descubre; sino en el sentimiento creador y en la belleza que convence". La norma la daría el mundo del pathos estético legitimador del acto que por ser bello produce dicha, prevaleciendo por encima de la eugénica científica, la eugénica misteriosa del gusto estético. Así, "los muy feos no desearán procrear, qué importa entonces que todas las razas se mezclen si la fealdad no encontrará cuna? La pobreza, la educación defectuosa, la escasez de tipos bellos, la miseria que vuelve a la gente fea, todas estas calamidades desaparecerán del Estado Social futuro. Se verá entonces repugnante, parecerá un crimen, el hecho hoy cotidiano de que una pareja mediocre se ufane de haber multiplicado miseria. El matrimonio dejará de ser consuelo de desventuras, que no hay por qué perpetuar, y se convertirá en una obra de arte".[23]

El ideal latinoamericanista que se desprende de "la raza cósmica" -con sus luces y sombras, con la capacidad movilizadora de una nueva generación y con los riesgos de caer en un esteticismo arcaizante cuando su cuestionamiento a la modernidad alcanzaba mayor vehemencia- opuso en cambio la búsqueda de síntesis. En ella, lo que se excluye -o más bien se tiende a incentivar su autoexclusión- no es una o varias razas sino aquello que no satisface el parámetro de selección, conforme a pautas de belleza que otorgan a la naturaleza un papel preponderante en la formación del gusto estético a través de la contemplación desinteresada que inspira el "ocio creador". La búsqueda de la belleza en la contemplación de la naturaleza, que hacia la década de 1920 podía ser entendida como una estrategia capaz de contraponérsele a la expansión capitalista, contribuyó a cimentar un paradigma latinoamericanista que propuso "una selección por el gusto, mucho más eficaz que la brutal selección darwiniana, que sólo es válida, si acaso, para las especies inferiores, pero ya no para el hombre" (Vasconcelos 1958); como reacción al crudo evolucionismo social.

A partir del vínculo establecido entre la teoría biológica del siglo XIX y el discurso del poder se generó entonces un nuevo modo de pensar las relaciones surgidas de la invasión, la colonización y la transculturación, retroalimentado desde la necesidad de considerar a los diversos grupos étnicos como pertenecientes a distintos estadios de la escala evolutiva, a la vez que implicó la pretendida consolidación del europeo -por detentar la categoría de "superior" dentro de esta gradación biológica- como el llamado a la labor "evangelizadora". Fue precisamente de la inversión de estos mismos postulados realizada por Martí, Rodó y Vasconcelos que, aún admitiendo el paradigma evolucionista, se desestimaron las diferencias raciales a partir de la revaloración helenística de las categorías estéticas opuestas -de plano- al utilitarismo materialista caracterizante del positivismo clásico, frecuentemente "ligado a posturas naturalistas, evolucionistas o cientificistas" modeladoras de una "antropología de base biológica" (Biagini 1989: 113).

En el latinoamericanismo forjado por aquellos, los valores a fomentar consistían en la belleza y el amor, no siendo estos patrimonio de una etnia en particular. Desde las premisas de Martí hasta la "quinta raza", la raza síntesis vasconceliana, sus planteos no resultaron ajenos al ideal integrador emergente como paradigma enfrentado al que hegemonizaba la biopolítica eurocentrista imperante, que adopta primero forma de doctrina naturalista y luego se encarna en el más crudo liberalismo político. En la raza "hecha con el tesoro de todas las anteriores se fundirán todos los pueblos, para reemplazar a los cuatro que aisladamente han venido forjando la historia. En el suelo de América hallará término la dispersión, allí se consumará la unidad por el triunfo del amor fecundo, y la superación de todas las estirpes" (Vasconcelos 1958).

Consecuentemente, la teoría evolucionista otorga entidad axiológica positiva a las características adaptativas de los individuos-razas considerados "más aptos" para desenvolverse en una determinada organización social, llevando un componente intrínsecamente cultural -precisamente la conveniencia de una organización sobre otra- a la categoría de determinante genético. El neo-idealismo latinoamericanista exalta valores que si bien, como tales, también son culturales, no implican la exclusión-exterminio de los "deshechos sociales" sino que tienden a incentivar en éstos la necesidad de cambio, puesto que en el marco de la bondad y belleza del espíritu resulta impensable que quienes las detenten conciban la idea de exterminar a los otros: "la selección se hará espontánea, como lo hace el pintor cuando de todos los colores toma sólo los que convienen a su obra"(Vasconcelos 1958). La lógica de sus hipótesis conduce, necesariamente, a la concepción de una raza síntesis, donde la integración es la meta que permite transformar jerarquización en igualitarismo, individualismo en cooperación.

Marisa Miranda y Gustavo Vallejo
Universidad de La Plata

Referencias bibliográficas

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  • Galton, Francis. Herencia y eugenesia. Madrid: Alianza Editorial. 1988.

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  • Martí, José. Nuestra América. Buenos Aires: Losada, 1980.

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  • Pratt, Mary Louise. Ojos imperiales. Bernal: Universidad Nacional de Quilmes, 1997.

  • Roig, Arturo Andrés. "Estudios sobre el positivismo argentino. Mendoza y los visitantes positivistas", Separata de la Revista de la Junta de Estudios Históricos Segunda Epoca, N° 3, Mendoza, 1966.

  • Salessi, Jorge. Médicos, maleantes y maricas. Rosario: Beatriz Viterbo (Editora), 1995.

  • Tort, Patrick (compilador). Dictionnaire du Darwinisme et de La Evolutión. París: PUF, 1996. XVII.

  • Vasconcelos, J. "La raza cósmica", Obras completas. México: Libreros Mexicanos, 1958.


Notas

[1] Para Elías "no hay nada que pueda hacerse de una forma civilizada y de una forma incivilizada". "Pero si se trata de comprobar cuál es, en realidad, la función que cumple el concepto de civilización y cuál es la generalidad que se pretende designar con estas acciones y actitudes humanas al agruparlas bajo el término de civilizadas, llegamos a una conclusión muy simple: este concepto expresa la autoconciencia de Occidente". (Norbert 1993: 57).

[2] "El estudio de los tropos sirve con frecuencia para unificar los corpus y definir los géneros en función, por ejemplo, de repertorios comunes de convenciones y recursos (aunque desde luego son los corpus los que crean los repertorios)" (Pratt 1997: 33).

[3] "Espacios sociales en los que culturas dispares se encuentran, chocan y se enfrentan, a menudo en relaciones de dominación y subordinación fuertemente asimétricas: colonialismo, esclavitud, o sus consecuencias como se las vive en el mundo hoy en día"; Pratt 1997: 20-22. Al usar la palabra contacto Pratt lleva "a primer plano las dimensiones interactivas y de improvisación de los encuentros coloniales", poniendo de relieve "que los sujetos se constituyen en y por sus relaciones mutuas"; Pratt 1997: 26-27. 

[4] Sabido es que el universalismo de la Ilustración contribuyó al desarrollo del "sentimiento de superioridad" de Europa con respecto al resto del mundo como empresa colonizadora y sirvió para justificar las operaciones de conquista realizadas en detrimento de pueblos considerados atrasados (ver, por ejemplo, el análisis de Jean-Marc Coicaud 2000: 121).

[5] Utilizamos aquí el concepto "evolucionista" en el sentido que -antitéticamente al "fijismo" creacionista y teológico- admite las transformaciones de los individuos y de la sociedad con el transcurso del tiempo. 

[6] En algunos países latinoamericanos dominó el positivismo francés de Comte, como ser en México y Brasil; mientras que el positivismo sajón de Darwin y Spencer lo hizo en Argentina y Uruguay (ver Ardao 1950: 68); mientras destaca Arturo Roig que tanto el positivismo inspirado en Comte como el elaborado por Spencer, "ofrecían con su teoría de la evolución, el fundamento filosófico a la política de liberales y socialistas, mientras que el positivismo italiano (entre quienes se encontraba Enrique Ferri), introducía dentro del mundo policial y jurídico toda una visión psicológica del hombre" (Roig 1966: 260).

[7] En este sentido, Rodó advirtió que "nuestro idealismo no se parece al idealismo de nuestros abuelos, los espiritualistas y románticos de 1830, los revolucionarios y utopistas de 1848. Se interpone, entre ambos caracteres de idealidad, el positivismo de nuestros padres" (en Ardao 1950: 272).

[8] Buffón avanzó sobre la idea de evolución admitiendo que todos los planetas formaron primitivamente parte de un mismo astro del cual el Sol representaba la parte central y aunque no sospechaba del origen real de las cadenas de montañas y se equivocó al admitir un período en que el mar cubría la totalidad del globo, al menos "comprendió que la Tierra había experimentado profundos cambios, en el transcurso de períodos considerablemente largos, que los climas se habían transformado y que las faunas y las flores habían aparecido sucesivamente en cierto orden". (Guyénot 1956: 316).

[9] La Facultad de Teología de la Sorbona exigió una retractación, puesto que con su teoría, Buffón contradecía "en todo" al Génesis. El naturalista reconoció su "error" solamente en apariencias, comentándole a un amigo: "El pueblo necesita una religión...Cuando la Sorbona ha querido embrollarme no he tenido ningún inconveniente en darle todas las satisfacciones que ha deseado: esto no es más que una burla, pero los hombres son lo suficientemente necios para conformarse con ello". Ver Guyénot 1956: 317.

[10] Una temprana reacción a esta tesis surgió de Jefferson, quien la condenó desde los Estados Unidos, destacando que la supuesta degeneración de los animales europeos traídos al Nuevo Mundo se debería a las mismas causas que los alterarían en su tierra: la mala alimentación, el descuido o la pobreza del suelo y de los hombres. Por otra parte, Jefferson le envió a Buffon los huesos, la piel y la cornamenta de un alce para abonar la teoría del primero respecto a que el reno (del Viejo Mundo) "podría pasear bajo el vientre de nuestro alce". Pareciera ser que, ante el incuestionable hecho presentado ante sus ojos, Buffon quedó convencido y prometió poner las cosas en orden en su próximo volumen, el cual no llegó a escribir puesto que murió poco después.Ver Glacken 1996: 624.

[11] Sus características eran las de un "mamífero velludo, con rabo y orejas puntiagudas, probablemente arbóreo en sus hábitos". Asimismo Darwin identificó el origen de la especie humana en Africa y no de una sola pareja de progenitores.

[12] Asimilada en Latinoamérica la idea de evolución, e introducida luego en la explicación del desarrollo de las sociedades, y especialmente alentada por figuras como Sarmiento en Argentina, Andrés Bello en Venezuela y Chile, Pedro Varela en Uruguay, quedó definido claramente como un problema central para las estrategias educacionales la identificación de las variables raciales a modificar y los estímulos biológicos que debían introducirse para sobreponerse a aquéllas; por ejemplo, a través del fomento de la inmigración.

[13]"Investigaciones sobre las facultades humanas y su desarrollo", primera versión de 1883.

[14] El racismo así entendido implica que la eliminación de las razas consideradas inferiores permitirá la superación de las fuertes, haciendo la vida de éstas más prolífica, más sana y más pura.

[15] Ese era el título de un artículo publicado en los Anales del Departamento Nacional de Higiene de los Estados Unidos. El mismo expresaba luego que "Cuba a causa de su proximidad y de sus relaciones comerciales debe ser considerada como una causa presente de peligro para los EEUU, en razón de encerrar una de las mas temibles enfermedades de los tiempos modernos cual es la fiebre amarilla. Los EEUU gastan y han gastado para impedir su invasión en el territorio de la Unión". Ese peligro era subsanable mediante la intervención, dado que "la fiebre amarilla, es una enfermedad de origen local debida a circunstancias anti-sanitarias, pero de condiciones pasajeras, ajenas a la influencia del clima. Esto implica igualmente el deber y el derecho que tienen los EEUU a intervenir allí con el objeto de protegernos". Luego continúa, refiriéndose al peligro de la lepra, concluyendo que: "en vista de la necesidad que se siente, de que se nos proteja contra esa peste, que lenta pero seguramente prosigue su obra destructora y ya que España no quiere dispensárnosla ¿No sería acaso el deber de los EEUU intervenir, aún por la fuerza, para proteger a los americanos de un peligro, que causa mas estragos que la misma guerra?". Citado en Salessi 1995: 15-16.

[16] Destaca Arturo Roig que si bien el texto de Martí "está cruzado por las categorías ciudad-campo" no resulta válida la equiparación con la dupla "civilización-barbarie", debiéndose interpretar aquéllas como "lenguaje oral-lenguaje escrito" (Roig, "Ética y liberación: José Martí y el "hombre natural", en Ética del poder y moralidad de la protesta, versión electrónica preparada por José Luis Gómez-Martínez, 1998). Vasconcelos, por otra parte, ha referido que "No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza": "La raza cósmica", Obras completas, 1958.

[17] Aquí utilizamos el término biopolítica en el sentido que lo hace M. Foucault, como la presencia de los aparatos del estado en la vida de las poblaciones.

[18] Al respecto, Martí expresaba en 1891: "No hay odio de razas porque no hay razas... El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas" (Martí 1980: 17).

[19] Ver, por ejemplo, las críticas hechas hace casi un siglo por J. Novicow 1914: 197.

[20] El darwinismo social ha sido definido como "la doctrina que considera el homicidio colectivo como siendo la causa de los progresos del linaje humano" (Novicow 1914: 3).

[21] Incluso el impulso alcanzado por los sajones para Vasconcelos estaba ligado a la "traicionera" acción de la cultura francesa que, renegando de su origen latino, trasladó los ideales de 1789 a Estados Unidos.

[22] Vasconcelos destaca que la ley del gusto, enunciada como ley de los tres estados sociales, es definida por él con una comprensión más vasta que la diseñada por Augusto Comte.

[23] "Los vástagos recesivos ya no se unirían entre sí sino a su vez irían en búsqueda de mejoramiento rápido, o extinguirían voluntariamente todo deseo de reproducción física. La educación entonces serviría para tomar conciencia de la belleza o fealdad y en función de ello de la misión de procrear o no de cada uno de los miembros de la sociedad”. Vasconcelos 1958.

 

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Hugo E. Biagini, Compilador. Arturo Ardao y Arturo Andrés Roig. Filósofos de la autenticidad. Jornada en homenaje a Arturo Andrés Roig y Arturo Ardao, patrocinada por el Corredor de las Ideas y celebrada en Buenos Aires, el 15 de junio de 2000. Edición digital de José Luis Gómez-Martínez y autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico, Marzo 2001.
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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