Javier Pinedo
  

 

"LA HISTORIA DE LAS IDEAS EN AMÉRICA LATINA"*

1. Introducción

En América latina, el concepto historia de las ideas comienza a utilizarse a partir de los años 40, y desde entonces, su uso ha ido en aumento, sobre todo en el estudio de los autores de los siglos XIX y XX, los que se abordan tanto como pensadores cuanto en la búsqueda de interpretaciones de país, proyectos políticos, concepciones de la historia y la cultura. En este plano, se destacan los aportes de Samuel Ramos, José Gaos y Francisco Romero, los que se vieron incrementados, más tarde con los trabajos de Leopoldo Zea, Arturo A. Roig y Arturo Ardao, autores estos dos últimos, a partir de cuya obra realizamos este trabajo.

Nuestra tesis con respecto a la concepción de la historia de las ideas que hacen estos autores, es la siguiente: 1. Que la historia de las ideas se propuso superar el impresionismo de las generaciones anteriores. 2. Que la historia de las ideas fue una manera de reivindicar una posición no académica del quehacer filosófico, incorporando una perspectiva interdisciplinaria. 3. Que la historia de las ideas al constituirse en un proceso en búsqueda de una metodología latinoamericana propia, se estableció como una forma de acrecentar una conciencia que permitiera conocer y manifestar una identidad particular: la identidad latinoamericana.

Estas tesis se puede desarrollar en base a lo expuesto por dos de las figuras principales del pensamiento latinoamericano y a quienes está dedicado este trabajo-homenaje: Arturo Ardao y Arturo A. Roig. Los dos han realizado una importante obra sobre la constitución de una epistemología particular en América. No será necesario advertir que la amplia y profunda producción de estos autores nos impide dar cuenta “in extenso” de todas sus reflexiones, por lo que me limitaré sólo a una primera introducción a cada uno de ellos, considerando sus aportes fundamentales.

2. Arturo Ardao. La inteligencia de América latina

En mi opinión, la reflexión fundamental de Ardao se inicia a partir de dos constataciones básicas.

A). Que en América se piensa, pero de una manera distinta al modo europeo, estableciendo la diferencia entre inteligencia y razón. La razón pertenece a los grandes sistemas filosóficos, la inteligencia al modo como el latinoamericano ha resuelto sus circunstancias históricas. En este mismo sentido manifiesta, su intento por recuperar la tradición latina, al interior de la cual se encuentra lo hispano y lo americano. Es decir, analizar los orígenes y características fundamentales de una identidad propia, perteneciente a una mayor, la Romania.

B). Superar el impresionismo y el academicismo. Para lograrlo, se remite a lo dicho por José Gaos en 1952, a quien cita: “La Historia de las Ideas en México debe historizarse, esto es, hacerse objeto de una Historia de la Historia de las Ideas en México” (Gaos en Ardao 1987) y además, que esta tarea debía extenderse al resto del continente.

Ardao diferencia entre la historia de las ideas, en general, y las ideas filosóficas en particular y, en su opinión, es esta segunda la que da forma a la primera:

La historia de las ideas no se ha limitado, ni podía limitarse, a las ideas filosóficas. Pero es la historia de estas últimas la que ha resultado decisiva para impulsar la de todas las demás, remitiéndolas a una común área propia en el seno del saber histórico. La historia general de nuestros países, desde mucho tiempo atrás había venido ocupándose de las ideas políticas, sociales, económicas, jurídicas, así como de las educacionales, religiosas, artísticas y hasta, de alguna manera, científicas y filosóficas. Unas veces, como elemento accesorio y no siempre bien distinguido de la historia de los respectivos hechos: otras, como capítulos más o menos precisos de la vagamente llamada historia cultural o historia intelectual. Hacia el tercio del siglo, una vigorosa corriente historiográfica animada por estudiosos de la filosofía, con destino específico a la historia de las ideas filosóficas, cambia rápidamente la escena. No sólo opera en su particular dominio, sino que rescata la personería y confiere un sentido nuevo al estudio histórico de todas las otras ideas.[i]

O sea, el dominio de la filosofía como una forma de superar el impresionismo anterior.

Más adelante, Ardao destaca que la historia de las ideas debe preocuparse por el estudio de lo común que tiene América latina, para lograr su unión. Por tanto más que un método (que lo otorga la filosofía), es la conciencia intelectual de una historia y de una identidad particular compartida. Explícitamente define a la historia de las ideas en América, como una “conciencia cultural y científica” (Ardao 1987: 99).

En la constitución de esta conciencia, según Ardao, influyó junto a una variedad de corrientes doctrinarias, la coyuntura crítica que para la cultura occidental representó la segunda guerra mundial. Lo que trajo una profunda revisión en el quehacer intelectual, otorgando historicidad a todo el pensamiento de la época. Fue debido a la influencia de ese mismo espíritu historicista, que la historia de las ideas se asocia a “la vuelta sobre sí misma de la conciencia filosófica latinoamericana” (Ardao 1987: 99). produciendo una discusión en torno al problema de la filosofía americana o de la filosofía en América, así como a su recuperación historiográfica.

Haciendo la historia del movimiento, Ardao señala los años de 1940 y 1950 (“década fundadora”), como la del inicio de esta conciencia. Destacando tres elementos fundamentales que marcan esa década.

1. La fundación simultánea en México y Buenos Aires, en 1940, de dos centros académicos relacionados con el pensamiento latinoamericano. En Buenos Aires la cátedra Alejandro Korn, en el Colegio Libre de Estudios Superiores, con Francisco Romero (1891-1962) a la cabeza. Romero en la instalación de la Cátedra había señalado claramente sus objetivos: “el trabajo filosófico en cuanto tarea científica o teórica, el propósito social de difundir la filosofía y la intención nacional y americanista” (Ardao 1987: 100). Desde este punto de vista, la historia de las ideas se constituía en una cuestión de afirmación identitaria nacional y continental.

Arturo Ardao da cuenta de una serie de iniciativas que intentó Romero para establecer en la cátedra un espacio americanista, y con esa lógica, proponía la organización de “un archivo de la filosofía en América; la elaboración de una ‘una bibliografía de la filosofía en América’; la promoción de ‘estudios o artículos sobre temas de filosofía americana’. Y por último, señala que: “Habrá que realizar mucha ingrata labor bibliográfica, mucho rebusque y ordenación, si queremos juntar con pleno derecho estas dos palabras: América y Filosofía” (Ardao 1987: 100).

Pero además, en el Colegio de México se organiza el Seminario de Tesis en combinación con la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma, dirigido por José Gaos (1900-1969). Gaos establece como principio fundamental del Seminario un objetivo similar al de Romero: “El Seminario se dedicó desde un principio al estudio de la historia del pensamiento y de las ideas en los países de lengua española: las tesis que se compusieran en él debían versar sobre temas de esta historia” (Ardao 1987: 101).

Gaos, quien distinguía cinco tipos de pensadores en América latina, de los cuales sólo al primero lo considera entre los cultivadores de la filosofía en el sentido de lo más estricto y particular; mientras que el de las ideas resulta en más amplio y general: “Pero parece conveniente distinguir no sólo entre historia de la filosofía y del pensamiento, sino también de las ideas. De la filosofía: la de las ideas filosóficas stricto sensu. Del pensamiento: la de las ideas sea profesadas como convicciones propias, sea, simplemente tratadas o, más simplemente aún, mentadas por los pensadores en el quíntuple sentido señalado. De las ideas: la de las ideas de todas clases y de todas las clases de hombres de un grupo mayor o menor, hasta la Humanidad en toda su amplitud histórica”. Y concluye: “ La historia de la filosofía y la historia del pensamiento resultan partes de la historia de las ideas” (Ardao 1987: 114). De este modo, continuando la postura de Gaos, para Ardao, el orden intelectual de menor a mayor es: filosofía, pensamiento, ideas; tanto en el objeto de estudio, como en el método de análisis.

2. En segundo lugar, Ardao menciona el viaje realizado por Leopoldo Zea entre 1945 y 1946 por diversos países de América promoviendo el estudio de la filosofía y el pensamiento; el que logró que el “hasta entonces disperso movimiento de historia de las ideas en nuestros países se convirtió en definitivamente orgánico”[ii]. Uno de cuyos resultados más visibles fue la creación en México en 1948, y presidida por el propio Zea, del Comité de Historias de las Ideas en América, que ha desarrollado hasta el presente importantes iniciativas de publicación, creación de bibliotecas, centros de estudios y promoción de toda índole de actividades relacionadas con la investigación y divulgación de las ideas en América, siempre manteniendo los objetivos de la interdisciplinaridad y de la promoción de una conciencia particular.

3. Por último, menciona la realización en México, en 1950, del Tercer Congreso Interamericano de Filosofía, en el que se plantearon las relaciones entre filosofía e historia de las ideas[iii]. Una de las líneas temáticas del Congreso se estructuraba justamente en torno a la especificidad de la filosofía americana, y se establecía la pregunta: ¿Está ligada la suerte de la filosofía americana a la elaboración de una historia de las ideas?, interrogante que se respondía afirmativamente.

Ardao retoma los planteamientos de este Tercer Congreso, señalando que la toma de conciencia histórica que de sí misma ha mostrado en las últimas décadas que la filosofía latinoamericana ha podido ser incorporada y reconocida en la historia de la filosofía universal, al tratar de objetos de especulación filosófica universal, así como de los propios de la cultura latinoamericana.

En conclusión, Ardao hace referencia a una serie de iniciativas destinadas a definir un estatus epistemológico nuevo, moderno, científico, para el pensar latinoamericano. Es decir, para descubrir la propia realidad. A este esfuerzo, creo yo, se le denominó historia de las ideas, de donde se desprende el interés por definir el concepto, su categoría y su funcionalidad.

Por estas razones, Ardao, como Zea y Roig, se presentará como un defensor de la historia de las ideas, mostrando además, otro punto en común entre ellos, y es que proponen una concepción distinta de las ideas. Ardao, intenta delimitar el contenido del concepto “ideas”, en base a dos categorías: el de “abstracto concepto general”; e “idea” como “afirmación o negación, es decir, como juicio”. De ambas desprende que el debate teórico ha girado en torno a las ideas en tanto que conceptos, mientras de la historia de las ideas en sí misma, se ha ocupado de las ideas en tanto juicios. Concluyendo que la historia de las ideas, es la que “sencillamente” se ocupa de los “juicios”, más allá de los conceptos con que se construyen éstos (Ardao 1987: 117).

Ardao señala que detrás del vocablo “idea” se encierra, tanto en la tradición filosófica como en la conciencia natural, el sentido de “juicio”: “Pensar, ya se sabe, es juzgar”. (Ardao 1987: 117) Con lo cual, acepta la definición de Ortega y Gasset de que “una idea es siempre reacción de un hombre a una determinada situación de su vida”. Se concibe la historia de las ideas como una forma de rescatar el propio pasado común y la identidad latinoamericana. “Por dicho criterio es que se legitima la historia de las ideas filosóficas como historia de lo propio o peculiar de las respuestas que se han dado, en el plano de la filosofía, a intransferibles situaciones y circunstancias vividas por la comunidad latinoamericana” (Ardao 1987: 117). Una reflexión que se desarrolla, además, como un intento crítico y emancipador.

3. Arturo Andrés Roig: la necesidad de definir el “nosotros”

Arturo A. Roig es, en mi opinión, quien mayormente intentó superar el impresionismo y pasar al análisis propiamente de las “ideas” a partir de una teoría del texto. La producción intelectual de Roig, como la de otros autores latinoamericanos, es muy amplia, por lo que se necesitaría escribir una monografía especial. En esta ocasión me referiré sólo algunos de sus textos, y en particular a su artículo titulado justamente: “Historia de las Ideas” (Roig 1997).

Señala, en primer lugar, que la historia de las ideas no es una tarea exclusiva de América latina, pues ha sido desarrollada también en otros lugares, aunque bajo situaciones histórica y sociales diversas. Lo específico de la historia de las ideas en América latina será justamente las “situaciones históricas y sociales que no pueden ignorarse” (Roig 1997: 11), es decir, el contexto circunstancial le otorgará a este método universal, ciertas características propias.

Roig comienza estableciendo, como los demás, la indeterminación que afecta la “constitución” de la historia de las ideas y, por tanto, a la de su “objeto y métodos”. Confirmando las opiniones de Francisco Romero, quien en 1955 señalaba que “la Historia de las Ideas era un tipo de saber no constituido”, y José Luis Romero, quien diez años más tarde agregaba que se trata de una ”disciplina de escasa tradición y muy imprecisos contornos” (Roig 1997: 11). Ambos autores, sin embargo, y particularmente el segundo, no estuvieron ajenos al uso de una metodología caracterizada con ese nombre.[iv] Aunque se trata de una indeterminación positiva, la misma que recupera en la opinión de Horacio Cerutti, quien habla de “vaguedad y variabilidad”, método al que califica, sin embargo, de “altamente productivo”(Cerutti 1997), o aún en Michel Foucault, para quien la “incertidumbre e imprecisión” de la historia de las ideas le parecía positivo, por favorecer el quiebre de las totalizaciones (Roig 1997: 12).

A partir de la constatación de una disciplina no constituida, Roig se esfuerza por establecer la “especificidad” de la historia de las ideas, y de la misma manera que los otros pensadores mencionados, destaca la función social de las ideas, y sobre todo la identidad particular del continente:

"Un preferente y permanente interés por problemas de identidad cultural y nacional y, por último y sin que con esto cerremos la enumeración, una tendencia hacia una lectura explicativa y, en muchos casos, crítica del desarrollo de las ideas, sobre todo en relación con un tema que acompaña nuestra identidad, a saber, la dependencia" (Roig 1997: 12).

La historia de las ideas, como se puede ver, además de un método de análisis, se constituye en un conjunto de temas de filosofía, identidad nacional, cultura, realidad social; y cuya especificidad, en comparación con otras disciplinas, proviene de que sean tratados desde la interdisciplinaridad. En su esfuerzo por alcanzar una lectura que permitiera superara el impresionismo, Roig se preocupó de la relación entre historia de las ideas, teoría del texto y discurso, con la incorporación de una serie de conceptos (“sujeto del discurso”, la relación “texto-contexto”, “universo discursivo”, la “teoría del texto”) que lo acercaron a los estructuralistas, a la semiótica, y a Saussure.

Roig señala que desde los años 70 se impulsaron estudios conducentes a complementar lo que él denomina “ampliación metodológica”[v]. Muy interesante y completa perspectiva que lamentablemente no podemos exponer en esta ocasión, sino decir que confirma su intención de realizar análisis más científicos e interdisciplinarios, estableciendo que “el lenguaje es un reflejo de la realidad y ello nos obliga a valorizar la lingüística, la semiótica y la teoría de la comunicación”(Roig 1993: 21).

De esta manera, además de las nuevas herramienta que determinan la especificidad de la historia de las ideas, Roig propone entregar antecedentes del pasado que contribuyan a determinar el método, de lo que se denominará tanto “Historia de las Ideas” como “Historiografía de nuestras ideas”, circunscribiendo con “nuestras” lo de particular y social que debe tener su reflejo en un pensamiento igualmente particular, recuperando el tema de la identidad. Menciona a Juan Bautista Alberdi, quien en 1840, había hablado de una “Filosofía americana” (Roig 1997: 12), desprendiendo que Alberdi no intentaba crear propiamente una filosofía, sino algo cercano, pero distinto, que cae con mejor acuerdo, bajo esta nueva denominación de historia de las ideas. En esta línea, Roig, establece una de sus preocupaciones fundamentales: diferenciar entre la historia de las ideas, y la filosofía academicista y sobre todo en su radical oposición al universalismo de Lovejoy, Mc Luhan y Richard Rorty.

Roig, como Ardao, y Zea, considera que los aportes más fructíferos de la historia de las ideas se realizaron a partir de 1940, como consecuencia del nacionalismo promovido por la revolución mexicana, por la influencia del circunstancialismo de Ortega y Gasset, y por la presencia de José Gaos en México. Todo lo cual permitió la publicación de los primeros libros de Leopoldo Zea. Nuevos impulsos llegarían más tarde, con la presencia de los movimientos sociales provocados por la revolución cubana, el marxismo, la recuperación de la obra de Mariátegui, y una serie de textos sobre el tema de la identidad nacional.

Roig hace suya la opinión de Zea, que al rechazar el academicismo, señalaba que hacer “Filosofía americana es ya preocuparse por la obra de nuestros pensadores. Una de las primeras tareas de esta filosofía es la de la historia de las ideas”. Como se puede ver, la diferenciación está en el objeto de estudio, lo latinoamericano. El propio Zea había dicho: “se quería hacer filosofía e historia de nuestras cosas y, por supuesto del discurso sobre nuestras cosas” (Roig 1997: 14).

En esta perspectiva, los fundadores de la disciplina (Zea, Roig, Ardao) eligen el nombre de historia de las ideas, fundamentalmente, como un espacio en el que pueden incorporar todo lo relacionado con América latina. Lo que importa, es el conocimiento de “nuestros pensadores”, aunque cada uno de ellos recurra a una variedad de perspectivas de análisis.

Es decir, el objeto por sobre el método. “Y esos pensadores -concluye Roig- son aquéllos que intentaron captar nuestra realidad, cualesquiera hayan sido las herramientas intelectuales de que dispusieron, realidad aprehendida básicamente como social e histórica” (Roig 1997: 13-14) (Subrayado mío).

Se podría decir, que más que una metodología particular, la historia de las ideas se constituye para estos pensadores en el estudio de ciertos temas, inspiraciones y sensibilidades propias, pero sobre todo en el reconocimiento de circunstancias ideológicas y sociales específicas. En este sentido pareciera que la historia de las ideas no es otra cosa que un método nuevo para apuntar al estudio del pensamiento latinoamericano, evitando el impresionismo y un academicismo que “llevó a dar las espaldas a la problemática social” (Roig 1997: 20). En un nuevo paso, Roig anota que

"Es misión de la Historia de las ideas, precisamente, la de reconstruir ese ya largo y a veces difuso proceso, en el que con suerte diversa se fue dando respuesta a la cuestión de filosofía y vida, entendida ésta, por supuesto principalmente como la vida de nuestros pueblos." (Roig 1997: 14)

Se trata del problema de un objeto que cada vez se va perfilando en nuevos detalles: ahora la vida colectiva de América, “nuestros pueblos”, en una aceptación de lo colectivo-popular como lo verdaderamente identitario de América latina, por lo que Roig hace sinonimia entre filosofía latinoamericana e historia de las ideas, y ambas como formas de acceder a esa realidad colectiva popular. En esta nueva aproximación, Roig señala que lo que caracteriza a los pensadores que se inscriben en la historia de las ideas es “un pensar que no es ejercido como ajeno a la praxis” (Roig 1997: 15) En este sentido “la Filosofía latinoamericana se presenta como una herramienta de lucha en la que lo teorético no se queda en el mero plano de un “juego de lenguaje”, sino que es organizado en función de un programa de afirmación de determinados grupos humanos” (Roig 1997: 15). Grupos humanos identificados, como había establecido previamente, con las mayorías populares latinoamericanas.

Lo anterior hace que Arturo Roig, posea una concepción de la historia de las ideas radicalmente diferente a la de Lovejoy:

"Por el contrario (a Lovejoy), dentro de nuestra tradición, no son las ideas en sí mismas las que interesan sino su naturaleza y función social, hecho únicamente captable de modo adecuado si se tiene presente que si las circunstancias nos hacen, también nosotros hacemos a las circunstancias." (Roig 1997: 15)[vi]

Como hemos dicho, para Roig, el universalismo (que opone a lo nacional), el cosmopolitismo y el “saber puro”, constituyen los errores que se deben evitar. En esta perspectiva, por oposición a una concepción purista de las ideas (a lo Lovejoy), postula de manera más cercana a una Sociología del conocimiento (Mannheim), un análisis que recoja la naturaleza social de las ideas.

El tema de lo nacional es particularmente desarrollado por el pensador argentino, siempre con sentido de identidad y liberación[vii]. La historia de las ideas se asocia en este sentido, con los conceptos de “nacional”, “sociedad civil”, “etnias”, “juventud”, y con “nuestra memoria histórica”, y un “antiimperialismo” al modo de los clásicos Bilbao, Martí, Rodó, Vasconcelos. Los temas de un pensamiento caracterizado como “crítico”, de “denuncia”, de “pluralismo”, de “unidad” del continente, etc. (Roig 1997: 21).

Roig señala que la Filosofía latinoamericana invierte la máxima de Hegel (“La filosofía necesita de un pueblo”), por esta otra: “aquí es el pueblo o nuestros pueblos los que reclaman para sí una filosofía” (Roig 1997: 16).

Por lo que hay que entender los esfuerzos de Roig como la voluntad de lograr un quehacer académico que se compromete con esa realidad popular y que la considere en sus reflexiones.

Es a partir de esa realidad popular, considerada como propiamente americana, de la cual se deberá acceder a un nuevo universalismo, no “ideológico” esta vez; es decir, no al modo de aquellos universalismos que desconocen lo particular. Tarea más rica y más compleja que la emprendida por el modelo académico, y una defensa de la historia de las ideas como forma de conocimiento del propio quehacer del pensamiento del Continente.

En relación a la supuesta falta de sistematización del pensamiento latinoamericano, Roig señala que no es una limitante sino una característica propia de este pensar:

"la tan denunciada ‘asistematicidad’ de nuestros pensadores, en particular los del siglo XIX, los que por este motivo difícilmente podrían salirse de una historia del ‘pensamiento’ -con la carga negativa que se le ha dado al término- es un tipo de respuesta que no es en sí misma un disvalor, ni una forma teorética débil. Es necesario indudablemente restablecer la distinción que hiciera el olvidado Condillac entre ‘esprit systématique’ y ‘esprit de systéme’, entiendo por el primero, por contraposición con el segundo, aquel que produce un saber que si se nos presenta como fragmentario es porque está regido por el principio de que es más importante sacrificar la coherencia que la verdad." (Roig 1997: 21)

En este sentido, si los textos latinoamericanos no han constituido sistemas, sí han entregado “sentidos” coherentes sobre la realidad. Sentidos que para el filósofo argentino se asocian a una actitud más de “denuncia que de justificación” (Roig 1997: 17) y que pueden ser leídos como “grandes metáforas” que señalan justamente las “grietas” de los sistemas que intentan presentarse como “sin fisuras”.

En esta perspectiva Roig está dispuesto a aceptar dentro de la filosofía también las cosmogonías de las culturas precolombinas, en las que encuentra una forma de pensamiento que no puede ser relegada sólo a los estudios antropológicos[viii].

En conclusión, la historia de las ideas, tanto como la filosofía, se unen en descubrir una historia y una identidad comunes, desde una posición americanista.

“¿Cómo hemos de construir nuestro discurso de modo tal que nos exprese en lo que somos y que no implique la negación de otros ? ¿Cómo lograr que nuestros universales sean ciertamente concretos y por tanto no meramente ideológicos?” (Roig 1997: 22).

Es justamente en la historia de las ideas, donde Roig afirma encontrar las respuestas: “De nuestra Historia de las ideas surgen numerosas respuestas. El tema, con sus diversos matices se encuentra, decíamos, ya en Simón Rodríguez quien rechazaba la ciencia europea, universal, pero al servicio de la colonización; José Martí, por su parte, había afirmado que como intelectuales debíamos hacer causa común con los débiles, en cuanto que ellos, entre otras cosas, no están enfermos del saber de los sabios; más tarde, Francisco Bilbao retomó el tema con la denuncia del discurso opresor construido para justificar el dominio de las oligarquías sobre las masas populares; a comienzas de este siglo, José Vasconcelos nos hablará, dentro de su análisis de las relaciones en América latina con los EE.UU., de la diferencia que hay entre una “ética del vencedor” y una “ética del vencido” (Roig 1997: 23).

En definitiva, una postura intelectual interesada en definir un “nosotros”, y en lograr su liberación social.

4. Conclusiones

Como se puede ver, la historia de las ideas, además de un paradigma teórico, se constituye en una declaración de intenciones y principios que intentan abarcar ciertos temas, para aproximarse con nuevas energías a la historia, la cultura y la política del continente; un programa que busca entusiasmar y promover el estudio de una determinada realidad, la latinoamericana.

Un concepto lo suficientemente amplio como para que cualquiera pueda desarrollar, desde su propia matriz epistemológica, perspectivas de análisis distintas que permitan explicar una sociedad humana compleja como la latinoamericana marcada por diferencias sociales extremas, por la risa, el placer y la estética del carnaval, por habitantes enamorados e ingenuos, por lo popular y lo señorial, por una amplia naturaleza. Pero también por dictaduras, represión policial, miedo, centralismo político, basura y poesía en las calles. Todo lo cual se expresa con códigos difíciles de captar desde la perspectiva del centro moderno. 

A mi criterio, Roig, Ardao, Zea, recurren al concepto “historia de las ideas” para reemplazar el concepto historia de la filosofía, el que parecía menos apropiado de ser aplicado en América latina; incorporando además la literatura, el ensayo, las circunstancias histórico-sociales, así como el poder transformador de las ideas y de los intelectuales; en un afán por “nacionalizar” y “latinoamericanizar” los temas de estudio, relacionados muy directamente con la identidad. Este es su principal mérito: el haber ampliado el objeto de estudio y las perspectivas de análisis. Se trató, creo yo, de liberarse de la tradición académica, para considerar con nueva fuerza el aporte del pensamiento latinoamericano.

Javier Pinedo C.
Universidad de Talca - Chile

  

Referencias bibliográficas

  • Ardao, Arturo. La inteligencia latinoamericana, Montevideo: Universidad de la República, 1987.

  • Bagú, Sergio. “José Luis Romero: evocación y evaluación”, De historia e historiadores. México: Siglo XXI, 1982.

  • Cerutti, Horacio. Hacia una metodología de la Historia de las ideas (filosóficas) en América latina, México: Centro Coordinador y Difusor de Estudios Latinoamericanos, 1997.

  • Foucault, Michel. La arqueología del saber, México, S. XXI, 1970. Citado por A. Roig, “Historia de las Ideas”, en “Antología del Pensamiento Latinoamericano”, Boletín de filosofía, Nº 9, Santiago de Chile: Universidad Blas Cañas, 1997. 

  • Gaos, José. En torno a la filosofía mexicana, México, 1952. Citado por Arturo Ardao, “Historia de las Ideas en América latina”, Ardao 1987.

  • Gaos, José. “Seminario de Tesis”, en el Anuario de filosofía Diánoia, México, 1955. Ardao 1987.

  • Gaos, José. En torno a la filosofía mexicana, T. I., México, 1952: 17. Ardao 1987.

  • Gutiérrez Girardot, Rafael. “Sobre el problema de la definición de América”; De historia e historiadores. México: Siglo XXI, 1982.

  • Roig, Arturo. “Historia de las Ideas”, en “Antología del Pensamiento Latinoamericano”, Boletín de filosofía, Nº 9, Santiago de Chile: Universidad Blas Cañas, 1997. 

  • Roig, Arturo. “La historia de las Ideas”, en Historia de las ideas, teoría del discurso y pensamiento latinoamericano, Santa Fe de Bogotá, Colombia: Universidad Santo Tomás, USTA, 1993.

  • Roig, Arturo. “El análisis estilístico y la historia de las ideas. Las observaciones de Arturo Ardao a la tesis del “antilogicismo” de Andrés Bello”, en Ensayos en homenaje al doctor Arturo Ardao, Montevideo: Universidad de la República, 1995.

  • Romero, Francisco. “Colegio Libre de Estudios Superiores. Veintidós años de labor”, Buenos Aires, 1953. Ardao 1987.

  • Romero, José Luis. Latinoamérica, las ciudades y las ideas, México: Siglo XXI, 1976.

  • Zea, Leopoldo. La Filosofía en México, tomo II: 190 citado por Roig 1997: 14.

 


Notas

* Este trabajo constituye una síntesis del artículo: “Identidad y método. Aproximaciones a la historia de las ideas en América latina”, publicado en Hugo Cancino, Susanne Klengel, Nanci Leonzo (eds.), Nuevas perspetivas teóricas y metodológicas de la Historia intelectual de América latina, Frankfurt, Vervuert, 1999. 

[i] Ardao 1987: 98. En el Prólogo a esta obra había señalado la misma prevalencia de lo filosófico: “Dentro del genérico movimiento continental de historia de las ideas (...) ha tenido particular significación el específico capítulo de historia de nuestras ideas filosóficas, es decir, de nuestra filosofía. Con ello se ha relacionado el pasaje a primer plano en las últimas décadas, del llamado americanismo filosófico, en la misma medida en que fueron declinando los prolongados debates sobre el americanismo literario primero y el americanismo artístico después.” (p. 2).

[ii] El tema es analizado por Ardao en el capítulo, “Convergencia historiográfica continental en la década del 40”. Ardao 1987: 104 y siguientes.

[iii] Los Congresos anteriores se habían realizado, en Port-au-Prince en 1944, y el segundo en Nueva York en 1947. Ardao entrega valiosos antecedentes en el capítulo “ Elementos históricos y elementos teóricos”, Ardao 1987: 108 y 109.

[iv] José Luis Romero es un caso especial de un historiador que va incorporando en sus investigaciones diversos temas relativos a mentalidades urbanas, situaciones ideológicas, cotidianidad, formas de pensamiento, movimientos políticos, etc. Todo lo cual lo acerca propiamente a un historiador de las ideas. Sobre este punto particular, y sobre la obra de José Luis Romero en general, Rafael Gutiérrez Girardot, “Sobre el problema de la definición de América”; y de Sergio Bagú, “José Luis Romero: evocación y evaluación”, ambos en De historia e historiadores. México, Siglo XXI, 1982. Del propio autor, véase, J. L. Romero, Latinoamérica, las ciudades y las ideas, México: Siglo XXI, 1976.

[v] Ver “ Propuestas metodológicas para la lectura de un texto”, Revista Idis, Cuenca, Nº 11, 1982. “Narrativa y cotidianidad. La obra de Vladimir Propp a la luz de un cuento ecuatoriano”, Cuaderno de Chasqui, Nº4, 1984. “La radical historicidad de todo discurso”, Chasqui, CIESPAL, Nº15, 1985. “Andrés Bello y los orígenes de la semiótica en América latina”, Quito, Univ. Católica, 1982.

[vi] Recomiendo, desde el punto de vista latinoamericano, la interpretación que hace Roig (Roig 1995). Un trabajo muy clarificador sobre el origen del concepto y particularmente sobre el modo como fue recepcionado Lovejoy en América latina.

[vii] Roig evita cualquier nacionalismo, y se esfuerza por establecer la diferencia entre éste y una filosofía nacional, tanto para cada país en particular, como para “la patria grande” latinoamericana.

[viii] Roig menciona elogiosamente el libro de Miguel León Portilla, La filosofía náhuatl, 1956.

 

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Hugo E. Biagini, Compilador. Arturo Ardao y Arturo Andrés Roig. Filósofos de la autenticidad. Jornada en homenaje a Arturo Andrés Roig y Arturo Ardao, patrocinada por el Corredor de las Ideas y celebrada en Buenos Aires, el 15 de junio de 2000. Edición digital de José Luis Gómez-Martínez y autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico, Marzo 2001.
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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