Osvaldo Emilio Prieto
  

 

"PARA EL ANALISIS DEL ALBERDI AMERICANISTA"

Para aquellos que abordan analíticamente cuestiones vinculadas al campo de la historia de la ideas o profundizan en el pensamiento de personajes centrales inscritos en el devenir ideológico de América Latina, los escritos y las perspectivas teóricas de Ardao y de Roig se constituyen en instancia ineludible al momento de dimensionar figuras como la de Alberdi y reflexionar, en torno a ello, sobre nuestra misma realidad en tanto latinoamericanos. Tanto Roig como Ardao nos señalan importantes caminos para realizar análisis significativos desde puntos de vistas críticos y valorativos al respecto.

Entre la vasta y fundacional producción de ambos, hacemos hincapié en las respectivas valoraciones sobre la dimensión política y filosófica del pensamiento del Alberdi romántico y americanista, el Alberdi de los Fragmentos de 1837, o el Alberdi que conferenció en 1840 sobre algunas “Ideas para presidir a la confección del curso de filosofía contemporánea”. Al señalar la dimensión de estos escritos, tanto Roig como Ardao nos significan parte de la identidad del pensamiento latinoamericano y el sentido no solamente teórico, sino práctico y constructivo, del profundizar en estas temáticas. La revalorización del Alberdi romántico y las críticas en otros momentos posteriores de su pensamiento se hacen presentes en los escritos de Roig y Ardao; se destaca al Alberdi americanista señalando su búsqueda orientada a la construcción de un pensamiento, una filosofía, una dinámica política y un discurso propios; aspectos programáticos vinculables también hoy a nuestros problemas. Así lo vemos en textos como Teoría y Crítica del pensamiento latinoamericano de Roig, en el cual, si bien está presente Alberdi en gran parte de la obra, se hace particular énfasis en aspectos puntuales de su pensamiento relacionados con la necesidad y posibilidad de un discurso propio (Roig 1989: 284-312). Ardao, entre su dilatada producción, analiza específicamente aspectos políticos puntuales del pensamiento alberdiano, destaco aquí uno de sus artículos: “Sentido político del americanismo filosófico de Alberdi”, texto que formó parte de una compilación de Rodríguez Lapuente y Cerruti Guldberg precisamente titulada: Arturo Andrés Roig, filósofo e historiador de las ideas. Entre numerosos y significativos textos de Roig y Ardao, en esta ocasión nos centraremos en ellos. Mucho se ha escrito sobre los distintos momentos en el pensamiento de Alberdi, aquí puntualizamos uno de esos momentos a través de dos de los más significativos filósofos latinoamericanos que analizaron sus reflexiones insertándolas magistralmente en nuestras perspectivas referidas al devenir ideológico latinoamericano (lo cual no escapa, claro está, a nuestras realidades sociales, culturales y políticas); de manera que al analizar los escritos de Ardao y Roig, según ya es conocido en nuestra “academia”, se abren fructíferos caminos para el estudio de algunas facetas de nuestro pensamiento latinoamericano como así también en lo relacionado a la comprensión, significado y dimensionamiento de figuras como la de Alberdi al respecto. Desde ya que no hacemos referencia a un Alberdi idealizado, sino a un Alberdi que supo proyectar con más claridad que otros de sus contemporáneos nuestro “deber ser” en momentos puntuales de sus reflexiones; tal vez sea esta virtud principal la señalada con más énfasis por Roig y Ardao en los textos tenidos en cuenta aquí.

Necesidad y posibilidad de un discurso propio

Así titula Roig el capitulo XVI de su Teoría y Crítica en el cual analiza al primer Alberdi influenciado por el ambiente romántico de la época. Podemos iniciar una valoración del discurso alberdiano vinculándolo a ese a priori antropológico planteado en la obra de Roig, motivo de numerosos y significativos análisis. En sus “diálogos” con -y superación de- Hegel, Roig toma la autoafirmación y la autovaloración del propio sujeto como origen concreto de la filosofía, pero entendida como “práctica para la vida” y no como teorización “trascendente”. Va más allá cuando señala que la visualización del sujeto hegeliano (espiritual, ideal), no puede ser reducido a una simple “subjetividad”; se formula el necesario relacionamiento del individuo, en tanto ser político, con lo “plural”, con un “nosotros”; se valoriza, de esta manera, el ampliar nuestros “horizontes de comprensión” y el receptar crítica y valorativamente otros. Vale decir, no basta con tenernos como valiosos a nosotros mismos, sino también tener como valioso “conocernos a nosotros mismos” en el marco de nuestras heterogeneidades. Pasamos, por lo tanto, de un “para sí” abstracto hegeliano a un “para nosotros” situado empírica y temporalmente; un individuo (y un colectivo) en su plena historicidad negativa pugnando por un futuro en construcción desde sí y para sí que trata de dejar de ser “seres para otros” y convertirse en “seres para sí”, para ponerlo en términos clásicos. Es en esta dimensión que Roig plantea su “a priori antropológico” y es este el eje vertebral de su Teoría y Critica del Pensamiento Latinoamericano en donde se visualiza al hombre en su espacio y su tiempo como sujeto actuante, plural, empírico y potencial hacedor de su historia (por aquello también de que no somos lo que es solamente nuestra conciencia, sino lo que es nuestra experiencia, siguiendo alguno de los preceptos marxistas) Nos alejamos, así, de caer en una peligrosa forma de “ontologismo” que consiste en la afirmación de que el ser es vivido en la experiencia inmediata de la conciencia y que por lo tanto es en la conciencia donde hay que indagar acerca del ser mismo. Y por esto sentimos la necesidad de una ontología que nos aparte de todo formalismo y que no caiga a su vez en un nuevo ontologismo. En otras palabras, una ontología que asegure la preeminencia del objeto respecto de la conciencia, que no desemboque en nuevas formas de platonismo y que muestre la historicidad del hombre como realidad dada en la experiencia cotidiana (fragmento de la ponencia leída por Roig en el Congreso de Morelia, 1974, analizada en García, 1989: 199-200). Lo afirmado arriba tiene directa vinculación con los escritos de Alberdi en su momento americanista, nos referimos al Alberdi del Fragmentos y al de “Ideas...”. Partimos de esa “voluntad de discurso propio” manifiesta en Alberdi (tanto como en Sarmiento señala Roig); más allá de los distintos cuestionamientos que se pueden efectuar con respecto al pensador tucumano, es lo que adecuadamente rescata Roig. Estos primeros escritos de Alberdi se presentan como enunciado de una necesaria “emancipación mental” (en un principio en relación a los espacios intelectuales del momento) que exigía la hora una vez superada la emancipación en el plano militar; vale decir, una “segunda emancipación” o, en términos de Alberdi, “una conquista de la inteligencia americana”; le tocaba jugar su papel al pensamiento. Al respecto nos dice Roig: “Es indudable que esta caracterización excluyente respondía a un impulso juvenil de carácter generacional, como también que no puede ser tomada al pie de la letra. Lo que nos quiere decir, no es que el momento de las ‘armas’ fuera ciego, sino que estuvo acompañado de un proyecto ideológico que no fue ‘propio’. El fracaso de la política constitucionalista, dentro de la cual la imitación constituyó la regla más generalizada, y la convulsión social subsiguiente a las guerras de la Independencia, eran una prueba. El constitucionalismo ‘servil’ no implicó, pues, carencia de ideas, sino, ausencia de ideas propias (...) La oposición “armas-pensamiento” es, a la vez, la del paso de una época de destrucción hacia otra de organización” (Roig 1989: 292-293).

Es en este contexto que Alberdi plantea la necesidad de una “filosofía americana” vinculada directamente a esa búsqueda de “un discurso propio”. Refiriéndose a otro texto de Aberdi (Doble armonía entre el objeto de esta institución, con una exigencia de nuestro desarrollo social; y de esta exigencia con otra general del espíritu humano), Roig comenta: “En un texto que por primera vez se hablaría en el Río de la Plata de ‘circunstancia’ con un nuevo sentido declaraba: ...nuestra situación quiere ser propia y ha de salir de las circunstancias individuales de nuestro modo de existir juvenil y americano” (Roig 1989: 292). Si bien Roig analiza esa emergencia de un pensamiento americanista en Alberdi ubicándolo en el ambiente intelectual o en los espacios intelectuales de la época, también señala el contenido social de esos escritos cuando nos habla de “filosofía social” y de “literatura social”; es más, enuncia una suerte de “populismo” en el joven Alberdi. Al mencionar los “pueblos de América”, destaca Alberdi la realidad de la irrevocable presencia popular de su tiempo; señala al pueblo americano como sujeto de cambio asignándole un rol y protagonismo centrales y característico de nuestros espacios americanos; irónicamente señala el hecho, en Fragmentos, de que ya no nos queda otro remedio que ser demócratas (Roig 1995: 58); le asigna a ese mismo pueblo americano, valorizándolo, la función creativa de una civilización propia. Desde ya que Roig rechaza en Teoría y Crítica el reducir todas la problemáticas americanas a una cuestión de “ideas” o a una cuestión “mental”, ni tampoco los escritos de Alberdi tienen ese único significado; en estos términos se expresa Roig: “no es lo mismo exigir una teoría de la praxis, que afirmar que la praxis se reduce a la teoría. En verdad, ambas posiciones se encuentran no claramente definidas, sin que por ello podamos desconocer la importancia que posee la exigencia de una visión teórica de la realidad y, consecuentemente, la necesidad de un discurso que surja de una estructura axiológica tal que lo constituya realmente como palabra nuestra. Este último aspecto es el que justamente subrayará el mismo Alberdi al denunciar las formas imitativas y la necesidad de abandonar un discurso servil y ajeno. Lo que le interesaba al joven Alberdi, en las páginas de Fragmento, no era tanto la necesidad de acabar con la vieja mentalidad hispánica (...) La “emancipación mental” que pedía en estos textos, se refería a una independencia respecto de la nueva Europa, la industrial, y no de España, la vieja Europa” (Roig 1989: 288).

Notamos entonces en Alberdi ese “tenerse como valioso a nosotros mismos”; pero también emerge algo de ese “conocernos a nosotros mismo” al postular el pensador tucumano que la hora de la “plebe” había llegado; hacer de lo nuestro “materia prima para la construcción de algo nuevo” era la búsqueda del primer Alberdi. Se intenta, de esta manera, “bajar” de la teoría a la praxis, hacer de la filosofía una instancia de construcción desde lo social y lo político y no una mera reflexión trascendente y contemplativa; uno de los ejes vertebrales, como es conocido, de las insistencias de Roig con respecto al quehacer filosófico (podemos partir, al respecto, de sus mismos “diálogos” y críticas a Hegel). Roig valora esta actitud en Alberdi señalando: Alberdi trata de mostrar cómo, aún no habiendo una voluntad de realizar una filosofía comprometida, ni pudiendo fundarla doctrinariamente, el quehacer filosófico no puede ser considerado sin su relación con procesos temporales y locales, que son, ineludiblemente, de carácter social y político. Se trata, por tanto, de hacerse cargo de aquel hecho, y no de ocultarlo mediante el refugio en un pretendido saber puro de las ideas; luego prosigue citando a Alberdi: “La filosofía moral y especulativa de nuestros días y de nuestro país sobre todo, quiere ser adecuada a las necesidades de nuestra época. Que estas necesidades, primero que en indagar si las ideas son sensaciones, si la memoria y la reminiscencia son facultades distintas, consiste en averiguar cuál sea la forma y la base de la asociación que sea menester organizar en Sud-América (...) La filosofía es para la política, para la moral, para la industria, para la historia, y si no es para todo esto es una ciencia pueril y fastidiosa. Ya pasaron los tiempos de una filosofía en sí, como del arte en sí. Ninguna rama del saber humano tiene hoy su fin en sí, sino en perfección solidaria de todos, en el desarrollo de la gran síntesis social” (Roig 1989: 290-91). Roig realiza estos señalamientos del pensamiento alberdiano en su momento romántico; como también analiza en la obra tenida en cuenta aquí el cambio de su postura en otros de esos momentos, o en un segundo momento que podríamos denominar “europeísta” en el cual la misma conceptualización de la América Latina aparece invertida erigiendo a la adjetivación “Latina” por sobre el sustantivo “América” identificado con lo “bárbaro”. Vale decir, en las palabras anteriores puntualizamos el “rescate” de Roig valorizando el significado para nuestro pensamiento latinoamericano de ese Alberdi joven y romántico. En otro de sus textos, Roig destaca ese cambio puntualizando algunas expresiones de Alberdi: “El medio geográfico, el elemento americano -dice- es puramente platónico, ideal, fantástico. En realidad el medio en que vive Sud-América, su vida positiva, es Europa. Esto no es paradoja (...) Notemos que lo americano es reducido a lo geográfico (...) a un mero “continente” al que se le agrega un contenido foráneo, lo europeo, como única positividad”. Interesante resulta observar que ese “vaciamiento” de sustantividad, o si se quiere, de historia, a que es sometido lo americano, sigue una serie de etapas, desde una primera, en la que con sus limitaciones se habla de nuestra América -no referimos a Fragmento- a otra que se abre con Bases, en donde el vaciamiento es ya manifiesto y culmina en el paroxismo de El Gobierno de Sud-América. “La América -nos dice- (...) ha entrado de lleno en la civilización que la conquistó, resumiendo su independencia, no ya de América salvaje, sino de América civilizada, no ya de América azteca, araucana, guaraní, pampa, sino de América sajona y latina, es decir europea de raza y civilización” (Roig 1995: 71).

En ese primer momento del pensamiento alberdiano, partiendo del “Fragmento”, se utiliza conceptos como “pueblo”, “nación”, “patria” o la misma categoría “civilización” (en una de las acepciones que le dio a esta categoría Alberdi, contrastante con utilizaciones posteriores de la misma, motivó un texto de Roig titulado “Tres momentos en el uso de las categorías de “Civilización” y “Barbarie” en Juan Bautista Alberdi”) en función de los contenidos sociales y humanos que encierran, “asumiendo” a nuestros pueblos y señalando el protagonismo a los que estaban llamados a cumplir; ese momento romántico de Alberdi es señalado por Roig refiriéndose a Fragmento: “Se trata, dicho de otro modo, de los que en otros trabajos nuestros hemos denominado ‘levantamiento del campesinado’ o de la ‘población de las campañas’, que sigue a continuación de las Guerras de Independencia, despertar masivo y ciertamente imposible de captar por la vieja mentalidad ‘unitaria’ o ilustrada rioplatense y que de modo tan vivo ha descrito Simón Rodríguez en sus escritos. Podemos afirmar, en efecto, que tanto Juan Bautista Alberdi como el escritor caraqueño son, posiblemente, dos de los testimonios más vigorosos de este fenómeno sobre el cual gira básicamente, según nuestro modo de ver, el hecho romántico hispanoamericano y esto aún cuando el propio Alberdi no haya querido embarcarse y se declare en algún momento más allá de clásicos y románticos, anunciando con esto un eclecticismo del que no fue ajeno del todo, pero también un rechazo de la posición ecléctica en la medida en que ésta venía a desocializar el arte”; cita luego a Alberdi: “Y así como las hordas que venían desde el Asia cambiaron la faz del Imperio Romano, dando un curso distinto a la historia, del mismo modo Alberdi entendía que la ‘emancipación de la plebe’ americana vendría a jugar un papel de no menos significación para la humanidad futura: ...este movimiento nuestro, no sólo es precursor de un movimiento americano, sino también europeo y humano. El mundo viejo recibirá la democracia de las manos del mundo nuevo y no será por la primera vez, para dar la última prueba de que la juventud tiene la misión de todas las grandes innovaciones humanas. La emancipación de la plebe es la emancipación del género humano, porque la plebe es la humanidad, con ella es la nación. Todo el porvenir es de la plebe...” (Roig 1995: 51-52). En Fragmento, Alberdi acepta y realza la incuestionable presencia del pueblo adoptando además las teorías dieciochescas de la soberanía popular, pero al mismo tiempo postula la necesidad de un uso racional de esa soberanía a los fines de no caer o seguir en la anarquía reinante en su tiempo. Esta es una de las reflexiones básicas esgrimidas por Alberdi como estrategia teórica precisa (señalará otro analista del pensamiento alberdiano) en la que se constituye Fragmento; la soberanía no es la voluntad sino la razón colectiva, sostendrá ingeniosamente Alberdi en él.

“Sentido político del americanismo filosófico de Alberdi”. Con este título Ardao encabeza uno de sus artículos puntualizando en él la dimensión política del pensamiento de ese primer Alberdi; Ardao lo enuncia sosteniendo que el tucumano fue ante todo un pensador político cuando reflexiona sobre su texto de 1840 (“Ideas...”) destaca aquél que los inicios intelectuales de Alberdi tuvieron su acento en la filosofía; pero señala que es ineludible la dimensión política que adquirió ese acento haciendo hincapié en la función política de las reflexiones filosóficas de Alberdi, hecho que podemos vincular a la misma función que proyectaba Alberdi con respecto a la construcción de una filosofía propia (o una filosofía aplicada): fue ante todo un pensador político, afirma Ardao, en el más genérico significado de ese término: lo social, lo jurídico, lo económico, y hasta lo histórico y lo literario, es por el costado político que adquiere en él todo su sentido (Ardao 1989: 35). Se revaloriza en este texto ese ensayo de Alberdi ubicándolo como obra clásica en la historia de las ideas continentales. Desde ya que Ardao hace hincapié en el momento romántico de Alberdi señalando un “utopismo” de la conciencia romántica que en el Plata penetró a partir de Francia. Pero esa penetración fue en gran medida resignificada en algunas de las facetas del pensamiento alberdiano por el mismo hecho de postular la necesidad de una filosofía propia. Ardao selecciona un fragmento de las “Ideas” para ejemplificar la forma en que es postulada esa necesidad: “La filosofía de cada época y de cada país ha sido por lo común la razón, el principio, o el sentimiento más dominante y más general que ha generado los actos de su vida y de su conducta. Y esa razón ha emanado de las necesidades más imperiosas de cada período y de cada país (...) Hemos nombrado la filosofía americana y es preciso que hagamos ver que ella puede existir. Una filosofía completa es la que resuelve los problemas que interesan a la humanidad. Una filosofía contemporánea es la que resuelve los problemas que interesan al momento. América será la que resuelva el problema de los destinos americanos” (Ardao 1989: 37). Pondrá énfasis el filósofo uruguayo en que esos destinos americanos plantearán problemas cuya solución se remite al terreno de lo político, en una búsqueda manifiesta de la proyectada filosofía americana enunciada como necesidad por parte de Alberdi. En otras de las citas del texto de Aberdi, y siguiendo con esa necesidad de una filosofía americana, se remarca la tendencia postulada de realizar un examen crítico de algunos “filósofos sociales” europeos tales como Bentham, Rousseau, Guizot, Montesquie; señala Ardao que el término “filósofos sociales” equivale a decir, en este caso, “filósofos políticos”; en otro de los pasajes, Alberdi también nos habla de una filosofía aplicada a los objetos de un interés más inmediato para nosotros; en una palabra, la filosofía de nuestra política... (Ardao 1989: 39).

Donde más hace hincapié Ardao es en la influencia del sansimonismo o en la influencia del historicismo destacando, en el campo del derecho, la influencia de Lerminier, o en el campo político y social la de Leroux. A través de ellos, nos señala Ardao, Alberdi justificó el régimen rosista, hecho no siempre puntualizado por aquellos analistas del pensamiento alberdiano. Aíslo esta parte del texto de Ardao en la cual nos dice: En tanto que historicista a lo Lerminier, no sin algún eco hegeliano, escribió allí (Ardao se refiere en este caso al “Prefacio” escrito a su Fragmento preliminar al estudio del derecho): El señor Rosas, considerado filosóficamente, no es un déspota que duerme sobre bayonetas mercenarias. Es un representante que descansa sobre la buena fe, sobre el corazón del pueblo...La democracia actual tiene que ser imperfecta, más visible que íntima, y que serlo sin remedio, porque lo exige las condiciones normales de nuestra existencia presente...Nuestra situación, a nuestro ver, es normal, dialéctica, lógica... En tanto sansimoniano a lo Leroux, prosigue Ardao, escribió también allí: “¿En que consiste esta situación? En el triunfo de la mayoría popular que algún día debía ejercer los derechos políticos de que había sido habilitada...Esta mayoría es lo que lo que una minoría privilegiada había llamado plebe en aquella sociedad que no existe ya en América y que en Europa a tocado su feliz decadencia (...) Todo induce a creer que el siglo 19 acabará plebeyo y nosotros desde hoy le saludamos por ese título glorioso” (Ardao 1989: 41-42).

Superar los antagonismos de la época y lograr esa filosofía aplicada necesitaba de una organización y un esfuerzo de reflexión y acción importantes; tal fue el espíritu de la llamada Generación del 37 o esa generación romántica de jóvenes intelectuales a la que Ardao define como una “nueva generación política”. En un principio esa generación intentó actuar en torno a Rosas, pero, como se sabe, pronto rompió con él y llegó de esa manera el exilio montevideano donde Alberdi continua su producción. De esta manera, el movimiento había pasado a ser de bonaerense a rioplatense señala Ardao citando algunos de los espacios en donde se canalizó la producción de esos intelectuales tales como el periódico La Moda, Alberdi y Juan María Gutiérrez eran los principales redactores allí; también el periódico El Iniciador dirigido por el uruguayo Andrés Lamas y el argentino Cané, del circulo de Alberdi; o El Nacional, donde Alberdi hizo conocer su programa del curso de filosofía contemporánea. Ardao considera como común denominador de estas publicaciones a nivel ideológico la influencia sansimoniana; refiriéndose al propio Alberdi señala los principios de libertad, igualdad y asociación como base de la “filosofía moral” que ese programa enuncia. Al cerrar su artículo Ardao expresa: “Libertad, igualdad, asociación: el americanismo de Alberdi era de sentido político (...) y ese sentido político, aunque reconociera más de una fuente, era de esencial inspiración sansimoniana” (Ardao 1989: 44).

Reflexiones finales

En estas notas realizamos algunos señalamientos considerados aquí como necesario punto de partida para iniciar un análisis de ese momento americanista y romántico de Alberdi; desde ya que ha influenciado en el nuestro. Entre otros importantes autores, queremos puntualizar, Roig y Ardao nos significaron la presencia de Alberdi en el devenir ideológico latinoamericano analizando su pensamiento no como relectura en sí misma, sino como “lectura”; nosotros tenemos en cuenta aquí las derivaciones de esas mismas “lecturas”, sus relaciones con nuestras problemáticas y sobre todo como actitud de reflexión histórica y filosófica alejada de “contemplaciones”. Ardao, al poner el acento en la dimensión política del joven Alberdi, nos significa aspectos programáticos y actitudes de búsqueda a las que se debe orientar nuestra intelectualidad, no solo en lo relacionado a las reflexiones de tipo filosóficas o historiográficas, sino también como búsqueda y acción política a la que debemos dar importancia. Por su parte, Roig nos significa a través de Alberdi cual es la función del saber filosófico, como también hacia donde debe apuntar nuestra tarea historiográfica; Roig ejemplifica a través de Alberdi su visión del quehacer filosófico y sus insistencias al respecto, nos referimos a esa “filosofía para la liberación” inserta en el terreno de lo social, cultural y político como “saber para la vida”, como “saber matinal” y no como especulación contemplativa y “crepuscular”; es allí donde adquiere dimensión su a priori antropológico al cual visualizamos, en nuestro caso, en algunos aspectos del pensamiento del joven Alberdi.

Al respecto quiero cerrar esta colaboración con dos reflexiones de Roig; la primera se vincula al hecho de que muchas veces los distanciamientos de nuestra “academia” o nuestras teorizaciones en relación a las realidades sociales conflictivas y desesperantes es patética: nada más importante que reconocer, nos plantea, que muchas veces lo nuevo, lo que verdaderamente muestra en su contexto la historicidad del hombre y su lucha por patentizar su alteridad, no está en las filosofías académicas, sino en el “discurso político” de los marginales y explotados y que por ahí avanza precisamente un pensamiento que tendría que haber sido asumido en el quehacer formalmente filosófico (García 1989: 200). Claro está que Alberdi no fue un marginal o un explotado; pero a través de él podemos visualizar el inicio de una tendencia a concebir nuestra “academia” en su potencial inserción socio-política, como así también esa lucha por “patentizar la alteridad” historizando su discurso filosófico y político.

El segundo planteamiento se vincula al orden historiográfico al cual debemos concebir como práctica en continua construcción atravesada por múltiples mediaciones; ello involucra nuevas actitudes de reconstrucción del pasado inserto en ese triple abanico de la temporalidad; con ello decimos que pensamos también en futuro desde la misma “función utópica del lenguaje” señalada en varios escritos de Roig. En uno de ellos se señala a lo historiográfico como ámbito en el que interactúan las categorías de realismo y utopía. Roig puntualiza: “un realismo que ha caracterizado esa otra forma discursiva que algo tiene que ver con el destino de los pueblos y que es la historiografía...Se trata de un uso de la categoría de lo real que parte del supuesto -no siempre consciente- de que algunos tienen la capacidad de captar... las cosas mismas... No se habla de una construcción de lo real y sus inevitables mediaciones sino de una lectura pasiva que nos la dictan los hechos... Ingenuidad, falsa conciencia, ignorancia y hasta carencia de humildad es lo que caracteriza a historiadores de ese tipo” (fragmento de la ponencia leída en el IV Congreso de SOLAR “La utopía en relación con el realismo”, sin editar, rescatada por Peñafort 1995: 19). Tratamos de alejarnos de todo tipo de “lectura” pasiva, más aún analizando a pensamientos como el de Alberdi o diversas reflexiones vinculadas a él; uno y otras están atravesadas por esas mediaciones que hacen necesario no hacer una relectura, sino una constante “lectura” constructiva relacionada con estas temáticas. Como puntualizara una colega: es posible que toda escritura sea una reescritura, pero de lo que se trata es que toda lectura -al menos desde nuestra latitud geocultural- sea precisamente eso, una lectura, y no una simple relectura. Es en torno a esta dimensión que consideramos a los aportes de Roig y Ardao como puntos de partida, no de llegada.

Osvaldo Emilio Prieto
Universidad Nacional de Río Cuarto
Argentina

Referencias Bibliográficas

  • Ardao, Arturo. “Sentido político del americanismo filosófico de Alberdi”. Rodríguez Lapuente y Cerruti Guldberg (compiladores). Arturo Andrés Roig, filósofo e historiador de la ideas. México: Universidad de Guadalajara, 1989.

  • García, Jorge. “Roig y la función de la filosofía en América Latina”, Rodríguez Lapuente y Cerruti Guldberg (compiladores). Arturo Andrés Roig, filósofo e historiador de la ideas. México: Universidad de Guadalajara, 1989.

  • Magallón Anaya, Mario. “Arturo Andrés Roig: la normatividad en el pensamiento filosófico latinoamericano” Rodríguez Lapuente y Cerruti Guldberg (compiladores). Arturo Andrés Roig, filósofo e historiador de la ideas. México: Universidad de Guadalajara, 1989.

  • Peñafort, Eduardo. Prólogo a Roig (compilador). Proceso Civilizatorio y Ejercicio Utópico en Nuestra América. San Juan: Universidad Nacional de San Juan, 1995.

  • Roig, Arturo. Teoría y Crítica del pensamiento latinoamericano. México: Fondo de Cultura Económica, colección Tierra Firme, 1989.

  • Roig, Arturo. “Tres momentos en el uso de las categorías de Civilización y Barbarie en Juan Bautista Alberdi”. Roig (compilador). Proceso Civilizatorio Proceso Civilizatorio y Ejercicio Utópico en Nuestra América. San Juan: Universidad Nacional de San Juan, 1995.

 

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Hugo E. Biagini, Compilador. Arturo Ardao y Arturo Andrés Roig. Filósofos de la autenticidad. Jornada en homenaje a Arturo Andrés Roig y Arturo Ardao, patrocinada por el Corredor de las Ideas y celebrada en Buenos Aires, el 15 de junio de 2000. Edición digital de José Luis Gómez-Martínez y autorizada para Proyecto Ensayo Hispánico, Marzo 2001.
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

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